miércoles, 28 de junio de 2023

Enanitos toreros

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Cerramos la columna hasta septiembre, sin seguridad de que a la vuelta no hayamos retrocedido diez o doce temporadas de Cuéntame y nos encontremos con ministros falangistas, el Opus (o vete tú a saber qué secta ultracatólica) copando las instituciones, la violencia de género catalogada como problemilla doméstico, los parques nacionales como cotos de caza, y las plazas de toros como el lugar del renacimiento cultural patrio escenificado en la vuelta del bombero torero… ¡Que el dios del Papa Francisco nos pille confesados!

He de reconocer que, de todo lo dicho, lo de los enanitos toreros es lo que menos me disgusta. Tiene mucho de la España carpetovetónica y cañí, pero también del recio y hondo esperpento valleinclanesco: ese ruedo ibérico y cóncavo en el que los españoles podemos vernos cómicamente reflejados. No hay más que asistir al circo político diario, con su troupe de correveidiles y negociantes retrasando, con divertidos cambios de trayectoria, el cogobierno inevitable de los neofalangistas; o (en la pista de al lado) intentando elevarse con complicados castellets sobre su acondroplasia voluntaria y su complejo de superioridad moral.

Porque lo que ha casi matado a este gobierno no han sido la economía, la pandemia, la prensa o los pérfidos poderes fácticos… sino el afán moralizador, algo que nunca funciona en este país donde puedes machacar a la gente con recortes, reconversiones o palos, pero no decirles una y otra vez cómo tienen que vivir, hablar, amar, odiar, comer o reír. Si por obligar a los españoles a recortarse la capa formó la que formó Esquilache, poco parece, por todo lo anterior, perder unas elecciones. La gente no soporta – ¡y con razón! – el paternalismo despótico de los iluminados, ni el de la izquierda ni el de nadie.

Lo de la risa es un ejemplo paradigmático. La gente está hasta las narices de tener que andarse con pies de plomo con aquello sobre lo que se bromea, sean los dioses, la etnia, el género, el físico… o el sentimiento identitario, algo infinitamente dudoso y risible, y para lo cual el pueblo tiene una expresión correctiva implacable: «¿Pero tú quien c… te crees que eres?» … Pues eso, ¿quién c… se cree que es ningún gobierno para decirnos de qué hemos de reírnos, o a qué ridículas pretensiones de qué colectivo hemos de respetar más que a la sacrosanta libertad de partirnos el culo? La risa no es necesariamente un ataque y sí, a menudo, una vacuna contra la más preclara estupidez.  

Uno de los últimos casos de este risible paternalismo fue, justamente, el de la prohibición de los espectáculos cómico-taurinos (volvemos a los enanitos toreros). El gobierno interpretó, bajo la presión de algunas asociaciones de enfermos de acondroplasia, que tales espectáculos atentaban contra la dignidad de las personas, algo a lo que se oponían vivamente los protagonistas, a quienes por descontado nadie preguntó. Debieron pensar que empoderar y tratar dignamente a la gente es decidir por ellos y obligarles a dejar de ejercer libremente el farandulero oficio de cuya grave indignidad, pobrecitos míos, no estaban tan al tanto como sus déspotas e ilustrados protectores.  

Pero, ¿por qué diablos atenta contra la dignidad de alguien (suponiendo que sabemos lo que es eso) acudir a un espectáculo cómico-taurino? La gente no se ríe, y mucho menos se burla de los enanos, sino de su ingenua comedia, de su representación liliputiense y apayasada de la condición humana, siempre rota por la desproporción infinita entre lo que queremos y podemos. ¿Y qué mejor contra esa común discapacidad que el bálsamo de fierabrás de la risa?

¿Que en esto contribuyen en parte los rasgos físicos propios a las personas con acondroplasia? ¿Y qué? Hay rasgos físicos que, por lo desacostumbrado, provocan sorpresa y risa: la obesidad o la excesiva delgadez, una nariz prominente, una desacostumbrada forma de andar o hablar. Si el Gordo y el Flaco fueran modelos de Dior, Harpo Marx no fuera mudo o Woody Allen no tuviera la pinta que tiene, no harían tanta gracia. ¿Es eso reírse de ti? Solo de lo más accesorio: por suerte, no somos el cuerpo ni la cara que tenemos.

El problema de fondo es que tenemos satanizada la risa, razón por la cual nadie se molesta cuando los anormales rasgos físicos de alguien (los músculos de un atleta, el sex appeal de un cantante, la corpulencia de un actor...) producen pasmo, excitación o miedo, pero sí – ¿por qué? –  cuando provocan una carcajada espontánea.

Algún día, en fin, tendremos que pensar seriamente por qué molesta tanto la risa, y no, por ejemplo, jalear a gritos a gente anormalmente alta o fibrosa encestando canastas o corriendo como conejos en un estadio. ¿Qué mayor problema hay en que unas personas, especialmente bajitas, nos hagan reír mientras, entre acrobacias y monerías, intentan torear a una pobre – esa sí que ninguneada – vaquilla? … Más aún si – volviendo al ruedo ibérico – esa berlanguiana vaquilla somos también nosotros; y reímos, ay, para no llorar.

miércoles, 21 de junio de 2023

¿En qué estamos de acuerdo en educación?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El problema de la educación en nuestro país es complejo, pero hay dos aspectos, al menos, que parecen capitales. Uno es el de su instrumentalización ideológica, con el consecuente vaivén legal y la desmoralización creciente del profesorado, el alumnado y sus familias. El otro es el de su calidad, que no es en general deficiente, pero tampoco suficiente para bajar la tasa de abandono escolar y contribuir a reparar la brecha – creciente – entre las élites sociales y el resto.  

Reconocidos estos problemas, ¿sería posible afrontarlos desde unos mínimos programáticos con los que estuviésemos todos de acuerdo, y que sirvieran para romper la inercia de utilizar la educación como escenario de batallas culturales e identitarias en las que jugarse el voto? Vayamos a ello. Soñar es gratis. Pero también útil para para imaginar y clarificar fines y referentes.

El primero de estos soñados mínimos está dicho: consensuar, de una vez por todas, una ley educativa que no responda a la lógica de la reacción y la vendetta, sino a un acuerdo de mínimos que la blinde, en sus aspectos centrales, frente a los cambios de gobierno. Todos sabemos que la educación es un asunto político – todo sistema educativo reproduce un determinado modelo social y moral –, pero, por eso mismo, ha de estar sujeto a la política en su acepción más noble: la de arbitrar una ética común que la mayoría comprenda y comparta. Para ello – sigamos soñando – harían falta políticos lúcidos y honestos, capaces de gobernar considerando los intereses, principios y sensibilidades de todos, y no solo los de su propia «parroquia». 

El segundo elemento de este programa imaginario de mínimos es la financiación. A la estabilidad legislativa debería acompañarla una normativa presupuestaria generosa e igualmente blindada frente a recortes coyunturales. Una completa financiación estatal que, de un lado, permitiese a todos educarse a conveniencia (eliminando guetos y centros de élite, y reconvirtiendo, de facto, los centros concertados en públicos) y que, en justa correspondencia, implicase un nivel mucho más exigente de control y evaluación del trabajo educativo.

El tercer elemento se refiere a la formación del profesorado y a la dignificación de la tarea docente. La docencia debe dejar de ser un refugio laboral para personas sin una clara inclinación por la enseñanza. Por supuesto, esa inclinación inicial ha de complementarse con una formación y unas condiciones laborales que permitan el pleno desarrollo profesional: formación sistemática y rigurosa, ratios adecuadas, recursos materiales, licencias e incentivos para la investigación, promoción, apoyo al rol del profesor en el entorno del centro…

El cuarto elemento, relacionado directamente con el anterior, es asegurar la eficacia del proceso educativo, esto es: el logro en el alumnado de determinados aprendizajes. Tanto da que los definamos como «competencias fruto de la asimilación de conocimientos» que como «conocimientos asimilables de un modo competente»; o que empleemos para ese fin herramientas didácticas novedosas o más tradicionales. Todo esto es una discusión menor y de carácter preferentemente técnico.

En quinto lugar, y en cuanto a la concreción de los aprendizajes, debería ser un requisito mínimo su conexión con los retos y problemas (laborales, políticos, científicos…) que determinan el futuro de alumnos y alumnas, con los objetivos y agendas de instituciones de referencia (la ONU, la UNESCO) y con las recomendaciones que establece consensuadamente la Unión Europea en aras de desarrollar un espacio educativo común.

