viernes, 18 de diciembre de 2015

La educación que queremos, y Podemos.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura. 


Una de las últimas perlas de la campaña electoral ha sido la declaración del líder de Ciudadanos, Albert Rivera, cuestionando la condición de funcionarios de maestros y profesores de la escuela pública. La demagogia de este tipo afirmaciones (demagogia porque se funda en prejuicios, ignora que hay mecanismos de control del trabajo de los funcionarios, y olvida que en los países más civilizados de Europa hay más funcionarios que en el nuestro –y funcionan, justo por eso, a la perfección –) no logra ocultar el verdadero problema que tiene el partido de Rivera con los funcionarios.

El problema es que los funcionarios docentes representan, en el ámbito educativo, a la cosa pública, que decían los romanos. Y tal cosa no solo ha de repugnar, por principio, a un partido neoliberal, como es Ciudadanos, sino que, encima, esta impidiendo aprovechar un yacimiento inmenso y casi virgen de negocios: el de la educación. La reforma educativa del PP (la LOMCE), de clara tendencia liberal, consiste, de hecho, en ir transformando los centros educativos en algo lo más parecido posible a empresas, y a los programas educativos en algo lo más parecido posible a programas de formación para empresarios o para empleados (según la rama, preferente o de segunda clase, a la que se encamine a cada alumno ya desde la E.S.O). Ahora bien, como la ciudadanía no está del todo convencida, aún, de lo buena que es la idea de convertir la escuela pública en una empresa privada, la estrategia consiste en hacerle creer que la educación pública no funciona, en intentar deteriorarla todo lo posible, para venderles después la imperiosa necesidad de su privatización. Este, y no otro, es el problema que tiene Ciudadanos con los funcionarios docentes.

Porque gracias a ellos, al trabajo diario y casi heroico de maestros y profesores, y pese a todos los esfuerzos, retóricos y políticos, para desacreditar y hundir la escuela pública, esta sigue, mal que les pese a muchos, funcionando. Y eso, pese a enormes problemas de dotación de medios y de personal, o pese a haber tenido que integrar, en muy poco tiempo, no solo a inmigrantes, sino a cientos de miles de niños y jóvenes de baja extracción social que, en nuestro país, tras siglos de desidia y elitismo, se han incorporado, al fin, al sistema educativo. Todos los datos desmienten, además, la fama de “mala calidad” del sistema de educación pública. Nunca ha habido en este país la tasa de escolarización que hay hoy, nunca jamás ha sido tan baja la tasa de abandono escolar (si contamos como abandono escolar el no haber pisado jamás un Instituto de secundaria), nunca jamás ha habido en este país tantos jóvenes tan preparados (demasiados, en opinión del ministro de educación, para el que los españoles hemos estudiado por encima de nuestras posibilidades). Y todo esto, hay que repetirlo, ha sido gracias a Escuelas, Institutos y Universidades públicas. Y públicas no porque sean (o hayan sido, hasta la llegada del PP al poder) prácticamente gratuitas, sino porque representan y persiguen el bien público, y no el negocio y el beneficio privado, cosas que, aunque algunos simulen no entenderlo, son diferentes, incluso opuestas.

Pero más allá de sus funcionarios, la mayor prueba, para mi, de la calidad que sigue teniendo la educación pública son sus alumnos. Contra muchos prejuicios al uso, no dejo de ver aparecer por las aulas del centro público en que trabajo una elevada y creciente proporción de alumnos brillantes, motivados, inquietos. Tal vez no se les eduque bajo el modelo de triunfador que defenderían Wert o Albert Rivera, pero no por ello (o precisamente por eso) han dejado de formarse como personas sensibles, honestas, comprometidas, lúcidas, críticas y libres.

Muchos de ellos no solo tienen expedientes académicos magníficos, sino un compromiso decidido con su entorno social. No pocos, y contra otro tópico injustificado, han llevado ese compromiso incluso hasta el grado del activismo político. No son dos ni tres, sino bastantes más los alumnos y ex-alumnos que veo metidos en política. Muchos, es cierto, y no casualmente, en Podemos. Digo que no casualmente porque Podemos es, en buena medida, un fenómeno forjado en el seno de la educación pública: en sus universidades y en movimientos sociales (las mareas, el 15-M...) protagonizados, en parte, por estudiantes y docentes de la misma.

