miércoles, 27 de julio de 2016

Sobre el concepto de metáfora y de metaforología en Hans Blumenberg

Hace unos meses, la revista de filosofía Paradoxa publicó este artículo en el que, en primer lugar, trato de exponer la teoría de Hans Blumenberg sobre el papel fundamental de la metáfora en el imaginario simbólico desde el que se constituye la cultura, y sobre la metaforología como saber dirigido a la comprensión de dicho proceso. Tras esta exposición me ocupo de dos cuestiones: (1) la cuestión de qué relevancia pueda tener la teoría de Blumenberg sobre la metáfora (y sobre las relaciones entre metáfora y concepto), atendiendo, especialmente, al asunto de la “inconceptuabilidad”; y (2) los problemas de concepción de la propia metaforología blumenbergiana. Acabamos con una reflexión en torno al valor del pensamiento de Blumenberg como síntoma de lo que  podría llamarse una “modernidad consumada”. Como la revista no está digitalizada, enlazo el artículo en la plataforma Scribd. El original se puede encontrar en Paradoxa, 17 (2015), pp. 81-111.  

viernes, 15 de julio de 2016

Arte y toros.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



¿Qué valor estético o artístico pueden tener los espectáculos taurinos? Que los toros, especialmente el espectáculo de la lidia, pero también, en menor medida, cientos de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen significado y valor artístico es uno de los argumentos de los defensores de la fiesta. Para ellos, el dolor y el sacrificio del animal es el coste necesario de obtener el placer estético que procura la corrida o el festejo. No es el único caso, te dicen: también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, o por el gusto de contemplar espectáculos deportivos o circenses, o como parte del “arte” de la caza o la pesca...

No obstante, al toreo se le suele atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación ritual de la lucha del hombre con la naturaleza” y otros tópicos intelectualizantes al uso, sino también como un complejo de creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta “filosofía de la vida” ligada, además, al mito de la tradición, y a ciertas tradiciones míticas en torno a la identidad española. Despachemos rápidamente esto último para centrarnos en el asunto – filosóficamente más interesante – de lo puramente estético.

Es innegable que los toros son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, amén de una fuente de iconos populares, obras de arte y souvenirs turísticos, especialmente desde que los viajeros románticos del XVIII y el XIX pusieron de moda la visión telúrica de una España poblada de bandoleros, toreros y mujeres de opereta que nosotros mismos nos hemos llegado a creer. Ahora bien: que algo forme parte del patrimonio cultural de un país no le otorga, de por sí, valor estético ninguno (ni, mucho menos, moral) – también la inquisición, la expulsión de los judíos o el caciquismo son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, y a nadie se le ocurriría defender, por eso, las opiniones del obispo Cañizares, el antisemitismo, o las tropelías de los caciques contemporáneos –. De otro lado, que las fiestas de toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero no por eso son objetos intrínsecamente bellos).

Vamos a la cuestión del arte. ¿Son los toros un arte (más allá de una serie peculiar de técnicas o habilidades artesanales para burlar y matar a un toro bravo)? Para responder a esta pregunta interesa primero saber qué cosa es esa del arte y qué relación tenga con lo moral. Los griegos antiguos empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiero esto decir que algo no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? Esto viene como anillo al dedo a la cuestión del toreo como arte. Si hacer sufrir hasta la muerte a un animal – sin necesidad ninguna – es moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto), hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden que sea el toreo, parece algo muy discutible.

¿Pero por qué lo bello ha de estar reñido con lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona guapa puede ser mala (la femme fatale) o, al revés, que alguien muy feo puede tener un corazón de oro (como Sócrates, o el ogro Shrek). ¿Cómo es esto posible? Cuando ocurre esto, decimos que las apariencias engañan. El ámbito de lo estético es el de las cosas que nos aparecen a los sentidos (“aísthesis” – de donde “estética” – significa “sensación”); no hacen falta que sean “reales”, basta con que lo parezcan. Pero el arte mejor – el que gusta y perdura – es el que aparenta sin engañarnos, el que representa lo que son “realmente” las cosas, no tal como las vemos, sino como las imaginamos y soñamos, en su dimensión más ideal. Esta es – dicho suscinta y atrevidamente – la relación entre lo bello y lo bueno.

También cuando el artista invoca a la belleza representando su ausencia aparente, como en el arte deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo grotesco y feo, si “representaran” (por ejemplo) el dolor y el sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del héroe. Pero los festejos taurinos no representan ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque carecen de la naturaleza puramente representativa que caracteriza al arte.

La tauromaquia dista de ser arte (aunque lo parezca) porque quiere “representar” lo ideal haciendo lo opuesto: infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de villano. En los toros no se representa el mal (la bestialidad representada a través del toro y la violencia de la lucha) como parte del argumento conducente al triunfo ideal del bien (la dominación de lo bestial e irracional), sino que se comete ostentosamente el mal (la bestialidad de matar al toro – y de exponer a la muerte al torero – ) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual bárbaro – relativamente estilizados – que del arte. Por eso está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más primarios.

En cincuenta o cien años el toreo será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los antropófagos, más allá del escenario de las novelas de aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes de llegar a ese final inevitable.



miércoles, 13 de julio de 2016

Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es de Extremadura





Tordesillas no se rinde. El Ayuntamiento en pleno (con la sola excepción de la edil vinculada a IU) ha recurrido el decreto de la Junta de Castilla y León que les prohíbe celebrar el Torneo del Toro de la Vega. Como se sabe, el Torneo consiste en alancear a un toro hasta la muerte, y el decreto, aprobado el pasado mes de mayo, prohíbe expresamente la matanza de toros en festejos populares.

Las razones que esgrimen los defensores del Torneo son varias: la no injerencia en presuntas competencias municipales, el valor cultural y turístico de la fiesta, o el haberse convertido – dicen – en víctimas propiciatorias de los movimientos animalistas (y de sus presupuestos errados, o exagerados, acerca de los derechos de los animales). Pasemos a analizar algunos de estos argumentos, especialmente el del valor cultural de este tipo de festejos.

La primera de las razones de los tordesillanos no tiene fundamento legal ni moral. Las competencias sobre la reglamentación de festejos no corresponden al gobierno municipal, sino al autonómico. De otro lado, la legitimidad de una ley de este rango descansa en la voluntad de los ciudadanos castellano-leoneses, y de los españoles, no en la de los vecinos de Tordesillas. Y la voluntad de los ciudadanos parece muy clara: el rechazo al Toro de la Vega (y a otros festejos similares) ha ido en aumento en los últimos años, hasta el punto de que la fiesta es hoy más conocida por los conflictos entre defensores y detractores que por ningún otro motivo. Y no es algo nuevo: la muerte del Toro de la Vega estuvo ya prohibida durante el franquismo (entre 1966 y 1970), tras una campaña en su contra lanzada por asociaciones de protección de la naturaleza, medios de comunicación y sectores de la administración, que – ¡a mediados de los años 50! – consideraban ya inadmisible tal nivel de crueldad y salvajismo.

En cuanto al valor cultural de la fiesta (o, en general, de la tauromaquia) habría mucho que hablar. Dejando a un lado el asunto de la antigüedad, que no justifica nada – también es antigua la guerra, o la discriminación de la mujer, y a nadie se le ocurre defender su existencia por ese motivo –, los abogados de la llamada “fiesta nacional” hablan con frecuencia del valor estético y simbólico de los espectáculos taurinos. Nadie – sensato – puede negar esto, por poco que le gusten los toros. Toda celebración tradicional posee un innegable valor estético, y está cargada de significados (culturales, morales, religiosos, filosóficos...). Imaginen que son extranjeros y ven un documental sobre el Toro de la Vega. Les podrá parecer un rito brutal, pero no carente de interés cultural o antropológico. Les podría parecer incluso hermoso o, cuando menos, pintoresco, tal como les han parecido las fiestas de toros a multitud de viajeros, artistas o poetas.