En sexto lugar, es ya inevitable la concepción del aprendizaje desde una perspectiva integral e integradora. Una educación integral es la que atiende a todas las dimensiones de la persona, no solo a la cognitiva o intelectual, sino también a su salud física y mental, a sus vínculos y responsabilidades sociales, a su faceta afectivo-sexual, a su experiencia emocional o a sus criterios éticos.  Y una educación integradora es la que conciliar el principio meritocrático con la compensación de las desigualdades socioeconómicas, culturales e individuales (que son las que más influyen en el éxito o el fracaso escolar del alumnado) a través de decenas de medidas (la detección temprana de problemas de aprendizaje, la atención a la diversidad, el apoyo a ciertos centros, la atención a la escuela rural, la dignificación de la formación profesional, etc.)

En séptimo lugar, y volviendo al principio, creo que todos estamos de acuerdo en el rechazo a una escuela ideologizada y adoctrinadora. Es cierto que en todo sistema educativo se imparten valores, por activa y por pasiva. Pero justo por ello es necesario priorizar el desarrollo del juicio crítico del alumnado. Enseñar a pensar (no en qué pensar) y a dialogar argumentada y constructivamente deberían ser, por ello, no la guinda del pastel educativo, sino su misma masa madre.

miércoles, 14 de junio de 2023

Jóvenes y «cultura verbal»

 

Este artículo fue originalmente publicado por El Periódico Extremadura.


La noticia de que en Suecia se revisan los planes de digitalización de las escuelas, y se proyecta la reintroducción de libros de texto, ha reavivado el debate en torno al uso de nuevas tecnologías en las aulas.   

Un debate a menudo superficial y prejuicioso. De entrada, lo que han propuesto en Suecia es una revisión crítica, y no una cancelación de las políticas de digitalización. Obvio. ¿Cómo íbamos a dejar de educar a los niños en el lenguaje y la tecnología del mundo en el que viven? ¿Y cómo se iba a evitar que abusaran de esa tecnología si no los educáramos, precisamente, en su uso?

En cuanto a los prejuicios, hay donde escoger. Uno de ellos es suponer que los jóvenes leen y se expresan cada vez peor. Suposición cuando menos discutible. En cuanto a la lectura, los índices españoles son hoy 5,7 puntos más altos que hace diez años, y si hablamos de menores y adolescentes, el incremento es el doble que en adultos. En comprensión lectora, los datos no son concluyentes, al menos en nuestro país, y la bajada a nivel internacional (Suecia incluida) parece achacable, fundamentalmente, a los efectos de la pandemia. Tampoco la presunta degeneración en el uso del lenguaje por parte de los jóvenes está demostrada, por mucho que abunden las típicas impresiones subjetivas (cuenta divertido el lingüista Steven Pinker que en algunas tablillas sumerias aparecen ya quejas por el modo de escribir y degradar el idioma que tenían los jóvenes) …

Otro tópico viejísimo es el de culpar a las nuevas tecnologías de todo tipo de males. Hace dos mil quinientos años, el filósofo Platón denunciaba (no sabemos si irónicamente) los prejuicios para el conocimiento que suponía la generalización de la escritura, es decir, de la «tecnología» de los libros (Platón preludiaba ya, como luego pintara Goya, que no hay peor burro que el burro erudito). Por otra parte, la retahíla de presuntos desórdenes cognitivos que asociamos hoy a móviles u ordenadores es la misma que alarmaba a padres y docentes cuando se generalizaron la televisión, el cine, la radio o la música rock…

Vayamos, en cualquier caso, a la cuestión central. Supongamos que es cierto que los jóvenes de ahora (haciendo abstracción de mil variables y suposiciones) se manejan peor con el lenguaje escrito que los jóvenes (alfabetizados) de hace treinta o cuarenta años. ¿A qué podría deberse esa diferencia? Si tal cosa fuera cierta, tendría mis dudas de que se debiera al uso de nuevas tecnologías antes que al abuso de determinados códigos no verbales de interacción (y fíjense que una cosa no está ligada forzosamente a la otra; de hecho, la mayoría de las culturas audiovisuales, en las que se han utilizado masivamente las imágenes como vía de comunicación, han estado nada o poco desarrolladas tecnológicamente).

Sí, como sospecho (sin prueba alguna), las presuntas dificultades de expresión verbal (si es que las hay) de los jóvenes (y no tan jóvenes) se deben al predominio cultural de las imágenes y de sus formas propias de transmisión e interpretación, esto podría explicar igualmente ciertos fenómenos conductuales, como esa dispersión o falta de atención que achacamos a los adolescentes actuales, y que no es más que el modo corriente de «leer» imágenes. De hecho, la atribución es injusta, pues la conducta juvenil de distraerse consumiendo un vídeo tras otro en Tik-Tok no es sustancialmente distinta de la de un adulto embobado viendo la televisión (o las procesiones de Semana Santa) ni la de un anciano mirando pasar el mundo desde un banco del parque. 

Si la hipótesis es cierta, la solución para salvaguardar nuestra capacidad verbal no es sencilla. Vivimos en una cultura profusa y profundamente entregada a lo estético, en la que el culto a las imágenes está tan asentado (y pseudo racionalizado) que hay toda una élite de intelectuales empeñados en demostrar la equivalencia (o «diferencia inconmensurable», que viene a tener el mismo efecto) entre el lenguaje verbal y otras formas alternativas de comunicación, cuando no a reivindicar, de modo ambiguo (y retórico, claro), la prevalencia de las imágenes sobre los conceptos.  

Esto no es nuevo: en todas las épocas oscuras y necesitadas de una ingente estructura mítica para autosoportarse, se insiste dogmáticamente en el valor de lo estético (en su versión religiosa o puramente artística) por encima de lo verbal y racional (lógico, dada la imposibilidad racional de legitimar un orden social y productivo como el nuestro). Lo esperanzador es que hoy, a la vez, y gracias precisamente a las nuevas tecnologías (especialmente Internet), la alfabetización y el acceso – por difuso y desordenado que sea – a la cultura verbal es generalizado y, como decía el poeta, un «arma cargada de futuro». Cuidemos celosamente de ese armamento, y dejémonos de tecnofobias y purismos estériles. 


miércoles, 7 de junio de 2023

Soledades

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

El de la soledad es un problema cada vez mayor en las sociedades desarrolladas, en las que se extiende especialmente entre jóvenes y personas mayores. En países como Reino Unido o Japón se ha instituido un «Ministerio de la Soledad», dirigido a paliar los efectos más dramáticos de la soledad no deseada (como los suicidios), y hay quienes la denominan la «epidemia del siglo XXI». Para más inri, hablar de ella o reconocer que nos afecta sigue siendo un asunto complejo y vergonzante. Todavía hoy, a la persona solitaria (sea o no por elección propia) se la mira con desprecio o lástima, cuando no con cierta prevención.

Sin embargo, la soledad es parte de nuestra condición humana, y no una anomalía psicopatológica (al menos, en principio). Aunque somos seres extraordinariamente sociales, hemos desarrollado un grado excepcional de autoconsciencia y, por lo mismo, una capacidad no menos sorprendente para aislarnos, ensimismarnos y generar mundos propios. Esta capacidad de individuación con respecto al entorno hace que vivamos, durante la mayor parte del tiempo, desde ese lugar íntimo y estrictamente solitario que es nuestra consciencia personal.

Precisamente porque es parte de nuestra humana condición, lo soledad ha sido estimada en otras épocas como un objeto de deseo, e incluso como un privilegio reservado a las élites (las únicas que podían gozar de espacio y tiempo suficientes para el cultivo de la interioridad). En contextos en que el paradigma moral lo representaban la persona sabia o piadosa (tal como ahora lo representan el famoso o el negociante), la soledad se consideraba un atributo de los mejores, pues se entendía que solo en soledad se tenía acceso a una vida plenamente lúcida o virtuosa. Incluso en nuestra propia cultura moderna la soledad se ha concebido excepcionalmente como un estado idóneo para el «encuentro con uno mismo» (expresión secularizada de la comunicación personal con Dios) y la realización individual.

