Hace unos meses, la revista de
filosofía Paradoxa publicó este artículo en el que, en
primer lugar, trato de exponer la teoría de Hans Blumenberg
sobre el papel fundamental de la metáfora en el imaginario simbólico
desde el que se constituye la cultura, y sobre la metaforología como
saber dirigido a la comprensión de dicho proceso. Tras esta
exposición me ocupo de dos cuestiones: (1) la cuestión de qué
relevancia pueda tener la teoría de Blumenberg sobre la metáfora (y
sobre las relaciones entre metáfora y concepto), atendiendo,
especialmente, al asunto de la “inconceptuabilidad”; y (2) los
problemas de concepción de la propia metaforología blumenbergiana.
Acabamos con una reflexión en torno al valor del pensamiento de
Blumenberg como síntoma de lo que podría llamarse una
“modernidad consumada”. Como la revista no está digitalizada,
enlazo el artículo en la plataforma Scribd. El original se puede
encontrar en Paradoxa, 17 (2015), pp. 81-111.
miércoles, 27 de julio de 2016
viernes, 15 de julio de 2016
Arte y toros.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
¿Qué valor estético o artístico
pueden tener los espectáculos taurinos? Que los toros, especialmente
el espectáculo de la lidia, pero también, en menor medida, cientos
de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen
significado y valor artístico es uno de los argumentos de los
defensores de la fiesta. Para ellos, el dolor y el sacrificio del
animal es el coste necesario de obtener el placer estético que
procura la corrida o el festejo. No es el único caso, te dicen:
también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, o
por el gusto de contemplar espectáculos deportivos o circenses, o
como parte del “arte” de la caza o la pesca...
No obstante, al toreo se le suele
atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una
mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación
ritual de la lucha del hombre con la naturaleza” y otros tópicos
intelectualizantes al uso, sino también como un complejo de
creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta “filosofía
de la vida” ligada, además, al mito de la tradición, y a
ciertas tradiciones
míticas en torno a la identidad española. Despachemos
rápidamente esto último para centrarnos en el asunto –
filosóficamente más interesante – de lo puramente estético.
Es innegable que los toros son parte de
la cultura y la tradición de nuestro país, amén de una fuente de
iconos populares, obras de arte y souvenirs turísticos,
especialmente desde que los viajeros románticos del XVIII y el XIX
pusieron de moda la visión telúrica de una España poblada de
bandoleros, toreros y mujeres de opereta que nosotros mismos nos
hemos llegado a creer. Ahora bien: que algo forme parte del
patrimonio cultural de un país no le otorga, de
por sí, valor estético ninguno (ni, mucho menos, moral) –
también la inquisición, la expulsión de los judíos o el
caciquismo son parte de la cultura y la tradición de nuestro país,
y a nadie se le ocurriría defender, por eso, las opiniones
del obispo Cañizares, el antisemitismo, o las tropelías de los
caciques contemporáneos –. De otro lado, que las fiestas de
toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa
que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el
desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero
no por eso son objetos intrínsecamente bellos).
Vamos a la cuestión del arte. ¿Son
los toros un arte (más allá de una serie peculiar de técnicas o
habilidades artesanales para burlar y matar a un toro bravo)? Para
responder a esta pregunta interesa primero saber qué cosa es esa del
arte y qué relación tenga con lo moral. Los griegos antiguos
empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a
lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiero esto decir que algo
no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? Esto viene
como anillo al dedo a la cuestión del toreo como arte. Si hacer
sufrir hasta la muerte a un animal – sin necesidad ninguna – es
moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto),
hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden
que sea el toreo, parece algo muy discutible.
¿Pero por qué lo bello ha de estar
reñido con lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona
guapa puede ser mala (la femme fatale) o, al revés, que
alguien muy feo puede tener un corazón de oro (como Sócrates, o el
ogro Shrek). ¿Cómo es esto posible? Cuando ocurre esto, decimos que
las apariencias engañan. El ámbito de lo estético es el de
las cosas que nos aparecen a los sentidos (“aísthesis” – de
donde “estética” – significa “sensación”); no hacen falta
que sean “reales”, basta con que lo parezcan. Pero el
arte mejor – el que gusta y perdura – es el que aparenta sin
engañarnos, el que representa lo que son “realmente” las cosas,
no tal como las vemos, sino como las imaginamos y soñamos, en
su dimensión más ideal. Esta es – dicho suscinta y
atrevidamente – la relación entre lo bello y lo bueno.
También cuando el artista invoca a la
belleza representando su ausencia aparente, como en el arte
deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección
del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos
taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo
grotesco y feo, si “representaran” (por ejemplo) el dolor y el
sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del
héroe. Pero los festejos taurinos no representan
ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque
carecen de la naturaleza puramente representativa que
caracteriza al arte.
La tauromaquia dista de ser arte
(aunque lo parezca) porque quiere “representar” lo
ideal haciendo lo opuesto:
infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si
en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de
villano. En los toros no
se representa el mal (la bestialidad representada a través
del toro y la violencia de la lucha) como parte del argumento
conducente al triunfo ideal del bien (la dominación de lo bestial e
irracional), sino que se comete ostentosamente el mal (la
bestialidad de matar al toro – y de exponer a la muerte al torero –
) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El
toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual
bárbaro – relativamente estilizados – que del arte. Por eso
está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido
extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más
primarios.
En cincuenta o cien años el toreo
será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas
de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal
como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los
antropófagos, más allá del escenario de las novelas de
aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes
de llegar a ese final inevitable.
Etiquetas:
artículos estética,
artículos sociedad,
artículos temas morales,
artículos toros,
bioética,
Correo Extremadura,
Estética,
Ética,
Medios de comunicación
miércoles, 13 de julio de 2016
Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es de Extremadura

Tordesillas no se rinde. El
Ayuntamiento en pleno (con la sola excepción de la edil vinculada a
IU) ha recurrido el decreto de la Junta de Castilla y León que les
prohíbe celebrar el Torneo del Toro de la Vega. Como se sabe, el
Torneo consiste en alancear a un toro hasta la muerte, y el decreto,
aprobado el pasado mes de mayo, prohíbe expresamente la matanza de
toros en festejos populares.
Las razones que esgrimen los defensores
del Torneo son varias: la no injerencia en presuntas competencias
municipales, el valor cultural y turístico de la fiesta, o el
haberse convertido – dicen – en víctimas propiciatorias de los
movimientos animalistas (y de sus presupuestos errados, o exagerados,
acerca de los derechos de los animales). Pasemos a analizar algunos
de estos argumentos, especialmente el del valor cultural de este tipo
de festejos.
La primera de las razones de los
tordesillanos no tiene fundamento legal ni moral. Las competencias
sobre la reglamentación de festejos no corresponden al gobierno
municipal, sino al autonómico. De otro lado, la legitimidad de una
ley de este rango descansa en la voluntad de los ciudadanos
castellano-leoneses, y de los españoles, no en la de los vecinos de
Tordesillas. Y la voluntad de los ciudadanos parece muy clara: el
rechazo al Toro de la Vega (y a otros festejos similares) ha ido en
aumento en los últimos años, hasta el punto de que la fiesta es hoy
más conocida por los conflictos entre defensores y detractores que
por ningún otro motivo. Y no es algo nuevo: la muerte del Toro de la
Vega estuvo ya prohibida durante el franquismo (entre 1966 y 1970),
tras una campaña en su contra lanzada por asociaciones de protección
de la naturaleza, medios de comunicación y sectores de la
administración, que – ¡a mediados de los años 50! –
consideraban ya inadmisible tal nivel de crueldad y salvajismo.
En cuanto al valor cultural de la
fiesta (o, en general, de la tauromaquia) habría mucho que hablar.
Dejando a un lado el asunto de la antigüedad, que no justifica nada
– también es antigua la guerra, o la discriminación de la mujer,
y a nadie se le ocurre defender su existencia por ese motivo –, los
abogados de la llamada “fiesta nacional” hablan con frecuencia
del valor estético y simbólico de los espectáculos taurinos. Nadie
– sensato – puede negar esto, por poco que le gusten los toros.
Toda celebración tradicional posee un innegable valor estético, y
está cargada de significados (culturales, morales, religiosos,
filosóficos...). Imaginen que son extranjeros y ven un documental
sobre el Toro de la Vega. Les podrá parecer un rito brutal, pero no
carente de interés cultural o antropológico. Les podría parecer
incluso hermoso o, cuando menos, pintoresco, tal como les han
parecido las fiestas de toros a multitud de viajeros, artistas o
poetas.
Ahora bien, que una manifestación
cultural tenga valor estético y simbólico no quiere decir que sea
moral (ni legalmente) aceptable, ni que no pueda (por motivos morales
o por otros muchos) mejorar o evolucionar como acontecimiento
cultural. Los taurinos se niegan a suprimir las suertes más crueles
con el toro porque piensan que eso resta autenticidad a la fiesta y
le hace perder su significado. Pero esto responde a una actitud
conservadora que acabará superada con (o por) el tiempo.
Seguramente, los que vivieron la época del blues cantado por
esclavos o de la ópera interpretada por castrati dirían algo
parecido a lo que dicen los taurinos (¡esto ya no es blues, o
ópera!) cuando se descubrió que para hacer buena música no hacía
falta esclavizar ni castrar a nadie. Es más: trascender la parte
más, cabe decir, truculenta y literal del complejo simbólico de la
tauromaquia (es decir, la tortura y muerte del toro), aumentaría su
relieve más propiamente estético. En el arte no hace falta que
nadie muera realmente para representar la muerte. El paso gradual de
la literalidad a lo más pura y libremente simbólico es uno de los
rasgos que definen la evolución del arte en todos sus géneros (la
pintura, la música, el teatro, la literatura...), incluso el arte
más popular: un circo sin rastro de animales – como el Circo
del Sol – ha resultado ser
mejor que el circo de animales tradicional. ¿Por qué no
habría de pasar algo similar con las fiestas de toros? ¿Se imaginan
un espectáculo “taurino” en el que ya no se maltratara al animal
– o incluso en el que este estuviera ausente – ? El arte
evoluciona cuando da forma a lo que parece ahora inimaginable.