Ahora bien, que una manifestación cultural tenga valor estético y simbólico no quiere decir que sea moral (ni legalmente) aceptable, ni que no pueda (por motivos morales o por otros muchos) mejorar o evolucionar como acontecimiento cultural. Los taurinos se niegan a suprimir las suertes más crueles con el toro porque piensan que eso resta autenticidad a la fiesta y le hace perder su significado. Pero esto responde a una actitud conservadora que acabará superada con (o por) el tiempo. Seguramente, los que vivieron la época del blues cantado por esclavos o de la ópera interpretada por castrati dirían algo parecido a lo que dicen los taurinos (¡esto ya no es blues, o ópera!) cuando se descubrió que para hacer buena música no hacía falta esclavizar ni castrar a nadie. Es más: trascender la parte más, cabe decir, truculenta y literal del complejo simbólico de la tauromaquia (es decir, la tortura y muerte del toro), aumentaría su relieve más propiamente estético. En el arte no hace falta que nadie muera realmente para representar la muerte. El paso gradual de la literalidad a lo más pura y libremente simbólico es uno de los rasgos que definen la evolución del arte en todos sus géneros (la pintura, la música, el teatro, la literatura...), incluso el arte más popular: un circo sin rastro de animales – como el Circo del Sol – ha resultado ser mejor que el circo de animales tradicional. ¿Por qué no habría de pasar algo similar con las fiestas de toros? ¿Se imaginan un espectáculo “taurino” en el que ya no se maltratara al animal – o incluso en el que este estuviera ausente – ? El arte evoluciona cuando da forma a lo que parece ahora inimaginable.

En cuanto a los presupuestos filosóficos de los animalistas es obvio que los defensores de la tauromaquía – a tenor de sus quejas y argumentos – no los entienden. No se trata de igualar animales y personas, ni de dotar a los primeros de los mismos derechos que los segundos, sino solo de entender que aquella dignidad por la que algo pasa de ser “algo” a ser “alguien” no está tan clara, y que, en la medida en que racionalmente lo está, nos empuja a considerarla como algo gradual, y no una propiedad exclusiva de los seres humanos. Justo por este argumento – más venerable y viejo, en la filosofía, de lo que parece – resulta justo ser considerados con seres que, sin ser, obviamente, personas, tampoco son meros mecanismos o cosas, sino subjetividades ante cuyo sufrimiento – sobre todo, cuando no es imprescindible – ni el ser humano más embrutecido puede sentir una absoluta indiferencia.




lunes, 11 de julio de 2016

Messi: el deportista emprendedor.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Menos mal que la cosa se ha quedado en una multa de nada. Llegan a meter a Messi en la cárcel y ríanse ustedes del motín de Esquilache. Habría barricadas y muertos en las calles. Cataluña se independizaría a las bravas. El país sería una mezcla entre Irán, Venezuela y el resto del eje del mal sin necesidad de que gobierne Podemos. Fernández Díaz conspiraría contra los jueces, y Rajoy moriría de agotamiento botando ante el tribunal de apelación. Pero no. No es posible. ¿Cómo van a meter a Messi en la cárcel? ¿Y los niños que le esperan para animarlo y pedirle una foto en la puerta del juzgado? ¡Por Dios! ¿Es que nadie piensa nunca en los niños?...

Decían los pitagóricos – unos filósofos griegos muy antiguos – que en la vida, tal como en un estadio olímpico, hay tres tipos de persona: los deportistas que van a competir, los negociantes que van a hacer su agosto, y los espectadores que van a ver el grandioso espectáculo del mundo. Pero solo aquellos que se dedicaban a mirar y entender (los espectadores) son los que hacen algo propiamente humano, mientras que deportistas y negociantes solo hacen cosas propias de animales. Los deportistas, es obvio, porque dedican su vida a correr, brincar y otras actividades igual de simiescas. Y los negociantes porque todo lo hacen bajo el mismo principio interesado y económico que el resto de la fauna: lograr el máximo beneficio con el mínimo coste o esfuerzo.

¿Cómo es, entonces, que los jóvenes (y la mayoría de los mayores) prefieren soñar con ser deportistas o negociantes en lugar de sabio contemplativo? Es cosa de nuestra época. En otros tiempos el modelo a imitar era el noble guerrero, o el santo virtuoso, o incluso el sabio ilustrado. En el nuestro, los arquetipos morales son el deportista encumbrado y el vendedor de batas (u ordenadores) multimillonario. Si unes ambas cosas ya tienes el logotipo de esta loca época dominada por la raza de los tenderos: la estrella de fútbol, el tarugo despabilado que no solo vive de dar patadas a un balón, sino que hace una multinacional de sí mismo y de su reflejo en la mente de infinitos niños que, entre patada y patada para apartar la miseria (o para encontrar un trabajo que no sea una patada a la dignidad), pueden soñar que Messi, o Ronaldo existen. Que la justicia existe.

Y para que el mito sea más veraz, y el sueño más lúcido, Messi se ha sentado en el banquillo, no en el del estadio, donde ya es el rey, sino en el de los grandes emprendedores – de Mario Conde a la Infanta de España – : en el banquillo de los acusados. Y ha hecho el paseíllo, como los toreros, del coche al juzgado, en olor de multitudes, bajo la metralla de los fotógrafos, como los grandes héroes, para solaz de todos los niños. Porque Messi – y su padre – sí que piensan en los niños. Al menos, en los que vienen con un balón debajo del brazo...




viernes, 8 de julio de 2016

Debate sobre educación en EL PAIS

Este fue el debate sobre educación que celebramos hace unas semanas en la sede de EL PAIS, y en el que también participaron el Rector de la UNED, Alejandro Tiana, y Pilar Mena. 







Y aquí, la entrevista íntegra (no toda ella se refleja en el reportaje). 

Un aspecto que le sobre y otro que le falte a la educación española. 
Sobra frivolidad, la idea de que educar es fácil, sobra esa pedagogía castiza que desprecia cuanto ignora, y que todo lo ve muy sencillo: el problema del fracaso escolar es que los chicos no estudian, son vagos, les falta “cultura del esfuerzo”, no vienen educados de casa, etc.

Falta una filosofía educativa diferente, coherente con esa importancia que se da retóricamente a la educación (es el fundamento de la sociedad, es la llave para el cambio, etc.)... Falta tomarse en serio, de verdad, la educación. Según la opinión común, para ser médico, o arquitecto, hay que formarse muy bien, y los candidatos tener grandes dotes y mucha vocación. La razón que te dan es que un mal médico, o un mal arquitecto, pueden causar mucho daño. Pero una mala educación es igual de potencialmente peligrosa. Los efectos de un mal tratamiento médico o de un edificio defectuoso se ven a corto plazo y son muy evidentes; los de una mala educación no son tan a corto plazo, ni tan evidentes, pero, precisamente por eso, son mucho más peligrosos y duraderos

¿Qué debe tener necesariamente un buen profesor? ¿Cómo fue tu mejor profesor?
Algo qué enseñar, y en lo que crea de veras. Más unas ciertas dotes comunicativas, que diría que tienen mucho que ver con el arte del actor...
Mi mejor profesor era un señor muy vivido con un pico de oro. Con mucho que contar y que una habilidad prodigiosa para contar cosas.   
Y entre los que tienen buenos cuentos pero no saben contarlos, y los que despliegan gran habilidad para contar pero no tienen nada que decir, prefiero los primeros, me acuerdo de los primeros. He tenido profesores incapaces de mirar a los ojos a sus alumnos, infinitamente tímidos, torpes, balbuceantes, tartamudos... Pero fascinantes por todo aquello que llevaban dentro y a duras penas dejaban traslucir. Y he tenido profesores entusiastas de los “medios”, pero con poco “mensaje”. De estos últimos apenas me acuerdo.


¿Qué cambiarías de tu instituto? ¿Y de tu universidad?
Todo. Comenzando por el edificio. Sobran muros, pasillos, aulas; faltan jardines, lugares de reunión y esparcimiento que no parezcan talleres fabriles del siglo XIX... También bajaría las ratio alumno / profesor; es imposible aspirar a una educación de calidad con 30 alumnos por aula. Otra cosa que cambiaría sería la compartimentación de las materias; sería estupendo – y ya se hace – colaborar con otros compañeros en las aulas, sean o no de las materias de tu especialidad. También disminuiría la carga de exámenes. Lo poco que se aprende con ellos no justifica la carga de estrés de los alumnos, ni la deformación que producen en las relaciones de aprendizaje. Es lamentable ver, cada día, a niños de doce años caminar compungidos hacia la siniestra aula de exámenes, en lugar de estar divirtiéndose y aprendiendo. En el último curso de bachillerato, solo se puede dar clase relajadamente las primeras semanas de cada trimestre; durante el resto, los chicos están histéricos, con exámenes todas las semanas; así es difícil que aprendan, realmente, nada.


