viernes, 20 de marzo de 2020

Tomar conciencia


Hablo estos días con amigos angustiados por la situación de alarma. No es solo angustia por verse contagiados, o por los efectos económicos y políticos de la crisis (imprevisibles y verdaderamente preocupantes), sino también por la brusca interrupción de la rutina diaria. Normalmente, esa rutina nos “protege” de calibrar profundamente el sentido de lo que hacemos y lo que nos pasa, así como de afrontar problemas y contradicciones fundamentales. Por ello, cuando deja de estar ahí para librarnos de cavilar (y no podemos evadirnos con mil distracciones) surge de golpe y porrazo todo lo que llevamos por dentro. 

Ahora bien, aunque el golpe sea duro y los primeros momentos resulten angustiosos, lo de tomar conciencia de nuestra extraña y problemática vida no puede ser algo tan malo; consideren la situación como una forma de recuperar el tiempo perdido.  

Por cierto, para escribir su maravillosa A la búsqueda del tiempo perdido, Marcel Proust se encerró también, durante años, en un piso de París, cuyas paredes forró de corcho para no oír el insulso y estéril ajetreo de la vida. Pensaba el escritor, con toda razón, que “lo vivo” no está en lo que ocurre en los salones o las calles, sino en la “vivida recreación” que hacemos de todo ello en el cuadro, la novela o el ensayo: solo de ese modo tomamos consciencia de la vida, prestándole así su verdadera densidad y sentido. Vivir no es experimentar sin más las cosas. Únicamente los animales viven en ese estrecho y huidizo momento que es el presente. Nuestro mundo – más libre y consistente – está en creer y crear, en contar y teorizar el mundo que experimentamos. Sin cuento, sin creación, sin reflexión, es decir: sin lenguaje y sin conciencia, nuestra vida es tiempo perdido.  

No hay nada más maravilloso y enigmático que el lenguaje y la consciencia humana, ese mundo del Mundo a cuyo través – por el angosto agujero que abren nuestras preguntas – se expande ese otro universo paralelo y no menos misterioso de los símbolos, el arte, la religión, la ciencia, la filosofía... Esa consciencia nuestra no es fácil de aprehender; en parte porque es con ella con la que lo aprehendemos todo. Algunos psicólogos y filósofos la asocian al silencioso soliloquio en el que, no sin conflicto, interiorizamos el cúmulo de voces con que nos educan. Somos – dicen – ese decir que nos corre por dentro, el cuento que nos contamos sobre todo lo que (se nos) cuenta y desde el que, a veces, nos atrevemos a hacer nuestra propia versión de la historia.

Porque la conciencia no es solo ese “locutor” íntimo a través del cual se focaliza la atención, se reconocen las cosas, se construye la identidad personal, se planifican, dirigen o juzgan las acciones, se sentimentalizan las emociones o se encienden y apagan los deseos… También es la facultad para tomar las riendas del mundo, esto es: para crear nuestro propio relato acerca del mismo. La conciencia puede ser crítica y, por ello mismo, creadora, exploradora, vindicadora de realidades. Solo ella nos vacuna de esa insistente pandemia que es el pensamiento único.

Otro de los rasgos extraordinarios que se adscribe a la conciencia humana es la habilidad para reconocerse en otros. Contamos con lo que los demás se cuentan, nos ponemos en su lugar, contamos con ellos, sabemos que lo que vivimos no es igual de frondoso sin cómplices que lo compliquen ni antagonistas que animen la contienda. No somos nadie sin la trama que urdimos entre todos – y de la que no deberíamos permitir que se pierda ni un solo hilo –.

Ojalá, en fin, este viejo cuento de epidemias, héroes, pueblos amenazados y gloriosas remontadas (del capital – ya verán –), nos dé al menos la ocasión de tomar consciencia. Consciencia de que todo es cuento. De que nosotros también contamos – nuestra versión libre, crítica, de la historia –. O de que sin cuidar de los demás se nos acabó el cuento. Aprovechen, así, estos días de encierro para liberarse: para recapacitar, expresar, charlar y, sobre todo, pensar. Tal vez se percaten de que el tiempo perdido no era este – kafkiano y lúcido – del confinamiento, sino el de antes de que se les diera la angustiosa oportunidad de tomar conciencia. 