En cuanto a los presupuestos
filosóficos de los animalistas es obvio que los defensores de la
tauromaquía – a tenor de sus quejas y argumentos – no los
entienden. No se trata de igualar animales y personas, ni de dotar a
los primeros de los mismos derechos que los segundos, sino solo de
entender que aquella dignidad por la que algo pasa de ser
“algo” a ser “alguien” no está tan clara, y que, en la
medida en que racionalmente lo está, nos empuja a considerarla como
algo gradual, y no una propiedad exclusiva de los seres humanos.
Justo por este argumento – más venerable y viejo, en la filosofía,
de lo que parece – resulta justo ser considerados con seres que,
sin ser, obviamente, personas, tampoco son meros mecanismos o cosas,
sino subjetividades ante cuyo sufrimiento – sobre todo,
cuando no es imprescindible – ni el ser humano más embrutecido
puede sentir una absoluta indiferencia.
Etiquetas:
artículos sociedad,
artículos temas morales,
artículos toros,
bioética,
ecología y derechos de los animales,
eldiario,
Ética,
Medios de comunicación
lunes, 11 de julio de 2016
Messi: el deportista emprendedor.
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura
Menos mal que la cosa se ha quedado en
una multa de nada. Llegan a meter a Messi en la cárcel y ríanse
ustedes del motín de Esquilache. Habría barricadas y muertos en
las calles. Cataluña se independizaría a las bravas. El país sería
una mezcla entre Irán, Venezuela y el resto del eje del mal sin
necesidad de que gobierne Podemos. Fernández Díaz conspiraría
contra los jueces, y Rajoy moriría de agotamiento botando ante el
tribunal de apelación. Pero no. No es posible. ¿Cómo van a meter a
Messi en la cárcel? ¿Y los niños que le esperan para animarlo y
pedirle una foto en la puerta del juzgado? ¡Por Dios! ¿Es que nadie
piensa nunca en los niños?...
Decían los pitagóricos – unos
filósofos griegos muy antiguos – que en la vida, tal como en un
estadio olímpico, hay tres tipos de persona: los deportistas que
van a competir, los negociantes que van a hacer su agosto, y los
espectadores que van a ver el grandioso espectáculo del mundo. Pero
solo aquellos que se dedicaban a mirar y entender (los espectadores)
son los que hacen algo propiamente humano, mientras que deportistas y
negociantes solo hacen cosas propias de animales. Los deportistas, es
obvio, porque dedican su vida a correr, brincar y otras actividades
igual de simiescas. Y los negociantes porque todo lo hacen bajo el
mismo principio interesado y económico que el resto de la fauna:
lograr el máximo beneficio con el mínimo coste o esfuerzo.
¿Cómo es, entonces, que los jóvenes
(y la mayoría de los mayores) prefieren soñar con ser deportistas o
negociantes en lugar de sabio contemplativo? Es cosa de nuestra
época. En otros tiempos el modelo a imitar era el noble guerrero, o
el santo virtuoso, o incluso el sabio ilustrado. En el nuestro,
los arquetipos morales son el deportista encumbrado y el vendedor de
batas (u ordenadores) multimillonario. Si unes ambas cosas ya
tienes el logotipo de esta loca época dominada por la raza de los
tenderos: la estrella de fútbol, el tarugo despabilado que no solo
vive de dar patadas a un balón, sino que hace una multinacional de
sí mismo y de su reflejo en la mente de infinitos niños que, entre
patada y patada para apartar la miseria (o para encontrar un trabajo
que no sea una patada a la dignidad), pueden soñar que Messi, o
Ronaldo existen. Que la justicia existe.
Y para que el mito sea más veraz, y el
sueño más lúcido, Messi se ha sentado en el banquillo, no en el
del estadio, donde ya es el rey, sino en el de los grandes
emprendedores – de Mario Conde a la Infanta de España – : en
el banquillo de los acusados. Y ha hecho el paseíllo, como
los toreros, del coche al juzgado, en olor de multitudes, bajo la
metralla de los fotógrafos, como los grandes héroes, para solaz de
todos los niños. Porque Messi – y su padre – sí que piensan en
los niños. Al menos, en los que vienen con un balón debajo del
brazo...
viernes, 8 de julio de 2016
Debate sobre educación en EL PAIS
Este fue el debate sobre educación que celebramos hace unas semanas en la sede de EL PAIS, y en el que también participaron el Rector de la UNED, Alejandro Tiana, y Pilar Mena.
Y aquí, la entrevista íntegra (no toda ella se refleja en el reportaje).
Un aspecto que le sobre y otro que le falte a la educación española.
Sobra frivolidad, la idea de que educar es fácil, sobra esa pedagogía castiza que desprecia cuanto ignora, y que todo lo ve muy sencillo: el problema del fracaso escolar es que los chicos no estudian, son vagos, les falta “cultura del esfuerzo”, no vienen educados de casa, etc.
Falta una filosofía educativa diferente, coherente con esa importancia que se da retóricamente a la educación (es el fundamento de la sociedad, es la llave para el cambio, etc.)... Falta tomarse en serio, de verdad, la educación. Según la opinión común, para ser médico, o arquitecto, hay que formarse muy bien, y los candidatos tener grandes dotes y mucha vocación. La razón que te dan es que un mal médico, o un mal arquitecto, pueden causar mucho daño. Pero una mala educación es igual de potencialmente peligrosa. Los efectos de un mal tratamiento médico o de un edificio defectuoso se ven a corto plazo y son muy evidentes; los de una mala educación no son tan a corto plazo, ni tan evidentes, pero, precisamente por eso, son mucho más peligrosos y duraderos
¿Qué debe tener necesariamente un buen profesor? ¿Cómo fue tu mejor profesor?
Algo qué enseñar, y en lo que crea de veras. Más unas ciertas dotes comunicativas, que diría que tienen mucho que ver con el arte del actor...
Mi mejor profesor era un señor muy vivido con un pico de oro. Con mucho que contar y que una habilidad prodigiosa para contar cosas.
Y entre los que tienen buenos cuentos pero no saben contarlos, y los que despliegan gran habilidad para contar pero no tienen nada que decir, prefiero los primeros, me acuerdo de los primeros. He tenido profesores incapaces de mirar a los ojos a sus alumnos, infinitamente tímidos, torpes, balbuceantes, tartamudos... Pero fascinantes por todo aquello que llevaban dentro y a duras penas dejaban traslucir. Y he tenido profesores entusiastas de los “medios”, pero con poco “mensaje”. De estos últimos apenas me acuerdo.
¿Qué cambiarías de tu instituto? ¿Y de tu universidad?
Todo. Comenzando por el edificio. Sobran muros, pasillos, aulas; faltan jardines, lugares de reunión y esparcimiento que no parezcan talleres fabriles del siglo XIX... También bajaría las ratio alumno / profesor; es imposible aspirar a una educación de calidad con 30 alumnos por aula. Otra cosa que cambiaría sería la compartimentación de las materias; sería estupendo – y ya se hace – colaborar con otros compañeros en las aulas, sean o no de las materias de tu especialidad. También disminuiría la carga de exámenes. Lo poco que se aprende con ellos no justifica la carga de estrés de los alumnos, ni la deformación que producen en las relaciones de aprendizaje. Es lamentable ver, cada día, a niños de doce años caminar compungidos hacia la siniestra aula de exámenes, en lugar de estar divirtiéndose y aprendiendo. En el último curso de bachillerato, solo se puede dar clase relajadamente las primeras semanas de cada trimestre; durante el resto, los chicos están histéricos, con exámenes todas las semanas; así es difícil que aprendan, realmente, nada.
Cita lo mejor que aprendiste en la escuela.
El amor al conocimiento, el gozo de comprender, o de creer que comprendes, lo que te rodea y lo que te habita por dentro, una cierta experiencia de lucidez, y, sobre todo, aquellos modelos y formas de vivir que veía entre los profesores y compañeros. Recuerdo mucho más la actitud, el modo de ser de algunos profesores que ninguna de las materias que me enseñaban. Los profesores tienen mucha más influencia en los alumnos de lo que se cree.
-¿Hasta qué punto estamos obsesionados con los exámenes y los deberes?
Hasta un punto insoportable. Pero es el “punto” a que obliga el modelo social que se imita en la escuela: competitivo, agónico, meritocrático (una idea, la de mérito, inmerecidamente sobrevalorada: se piensa que el alumno es el único responsable de su rendimiento, como si no existieran circunstancias, o como si él tuviera la culpa de ellas, o de nacer más o menos capaz).
Esa obsesión también se corresponde con una visión pesimista del hombre. El ser humano tiende al mal, a la pereza, el capricho... Por eso la educación es como una doma de fieras; el látigo son los exámenes, los deberes.
Y, por supuesto, la educación no tiene nada que ver con el goce y el placer. Sino con el trabajo duro y doloroso.
Yo no comparto nada de eso. El ser humano tiende por naturaleza a conocer, no hay más que observar a cualquier mamífero, o a un niño pequeño; son curiosos por naturaleza. El hombre desea por naturaleza saber, decía Aristóteles. No hay que forzar ese deseo, sino reforzarlo. Y el juego, el placer, la diversión son fundamentales. Observad a un cachorro, pero también a un gran investigador, o a un artista. Ninguno de ellos aprende a la fuerza, sino por juego, placer, entusiasmo. Ningún conocimiento puede permanecer en el alma de un hombre libre que le haya sido introducido por la fuerza, decía Platón. Y creo que tenía toda la razón.
-¿Nos prepara la universidad para el mundo laboral? ¿Debería prepararnos?
Sí, pero no solo, ni fundamentalmente para eso. Muchos de los jóvenes que atentan en Europa han ido a la Universidad, donde han aprendido ciencias y tecnología (la misma que ahora ponen al servicio de sus creencias), pero no a aplicar la razón a los valores. En la universidad actual se enseña física, o lingüística, pero no a manejarte racionalmente con la vida, a buscar su sentido, a comprender por qué es bueno lo bueno, o injusto lo injusto. La obsesión por la especialización y la renuncia a la “universalidad” de la educación universitaria, ha dejado las grandes preguntas a merced de las subjetividades personales y de los púlpitos religiosos.