He de decir que jamás he estado más orgullos de mis alumnos que cuando, contra todo “pronóstico”, los he visto, megáfono en mano, pidiendo paso a sus ideales contra todos los miedos, inercias e intereses de los que defienden, unos como corderos y otros como lobos, su comodidad y sus privilegios. O cuando los he tenido como compañeros de debate en los innumerables foros con que Podemos ha hecho despertar a tantos jóvenes y no tan jóvenes a la necesidad de protagonizar, como sociedad civil, los procesos políticos y a hacer realidad una democracia que, hasta ahora, se ha limitado a ser el ritual legitimador del poder de unos cuantos.


Hace unos días, en un vídeo que se ha hecho viral en las redes, un joven candidato de Podemos, David Bravo, expresaba de forma muy gráfica, y divertida, lo que ha pasado en este país desde hace unos años. Durante las protestas del 15-M, o ante el Congreso durante el 25-S, contaba Bravo que los que participaban en ellas eran frecuentemente interpelados con aquello de: “si de verdad queréis cambiar las cosas, dejad las protestas y fundad un partido político”. Pues... ¡Hola! Aquí está: Podemos, y toda una nueva generación de jóvenes forjados, en su mayoría, en la escuela pública, han aparecido y aspiran legítimamente a gobernar lo que parecía propiedad de unos pocos. Pese a tener todo en contra (todo el poder de los más poderosos y sus medios de comunicación, todos los prejuicios y miedos posibles, toda la inexperiencia del mundo), Podemos ya ha podido, como mínimo, abrir un claro a la sociedad civil, reforestar a la izquierda, y darnos un poco de aliento a todos los que defendemos el bien público, la dignidad y la justicia frente al avance de la locura global del negocio y la codicia sin límites. Y también, de paso, dejar una vieja cosa nuevamente clara: la regeneración y el cambio de una sociedad vienen siempre del mismo lugar: de la educación libre, crítica, plural, y en el valor de lo común, de sus ciudadanos. En pocas palabras: de la educación pública.



lunes, 7 de diciembre de 2015

La democracia como espectáculo deportivo.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura y en la revista Humano, creativamente humano.


Faltan tantos días y horas – claman los periodistas – para el gran debate (combate) televisivo entre los líderes (campeones) de los distintos partidos políticos (equipos). Mientras tanto, los partidos hacen nuevos “fichajes”, y sus líderes, junto a una corte de asesores (entrenadores) visitan los estudios (estadios) de radio y televisión para someterse a todo tipo de pruebas de habilidad: cantar, bailar, cocinar, contar chistes... Por cierto que la prueba de más rabiosa actualidad es (y es muy significativo) la de acudir como comentaristas a los programas deportivos de más audiencia. En cualquier caso, al final de cada actuación los líderes proclaman ufanos que, digan lo que digan las encuestas (los pronósticos), ellos “van a salir a ganar”, y que en estas elecciones (este campeonato), “van a ir a por todas”. Mientras, el publico (la hinchada) escucha con satisfacción estas familiares proclamas y acude a los mítines, con sus banderines e himnos, a admirar, en directo, los regates dialécticos y las piruetas retóricas de las estrellas del equipo. Otros, la mayoría, se limitan a hacer sus apuestas sobre el resultado de los debates o en las urnas. Por cierto, ya tarda alguien en inventar algún procedimiento por el que el voto se asimile a una suerte de quiniela en el que los ganadores obtengan algún premio (ya que el cumplimiento de los promesas electorales se ve que no). Me apuesto el alma a que se duplicarían los índices de participación. En fin, y como puede verse, el juego democrático se ha convertido en esto: en un gran espectáculo deportivo.

Que el ejercicio del poder tenga una dimensión teatral o espectacular es algo tan antiguo como el poder mismo. Toda sociedad se instituye a través de ritos, ceremonias y símbolos, que el poder político utiliza para legitimarse y obtener la conformidad de los gobernados. Que este carácter teatral del poder político se dé, hoy, a través de los medios de comunicación de masas y que el político se comporte como un showman televisivo no son nada nuevo. Lo que quizás resulte más novedoso es la naturaleza deportiva que parece adoptar, últimamente, el espectáculo mediático-político.