Cita lo mejor que aprendiste en la escuela.
El amor al conocimiento, el gozo de comprender, o de creer que comprendes, lo que te rodea y lo que te habita por dentro, una cierta experiencia de lucidez, y, sobre todo, aquellos modelos y formas de vivir que veía entre los profesores y compañeros. Recuerdo mucho más la actitud, el modo de ser de algunos profesores que ninguna de las materias que me enseñaban. Los profesores tienen mucha más influencia en los alumnos de lo que se cree.

-¿Hasta qué punto estamos obsesionados con los exámenes y los deberes?
 Hasta un punto insoportable. Pero es el “punto” a que obliga el modelo social que se imita en la escuela: competitivo, agónico, meritocrático (una idea, la de mérito, inmerecidamente sobrevalorada: se piensa que el alumno es el único responsable de su rendimiento, como si no existieran circunstancias, o como si él tuviera la culpa de ellas, o de nacer más o menos capaz).
Esa obsesión también se corresponde con una visión pesimista del hombre. El ser humano tiende al mal, a la pereza, el capricho... Por eso la educación es como una doma de fieras; el látigo son los exámenes, los deberes.
Y, por supuesto, la educación no tiene nada que ver con el goce y el placer. Sino con el trabajo duro y doloroso.
Yo no comparto nada de eso. El ser humano tiende por naturaleza a conocer, no hay más que observar a cualquier mamífero, o a un niño pequeño; son curiosos por naturaleza. El hombre desea por naturaleza saber, decía Aristóteles. No hay que forzar ese deseo, sino reforzarlo. Y el juego, el placer, la diversión son fundamentales. Observad a un cachorro, pero también a un gran investigador, o a un artista. Ninguno de ellos aprende a la fuerza, sino por juego, placer, entusiasmo. Ningún conocimiento puede permanecer en el alma de un hombre libre que le haya sido introducido por la fuerza, decía Platón. Y creo que tenía toda la razón.

-¿Nos prepara la universidad para el mundo laboral? ¿Debería prepararnos?
Sí, pero no solo, ni fundamentalmente para eso.  Muchos de los jóvenes que atentan en Europa han ido a la Universidad, donde han aprendido ciencias y tecnología (la misma que ahora ponen al servicio de sus creencias), pero no a aplicar la razón a los valores. En la universidad actual se enseña física, o lingüística, pero no a manejarte racionalmente con la vida, a buscar su sentido, a comprender por qué es bueno lo bueno, o injusto lo injusto. La obsesión por la especialización y la  renuncia a la “universalidad” de la educación universitaria, ha dejado las grandes preguntas a merced de las subjetividades personales y de los púlpitos religiosos.

-¿Cómos se fomenta la motivación por aprender? ¿Tenéis la percepción de que las clases de hoy se parecen a las de hace 40 años?
 Esencialmente, y en la mayoría de los casos, no son muy diferentes. Llegas y ves treinta chicos en sus pupitres frente al profesor que les dicta, supervisa, examina, hace callar, etc. Por mucho que se inunden de tecnología, el aula se sigue percibiendo como un lugar donde transmitir ciertos conocimientos y habilidades programados, no como un lugar en el que se pueda generar una interacción, un diálogo real, entre las necesidades o intereses del alumno y lo que pueda ofertarle la sociedad. Además, apenas hay tiempo para contextualizar lo que se enseña, ni para reflexionar críticamente sobre ello – la materia de filosofía, en la que, justamente, se procura esa contextualización y esa reflexión crítica, casi desaparece de los planes de estudio – . En buena medida, el proceso educativo sigue siendo un gran simulacro en el que el profesor simula que enseña, y el alumno simula que aprende, mientras ambos miran el reloj de reojo y suspiran por que la clase acabe cuanto antes.


  ¿Falta educación para el diálogo y el consenso?
 Desde luego. La primera idea que tienen muchos chicos de lo que es "debatir" proviene de lo que ven en la televisión: gritar, interrumpirse, atacarse, afirmarse por encima de todo. Cuando al cabo de las semanas logramos construir un debate “en serio” se quedan sorprendidos: disfrutan de que los demás los oigan con respeto, se dejan llevar por los argumentos olvidándose de sí mismos, descubren que es más eficaz y enriquecedor resolver los problemas así, convenciendo y dejándose convencer...


-¿Cómo se puede inculcar confianza en sí mismos a los alumnos desde las aulas?
Pues, aunque suene cursi: queriéndolos. Quererlos supone tratarlos con respeto (como a personas, no como a reclutas del ejército), conocerlos y tener cuidado de ellos, para que sean y crezcan todo lo posible. El modelo es el del jardinero, no el del domador de fieras.

-¿Hay un problema de disciplina en las aulas? ¿Se detecta de forma efectiva el acoso escolar?
 De forma general, no. Y eso que se dan todas las circunstancias.  Treinta chicos de doce a diecisiete    años encajonados delante de sus mesas durante seis horas sin apenas un descanso de media hora, y obligados a plegarse a todo lo que se les dice… Ni el más concienzudo funcionario trabajaría así sin protestar. A mi mismo me cuesta dios y ayuda soportar una hora entera de clase como alumno, en cualquier curso para profesores; pero más aún me costaría si se tratara de algo impuesto y que no fuera de mi interés.
En cualquier caso, para evitar problemas de disciplina no hay mejor antídoto que tratar a los alumnos con respeto y comprensión, no concebirlos, de entrada, como los “enemigos”, y, desde luego, ganarte su respeto con tu trabajo. Si los chicos de ahora tienen alguna ventaja sobre los de hace cincuenta años es que no quieren callarse ni dejar de exigir explicaciones al profesor, tanto sobre lo que este imparte como sobre cada incidente que ocurre en el aula. Y eso es bueno. Es una buena manera de formar ciudadanos críticos, racionales y acostumbrados a pedir y dar explicación de sus actos. No hay mayor muestra de respeto hacia una persona (y los alumnos lo son) que darle explicación de lo que haces, especialmente si lo que haces le afecta, como es el caso.

En cuanto al tema del acoso es muy delicado. Pero creo que la solución no consiste, simplemente, en vigilar y castigar, ni en pedir al niño acosado que (¡encima de todo!) se enfrente al poder y se convierta en “delator”. Tampoco vale hablar de derechos y valores como el que habla de la Santísima Trinidad.  Es difícil encontrar a algún educador que sepa dar razones realmente convincentes de por qué hay que tolerar a los que son diferentes, o ser solidario con los más débiles (cuando, además, es mucho más divertido y “natural” burlarse o aprovecharse de ellos). De hecho, casi todo lo que representa realmente la institución y la vida escolar desmiente todo discurso posible contra el acoso, en cuanto que está dirigida a inculcar en los niños la “dureza de la vida”, la competencia, el afán por el triunfo o, como gusta de decirse ahora, la excelencia, tanto en el aula (en donde se violenta constantemente a los niños con instrucciones, tareas obligadas y evaluaciones diarias), como fuera del aula, en donde los chicos se socializan en torno a modelos que destilan violencia y acoso (el emprendedor voraz, el deportista agresivo y obsesionado por competir, la mujer como objeto sexual...). Maltratar al chico, casi siempre demasiado sensible o inteligente, que no encaja en esos estereotipos, es parte del proceso de afirmación de quien los cultiva. Y esos valores y estereotipos son omnipresentes. En el centro educativo donde trabajo las paredes de muchas aulas están adornadas con un panfleto donde se enuncian las reglas del éxito según un famoso empresario. En realidad, tales reglas se reducen a una: que la vida es un juego cruel de ganadores y perdedores, y que hay que prepararse y endurecerse para estar entre los primeros


¿Tenemos un sistema educativo capaz de desarrollar todo el potencial de los alumnos?
 
Tengo la impresión de que la mitad, al menos, del talento de los alumnos se nos escapa, se disipa o desperdicia. A muchos chicos extraordinarios (y justamente por serlo) la escuela les hunde desde el primer año, les tiene ocupados constantemente con cosas (problemas de disciplina, acoso, poca autoestima...) que nada tienen que ver con el desarrollo de su talento y que acaban llevándolo al fracaso y a odiar la escuela.