Ahora bien, dado el grado de vacuidad, desconcentración y confusión moral e intelectual que caracteriza nuestro tiempo, no es raro que la soledad no solo no contribuya hoy al autoconocimiento o la reflexión, sino que, por el contrario, incremente el caos mental en que vivimos, empujándonos a la búsqueda angustiosa de estímulos que nos distraigan del extravío interior y haciéndonos recaer en una soledad aún más terrible y crónica que aquella de la que huimos. Porque no hay peor soledad que la de estar uno alienado o perdido de sí mismo. Cuando eso ocurre, da igual la cantidad de gente que nos rodee; seremos incapaces de no sentirnos angustiosamente incomunicados y aislados de todo y de todos…

En cualquier caso, sea cual sea el «tipo» de soledad en que uno habita, y por dolorosa que esta pueda ser, no hay ninguna que no suponga una cierta condición constructiva. Piensen, por ejemplo, en las soledades de raíz más «biológica» (la del malogrado encuentro amoroso, o la del desamparo de los mayores, por dar dos ejemplos), y en como todas ellas se abren habitualmente a una solución «natural», aunque no perfecta, como nada en este mundo (el arrebato romántico – siempre que se mantenga lejos del suicidio o al crimen –, o la solidaridad con los iguales en el caso de los ancianos). De otro lado, y complementando a veces a la anterior, la soledad propiamente «social» – por la que uno se siente poco apreciado, e incluso insignificante para los demás –, aunque no tenga fácil remedio (y con frecuencia promueva conductas terribles como forma perversa y desesperada de resignificación), puede movernos también a la autocrítica y, si uno está muy atento (atento a la verdadera naturaleza del otro), a una suerte de amable y ataráxica magnanimidad.

Más interesantes aún son la soledad de naturaleza moral y la que podemos llamar existencial o «metafísica». La primera es condición de la autonomía y dignidad personal, y es la que asumimos («más vale solo que mal acompañados») cuando contrariamos justificadamente las opiniones o modos de vida comunes. Y la segunda, la soledad existencial, representa el germen de toda verdadera creación del espíritu. Cuando uno lee a grandes filósofos o literatos no puede por menos de intuir la enorme cantidad de soledad «metafísica» – esto es: de ausencia radical de sentido – que han logrado revertir en forma de luminosas y estimulantes creaciones. En soledades así germina lo mejor de nuestra cultura y, por ello, lo que más perfectamente puede librarnos de la soledad no deseada, aunque sea abismándonos en esa otra soledad compartida que comporta el disfrute de las más grandes y bellas obras humanas.  

miércoles, 31 de mayo de 2023

¿Qué es el «antisanchismo»?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

¿Alguien sabe de veras lo que ocurrió el pasado domingo? Yo al menos no. Decir que el giro repentino de tornas se debe a un cambio de ciclo político o a un tsunami mundial, como si se tratara de un cambio de estación o de un movimiento sísmico, no convence. La política no puede ser algo tan irracional.

En estas elecciones han ocurrido cosas que merecerían un examen más detallado. Los cuatrocientos mil votos de desgaste eran de prever. El ruidoso suicidio de Unidas Podemos igual. Lo de los dos millones de votos transferidos de Ciudadanos al PP iba de suyo. Pero la debacle de todas las fuerzas de izquierda (menos Bildu), o la popularización del «antisanchismo» más allá de la demagogia mediática y los sectores radicalizados por ella, es digno de estudio.

¿De verdad cree media España que Sánchez es un peligroso golpista con un «plan oculto de mutación constitucional» (sic), como se dice en las raves de la plaza de Colón? No lo creo. La inmensa mayoría de mis vecinos no son evangelistas como los de Bolsonaro, ni miembros de la secta de QAnon (a lo sumo queda algún que otro antivacunas), ni tomarían al asalto el Congreso disfrazados de toreros en caso de que Feijoo perdiera las elecciones (y Ayuso no perdiera un segundo en denunciar el pucherazo) …

¿Cuáles son, entonces, las razones objetivas de esta inquina «antisánchez»? ¿Por qué despierta un rechazo tan tajante un gobierno que ni en economía ni en otras cuestiones sustanciales ha cometido errores de bulto?... Se ha contenido la inflación (mejor que en los países de nuestro entorno), ha bajado el paro, se ha evitado una recesión (como la que azota Alemania), se ha gestionado una pandemia (ni mejor ni peor que en otros lugares), se han aprobado todo tipo de ayudas y leyes de cariz social (reforma laboral, pensiones, subida del salario mínimo, vivienda…) ¿Entonces?... Tampoco ha habido grandes corruptelas (nada comparable con otros gobiernos), ni participación forzada en ninguna guerra (como con Aznar), ni una especial conflictividad social (al nivel, por ejemplo, de la de Francia, donde aun así se mantiene el gobierno) …

Hay analistas que mencionan las trifulcas entre los socios de coalición, pero estas (normales en todo gobierno de coalición – este es el primero –) no han paralizado la actividad política. Otros mencionan el apoyo en los partidos independentistas y las amenazas a la integridad territorial, pero lo que objetivamente ha ocurrido es la disolución del independentismo catalán (que vive sustancialmente de la confrontación), sin olvidar que con los partidos nacionalistas (e incluso con ETA, cuando todavía mataba) han pactado o intentado pactar casi todos los gobiernos (Aznar abrió negociaciones con ETA en 1999, y excarceló y trasladó a prisiones del País Vasco a cientos de etarras).

Es cierto que el gobierno ha cometido el error de no pararle los pies a algunos de los ministerios de Unidas Podemos, empeñados a veces en una «revolución de salón» sin una mayoría social para ampararla. Así, algunas extravagancias del Ministerio de Igualdad (una ley trans que ha partido por la mitad el feminismo, o la fallida ley del solo sí es sí) han generado en la ciudadanía una reacción virulenta, más aún cuando en lugar de dimisiones se han encontrado con una resistencia numantina (incluso personal) incomprensible e inaceptable… ¿Pero tan importantes son realmente estas «batallas culturales»?...

A la vista está que sí. De hecho, una de las mejores explicaciones que encuentro para la expansión del antisanchismo es la atmósfera emocional generada por la trifulca en torno a políticas culturales y de carácter simbólico (la cuestión del género, la memoria histórica, las leyes animalistas, la cultura de la cancelación, las polémicas en torno a la ganadería extensiva, la caza, la educación…), muchas de ellas carne de primera para el bulo.

A esto último se ha sumado el espectáculo lamentable de las luchas de poder en el seno de la izquierda, siempre dispuesta a hacerse el harakiri. O a morir matando. Nadie se explica si no la insistencia de UP en hacer campaña contra sus previsibles futuros socios (excompañeros en algunos casos), ni los ataques a la única opción viable (la plataforma Sumar) de mantener cierta relevancia política.

De toda esta debacle la izquierda solo podrá salir, pues, con humildad, unidad, y la lección aprendida acerca del exquisito cuidado (no solo con las minorías, sino también con las mayorías) con que se han de tratar ciertos aspectos político-simbólicos.

Y lo de la humildad no es moco de pavo. Mientras en la izquierda se siga creyendo que los malos resultados se deben a la incapacidad de la gente para entender lo que le conviene o sobreponerse a la manipulación de los medios (en lugar de a la inconsistencia o debilidad de las propuestas que se le ofrecen), no habrá forma de salir – con ella – de la – presunta – caverna común.


miércoles, 17 de mayo de 2023

Profesores multitarea



No es por desanimar, pero quien esté pensando en dedicarse a la docencia que se lo piense y, sobre todo, que se prepare. Pese a que aún se escucha el chascarrillo de cuñado casposo sobre lo bien que viven los maestros, el oficio docente nunca ha sido fácil. A las muchas horas lectivas hay que sumar un sinfín de tareas, cada una de las cuales exige formación, tiempo y talento. De hecho, si los profes fuéramos robots de cocina, creo que batiríamos el récord de funciones o modos disponibles. Veamos.

La función o modo «guardería». Hay gente para la que los colegios tienen una misión más esencial que la propiamente educativa: la de facilitar la conciliación familiar. De ahí que los docentes nos hayamos convertido en cuidadores, controladores y hasta porteros de las idas y venidas del alumnado. Algunas familias reclaman, incluso, la jornada partida; lo que podría acabar convirtiéndonos en celadores de comedor – ya verán –; o en lo que sea que haga falta para tener ocupados a los niños hasta que padres y madres acaben su jornada laboral. 

La función o modo «maestro». Digan lo que digan, sigue siendo lo principal. Que el enseñante tenga algo que enseñar tal vez no sea condición suficiente, pero si necesaria en todo proceso educativo. Sin una competencia profunda en aquello que transmites, no hay divulgación que valga. Pero esto requiere estar intelectualmente «en activo», investigar, formarte, actualizar conocimientos… Cosas que no siempre la Administración facilita.

