miércoles, 13 de mayo de 2026

IA y fraude académico

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


La tecnología al servicio del fraude académico se ha vuelto tan compleja que profesores y alumnos empezamos a parecer agentes secretos. Imaginen estudiantes que durante los exámenes musitan palabras en clave a la medalla que llevan al cuello, toman microfotografías con el bolígrafo o reciben mensajes a través del nano pinganillo que llevan en el oído. Junto a ellos, visualicen profesores armados con sofisticados detectores de frecuencia haciendo barridos y escaneando a todo el que resulta sospechoso. No es una película de espías, sino el escenario de un aula cualquiera… ¡Y no solo del futuro! De la entrañable chuleta hemos pasado ya al collar inductor, la cámara oculta en el ojal, el pinganillo magnético, las gafas inteligentes…

Y cuidado, que estos nuevos métodos de hacer trampas no solo sabotean los métodos tradicionales de evaluación, sino el propio proceso de enseñanza, por innovador que este sea. Todavía con las viejas chuletas se aprendía a estructurar y sintetizar contenidos; pero abusar de máquinas que seleccionan y organizan por si mismas la información, responden y plantean preguntas, buscan opiniones y argumentos, comparan, traducen, sugieren y resuelven problemas… es algo que atrofia nuestras capacidades intelectivas y convierte el aprendizaje en un puro simulacro. Es cierto que esto ya pasaba – en cierta medida – con los profesores que se limitaban a dictar lecciones o con los libros de texto que te lo daban todo hecho, pero la mala educación que proporciona la IA (contagiando al alumnado de su propio remedo de inteligencia) es tan perniciosa que no sirve ni para promover la memoria. La IA solo beneficia a quienes son ya capaces de escribir, argumentar, analizar, comparar, traducir o cuestionarse las cosas por sí mismos; ellos sí pueden utilizar la máquina para sortear tareas burocráticas o para poner a prueba su propio trabajo. Pero ¿cuántos alumnos – incluyendo a los universitarios – están en esa situación?  

¿Y qué hacer ahora? Convertir a los profesores en ciber-policías armados de escáneres o expertos en programas y contraprogramas de detección no soluciona gran cosa. No solo porque los docentes no den más de si (recuerden que, además de expertos en tal o cual materia, ejercemos también de pedagogos, trabajadores sociales, psicólogos, enfermeros, animadores culturales, creadores digitales, educadores cívicos, hablantes bilingües, cuidadores, porteros, administrativos…), sino porque, como decíamos, la cuestión va mucho más allá de hacer trampas en exámenes o trabajos. ¿Entonces? En cuanto a la evaluación sería imprescindible apostar por una verdadera evaluación continua, más presencial, más individualizada, más interactiva (para todo lo cual se necesitaría una bajada drástica de ratios); y en cuanto al aprendizaje, la generalización de enfoques didácticos más motivadores, en los que se haga palpable el vínculo entre el desarrollo personal y las competencias intelectuales: el alumno debe tener claro que no se llega a ser una persona (en ningún sentido interesante de la palabra persona) permitiendo que una máquina piense por ti…  A ver si las administraciones educativas están a la altura, aunque sea pidiéndole a la IA que les sople alguna solución.  

jueves, 7 de mayo de 2026

Menos terapia y más amigos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Está de moda
«ir a terapia». Nos reíamos de los esnobs neoyorquinos hablando solos en un diván, o de la afición de los argentinos al psicoanálisis, y ahora al fin (con cincuenta años de retraso) estamos al mismo nivel. Si no quieres ser un don nadie (o un «boomer» casposo) has de ir a terapia. No necesariamente porque tengas un problema médico específico, sino, en general, para «cuidarte», para «estar emocionalmente en forma», para desarrollar determinadas «virtudes» (asertividad, resiliencia, inteligencia emocional…) y – sobre todas las cosas – para que alguien te escuche. Normal. ¿Quién va a escuchar gratis a un narcisista impúdico sin más inquietud que mirarse el ombligo emocional (el otro, el físico, ya nos lo miramos en el gimnasio)? Mucha gente va al psicólogo «porque» no puede ir más que al psicólogo (y entiéndase ese «porque» en los dos sentidos).

Ahora bien, ¿de verdad sirve la terapia para algo? Desde un punto de vista rigurosamente terapéutico, está todo tan psicopatologizado (no hay problema afectivo, moral, o hasta filosófico que la gente no confunda con un problema psicológico) que la terapia puede servir aparentemente para todo y (por lo mismo) para nada. Y en cuanto a lo de cuidar del «bienestar mental»  también tengo mis dudas: ¿quién es un psicólogo para decirte qué es estar bien o mal? La psicología es a lo sumo una ciencia, no una religión o un recetario moral.

Además, me temo que la terapia tampoco sirve realmente para que nos escuchen; al menos, no como nosotros queremos. Al psicólogo le pagamos para que analice nuestra conducta, no para que empatice, nos conforte y acabe debatiendo con nosotros sobre la conveniencia de nuestros actos. El psicólogo no es un amigo, ni debe implicarse emocionalmente con su paciente (eso nos enseñaban, al menos, en la facultad), ni puede convertirse en una especie de gurú que, so capa de tratar presuntos problemas de conducta, pretenda orientarla en función de determinados fines o valores.

No nos engañemos: lo que la mayoría de la gente necesita no son psicólogos, sino amigos. Amigos que nos escuchen, no por dinero, sino por interés genuino. No hay nada más «sanador» que saberse querido y escuchado de verdad por otros. Ni nada más inteligente que rodearse de amigos que nos conozcan y puedan, no solo aplaudirnos y apoyarnos (eso es fácil), sino ponernos amorosamente a parir cuando haga falta. 

Ahora bien, lo de tener amigos (que no sean una IA) tampoco es gratis. De hecho, es bastante más costoso que ir al psicólogo. Los amigos no se alquilan por horas; hay que ganárselos. Y para ello conviene ser una persona lúcida, crítica, honesta, divertida y, desde luego, tener inquietudes por algo que no sea el estrecho mundo de nuestras neuras, manías, complejos y emociones particulares. Quien los tenga, pues, que los cuide, porque los psicólogos abundan, pero los amigos están – como todo lo que no es monetarizable ni fiscalizable– en serio peligro de extinción.