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura. Para leerlo en prensa pulsar aquí. 

martes, 17 de marzo de 2020

Canon cultural y políticas de género


Hay muchas razones para defender la llamada “discriminación positiva” a favor de las mujeres en el acceso a cargos o roles tradicionalmente copados por varones. La más fundamental es la innegable discriminación histórica que han sufrido y que debemos borrar del mapa de la manera más rápida y eficaz posible. Otra es el dato objetivo de que la formación de las mujeres es hoy, en la mayoría de los campos, igual o superior a la de los varones. La tercera remite al hecho de que ya existen otras políticas de discriminación positiva (hacia minorías, personas con diversidad funcional, familias numerosas, etc.) que no provocan ningún reproche. Ahora bien, aunque reconozca la utilidad y legitimidad de las políticas de paridad en la lucha contra la desigualdad de género, creo que hemos de vigilar que estas no degeneren en arbitrariedades inadmisibles.

Uno de esos errores es el que resulta de confundir la discriminación positiva en relación a criterios más imparciales de elección (por lo cual, a igualdad de méritos, se escoge a una mujer antes que a un varón para un determinado puesto, evento, lugar en un canon, etc.), con la discriminación positiva como criterio de elección por encima de cualquier otro. 

Curiosamente, este error suele darse solo en aquellos campos que, o bien se consideran – no menos erróneamente – como “decorativos” (el arte, las humanidades, ciertos eventos o instituciones), o bien están carcomidos por la inconsistente creencia en la “objetiva” imposibilidad de criterios objetivos. En otros campos (la medicina o las ciencias “duras” por ejemplo) a nadie en su sano juicio se le ocurre “repartir” los cargos, los artículos en revistas o los premios académicos en forma, sin más, paritaria. Cuando alguien va a un hospital o se matricula en una facultad de ciencias no elige (lógicamente) aquel o aquella en la que existe más paridad de género, sino aquel o aquella que cuenta con más profesionales de reconocida eficacia y prestigio (y si además hay paridad, mejor). Del mismo modo, cuando uno va a una exposición de pintura o lee un manual de filosofía debería esperar siempre encontrar allí las mejores pinturas o ideas filosóficas, sean cuales sean el género, la raza o la nación de quien las pinta o piensa. Pero no, en este caso algunos creen que se puede confundir del todo la cultura con la política. Total – parece pensarse –, como nadie sabe bien qué es el arte, y la idea de que existan ideas mejores o más verdaderas (en letras) parece ingenua – y hasta un poco fascista – , ¿qué más da imponer sin más criterios paritarios?   

Se aduce a veces que, dado que los criterios para decidir a quién se exhibe en una exposición, se le da un premio o se dispone en un programa académico (de letras), son una mera “construcción cultural” (los que creen esto descartan – por supuesto – que su creencia sea también una construcción cultural) y, sobre todo, una construcción cultural injusta (heteropatriarcal, etnocéntrica, etc.), toca decapitar dichos criterios y usar otros nuevos.

No me parece mala idea, pero solo si se demuestra que aquellos criterios están viciados y se proponen, a cambio, otros racionalmente más objetivos – desde la asunción de la posibilidad de tal objetividad, sin lo cual todo se reduce a la fuerza, aunque sea la de los votos – . Mientras tanto, el canon de un arte o un saber solo puede ser el que es. Tal como el hecho de que con él se muestre que si no ha habido más mujeres artistas, científicas o filósofas no es, fundamentalmente, porque su “genialidad innata como mujeres” (un mito populista igual que el que, a la inversa, mantiene el patriarcado) haya sido escondida o reprimida sino, simple y brutalmente, porque se les ha negado todo acceso a la cultura y a la expresión de su talento personal. Negar esto, buscando bajo las piedras figuras femeninas, sean las que sean, para dar a toda costa al canon histórico una apariencia paritaria que jamás tuvo la sociedad que lo produjo hace un flaco favor a la lucha por la igualdad de género. La historia no se puede reescribir. El canon presente y futuro sí y, si todo marcha como es debido, este tendría que estar, al fin, repleto de mujeres.