La función o modo «pedagogo». Si pretendes (como es tu obligación) que ninguno de tus cientos de alumnos anuales (cada uno con sus circunstancias, idiosincrasia, intereses y capacidades) se quede atrás, has de ser un pedagogo de primera, implicarte y echarle imaginación. Te tocará analizar cada caso, crear materiales específicos, buscar recursos ad hoc, leer, practicar, autoevaluarte, rectificar; todo lo cual, con las ratios actuales, es tarea heroica y muy a menudo frustrante. Y esto sin contar con que tendrás, sí o sí, alumnos con problemas y discapacidades varias, y tendrás que prepararte (en lo que nadie te ha enseñado) para atenderlos como buenamente puedas…

La función o modo «educador en valores». Una educación integral exige que se trabaje con actitudes y valores (sostenibilidad, respeto a la diversidad, igualdad de género, educación afectivo-sexual, consumo responsable, prevención del acoso, uso seguro de las redes, actitud crítica, etc.), que, con la nueva ley, están estructuralmente integrados en el currículo. Todo ello exige, de nuevo, preparación y trabajo, tanto en contenidos como en aspectos didácticos.

La función o modo «tecnólogo digital». Se acabó lo de manejarte con el ordenador, la pizarra digital o el blog de clase. Ahora (más aún desde la pandemia) has de saber trabajar en aulas virtuales, editar vídeos o podcasts, generar recursos en línea, moverte en redes, incluso manejarte con la IA, y orientar – además – en todo ello al alumnado; todo lo cual requiere de un costoso entrenamiento (que ha de actualizarse, además, cada poco tiempo).

La función o modo «psicólogo-asistente social». Seas tutor o no, parte de tus atribuciones serán las de conocer, cuidar y a veces hasta «tratar» a tu alumnado más vulnerable o conflictivo, afrontando problemas personales y de convivencia, tanto en el aula como fuera de ella (desorientación, conflictos morales, trastornos psicológicos, familias desestructuradas, acoso, violencia, drogas…). ¡Prepárate!

La función o modo «mediador comunitario». La escuela es hoy la institución más estable y segura con la que cuentan muchos individuos y comunidades. En algunos casos (especialmente en zonas socioeconómicamente deprimidas), el profesor o profesora se convierte en dinamizador de la vida social en torno al centro.

Seguramente se me olvidan muchas otras funciones o modos, como el modo «burócrata», por el que los profesores hacen diariamente de administrativos de sí mismos, cumplimentando papeles y haciendo un registro exhaustivo (que, salvo accidente, nadie consulta) de todo lo que hacen. O la función «bilingüe», casi siempre consistente en simular una capacidad (la del bilingüismo) que, por razones obvias, pocos poseen. O el modo «político», que es el que adoptamos algunos para hacer entender a la Administración (ley sí, ley también) el valor y sentido de las competencias específicas con las que trabajamos…

Ahora bien, si, pese a todo lo dicho (y a lo barato que sale nuestro trabajo), sigues creyendo que enseñar es la tarea más hermosa e importante del mundo y, además de maestro, eres capaz de ser vigilante, pedagogo, educador en valores, experto en tecnologías educativas, psicólogo, asistente social, mediador comunitario, administrativo, bilingüe y hasta activista político… todo en uno, y sin que te dé un síncope o caer agotado el primer mes, ¡bienvenido! Y mucho, muchísimo ánimo. Lo vas a necesitar.


miércoles, 10 de mayo de 2023

Motivados y desmotivados

 

Fachada Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá 
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Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


El profesor Jorge Ramírez enseña filosofía a los niños y las niñas de los alrededores de Cúcuta, una zona de Colombia en la que los cárteles de la droga, la delincuencia común, la guerrilla y los paramilitares (a menudo difíciles de distinguir unos de otros) conforman los cuatro puntos cardinales del horizonte laboral de sus alumnos, al menos de aquellos que quieren escapar de la miseria.

Sin apoyo institucional ni económico, el profesor Ramírez se las ha ingeniado para organizar un museo itinerante de la memoria, olimpiadas y foros internacionales de filosofía; todo para que sus “pelaos”, como llama cariñosamente a sus pupilos, puedan debatir con otros chicos y chicas (o con los filósofos que se atreven a ir para allá) sobre las causas ideológicas de la pobreza, los argumentos que nos comprometen con la paz y la justicia, o cualquier otro asunto de enjundia filosófica.

Me encontré con él hace unos días, en el Centro Cultural y Educativo Español Reyes Católicos de Bogotá, invitados ambos por el profesor de filosofía Óscar Ramírez, y me pareció una persona de una humildad y alegría a prueba de bombas (literalmente hablando). Y eso que Jorge no solo logra que sus chicos y chicas transformen en ganas de estudiar el dolor y la rabia que – vejados por la pobreza y la violencia – les come inevitablemente por dentro, sino también que los narcos, guerrilleros o paramilitares, a los que les roba su más preciada y barata carne de cañón, le tengan, probablemente, en el punto de mira… 

Además de al profesor Ramírez, he conocido estos días a otros muchos colegas colombianos, la inmensa mayoría entusiasmados por el oficio que ejercen o piensan ejercer, y ello pese a lo poquísimo que se gana, la escasez de medios (especialmente en la escuela pública) y la dificultad de trabajar con un alumnado educado en las leyes de la supervivencia y el crimen. En la Universidad San Buenaventura, donde tuve la oportunidad de dar una charla a futuros profesores, algunos de ellos, tal vez previendo la que se les venía encima, llevaban hábito franciscano. Y en la Universidad Pedagógica Nacional, donde también pude hablar a los futuros maestros, unos de los murales del edificio rectoral recordaba la nómina de docentes y alumnos hechos «desaparecer» (mi anfitrión – el profesor Maximiliano Prado – me contaba que, en ciertas épocas, tenía que ir a la cárcel a realizar las tutorías con sus alumnos). Pero pese a todo (o quizás por ello), la idea general entre profesores y alumnado era la de la necesidad imperiosa de la educación (y de la educación filosófica en particular) para instituir hábitos de diálogo y generar y orientar cambios en una de las naciones con mayores índices de violencia, desigualdad social y corrupción política del mundo. 

¿Y en España? ¿No es cierto que, aun vencida hace tiempo la violencia política, y con una tasa de corrupción menor, sufrimos de niveles de desigualdad social cada vez mayores? Lo digo porque, curiosamente, el único lugar en el que encontré algún profesor ruidosamente desmotivado (no la mayoría, por suerte) fue en el Colegio Español, un centro de élite, en la zona más rica y segura de Bogotá, y en el que se goza de privilegios, sueldos y medios que ya quisieran no solo en Colombia, sino en muchos centros de nuestro país.

¿Y esto? ¿Por dónde se nos va a algunos la fuerza? ¿Es que hemos dejado de creer en el papel de la educación como herramienta de transformación personal y social? ¿Desde cuándo hemos adoptado un papel constantemente quejicoso y victimista (el mismo que achacamos a veces a los jóvenes) ante un alumnado simplemente inmaduro que no se presta a obedecer ciegamente como antes (pero que, como el de todos sitios, tiene una sed loca de orientación y confrontación crítica con el presente), o ante una administración que, aunque a veces ponga bastones en las ruedas, existe y está más o menos presente?

En una de las actividades realizadas durante estos días pusimos a dialogar, en grupos de diez o doce, a alumnos y alumnas adolescentes de estratos económicos enfrentados (lo que, en Colombia, supone un abismo social y cultural). El tema era justo el de la exclusión social y la violencia, y el alumnado fue perfectamente capaz de dialogar y argumentar, sin que nadie rechazase a nadie, y con parecido nivel de vehemencia y ganas de dar una solución racional a los conflictos.