Una forma simple de interpretar esta tendencia “sport” del espectáculo del poder es señalar su carácter popular. Desde las olimpiadas griegas hasta las grandes competiciones de nuestra época, el deporte ha sido uno de los espectáculos favoritos de la gente. En un régimen político – el nuestro – en el que el pueblo es el soberano titular, las exhibiciones políticas tienen que ajustarse a los gustos populares, de ahí que adopten una forma y lenguaje propios de la épica deportiva, en la que los lideres ganan o pierden según se puntúen ciertas cualidades (retóricas, psicológicas...) fáciles y emocionantes de cuantificar (y que solo indirecta y vagamente tienen que ver con presuntos principios o ideas políticas que son, por lo demás, mucho más complejas de exponer y valorar).

Pero esta explicación no es del todo convincente. La popularización del espectáculo político es una constante histórica más que una característica de la democracia (incluso los tiranos más tiránicos necesitan el apoyo de su pueblo). Además, esta vulgarización admite muy variados formatos. De hecho, el más frecuente ha sido siempre el religioso: recuerden a los faraones, o los césares, tratados como dioses. También el teatro antiguo, el circo romano, las ejecuciones públicas, y otros tantos festejos similares, han sido frecuentemente usados como exhibición propagandística por parte del poder. Lo del “formato deportivo” parece, pues, relativamente novedoso.

Otra posible explicación remite al relativismo moral y político, típico de una cultura vieja y descreída como la nuestra. Ante la ausencia de ideales políticos fuertes y claros, la gente se tomaría la cosa pública con una cierta frivolidad o deportividad, como quien hace una porra en el bar de la esquina. Al fin y al cabo – se dice – todos los políticos defienden cosas muy parecidas, concretamente: las que haga falta defender para ganar. En la política, como en el deporte, ganar, meter el gol o la canasta, parecen fines absolutos (no medios para ninguna otra cosa más importante). Esta falta de “seriedad”, consustancial a una época – esta – alérgica a lo sustancial, impide que el espectáculo político pueda adoptar tintes religiosos, o trágicos. Nadie admitiría hoy, en nuestro entorno cultural, celebrar una ejecución pública, por ejemplo, o entusiasmarse por una guerra. Pocos de nosotros creerían necesario “dar la vida” (ni quitarla) por ninguna idea o creencia. En el viejo Occidente ya no queda nada trascendente. Vivir por vivir, ese parece ser nuestro intrascendente fin. Por eso decía Ortega y Gasset aquello de que la vida, la nuestra, no tiene más sentido que el que pueda tener un mero fenómeno deportivo.

El sistema democrático, que es un fiel reflejo de este relativismo y nihilismo contemporáneos, tiene además, per se, una cierta naturaleza deportiva. La democracia consiste en tomarse las cosas con deportividad, más que con razones (que, además, nunca están claras). Hay que saber perder, y ganar, porque saber algo más (por ejemplo, lo que sea de verdad justo o injusto) es difícil, por no decir imposible. ¿Qué criterios objetivos usamos para distinguir la ley realmente justa de la que no lo es? En ausencia de razones comunes y argumentos objetivos solo cabe jugarse a los votos cuál de nuestros subjetivos e interesados deseos se impone al de los demás. Es decir: solo cabe el recurso a la fuerza, revestida de juego, en que consiste la democracia. A la fuerza de los votos (a la fuerza de los que son “más que tú”) y de las reglas (lo único sagrado en cualquier juego). La democracia es el reino de lo cuantitativo, erigido desde la absoluta creencia en la ausencia de reinos y absolutos, y en el que todos los votos cuentan exactamente lo mismo. Al fin y al cabo, ¿hay alguien que sepa más que otro en qué consiste la calidad de lo “justo”? No. Parece que es una verdad objetiva que toda verdad y valor son subjetivos, y una verdad desinteresada y pura que todos los hombres se mueven por opiniones interesadas y espurias. Tal vez por esto repite Rajoy en las entrevistas que él, por viejo y sabio, no da ya más consejos (¿quién sabe nada?). Solo este: “haz deporte”.