(Última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí).

jueves, 5 de marzo de 2020

Todos somos especuladores


¿Es lícito especular con los precios de los productos agrícolas o con las mascarillas contra el coronavirus? ¿Por qué no? ¿Por qué sí? Veamos. Qué algo sea “lícito” no se refiere solo ni principalmente a que sea “legal” sino, sobre todo, a que sea “legítimo” o “justo”. Es, pues, legítimo o justo especular con los precios?

Los que creen que sí afirman que la especulación es algo consustancial a la economía de mercado y la ley de la oferta y la demanda, que es la que rige nuestras sociedades haciéndolas – dicen – libres y prósperas. Si alguien te vende mascarillas contra los virus a mil euros o te compra los tomates a la mitad de lo que te pagaba antes, no solo está en su derecho, sino que hace lo que debe en una economía de mercado en la que la especulación con los precios – comprar barato, vender caro – es parte del juego. Prohibir o poner límites “morales” al negocio especulativo sería, al fin, como acabar con el y, al cabo, como ponerle puertas al campo, pues los seres humanos somos, según parece, egoístas por naturaleza, y tendemos inevitablemente a priorizar nuestro beneficio sobre el de los demás.

De otro lado, los que creen que la especulación con los precios no es justa, encuentran, como es lógico, igualmente ilegítima la libre economía de mercado. No ya porque la “libertad” y el “bienestar” que el mercado promete para todos sea un verdadero fiasco (en un mundo en que la desigualdades económicas son cada vez mayores), sino más bien porque los conceptos de “libertad” y “bienestar” que propugna son inapropiados. Frente a ellos, los “anti-mercado” propugnan otros valores – cohesión comunitaria, uso responsable de la libertad, austeridad, igualdad, respeto al medio ambiente... – y una concepción más cooperativa y solidaria del ser humano – frente a la noción competitiva y depredadora de los “pro-mercado” – . Hay que añadir que esta posición crítica frente al mercado es hoy minoritaria. Y eso pese a la tradición intelectual (marxista, anarquista, socialista) e incluso religiosa que la avala (el cristianismo – al menos antes de la Reforma protestante – consideraba la especulación y la usura como un grave pecado a evitar).


Ahora bien, exponer la posición de los que defienden la especulación y la de los que la atacan es relativamente fácil. Lo difícil es explicar cómo es posible defenderla y atacarla a la vez, que es la posición en la que estamos, por acción u omisión, la mayoría. ¿O acaso no especulan – por mucho que a la vez lo critiquen – los propios agricultores, eliminando o acumulando estratégicamente parte de su producción para mantener los precios altos? ¿O acaso no nos aprovechamos nosotros los consumidores de la miseria que se paga a los trabajadores del tercer mundo para comprar todo tipo de cosas a precios de risa en el bazar de la esquina? ¿Quién de entre nosotros está libre del “pecado” de especular cuando y cómo puede – con su vivienda, con sus ahorros, con la simple nómina que depositamos en el banco – ? Los agricultores y ganaderos que salen estos días a bloquear carreteras, o los que clamamos indignados contra los “buitres” que venden mascarillas antivirus a mil euros, no podemos estar diciendo que la especulación sea en sí misma ilícita, pues todos nosotros, de manera más o menos consciente y activa, toleramos – y vivimos cada día de – ese inmenso mecanismo especulativo que es el mercado.
De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

domingo, 1 de marzo de 2020

Palabra de maestro



Muchos de nosotros somos lo que somos gracias a (o por culpa de) las palabras de algún maestro. Los maestros y profesores tienen más influencia de la que creemos. Y es muy dudoso, digan lo que digan, que esta influencia sea hoy menor de lo que era hace cincuenta o cien años. Es cierto que ahora disponemos de más información, pero no por ello de mejor formación. Sobre el confuso “ruido de fondo” de los medios y frente a la deflación de todo criterio o valor, buscamos y necesitamos más que nunca de la autoridad intelectual y moral de los maestros. 

Un buen profesor puede ser más influyente que la familia y hasta más poderoso que un Estado. Su rol y su impronta son decisivas en ese delicado “rito de paso” entre lo familiar (lo subjetivo y afectivo) y lo social (lo institucional y normativo) que representa la educación. Todos recordamos esos pocos docentes que en la escuela, el instituto o la universidad, nos dejaron una huella indeleble; una huella que forma parte ya de nuestro ser como personas. ¿Cómo lo lograron? ¿En qué consiste la maestría del maestro?  