Creo que la administración española (antes de emprender más cambios legislativos) debería hacer algo parecido con nosotros los profesores (y luego con nuestros políticos): ponernos a debatir en grupos hasta que, con paciencia y trabajo, alcanzáramos una visión básica y compartida de lo que significa educar. Y, en caso de que no lo lográramos, que nos enviara a todos a Colombia, al humilde colegio de Jorge Ramírez, a aprender de él esa fórmula magistral hecha de ejemplo personal, conocimiento compartido y un compromiso invariable (a prueba de balas, vaya) con el futuro de sus alumnos.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Filosofía sin fronteras

Este artículo fue originalmente publicado por El Periódico Extremadura 

¿Importa que unos jovencísimos filósofos, algunos de apenas quince o dieciséis años, se reúnan durante tres días para tratar de «Fronteras y Justicia global» (el lema de las X Olimpiadas Nacionales de Filosofía, celebradas hace unos días en Tenerife)? Por supuesto que sí. En cuanto jóvenes, porque van a ser ellos los que apechuguen con el desastrado y desigual mundo que les estamos dejando en suerte. Y en cuanto filósofos porque, ¿quiénes, si no ellos, van a tratar de lo que es o no justo? La ciencia solo nos ofrece datos. Y la política, un simple muestrario de los deseos de la gente (sean los del poderoso o los de la mayoría) …

Que la filosofía sea el saber que se ocupa de la justicia (y que la educación filosófica sea fundamental para formar gobernantes y ciudadanos justos) quiere decir muchas cosas. En primer lugar, que la justicia representa realmente un problema relevante. Algo que no todo el mundo ve claro: para algunos lo único que existe son los hechos contantes y sonantes, por lo que «lo justo» no es más que simple ficción (lo justo es justo lo que pasa: no hay más); otros creen que la justicia es en sí misma un tipo de hecho normativo, inevitablemente diferente según la cultura y época en la que la gente lo inventa; y, finalmente, están los que creen que existe algo así como lo universalmente justo, aunque sin que se sepa cómo logran justificar de forma consistente esa universalidad (por ejemplo, la de los derechos humanos), sin acudir a los dioses o los libros santos para que les resuelvan la papeleta.

Una vez que reconocemos que la justicia es un problema, toca intentar resolverlo. Y aquí cabe hacer algunas distinciones; por ejemplo, la que hay entre hechos y valores. La justicia es un valor, y no un hecho (nadie se topa con la justicia por la calle y, como tales, los hechos no son ni justos ni injustos). Y si la justicia ha de ser algo real (sería al menos justo que lo fuera), los valores también habrían de serlo. ¿Pero querría decir esto que los valores existen independientemente de los hechos? Esta hipótesis viene que ni pintada para justificar la universalidad de los valores, pero nos obliga a aceptar la existencia de mundos trascendentes (más allá de los hechos). ¡Uf!

¿Seguimos? Si alguien replicara que el razonamiento anterior no es verdadero porque, por ejemplo, no se basa en ningún hecho, se le podría preguntar por su concepción de la verdad (¿se basará ella misma en hechos?), y ahí tenemos otro asunto filosófico de los gordos. Otros podrían preguntar si la justicia es solo un valor aplicable a lo que acontece entre seres humanos, o también a nuestras relaciones con seres no humanos, y aquí es posible que tuviéramos que afrontar hondos asuntos éticos y antropológicos. Y eso sin contar con la no menos interesante relación de lo justo con lo estético: ¿habría seductores imaginarios especialmente proclives a la justicia?...

En cualquier caso, si alguna utilidad fundamental tienen la filosofía y la educación filosófica en relación con el problema de la justicia, es la de revelarnos el único marco en el que dicho problema puede afrontarse (sin recurrir a ningún «deus ex machina»): el de la universalidad de la razón y la ración de trascendencia a la que esta obliga. Ciertamente, sin una referencia a intereses desinteresados (desinteresados del aquí y el ahora) hablar de justicia no tiene el más mínimo interés. ¿Cómo podríamos interesarnos por algo más que nuestros intereses particulares si no pudiéramos entender la conexión necesaria entre ellos y los intereses de todos (aunque en diferentes camarotes – y la mitad en la sentina – vamos todos en el mismo barco)? Y no solo esto: los adolescentes intuyen a la perfección que comprender el mundo como una entidad coherente y con sentido (con un sentido del que nos podemos sentir partícipes) es del máximo interés particular. ¿Quién no quiere vivir en un mundo así de armonioso y lógico, en el que los iguales sean tratados como iguales, y el diálogo sea la lengua universal? ¿O cómo defender, si no es desde esa perspectiva racional y trascendente, la consideración del interés de los que aún no han nacido y merecen vivir, como nosotros, en un mundo habitable y en el que, como mínimo, aún tenga sentido hablar de la dignidad humana?

La justicia, pues, por su misma naturaleza, no entiende de fronteras. Hablar, por ello, de «justicia global» es un pleonasmo: o la justicia es global, o no es justicia alguna. Lo descubrieron nuestros jovencísimos filósofos hace unos días, mientras ponían en práctica ese espíritu cosmopolita y olímpico de los que razonan juntos. Igual es cosa del entusiasmo que me contagiaron, pero la conclusión parece justamente esta: el mundo que viene será un mundo de filósofos o no será…


miércoles, 26 de abril de 2023

Pluralismo y amistad

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y El Periódico de España



Pese a lo cursi que parece a veces, creo que hay mucho de positivo en esa reivindicación de la alegría y lo común que exhiben algunas propuestas políticas. Ante la disgregación de los ya de por sí atomizados individuos en grupúsculos, parroquias, partidos, corrientes, sectores, mundos virtuales y algoritmos cerrados y opuestos, restaurar y revitalizar espacios de comunidad donde podamos encontrarnos, por diferentes que seamos y pensemos, comienza a ser imprescindible.

Antes que nada porque hay muchas y no gratas tareas que vamos a tener que afrontar juntos en un futuro inmediato. El mundo ha entrado en una fase acelerada de transición, vivimos al borde de una catástrofe climática sin precedentes, a expensas de un conflicto entre potencias sin un claro día después, momentáneamente a salvo de un tsunami energético y económico, y peligrosamente acostumbrados al debilitamiento crónico de nuestras democracias, carcomidas desde dentro por la polarización y la desarticulación social, y amenazadas desde fuera por autocracias orwellianas armadas hasta los dientes de demagogia y misiles.

Ahora bien, ¿cómo regenerar y fortalecer el espíritu comunitario, el compromiso cívico y la vida democrática para hacer frente a este horizonte incierto, evitando tentaciones totalitarias? No vendría mal reconocer, a este respecto, dos elementos que creo imprescindibles para entender y promover la vida en común: una asunción decidida de la pluralidad (ideológica, moral, cultural…) que nos caracteriza como sujetos, y un cultivo deliberado de la aristotélica virtud de la amistad como elemento aglutinador de aquella.

Diríamos que una comunidad está compuesta, como cualquier organismo, de partículas (de personas e ideas particulares) y de la fuerza que las mantiene unidas. La suma plural de particularidades es la materia del organismo comunitario, lo que lo dinamiza y le presta toda su potencia generadora; y la fuerza cordial de la amistad es la forma ideal de articularla sin suprimir u oscurecer la energía expansiva de dichas particularidades. A diferencia de una secta, un ejército o cualquier otra sociedad totalitaria, una comunidad humana libre (libre de fines que la instrumentalicen) no uniforma las diferencias, y mantiene unidos a los individuos sin obligarles, por ello, a dejar de ser y pensar como tales.

Definir esa amistad cívica, entendida como la sutil fuerza gravitatoria que mantiene unida a una comunidad libre, no es nada sencillo. Los filósofos clásicos dedicaron libros enteros a ello. A mí me gustaría añadir al análisis justo aquella virtud de la que hablaba al principio: la alegría; o mejor: la jovialidad. La jovialidad (esa «alegría apacible» que caracteriza a ciertas personas de naturaleza jupiterina, dice la RAE) es la manera de afrontar la pluralidad como alegría, incluso como diversión (entendiendo por diversión el placer con lo que diverge y nos hace aventurarnos en la esfera desprejuiciada de lo otro). Pero con una alegría lo suficientemente «apacible» como para que ese otro, lo divergente mismo, dé su necesario con-sentimiento a la diversión. Sin la simpatía fraterna que reina en la serenidad de lo jovial, es difícil vivir la pluralidad como fiesta y motivo de aprendizaje (en lugar de como pretexto para el exorcismo de los propios demonios).

Por demás, pluralidad y divergencia son, contra lo que suele creerse, el mejor caldo de cultivo de lo fraterno. Poco sentido tiene para los que no somos perfectos el hacer migas con los que son iguales a nosotros, y sí, y mucho, el hacerlo con quienes son diferentes, nos ponen a prueba y, al cabo, nos enseñan que el mundo es más ancho de lo que da a entender nuestro entrecejo. La alegría, la jovialidad consiste, tal como decíamos, en ese divertido encuentro con lo que nos saca de las casillas de nuestras más desesperadas seguridades.