-¿Cómos se fomenta la motivación por aprender? ¿Tenéis la percepción de que las clases de hoy se parecen a las de hace 40 años?
Esencialmente, y en la mayoría de los casos, no son muy diferentes. Llegas y ves treinta chicos en sus pupitres frente al profesor que les dicta, supervisa, examina, hace callar, etc. Por mucho que se inunden de tecnología, el aula se sigue percibiendo como un lugar donde transmitir ciertos conocimientos y habilidades programados, no como un lugar en el que se pueda generar una interacción, un diálogo real, entre las necesidades o intereses del alumno y lo que pueda ofertarle la sociedad. Además, apenas hay tiempo para contextualizar lo que se enseña, ni para reflexionar críticamente sobre ello – la materia de filosofía, en la que, justamente, se procura esa contextualización y esa reflexión crítica, casi desaparece de los planes de estudio – . En buena medida, el proceso educativo sigue siendo un gran simulacro en el que el profesor simula que enseña, y el alumno simula que aprende, mientras ambos miran el reloj de reojo y suspiran por que la clase acabe cuanto antes.
¿Falta educación para el diálogo y el consenso?
Desde luego. La primera idea que tienen muchos chicos de lo que es "debatir" proviene de lo que ven en la televisión: gritar, interrumpirse, atacarse, afirmarse por encima de todo. Cuando al cabo de las semanas logramos construir un debate “en serio” se quedan sorprendidos: disfrutan de que los demás los oigan con respeto, se dejan llevar por los argumentos olvidándose de sí mismos, descubren que es más eficaz y enriquecedor resolver los problemas así, convenciendo y dejándose convencer...
-¿Cómo se puede inculcar confianza en sí mismos a los alumnos desde las aulas?
Pues, aunque suene cursi: queriéndolos. Quererlos supone tratarlos con respeto (como a personas, no como a reclutas del ejército), conocerlos y tener cuidado de ellos, para que sean y crezcan todo lo posible. El modelo es el del jardinero, no el del domador de fieras.
-¿Hay un problema de disciplina en las aulas? ¿Se detecta de forma efectiva el acoso escolar?
De forma general, no. Y eso que se dan todas las circunstancias. Treinta chicos de doce a diecisiete años encajonados delante de sus mesas durante seis horas sin apenas un descanso de media hora, y obligados a plegarse a todo lo que se les dice… Ni el más concienzudo funcionario trabajaría así sin protestar. A mi mismo me cuesta dios y ayuda soportar una hora entera de clase como alumno, en cualquier curso para profesores; pero más aún me costaría si se tratara de algo impuesto y que no fuera de mi interés.
En cualquier caso, para evitar problemas de disciplina no hay mejor antídoto que tratar a los alumnos con respeto y comprensión, no concebirlos, de entrada, como los “enemigos”, y, desde luego, ganarte su respeto con tu trabajo. Si los chicos de ahora tienen alguna ventaja sobre los de hace cincuenta años es que no quieren callarse ni dejar de exigir explicaciones al profesor, tanto sobre lo que este imparte como sobre cada incidente que ocurre en el aula. Y eso es bueno. Es una buena manera de formar ciudadanos críticos, racionales y acostumbrados a pedir y dar explicación de sus actos. No hay mayor muestra de respeto hacia una persona (y los alumnos lo son) que darle explicación de lo que haces, especialmente si lo que haces le afecta, como es el caso.
En cuanto al tema del acoso es muy delicado. Pero creo que la solución no consiste, simplemente, en vigilar y castigar, ni en pedir al niño acosado que (¡encima de todo!) se enfrente al poder y se convierta en “delator”. Tampoco vale hablar de derechos y valores como el que habla de la Santísima Trinidad. Es difícil encontrar a algún educador que sepa dar razones realmente convincentes de por qué hay que tolerar a los que son diferentes, o ser solidario con los más débiles (cuando, además, es mucho más divertido y “natural” burlarse o aprovecharse de ellos). De hecho, casi todo lo que representa realmente la institución y la vida escolar desmiente todo discurso posible contra el acoso, en cuanto que está dirigida a inculcar en los niños la “dureza de la vida”, la competencia, el afán por el triunfo o, como gusta de decirse ahora, la excelencia, tanto en el aula (en donde se violenta constantemente a los niños con instrucciones, tareas obligadas y evaluaciones diarias), como fuera del aula, en donde los chicos se socializan en torno a modelos que destilan violencia y acoso (el emprendedor voraz, el deportista agresivo y obsesionado por competir, la mujer como objeto sexual...). Maltratar al chico, casi siempre demasiado sensible o inteligente, que no encaja en esos estereotipos, es parte del proceso de afirmación de quien los cultiva. Y esos valores y estereotipos son omnipresentes. En el centro educativo donde trabajo las paredes de muchas aulas están adornadas con un panfleto donde se enuncian las reglas del éxito según un famoso empresario. En realidad, tales reglas se reducen a una: que la vida es un juego cruel de ganadores y perdedores, y que hay que prepararse y endurecerse para estar entre los primeros.
¿Tenemos un sistema educativo capaz de desarrollar todo el potencial de los alumnos?
Tengo la impresión de que la mitad, al menos, del talento de los alumnos se nos escapa, se disipa o desperdicia. A muchos chicos extraordinarios (y justamente por serlo) la escuela les hunde desde el primer año, les tiene ocupados constantemente con cosas (problemas de disciplina, acoso, poca autoestima...) que nada tienen que ver con el desarrollo de su talento y que acaban llevándolo al fracaso y a odiar la escuela.
¿Qué es lo primero que harías si fueras ministro de Educación?
Asesorarme muy bien, y por todos. Y la primera medida concreta: cambiar el modo de formación y de acceso de los docentes.
¿Consideras que es esta la generación mejor preparada de la historia?
Sí. Lo dicen los datos. Y es cierto. Es la que ha tenido más tiempo para formarse, para vivir y pensar sin la alienante soga al cuello de la necesidad de sobrevivir. Casi diría que estas últimas generaciones han traído la adolescencia a nuestro país (la rebeldía, el compromiso politico, las dudas, la actitud reflexiva y critica...) algo que, antes, solo lo había en las élites que lograban acceder a los estudios superiores.
¿Cómo crees que será la escuela dentro de 50 años?
¿Cómo creo que será o como me gustaría que fuese?
Los problemas que nos acechan exigen una masa crítica de ciudadanos educados y convencidos de la necesidad del cambio, inmunes a mitos y sofismas, con una visión integral de los problemas, y con la suficiente lucidez moral para afrontar los retos e incertidumbres que aceleradamente se generan en un mundo cada vez más globalizado.
¿Qué tipo de educación podría generar esa masa crítica de ciudadanos? La respuesta no es fácil. Pero si que podemos ir despejando opciones, y haciendo alguna sugerencia. La educación que necesitamos no es, desde luego, la que ahora tenemos. Pero tampoco la que muchos proponen como panacea: la que es poco más que adiestramiento laboral, formación de “capital humano”, o innovación científica dirigida por el mercado. No es la educación del informe PISA, ni la del Plan Bolonia, ni la obsesionada con el I+D+I. Esos modelos educativos son, sin duda, perfectos para aumentar la competitividad, pero no para cambiar el mundo. Si la educación general se confunde con un concurso de ciencias, tecnología e idiomas, marginando todo aquello que genera reflexión crítica, comprensión holística y diálogo en torno a fines y valores (todo lo relacionado, por ejemplo, con la filosofía y las humanidades), no me imagino cómo podría prender en la gente ese cambio civilizador a escala planetaria que necesitamos.
Y aquí, la entrevista íntegra (no toda ella se refleja en el reportaje).
Un aspecto que le sobre y otro que le falte a la educación española.
Sobra frivolidad, la idea de que educar es fácil, sobra esa pedagogía castiza que desprecia cuanto ignora, y que todo lo ve muy sencillo: el problema del fracaso escolar es que los chicos no estudian, son vagos, les falta “cultura del esfuerzo”, no vienen educados de casa, etc.
Falta una filosofía educativa diferente, coherente con esa importancia que se da retóricamente a la educación (es el fundamento de la sociedad, es la llave para el cambio, etc.)... Falta tomarse en serio, de verdad, la educación. Según la opinión común, para ser médico, o arquitecto, hay que formarse muy bien, y los candidatos tener grandes dotes y mucha vocación. La razón que te dan es que un mal médico, o un mal arquitecto, pueden causar mucho daño. Pero una mala educación es igual de potencialmente peligrosa. Los efectos de un mal tratamiento médico o de un edificio defectuoso se ven a corto plazo y son muy evidentes; los de una mala educación no son tan a corto plazo, ni tan evidentes, pero, precisamente por eso, son mucho más peligrosos y duraderos
¿Qué debe tener necesariamente un buen profesor? ¿Cómo fue tu mejor profesor?
Algo qué enseñar, y en lo que crea de veras. Más unas ciertas dotes comunicativas, que diría que tienen mucho que ver con el arte del actor...
Mi mejor profesor era un señor muy vivido con un pico de oro. Con mucho que contar y que una habilidad prodigiosa para contar cosas.
Y entre los que tienen buenos cuentos pero no saben contarlos, y los que despliegan gran habilidad para contar pero no tienen nada que decir, prefiero los primeros, me acuerdo de los primeros. He tenido profesores incapaces de mirar a los ojos a sus alumnos, infinitamente tímidos, torpes, balbuceantes, tartamudos... Pero fascinantes por todo aquello que llevaban dentro y a duras penas dejaban traslucir. Y he tenido profesores entusiastas de los “medios”, pero con poco “mensaje”. De estos últimos apenas me acuerdo.
¿Qué cambiarías de tu instituto? ¿Y de tu universidad?
Todo. Comenzando por el edificio. Sobran muros, pasillos, aulas; faltan jardines, lugares de reunión y esparcimiento que no parezcan talleres fabriles del siglo XIX... También bajaría las ratio alumno / profesor; es imposible aspirar a una educación de calidad con 30 alumnos por aula. Otra cosa que cambiaría sería la compartimentación de las materias; sería estupendo – y ya se hace – colaborar con otros compañeros en las aulas, sean o no de las materias de tu especialidad. También disminuiría la carga de exámenes. Lo poco que se aprende con ellos no justifica la carga de estrés de los alumnos, ni la deformación que producen en las relaciones de aprendizaje. Es lamentable ver, cada día, a niños de doce años caminar compungidos hacia la siniestra aula de exámenes, en lugar de estar divirtiéndose y aprendiendo. En el último curso de bachillerato, solo se puede dar clase relajadamente las primeras semanas de cada trimestre; durante el resto, los chicos están histéricos, con exámenes todas las semanas; así es difícil que aprendan, realmente, nada.
