jueves, 26 de noviembre de 2015

Sofistas, yihadistas y filósofos.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura

Está claro que en las antiguas guerras del Peloponeso, esas que libraron durante años Atenas y Esparta, los atenienses tenían todas las de perder. Una de las razones era la afición de los jóvenes de Atenas a las ideas que enseñaban los sofistas, maestros, al decir de sus críticos, del arte de hacer pasar lo justo por injusto y viceversa (según fuera interesando). Parece que los sofistas inocularon en los atenienses el mal del relativismo (nada hay realmente justo ni injusto) y, en consecuencia, los jóvenes no luchaban ya con el ardor guerrero que se espera de un patriota convencido de lo que defiende.

¿Se imaginan ustedes al ejército de los relativistas atenienses peleando con el de los fanáticos soldados espartanos? Mientras los atenienses discutirían y relativizarían las arengas de sus generales, los espartanos avanzarían bajo un mismo ideal ciegamente compartido, como un solo hombre. No por nada los unos (los atenienses) vivían en un régimen democrático, donde todo se discutía, y los otros (los espartanos) bajo una monarquía, donde no cabía más que obedecer. Además, frente a los críticos y contemplativos atenienses, los espartanos eran adiestrados, desde niños, en la obediencia y el esfuerzo ciego. ¿Cabrá mejor “educación” que esa para ganar guerras?

Después de los recientes atentados de París, han surgido, como de costumbre, un montón de tipos duros que apelan, como en la Atenas antigua, y con argumentos parecidos, a dejarnos de debates filosóficos y a comportarnos como espartanos con los espartanos yihadistas que amenazan nuestro sistema de vida. Otros, más conscientes de todo lo que debe ese modo de vida nuestro a la antigua Atenas, piensan que comportarse como yihadistas para vencer a los yihadistas, en el grado que sea, supone dar la victoria a los enemigos, renunciando a nuestra propia identidad como europeos. ¿Qué hacer entonces?

La solución no debería pasar, en cualquier caso, por negar o traicionar lo que somos. El remedio para salvarnos del relativismo y la laxitud moral, no debería ser volvernos tan fanáticos como los fanáticos, sino, todo lo contrario: recordar todo lo racionales que podemos y hemos querido ser. Lo que necesita esta Europa, otra vez repleta de sofistas y de tipos duros proclives al fanatismo occidentalizoide, es una vuelta a lo mejor de sí misma. ¿Y qué es ella misma? Europa es razón. Razón huérfana de dogmas religiosos (eso la diferencia de Oriente), y razón relativamente libre de intereses prácticos y del servicio al poder (eso la diferencia de una simple tribu, o de un imperio tiránico). Razón sin dogmas; razón libre: pura teoría, crítica sin concesiones. Todo eso fue, o quiso ser, alguna vez, Europa. Y aunque en la Edad Media volviese a someterse a dogmas, y en la Modernidad al espíritu pragmático y al imperialismo codicioso de los sofistas y los burgueses, la razón no ha dejado, nunca, de volver a convocarnos. Como también es ella, ahora, lo único que puede salvarnos, si es que aún tal cosa es posible.