La pluralidad amistosa y jovial requiere, por supuesto, de un aprendizaje, y tiene sus ritos y espacios. La cultura mediterránea sabe de ellos, y ha cultivado sistemáticamente la vida en la plaza, la discusión en el ágora o el foro, el banquete entre amigos, el diálogo como motor de la vida pública – en la filosofía, en la asamblea, en el teatro –, el viaje como experiencia de aprendizaje… Todavía pueden observarse tales ritos, con su cohorte de virtudes (la cortesía, la hospitalidad, la tolerancia, la ecuanimidad…) en algunos rincones de nuestra geografía, e incluso en olvidadas y humildes instituciones (los ateneos, las sociedades culturales, las peñas de amigos…). Nada que ver, en todo caso, con el mundo digital y el espectáculo de la polarización como expresión, ni siquiera de conflictos genuinamente humanos, sino de un mero mercadeo de datos. 

Urge, pues, recuperar ese jovial lazo filial capaz de mantener la comunidad al servicio de sí misma, librándola de su desmoronamiento definitivo, y sosteniéndola como el único recurso eficaz para salvarnos de la destrucción y la barbarie.

miércoles, 19 de abril de 2023

La meritocracia como opio del pueblo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Lo repetía hace poco, en la prensa, un prestigioso investigador español: «el mejor predictor del éxito profesional no es el rendimiento cognitivo, es que tus padres tengan dinero». Está demostrado: en la inmensa mayoría de los casos los hijos de los ricos continúan siendo ricos, y los hijos de los pobres, pobres; los primeros heredan y acaparan los mejores puestos y cargos, y los segundos… hacen lo que pueden.

Es cierto que este reparto de roles tiene una relación colateral con las capacidades personales. ¡Estaría bueno que quien disfruta desde pequeño de todo tipo de medios, oportunidades y experiencias conducentes a cierto rango de empleos y cargos, no desarrollara más que otros la capacidad para desempeñarlos con pericia! Ahora bien, ¿es esa capacidad mérito suyo?

Si el mérito refiere aquella dignidad que concedemos a quien logra por sí mismo una determinada posición o capacidad, la respuesta solo puede ser negativa. Nadie escoge nacer con tales o cuales talentos; ni que esos talentos sean apreciados en su cultura y época; ni pertenecer a una familia rica o pobre; ni venir al mundo en un entorno estimulante y cosmopolita, en lugar de en otro mediocre o embrutecedor. ¿Entonces? ¿De qué «mérito» hablamos? ¿Cómo es que sacralizamos algo de cuya existencia cabe tan fundadamente sospechar? ¿Es la meritocracia una suerte de nueva teocracia  secularizada?

Pudiera ser: en cuanto a las desigualdades heredadas al menos, nuestra época no parece muy diferente de otras más teocráticas. Hace años, un estudio gubernamental demostró que en la Gran Bretaña del siglo XXI la inmensa mayoría de altos ejecutivos, jueces, fiscales, políticos, generales, y hasta famosos periodistas o actores, precedían de colegios privados en los que (por razones obvias) solo podía estudiar un 7% de la población. Un porcentaje parecido al que representaban los estamentos privilegiados y la alta burguesía a finales de la Edad Media…

¿Sufrimos, entonces, las mismas e injustas desigualdades que siempre? Se diría que sí. Pero con un agravante. Mientras que en la Edad Media esa desigualdad era atribuida al poder divino o a la naturaleza (que creaban seres de diferente calidad y linaje), en nuestro tiempo se atribuye casi por entero a los méritos y virtudes individuales.

De este modo, mientras que en otras épocas el pobre asumía su miseria material como producto de la voluntad de Dios y como pasaporte de primera clase al cielo («los últimos serán los primeros»), en nuestra época suma a su pobreza la miseria moral de creerse el responsable fundamental de la misma. Surge así la figura del «loser», el «perdedor» del universo moral liberal, posición que se contrapone a la figura, no menos moralizada, del «self-made man», el privilegiado que ya no lo es por la gracia de Dios o por la consanguineidad con gloriosos antepasados, sino (presuntamente) por su esfuerzo y talento individual. 

Esta moralización de las desigualdades puede entenderse, como propone el filósofo Michael Sandel, como la raíz del malestar social y la polarización política (la soberbia de las élites que creen merecer su éxito frente a la humillación de los que se tienen por culpables de su postración), pero debe comprenderse también como un dispositivo cuasi perfecto para justificar el «statu quo». Si todos (ricos y pobres) creemos que cada cual tiene lo que merece, la desigualdad parecerá ética y políticamente aceptable.

Un elemento no marginal de ese dispositivo ideológico es la conversión del mito del héroe desde el lenguaje y códigos de la sociedad estamental a los de la nueva sociedad liberal. En el primer caso, el héroe o heroína, exhibiendo su compromiso con el orden vigente (matando dragones o mostrándose humilde y obediente), accede al universo de las élites (se casa con la princesa o el príncipe, descubre su linaje nobiliario, etc.); en el segundo caso, el mismo héroe, demostrando las virtudes burguesas del trabajo, el ahorro, la astucia, etc., asciende gloriosamente hasta la cima del éxito (es la fábula moral del empresario que empieza con un pequeño comercio, del humilde deportista que se convierte en una estrella o del joven emprendedor que inventa un negocio genial en su garaje). Por supuesto, todo esto es puro cuento (los casos que refiere son estadísticamente irrelevantes), pero un cuento enormemente eficaz.

El otro ingrediente fundamental de este preparado ideológico es, sin duda, la educación. O, más bien, cierta concepción, meritocrática y mendaz, de la misma, según la cual todos los alumnos y alumnas están en igualdad de condiciones para aspirar y ganar la «excelencia académica» que tanto ponderan algunos (¡incluyendo los que se dicen críticos del ideario liberal!), y que les capacitaría, según ellos, para acceder sin más, y a base de superar exámenes, al club de los privilegiados (o al menos, diríamos kantianamente, al purgatorio de los que  «merecen» entrar en él) … Opio, en fin. Puro opio para el pueblo. 

miércoles, 12 de abril de 2023

¿Tiene la Inteligencia Artificial capacidad creativa?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Una vieja creencia tranquilizadora, frente al imparable avance de la Inteligencia Artificial (IA), era que esta podría imitar cada vez mejor ciertos procesos mentales de tipo lógico o mecánico (reconocimiento y procesamiento de información, cálculos deductivos, inferencias estadísticas…), pero que había otros que, por su carácter no estrictamente lógico, quedarían siempre fuera de su alcance. Entre estos procesos, presuntamente no lógicos, estaría el de la creatividad.

Ahora bien, decir que procesos como la creatividad están fuera de la esfera del entendimiento lógico es exagerado (¿cómo podríamos entender entonces lo que es?). De hecho, y pasando de puntillas por ciertos problemas filosóficos (como el de explicar el «milagro» mismo que supone crear algo «nuevo»), la creatividad se puede describir a un nivel básico como el simple proceso de transformación de una cosa dada en otra nueva y distinta; algo que, en rigor, puede hacer cualquier máquina, desde un ordenador a una máquina de hacer churros.

Otro asunto es que se quiera añadir a esta descripción la idea de intencionalidad, asumiendo que la acción de crear exige un sujeto (una conciencia) que decida y emprenda la acción creativa. Esta petición de principio es discutible (ha de suponer, por ejemplo, que cuando decimos que un paisaje «fue creado» por la actividad volcánica, o que las nubes «crean» caprichosas formas en el cielo, estamos usando el concepto de creación de modo impropio o poético), pero vamos a darla por buena. La pregunta sería ahora: ¿tienen las máquinas (por ejemplo, las máquinas de IA) algo parecido a una conciencia intencional desde la que «crear» cosas (dibujos, piezas musicales, discursos, etc.)?

Por supuesto, alguien podría empezar por argüir que algunos artistas crean cuadros, partituras o textos sin demasiada carga intencional. Muchos, por ejemplo, lo hacen por encargo (tal como los programas de IA, que generan un dibujo a partir de las órdenes que le damos), y otros presumen de crear de modo inconsciente, al azar o sin pensarlo demasiado (no pocos artistas y estetas han identificado la creatividad con la libertad, y a esta con ciertos estados de inconsciencia o acción espontánea o mecánica). Pero supongamos que, incluso en estos casos, el artista puede hacer que su conciencia recupere el mando en cualquier momento. ¿Puede hacer esto último una máquina?