Cita lo mejor que aprendiste en la escuela.
El amor al conocimiento, el gozo de comprender, o de creer que comprendes, lo que te rodea y lo que te habita por dentro, una cierta experiencia de lucidez, y, sobre todo, aquellos modelos y formas de vivir que veía entre los profesores y compañeros. Recuerdo mucho más la actitud, el modo de ser de algunos profesores que ninguna de las materias que me enseñaban. Los profesores tienen mucha más influencia en los alumnos de lo que se cree.
-¿Hasta qué punto estamos obsesionados con los exámenes y los deberes?
Hasta un punto insoportable. Pero es el “punto” a que obliga el modelo social que se imita en la escuela: competitivo, agónico, meritocrático (una idea, la de mérito, inmerecidamente sobrevalorada: se piensa que el alumno es el único responsable de su rendimiento, como si no existieran circunstancias, o como si él tuviera la culpa de ellas, o de nacer más o menos capaz).
Esa obsesión también se corresponde con una visión pesimista del hombre. El ser humano tiende al mal, a la pereza, el capricho... Por eso la educación es como una doma de fieras; el látigo son los exámenes, los deberes.
Y, por supuesto, la educación no tiene nada que ver con el goce y el placer. Sino con el trabajo duro y doloroso.
Yo no comparto nada de eso. El ser humano tiende por naturaleza a conocer, no hay más que observar a cualquier mamífero, o a un niño pequeño; son curiosos por naturaleza. El hombre desea por naturaleza saber, decía Aristóteles. No hay que forzar ese deseo, sino reforzarlo. Y el juego, el placer, la diversión son fundamentales. Observad a un cachorro, pero también a un gran investigador, o a un artista. Ninguno de ellos aprende a la fuerza, sino por juego, placer, entusiasmo. Ningún conocimiento puede permanecer en el alma de un hombre libre que le haya sido introducido por la fuerza, decía Platón. Y creo que tenía toda la razón.
-¿Nos prepara la universidad para el mundo laboral? ¿Debería prepararnos?
Sí, pero no solo, ni fundamentalmente para eso. Muchos de los jóvenes que atentan en Europa han ido a la Universidad, donde han aprendido ciencias y tecnología (la misma que ahora ponen al servicio de sus creencias), pero no a aplicar la razón a los valores. En la universidad actual se enseña física, o lingüística, pero no a manejarte racionalmente con la vida, a buscar su sentido, a comprender por qué es bueno lo bueno, o injusto lo injusto. La obsesión por la especialización y la renuncia a la “universalidad” de la educación universitaria, ha dejado las grandes preguntas a merced de las subjetividades personales y de los púlpitos religiosos.
-¿Cómos se fomenta la motivación por aprender? ¿Tenéis la percepción de que las clases de hoy se parecen a las de hace 40 años?
Esencialmente, y en la mayoría de los casos, no son muy diferentes. Llegas y ves treinta chicos en sus pupitres frente al profesor que les dicta, supervisa, examina, hace callar, etc. Por mucho que se inunden de tecnología, el aula se sigue percibiendo como un lugar donde transmitir ciertos conocimientos y habilidades programados, no como un lugar en el que se pueda generar una interacción, un diálogo real, entre las necesidades o intereses del alumno y lo que pueda ofertarle la sociedad. Además, apenas hay tiempo para contextualizar lo que se enseña, ni para reflexionar críticamente sobre ello – la materia de filosofía, en la que, justamente, se procura esa contextualización y esa reflexión crítica, casi desaparece de los planes de estudio – . En buena medida, el proceso educativo sigue siendo un gran simulacro en el que el profesor simula que enseña, y el alumno simula que aprende, mientras ambos miran el reloj de reojo y suspiran por que la clase acabe cuanto antes.
¿Falta educación para el diálogo y el consenso?
Desde luego. La primera idea que tienen muchos chicos de lo que es "debatir" proviene de lo que ven en la televisión: gritar, interrumpirse, atacarse, afirmarse por encima de todo. Cuando al cabo de las semanas logramos construir un debate “en serio” se quedan sorprendidos: disfrutan de que los demás los oigan con respeto, se dejan llevar por los argumentos olvidándose de sí mismos, descubren que es más eficaz y enriquecedor resolver los problemas así, convenciendo y dejándose convencer...
-¿Cómo se puede inculcar confianza en sí mismos a los alumnos desde las aulas?
Pues, aunque suene cursi: queriéndolos. Quererlos supone tratarlos con respeto (como a personas, no como a reclutas del ejército), conocerlos y tener cuidado de ellos, para que sean y crezcan todo lo posible. El modelo es el del jardinero, no el del domador de fieras.
-¿Hay un problema de disciplina en las aulas? ¿Se detecta de forma efectiva el acoso escolar?
De forma general, no. Y eso que se dan todas las circunstancias. Treinta chicos de doce a diecisiete años encajonados delante de sus mesas durante seis horas sin apenas un descanso de media hora, y obligados a plegarse a todo lo que se les dice… Ni el más concienzudo funcionario trabajaría así sin protestar. A mi mismo me cuesta dios y ayuda soportar una hora entera de clase como alumno, en cualquier curso para profesores; pero más aún me costaría si se tratara de algo impuesto y que no fuera de mi interés.
En cualquier caso, para evitar problemas de disciplina no hay mejor antídoto que tratar a los alumnos con respeto y comprensión, no concebirlos, de entrada, como los “enemigos”, y, desde luego, ganarte su respeto con tu trabajo. Si los chicos de ahora tienen alguna ventaja sobre los de hace cincuenta años es que no quieren callarse ni dejar de exigir explicaciones al profesor, tanto sobre lo que este imparte como sobre cada incidente que ocurre en el aula. Y eso es bueno. Es una buena manera de formar ciudadanos críticos, racionales y acostumbrados a pedir y dar explicación de sus actos. No hay mayor muestra de respeto hacia una persona (y los alumnos lo son) que darle explicación de lo que haces, especialmente si lo que haces le afecta, como es el caso.
En cuanto al tema del acoso es muy delicado. Pero creo que la solución no consiste, simplemente, en vigilar y castigar, ni en pedir al niño acosado que (¡encima de todo!) se enfrente al poder y se convierta en “delator”. Tampoco vale hablar de derechos y valores como el que habla de la Santísima Trinidad. Es difícil encontrar a algún educador que sepa dar razones realmente convincentes de por qué hay que tolerar a los que son diferentes, o ser solidario con los más débiles (cuando, además, es mucho más divertido y “natural” burlarse o aprovecharse de ellos). De hecho, casi todo lo que representa realmente la institución y la vida escolar desmiente todo discurso posible contra el acoso, en cuanto que está dirigida a inculcar en los niños la “dureza de la vida”, la competencia, el afán por el triunfo o, como gusta de decirse ahora, la excelencia, tanto en el aula (en donde se violenta constantemente a los niños con instrucciones, tareas obligadas y evaluaciones diarias), como fuera del aula, en donde los chicos se socializan en torno a modelos que destilan violencia y acoso (el emprendedor voraz, el deportista agresivo y obsesionado por competir, la mujer como objeto sexual...). Maltratar al chico, casi siempre demasiado sensible o inteligente, que no encaja en esos estereotipos, es parte del proceso de afirmación de quien los cultiva. Y esos valores y estereotipos son omnipresentes. En el centro educativo donde trabajo las paredes de muchas aulas están adornadas con un panfleto donde se enuncian las reglas del éxito según un famoso empresario. En realidad, tales reglas se reducen a una: que la vida es un juego cruel de ganadores y perdedores, y que hay que prepararse y endurecerse para estar entre los primeros.
¿Tenemos un sistema educativo capaz de desarrollar todo el potencial de los alumnos?
Tengo la impresión de que la mitad, al menos, del talento de los alumnos se nos escapa, se disipa o desperdicia. A muchos chicos extraordinarios (y justamente por serlo) la escuela les hunde desde el primer año, les tiene ocupados constantemente con cosas (problemas de disciplina, acoso, poca autoestima...) que nada tienen que ver con el desarrollo de su talento y que acaban llevándolo al fracaso y a odiar la escuela.
¿Qué es lo primero que harías si fueras ministro de Educación?
Asesorarme muy bien, y por todos. Y la primera medida concreta: cambiar el modo de formación y de acceso de los docentes.
¿Consideras que es esta la generación mejor preparada de la historia?
Sí. Lo dicen los datos. Y es cierto. Es la que ha tenido más tiempo para formarse, para vivir y pensar sin la alienante soga al cuello de la necesidad de sobrevivir. Casi diría que estas últimas generaciones han traído la adolescencia a nuestro país (la rebeldía, el compromiso politico, las dudas, la actitud reflexiva y critica...) algo que, antes, solo lo había en las élites que lograban acceder a los estudios superiores.
¿Cómo crees que será la escuela dentro de 50 años?
¿Cómo creo que será o como me gustaría que fuese?
Los problemas que nos acechan exigen una masa crítica de ciudadanos educados y convencidos de la necesidad del cambio, inmunes a mitos y sofismas, con una visión integral de los problemas, y con la suficiente lucidez moral para afrontar los retos e incertidumbres que aceleradamente se generan en un mundo cada vez más globalizado.