¿Qué es lo primero que harías si fueras ministro de Educación?
 Asesorarme muy bien, y por todos. Y la primera medida concreta: cambiar el modo de formación y de acceso de los docentes.


¿Consideras que es esta la generación mejor preparada de la historia?
Sí. Lo dicen los datos. Y es cierto. Es la que ha tenido más tiempo para formarse, para vivir y pensar sin la alienante soga al cuello de la necesidad de sobrevivir. Casi diría que estas últimas generaciones han traído la adolescencia a nuestro país (la rebeldía, el compromiso politico, las dudas, la actitud reflexiva y critica...) algo que, antes, solo lo había en las élites que lograban acceder a los estudios superiores.


¿Cómo crees que será la escuela dentro de 50 años?
¿Cómo creo que será o como me gustaría que fuese?
Los problemas que nos acechan exigen una masa crítica de ciudadanos educados y convencidos de la necesidad del cambio, inmunes a mitos y sofismas, con una visión integral de los problemas, y con la suficiente lucidez moral para afrontar los retos e incertidumbres que aceleradamente se generan en un mundo cada vez más globalizado.   
¿Qué tipo de educación podría generar esa masa crítica de ciudadanos? La respuesta no es fácil. Pero si que podemos ir despejando opciones, y haciendo alguna sugerencia. La educación que necesitamos no es, desde luego, la que ahora tenemos. Pero tampoco la que muchos proponen como panacea: la que es poco más que adiestramiento laboral, formación de “capital humano”, o innovación científica dirigida por el mercado. No es la educación del informe PISA, ni la del Plan Bolonia, ni la obsesionada con el I+D+I. Esos modelos educativos son, sin duda, perfectos para aumentar la competitividad, pero no para cambiar el mundo. Si la educación general se confunde con un concurso de ciencias, tecnología e idiomas, marginando todo aquello que genera reflexión crítica, comprensión holística y diálogo en torno a fines y valores (todo lo relacionado, por ejemplo, con la filosofía y las humanidades), no me imagino cómo podría prender en la gente ese cambio civilizador a escala planetaria que necesitamos.



jueves, 30 de junio de 2016

La izquierda en su burbuja.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El diario. es Extremadura




Cuando entré en el colegio electoral la mesa estaba ocupada, de manera informal, por apoderados del PP y del PSOE. Estaban de cháchara y hablaban del caso de un apoderado de Podemos que les llegó en las pasadas elecciones, maleducado, “dándoselas de listo”, y sin acreditación. Esta vez, por lo que se ve, no había venido ninguno. El presidente de la mesa, colocado junto a la urna, acabó la conversación con un grave: “¡mejor!”. Voté y salí del colegio con la clara impresión de que el podemismo era, al menos aquí, y en muchos pueblos como este (que es de lo más normalito), casi cosa de extraterrestres.

Por la tarde, sentado en un velador y leyendo los datos, ya casi definitivos, del escrutinio, escuchaba los comentarios de la gente (gente del “pueblo” desde todos los puntos de vista). La mayoría hablaba de sus cosas. Una mesa llena de jóvenes comentaba los últimos resultados del fútbol. Una chica se quejaba de lo que había cobrado por estar en la mesa electoral. En algún momento uno de aquellos jóvenes contó riendo el susto que había pasado: “Pues no va y me dice – refiriéndose al bromista – que habían ganado los de Podemos. ¡Se me paró el corazón!”... Luego recordé los mensajes de una de mis sobrinas adolescentes en el wasap familiar: “Cómo votéis al coletas os retiro la palabra. ¡¡Quiere cerrar mi colegio (un colegio concertado de curas) !! ¡¡Y eso sí que no!! – clamaba con desesperación – ”....

Es cierto que las elecciones las ha ganado el miedo (o lo que otros llamarían, legítimamente, “prudencia”). La astuta estrategia de polarizar las opciones (o PP o Podemos) ha funcionado como nunca. ¿Cuántas personas de mi pueblo (o cuantos ciudadanos, en general) podrían imaginarse, seriamente, a Iglesias como presidente? Una cosa es que le votaran para castigar a otros, o para desfibrilar al PSOE, y otra auparlo a presidente del gobierno (cosa que, en su imaginación, podría haber pasado de darse el más que seguro sorpasso sobre Sánchez, tal como auguraban unas encuestas que han perjudicado, más que beneficiado, a Podemos). El PP está podrido por la corrupción, todo el mundo lo huele, pero “más vale que me roben a que me arruinen”, dicen en mi pueblo.

Así piensa la gente. La de verdad. Y, tras la gente, todo el poder de los medios de comunicación. Y las mentiras repetidas y amplificadas por esos mismos medios. Y el dinero que ha financiado todo eso. Y los que tienen ese dinero. Podemos no lo tenía y no ha podido responder a la propaganda en contra con la misma fuerza y persistencia que los demás. Son los medios, más que el mensaje, lo que ha fallado a Podemos. Baile ideológico en campaña electoral lo tienen todos los partidos, mala imagen del líder casi todos también (¡menos el que más escaños ha perdido!), el mensaje moderado de Iglesias era el adecuado, aunque sin la amplificación mediática (que estaba supeditada a sus cualidades de showman) quedó demasiado apagado. Todo eso no explica el fracaso con respecto al 20D.

Un factor decisivo, por el contrario, ha sido la guerra entre PSOE y Podemos, la mejor arma electoral, con diferencia, del PP. Por cierto que, con ciento treinta y siete escaños en la mano de Rajoy, Sánchez ya puede respirar tranquilo: no tendrá que responder a la pregunta nunca más veces ni más descaradamente evitada: la de si iba a apoyar al PP o a Podemos.

Pero inexperiencia, descrédito en los temas importantes (como la economía), acoso y ninguneo por parte de casi todos los medios de comunicación, y el desgaste (mutuo) en la pelea con el PSOE, no son las únicas causas de los decepcionantes resultados de Podemos. Hay otra, que entronca con la imagen del principio. Creo que buena parte de los dirigentes y las bases de Podemos no han entendido, aún, lo que Podemos quiere ser. Muchos podemitas y afines se habían creído, ingenuamente, que el “pueblo” (el “pueblo” de mi pueblo y, por lo que se ve, también de las ciudades) se había vuelto de golpe de izquierdas: todos a favor de una economía social, del ecologismo o del laicismo militante. Tengo la impresión de que muchos han confundido su particular burbuja (la de las redes de la izquierda de toda la vida) con la descarnada realidad.

Y he ahí el error. Podemos ha dado a la izquierda (por vez primera y en tiempo récord) un poder que jamás ha tenido. Y ha sido gracias al populismo que, de forma tácita y táctica, practicó desde el principio. Un populismo en el mejor de los sentidos: pedagógico, incluyente, transversal. Ese populismo ha sido la marca diferencial de Podemos. Y cuando no funciona bien convierte a los podemitas en extraterrestres. A los de mi pueblo hay que explicarles, muy clarito, qué van a sacar de bueno con todo esto de la regeneración democrática. Y no decirles, de sopetón, cosas como que se les acaban los toros, o que les cierran el colegio concertado de toda la vida. Para esto último hace falta educación y tiempo, y una dosis enorme de diálogo y respeto, algo que no siempre tiene la izquierda tradicional muy claro.

Si Podemos quiere tener futuro político – y no estancarse como una versión actualizada de IU – ha de persistir en su dominio del marketing político, demostrar experiencia de gobierno, inspirar más confianza pero, sobre todo, ha de profundizar en la transversalidad de los comienzos, dejando de lado los más intolerantes y sectarios tics que tenemos en la izquierda. Empezando por esa pobre percepción (exhibida hasta la nausea durante estas horas) de que “nuestra gente”, con su buen rollo alternativo, es la pera limonera, y el pueblo (ese al que cantamos en nuestras canciones – pero que poco tienen que ver, por cierto, con las suyas – ) no más que una suma de pobres ignorantes manipulados – cuando no unos egoístas sin remedio –. ¡Mira que no votarnos, los muy desgraciados!




miércoles, 29 de junio de 2016

Este país no es idiota (aunque podría ser mejor)

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Llevo más de cuarenta y ocho horas leyendo y escuchando, en las redes y en la calle, que la gente es idiota, que ha sido manipulada o que es tan sinvergüenza como los políticos a los que ha dado, de nuevo, el poder. Es una reacción visceral, lo sé. Pero por eso mismo ya se está prolongando demasiado. Especialmente si viene de los del partido que ha tomado a esa misma “gente” como símbolo y como fuente de legitimidad.