Nuestra primera reacción es pensar que no. ¿Pero por qué no? Pensemos un momento en qué consiste la consciencia. Asumiendo que se trata de un asunto filosófico de primer orden, y despejando su problemática dimensión fenoménica (la conciencia es un fenómeno cuya existencia solo podemos certificar subjetivamente, por lo que no podemos demostrar que exista o deje de existir en otros seres, humanos o no), la consciencia es, básicamente, un proceso cognitivo por el que representamos y organizamos la vida mental en relación con una determinada perspectiva (la del sujeto o «yo»). En el caso de la consciencia humana, este proceso de organización de la vida mental se hace especialmente complejo gracias, además, a un lenguaje no menos sofisticado que permite «narrar» internamente (generándonos como sujeto de dicha narración) parte de nuestros procesos vitales, juzgarlos, y tomar decisiones para reconducirlos, dando origen, en ocasiones, a esas respuestas novedosas que llamamos «creaciones». 

Ahora bien, si es esto lo que es básicamente la conciencia, no creo que las máquinas anden muy lejos de tenerla. De hecho, hasta los mecanismos inteligentes más simples son ya capaces de representar sus propios estados internos, chequearlos y corregir errores sin nuestra intervención (piense en los ordenadores que regulan y rectifican el funcionamiento de cualquier automóvil moderno). ¿Pero podrían estos sistemas generar, además, respuestas novedosas o no inicialmente programadas? ¿Por qué no? De hecho, los programas de IA que generan imágenes a partir de palabras lo hacen a cada instante. Reparen, además, en cómo lo hacemos nosotros: dada cierta información ya registrada, le aplicamos mecanismos heurísticos que combinan esa información para producir, según criterios combinatorios o más aleatoriamente, propuestas nuevas cuya idoneidad evaluamos (si es el caso) en base a pronósticos y expectativas… ¿Cuál de estas tareas no está al alcance de un simple ordenador?

Obviamente, todo esto que hacen las máquinas lo hacen a partir de lo que le hemos enseñado; pero también nosotros hacemos todo lo que hacemos (empezando por pensar y tomar decisiones) en base a lo que nos han enseñado otros seres humanos.

Afirmar, pues, que las máquinas (los programas de IA, por ejemplo) son capaces de una cierta creatividad no parece descabellado. Otra cuestión, bien distinta, es si esa creatividad puede ser de naturaleza artística; un tema interesantísimo que merece ser tratado en otra ocasión.


miércoles, 5 de abril de 2023

¿De vuelta de qué?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Nunca he entendido a los que proclaman «estar de vuelta», no ya de todo (¡hay que ser necio para creer tal cosa!), sino tan siquiera de algo, por poco que sea. ¿Cómo es eso posible? Se está de vuelta de allí donde se ha ido. ¿Pero quién puede volver de qué? ¿Quién va, acaso, a alguna parte? «Todas las mañanas del mundo son un camino sin retorno», decía Pascal Quignard en su conocida novela (no se pierdan la película del mismo nombre – un clásico – de Alain Corneau).

De entre los que creen que van a algún sitio, hoy dos tipos fundamentales: los que creen que llegan y los que no. Ambos adoptan a menudo la pose del que está de vuelta; el primero como presuntuoso triunfador, el segundo como presunto fracasado.

Porque el fracaso no es una ilusión menor que la del éxito, ni el melancólico pesimista es menos pretencioso que el que se pavonea de su triunfo. De hecho, el pesimista exhibe siempre un pasmoso optimismo en lo que respecta a sus facultades cognoscitivas: cree saber a ciencia cierta lo miserable de todo, lo absurdo de la vida, la ausencia o imposibilidad de todo fin… ¿Habrá alguien más soberbio que el que pretende saber que en el mundo nada se puede saber, que todo es maldad o que la existencia no tiene sentido? ¿Habrá alguien más ciego que el que cree tener claro que nada es más claro que la nada? El pesimismo es una teoría pésima. Y la de perdedor, una pose a la que nuestra cultura (tan refinada como decadente) ha dado todo el pábulo posible.

El que está de vuelta, sea en formato triunfador o perdedor, suele ser, también, un crítico vitriólico y fatalista, para el que nadie está a su altura (ni a la de la cima que alcanzó ni a la de la sima de saber que no hay cima que valga). En nuestro país abunda ese espíritu destructivo consagrado a recordarnos que nada (salvo el propio ojo crítico) es perfecto. ¿Quién no conoce (o lleva dentro) a ese españolito furiosamente aficionado a señalar defectos, caricaturizar, rebajar humos, depreciar con sorna, y crucificar a todo aquel o aquello que amenace con sacarlo un solo segundo de sus incólumes casillas? En esta pasión hispánica por el zasca, el acoso y derribo, y el gozo de ver como todo lo que sube baja (¡no sea que llegue donde uno no llegó!), consumen su vida, y sus datos de acceso, ricos y pobres, nobles y plebeyos, izquierdas y derechas…

Los que están de vuelta sufren también del insufrible «síndrome del adulto sabio», consistente en creer que por ser uno más viejo es necesariamente más lúcido, y que, por esa razón, todos tenemos la obligación de escucharle, suelte la sandez que suelte, como si el mero hecho de pasar por este mundo implicase algún tipo de conocimiento excepcional, o como si la experiencia (como repiten algunos) fuese la madre de la ciencia, y no de, a lo sumo, una cierta y ramplona astucia práctica (cuando no de hábitos y mecanismos de defensa que aminoran la capacidad de aprender). La madre de la ciencia son la duda y la capacidad para mirar la realidad de una manera diferente; justo lo opuesto de lo que se auto atribuyen la mayoría de los adultos (y los que están de vuelta): el tener ya las ideas muy claras, y el no querer o poder ver las cosas más que a su manera (que, por descontado, es «la correcta»).    

El «síndrome del adulto sabio» es universal, aunque yo, por cercanía, lo detecto más en el cuerpo docente, en el que hay quienes están de vuelta absolutamente de todo: del glorioso pasado (donde se aprendía de verdad), del miserable presente (donde nadie aprende ya nada) y del molesto futuro (que les obliga a aprender como si no fueran los maestros que son). Ya saben: el tango de «ya nada es lo mismo», y no porque uno no comprenda nada (¡qué susto, tener que saber cosas nuevas!), sino porque todo (por supuesto) es peor… 

Frente a todo este estar de vuelta, no cabe más que la catarsis socrática; o dicho en plata, el cuidarse de escuchar y comprender de verdad (en lo que inevitablemente tiene de verdad) lo que afirma el otro, el que se nos opone, el que nos saca de quicio… Aprender es esto: desquiciarse, descolocarse, darse la vuelta, revolverse uno contra lo que cree que cree. Tal vez, y pese a ello, no se llegue a ningún sitio, pero, a diferencia del que cree que sí (y que incluso ya volvió), se tendrá más perspectiva, se pensará más lejos y, como poco (y no es poco), se será menos insoportable para los demás.

Siempre recuerdo, en fin, y contra esa cargante soberbia del «estar de vuelta», los mismos y sublimes versos de Luis Cernuda: «Cuando la muerte quiera / una verdad quitar de entre mis manos / las hallará vacías, como en la adolescencia /ardientes de deseo, tendidas hacia el aire»… No creo que se puede decir mejor.


miércoles, 29 de marzo de 2023

Comités para reescribirnos los libros

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Primero, como diría Brecht, vinieron por la literatura infantil, desfigurando los cuentos clásicos y trocándolos por homilías fabuladas que aburren a las piedras. Luego fueron por la cultura popular, intentando cancelar todo aquello (canciones, películas, bromas…) que no se ajustara al programa de reeducación ideológica que pretenden imponer a la fuerza. Y hace ya tiempo que han venido a por la literatura para adultos.