Fíjense que justo lo único que no hemos dado a los jóvenes inmigrantes de los suburbios de París, o Londres, o Bruselas, es, precisamente, eso: razones. Les hemos dado bienestar y relativismo, pero ni una sola razón para desear ser europeos. Muchos de los jóvenes que atentan en Europa han sido educados aquí, incluso han ido a la Universidad, pero esto les ha servido de muy poco. Lo único que han aprendido allí son ciencias particulares y tecnología (la misma que ahora ponen al servicio de sus creencias), pero nada de razones. El espíritu pragmático y codicioso de la modernidad trocó la filosofía por el cálculo estrecho, y apegado a los hechos, de la ciencia, que hacía ganar guerras y mercados. El precio fue la escisión entre el “espíritu” y la “materia” (bajo el espíritu del materialismo), la distinción entre el “valor” y el “hecho” (bajo el criterio de valor que supone la sujeción de toda verdad a los hechos). Desde entonces creemos que, si bien la materia y sus hechos son objetos de explicación racional, los asuntos del espíritu o los valores son racionalmente indeterminables. La razón moderna enseña física, o lingüística, pero no te enseña a manejarte racionalmente con la vida, a buscar su sentido, a comprender por qué es bueno lo bueno, o injusto lo injusto. La renuncia al luminoso sueño ateniense (quizás alucinado) de una racionalidad completa, sin escisiones –ese sueño es la filosofía –, ha dejado las grandes preguntas a merced de las subjetividades personales (eso es el relativismo del sofista) o de los púlpitos religiosos (de ahí el fanatismo). Una combinación de ambas cosas, de relativismo y fanatismo, es lo que puede acabar con Europa, tal como acabó con su madre, con la Atenas clásica, durante las guerras del Peloponeso.


Si no queremos que esto vuelva a ocurrir, solo hay una opción. Contra el relativismo y el fanatismo solo caben más y mejores razones. El filósofo Platón decía que este mundo (y nosotros, que lo hacemos así) no tendrá arreglo hasta que los filósofos gobiernen. En una democracia, esto quiere decir: hasta que todos los ciudadanos sean filósofos. O sea: hasta que todos desarrollemos la capacidad para hacernos conscientes de las ideas que nos habitan, de someterlas a crítica racional, y de asumir libremente, y en diálogo con otros, aquellas que nos parezcan realmente verdaderas y justas. Todo este complejo desarrollo se llama educación (y no tiene nada que ver con el adiestramiento de los espartanos – o con la educación para sofistas que preconiza la LOMCE –). Este sueño, el de cambiar el mundo a través de la educación, el mismo que se esbozó, por vez primera, en La República de Platón, es el sueño que, junto al de una razón común y sin escisiones, nos constituye fundamentalmente como europeos. Hasta que los europeos no volvamos a soñar ese sueño, y a bombardear con él el mundo, los sofistas y los fanáticos seguirán enfangándolo todo con sus pobres y tristes guerras.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Día Mundial de la Filosofía 2015.

Hoy era el Día Mundial de la Filosofía, establecido así por la UNESCO en 2005. Lo hemos celebrado, entre otras cosas, con una carrera por todos los institutos de Mérida. También ha habido entrevistas en televisión




y otras actividades (una de ellas, super interesante, y promovida por la UNESCO, os la enlazo aquí). 

Gracias a todos por tener un filósofo dentro y por participar!!!










domingo, 15 de noviembre de 2015

Lo llaman terrorismo, y no lo es.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


La compasión por las víctimas de los recientes acontecimientos de París no debería ocultar las nauseas ante todo lo que late tras esos terribles hechos. Hora tras hora los titulares de los informativos vuelven a repetir machaconamente las consignas acostumbradas: barbarie terrorista, atentado a la humanidad, ataque a la democracia y las libertades, lucha contra el mal, todos somos Francia, etc. No se trata solo de frivolidades que no explican nada, sino, más aún, de frivolidades capciosas, lemas a corear que sustituyen el análisis y ocultan todo asomo de crítica. Son mera propaganda de guerra.

Porque no, no se trata de terrorismo. Se trata (como reconoce el gobierno francés) de una guerra. Más concretamente, del capítulo de una guerra que se anda librando en Oriente Medio desde hace un siglo, y en la que Occidente y Francia son parte interesada. Desde la creación artificial de estados (como Siria) mezclando minorías bajo el yugo de tiranos amigos, hasta la ilegítima ocupación de Irak, pasando por la imposición a sangre y fuego de un estado judío (por motivos, además, explícitamente religiosos), y cien avatares más (incluido el conflicto Sirio, en el que parece revivirse una segunda guerra fría), Occidente se ha ganado a pulso sufrir (aunque sea en contadas ocasiones) las consecuencias de esta guerra por controlar una de las regiones con más valor estratégico y económico del mundo.

