lunes, 13 de julio de 2026

La prioridad del miedo

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Acojona ver la foto de una chica afroamericana rodeada de encapuchados supremacistas en el metro de Washington. Ocurrió hace unos días, durante las ceremonias con aroma a congreso de Núremberg con que Trump se ha celebrado a si mismo confundiéndose con la nación que preside. La milicia de encapuchados de la foto (el «Patriot Front») tiene el nombre, la pinta (virilidad, fiereza, determinación) y las mismas ideas (orden, pureza, tradición, prioridad nacional) que las de por aquí. Dan miedo y de eso se trata. Al día siguiente, esa especie de nuevo «duce» histriónico que es Trump llamó por teléfono al lacayo que dirige la FIFA para que le retirase una tarjeta roja a la estrella de su selección de fútbol, orden que el lacayo obedeció de inmediato.  

La libertad con que las nuevas generaciones del Ku Klux Klan desfilan por Washington o la desvergüenza con que Trump exhibe públicamente su poder no son ninguna bagatela. Cuando el miedo y la coacción se trasladan desde la tramoya a la escena misma de la representación política es porque han adquirido un valor simbólico y una función social incontestables, de manera que lo que antes ocurría en los márgenes de la ley y la moral comienza a normalizarse ahora en las calles, en los medios, en las escuelas, en las relaciones internacionales, laborales, familiares o afectivas… Es el triunfo de la política del miedo, probablemente acatada – dirán algunos – por miedo a algo peor. ¿Pero qué puede haber peor?

En nuestro país, los partidos mayoritarios han dado prioridad a esta política desde hace años. Dada la ausencia de una verdadera controversia ideológica (o dada su ineficacia en el competitivo orbe mediático), la estrategia ha consistido básicamente en meter miedo (o en multiplicar y canalizar el que ya hay). Miedo a la inestabilidad política, a la ruptura del país, a la resurrección del terrorismo, a la ocupación de nuestras casas, a la tiranía «woke», al comunismo tiránico, al fascismo redivivo, a la invasión inmigrante… 

Fíjense que el recurso al miedo es mucho más efectivo que el de los escándalos de corrupción (la otra pista del circo). El teatrillo de la indignación moral por la corrupción ajena solo arranca aplausos entre los fieles (¿Quién está aquí libre de pecado?), pero el miedo se lleva de calle al electorado más esquivo. La táctica de esparcir podredumbre solo te hace mirar a otro lado (al de la paja ajena), pero la de provocar miedo te deja ciego y necesitado de guía. 

Piensen, por ejemplo, en el miedo a los inmigrantes. La inmensa mayoría trabaja y cotiza igual o más que nosotros. La inmensa mayoría son latinos, tan "culturalmente" españoles o más que nosotros. La inmensa mayoría son más jóvenes y necesitan menos cuidados y servicios que nosotros. Y la inmensa mayoría – como es lógico – aspira a regularizar su situación y tener los mismos derechos que nosotros. ¿A que tenemos miedo, entonces? ¿A qué saturen los servicios sociales que ellos mismos sostienen? ¿A que nos dejen sin las viviendas que ellos mismos construyen?... ¿No sería más sensato dejar de votar a los partidos a los que los servicios sociales o la vivienda pública les traen al pairo? ¿Ven lo que les decía de la ceguera? Pues así todo. 

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