Pues eso: haga deporte, amigo, y cuando le dé locamente por pensar en política, en lo que de verdad es justo o injusto, encienda rápido el televisor, que entre partido y partido, y en el hueco que deja la información deportiva, verá a los políticos hacer como que pelean (como en la lucha libre de la tele), o simular que están peloteándose (le) sus favores. La pelota, por si no lo sabía, es usted. Pero mejor lo olvida. No vaya a ser que, harto de burlas y golpes, deje usted de botar...



martes, 1 de diciembre de 2015

La inteligencia emocional y otras "parasofías".


Publicado originalmente por el autor en el Correo de Extremadura


En cuanto se hizo público el programa electoral de Podemos, corrí a leer la parte que se refiere a la educación (soy un realista incurable: creo que la educación es lo único que puede cambiar las cosas). Tras la indignación por no encontrar referencias a la ética o la filosofía (soy un racionalista sin remedio: estoy convencido de que la reflexión sobre la justicia es lo único que nos hace justos), tras la indignación, decía, llegó el estupor. A los votantes de Podemos les parecía más conveniente introducir en la enseñanza la materia de “inteligencia emocional” que la de “ética”. Y aunque también les parecían convenientes (¡a esos ateos como catedrales!) otras cosas tanto o más pseudorreligiosas o paranormales (como que los profesores tengan que recibir formación psicoanalítica – les juro que es verdad –), esto de la inteligencia emocional me dejó especialmente patidifuso.

Debe ser por que lo veo y oigo nombrar por todas partes. El interés por la IE (ya tiene sus siglas, por supuesto), como por otras “parasofías” new age (el coaching, la meditación, el mindfullness, etc.), no parece distinguir entre clases sociales o ideologías. Las consumen por igual el empresario yuppie, el moderno liberal o el rojo concienciado. El programa educativo de Ciudadanos, por ejemplo, también da un papel preponderante a la inteligencia emocional (tan de moda en los cursos de formación para empresarios). Hasta en los currículos educativos de la LOMCE aparece este omnipresente y confuso compendio de psicología barata popularizado por Daniel Goleman. En el currículo de Filosofía, por ejemplo, aparece en un tema de cada tres. Los alumnos no tendrán tiempo de degustar los refinados pensamientos de Platón o Wittgenstein, pero, eso sí, tendrán que empaparse el best seller de Goleman como si les fuera la felicidad en ello. Para que se hagan una idea más completa, por cierto, del nivel cultural de los perpetradores del currículo (y de la bajeza del que los puso a perpetrarlo), les podría recordar los primeros borradores del decreto, según el cual mis alumnos, en el tema de metafísica, tendrían que estudiar y examinarse de “grandes pensadores” como (además de Goleman, claro): Carl Sagan (¡), Isaac Asimov (¡¡), y, pásmense: ¡¡Eduard Punset!! – creo que, al final, por error, citaban también a Nietzsche – .

¿Cómo hemos caído tan bajo? Esta claro que la gente necesita respuestas, orientación moral, una visión coherente e íntegra del mundo que, además, les revele el sentido de su propia vida. Ahora bien: ¿no hay nada mejor que la parapsicología para cubrir esas necesidades? Pues parece que no. Incluso puede ser que haya cosas aún peores, como, entre otras, el fanatismo religioso adoptado por esos jóvenes europeos que se van a Siria a buscar en la yihad el sentido de la vida. Insisto, en fin: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

La historia europea de los últimos cuatro siglos no representa, para nada, el triunfo de la razón, sino más bien su fracaso. Y no por exceso de raciocinio, como creen los más románticos, sino por defecto. La racionalidad moderna es una racionalidad meramente instrumental, confundida con el método científico y restringida, por tanto, al ámbito de lo descriptivo. ¿Quién establece, entonces, los criterios en el ámbito de lo prescriptivo, tanto en su lado político como en el moral? En lo político, la razón moderna solo establece un procedimiento: el del escrutinio de los votos (ninguno mejor que otro). Y, en lo moral, el individuo queda confiado a sus propios criterios subjetivos, a la religión, o, en efecto, a los libros de autoayuda y la psicología barata.