El pueblo (el de verdad, no el de las canciones de los mítines) ha hablado, y no ha dicho nada que exceda los límites de lo previsible. Desde hace meses sabíamos que el PP, sin mayorías y con pactos, y pese a todos los escándalos, iba a volver a gobernar. Lo que no podíamos (o no queríamos) imaginar es que, al fin, lo hiciera con catorce escaños más que los logrados el 20D y toda la legitimidad moral que, en democracia, otorga esa diferencia. Tampoco era previsible el descalabro de Unidos Podemos, pero todo ha de tener su explicación (sin necesidad de teorías conspiratorias).

Se ha hablado del voto del miedo. Y está claro que los medios de comunicación opuestos a Podemos, que eran la inmensa mayoría, han servido de altavoz a todo tipo de infundios alarmistas. Pero con esto no basta. La gente no es tan manipulable como algunos creen (especialmente cuando han perdido su apoyo). Las insistentes y falaces referencias a Venezuela, por ejemplo, no resultaron eficaces y los periódicos y canales de televisión acabaron por dejar el asunto.

Lo que ha funcionado a la perfección (aunque solo a favor del PP) has sido la polarización de las opciones, alentada por PP y Podemos, y por las encuestas (un elemento cada vez con más valor estratégico en las campañas). Gracias a esa prevista polarización del voto, muchos indecisos y electores de posiciones moderadas han visto muy de cerca una presidencia de Iglesias (algo realmente muy improbable, dada la animadversión hacia Podemos por parte del PSOE) y han optado por otros partidos, especialmente el PP. (Tengo la impresión de que el temor a una victoria de UP podría haber calado, incluso, en algunos de sus potenciales votantes; de hecho, parte de su electorado votó anteriormente a Podemos para castigar al sistema, pero no – o no muy claramente – para verlo tomar el poder.)

De otra parte está la economía. El partido de Iglesias no ha podido transmitir una imagen de solvencia en este asunto tan sensible para la mayoría. En gran medida porque le ha faltado amplificación mediática a sus propuestas (mientras que sus enemigos la tenían toda), y en menor medida porque sus propuestas aparentan – si no se explican muy bien – una excesiva osadía. Además, la gente suele desconfiar de la gestión económica de la izquierda en momentos de crisis. Y en cuanto al aumento de desigualdad u otras injusticias, es algo que no cala fácilmente en la gente (la inmensa mayoría) que no ve más alternativa que la economía de mercado, con todos sus pros y sus contras.

Podemos, por último, ha pecado de modestia durante la campaña. El perfil más moderado de sus líderes le ha hecho perder visibilidad (algo esencial para un partido ninguneado por la mayoría de los medios) sin que, por eso, haya logrado compensar la alianza con IU y la consiguiente pérdida de una transversalidad ideológica que ha sido, desde el comienzo, su seña de identidad política.

De hecho, si Podemos no quiere acabar como otra Izquierda Unida, eternamente condenada a resistir en un rincón del hemiciclo, tendrá que reconquistar, con la vehemencia de antaño, ese espíritu de pluralidad ideológica, regeneración democrática y populismo honesto y didáctico con el que comenzó a caminar. No hace falta que asalte los cielos. Basta con que represente a la gente – la de verdad, la que votó el domingo – y que pelee por mejorarla (y por mejorarse con ella).


Y trabajo no le va a faltar: hace falta mucha regeneración en un país tan partidista y poco dado al reconocimiento de las razones y bondades del otro que – más allá de cualquier otra consideración– prefiere tildar de idiota o ladrón al que no nos vota, o ver ganar (¡o hasta perder!) a los “nuestros” – por muy corruptos o incompetentes que sean – antes que ceder un ápice ante el “enemigo”.  

martes, 21 de junio de 2016

El lugar de la religión en una educación laica.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es Extremadura


Cada vez que menciono, siquiera de pasada, mi opinión acerca del lugar de la religión en el sistema educativo, me saltan al cuello los defensores del laicismo en la escuela. Ya es hora de hacer un análisis desapasionado de sus argumentos, y de exponer, de paso, los míos. A ver si logramos sacar algo en claro.

El argumento principal de los laicistas opuestos a la religión en la escuela tiene que ver con una determinada interpretación de lo que es la laicidad y la distinción entre lo público y lo privado. Bien. Simplificando mucho, partamos de que el laicismo, en un sentido muy básico, no designa más que la exigencia de separación de los poderes de la Iglesia y el Estado. El desacuerdo está en cuál sea el alcance, las consecuencias y el significado de esa separación. Así, mientras que algunos piensan que la separación solo se refiere al ámbito político, y la entienden como la no injerencia de la Iglesia en decisiones políticas, otros piensan que la separación incumbe a todos los aspectos de lo público (desde la educación al calendario festivo), al menos los más formales, y que debe entenderse como ausencia absoluta de relación entre este ámbito público y el ámbito religioso, que quedaría estrictamente relegado a la esfera de lo privado.

Comencemos por decir que la distinción público-privado es una abstracción que dista mucho de estar clara. ¿Qué es, por ejemplo, lo “público”? Desde una lógica democrática, lo que es público (el interés común) ha de expresar la suma, compleja, de los intereses privados y de los principios acordados entre todos. En este sentido, si gran parte de la gente de un determinado país (por ejemplo, el nuestro) se siente identificada con ciertas creencias religiosas, sería una muestra inaceptable de totalitarismo que el Estado negara a estas creencias su carácter público – obligando a retirar, por ejemplo, símbolos cristianos de las calles, o prohibiendo las celebraciones religiosas (y todas – la navidad, los carnavales, las fiestas del solsticio – lo son o fueron en su origen), como he oído pedir a algunos laicistas.

El mismo problema de distinguir entre lo público y lo privado afecta a la educación. ¿Quién ha de decidir lo que es de interés público en la educación? ¿El propio público? ¿O un comité de paternales y presuntos sabios elegidos por quién? Si no queremos incurrir en actitudes totalitarias o religiosas (ese comité de sabios iluminados se parecería mucho a una congregación eclesiástica), tenemos que admitir que son los ciudadanos los que deben orientar la decisión acerca de lo que sea y no sea de interés público. Y lo cierto – insisto – es que una notable proporción de los ciudadanos de este país (nos guste o no) comparten unas determinadas creencias religiosas que quieren, legítimamente, trasvasar a sus hijos –junto a muchas otras cosas – a través del sistema educativo. ¿Qué se puede objetar a esto?

Otro argumento muy recurrido es el del carácter ideológico y doctrinario de la materia de religión. Pero, vamos a ver: ¿qué no es un contenido ideológico o doctrinario? Sobre este asunto discutirían hasta la extenuación relativistas y dogmáticos (y, entre estos últimos, cristianos y cientifistas ateos, ambos seriamente convencidos, por supuesto, de que las ideas que defienden no son meras ideas, sino verdades como puños). Pero parece claro que esto de lo “doctrinario” es un asunto de grados, y que pocos filósofos o científicos (muchísimos de ellos creyentes, por cierto) dejarían de reconocer que la ciencia es también, en buena parte, un producto ideológico repleto de axiomas y de supuestos carentes de fundamento racional. Además, y por otro lado, el caso es que, por motivos muy variados (y no necesariamente racionales), el estudio de las ciencias positivas se han impuesto desde hace décadas como el eje vertebral de nuestros sistemas educativos, dejando al margen a las enseñanzas artísticas, a las llamadas humanidades y, mucho más allá, a la religión. ¡No sé, por tanto, de qué se quejan los laicos afines al positivismo cientificista: su ideología casi se confunde, hoy en día, con el “sentido común” – exactamente tal como ocurría con la de los creyentes cristianos hace unos siglos – !

