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martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


miércoles, 19 de enero de 2022

Ciencia sin conciencia

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Miedo y desinformación suelen ir de la mano. Cuanto menos sabemos sobre una patología, un fenómeno de la naturaleza, un cambio por venir o cualquier otra situación peligrosa, nueva o diferente, menos seguros nos sentimos frente a ella y más se desboca la imaginación en torno a sus más temibles consecuencias. Por el contrario, el conocer qué son y cómo se comportan las cosas que nos atemorizan nos permite prever los riesgos que supone afrontarlas y actuar con serenidad y valor.

Durante milenios, la mayoría de los seres humanos han enfrentado la incertidumbre y el miedo a través de mitos y rituales que, de forma irracional pero emotivamente efectiva, proporcionaban explicaciones e ilusorios mecanismos de control (la oración, el sacrificio…) sobre desastres, enfermedades y todo tipo de acontecimientos dañinos o peligrosos. Hoy, las narraciones míticas y las prácticas mágico-rituales han sido sustituidas (en nuestra cultura, al menos) por la ciencia y la técnica, de manera que el miedo a los terremotos, las epidemias, la locura o mil cosas más ya no se apacigua rezando o acudiendo al curandero o el exorcista, sino reconociendo la naturaleza sujeta a explicación de tales fenómenos y consultando al sismólogo o al médico.

Ahora bien, con ser mucho lo ganado, hay algo que hemos perdido en este tránsito de la religión a la ciencia. Es cierto que en la lucha contra la ignorancia y el miedo la religión solo suele ofrecer explicaciones dogmáticas e ingenuas (como los mitos) y técnicas de control ilusorias (ritos, amuletos…), pero incluye principios morales (no siempre puestos en práctica, desde luego) y una cierta visión articulada del mundo que alienta la cooperación (aunque tampoco la garantice) más allá de nuestra esfera particular de intereses. La ciencia, en cambio, proporciona explicaciones precisas e instrumentos de control más eficaces, pero carece de propuestas éticas, políticas o metafísicas que sirvan para guiar la vida de la gente. El precio a pagar por su fidelidad a los hechos y por la precisión matemática con que los conforma, es su incapacidad para tratar de cosas que, como los valores e ideas, determinan las decisiones colectivas e individuales.

Sin embargo, esta incapacidad de la ciencia no es fácilmente admisible por sus ideólogos más recalcitrantes (aunque, paradójicamente, si suele serlo por los propios científicos). Fruto de este positivismo cientifista (que cree que la ciencia podrá resolverlo todo) y del irracionalismo moderno (que niega la capacidad de la razón para dilucidar objetivamente las cuestiones éticas, políticas o metafísicas) es el desequilibrio entre el progreso científico y el moral (o el más propiamente racional, que no excluye a los valores o a las cuestiones existenciales del ámbito cognoscitivo). Así, cuatro siglos de brillantes avances científicos no solo no han servido para resolver los grandes problemas de la humanidad (la desigualdad, la precariedad, la intolerancia, el egoísmo, la violencia…), sino que han ayudado a crear otros nuevos y peores (las armas de destrucción masiva, el agotamiento de los recursos, la crisis climática…).

Un ejemplo de esto lo encontramos en la reciente pandemia. De un lado, la ciencia ha sido capaz de desarrollar a toda velocidad las vacunas para controlar su propagación. Del otro, nuestra ceguera ética y una incapacidad irresponsable para comprender globalmente los problemas han impedido una política de distribución equitativa de la vacuna a nivel mundial (con el consiguiente perjuicio para todos). Lo mismo cabría decir de la controversia entre las medidas para proteger la salud pública y los derechos de la ciudadanía, o sobre la falta de resolución en torno a la crisis climática. ¿Qué nos importan realmente los progresos en genética, inteligencia artificial o computación cuántica, si no somos capaces de compartir unos principios éticos y una concepción global de la realidad y de nuestro papel en ella que generen convicción y eviten, por ejemplo, el cataclismo climático o la lucha feroz y suicida por acumular recursos?