Hay, por supuesto, otra posibilidad. La filosofía siempre ha sido el saber que, de forma más rigurosa y racional, se ha ocupado de la reflexión sobre la realidad, el sentido de la vida humana, lo justo o lo bueno (la ética, por ejemplo, ha sido el marco tradicional – crítico, plural – de la educación de las emociones). Pero la filosofía está casi totalmente fuera de catálogo. Para parte de las élites culturales no es sino una especulación desmadrada, carente de valor científico (no por defecto de racionalidad, como decíamos, sino por exceso: al filósofo solo le interesa la lógica, le importan un comino los “hechos”). Y para la mayoría de la gente es algo demasiado árido y complejo; sobre todo si, junto a la ética de Aristóteles o de Spinoza, encuentran, en la librería, los amables cuentos de Paulo Coelho. Por supuesto que hay buena filosofía divulgativa, o excelentes diseños de educación filosófica para niños y adolescentes. ¿Pero quién se acuerdo de esto? Dos mil quinientos años de pensamiento son nada comparados con el mindfullness.

En cualquier caso, la tendencia popular a sustituir la reflexión filosófica por los mitos y la sofistería de los vendedores de felicidad es más o menos habitual, quizás inevitable, sobre todo en épocas de crisis, confusión y relativismo. Ha ocurrido en otras épocas, nada hay de nuevo bajo el sol. Lo que no es tan normal es que estas tendencias populares trasciendan, como ocurre ahora, a los planes de estudio, a los cursos para profesores, o a la formación de políticos y profesionales con responsabilidades publicas. Esto es terrible. La democracia suele ser la tiranía de los sofistas y demagogos. Pero, en su versión menos mala, estos suelen ser de variado pelaje, con lo que se produce, al menos, un cierto equilibrio (de desequilibrios). ¿Estaremos caminando hacia una tiranía más monolítica: la de los sacerdotes del bienestar psíquico?

Fíjense que, de forma casi inadvertida, nuestra desnortada sociedad ha ido confundiendo los problemas morales con presuntos problemas psicológicos, la virtud con algo parecido a la salud (con una conducta saludable, dicen esos nuevos moralistas de sotana blanca que son los terapeutas), y el vicio con una enfermedad. Ludopatía, adicción al sexo, a internet, los psicólogos nos salen cada día con una patología nueva, una patología que, por supuesto, solo pueden curar ellos. En lugar de dotar a las personas de las herramientas racionales para cimentar su autonomía moral y su libertad, los nuevos sacerdotes del Bien(estar) confinan a sus adeptos al papel de pacientes, de pobres enfermos necesitados de ayuda (incluso disfrazada de “auto”- ayuda, para la cual les prescriben los correspondientes manuales y ejercicios). Pues que nadie se engañe: todos estos refritos de refritos extraídos de la psicología más respetable, la filosofía y la religión tienen una inequívoca intención moralizante. La gestalt, el coaching, la IE, las constelaciones familiares, el eneagrama, y mil enfoques o escuelas “parasóficas” más, no son inocentes técnicas terapeúticas o de desarrollo de la personalidad (antes conocida como el “alma”), sino que, a través de sus simpáticas dinámicas de grupo y sus meditaciones dirigidas, representan verdaderas propuestas morales (como hace, por otra parte, toda otra religión, a través de su liturgia y sus fiestas rituales).

Pues eso. Como la inteligencia emocional representa toda una propuesta moral, dispongámosla como materia obligatoria en la educación secundaria, sustituyendo así a la ética que, la pobre, solo plantea preguntas, y que nos pone en la tesitura de tener que pensar por nosotros mismos. En vez de buscar, como filósofos, a “sofía”, mejor entregarnos a la “parasofía”, que se nos da hecha, y parece más sano (como las “parafarmacias”). Por cierto, la palabra “parasofía” me la he inventado. ¿A qué suena bien? Si yo no fuera yo, igual hasta fundaba una nueva escuela de psicoterapia con ese nombre. Tal vez tuviera éxito y me comprara una mansión en Suiza. Al lado de la de Paulo Coelho. Ese gran filósofo. ¿Qué libro de auto-ayuda leería él?