Finalmente, hay dos rasgos fundamentales que distinguen a una sociedad democrática (y que, consecuentemente, deberían distinguir también a su sistema educativo): la pluralidad ideológica y la capacidad crítica de los ciudadanos. Esto quiere decir que en una educación realmente democrática el alumno habría de tener libre acceso a todas las perspectivas ideológicas posibles (la científica, la humanística, la artística, la religiosa...); quizás no todas en el mismo grado, ni en el mismo momento de su desarrollo, pero sí todas las posibles, incluso las más alejadas de los valores comunes. La condición de toda esta pluralidad es que, a la vez, se les proporcione a los alumnos las herramientas adecuadas para el análisis y la decisión racional – como es el cometido de las materias filosóficas – . Con esto debería bastar y sobrar. Tal vez – como afirman ingenuamente algunos de mis amigos laicos – la ciencia sea la única fuente legítima de verdades, y la religión una simple colección de mitos falsos y moralmente perniciosos. ¿Pero por qué no se deja decidir a los alumnos sobre esto, una vez bien pertrechados de toda la información y de las herramientas de análisis adecuadas?

El resto de los argumentos para prohibir la religión en la escuela me parecen, honestamente, muy débiles. La idea – por ejemplo – de que la educación religiosa tenga que ofertarse en las parroquias, y no en los centros educativos, es tan peregrina como la de que la educación musical, o la educación física, tengan que ofrecerse, exclusivamente, en los conservatorios o los gimnasios. De otro lado, la caricatura que hacen algunos de la enseñanza de la religión como un atavismo propio de nuestro país no responde a los hechos, pues en la práctica totalidad de los países europeos (la excepción más conocida es Francia) la religión confesional es de oferta obligada (cuando no obligatoria de cursar) en los centros públicos. Finalmente, la crítica a la elección de los profesores de religión por parte de los obispos es en parte razonable (debería haber más transparencia y control del Estado), pero en parte no (¿quién habría de escoger a los profesores de religión sino, justamente, las autoridades religiosas?).

En fin, y en mi opinión, la exigencia de una educación laica, democrática y de calidad, no supone la exclusión de la formación religiosa (como optativa de libre elección) de las escuelas. Aunque, a mi juicio, sería más sensato que se ofertara a partir de secundaria (no en primaria), que no fuera evaluable, y que se impartiera en las márgenes del horario escolar, sin requerir, por tanto, de una materia alternativa.



sábado, 18 de junio de 2016

Los buenos profesores.


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura


Los maestros y profesores tienen más influencia de la que suponemos. Un buen profesor te puede cambiar la vida. Y algunos te la pueden fastidiar bastante (la gente cree que solo los médicos o los arquitectos incompetentes son peligrosos – y solo a ellos les exige una buena formación – , pero la mala educación también tiene efectos perniciosos, y difíciles de curar).

Me preguntaban hace unos días por las cualidades que definen a un “buen profesor”. Cuando contestamos a esta pregunta enseguida se nos vienen a la cabeza esos pocos docentes que, en la escuela, el instituto o la universidad, nos han dejado una huella indeleble – a veces, casi la única –.

La mayoría de los profesores de los que tengo buen recuerdo (alguno de ellos, además, marcó mi destino laboral) tenían estos dos rasgos, especialmente el primero: eran tipos muy vividos, y tenían un pico de oro.

Que fueran muy vividos no significa necesariamente que hubieran recorrido el mundo en barco o cosas así; la intensidad que transmitían provenía más bien de su interior, de tener una vida más intensa y más pensada – si es que ambas cosas no son lo mismo – que la de los demás. Estos profes siempre tenían algo interesante y genuino que contarnos, y la materia que daban – griego, física, filosofía – era, a veces, no más que el pretexto para hacerlo. De ellos no me olvidaré jamás ( mientras que de los que se limitaban a repetir como loros las lecciones – y a hacer exámenes tremebundos para, al menos, ser buenos en ser malos – no me acuerdo casi de nada).

Lo de tener un “pico de oro” y saber contar las cosas era también importante, aunque no tanto. He tenido profesores fascinantes incapaces de mirarte a los ojos, torpes hasta lo indecible en eso que la pedantería psicologoide llama “inteligencia interpersonal”, pero que, pese a todo, no podían evitar que les desbordara todo aquello que llevaban dentro y que llegara a sus maravillados alumnos. Otros, en cambio, virtuosos en el uso de todo tipo de “medios” (juegos, actividades, tecnologías...), pero de mediocre “mensaje”, han pasado también al olvido.

Hay otro elemento, adjunto a lo anterior, y que nunca he echado a faltar en los buenos profesores: el respeto a los alumnos, la falta de fiereza, la capacidad para, de un modo u otro, hacernos cómplices de aquella rara intensidad que llenaba de sentido sus clases. Estos profesores te trataban como a personas, es decir, hacían algo tan fácil como pedir tu consentimiento y darte explicaciones de cada paso que daban en su rol de profesores (¿habrá mejor muestra de respeto hacia un ser racional – por joven que sea – que darle razones?). Y cuando te animabas a intervenir te escuchaban como si fueras a decir la cosa más importante del mundo – a veces, y solo por eso, empezabas a soñar con que alguna vez la dirías –

Por demás, no recuerdo que hubiera en esas clases ningún problema de “disciplina”. Nadie se aburría como para eso. Las sesiones no eran un simulacro en el que todos – profesores y alumnos – miraran el reloj de reojo implorando que sonara el timbre. Y si alguna vez pasaba algo, esto era ocasión para una reflexión o un diálogo interesante, y no para un burdo espectáculo de gritos y amenazas. Esos profes, como dice un amigo mío, no eran como domadores de fieras, sino más bien como jardineros. Se preocupaban de que creciéramos, no de que nos mantuviéramos callados (y así, curiosamente, es como más callados – y meditabundos – nos dejaban).

A veces se me ocurre que el asunto de una buena educación no tiene tanto que ver con leyes ni presupuestos, ni con que se den estas o aquellas materias – aunque todo esto no deje de ser muy importante – , como con algo tan aparentemente lógico como que nuestros maestros y profesores sean los mejores entre los mejores ciudadanos. Solo cuando nos tomemos tan en serio (o más) la formación de los docentes como la de, por ejemplo, los ingenieros o los cirujanos, y les exijamos – y le permitamos desarrollar – a los aspirantes el grado de competencia, sabiduría y madurez que debe corresponder a un buen profesor, estaremos en vías de hacer algo, de verdad, por mejorar la educación.


domingo, 5 de junio de 2016

¿Qué hacer con la educación concertada?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es Extremadura


Como en otros periodos electorales, vuelve el debate en torno a la educación concertada. ¿Hay que protegerla como una opción educativa más (junto a la pública y la privada)? ¿O hay que optar por eliminar los conciertos? Los que estamos por lo segundo tenemos que empezar por reconocer y analizar los argumentos de los que defienden la concertada.

Más allá de la incapacidad coyuntural de la educación pública para atender a la demanda educativa, el principal argumento que se invoca para defender la concertada es la libertad de los padres. La concertada – se afirma – asegura la libertad de elección de las familias en cuanto a la educación de sus hijos. Ahora bien, en este argumento se esconden dos presupuestos que conviene discutir: uno sobre lo que es la libertad y otro sobre lo que debe ser la escuela. Además, se asume una perspectiva que es, a mi juicio, errónea, pues lo que hay que defender no es la libertad de elegir de los padres, sino la de los hijos. Pero vayamos por partes.

¿En qué consiste la libertad de elección de los padres? Este es un tema muy delicado. Pero ni en la sociedad más liberal del mundo se consideraría a los hijos como una mera propiedad de sus progenitores, ni que, por tanto, se pueda elegir para ellos cualquier cosa. Los niños no son solo hijos, sino también ciudadanos con derechos, y personas a las que se les debe una explicación, especialmente sobre aquello que más afecta a sus vidas. La libertad de los padres no debe ser, pues, un "déjeme usted hacer lo que yo quiera", sino en un "voy a poder considerar, racionalmente, lo que es mejor para mis hijos".