La solución, en fin, a los problemas de los que depende nuestra existencia (no digamos a la cuestión sobre la finalidad o el sentido de esta) no está en la invocación al “I+D”. No es formación o desarrollo científico lo que más falta nos hace. Lo que más necesitamos es superar el estado de inopia de la ciudadanía, revertir el desinterés y la ignorancia sobre los asuntos éticos, denunciar el pragmatismo político imperante, y acabar con la desorientación generalizada acerca de nuestro papel y responsabilidad con respecto a los demás y al entorno. Si no atendemos a todo esto nos quedaremos con lo que tenemos, esto es: con una ciencia sin conciencia, regida por los intereses cortoplacistas del mercado y la realpolitik de las grandes potencias. Y honestamente: no se me ocurre nada más incierto, imprevisible y pavoroso.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


miércoles, 8 de noviembre de 2017

El islam en la escuela

¿Es aceptable ofertar religión islámica en un centro educativo católico? ¿Por qué no? Si la formación católica es conciliable con la formación científica y humanística de cualquier centro público no religioso, ¿por qué no va a ser conciliable con otra confesión religiosa en un centro, precisamente, de carácter religioso? ¿No parece más compatible el islam con el catolicismo que el catolicismo con la biología o las matemáticas?... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

martes, 7 de marzo de 2017

Hipatia de Alejandría

En vísperas del Día de la Mujer, os presentamos este magnífico diálogo entre Hipatia de Alejandría, la primera gran filósofa conocida, y dos de sus discípulos, en vísperas de su asesinato por una turba de fanáticos. Con un precioso guión de Juan Antonio Negrete Alcudia, e interpretado magistralmente en nuestro microespacio de Radio 5 por Eva Romero, Jonathan González Gómez, Antonio Blazquez y Chus García Fernandez. Lo podéis escuchar escuchar y leer pulsando aquí.  

domingo, 22 de enero de 2017

La religión en la escuela. Por qué el laicismo se equivoca.


Todos los contenidos educativos tienen que ver, aunque no, desde luego, en el mismo grado, con creencias y dogmas: los humanísticos, los artísticos y los científicos. Ni el cientifista más iluminado (por la razón) podría mantener que la ciencia (por ejemplo) pueda construirse sin axiomas, postulados, supuestos, metáforas y visiones del mundo indemostrables y, por tanto, dogmáticas. No digamos de las humanidades o el arte. Un saber absolutamente crítico y libre de dogmatismo solo cabe encontrarlo (y de manera ideal) en la filosofía, aunque esta, y justo por eso, no llegue a ser nunca un saber, sino solo la pretensión de serlo...  Además, y de otra parte, la religión no es solo dogma. Los teólogos también existen. Y razonan. No es nada fácil encontrar intelectuales con el nivel de sutileza y rigor lógico de los grandes teólogos que jalonan la historia del pensamiento occidental (y oriental)... De todo esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

sábado, 24 de octubre de 2015

Prohibido prohibir (la religión en la escuela).

Este texto fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura. 

Llega la temporada preelectoral, y el debate sobre la educación religiosa vuelve al escaparate mediático. ¿Se debe impartir religión en la escuela? Caso de que se deba, ¿se debe impartir integrada en el horario escolar, como una materia más, cuya evaluación sea computable para la nota media, etc.? Y, caso de afirmar todo lo anterior, ¿se debe obligar a cursar una materia alternativa a los alumnos que no quieran esa formación religiosa? Vayamos, pues, por partes.