¿Qué tipo de educación podría generar esa masa crítica de ciudadanos? La respuesta no es fácil. Pero si que podemos ir despejando opciones, y haciendo alguna sugerencia. La educación que necesitamos no es, desde luego, la que ahora tenemos. Pero tampoco la que muchos proponen como panacea: la que es poco más que adiestramiento laboral, formación de “capital humano”, o innovación científica dirigida por el mercado. No es la educación del informe PISA, ni la del Plan Bolonia, ni la obsesionada con el I+D+I. Esos modelos educativos son, sin duda, perfectos para aumentar la competitividad, pero no para cambiar el mundo. Si la educación general se confunde con un concurso de ciencias, tecnología e idiomas, marginando todo aquello que genera reflexión crítica, comprensión holística y diálogo en torno a fines y valores (todo lo relacionado, por ejemplo, con la filosofía y las humanidades), no me imagino cómo podría prender en la gente ese cambio civilizador a escala planetaria que necesitamos.
jueves, 30 de junio de 2016
La izquierda en su burbuja.
Cuando entré en el colegio electoral
la mesa estaba ocupada, de manera informal, por apoderados del PP y
del PSOE. Estaban de cháchara y hablaban del caso de un apoderado de
Podemos que les llegó en las pasadas elecciones, maleducado,
“dándoselas de listo”, y sin acreditación. Esta vez, por lo que
se ve, no había venido ninguno. El presidente de la mesa, colocado
junto a la urna, acabó la conversación con un grave: “¡mejor!”.
Voté y salí del colegio con la clara impresión de que el podemismo
era, al menos aquí, y en muchos pueblos como este (que es de lo más
normalito), casi cosa de extraterrestres.
Por la tarde, sentado en un velador y
leyendo los datos, ya casi definitivos, del escrutinio, escuchaba los
comentarios de la gente (gente del “pueblo” desde todos los
puntos de vista). La mayoría hablaba de sus cosas. Una mesa llena de
jóvenes comentaba los últimos resultados del fútbol. Una chica se
quejaba de lo que había cobrado por estar en la mesa electoral. En
algún momento uno de aquellos jóvenes contó riendo el susto que
había pasado: “Pues no va y me dice – refiriéndose al bromista
– que habían ganado los de Podemos. ¡Se me paró el corazón!”...
Luego recordé los mensajes de una de mis sobrinas adolescentes en el
wasap familiar: “Cómo votéis al coletas os retiro
la palabra. ¡¡Quiere cerrar mi colegio (un colegio concertado de
curas) !! ¡¡Y eso sí que no!! – clamaba con desesperación –
”....
Es cierto que las elecciones las ha
ganado el miedo (o lo que otros llamarían, legítimamente,
“prudencia”). La astuta estrategia de polarizar las opciones (o
PP o Podemos) ha funcionado como nunca. ¿Cuántas personas de mi
pueblo (o cuantos ciudadanos, en general) podrían imaginarse,
seriamente, a Iglesias como presidente? Una cosa es que le votaran
para castigar a otros, o para desfibrilar al PSOE, y otra
auparlo a presidente del gobierno (cosa que, en su imaginación,
podría haber pasado de darse el más que seguro sorpasso
sobre Sánchez, tal como auguraban unas encuestas que han
perjudicado, más que beneficiado, a Podemos). El PP está podrido
por la corrupción, todo el mundo lo huele, pero “más vale que me
roben a que me arruinen”, dicen en mi pueblo.
Así piensa la gente. La de verdad. Y,
tras la gente, todo el poder de los medios de comunicación. Y las
mentiras repetidas y amplificadas por esos mismos medios. Y el dinero
que ha financiado todo eso. Y los que tienen ese dinero. Podemos no
lo tenía y no ha podido responder a la propaganda en contra con la
misma fuerza y persistencia que los demás. Son los medios, más que
el mensaje, lo que ha fallado a Podemos. Baile ideológico en campaña
electoral lo tienen todos los partidos, mala imagen del líder casi
todos también (¡menos el que más escaños ha perdido!), el mensaje
moderado de Iglesias era el adecuado, aunque sin la amplificación
mediática (que estaba supeditada a sus cualidades de showman)
quedó demasiado apagado. Todo eso no explica el fracaso con respecto
al 20D.
Un factor decisivo, por el contrario,
ha sido la guerra entre PSOE y Podemos, la mejor arma electoral, con
diferencia, del PP. Por cierto que, con ciento treinta y siete
escaños en la mano de Rajoy, Sánchez ya puede respirar tranquilo:
no tendrá que responder a la pregunta nunca más veces ni más
descaradamente evitada: la de si iba a apoyar al PP o a Podemos.
Pero inexperiencia, descrédito en los
temas importantes (como la economía), acoso y ninguneo por parte de
casi todos los medios de comunicación, y el desgaste (mutuo) en la
pelea con el PSOE, no son las únicas causas de los decepcionantes
resultados de Podemos. Hay otra, que entronca con la imagen del
principio. Creo que buena parte de los dirigentes y las bases de
Podemos no han entendido, aún, lo que Podemos quiere ser.
Muchos podemitas y afines se habían creído, ingenuamente, que el
“pueblo” (el “pueblo” de mi pueblo y, por lo que se ve,
también de las ciudades) se había vuelto de golpe de izquierdas:
todos a favor de una economía social, del ecologismo o del laicismo
militante. Tengo la impresión de que muchos han confundido su
particular burbuja (la de las redes de la izquierda de toda la vida)
con la descarnada realidad.
Y he ahí el error. Podemos ha dado a
la izquierda (por vez primera y en tiempo récord) un poder que jamás
ha tenido. Y ha sido gracias al populismo que, de forma tácita y
táctica, practicó desde el principio. Un populismo en el mejor de
los sentidos: pedagógico, incluyente, transversal. Ese populismo ha
sido la marca diferencial de Podemos. Y cuando no funciona bien
convierte a los podemitas en extraterrestres. A los de mi pueblo hay
que explicarles, muy clarito, qué van a sacar de bueno con todo esto
de la regeneración democrática. Y no decirles, de sopetón, cosas
como que se les acaban los toros, o que les cierran el colegio
concertado de toda la vida. Para esto último hace falta educación y
tiempo, y una dosis enorme de diálogo y respeto, algo que no siempre
tiene la izquierda tradicional muy claro.
Si Podemos quiere tener futuro político
– y no estancarse como una versión actualizada de IU – ha de
persistir en su dominio del marketing político, demostrar
experiencia de gobierno, inspirar más confianza pero, sobre todo, ha
de profundizar en la transversalidad
de los comienzos, dejando de lado los más intolerantes y sectarios
tics que tenemos en la izquierda. Empezando por esa pobre
percepción (exhibida hasta la nausea durante estas horas) de que
“nuestra gente”, con su buen rollo alternativo, es la pera
limonera, y el pueblo (ese al que cantamos en nuestras canciones –
pero que poco tienen que ver, por cierto, con las suyas – ) no más
que una suma de pobres ignorantes manipulados – cuando no unos
egoístas sin remedio –. ¡Mira que no votarnos, los muy
desgraciados!
miércoles, 29 de junio de 2016
Este país no es idiota (aunque podría ser mejor)
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura
Llevo más de cuarenta y ocho horas
leyendo y escuchando, en las redes y en la calle, que la gente es
idiota, que ha sido manipulada o que es tan sinvergüenza como los
políticos a los que ha dado, de nuevo, el poder. Es una reacción
visceral, lo sé. Pero por eso mismo ya se está prolongando
demasiado. Especialmente si viene de los del partido que ha tomado a
esa misma “gente” como símbolo y como fuente de legitimidad.
El pueblo (el de verdad, no el de las
canciones de los mítines) ha hablado, y no ha dicho nada que exceda
los límites de lo previsible. Desde hace meses sabíamos que el
PP, sin mayorías y con pactos, y pese a todos los escándalos, iba a
volver a gobernar. Lo que no podíamos (o no queríamos) imaginar
es que, al fin, lo hiciera con catorce escaños más que los logrados
el 20D y toda la legitimidad moral que, en democracia, otorga esa
diferencia. Tampoco era previsible el descalabro de Unidos Podemos,
pero todo ha de tener su explicación (sin necesidad de teorías
conspiratorias).
Se ha hablado del voto del miedo.
Y está claro que los medios de comunicación opuestos a Podemos, que
eran la inmensa mayoría, han servido de altavoz a todo tipo de
infundios alarmistas. Pero con esto no basta. La gente no es tan
manipulable como algunos creen (especialmente cuando han perdido su
apoyo). Las insistentes y falaces referencias a Venezuela, por
ejemplo, no resultaron eficaces y los periódicos y canales de
televisión acabaron por dejar el asunto.
Lo que ha funcionado a la perfección
(aunque solo a favor del PP) has sido la polarización de las
opciones, alentada por PP y Podemos, y por las encuestas (un elemento
cada vez con más valor estratégico en las campañas). Gracias a esa
prevista polarización del voto, muchos indecisos y electores de
posiciones moderadas han visto muy de cerca una presidencia de
Iglesias (algo realmente muy improbable, dada la animadversión
hacia Podemos por parte del PSOE) y han optado por otros partidos,
especialmente el PP. (Tengo la impresión de que el temor a una
victoria de UP podría haber calado, incluso, en algunos de sus
potenciales votantes; de hecho, parte de su electorado votó
anteriormente a Podemos para castigar al sistema, pero no – o no
muy claramente – para verlo
tomar el poder.)
De otra parte está la economía. El
partido de Iglesias no ha podido transmitir una imagen de solvencia
en este asunto tan sensible para la mayoría. En gran medida
porque le ha faltado amplificación mediática a sus propuestas
(mientras que sus enemigos la tenían toda), y en menor medida porque
sus propuestas aparentan – si no se explican muy bien – una
excesiva osadía. Además, la gente suele desconfiar de la gestión
económica de la izquierda en momentos de crisis. Y en cuanto al
aumento de desigualdad u otras injusticias, es algo que no cala
fácilmente en la gente (la inmensa mayoría) que no ve más
alternativa que la economía de mercado, con todos sus pros y sus
contras.
Podemos, por último, ha pecado de
modestia durante la campaña. El perfil más moderado de sus
líderes le ha hecho perder visibilidad (algo esencial para un
partido ninguneado por la mayoría de los medios) sin que, por
eso, haya logrado compensar la alianza con IU y la consiguiente
pérdida de una transversalidad ideológica que
ha sido, desde el comienzo, su seña de identidad política.