La prueba fundamental de maestría es el dominio de la palabra, esa que, en un cuerpo tan pequeño y siendo casi invisible – decía el retórico Gorgias – , demuestra, sin embargo, el mayor de los poderes. La palabra determina toda nuestra vida: desde el diálogo primero con nuestros padres hasta la interiorización de ese diálogo en el torrente de palabras íntimas con que narramos, dirigimos y juzgamos todo lo que nos pasa y al que llamamos “conciencia”.

Pero a la vez que nos modela por dentro, la palabra también lo hace desde fuera, como institución social bajo cuyas normas – la gramática, la palabra de la ley, la palabra de Dios… – aprendemos lo que hay que pensar, desear, sentir, hacer y padecer. Pues bien: entre estas dos voces, la de dentro (familiar e íntima) y la de fuera (la del poder y sus leyes) tiene lugar la del maestro. La del maestro que, cuando lo es, es la palabra que comprende y libera.

A diferencia del habla afectuosa de la familia, del monólogo a menudo angustiado de la propia conciencia, de la confesión cómplice de los iguales, del parloteo de fondo de los medios, o del discurso imperativo de la norma, de Dios o de la ciencia, la palabra del verdadero maestro se muestra como un habla que comprende, es decir, un habla que ayuda a pensar, categorizar, humanizar, verificar y valorar reflexivamente las demás voces; y también, y por lo mismo, como un habla que nos libera en tanto nos permite comprender – y, por ello, controlar en lo posible –  todo lo que nos habita y nos rodea.

El habla comprensiva del maestro solo puede nacer del saber. El mejor profesor es el más sabio. Nada hay más simple e inapelable que esto. Contra la imagen –falsa y nociva– del docente como un técnico (un experto en didáctica, psicología, retórica...) el verdadero maestro es aquel que, por sus conocimientos y su bagaje humano despierta en el alumno las ganas de saber y de ser. Hagan memoria y verán como el maestro que más ha influido para bien en sus vidas no fue el más innovador, ni el que mejor “comunicaba”, ni el más simpático, sino aquél que más cosas apasionantes y verdaderas tenía para contarles y mostrarles, encarnadas en su voz y en su persona.

Para saber hay que vivir. Primum vivere, dice el dicho. Lo que no dice – y por eso el dicho es falso – es que la vida más vivida es la vida más pensada. Y la vida pensada es aquella que se deja traspasar por la palabra. Pensar es hablar y vivir por y desde dentro. Y educar hablar desde lo hablado, comunicar lo ya pensado y pensarlo – vivirlo – de nuevo otra vez.

Cualquier palabra vale más que mil imágenes, pues solo la palabra permite la reflexión (hablar de lo que habla). De otro lado, nada relevante o libre se hace o aprende sin pensarlo y hablarlo antes (que es lo más activo, con diferencia, que podemos llegar a hacer). La imagen y la mera praxis han sido siempre armas de seducción y alienación masivas, y solo en la palabra y el diálogo puede darse la argumentación, la refutación, la disrupción inteligente, la mayor ironía, la crítica, la libertad.      

Hay otra cosa que nunca he echado a faltar en los buenos profesores: el respeto a la palabra de sus alumnos; esto es, su disposición sincera a pedirles, ofrecerles y darles la razón y la voz a cada paso. ¿Habrá más elemental muestra de respeto hacia un ser racional – por joven que sea – que pedirle y darle razón de todo lo que conviene, o permitir que la inquiera y exprese él? Los buenos maestros, cuando animan a intervenir, te escuchan como si fueras a decir la palabra más importante del mundo. Y a veces, y solo por eso, empiezas a soñar con decirla de veras. Vaya con estas tan torpes mi homenaje a aquellos que me enseñaron a usarla, a hablar con razones y a discurrir por todos lados, por oscuros que parezcan, con esa pequeña luz que me ha hecho compañía hasta en la más oceánica de las incertidumbres. La palabra, sabia y libre, de mis maestros.
(Artículo publicado en la Revista Ex +, nº 1, de El Periódico Extremadura)