¿Se debe impartir doctrina religiosa en la escuela? Los que afirman que se amparan en el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos. Los que afirman que no argumentan que la escuela no es lugar para contenidos dogmáticos o religiosos, en ocasiones extraños a los valores constitucionales, y que dichos contenidos deben quedar confinados al ámbito privado o al propio de la institución específica a la que pertenecen (es decir, a la Iglesia). Bien. Para avanzar un poco en este viejo debate convendría, antes de nada, evitar o zanjar los juicios más (a mi juicio) superficiales, y quedarnos con lo más fundamental que anda en liza. La defensa a ultranza de la libertad de los padres, por ejemplo, es algo que nadie mantendría en serio (¿Tendrían derecho los padres a educar a sus hijos en los principios de una secta de suicidas o de practicantes del incesto?). Tampoco es sostenible que en la escuela solo se puedan impartir materias no dogmáticas. ¿Qué es una materia dogmática? La propia ciencia asume como dogmas sus axiomas y toda una serie de presupuestos filosóficos (de los que normalmente –y a diferencia de la teología— ni siquiera es consciente). Las enseñanzas artísticas parten, también, del presupuesto (irracional) de que el gusto o el arte carecen de criterios racionales (y de que es de mal gusto, o poco estético, exigir argumentos lógicos al que degusta o crea obras de arte). Si hubiera que eliminar todo dogmatismo de la escuela, tendríamos que cerrarla. El verdadero nudo del debate es otro. Entre defensores y detractores de la religión en la escuela lo que hay son dos visiones del mundo (y del hombre y sus valores) aparentemente opuestas. El catolicismo no carece de valores humanistas y universales, como he leído en algún panfleto, tan solo tiene los suyos (que para los católicos, como para todo el que cree estar en lo cierto, han de ser universalmente ciertos y válidos). Igual que el iluminismo ilustrado, el cientifismo o el socialismo (ese “cristianismo para laicos”, decía con sorna Nietzsche) tienen también su propia concepción del hombre y de lo que le es valioso. Que la polémica en torno a la religión en la escuela es, en el fondo, un debate entre concepciones distintas del mundo o el hombre lo muestra, además, el habitual cruce de acusaciones entre unos y otros: ambos se acusan, justamente, de querer adoctrinar a los alumnos (cuando en el fondo, de lo que quieren acusarse, unos y otros, es de no adoctrinar a los alumnos en las ideas correctas). Si esto es así, podemos hacer dos cosas. Resolver esta vieja polémica o, si como parece, esto no es de momento posible, acatar que, en una democracia, las controversias ideológicas no deben resolverse mediante prohibiciones, sino mediante el diálogo, hasta cuando es posible, y mediante la elección individual cuando este ya no lo es. Por eso creo que la escuela debería ofrecer todas las opciones ideológicas (en una democracia perfecta, hasta las más dogmáticas y antidemocráticas), a la vez que propicia el debate entre ellas (o, al menos, la libre elección individual). La religión católica ha de estar presente en la escuela, lo mismo que cualquier otra opción ideológica que la sociedad demande. Eso sí: siempre que, a la vez, se enseñe a debatir y a optar de forma crítica y argumentada, desarrollando la correspondiente competencia racional o filosófica. Pluralidad de opciones y capacidad crítica y racional. Esos son los dos rasgos que distinguen a una sociedad democrática y que, consecuentemente, deberían también distinguir a su sistema educativo.

Supuesto, pues, que deba ofertarse Religión Católica en la escuela, la segunda cuestión es cómo. Ofertarla en todos los cursos y ciclos educativos (como se hace ahora), y junto a las materias de alcance más universal (entre las cuales podría haber una materia de Religión –no de doctrina católica— en el más amplio sentido) es tan desproporcionado como lo sería la obligación de ofertar, no sé, clases de socialismo o de arte griego desde primaria a bachillerato. Esta injustificada persistencia no tiene más interés que el de la Iglesia católica por aumentar fácilmente el número de sus fieles. Ni siquiera cabe la justificación de que el alumno conozca y valore la impronta que el cristianismo (o el catolicismo) ha dejado en todos los aspectos de nuestra cultura. Se supone que eso ya se enseña en otras materias (historia, filosofía, literatura...) y desde un punto de vista más objetivo y reflexivo, que es de lo que, para ese caso, se trata.

Parece sensato, entonces, que la Religión Católica sea una asignatura opcional. Y que, dado su carácter específico, se imparta fuera del horario lectivo, o en sus márgenes (en las últimas o las primeras horas, por ejemplo), que su evaluación no cuente para la nota media, y (añadiría) que se oferte solo en en los últimos años de la secundaria. Su fuerte contenido ideológico y moral, y la forma dogmática de exponerlo, hacen de la materia de Religión algo no apto para mentes infantiles. La formación en una confesión religiosa concreta debería ser siempre una decisión adulta y consciente. Y tanto escuelas como padres deberían evitar que los niños puedan ser adoctrinados de una manera tan insistente (por la religión católica o por cualquier otra doctrina). Tal vez una familia crea que sus creencias son excelentes para sus hijos. Pero creo que sería más excelente aún procurar que fueran ellos los que la valoraran libremente así, a su debido tiempo.

