miércoles, 29 de abril de 2026

Inmigración y educación para la ciudadanía

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Ver al dirigente de Vox José María Figueredo – camisa abierta y patillas a lo Milei – explicando cómo va a aplicarse lo de la «prioridad nacional» impresiona. ¿Qué significa «hacer todo lo posible» para que los inmigrantes quieran marcharse? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que se va a «cumplir la ley al mínimo»? ¿En qué mundo vivimos? (A esto último no hace falta que contesten). 

Incluso si, como es de esperar (como esperan los que les han regalado las elecciones), las políticas de Vox resultan infructuosas, sus intenciones amenazan la convivencia pacífica con quienes hacen los trabajos que ya no queremos hacer, dinamizan nuestra economía o alivian la crisis demográfica. Pintarlos como invasores, delincuentes o parásitos es un infundio que acarrea penosas consecuencias incluso para el propio Vox, ya sea porque sus amenazas se queden forzosamente en nada (¿para qué votarlos entonces?), ya sea porque se atrevan a aplicar medidas drásticas (contra la ley, contra la Iglesia, contra los intereses empresariales, y a favor de la movilización de una izquierda que parecía resignada al cambio de ciclo). Miren el efecto en las encuestas de la enloquecida campaña contra los emigrantes en EE. UU…

Pero la peor de esas consecuencias es, sin duda, la de poner en riesgo el – siempre peliagudo – proceso de integración entre comunidades culturalmente distintas, magma profundo del estado de opinión que sirve de combustible a la demagogia xenófoba. Dicho proceso de integración comienza, desde luego, por regularizar y por reconocer los derechos que asisten a todos los que trabajan en nuestro país; pero es imprescindible que, a la vez, se facilite a los trabajadores extranjeros cauces sociales y educativos sólidos y eficaces para su plena integración como ciudadanos. En una democracia no puede haber sujetos políticos de primera y segunda clase; pero tampoco un estatuto de ciudadanía derivado del mero hecho de haber nacido o residir tal número de años en un determinado lugar. La noción de «arraigo» puede y debe tener un contenido sustantivo: no en cuanto a la adopción de creencias o costumbres «nacionales», claro está, sino en cuanto a la asimilación crítica de determinados principios y valores (especialmente aquellos en los que se inspira nuestro marco jurídico) a través de una formación obligatoria, normalizada y común.

Que la formación educativa insista en formar obligatoriamente a todos (nativos o extranjeros) en un pluralismo crítico que, sin incurrir en dogmas ni relativismos inconsecuentes, trate de valores comunes, es fundamental para evitar guetos y desencuentros insalvables. La ciudadanía no consiste esencialmente en ser «español» o «finlandés», sino en ser «civilizado», entendiendo como tal la capacidad y la voluntad para poner el diálogo y el consenso racional y democrático (y los valores a ello aparejados) como ejes de la acción común. Los Estados europeos deberían combatir el estado de opinión que sirve a la demagogia racista de la ultraderecha reforzando educativamente la fundamentación ética y la proyección política de una moral cívica transnacional y común a todos y todas. Nos van en ello la prosperidad, la estabilidad social y el fortalecimiento de nuestras desvaídas democracias.  

miércoles, 22 de abril de 2026

Profes de excursión

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


A diferencia de lo que ocurría en la mayor parte de las clases, todos nos acordamos de las excursiones del colegio. Uno recuerda siempre lo que ha vivido con plenitud (sea bueno o malo) y olvida lo que se ha limitado a soportar muerto de aburrimiento. En las excursiones, en las buenas, en las que los profes nos dejaban vivir, no solo explorábamos otros territorios (muchos salían del pueblo o del barrio por primera vez), sino que también nos reconocíamos a ratos en roles más adultos, arriesgados y excitantes. No había mejor aprendizaje que ese aventurarse libre y primerizo por la jungla del mundo.

Ese recuerdo hizo que me embarcara, ya como docente, en muchas de esas maravillosas aventuras extraescolares (tan buenas que algunas no las detallaría hoy sin consultar antes con un abogado). La ilusión, la experiencia cultural y humana o el agradecimiento eterno de los chicos bastaban para compensar los madrugones, el esfuerzo organizativo, las noches en vela… Hoy, sin embargo, me lo pensaría cien veces antes de llevarlos a ningún lado. No por ellos, sino por la fiscalización y desprotección legal del docente que regala su trabajo y su tiempo en viajes que, para mí, casi han dejado de valer la pena. La obsesión por la seguridad y la «integridad» de los menores hace que, paradójicamente, se vuelva cada vez más difícil esa forma de educación «integral» que asociamos a las actividades fuera del aula. Se tiene un concepto tan pervertido de lo que es la protección del menor – como si su «integridad» no fuera algo que aún tiene que construir (y aprender a cuidar) por sí mismo, experimentando, corriendo riesgos, extraviándose, reinventándose – que acabaremos por hacerles vulnerables a todo. Es extraño que a la vez que la pedagogía y la retórica educativa insisten de mil maneras en el desarrollo de la autonomía de niños y adolescentes, cada vez se les deja menos margen para explorar el mundo por sí solos, fuera de las actividades programadas y del control de padres, profesores, psicólogos, monitores y hasta microchips, como si fueran perros.

