jueves, 7 de mayo de 2026

Menos terapia y más amigos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Está de moda
«ir a terapia». Nos reíamos de los esnobs neoyorquinos hablando solos en un diván, o de la afición de los argentinos al psicoanálisis, y ahora al fin (con cincuenta años de retraso) estamos al mismo nivel. Si no quieres ser un don nadie (o un «boomer» casposo) has de ir a terapia. No necesariamente porque tengas un problema médico específico, sino, en general, para «cuidarte», para «estar emocionalmente en forma», para desarrollar determinadas «virtudes» (asertividad, resiliencia, inteligencia emocional…) y – sobre todas las cosas – para que alguien te escuche. Normal. ¿Quién va a escuchar gratis a un narcisista impúdico sin más inquietud que mirarse el ombligo emocional (el otro, el físico, ya nos lo miramos en el gimnasio)? Mucha gente va al psicólogo «porque» no puede ir más que al psicólogo (y entiéndase ese «porque» en los dos sentidos).

Ahora bien, ¿de verdad sirve la terapia para algo? Desde un punto de vista rigurosamente terapéutico, está todo tan psicopatologizado (no hay problema afectivo, moral, o hasta filosófico que la gente no confunda con un problema psicológico) que la terapia puede servir aparentemente para todo y (por lo mismo) para nada. Y en cuanto a lo de cuidar del «bienestar mental»  también tengo mis dudas: ¿quién es un psicólogo para decirte qué es estar bien o mal? La psicología es a lo sumo una ciencia, no una religión o un recetario moral.

Además, me temo que la terapia tampoco sirve realmente para que nos escuchen; al menos, no como nosotros queremos. Al psicólogo le pagamos para que analice nuestra conducta, no para que empatice, nos conforte y acabe debatiendo con nosotros sobre la conveniencia de nuestros actos. El psicólogo no es un amigo, ni debe implicarse emocionalmente con su paciente (eso nos enseñaban, al menos, en la facultad), ni puede convertirse en una especie de gurú que, so capa de tratar presuntos problemas de conducta, pretenda orientarla en función de determinados fines o valores.

No nos engañemos: lo que la mayoría de la gente necesita no son psicólogos, sino amigos. Amigos que nos escuchen, no por dinero, sino por interés genuino. No hay nada más «sanador» que saberse querido y escuchado de verdad por otros. Ni nada más inteligente que rodearse de amigos que nos conozcan y puedan, no solo aplaudirnos y apoyarnos (eso es fácil), sino ponernos amorosamente a parir cuando haga falta. 

Ahora bien, lo de tener amigos (que no sean una IA) tampoco es gratis. De hecho, es bastante más costoso que ir al psicólogo. Los amigos no se alquilan por horas; hay que ganárselos. Y para ello conviene ser una persona lúcida, crítica, honesta, divertida y, desde luego, tener inquietudes por algo que no sea el estrecho mundo de nuestras neuras, manías, complejos y emociones particulares. Quien los tenga, pues, que los cuide, porque los psicólogos abundan, pero los amigos están – como todo lo que no es monetarizable ni fiscalizable– en serio peligro de extinción.


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