Dicho todo lo anterior, la última cuestión es fácil de responder. La materia de Religión Católica, caso de que se imparta (fuera o en los márgenes del horario escolar común), no debe ir acompañada de una materia alternativa obligatoria para los que no la escojan. La obsesión de la Iglesia española por obligar a los alumnos que no quieren formación católica a cursar otra materia mientras sus compañeros dan Religión es una incongruente muestra de falta de fe. Los obispos parecen tener poca o ninguna confianza en el valor de lo que enseñan cuando quieren evitar a toda costa que la alternativa a dar Religión sea, simplemente, no darla e irse uno a su casa.

Por cierto: si castigar con una materia alternativa a los que no quieren formación católica es algo incomprensible (y muy poco cristiano), todavía lo es más que esta materia alternativa sea la de Valores Cívicos, o la de Valores Éticos, tal como ha establecido la LOMCE. Solo a un ultraliberal descreído de todo espíritu democrático se le ocurre pensar que la formación en los valores constitucionales que rigen nuestra convivencia (los valores cívicos), o la reflexión racional en torno a los valores, en general, que orientan nuestra elecciones vitales o políticas (los valores éticos), sean enseñanzas optativas a las que no tengan acceso los alumnos que escogen Religión. Justo antes decíamos que una de las competencias más fundamentales que debe contribuir a desarrollar el sistema educativo de un estado democrático es la competencia para evaluar racional y críticamente todas las opciones que se nos presentan en la escuela o en la vida (o en las urnas). Pues bien, esta competencia es justo la que desarrollan esas materias que, como la Filosofía, la Ética, o los Valores Éticos, se han convertido, con la LOMCE, en materias mayormente...¡Optativas! Como si reflexionar y analizar crítica y racionalmente todo lo que cada día hacemos y pensamos fuese no más que una opción, y no una necesidad humana ni la mayor garantía de madurez ciudadana y democrática que puede acreditar una sociedad.



domingo, 30 de noviembre de 2014

¿Por qué no van a existir los ángeles? Resumen de la tertulia sobre ciencia y religión.



¿Por qué no van a existir los ángeles? ¿Es el criterio científico de verdad superior al religioso? ¿Por qué? Con estas preguntas arrancó la tertulia del pasado viernes, a propósito del tema "Ciencia y religión", y que comenzó con la proyección de "Lisa, la escéptica", de Los Simpson. El debate se convirtió en seguida en un diálogo entre defensores y detractores de la capacidad de la ciencia para explicar el mundo. Recojo un poco con mis palabras los que me parecieron argumentos principales de unos y de otros, según los recuerdo. Caso de imprecisión, error u olvido no dejéis de comentarlo. No cito los nombres, por temor a equivocarme o a dejarme a alguien (la próxima vez procuraré apuntarlos). Gracias por venir a todos. Y especialmente a los propietarios y el personal del Metabar de Mérida, por su disponibilidad, amabilidad y apoyo. 

La ciencia representa un tipo de conocimiento superior porque "funciona". Explica el mundo en la medida en que es capaz de predecir lo que va a pasar, y en cuanto genera tecnología útil. 

Tal vez la ciencia explique cómo funciona una bombilla, pero no explica los por qué ni los para qué. No atiende a las cuestiones fundamentales: el origen y la finalidad del mundo, de la vida humana. Ni otras cuestiones importantes, como la de los valores. 

La ciencia explica perfectamente el origen de todo. En cuanto a la finalidad del mundo o la vida no la explica porque no hay tal finalidad. Esa presunta finalidad es resultado de una visión injustificadamente "antropomórfica" del mundo. Ni el mundo ni la vida humana tiene por qué tener ninguna finalidad. 

¿Entonces no tiene sentido preguntarse para qué estamos aquí? Por ejemplo, ¿para qué estamos en esta tertulia? Cuando se dice que la ciencia es válida porque "funciona", ¿esto no implica una noción finalista, un "para qué" son útiles las cosas?

No. No hay ningún sentido especial. Vivimos para vivir. Los animales no necesitan hacerse esas preguntas. Nosotros tenemos la maldición de pensar en ellas. Todas esas preguntas son un producto de nuestros cerebros. 