De hecho, si Podemos no quiere acabar
como otra Izquierda Unida, eternamente condenada a resistir en un
rincón del hemiciclo, tendrá que reconquistar, con la vehemencia
de antaño, ese espíritu de pluralidad ideológica, regeneración
democrática y populismo honesto y didáctico con el que comenzó a
caminar. No hace falta que asalte los cielos. Basta con que
represente a la gente – la de verdad, la que votó el domingo –
y que pelee por mejorarla (y por mejorarse con ella).
Y trabajo no le va a faltar: hace falta
mucha regeneración en un país tan partidista y poco dado al
reconocimiento de las razones y bondades del otro que – más
allá de cualquier otra consideración– prefiere tildar de idiota o
ladrón al que no nos vota, o ver ganar (¡o hasta perder!) a los
“nuestros” – por muy corruptos o incompetentes que sean –
antes que ceder un ápice ante el “enemigo”.
martes, 21 de junio de 2016
El lugar de la religión en una educación laica.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es Extremadura
Cada vez que menciono, siquiera de
pasada, mi opinión acerca del lugar de la religión en el sistema
educativo, me saltan al cuello los defensores del laicismo en la
escuela. Ya es hora de hacer un análisis desapasionado de sus
argumentos, y de exponer, de paso, los míos. A ver si logramos sacar
algo en claro.
El argumento principal de los laicistas
opuestos a la religión en la escuela tiene que ver con una
determinada interpretación de lo que es la laicidad y la
distinción entre lo público y lo privado. Bien. Simplificando
mucho, partamos de que el laicismo, en un sentido muy básico, no
designa más que la exigencia de separación de los poderes de la
Iglesia y el Estado. El desacuerdo está en cuál sea el alcance,
las consecuencias y el significado de esa separación. Así,
mientras que algunos piensan que la separación solo se refiere al
ámbito político, y la entienden como la no injerencia de la Iglesia
en decisiones políticas, otros piensan que la separación incumbe a
todos los aspectos de lo público (desde la educación al calendario
festivo), al menos los más formales, y que debe entenderse
como ausencia absoluta de relación entre este ámbito público y el
ámbito religioso, que quedaría estrictamente relegado a la esfera
de lo privado.
Comencemos por decir que la distinción
público-privado es una abstracción que dista mucho de estar clara.
¿Qué es, por ejemplo, lo “público”? Desde una lógica
democrática, lo que es público (el interés común) ha de expresar
la suma, compleja, de los intereses privados y de los principios
acordados entre todos. En este sentido, si gran parte de la gente de
un determinado país (por ejemplo, el nuestro) se siente identificada
con ciertas creencias religiosas, sería una muestra inaceptable de
totalitarismo que el Estado negara a estas creencias su carácter
público – obligando a retirar, por ejemplo, símbolos cristianos
de las calles, o prohibiendo las celebraciones religiosas (y todas –
la navidad, los carnavales, las fiestas del solsticio – lo son o
fueron en su origen), como he oído pedir a algunos laicistas.
El mismo problema de distinguir entre
lo público y lo privado afecta a la educación. ¿Quién ha de
decidir lo que es de interés público en la educación? ¿El propio
público? ¿O un comité de paternales y presuntos sabios elegidos
por quién? Si no queremos incurrir en actitudes totalitarias o
religiosas (ese comité de sabios iluminados se parecería mucho a
una congregación eclesiástica), tenemos que admitir que son los
ciudadanos los que deben orientar la decisión acerca de lo que sea y
no sea de interés público. Y lo cierto – insisto – es que una
notable proporción de los ciudadanos de este país (nos guste o no)
comparten unas determinadas creencias religiosas que quieren,
legítimamente, trasvasar a sus hijos –junto a muchas otras cosas –
a través del sistema educativo. ¿Qué se puede objetar a esto?
Otro argumento muy recurrido es el del
carácter ideológico y doctrinario de la materia de religión. Pero,
vamos a ver: ¿qué no es un contenido ideológico o doctrinario?
Sobre este asunto discutirían hasta la extenuación relativistas y
dogmáticos (y, entre estos últimos, cristianos y cientifistas
ateos, ambos seriamente convencidos, por supuesto, de que las ideas
que defienden no son meras ideas, sino verdades como puños).
Pero parece claro que esto de lo “doctrinario” es un asunto de
grados, y que pocos filósofos o científicos (muchísimos de ellos
creyentes, por cierto) dejarían de reconocer que la ciencia es
también, en buena parte, un producto ideológico repleto de axiomas
y de supuestos carentes de fundamento racional. Además, y por otro
lado, el caso es que, por motivos muy variados (y no necesariamente
racionales), el estudio de las ciencias positivas se han impuesto
desde hace décadas como el eje vertebral de nuestros sistemas
educativos, dejando al margen a las enseñanzas artísticas, a las
llamadas humanidades y, mucho más allá, a la religión. ¡No sé,
por tanto, de qué se quejan los laicos afines al positivismo
cientificista: su ideología casi se confunde, hoy en día, con el
“sentido común” – exactamente tal como ocurría con la de los
creyentes cristianos hace unos siglos – !
Finalmente, hay dos rasgos
fundamentales que distinguen a una sociedad democrática (y que,
consecuentemente, deberían distinguir también a su sistema
educativo): la pluralidad ideológica y la capacidad
crítica de los ciudadanos. Esto quiere decir que en una
educación realmente democrática el alumno habría de tener libre
acceso a todas las perspectivas ideológicas posibles (la científica,
la humanística, la artística, la religiosa...); quizás no todas en
el mismo grado, ni en el mismo momento de su desarrollo, pero sí
todas las posibles, incluso las más alejadas de los valores
comunes. La condición de toda esta pluralidad es que, a la vez, se
les proporcione a los alumnos las herramientas adecuadas para el
análisis y la decisión racional – como es el cometido de las
materias filosóficas – . Con esto debería bastar y sobrar. Tal
vez – como afirman ingenuamente algunos de mis amigos laicos –
la ciencia sea la única fuente legítima de verdades, y la religión
una simple colección de mitos falsos y moralmente perniciosos. ¿Pero
por qué no se deja decidir a los alumnos sobre esto, una vez bien
pertrechados de toda la información y de las herramientas de
análisis adecuadas?
El resto de los argumentos para
prohibir la religión en la escuela me parecen, honestamente, muy
débiles. La idea – por ejemplo – de que la educación religiosa
tenga que ofertarse en las parroquias, y no en los centros
educativos, es tan peregrina como la de que la educación musical, o
la educación física, tengan que ofrecerse, exclusivamente, en los
conservatorios o los gimnasios. De otro lado, la caricatura que hacen
algunos de la enseñanza de la religión como un atavismo propio de
nuestro país no responde a los hechos, pues en la práctica
totalidad de los países europeos (la excepción más conocida es
Francia) la religión confesional es de oferta obligada (cuando no
obligatoria de cursar) en los centros públicos. Finalmente, la
crítica a la elección de los profesores de religión por parte de
los obispos es en parte razonable (debería haber más transparencia
y control del Estado), pero en parte no (¿quién habría de escoger
a los profesores de religión sino, justamente, las
autoridades religiosas?).
En fin, y en mi opinión, la exigencia
de una educación laica, democrática y de calidad, no supone la
exclusión de la formación religiosa (como optativa de libre
elección) de las escuelas. Aunque, a mi juicio, sería más sensato
que se ofertara a partir de secundaria (no en primaria), que no fuera
evaluable, y que se impartiera en las márgenes del horario escolar,
sin requerir, por tanto, de una materia alternativa.
sábado, 18 de junio de 2016
Los buenos profesores.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
Los maestros y profesores tienen más
influencia de la que suponemos. Un buen profesor te puede cambiar la
vida. Y algunos te la pueden fastidiar bastante (la gente cree que
solo los médicos o los arquitectos incompetentes son peligrosos –
y solo a ellos les exige una buena formación – , pero la mala
educación también tiene efectos perniciosos, y difíciles de
curar).
Me preguntaban hace unos días por las
cualidades que definen a un “buen profesor”. Cuando contestamos a
esta pregunta enseguida se nos vienen a la cabeza esos pocos docentes
que, en la escuela, el instituto o la universidad, nos han dejado una
huella indeleble – a veces, casi la única –.
La mayoría de los profesores de los
que tengo buen recuerdo (alguno de ellos, además, marcó mi destino
laboral) tenían estos dos rasgos, especialmente el primero: eran
tipos muy vividos, y tenían un pico de oro.
Que fueran muy vividos no significa
necesariamente que hubieran recorrido el mundo en barco o cosas así;
la intensidad que transmitían provenía más bien de su interior, de
tener una vida más intensa y más pensada – si es que ambas cosas
no son lo mismo – que la de los demás. Estos profes siempre tenían
algo interesante y genuino que contarnos, y la materia que daban –
griego, física, filosofía – era, a veces, no más que el pretexto
para hacerlo. De ellos no me olvidaré jamás ( mientras que de los
que se limitaban a repetir como loros las lecciones – y a hacer
exámenes tremebundos para, al menos, ser buenos en ser malos – no
me acuerdo casi de nada).
Lo de tener un “pico de oro” y
saber contar las cosas era también importante, aunque no tanto. He
tenido profesores fascinantes incapaces de mirarte a los ojos, torpes
hasta lo indecible en eso que la pedantería psicologoide llama
“inteligencia interpersonal”, pero que, pese a todo, no podían
evitar que les desbordara todo aquello que llevaban dentro y que
llegara a sus maravillados alumnos. Otros, en cambio, virtuosos en el
uso de todo tipo de “medios” (juegos, actividades,
tecnologías...), pero de mediocre “mensaje”, han pasado también
al olvido.