miércoles, 26 de febrero de 2020

Cañadas para camiones



A veces, la gente que vive en el campo muestra muy poco aprecio por él. Cuando no sirve para sacarle rendimiento les parece algo sin valor que habría que desbrozar y convertir cuanto antes en algo más “moderno y bonito”. Para algunos el campo es “fusca”, una palabra, por cierto, muy extremeña. “¡Vecino! ¿Cuándo va a quitar toda esa fusca?”, me dicen los paisanos cuando pasan junto a mi casa, en la que los árboles crecen como quieren y los arriates rebosan, impacientes ya de primavera, por todos lados.


Si por mis vecinos fuese tendría la finca como una patena de cemento pulido. Tal como muchas de sus casas, en las que apenas hay nada – tierra, árboles, pájaros – que pueda estropear esa perla gris de la civilización que es el gres o el hormigón impreso. O como son las calles y plazas de muchos pueblos, sin un mísero árbol de sombra que pueda “ensuciar” el suelo. Para parte de mis paisanos la naturaleza es básicamente fusca, suciedad, oscuridad selvática, el corazón de las tinieblas vaya.


Debe ser por eso (y por unos fondos que han llegado de la U.E.) que, junto al bonito y aún recoleto pueblo en el que vivo – Mirandilla se llama – y al Parque Natural de Cornalvo, a alguna Consejería le ha dado por transformar la cañada real que por allí serpentea – un bucólico sendero entre encinas y charcas – en una pista de diez metros para el tráfico de camiones. Algunos paisanos piensan que deberíamos estar contentísimos de que, a costa del camino radiante de flores (entre ellas un narciso rarísimo) que bajaba a la vieja Dehesa del Rincón – declarada “lugar de interés científico” – y al rumoroso arroyo del lugar, nos estén haciendo una pista por la que – dicen con entusiasmo – ¡pueden pasar camiones en los dos sentidos! Pero yo, más que contento lo que estoy es “enfuscao” o “enfurruscao”, rancias palabras, también extremeñas, que mezclan la fusca (esa espesura insana que para algunos parece ser el campo) con el mal humor. Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 19 de febrero de 2020

Asistencia sexual.


Se debate estos días en Francia la legalización de la asistencia sexual a personas con diversidad funcional incapaces de satisfacer por sí mismas sus deseos o necesidades sexuales, algo que ya ocurre – sufragado en ocasiones por el Estado – en otros países como Suiza, Alemania, Bélgica, Holanda o Dinamarca. El Comité Consultivo de Ética – una institución muy reputada en Francia – ya se pronunció hace años en contra de este mismo proyecto, al afirmar que tales prácticas suponían un uso mercantil del cuerpo humano similar al de la prostitución. La actual secretaria de Estado de Discapacidad, Sophie Cluzel, cree, sin embargo, que la percepción social puede haber cambiado en cuanto a lo que supone “condenar a las personas con discapacidad a una abstinencia no elegida”. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

sábado, 15 de febrero de 2020

¿Una romería para Europa?


Los motivos del Brexit y de otras tantas tendencias centrífugas en el seno de la Unión Europea son complejos. Para algunas élites cabría hablar de motivos puramente económicos o políticos (el rechazo del modelo intervencionista europeo o la anteposición de alianzas más prometedoras). Para sectores más amplios de población los motivos parecen ser, en cambio, básicamente ideológicos (en el peor sentido de la palabra): la creencia de que “Europa nos roba o empobrece”, el miedo a una “invasión de inmigrantes”, la defensa de la identidad nacional…


¿Cómo conjurar todos estos motivos? Con la legislación no basta. Con el argumento pragmático – aquello de “juntos somos más fuertes y competitivos” – tampoco (nuevas crisis o cálculos estratégicos podrían dar al traste con esto en cualquier momento). ¿Entonces? Un amigo me decía en broma que lo que Europa necesita es una buena “romería” para aunar a sus habitantes en torno a símbolos comunes e idiosincráticos.


Lo de la romería es una boutade reveladora: el mayor problema de la U.E. es el desapego de sus habitantes y la ausencia de referentes culturales comunes y efectivos; algo que hace que, para la mayoría, Bruselas no sea más que un negociado administrativo enorme, complicado, costoso y lejano.