¿Sería mejor, entonces, "animalizarnos"? ¿Seríamos más felices si fuéramos más inconscientes? Sí, por ejemplo, pedimos una botella de whisky al camarero y comenzamos a beber hasta perder la consciencia.

(...)

¿Qué hay de eso que llamamos "información", lo que nos transmitimos unos a otros, o las ideas y los conceptos? ¿Son explicables por la ciencia?

Todo eso son fenómenos físicos, y cerebrales. Las ideas y conceptos son reacciones químicas en el cerebro. Recientemente se ha empezado a demostrar que las ideas pueden pasar de una mente a otra por medios estrictamente neurológicos.

(...)

Volvemos al tema de los orígenes y los fines. Tal vez la ciencia no encuentre oportuno explicar los fines (aunque no parece que se pueda explicar la conducta humana, como mínimo, sin finalidades), ¿pero es cierto, como se ha dicho, que puede explicar el origen del mundo? La teoría cosmológica estándar (el Big bang) afirma que todo (incluyendo el tiempo y el espacio) surgió de "nada". ¿Es esto una explicación?

La teoría del Big bang no está totalmente demostrada. La materia o la energía siempre han existido. Hay teorías que hablan de multiversos o infinitos universos paralelos. O de continuos comienzos y extinciones. 

¿Puede explicar la ciencia lo que es la energía?

La energía es la capacidad para realizar un trabajo.

¿Una creencia religiosa, en la medida en que hace que la gente haga cosas, es también energía?

(...)

Los fenómenos mentales, como el color rojo o el rostro que imagino, no se pueden observar en ningún escáner cerebral (el cerebro sigue siendo gris cuando imagino algo rojo). ¿"Dónde" ocurre ese "rojo" que imagino?

El cerebro no se pone rojo. Pero ese color es un producto, una proyección del cerebro. Todavía hay mucho que saber sobre el cerebro.

(...)

¿Qué hay de los valores: lo bueno, lo malo, lo justo...? ¿Puede la ciencia explicar tales cosas, como parece sugerir la sociobiología? ¿O la ciencia ha de ocuparse tan solo de hechos (de "lo que es", no de "lo que debe ser"?

Los valores son productos de cada sociedad y época. Son lo que se conviene como "adecuado".  Lo que la gente establece que se debe hacer.

Pero entonces todas las creencias morales (por ejemplo, las de los nazis, o las que justifican la esclavitud o el machismo) estarían justificadas, pues a la mayoría de la gente de tal o cual sociedad y época le parecían "buenas" o "adecuadas". 

La gente se va dando cuenta de que esas creencias (sobre la bondad del nazismo, la esclavitud, etc.) eran malas, y va progresando. Los valores de nuestra sociedad y época son mejores que las de sociedades y épocas pasadas. 

Pero, ¿desde qué perspectiva se puede afirmar que los valores "progresan"? Si los valores son productos de cada época y lugar, mi valoración de que "las sociedades progresan (van a "mejor")" solo tiene sentido en el contexto de mi sociedad y época. Para poder valorar que las sociedades progresan debería poder "salirme" de mi cultura y situarme por "encima" de todas, para valorarlas a todas, incluyendo a la mía...

(...)

¿Puede la ciencia explicar la identidad de las personas (o de cualquier cosa) desde el presupuesto de que no son más que cuerpos (y cerebros)? Si en el cuerpo de una persona todo está continuamente cambiando, nada es lo mismo de un momento a otro, ¿podrían ser las personas iguales a sí mismas (tener identidad) conforme pasara el tiempo? ¿Tiene sentido que las personas tengan nombre, identidad, d.n.i?

No. Todo está cambiando constantemente. Pero lentamente, por lo que no lo notamos y tenemos la ilusión de que las cosas y las personas son las mismas. La identidad no existe, es una ilusión. 

Pero entonces nada es nada. Ni siquiera "una" ilusión (que sea "una" implica identidad, unidad en los cambios). Como decía Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río, ni el río, ni el bañista son el mismo, nada es lo mismo que sí mismo dos instantes seguidos. Ni siquiera las leyes ni los conceptos de la ciencia. Las leyes del cambio o de la evolución tendría que cambiar también. Hasta el hecho de que todo cambia tendría también que cambiar...