Suponiendo – como es lógico – que los padres decidan en función de lo que consideran mejor para sus hijos, aparece, no obstante, otro supuesto problemático. La libertad de elección presupone que existan escuelas diferentes en cuanto a su calidad, sus métodos pedagógicos, o su orientación ideológica y moral (escuelas religiosas y no religiosas, por ejemplo). Pero todo esto conculca los principios de igualdad de oportunidades y de formación general común que deben ser asegurados por la educación básica. Así, si esas diferencias (sobre todo, las de calidad) lo son de hecho y por defecto, habremos de exigir mayor inversión y cuidado para que todas las escuelas tengan una calidad pareja. Pero si lo son por principio, por ejemplo, por el principio liberal de la competencia y la regulación mercantil, hemos de contraargumentar: la educación no puede regularse (como lo hacen determinados servicios) por la competencia y el mercado, precisamente porque la educación tiene como fin corregir y equilibrar las desigualdades que genera el mercado.

En cuanto al argumento de que las escuelas sean distintas de acuerdo a las distintas opciones ideológicas o morales de las familias, esto tampoco resulta admisible. La pluralidad, sin nada que la contenga o unifique, diluye a la comunidad. Y ese papel de contención y unidad es el que, entre otros, cumple la escuela. No se trata de que haya tantos colegios como opciones ideológicas, sino de que todas las opciones puedan convivir en el mismo colegio. Todas y cada una de las escuelas, en un sistema política y socialmente plural como es el nuestro, tendrían que ofrecer a los futuros ciudadanos la mayor pluralidad ideológica posible – junto a la mayor formación crítica para que el alumno discierna sabiamente (de ahí el papel central de materias, tan torpemente denostadas hoy, como la filosofía) –. Esta exigencia de pluralidad incluye, por supuesto, y mal que les pese a muchos, a la religión. La formación religiosa ha de estar presente en la escuela pública, como una opción, entre mil más, para que el alumno, si quiere, la escoja. Esto dejaría, por cierto, sin argumentos al que defiende la concertada como la única manera de asegurar una determinada formación religiosa para sus hijos.

Porque lo que más importa en educación no es la redicha libertad de los padres (que sean carcas, creyentes, progres, ateos, o lo que quieran ser), sino la libertad de los hijos. La libertad en el sentido que decíamos antes: el de poder argumentar nuestras decisiones (es decir, el de hacernos dueños de las ideas que nos mueven a actuar en un sentido u otro). Una escuela para la libertad exige, así, dos, y solo dos condiciones fundamentales: la mayor pluralidad (de enfoques, materias, competencias, valores, etc.) y, a la vez, la mayor competencia crítica y racional posible, de manera que el alumno aprenda a elegir y a construir su propias ideas, conocimientos, juicios y actitudes de manera consciente, reflexiva y en un diálogo argumentativo con los demás.

Si queremos defender de verdad a la escuela pública debemos, pues, exigir y contribuir a crear una educación de tanta calidad, pluralidad y rigor en la formación de personas y ciudadanos libres y autónomos que ninguna familia (más allá de una necesidad perentoria) tenga argumentos para elegir una escuela concertada. Solo entonces podremos, legítimamente, deshacernos de los conciertos. Eliminarlos o prohibirlos a golpe de decreto sería, en cambio, un abuso inadmisible del Estado.





viernes, 3 de junio de 2016

¡Qué trabajen los robots!

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura




Según una prestigiosa tropa de economistas y expertos en tecnología de aquí a treinta años la robótica habrá acabado con el 50% de los puestos de trabajo que hoy conocemos. Robots, procesos automatizados y algoritmos de computación arrasarán no solo con gran parte de los trabajos manuales, sino con toda actividad que sea más o menos rutinaria. Solo los oficios que impliquen una dosis elevada de creatividad, reflexión o análisis crítico seguirían siendo desempeñados por humanos.

Ante esta más que previsible revolución, algunos han adoptado una perspectiva casi apocalíptica: paro endémico, descenso abismal de los salarios, crecimiento de la desigualdad... Yo creo más sensato apuntarse al carro de los entusiastas. Mis razones son principalmente dos.

El uso generalizado de la robótica eliminará los trabajos más mecánicos y alienantes. Despachar gasolina, pasar artículos por un escáner, o registrar expedientes no son trabajos que nadie desempeñe por vocación o gusto; no desarrollan nuestro talento, tienden a embrutecernos o embotarnos.

La desaparición en muy poco tiempo de la mitad de los empleos conduciría a una situación social y económica insostenible, que haría inevitable la adopción de una renta básica universal para todos los ciudadanos. Esta medida es contemplada seriamente por un número considerable de economistas y políticos de todas las tendencias ideológicas. Para los más liberales, el reparto de una renta básica universal vendría a sustituir, además, a la suma de subvenciones y seguros sociales que comprende el estado de bienestar (a medio plazo – afirman – la renta universal sería más barata y limitaría, en gran parte, el control estatal del dinero público). Para la izquierda política la renta universal supondría una garantía contra la explotación laboral y un paso más hacia el efectivo cumplimiento de los derechos humanos de naturaleza social y cultural (derecho a vivienda digna, educación, participación en la vida cultural, etc.).

En cualquier caso, la automatización de gran parte de la producción y el disfrute, por parte de todos los ciudadanos, de una renta mínima con la que poder vivir, sin lujos, pero dignamente, incluso sin trabajar, supondría una transformación social, política y cultural de consecuencias difícilmente predecibles, pero no necesariamente negativas – ni mucho menos –.

El abaratamiento cada vez mayor de la producción (dependiente, en última instancia, de tecnologías de software fáciles de compartir y desarrollar colectivamente, y con costes marginales casi nulos – incluyendo energías renovables y casi gratuitas – ) acabará, según expertos como Paul Mason, o J. Rifkin, con el capitalismo tal como lo conocemos hoy, dando paso a formas colaborativas, y más sostenibles, de economía. Y la extensión de la renta universal haría posible un rearme cultural y moral en masas de población que en la actualidad no disponen de tiempo para formarse y desplegar sus aptitudes espirituales – un despliegue que podría ser, además, notablemente incómodo desde una concepción elitista y tradicional del poder –.

¿Qué pasaría, por cierto, y en estas nuevas circunstancias, con la sociedad de clases? Las clases propietarias seguirían siéndolo, pero si rebajan sus costes y aumentan sus beneficios, también podrían asumir una mayor carga impositiva – que, a través de la renta básica, se trocaría en poder adquisitivo de sus potenciales clientes –. Por otra parte, las clases no propietarias no tendrían que malbaratar su fuerza de trabajo ni estar expuestas a la miseria. Podrían aspirar a convertirse en clase propietaria, dados los bajos costes de producción, o podrían invertir el tiempo de su vida en actividades sin valor económico pero humanamente más enriquecedoras.

Obviamente, todo esto no es más que una simplificación. No cuenta, por ejemplo, con que, hoy por hoy, aún es más barata la mano de obra semiesclava de muchas partes del mundo (aunque la disminución del coste tecnológico avanza rápidamente, y las máquinas son más eficaces e infinitamente más sumisas que los esclavos). Así pues, y a simple vista, la automatización casi completa de la producción y la consecuencias que esto podría acarrear, no parecen un mal plan par un futuro no muy lejano. ¡Qué trabajen, pues, los robots!



viernes, 27 de mayo de 2016

El espectáculo es... ¡Podemos!




Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura


Comienza, de nuevo, el torneo electoral. Con cierto escepticismo y una sombra de hartazgo en las gradas. Así que, por el bien de la democracia, más vale que el espectáculo no decaiga. Digo “espectáculo” con el cinismo justo. Todo el mundo sabe que las democracias modernas se han transformado, desde hace mucho, en una especie de espectáculo mediático y deportivo, con sus equipos-partidos, sus tensiones en los banquillos, sus encuentros-debates televisados, sus tertulias periodísticas infinitas antes y después de las finales, etc., etc. De hecho, más que de “nuevas elecciones”, deberíamos hablar del “partido de vuelta”, o de la “prórroga”. La gente lo entendería mejor. La gente, por cierto, espera mucho de esta gran final. No se le puede decepcionar.

Y una forma de decepcionarla es hacer trampas y descafeinar el juego. Si algo apasiona a los “espectadores” (llamarlos “pueblo” o “ciudadanos”, a estas alturas, es un poco anacrónico) es el soberano espectáculo de la redención del humilde a través del mérito, la osadía y el riesgo. El deporte (como antes el circo romano o la fiesta de toros) escenifica la igualdad democrática, la posibilidad de que el “don nadie” alcance, a fuerza de talento y audacia, el poder y la gloria. Por eso, los espectadores de fútbol se entusiasman ante el equipo modesto que gana el campeonato. No soportan la idea de que el torneo esté trucado para hacer ganar a los equipos más poderosos. ¡Incluso si son hinchas de esos mismos equipos! El deporte reconcilia (simbólicamente) la contradicción entre la igualdad teórica que preside, como principio decorativo, nuestras democracias, y la desigualdad de hecho que – y de forma creciente – la carcome.