Hay otro elemento, adjunto a lo
anterior, y que nunca he echado a faltar en los buenos profesores: el
respeto a los alumnos, la falta de fiereza, la capacidad para, de un
modo u otro, hacernos cómplices de aquella rara intensidad que
llenaba de sentido sus clases. Estos profesores te trataban como a
personas, es decir, hacían algo tan fácil como pedir tu
consentimiento y darte explicaciones de cada paso que daban en su rol
de profesores (¿habrá mejor muestra de respeto hacia un ser
racional – por joven que sea – que darle razones?). Y cuando te
animabas a intervenir te escuchaban como si fueras a decir la cosa
más importante del mundo – a veces, y solo por eso, empezabas a
soñar con que alguna vez la dirías –
Por demás, no recuerdo que hubiera en
esas clases ningún problema de “disciplina”. Nadie se aburría
como para eso. Las sesiones no eran un simulacro en el que todos –
profesores y alumnos – miraran el reloj de reojo implorando que
sonara el timbre. Y si alguna vez pasaba algo, esto era ocasión para
una reflexión o un diálogo interesante, y no para un burdo
espectáculo de gritos y amenazas. Esos profes, como dice un amigo
mío, no eran como domadores de fieras, sino más bien como
jardineros. Se preocupaban de que creciéramos, no de que nos
mantuviéramos callados (y así, curiosamente, es como más callados
– y meditabundos – nos dejaban).
A veces se me ocurre que el asunto de
una buena educación no tiene tanto que ver con leyes ni
presupuestos, ni con que se den estas o aquellas materias – aunque
todo esto no deje de ser muy importante – , como con algo tan
aparentemente lógico como que nuestros maestros y profesores sean
los mejores entre los mejores ciudadanos. Solo cuando nos tomemos tan
en serio (o más) la formación de los docentes como la de, por
ejemplo, los ingenieros o los cirujanos, y les exijamos – y le
permitamos desarrollar – a los aspirantes el grado de competencia,
sabiduría y madurez que debe corresponder a un buen profesor,
estaremos en vías de hacer algo, de verdad, por mejorar la
educación.
domingo, 5 de junio de 2016
¿Qué hacer con la educación concertada?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es Extremadura
Como en otros periodos electorales,
vuelve el debate en torno a la educación concertada. ¿Hay que
protegerla como una opción educativa más (junto a la pública y la
privada)? ¿O hay que optar por eliminar los conciertos? Los que
estamos por lo segundo tenemos que empezar por reconocer y analizar
los argumentos de los que defienden la concertada.
Más allá de la incapacidad coyuntural
de la educación pública para atender a la demanda educativa, el
principal argumento que se invoca para defender la concertada es la
libertad de los padres. La concertada – se afirma – asegura la
libertad de elección de las familias en cuanto a la educación de
sus hijos. Ahora bien, en este argumento se esconden dos presupuestos
que conviene discutir: uno sobre lo que es la libertad y otro sobre
lo que debe ser la escuela. Además, se asume una perspectiva que es,
a mi juicio, errónea, pues lo que hay que defender no es la libertad
de elegir de los padres, sino la de los hijos. Pero vayamos
por partes.
¿En qué consiste la libertad de
elección de los padres? Este es un tema muy delicado. Pero ni en
la sociedad más liberal del mundo se consideraría a los hijos como
una mera propiedad de sus progenitores, ni que, por tanto, se pueda
elegir para ellos cualquier cosa. Los niños no son solo hijos, sino
también ciudadanos con derechos, y personas a las que se les debe
una explicación, especialmente sobre aquello que más afecta a sus
vidas. La libertad de los padres no debe ser, pues, un "déjeme
usted hacer lo que yo quiera", sino en un "voy a poder
considerar, racionalmente, lo que es mejor para mis hijos".
Suponiendo – como es lógico – que
los padres decidan en función de lo que consideran mejor para sus
hijos, aparece, no obstante, otro supuesto problemático. La libertad
de elección presupone que existan escuelas diferentes en cuanto a su
calidad, sus métodos pedagógicos, o su orientación ideológica y
moral (escuelas religiosas y no religiosas, por ejemplo). Pero todo
esto conculca los principios de igualdad de oportunidades y de
formación general común que deben ser asegurados por la educación
básica. Así, si esas diferencias (sobre todo, las de calidad) lo
son de hecho y por defecto, habremos de exigir mayor inversión y
cuidado para que todas las escuelas tengan una calidad pareja. Pero
si lo son por principio, por ejemplo, por el principio liberal de la
competencia y la regulación mercantil, hemos de contraargumentar: la
educación no puede regularse (como lo hacen determinados servicios)
por la competencia y el mercado, precisamente porque la educación
tiene como fin corregir y equilibrar las desigualdades que genera el
mercado.
En cuanto al argumento de que las
escuelas sean distintas de acuerdo a las distintas opciones
ideológicas o morales de las familias, esto tampoco resulta
admisible. La pluralidad, sin nada que la contenga o unifique, diluye
a la comunidad. Y ese papel de contención y unidad es el que, entre
otros, cumple la escuela. No se trata de que haya tantos colegios
como opciones ideológicas, sino de que todas las opciones puedan
convivir en el mismo colegio. Todas y cada una de las escuelas, en un
sistema política y socialmente plural como es el nuestro, tendrían
que ofrecer a los futuros ciudadanos la mayor pluralidad ideológica
posible – junto a la mayor formación crítica para que el alumno
discierna sabiamente (de ahí el papel central de materias, tan
torpemente denostadas hoy, como la filosofía) –. Esta exigencia de
pluralidad incluye, por supuesto, y mal que les pese a muchos, a la
religión. La formación religiosa ha de estar presente en la escuela
pública, como una opción, entre mil más, para que el alumno, si
quiere, la escoja. Esto dejaría, por cierto, sin argumentos al que
defiende la concertada como la única manera de asegurar una
determinada formación religiosa para sus hijos.
Porque lo que más importa en educación
no es la redicha libertad de los padres (que sean carcas,
creyentes, progres, ateos, o lo que quieran ser), sino la
libertad de los hijos. La libertad en el sentido que decíamos antes:
el de poder argumentar nuestras decisiones (es decir, el de hacernos
dueños de las ideas que nos mueven a actuar en un sentido u otro).
Una escuela para la libertad exige, así, dos, y solo dos condiciones
fundamentales: la mayor pluralidad (de enfoques, materias,
competencias, valores, etc.) y, a la vez, la mayor competencia
crítica y racional posible, de manera que el alumno aprenda a elegir
y a construir su propias ideas, conocimientos, juicios y actitudes de
manera consciente, reflexiva y en un diálogo argumentativo con los
demás.
Si queremos defender de verdad a la
escuela pública debemos, pues, exigir y contribuir a crear una
educación de tanta calidad, pluralidad y rigor en la formación de
personas y ciudadanos libres y autónomos que ninguna familia (más
allá de una necesidad perentoria) tenga argumentos para elegir una
escuela concertada. Solo entonces podremos, legítimamente,
deshacernos de los conciertos. Eliminarlos o prohibirlos a golpe de
decreto sería, en cambio, un abuso inadmisible del Estado.
viernes, 3 de junio de 2016
¡Qué trabajen los robots!
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
Según una prestigiosa tropa de
economistas y expertos en tecnología de aquí a treinta años la
robótica habrá acabado con el 50% de los puestos de trabajo que hoy
conocemos. Robots, procesos automatizados y algoritmos de
computación arrasarán no solo con gran parte de los trabajos
manuales, sino con toda actividad que sea más o menos rutinaria.
Solo los oficios que impliquen
una dosis elevada de creatividad, reflexión o análisis crítico
seguirían siendo desempeñados por humanos.
Ante esta más que previsible
revolución, algunos han adoptado una perspectiva casi apocalíptica:
paro endémico, descenso abismal de los salarios, crecimiento de la
desigualdad... Yo creo más sensato apuntarse al carro de los
entusiastas. Mis razones son principalmente dos.
El uso generalizado de la robótica
eliminará los trabajos más mecánicos y alienantes. Despachar
gasolina, pasar artículos por un escáner, o registrar expedientes
no son trabajos que nadie desempeñe por vocación o gusto; no
desarrollan nuestro talento, tienden a embrutecernos o embotarnos.
La desaparición en muy poco tiempo de
la mitad de los empleos conduciría a una situación social y
económica insostenible, que haría inevitable la adopción de una
renta básica universal para todos los ciudadanos. Esta medida
es contemplada seriamente por un número considerable de economistas
y políticos de todas las tendencias ideológicas. Para los más
liberales, el reparto de una renta básica universal vendría a
sustituir, además, a la suma de subvenciones y seguros sociales que
comprende el estado de bienestar (a medio plazo – afirman – la
renta universal sería más barata y limitaría, en gran parte, el
control estatal del dinero público). Para la izquierda política la
renta universal supondría una garantía contra la explotación
laboral y un paso más hacia el efectivo cumplimiento de los derechos
humanos de naturaleza social y cultural (derecho a vivienda digna,
educación, participación en la vida cultural, etc.).
En cualquier caso, la automatización
de gran parte de la producción y el disfrute, por parte de todos los
ciudadanos, de una renta mínima con la que poder vivir, sin lujos,
pero dignamente, incluso sin trabajar, supondría una transformación
social, política y cultural de consecuencias difícilmente
predecibles, pero no necesariamente negativas – ni mucho menos –.
El abaratamiento cada vez mayor de la
producción (dependiente, en última instancia, de tecnologías de
software fáciles de compartir y desarrollar colectivamente, y con
costes marginales casi nulos – incluyendo energías renovables y
casi gratuitas – ) acabará, según expertos como Paul Mason, o
J. Rifkin, con el capitalismo tal como lo conocemos hoy, dando
paso a formas colaborativas, y más sostenibles, de economía. Y la
extensión de la renta universal haría posible un rearme cultural
y moral en masas de población que en la actualidad no disponen
de tiempo para formarse y desplegar sus aptitudes espirituales – un
despliegue que podría ser, además, notablemente incómodo desde una
concepción elitista y tradicional del poder –.
¿Qué pasaría, por cierto, y en estas
nuevas circunstancias, con la sociedad de clases? Las clases
propietarias seguirían siéndolo, pero si rebajan sus costes y
aumentan sus beneficios, también podrían asumir una mayor carga
impositiva – que, a través de la renta básica, se trocaría en
poder adquisitivo de sus potenciales clientes –. Por otra parte,
las clases no propietarias no tendrían que malbaratar su fuerza de
trabajo ni estar expuestas a la miseria. Podrían aspirar a
convertirse en clase propietaria, dados los bajos costes de
producción, o podrían invertir el tiempo de su vida en actividades
sin valor económico pero humanamente más enriquecedoras.