Todo cambia menos que todo cambie. Y las leyes y conceptos científicos también cambian y evolucionan. 

¿Según qué ley (invariable) del cambio cambian las leyes?

Todo cambia, hasta las leyes. Toda identidad es ilusión del cerebro, de las neuronas. 

¿De qué neuronas? Si no hay nada con identidad (que sea lo que es), tampoco las neuronas son lo que son... Por otra parte, si todo es ilusión o representación mental, ¿por qué van a ser unas representaciones más válidas que otras? Por ejemplo, si alguien tiene representaciones mentales relativas a ángeles, ¿por qué no van a ser tan ciertas como las demás?

Porque unas son compartidas y otras no. El color de esa pared lo vemos todo. Los ángeles, no. Si vamos todos hacia esa pared nos chocamos todos, todos nos hacemos daño.

¿Todos? ¿Daño? ¿Por qué van a existir "todos" si nada tiene identidad? ¿No podrían ser también meras ilusiones nuestra percepción de que existen otras personas, o nuestra percepción del dolor?

¿Puede la ciencia demostrar que no existen dioses o ángeles? 

No. Pero eso no justifica que existan. No demostrar que no-X no es lo mismo que demostrar que X. La ciencia no funciona así, sino con teorías afirmativas, buscándoles defectos o errores, para confirmarlas o ensayar otras mejores. El que la ciencia tenga cosas sin explicar (aún) no justifica que esos "huecos" tengan que ser rellenados por la religión. 


Por aquí (creo) acabó la cosa. Se reconoció que había todavía mucho por discutir. Y que ni los defensores de la suficiencia de la ciencia, ni los más críticos con esta posibilidad, habían resuelto todas las cuestiones. Una de las promotoras, Elisa, afirmó que se había hablado mucho de ciencia, pero prácticamente nada de religión. Se propuso seguir otro día, o bien a través de comentarios en los blogs conversacionesconeldaimon.blogspot.com, o filosofiaparacavernicolas.blogspot.com . También que todos aquellos que quisieran proponer algún asunto para próximas tertulias, lo propusieran en alguno de esos dos blogs.




miércoles, 26 de noviembre de 2014

El conflicto entre religión y ciencia. A propósito de "Lisa, la escéptica", de Los Simpson.



El próximo viernes 28 de noviembre, y por iniciativa de algunos alumnos, comenzamos un nuevo ciclo de tertulias filosóficas, al que hemos denominado "Conversaciones con el daimon. Tertulias parafilosóficas". El tema de esta primera reunión va a ser el de la relación entre religión y ciencia. Para ilustrarlo hemos elegido un capítulo de Los Simpson: "Lisa, la escéptica", que proyectaremos antes de comenzar la tertulia. 

Para quien no lo conozca, "Lisa, la escéptica" narra el hallazgo en Springfield del supuesto esqueleto de un ángel. Esto provoca un enfrentamiento entre Lisa, que adopta una perspectiva científica y se niega a aceptar que se trate de ningún ángel, y el resto del pueblo, que cree a pie juntillas en la naturaleza sobrenatural del hallazgo. Al final, todos descubren que se trataba de una mera estratagema publicitaria para inaugurar unos grandes almacenes.     

Como es habitual en la serie, este capítulo es toda una invitación a la reflexión, además de un compendio de referencias críticas a conflictos, personajes y acontecimientos de la sociedad americana.



De entrada, la idea del capítulo parece estar inspirada en el famoso Juicio de Scopes, en Tennessee, durante 1925, en el que se condenó a un profesor de secundaria por saltarse la ley que prohibía enseñar la teoría de la evolución (por considerar que contradecía la doctrina bíblica de la creación). Parece ser que el profesor fue incitado por un empresario local convencido de que el juicio daría publicidad al pueblo. 

Ardides publicitarios aparte, el proceso de Scopes es solo un episodio de la polémica entre evolucionistas y creacionistas en U.S.A o, más en general, entre ciencia y religión, sobre todo cuando afecta a ciertos asuntos (como el del origen del hombre, la posibilidad de los milagros, etc.). ¿Son incompatibles la ciencia y la religión? ¿Puede un científico ser, además, una persona religiosa (o al revés)? ¿No tiene la ciencia algo de religión? ¿Es la religión algo totalmente irracional? ¿Se excluyen realmente la una a la otra? ¿Es mejor la vida del creyente que la del escéptico racionalista? ¿Hay algún modo de ser racionalista y creer en "ángeles"?