Reflejo de una sociedad profundamente infantilizada, sin más valores aparentes que los (propiamente infantiles) del bienestar y la seguridad, los docentes hemos ido aceptando, además, un sinfín de funciones policiales (vigilantes, administradores de datos, carceleros, policías cibernéticos…) que nada tienen que ver con la educación. Esto no quiere decir, ojo, que no haya que atender, cuidar y controlar; o que no haya casos de negligencia profesional (a unos compañeros de un instituto aragonés se les juzga en estos días por ello); quiere recordar, tan solo, que educar consiste fundamentalmente en acompañar a los chicos en (y no en protegerlos de) ese difícil y peligroso rito de iniciación en el que van librándose del caparazón de la inocencia y armándose de todo lo que necesitan para afrontar el mundo de un modo pleno y consciente; y que esto supone naturalmente un riesgo que, por mucho miedo que dé, no toca otra que aceptar.

miércoles, 15 de abril de 2026

La cara oculta de la Tierra

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Confieso que ver todos estos días en primera página a los astronautas del Artemis II me ha tocado la moral y las narices. Soy tan novelero como cualquiera, pero no está la cosa como para tirar cohetes: hay que estar a la luna de Valencia para andarse con la vieja milonga del progreso y el «gran paso (¿hacia dónde?) de la humanidad» mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Y digo milonga no por lo que la cosa tenga de hazaña técnica (que la tiene, y es admirable), sino por el sentido político que se le quiere dar. El «progreso científico» no equivale a «progreso político o moral», aunque el relato propagandístico juegue a menudo con ese equívoco.

El progreso político consiste en crear las condiciones materiales para que todo ser humano pueda cubrir sus necesidades básicas y realizar su proyecto personal en armonía con los otros.  El progreso científico, en cambio, solo proporciona un arsenal de técnicas con las que modificar esas mismas condiciones materiales; pero ni garantiza que se modifiquen para mejorar la vida de la gente (pueden usarse, perfectamente, para empeorarla), ni que tales modificaciones lleguen a la mayoría (pueden muy bien reservarse para una élite pudiente).

Brindar por los éxitos de la ciencia es, pues, estupendo, pero sin olvidar que, por sí mismos, no significan políticamente nada. Es más: deberíamos subrayar que tales éxitos suponen, casi siempre, la necesidad de profundizar en otro tipo (totalmente distinto) de conocimiento: aquel por el que consensuamos razonadamente los principios, normas, fines y valores que han de guiar y regular el modo en que implementamos los «avances» científicos (piensen en los problemas éticos que acarrean la biotecnología, el uso de la IA, la energía atómica o… el dominio del espacio). Este tipo de conocimiento ético no es menos complejo que el de los ingenieros de la NASA (mucho me temo que lo es infinitamente más), pero poca gente parece preocupada o siquiera consciente de él. Permanece oculto en oscuros comités y cenáculos académicos, cuando tendría que desarrollarse a la vista de todos y con tanta publicidad, al menos, como la que tienen los hallazgos de la ciencia. 

Mientras, conviene desconfiar de la propaganda. Más acá de esa leve (y tranquilizadora) impresión de concordia en torno a la exploración espacial con que la política exterior norteamericana muestra su lado amable (eclipsando fugazmente al siniestro lunático que tienen por presidente), la cara menos visible de nuestro planeta esconde lo que ya sabemos pero tenemos unas ganas locas de olvidar: la agonía diaria de las víctimas de la guerra , los miles de inmigrantes cruelmente deportados o ahogados en el mar, la opresión y la violencia sobre las mujeres, la creciente desigualdad económica, el derrumbe de la legalidad internacional, la amenaza del cambio climático…  ¿Habrá que lanzar un cohete para sobrevolar y fotografiar África, Gaza, Líbano, Latinoamérica o Ucrania, para no olvidar que antes de «andar en la Luna» convendría sembrar de justicia la Tierra?

 


sábado, 11 de abril de 2026

Elogio de la dispersión

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal.  Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?

Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?

Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente… 

¿Es la Virgen María una mujer empoderada?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


 Parece que no se dan cuenta de nada, pero los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación.

Los ejemplos abundan. El otro día, en el vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños. ¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales, coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han venido a caer, los pobres.

Tampoco sé cómo podríamos inculcar al alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes, modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en las redes… 

La pluralidad está muy bien, y es uno de los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión, pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a prueba de razones (el presunto «sentido común»), esconden un ideario  totalitario, reaccionario y excluyente. Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.