Y no, no se trata tampoco de un acto de barbarie gratuita. En la guerra cada uno usa las armas que tiene a su alcance. Si Occidente dispone de flamantes portaaviones y aviones con que, sin apenas riesgo (para ellos, aunque sí para la población civil), “eliminan” con perfecta asepsia a los enemigos (del trabajo sucio se ocupan mercenarios a sueldo), los “bárbaros terroristas” usan lo que tienen más a mano: hombres bomba desesperados y desarraigados sin nada que perder en la tierra y mucho que ganar en el cielo.

Tampoco es un atentado contra la humanidad. Es un ataque contra Francia y Occidente desde otra de las facciones de esta guerra (entre las que se estará celebrando esta victoria con palabras inversas pero parecidas a las de nuestra propaganda). Un ataque despiadado, pero no más que los que se suceden casi cada semana, sin apenas cobertura mediática, en países donde la gente no muere mientras cena en restaurantes o disfruta de un concierto, sino en mercados y mezquitas donde sobrevive a su hambre y su desesperanza (o en el mar tratando de escapar de donde las bombas no son excepción sino costumbre). Que París o Nueva York se consideren la Humanidad supongo que tiene que ver con que sus muertos valgan mil veces más de tiempo e interés que los muertos de la humanidad sin mayúsculas, aunque unos y otros se deban a la misma e innoble guerra.

No se trata de una lucha entre la civilización y la barbarie, sino entre unos determinados intereses y Estados, que pretenden mantener su influencia hegemónica en la zona, y otros intereses, Estados y proto-Estados (a menudo arrabales monstruosos de los nuestros) que también quieren, legítimamente (es decir “por la fuerza”, que es – como todos sabemos – lo que realmente significa para la mayoría la palabra “legitimo”), su parte del pastel, además de otras cosas no menos importantes: identidad, dignidad, respeto internacional, etc.

Tampoco es un ataque contra la Libertad y la Democracia. Ni libertad ni democracia son las cosas que más ha importado Occidente a Oriente Medio; más bien han sido tiranía, violencia y codicia lo que han heredado de nosotros. Quizás no tenga otra cosa que dar el llamado “mundo libre”, tan proclive como es a confundir la libertad con el libre mercado, y a la democracia con el ritual legitimador de las mayores desigualdades. Tal vez también por eso haya tanto “terrorista” entre nuestras propias filas. Contaba Borges la historia de aquel bárbaro lombardo que, al sitiar Ravena, se vio tan impresionado por lo civilizado de lo que asediaba, que se pasó al enemigo y murió por defender la ciudad. No parece que nuestra civilización ejerza, ahora mismo, ese poder de atracción sobre estos nuevos “bárbaros” (más bien parece lo contrario). Entre otras cosas, quizá, porque no son precisamente las obras de Borges lo que nuestros inteligentes bombarderos suelen lanzar a la gente.


Los acontecimientos de París son, en conclusión, y como los de cualquier guerra, terribles. Y volverán, obviamente, a repetirse (con toda la retahíla de consignas y lamentos hipócritas detrás) mientras esa guerra dure. Algo útil que, no obstante, podemos hacer, para que deje de durar, es no dejar que el lenguaje de la propaganda bélica piense por nosotros. No, no es simple terrorismo. Ni los “otros” son unos simples bárbaros fanáticos (aunque también lo sean), ni nosotros somos la Humanidad ni el Reino de la Libertad y la Democracia. La cosa es, me temo, bastante más compleja. Y contra la complejidad de nada sirve invocar al dios de las batallas, corear consignas ni entonar La Marsellesa. Parodiando la simplificación del Obispo Cañizares, en Occidente no todo es (ni mucho menos) trigo limpio. Y por ahí hay que empezar. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Como distinguir a un filósofo de los demás mortales

Rene Magritte. Philosophers lamps. 1936.
Los despreocupados (por no decir otra cosa) editores de la maravillosa revista Humano, Creativamente Humano, han tenido a bien publicarme este texto, pretendidamente humorístico, sobre la idiosincrasia (por no decir otra cosa) de los filósofos. Benditos sean!

martes, 10 de noviembre de 2015

Las propuestas de José Antonio Marina


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura

No coincido con José Antonio Marina en muchas ideas, pero me parece una persona intelectualmente honesta y razonable, que merece una crítica mejor fundada que muchas de las que ha recibido, durante estos días, a propósito del Libro blanco de la función docente que está elaborando por encargo del PP.