La verdad es que las posturas ante esta polémica no han variado apenas desde la Edad media, y son básicamente estas. La fideísta (no hay más verdad que la de la fe). La racionalista (la verdad es asunto de la razón, la religión es mito y superstición). La complementarista (fe y razón, religión y ciencia, se complementan la una a la otra). Y la dualista (fe y razón, religión y ciencia, son compatibles  en cuanto cada una se ocupa de asuntos absolutamente distintos)... 

En el capítulo que comentamos aparecen representadas todas estas posturas. Mientras que la mayoría de los habitantes de Springfield muestra un cierto “fideísmo” y anteponen la religión a la ciencia, incluso de forma fanática (queman los museos y los laboratorios), Lisa representa al racionalismo; para ella la religión es solo superstición e ignorancia. De otro lado, Marge Simpson representa una postura más moderada y conciliadora (“hay algo más que lo que vemos”). Y el juez Snyder, que ha decidido acabar con el “debate eterno entre ciencia y religión”, escoge la postura dualista (“que la religión guarde una distancia de 500 metros de la ciencia”). Esta última postura es, además, la que corresponde a nuestra modernidad, que se abre, precisamente, con el triunfo de la doctrina de la “doble verdad” en el siglo XIV (por parte, sobre todo, de teólogos anglosajones). Es también la postura del famoso y polémico científico Stephen Jay Gould, que aparece con su propia voz en el capítulo, y que es autor de libros como “Ciencia versus religión: un falso conflicto”, en los que expone su visión dualista del asunto. Según Gould, la ciencia se ocupa de describir hechos y de explicar cómo ocurren, mientras que la religión (o la filosofía y las humanidades, que Gould mete en el mismo saco) se ocupan de buscar el sentido último de las cosas y de los temas relacionados con los valores (la moral, la política, etc.).


Por supuesto, cada una de estas posturas plantea un sinfín de problemas, y cada una de ellas daría para un debate o tertulia por sí misma. Veamos.

En primer lugar, al fideísta le podríamos preguntar por la razón de su renuncia a la razón, y si su renuncia no es, también, una renuncia a la propia condición humana (¿no somos definidos como "seres racionales"?). En la mayoría de las religiones, querer saber demasiado es algo sospechoso, o incluso pecaminoso (como en el mito del pecado de Adán y Eva). Pero, ¿por qué? ¿No es precisamente el saber lo que nos diferencia de los animales y nos acerca a Dios? Tal vez. Y, sin embargo, la actitud religiosa parece a menudo contraria al saber. Como dice el reverendo Lovejoy: “hay cosas que no queremos saber, cosas importantes”. Y cuando Kent Brockman está retransmitiendo la quema de los museos de Springfield, dice: “los tecnócratas reciben clases de humildad”, como si querer saber fuese resultado de un exceso de soberbia. ¿Por qué es tan malo esto de saber? ¿Son acaso los tontos más felices (como parece sugerir aquel capítulo en que Homer decide volver a introducirse un lápiz en el cerebro para volver a ser bobo y... feliz)? ¿Es acaso mejor vivir como un niño, creyendo en mitos, que afrontar la fría y dura verdad de la ciencia, tan ajena a nuestros intereses, deseos o sueños? Tal vez, pero... ¿estaría en nuestra mano elegir entre verdad y felicidad? ¿Podríamos creernos una ilusión, por muy feliz que nos hiciera, sabiendo que no es más que ilusión?