Pues bien, algunos dirigentes de los equipos-partidos más grandes no parecen haber entendido esto. Exhiben con descaro sus trampas, pretenden jugar, sin ningún disimulo, con todas las ventajas. Todo movido por el miedo a un equipo modesto por el que nadie daba un duro y que, ahora, podría incluso “ganar la liga”. El “todos y como sea contra Podemos” se está haciendo demasiado clamoroso, y eso perjudica, más que beneficiar, a los grandes partidos. El espectador no es del todo estúpido, especialmente cuando le tocan el lado deportivo de la vida. Vetar explícita o implícitamente a Podemos en la televisión pública, llevarlo al banquillo de las portadas de los periódicos por cualquier minucia, exhibir la patética necesidad de buscar en Venezuela (o en Irán, o una obra de títeres) algo para arrojar a los podemitas es... tan descaradamente tramposo, que el hincha, hasta el del “equipo” grande, se irrita, y con razón. Tanta trampa mata el espectáculo. Y, por encima de todo, la gente quiere espectáculo, y que, por así decir, “haya partido”. Y el espectáculo no es Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera... sino Iglesias. El espectáculo es que el coletas, el don nadie, el jovenzuelo osado y habilísimo – como reconocen hasta sus más acérrimos enemigos – pueda ganar a los de siempre, romper con lo que estaba previsto, escenificar, simbólicamente, el espíritu de la democracia y de la ideología liberal – que es, a la vez, la lógica del espectáculo y del deporte – : que cualquiera (¡usted mismo!) si se lo propone y tiene mérito y valor suficientes puede llegar a lo más alto.

Ajena a todo esto, la España decimonónica y caciquil insiste en las trampas, en tratar de impedir el partido. Por miedo. Pero también por rabia. Si algo revienta a esta gente no es tanto que los de Podemos sean, más o menos, unos rojos radicales (que no lo son, por cierto, ni por el forro). Lo inaceptable es que sean unos recién llegados. Que se hayan saltado la cola. Que estén a las puertas del poder sin haber chupado banquillo – o lo que sea – durante años. En la lógica de los caciques esto es un pecado capital. ¡Pero en la lógica del espectáculo deportivo es lo más de lo más! Y lo único que va a salvar – de momento – a esta triste compañía de cómicos que es el PP (y a los que se le peguen) es que, pese a que vivimos en la sociedad del espectáculo, aún conservamos el miedo ancestral al cacique. ¿Podrá vencer ese miedo al absoluto aburrimiento que generan esos siniestros y casposos cómicos? La gran final, el próximo 26 de junio.




viernes, 20 de mayo de 2016

De tribus y familias


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura
 


Hace unos días saltaron a las portadas y a las tertulias unas palabras de Anna Gabriel, dirigente de la CUP, criticando a la familia tradicional y mostrando su predilección por la crianza colectiva de los hijos. No es nada que no se haya dicho un millón de veces – sin mayores consecuencias – desde Platón a (salvando todas las distancias) los hippies del siglo pasado. El problema, tal vez, es que Anna Gabriel y su partido representan una cierta amenaza, no ya a la familia tradicional, sino a las familias que, tradicionalmente, han dominado este país (sea el que sea, porque en eso no se distinguen Cataluña y España). De ahí tanto estrépito por parte de las jaurías mediáticas.


Pero dejemos ahora eso, y centrémonos en las palabras de Gabriel: el modelo tradicional de familia monógama – dice – es empobrecedor y posesivo. ¿Tendrá razón? De entrada, la monogamia es algo casi incuestionable. Cuando sondeo a mis alumnos sobre este asunto compruebo que no ponen reparos a las parejas homosexuales, a las que comparten hijos de relaciones anteriores, a las que no se casan... Lo que sí que no les entra en la cabeza es cuestionar el concepto mismo de pareja. Cuando les muestro que en muchas culturas las familias no son monógamas, sino polígamas (poligínicas e incluso poliándricas) lo perciben como “cosa de bárbaros”. Y si, mucho más allá de la poligamia (que es casi siempre una relación patrimonialista y poco “amorosa”), les hablo del “poliamor”, es decir, de la simple posibilidad de que varias personas se quieran y convivan juntas siendo más de dos, les parece algo del todo imposible.


¿Pero de verdad os parece imposible – les pregunto entonces yo – que alguien ame a más de una persona, tal como, por ejemplo, una madre ama a todos sus hijos, o cualquiera de vosotros a todos vuestros amigos? ¡¡Pues claro que sí – protestan en seguida ellos –, porque el amor de la pareja es muy distinto!! ¿Y en qué son tan distintos – reparo yo, disfrutando por anticipado de su perplejidad – ? ¿No solemos decir que nuestra pareja es, ante todo, un buen amigo o amiga? ¿Qué hay más que eso?... Por muchas vueltas que le damos, al final mis alumnos solo encuentran una diferencia estimable entre la amistad (en la que se permiten las relaciones múltiples) y el amor (en el que se exige exclusividad); esa diferencia es el sexo y las perturbadoras emociones ligadas a él. Pero aún así – prosigo yo –, ¿tan equivocados están los que prefieren tener varios amigos con los que tener relaciones afectivas y sexuales, e incluso hijos? ¿Está acaso la sabiduría contenida en un solo libro – les digo, ya en broma, y con cierto tono bíblico – ? ¿No es preferible amar, desarrollar nuestros afectos, y convivir o criar hijos con todas las (buenas) personas posibles? ¿No aprenderíamos más o viviríamos más plenamente así?...


Sea como fuere, lo cierto es que la familia monógama, fundada como está en la propiedad del sexo del otro (y en la reproducción exclusiva de nuestros genes), parece una institución mucho más primitiva y visceral que, por ejemplo, la amistad. Incluso en sentido moral. Recuerden que la institución familiar no depende (para muchos de sus miembros) de una elección libre, ni en ella, y por lo general, se anteponen los principios de justicia o razón a los vínculos e intereses subjetivos (¿cuántos denunciarían un delito cometido por algún miembro de su familia?) …


La familia monógama puede ser, así, irracional, empobrecedora, posesiva y hasta inmoral ¿Hay que preferir, entonces, otros maneras de amar y criar a los hijos? Tal vez. Hace 2500 años el filósofo Platón decía algo parecido a lo que afirma la dirigente de la CUP: la crianza en común – según Platón – compromete fuertemente a los ciudadanos unos con otros, en cuanto hace que todos ellos se sientan parte de una gran familia en la que nadie conoce (ni falta que hace) quien es su padre o hijo carnal. Sin ese compromiso, experimentado desde la niñez, con el grupo, la sociedad se disgrega en la turbamulta de los intereses particulares. Eso sí, Platón circunscribía ese modelo colectivo de convivencia a las clases dirigentes (las únicas, según él, que estarían preparadas, por su educación, para asumirlo).


Ahora bien, también esta propuesta tan filosófica tiene inconvenientes. Muchos la han tachado, por ejemplo, de totalitaria, en cuanto es el Estado el que – según Platón – debe instituir y planificar esa especie de “familia colectiva”. De otro lado, la idea – más anarquista – de tribu que esgrime Anna Gabriel no está exenta tampoco de peligros (como el del gregarismo y la presión social sobre el individuo – pasa hasta en las mejores tribus – ), ni de ídolos o mitos, como el del “buen salvaje”, o el de la “identidad nacional”, del que vive en gran parte la CUP (y casi todos los demás partidos)...


En fin. Tal vez, en un futuro no muy lejano, los modelos de sexualidad y crianza sean muchos y variados. Y el monotipo y el monopolio de la monogamia sean un atavismo a superar. Entretanto, lo más razonable es esto: pensarlo, la poligamia intelectual. Y no montar un escándalo cada vez que alguien pone en cuestión este o cualquier otro tabú. Eso es propio de tribus – o de familias apegadas al poder – Y no de una sociedad civilizada.

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