Se atribuyen a Marina varias propuestas escandalosas. La primera es la de pagar a los profesores en función de los resultados académicos de sus estudiantes. Lo que realmente ha propuesto Marina es estimular a los buenos profesores mediante el reconocimiento de su labor (de varias maneras, entre ellas – pero no necesariamente la fundamental – la de incrementar su salario). Este reconocimiento estaría en función de una serie de criterios, aún por ponderar, entre los cuales estaría, como uno más – pero no necesariamente el fundamental – el de los resultados académicos (y siempre teniendo en cuenta las circunstancias socio económicas del centro, y mil cosas más).

Yo no estoy en absoluto de acuerdo con que la clave del asunto sea la de estimular con reconocimientos (económicos o no) a los profesores. Pero me extraña que gran parte del gremio proteste ante esta medida. Al fin y al cabo, muchísimos profesores entienden del mismo modo la motivación y la evaluación de sus alumnos (mediante premios y castigos, puntos positivos y negativos, ceros y dieces). Algunos de mis colegas me sonríen con ironía cuando afirmo que los alumnos vienen al instituto con verdaderas ganas de aprender. Según dicen, los alumnos no quieren, en general, aprender, y la única manera de que lo hagan es poniéndoles exámenes y repartiendo entre ellos premios y suspensos. Los que ni aún así aprenden es que son unos vagos redomados o unos tontos de remate. No hay más... Es un poco raro que muchos de los que piensan todo esto se quejen, a la vez, de que se les quiera medir a ellos con ese mismo rasero simplón y malpensado. O de que, simplemente, se les quiera medir, como si hubiera que tener en ellos la confianza –en la vocación por enseñar— que ellos no tienen en la vocación por aprender de sus alumnos.

Lo segundo que ha escandalizado a muchos es la presunta recomendación de grabar con cámaras a los profesores. Antes que nada, esto es falso. Lo que Marina ha recomendado es que, a petición del profesor, se graben algunas de sus clases para luego analizarlas y detectar los fallos que uno no suele apreciar por sí mismo. No es más que una técnica frecuente en profesionales dedicados a la comunicación. Pero es que, incluso si la propuesta hubiese sido la de poner cámaras o paredes de cristal en las aulas, como ocurre en otros países, no entiendo muy bien en qué habría de consistir el problema. Uno de los monumentos que enseñamos a los alumnos cuando visitamos (desde hace unos años) Berlín, es la impresionante cúpula de cristal y espejos que corona el Reichstag, y que fue diseñada por Norman Foster para simbolizar la transparencia política que debe regir en una democracía (de hecho, desde la cúpula el visitante puede contemplar la actividad de los parlamentarios). Si exigimos esa transparencia a los políticos (o a todo el que nos presta un servicio, público o privado, desde el juez al carnicero que nos corta la carne), ¿qué hay de malo en exigirla también a los profesores?

En cuanto al resto de las propuestas de Marina, creo que aciertan parcialmente en el diagnóstico, aunque no en absoluto en el tratamiento. Parece claro que una de las causas de los problemas en educación se debe a la falta de formación pedagógica del profesorado (a lo que en ocasiones se une el desprecio de muchos profesores por la pedagogía – como si, siendo pedagogos, tal cosa no fuera con ellos, o como si el arte de enseñar fuera una ciencia infusa o innata que ellos no tuvieran que aprender –). Obviamente, hay muchos otros problemas en la educación (la falta de equidad, la debilidad y maleabilidad política de los principios educativos, el trato a los alumnos, etc.), pero las propuestas de Marina se circunscriben al papel del docente, no a todo los aspectos del sistema educativo.