Obviamente, todo esto no es más que
una simplificación. No cuenta, por ejemplo, con que, hoy por hoy,
aún es más barata la mano de obra semiesclava de muchas partes del
mundo (aunque la disminución del coste tecnológico avanza
rápidamente, y las máquinas son más eficaces e infinitamente más
sumisas que los esclavos). Así pues, y a simple vista, la
automatización casi completa de la producción y la consecuencias
que esto podría acarrear, no parecen un mal plan par un futuro no
muy lejano. ¡Qué trabajen, pues, los robots!
viernes, 27 de mayo de 2016
El espectáculo es... ¡Podemos!
Comienza, de nuevo, el torneo
electoral. Con cierto escepticismo y una sombra de hartazgo en las
gradas. Así que, por el bien de la democracia, más vale que el
espectáculo no decaiga. Digo “espectáculo” con el cinismo
justo. Todo el mundo sabe que las democracias modernas se han
transformado, desde hace mucho, en una especie de espectáculo
mediático y deportivo, con sus equipos-partidos, sus tensiones
en los banquillos, sus encuentros-debates televisados, sus tertulias
periodísticas infinitas antes y después de las finales, etc.,
etc. De hecho, más que de “nuevas elecciones”, deberíamos
hablar del “partido de vuelta”, o de la “prórroga”. La gente
lo entendería mejor. La gente, por cierto, espera mucho de esta gran
final. No se le puede decepcionar.
Y una forma de decepcionarla es hacer
trampas y descafeinar el juego. Si
algo apasiona a los “espectadores” (llamarlos “pueblo” o
“ciudadanos”, a estas alturas, es un poco anacrónico) es el
soberano espectáculo de la redención del humilde a través del
mérito, la osadía y el riesgo. El deporte
(como antes el circo romano o la fiesta de toros)
escenifica la igualdad democrática, la posibilidad de que el “don
nadie” alcance, a fuerza de talento y audacia, el poder y la
gloria. Por eso, los espectadores de fútbol se entusiasman ante
el equipo modesto que gana el campeonato. No soportan la idea
de que el torneo esté trucado para hacer ganar a los equipos más
poderosos. ¡Incluso si son hinchas de esos mismos equipos! El
deporte reconcilia (simbólicamente) la contradicción entre la
igualdad teórica que preside, como principio decorativo, nuestras
democracias, y la desigualdad de hecho que – y de forma creciente –
la carcome.
Pues bien, algunos dirigentes de los
equipos-partidos más grandes no parecen haber entendido esto.
Exhiben con descaro sus trampas, pretenden jugar, sin ningún
disimulo, con todas las ventajas. Todo movido por el miedo a un
equipo modesto por el que nadie daba un duro y que, ahora, podría
incluso “ganar la liga”. El “todos y como sea contra
Podemos” se está haciendo demasiado clamoroso, y eso perjudica,
más que beneficiar, a los grandes partidos. El espectador no es
del todo estúpido, especialmente cuando le tocan el lado deportivo
de la vida. Vetar explícita o implícitamente a Podemos en la
televisión pública, llevarlo al banquillo de las portadas de los
periódicos por cualquier minucia, exhibir la patética necesidad de
buscar en Venezuela (o en Irán, o una obra de títeres) algo para
arrojar a los podemitas es... tan descaradamente tramposo, que
el hincha, hasta el del “equipo” grande, se irrita, y con razón.
Tanta trampa mata el espectáculo. Y, por encima de todo, la
gente quiere espectáculo, y que, por así decir, “haya partido”.
Y el espectáculo no es Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera... sino
Iglesias. El espectáculo es que el coletas,
el don nadie, el jovenzuelo osado y habilísimo –
como reconocen hasta sus más acérrimos enemigos –
pueda ganar a los de siempre, romper con lo que
estaba previsto, escenificar, simbólicamente, el espíritu de la
democracia y de la ideología liberal
– que es, a la vez, la lógica del espectáculo y del
deporte – : que cualquiera (¡usted mismo!) si se lo
propone y tiene mérito y valor suficientes puede llegar a lo más
alto.
Ajena a todo esto, la España
decimonónica y caciquil insiste en las trampas, en tratar de impedir
el partido. Por miedo. Pero también por rabia. Si algo revienta a
esta gente no es tanto que los de Podemos sean, más o menos, unos
rojos radicales (que no lo son, por cierto, ni por el forro). Lo
inaceptable es que sean unos recién llegados. Que se hayan saltado
la cola. Que estén a las puertas del poder sin haber chupado
banquillo – o lo que sea – durante años. En la lógica de
los caciques esto es un pecado capital. ¡Pero en la lógica del
espectáculo deportivo es lo más de lo más! Y lo único que
va a salvar – de momento – a esta triste compañía de cómicos
que es el PP (y a los que se le peguen) es que, pese a que vivimos en
la sociedad del espectáculo, aún conservamos el miedo ancestral al
cacique. ¿Podrá vencer ese miedo al absoluto aburrimiento que
generan esos siniestros y casposos cómicos? La gran final, el
próximo 26 de junio.
viernes, 20 de mayo de 2016
De tribus y familias
Hace unos días saltaron a las portadas y a las tertulias unas palabras de Anna Gabriel, dirigente de la CUP, criticando a la familia tradicional y mostrando su predilección por la crianza colectiva de los hijos. No es nada que no se haya dicho un millón de veces – sin mayores consecuencias – desde Platón a (salvando todas las distancias) los hippies del siglo pasado. El problema, tal vez, es que Anna Gabriel y su partido representan una cierta amenaza, no ya a la familia tradicional, sino a las familias que, tradicionalmente, han dominado este país (sea el que sea, porque en eso no se distinguen Cataluña y España). De ahí tanto estrépito por parte de las jaurías mediáticas.
Pero dejemos ahora eso, y centrémonos en las palabras de Gabriel: el modelo tradicional de familia monógama – dice – es empobrecedor y posesivo. ¿Tendrá razón? De entrada, la monogamia es algo casi incuestionable. Cuando sondeo a mis alumnos sobre este asunto compruebo que no ponen reparos a las parejas homosexuales, a las que comparten hijos de relaciones anteriores, a las que no se casan... Lo que sí que no les entra en la cabeza es cuestionar el concepto mismo de pareja. Cuando les muestro que en muchas culturas las familias no son monógamas, sino polígamas (poligínicas e incluso poliándricas) lo perciben como “cosa de bárbaros”. Y si, mucho más allá de la poligamia (que es casi siempre una relación patrimonialista y poco “amorosa”), les hablo del “poliamor”, es decir, de la simple posibilidad de que varias personas se quieran y convivan juntas siendo más de dos, les parece algo del todo imposible.
¿Pero de verdad os parece imposible – les pregunto entonces yo – que alguien ame a más de una persona, tal como, por ejemplo, una madre ama a todos sus hijos, o cualquiera de vosotros a todos vuestros amigos? ¡¡Pues claro que sí – protestan en seguida ellos –, porque el amor de la pareja es muy distinto!! ¿Y en qué son tan distintos – reparo yo, disfrutando por anticipado de su perplejidad – ? ¿No solemos decir que nuestra pareja es, ante todo, un buen amigo o amiga? ¿Qué hay más que eso?... Por muchas vueltas que le damos, al final mis alumnos solo encuentran una diferencia estimable entre la amistad (en la que se permiten las relaciones múltiples) y el amor (en el que se exige exclusividad); esa diferencia es el sexo y las perturbadoras emociones ligadas a él. Pero aún así – prosigo yo –, ¿tan equivocados están los que prefieren tener varios amigos con los que tener relaciones afectivas y sexuales, e incluso hijos? ¿Está acaso la sabiduría contenida en un solo libro – les digo, ya en broma, y con cierto tono bíblico – ? ¿No es preferible amar, desarrollar nuestros afectos, y convivir o criar hijos con todas las (buenas) personas posibles? ¿No aprenderíamos más o viviríamos más plenamente así?...
Sea como fuere, lo cierto es que la familia monógama, fundada como está en la propiedad del sexo del otro (y en la reproducción exclusiva de nuestros genes), parece una institución mucho más primitiva y visceral que, por ejemplo, la amistad. Incluso en sentido moral. Recuerden que la institución familiar no depende (para muchos de sus miembros) de una elección libre, ni en ella, y por lo general, se anteponen los principios de justicia o razón a los vínculos e intereses subjetivos (¿cuántos denunciarían un delito cometido por algún miembro de su familia?) …
La familia monógama puede ser, así, irracional, empobrecedora, posesiva y hasta inmoral ¿Hay que preferir, entonces, otros maneras de amar y criar a los hijos? Tal vez. Hace 2500 años el filósofo Platón decía algo parecido a lo que afirma la dirigente de la CUP: la crianza en común – según Platón – compromete fuertemente a los ciudadanos unos con otros, en cuanto hace que todos ellos se sientan parte de una gran familia en la que nadie conoce (ni falta que hace) quien es su padre o hijo carnal. Sin ese compromiso, experimentado desde la niñez, con el grupo, la sociedad se disgrega en la turbamulta de los intereses particulares. Eso sí, Platón circunscribía ese modelo colectivo de convivencia a las clases dirigentes (las únicas, según él, que estarían preparadas, por su educación, para asumirlo).
Ahora bien, también esta propuesta tan filosófica tiene inconvenientes. Muchos la han tachado, por ejemplo, de totalitaria, en cuanto es el Estado el que – según Platón – debe instituir y planificar esa especie de “familia colectiva”. De otro lado, la idea – más anarquista – de tribu que esgrime Anna Gabriel no está exenta tampoco de peligros (como el del gregarismo y la presión social sobre el individuo – pasa hasta en las mejores tribus – ), ni de ídolos o mitos, como el del “buen salvaje”, o el de la “identidad nacional”, del que vive en gran parte la CUP (y casi todos los demás partidos)...
En fin. Tal vez, en un futuro no muy lejano, los modelos de sexualidad y crianza sean muchos y variados. Y el monotipo y el monopolio de la monogamia sean un atavismo a superar. Entretanto, lo más razonable es esto: pensarlo, la poligamia intelectual. Y no montar un escándalo cada vez que alguien pone en cuestión este o cualquier otro tabú. Eso es propio de tribus – o de familias apegadas al poder – Y no de una sociedad civilizada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