¿Por qué no existen esos referentes culturales? La falta de un idioma común no es un obstáculo insalvable (hay naciones cohesionadas y plurilingües); la “crisis de valores” asociada a la globalización cultural tampoco (dado que los valores “globalizados” son precisamente los europeos); la extinción de la vieja educación humanística – sustituida por la “cultura-TED” y la Wikipedia – tampoco es razón suficiente: estudiar a los clásicos o conocer las vanguardias pictóricas está muy bien (nos traen algo del “espíritu” europeo) pero por sí mismo no basta: incluso si todo el mundo leyera por las noches a Zweig o a Kant, la U.E. seguiría siendo algo culturalmente deslavazado y abstruso. ¿Por qué? Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí




lunes, 10 de febrero de 2020

Vivir y morir en los medios


La nuestra no es la única “cultura audiovisual” que han visto los siglos (de hecho, la mayor parte de las culturas han sido culturas audiovisuales), pero sí es la primera en que ese imaginario audiovisual va camino de ocupar la totalidad de la vida mental. Fíjense que hoy son los medios – la tele, el móvil, Internet – los que pueblan de imágenes y sonidos nuestra cabeza, configuran el mundo de estímulos al que prestamos esa atención difusa que se presta al “entorno real”, y emiten la “voz” que escuchamos más a menudo. Los medios se han convertido, en fin, en una suerte de conciencia impostada y colectiva: un mundo/mente en la que todo lo proyectado lo identificamos naturalmente como “propio”, y en el que los personajes virtuales con los que convivimos – Kobe Bryant y muchos más – representan valores y presencias reales; hasta el punto de que la muerte de uno de ellos nos convoca a todos como a habitantes de una misma “aldea” virtual. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 7 de febrero de 2020

Simulación e ironía: notas para una didáctica no dogmática de la filosofía.

La revista Paideia publicó hace unas semanas este artículo mío sobre didáctica de la filosofía en el que se cuestiona especialmente la confusión (habitual entre políticos y no pocos docentes) entre la filosofía y la educación en valores morales o cívico-democráticos. Para leer la revista completa: https://drive.google.com/…/1NoRIm6ARI8uGs9wvceSI1YoHE…/view…

jueves, 30 de enero de 2020

Crispación y publicidad


Alguien dijo que la política consiste en una combinación de burocracia y publicidad. Burocracia para administrar el orden imperante, y publicidad para convencernos de su legitimidad. Esto siempre ha sido así. Pero si el escenario y el lenguaje con que el poder “vendía” tradicionalmente su producto eran los de la sublimidad estético-religiosa, ahora ese escenario y lenguaje son los mismos con que se publicitan el resto de mercancías (un líder o medida política se venden hoy igual que cualquier otro producto en el mercado). Ahora bien, esta secularización democrático-liberal de la propaganda política tiene sus propios problemas: el universo publicitario se expande a tal velocidad que la lucha por captar la atención (no menos dispersa) del cliente/ciudadano exige nuevos recursos. Y uno de ellos es el de la crispación. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura



sábado, 25 de enero de 2020

¿Quién, en qué y cómo educar a los hijos?


Es corriente que los partidos políticos busquen puntos de desacuerdo en torno a los que reafirmarse y pregonar su (a veces escasa) mercancía ideológica. Algo para lo cual la educación es terreno siempre fértil. De ahí que la comunidad educativa tengamos este síndrome de punching ball de feria en el que unos y otros exhiben, en cuanto tocan poder, sus sacrosantas diferencias. El último golpe ha sido la propuesta de VOX de establecer un “pin parental” que faculte a los padres a eximir a sus hijos de determinados contenidos educativos que ellos (los de VOX) consideran moralmente controvertidos.


Sin embargo, pese al carácter anecdótico, y el breve recorrido legal que probablemente va a tener la medida, el asunto del “pin parental” plantea una controversia que como sociedad no tenemos del todo resuelta, y que no solo despierta debates públicos más o menos oportunistas, sino que también da alas a la instrumentalización política de la educación.


