viernes, 22 de mayo de 2026

La milana y el ibis

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Iba leyendo y temiéndome lo peor. Se trataba de la historia de Hel, un ibis eremita, un pájaro precioso, raro, idolatrado por los antiguos egipcios y de los más amenazados del mundo (desapareció de Europa en el siglo XVII). A Hel lo criaron en cautividad unos naturalistas austriacos que, con infinita paciencia y pasión, le enseñaron a migrar con un ultraligero de alas amarillas, el color con que vestían sus madres humanas adoptivas. Y volando fue como vino de Austria a Cádiz, con objeto de intimar con los ibis de una colonia de cría gaditana. Hel y el resto de la bandada austriaca hicieron buenas migas enseguida, y los investigadores estaban exultantes: años de ilusión y trabajo estaban dando sus frutos; el ibis eremita, con su cresta emplumada, su pico curvo inconfundible y el negro tornasolado de sus plumas, volvería a sobrevolar de nuevo la península, Europa, el Mediterráneo… Hasta que a Hel, alma de cántaro y de inquieto explorador, tras recorrer media Europa y la península entera sin percance alguno, se le ocurrió sobrevolar un coto extremeño. Nada más cruzar por Fregenal, un cazador decidió que la vida de ese pájaro estrafalario no valía la pena y que las escopetas – ¡qué coño! – estaban para pegar tiros…

La historia de Hel sucedió en octubre de 2023 y como en otras ocasiones no pasó nada: los tiradores se cubrieron entre sí y el responsable no tuvo lo que hay que tener para asumir lo que hizo. Más suerte tuvo el Seprona en el caso de Montemolín, en el que el escopetero de turno se cargó a plomillazos, desde la terraza de su casa, a otros cuatro ibis eremitas jóvenes (porque sí, porque algo había que matar esa tarde). A principios de este año la Audiencia Provincial de Badajoz le ratificó la condena de un año de cárcel y una indemnización de veinte mil euros. Lástima no se le prohibiera mirar el cielo y coger una escopeta durante los mismos veinte o treinta años que se tarda en desarrollar un programa de cría en cautividad.

La historia de Hel y de los ibis de Montemolín me recuerda el pasaje final de Los Santos Inocentes, la novela de Miguel Delibes prodigiosamente llevada al cine por Mario Camus. A veces pienso que los extremeños seguimos siendo como el pobre de Azarías, y que la milana a la que dispara el señorito representa el futuro de nuestra tierra. Porque lo ocurrido con el ibis eremita no es un caso aislado. Otras muchas especies amenazadas o en peligro de extinción (el milano real, el buitre negro, el águila imperial, el lince ibérico…) son tiroteadas con frecuencia por escopeteros indocumentados, mientras que otras más ( cigüeñas, golondrinas, vencejos, aviones…) reducen cada año su población por culpa de acciones humanas igualmente irresponsables, como destruir los nidos a los que retornan tras recorrer miles de kilómetros sin descanso (hace unos días se denunciaba en este periódico la destrucción ilegal de nidos en la Escuela Oficial de Idiomas de Almendralejo, el Instituto Maestro Juan Calero de Monesterio y el colegio público de Aliseda). Todo ello en una región a la que acuden ornitólogos y aficionados a las aves de todo el mundo y en la que, por las cambiantes circunstancias climáticas y la proliferación de regadíos, nos sobran mosquitos e insectos portadores de enfermades. Un día repararemos en la inmensa riqueza natural que estamos dilapidando, y nos acordaremos del truncado viaje de Hel por los cielos cada vez más desiertos de Extremadura.

 

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