En cuanto al tratamiento del problema, creo que Marina se equivoca. De un lado, la docencia es una profesión eminentemente “vocacional”, en la que no tiene sentido introducir incentivos como en una empresa. Aumentar el salario de los profesores (por ejemplo) no iba a hacer que los que tienen vocación tuvieran más, ni que los no la tienen la desarrollasen (a lo sumo, aprenderían a maquinar lo que haga falta para lograr el premio – y a enseñar eso mismo a los alumnos – ). Amén de que este tipo de medidas pervierte el sentido de lo que un docente debería transmitir siempre, enseñe lo que enseñe: el amor por el propio conocimiento, sin más recompensa que la del desarrollo personal que este procura.

De otro lado, y dado que la educación va dirigida a seres humanos, la formación del profesorado no debe ser solo (ni fundamentalmente) técnica, ni de cariz puramente psicopedagogico, sino también (y sobre todo) de carácter moral, y fundada en una reflexión profunda y persistente sobre el valor y el sentido de la educación. Sin ese fundamento moral no hay, en el fondo, nada. Y con el, casi no falta, ya, nada más. El dinero más valdría gastarlo, entonces, en mejorar las circunstancias en las que tengan que trabajar esos profesores con vocación, bien formados y moralmente motivados. Si hay docentes capaces de despertar el deseo de conocimiento en aulas con treinta y cinco niños encadenados durante seis horas a un pupitre (¡y los hay, y muchos!), imaginad lo que no serían capaces de hacer, esos mismos maestros y profesores, educando tan solo a veinte, en espacios abiertos, y con todos los medios imaginables a su alcance. Esto sería... No sé. ¿Finlandia?



domingo, 8 de noviembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

La izquierda y el derecho a decidir de los catalanes.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


Acierta y se equivoca la izquierda española en relación al problema catalán. Acierta (como, por otra parte, casi cualquiera que no esté ciego) al interpretar el conflicto como parte de la estrategia electoral tanto del gobierno como de los independentistas. Se equivoca, entre otras cosas, al presuponer el derecho a una consulta soberanista en Cataluña.

Lo primero es fácil de ver. Como dijo Errejón hace unos días, Rajoy y Mas parecen estar dirigiéndose mutuamente la campaña electoral. Ambos se necesitan. Ni el gobierno ni el frente independentista catalán (ese extraño pacto anti-capitalista-liberal liderado por Convergencia, Esquerra y la CUP) están en su mejor momento. ¿Qué mejor que renovar el ardor patriótico de los votantes para recuperar fuerzas? No es ninguna casualidad que a las provocaciones de los independentistas en el Parlamento catalán les acompañe la difusión casi ininterrumpida de los vericuetos del caso Pujol, o de las comisiones del 3% con que se ha estado financiando el partido de Mas. Partido Popular e independentistas buscan con descaro la provocación. El Partido Popular, que no va a despegar electoralmente vendiendo sus presuntas hazañas con la prima de riesgo, necesita presentarse como el sólido contrafuerte de la unidad de España. Y los independentistas, incapaces de convencer a más catalanes de las ventajas de cambiar de estado, no tienen otra que excitar el sentimiento patrio con un desencadenante infalible: los agravios del Estado español. Al PP y a los independentistas les vienen de perlas tanto las amenazas veladas de Rajoy como las apariciones teatrales de Más (e incluso Pujol) en los juzgados. Es la perfecta armonía de los contrarios. Si la jugada les sale bien, el PP podría volver a gobernar en España (probablemente con Rivera), y Cataluña podría acabar de ser, en no mucho tiempo, propiedad exclusiva de la burguesía catalana que la gobierna desde hace siglos (a los de la CUP siempre le quedará el consuelo de que, puestos a soportar capitalistas, mejor que sean autóctonos –amén de las competencias en auxilio social y en cultura republicana, que seguro que, en señal de agradecimiento, se las dan a perpetuidad —).