Para analizar y resolver dicha controversia, lo primero es retirar la capa de demagogia que intencionadamente la cubre. Ni el derecho natural de los padres a educar a sus hijos es absoluto (ningún padre podría educarlos en prácticas ilegales o que dañaran gravemente su salud o integridad moral), ni el derecho de los niños a la educación – que clama el ministerio – es algo que quepa acatar sin aclarar antes quién, en qué asuntos y cómo se debe implementar ese indiscutible derecho.


En cuanto al quién y al cómo – y simplificando mucho el debate –, para los más liberales la familia siempre ha tenido, directa o indirectamente (a través de instituciones afines), la prioridad absoluta en educación moral, con que el Estado tendría que limitarse, esencialmente, a la formación científico-técnica y profesional. Del lado de la socialdemocracia y afines, aunque conceda a la familia la prioridad natural en educación moral, siempre se ha defendido la necesidad de una educación cívica en valores por parte del Estado (fundamentalmente de aquellos que sostienen el orden jurídico-político).


¿Cómo resolver esta controversia? La verdad es que nuestras democracias liberales han dado, desde hace tiempo, con una fórmula enormemente sensata. A los niños hay que educarlos moralmente entre todos (ni solo la familia ni solo el Estado); y todos han de hacerlo en un mismo y único sentido: en el del logro de su mayor autonomía y libertad de criterio. Pues los niños no son propiedad ni de sus padres ni del Estado (falso dilema este). Los niños son, fundamentalmente, propiedad de sí mismos.


El logro de la autonomía moral del niño como fin fundamental de la educación supone que, sean cuales sean los valores que se le enseñan, estos no deben coartar (idealmente en ningún grado) su libertad para experimentar, pensar y escoger por sí mismo qué vida quiere llevar y quién quiere ser. ¿Qué como se hace esto? Esencialmente de tres maneras complementarias.


La primera es poblar el entorno del niño de la mayor pluralidad moral posible, mostrándole no solo los valores propio a su entorno familiar o privado, ni aquellos que nos son comunes a todos (incluido el valor mismo de lo común, sin el cual no hay sociedad que valga), sino también – “a más saber más libertad” – algunos de los que, idealmente, se han propuesto como deseables o dignos del ser humano en cualquier otra época o cultura.


Lo segundo es dotar al niño – cuanto antes mejor – de las herramientas analíticas y expresivas, y de la actitud reflexiva y crítica imprescindibles para cimentar el ejercicio serio y consciente de su libertad – algo que debe hacer la escuela a través de materias especializadas en fomentar el pensamiento crítico y autónomo –.


Y lo tercero: permitir y alentar, en un entorno seguro y afectuoso, la experiencia, gradual, de esa misma autonomía de criterio por parte del niño. A ser libre se aprende siéndolo.


Pluralidad moral, pensamiento crítico y respeto al criterio del niño. No hay elementos más importantes con los que justificar un derecho a la educación que, sobre todo lo demás, ha de servir para formar personas íntegras y capaces tanto de dirigir su vida como de ejercer de forma madura su soberanía política.

Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí. 









jueves, 16 de enero de 2020

Un máster para ser padres




Se ha hablado estos días del nuevo “máster” de formación prematrimonial de la Iglesia. Más allá de la habitual crítica a su desfasada concepción de la sexualidad (cosa que, por otro lado, solo representa una pequeña parte del curso – en el que también se incluyen asuntos como la fidelidad y los celos, la concepción del amor o la resolución de conflictos –), lo que más ha llamado la atención es su duración: entre dos y tres años. El argumento – al decir de los obispos – es que si para ser sacerdote, médico o lo que sea, se exigen años y años de formación, ¿cómo van a bastar veinte horas – lo que dura el cursillo prematrimonial de toda la vida – para formar a alguien como esposo y padre o madre de familia?

La verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Yo mismo suelo plantear algo parecido a mis alumnos. “A ver – les digo –, si yo, vuestro profe, para educaros tres horas a la semana en una materia muy determinada y durante un solo año, he tenido que estudiar una carrera, superar una oposición, realizar decenas de cursos y diseñar una programación detallada, ¿cómo es que para tener un hijo y educarlo en todo y durante toda la vida no se requiere – por lo general – ni    un mísero test psicotécnico? ¿Nos es esto un poco extraño?”... De todo esta tratamos en nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

sábado, 11 de enero de 2020

Imposibilidad del desacuerdo


Muchos se escandalizaban estos días del tono bronco del debate de investidura. Pero salvo en aquellos que lo tienen por profesión, no veo yo que haya que escandalizarse de nada. El teatrillo de los aspavientos, los ataques verbales y los rostros de indignación es táctica habitual de los regímenes parlamentarios. Como los jugadores de lucha libre, los líderes políticos escenifican una rivalidad exagerada, no solo para negociar al alza o captar la atención de votantes y patrocinadores, sino, sobre todo, para disimular la ausencia real de controversia que entraña el juego democrático.

En nuestras democracias, más que verdaderos desacuerdos ideológicos, lo que hay es rivalidad por el poder, que es cosa muy distinta. De hecho, la bronca exhibición de “principios irrenunciables” y “diferencias insalvables” se activa especialmente cuando el poder está en juego (investiduras, periodos electorales) y – cuando no se usa como estrategia de crispación permanente – se desactiva en periodos de estabilidad.

Ahora bien, aunque en torno al objetivo del poder los políticos son – como dice la gente – “todos iguales”, en cuanto a lo que unos y otros pretenden hacer con ese poder sí que debería haber una verdadera controversia. ¿O no? Veamos.

En primer lugar, la controversia política es, en nuestras democracias, muy relativa. Cualquier partido que se haga con el poder y quiera conservarlo necesita el apoyo electoral de mayorías ideológicamente poco posicionadas y reacias, por principio, a aventuras políticas. Esto tiende a igualar en la práctica la política de los partidos (los que tienen acceso al poder; los que no, pueden fantasear y generar controversias ficticias, en la confianza de que, al menos de momento, no van a gobernar).

En segundo lugar, las disputas políticas que se exhiben públicamente son, por lo general, bastante superficiales. No hay más remedio: lo más importante está ya decidido de antemano por políticas económicas, equilibrios geopolíticos y dispositivos de legitimación cultural a gran escala que superan con creces las capacidades de los cada vez más endeudados, impotentes y culturalmente desustanciados Estados. De ahí que la controversia político-mediática se vuelque en debates morales (cuestiones bioéticas, derechos de las minorías, cuestiones de género…) o simbólicos (identidad nacional, religión, monarquía…) y no en tratar con profundidad sobre las estructuras productivas y sociales.

Pero, en tercer lugar, y más aún, la “controversia” – en sentido fuerte – resulta, sea cual sea, metafísicamente imposible. Las creencias y deseos de la gente, por distintos que parezcan, o son racionales o no lo son. Si son racionales la controversia es solo accidental y el acuerdo, tarde o temprano, necesario (razón, como la madre de uno, no hay más que una). Y si son irracionales, o lo son por defecto o lo son por principio. Si lo son por defecto – como cuando somos víctimas de falacias, sesgos o noticias falsas – es de nuevo la razón la que disuelve la controversia librándonos de engaños y errores; y si lo son por principio – suponiendo que tal cosa fuera posible – solo cabe la fuerza para dirimir el conflicto; pero la fuerza no equivale a ninguna controversia, sino a un simple mecanismo físico (por el que unos presionan o resisten más que otros, una urna tiene más o menos votos que otra, etc.).

La controversia es, pues, en nuestras democracias, relativa y superficial y, en un sentido más amplio, imposible. Pero esto no anula la diferencia entre fuerzas políticas. Así, las utopías de la izquierda revelan esa imposibilidad apostando por la educación y el diálogo (que supone y persigue la resolución lógica de toda controversia), mientras que el realismo político de la derecha hace lo propio apostando por la fuerza (que es ya puro mecanismo sin controversia alguna). Ahora bien, esta última y supuesta controversia teológica entre el teleologismo y optimismo racional de la izquierda, y el mecanicismo y pesimismo antropológico de la derecha – o, como suele decirse, entre “convencer” y “vencer” – no puede ser, por lo dicho, menos aparente e imposible que cualquier otra. Ojalá nos convenza de ello esta nueva legislatura. (Este artículo fue publicado el 8 de enero de 2020 en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo publicado pulsar aquí)