La nueva inquisición de la corrección política alcanzó hace unos días a Agatha Christie. Las nuevas ediciones inglesas de sus famosas novelas policíacas han sido expurgadas de todo contenido presuntamente lesivo para la sensibilidad de los lectores. Asesorada por equipos de censores (llamados eufemísticamente «comités de lectores sensibles»), la editorial Harper Collins ha decidido cercenar o eliminar descripciones, parlamentos y hasta pasajes completos (incluyendo personajes) en los que se hagan referencias étnicas, se usen adjetivos poco inclusivos, o se exprese (por ejemplo) tirria a los niños. Así, ya no se puede escribir «nativo» u «oriental» (sino «local»), ni «mujer agitanada» (sino «mujer»), ni «temperamento indio» (sino «temperamento» a secas), ni comparar el torso de una persona con «el mármol negro» (¡), ni decir que a uno de los personajes le repugnan los niños (sino que «cree que no le gustan mucho»)…

Ya ven: tenemos la inmensa suerte, en pleno siglo XXI, de contar con comités de probos ciudadanos ocupados en reescribirnos los libros para que no nos dañen o perviertan. Por lo visto, somos tan vulnerables (o sin censura: tan imbéciles), mental y moralmente, que no nos podemos aventurar a leer una novela en la que se hable de «nativos» u «orientales» sin correr el riesgo de sentirnos dolorosamente aludidos (o reforzados en nuestros vicios colonialistas). Así están las cosas. Donde antes teníamos principios y capacidad de juicio, ahora tenemos comités que velan por la salvación de nuestras almas. Y donde antes había ciudadanos críticos y responsables, ahora hay zombis morales a los que hay que reescribir los libros. ¡Y por la santa inquisición, que no caigamos, zombis como somos, en manos de comités equivocados!

Es cierto que las obras literarias, buenas o malas, han sido modificadas a menudo. Todos hemos leído de jóvenes adaptaciones de los clásicos, o aquellos resúmenes de novedades que publicaban revistas como Reader’s Digest (en español Selecciones); pero mientras que estas adaptaciones tenían una finalidad didáctica o divulgativa, las de ahora tienen un propósito directamente moralizante: no permitir que la ciudadanía, prejuzgada como enfermizamente sensible y moralmente incompetente, experimente como natural ciertas actitudes, valores o ideas dados en el mundo de ficción de las obras literarias (por si le pasa como a Don Quijote con la caballería, que de tanto leer obras de griegos esclavistas y pederastas, o de detectives racistas y a los que repelen los niños, el lector se vaya a volver como ellos).

Uno puede entender, a lo sumo, el interés comercial de este asunto: un mercado cada vez más repleto de memos incapaces de leer nada que no sea una apología de su moralina de burgueses acomplejados (acomplejados por vivir en la misma abundancia que desprecian). ¿Pero alguien cree que, más allá de vender libros a tontos del bote, toda esta misión apostólica sirve, de verdad, para algo? 

Quienes crean tal cosa son unos insensatos. Primero, porque invisibilizar los términos no acaba con la realidad que designan, solo la vuelven más indetectable y, por lo tanto, peligrosa. En segundo lugar, porque censurar libros para adultos es un ejercicio paternalista de negación de la soberanía democrática, fundada en la autonomía y responsabilidad de los ciudadanos. Y,en tercer lugar, porque eliminar de las obras literarias todo lo que zahiere los valores vigentes priva a la literatura (yen general al arte) de una de sus principales funciones: la de despertar las tensiones morales que laten tras la aparente estabilidad de nuestras ideas y valores, provocando el conflicto interno, el diálogo y el cambio. Y esto no solo en los adultos, sino también en los niños, en los que los cuentos «incorrectos» suponen un revulsivo moral y un elemento imprescindible para aprender a afrontar el mundo.

Así que rebélense: exijan leer a Agatha Christie en versión original. A Christie y a todos los demás, porque no duden de que esto no acaba aquí, y que estos orwellianos «comités de lectores sensibles» acabarán reescribiéndolo y homogenizándolo todo, de la epopeya de Gilgamesh al último mensaje en las redes, olvidando que parte de la fuerza que aplicamos a luchar por lo mismo que ellos, depende de que sigamos reconociendo en el lenguaje toda la complejidad humana, buena o mala, que nos rodea (y habita). Y de que, así, nos hagamos más sabios y críticos; no más lerdos y ciegos.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Consumar

 

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

En unos meses tendremos que elegir gobierno. Dado que los dos grandes partidos que solían capitalizar el poder tienen ahora que pactar con otros grupos (pasa en las mejores democracias), solo hay dos opciones realistas: un nuevo gobierno de derechas coaligado con la ultraderecha, o mantener la coalición progresista que gobierna hoy. De esto se deduce que el único modo de evitar que la ultraderecha llegue al poder es que gane las elecciones la coalición progresista.

Segunda obviedad: la coalición de derechas tiene en sus manos varias cartas habitualmente ventajosas (el apoyo de sectores económicos muy poderosos, la crispación que generan sistemáticamente los medios de comunicación afines, etc.), pero hay dos completamente decisivas: la tradicional impasibilidad del voto progresista, y el deseo natural de renovación por parte del electorado frente a un gobierno que inevitablemente, y pese a sus logros, denota el desgaste propio al ejercicio del poder – recuerden que, entre otras cosas, ha afrontado una pandemia mundial y las secuelas económicas de una guerra –.

Dicho lo anterior, la tercera idea cae por su propio peso: la única posibilidad de que gane las elecciones la coalición progresista es que esta se presente como un proyecto renovado y fortalecido, capaz de generar ilusión y movilizar a los votantes. Y para ello no sirve empeñarse en publicitar lo ya hecho, por trascendente que sea: lo que ilusiona y moviliza a la gente no es el pasado (lleno además de las sombras que proyecta todo lo que se hace real), sino una cierta visión de futuro. Renovarse o morir. Eso, y exhibir unidad y capacidad de consenso (hacia dentro y hacia fuera). Esa capacidad de consenso es la marca de calidad distintiva de un gobierno de coalición, y presupone, además, otro activo importantísimo para lograr la victoria: ofrecer esa imagen de moderación, sensatez y diálogo resolutivo que tanto aprecia la ciudadanía, y de la que pretende apropiarse en exclusiva el bifaz Feijóo (digo «bifaz» porque a la vez que vende esa imagen de moderación se abre al pacto con la ultraderecha, sin complejos ni cordones sanitarios que valgan).

¿Qué se deduce de todo esto en términos concretos? Es fácil y todo el mundo lo sabe. A las elecciones generales ha de concurrir, del lado progresista, una proto-alianza entre el PSOE y SUMAR, la plataforma que ha ido pacientemente construyendo Yolanda Díaz. Una alianza en la que SUMAR proporcione justo esos elementos de renovación, unidad y diálogo que hacen falta para ilusionar y movilizar al electorado progresista y de izquierdas. 

¿Y por qué SUMAR y no otro proyecto político? Pues porque SUMAR y Yolanda Díaz representan, ahora mismo, esa dimensión renovadora, de unidad y de talante que acabamos de decir. SUMAR tiene todo el aire de ser un movimiento político nuevo, constituido como una plataforma cívica y plural de regeneración democrática (tal como lo fue Podemos en sus inicios); representa también la anhelada unidad de la izquierda (tarea en la que Podemos ya dio de sí lo que pudo); y encarna, en la figura y el carisma de su líder, una voluntad de consenso y diálogo alejada de la crispación constante (ininteligible a veces para la mayoría) que muestra con frecuencia Podemos. SUMAR supone entonces todo lo que hace falta para romper el nicho electoral de la izquierda de toda la vida (lo mismo que logró Podemos en sus inicios para convertirse, después, en una Izquierda Unida 3.0).

Todo esto parece evidente. Y frente a estas evidencias, a Podemos no le cabe más que sumarse disciplinada y responsablemente al único proyecto viable que puede parar a la ultraderecha y con el que comparte el 90% de sus objetivos. Todo otro asunto o polémica está completamente injustificado. Es lógico que el resto de los partidos convocados por SUMAR quieran esperar a los resultados del 28-M para establecer cuotas: el proyecto de Díaz es a futuro, y tiene que jugar con una correlación actualizada de fuerzas. Es lo justo y democrático. Parece mentira que algunos líderes de Podemos, muchos de ellos talentosos politólogos, no vean lo que se nos viene encima y anden reivindicando méritos como viejos y cansinos popes de la izquierda. Olvidan que a sus potenciales votantes les dan soberanamente igual (si es que no les provocan legítimo rechazo) las trifulcas personales, las luchas internas de poder, los protagonismos innecesarios y el destino, en general, de los personajes que hoy, eventualmente, dan rostro a uno u otro proyecto. En política sobran egos y soberbia, y falta sentido de la responsabilidad. En esto se parecen todos los partidos, pero los de izquierda deberían ser aquí un ejemplo de subordinación de las posiciones particulares al interés de esa mayoría progresista que de ninguna manera quiere a un partido como VOX gobernando este país.   

Cavernícolas

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