Ni que decir tiene que, de todo este cambalache político, quién sale más perjudicada es la izquierda. Ni el conflicto independentista le beneficia en España (en donde da votos al PP y a Ciudadanos –mucho más que al PSOE y a su fantasmagórica propuesta federalista--), ni tampoco en Cataluña, donde la izquierda no independentista casi ha desaparecido, y la independentista se inmola en aras de la Patria (y de las huestes de Convergencia que, de un modo u otro, van a seguir en el poder). La apuesta de Podemos e Izquierda Unida por condescender con el independentismo solo les acarrea el desprecio de la izquierda patriótica catalana (que no quiere condescendencias, sino la independencia y lo más rápido posible), y la incomprensión en el resto de España.

Además, la izquierda española se equivoca al defender el derecho a un referendum soberanista en Cataluña. Se equivoca estratégicamente (porque ni siquiera los independentistas están ya en esa fase del proceso – hace apenas unas semanas que han votado, de hecho, en un referendum que ya era secesionista, y que no les ha salido bien – ). Y se equivoca, también, y sobre todo, políticamente, asumiendo el presunto derecho de los catalanes a decidir si quieren romper con España e instituir un estado propio.

Es pura demagogia y una completa falacia afirmar que en una democracia todo está sujeto al escrutinio de los votos. En ningún Estado democrático hay derecho a votar contra el propio marco jurídico que representa el Estado (y que es el que te permite votar). Para romper con el Estado hay que salirse de él y, por tanto, también del derecho. Así que no, no cabe legitimar con la ley la ruptura con la propia ley. Si así fuera, yo y unos cuantos colegas docentes también exigiríamos el mismo derecho a votar si abandonamos o no el sistema educativo y hacemos uno nuevo. O yo mismo exigiría mi derecho a decidir independizarme en mi propia casa, como reza la publicidad de una conocida marca de muebles. ¿Por que no habríamos de tener ese derecho yo, o un grupo de amigos, si lo tienen un grupo de catalanes? ¿Qué tiene la catalanidad que no tengan unos mismos principios educativos, o una personalidad tan coherente que no quiera seguir sino sus propias normas?

El ejemplo paradigmático de esta falacia de afirmar el derecho a acabar con el derecho es el presunto derecho a votar y decidir sobre la propia soberanía. ¿Cómo se puede votar la soberanía, si es ella misma la que legitima tu voto? Es tan absurdo como querer decidir con los votos si hay que decidir las cosas votando. Si los catalanes se suponen a sí mismos soberanos para votar o decidir su propia soberanía, ya no hace falta que voten: ya se han concedido la soberanía a si mismos antes de empezar a votar nada.

Como afirmaba Kant, el “derecho a la rebelión” es una contradicción en sus términos. No hay ninguna ley que ampare saltarse la ley. Lo que hay son rebeliones a secas. Y una rebelión no puede ser, por principio, legal. Lo que sí puede ser es legítima o justa, o ilegítima y por la fuerza. Pero la legitimidad en el caso del independentismo catalán depende de que nos convenzan de cosas (tan peregrinas) como que los pueblos son entidades soberanas detentadoras de derechos (más o tanto que los individuos), que la identidad de las personas está en la lengua que hablan (en lugar de en lo que dicen y piensan con ella), o que Cataluña es una colonia del Imperio español (en vez de ser y haber sido los españoles, muchos y durante mucho tiempo, emigrantes – y vendedores de materias primas, y compradores de manufacturas— en la gran metrópoli catalana). Si no nos convencen de todo esto (como parece que no es el caso), a los independentistas solo les queda el recurso a la rabieta y a la fuerza: el chantaje político, la provocación victimista, la demagogia y la manipulación elevadas a la enésima potencia. Y, finalmente, el golpe de estado sobre la mesa del Parlamento. Saben de sobras que nadie va a sacar los tanques a la calle. Entre otras cosas porque eso, también, les vendría que ni pintado.