La actitud racionalista, o más bien “cientifista”, de Lisa tiene también sus problemas. Esta claro que la ciencia no resuelve ninguno de los asuntos que realmente nos interesan: ¿cuál es el origen y la finalidad del universo?, ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué debemos hacer con ella? ¿Qué nos espera? ¿Cómo podemos hacer el mundo más justo?... Estas preguntas no admiten respuesta científica, solo filosófica o (para los que no creen que sea posible una respuesta racional) religiosa. De otro lado, la ciencia parece a veces un “gigante con pies de barro”. La mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia no se pueden demostrar científicamente. La propia ciencia (con sus leyes, teoremas, conceptos...) no es un objeto observable por la propia ciencia. La validez de los “axiomas”, o del mismo método científico, o la creencia, en general, de que el mundo es algo racional que podemos comprender con nuestra razón, son, todas ellas, ideas que solo cabe afirmar desde una cierta profesión de “fe”. ¿Pues cómo sabemos, por ejemplo, que la propia razón no nos engaña (como decía Descartes, quien veía necesario creer en un dios bueno que impidiera la posibilidad de ese engaño)?... Así pues, ni la ciencia lo explica todo (ni, sobre todo, lo más importante de todo), ni sus explicaciones son (ni mucho menos) plenamente racionales. Y todo eso al precio, además, de “desencantarnos” el mundo, intentando robarle todo su “mágico” misterio, y dejándonos fuera de él, como a un niño que descubriera que no existen los magos o los duendes y que, además, él ya no es el centro de la casa. Como dice Flanders: “la ciencia es como un bocazas que nos cuenta el final de la película” (suponiendo, además, que se tratase de una película, es decir, que todo tuviese sentido y respondiese a un guión que pudiera desvelar la propia ciencia)... La relación, paradójica, de amor y odio por la ciencia está retratada varias veces en el episodio, por ejemplo, en la frase del tabernero Mou, cuando resulta herido quemando el museo de ciencia y manifiesta su deseo de que la ciencia le cure.

En cuanto a las posturas "complementaristas" los problemas son obvios. ¿Cómo pueden reconciliarse modos de acceso a la verdad tan distintos como la fe y la razón? ¿O no son, acaso tan distintos? Los teólogos cristianos de la Edad media se esforzaron por establecer lazos entre la fe y la razón, y construyeron un monumental edificio filosófico en el que las grandes cuestiones religiosas (empezando por la misma existencia de Dios) eran tratables tanto desde la fe como desde la razón. Sus argumentos han sido marginados, más por su aspecto oscuro y premoderno que por otra cosa, pero siguen ahí. Y podemos (y deberíamos) discutirlos. Una versión actual de algunos de esos argumentos es la llamada teoría del diseño inteligente, teoría que, sobre todo en USA, ha sido usada para reivindicar una especie de versión científica o racional de la doctrina religiosa de la creación.

Por último, la solución dualista (religión y ciencia han de seguir caminos separados), pese a ser la mayoritariamente aceptada, no es la menos problemática. ¿Es admisible una realidad dividida en dos: una parte racional (objeto de estudio de la ciencia), y otra irracional (sujeta al decreto religioso)? ¿Es adecuado dejar a la religión asuntos tan importantes como el del sentido de la vida o los valores morales? Y digo “dejar a la religión”, y no a la filosofía, porque el dualismo moderno se basa en la negación de una ciencia puramente racional ajena a los datos sensibles, como es la filosofía. Todo lo espiritual, por así decir, es irracional para el "espíritu" moderno. Así que solo queda la religión para ocuparse de aquello que “no se ve”...


Otros problemas que se pueden discutir a propósito de este capítulo podrían ser estos:

La crítica a la propia religión como institución. Por ejemplo, la visión de la religión como negocio (el santuario que crea Homer en el garaje de su casa), o como algo ligado a actitudes intolerantes y violentas (la detención arbitraria de Lisa, la quema de los museos...). También la visión oscurantista y tenebrosa de la religión (como la que se ofrece en el anuncio del apocalipsis: el miedo a Dios, la justicia entendida como venganza divina en el juicio final), o como algo propio de ignorantes (las burlas a la ignorancia de los vecinos de Springfield, que vienen a representar al americano medio, son constantes).


La crítica a la sociedad de consumo, en la que comprar parece algo tan alienante y embrutecedor como la propia religión (el nuevo opio del pueblo). Actitud debida en parte a la publicidad, que manipula, sin escrúpulo alguno, la credulidad y emotividad de la gente... Ahora bien, ¿no es lo que promete la publicidad lo mismo, en el fondo, que quiere la gente? ¿Hay acaso algo mejor y con más sentido que disfrutar de los objetos que consumimos y que llenan las estanterías de los centros comerciales? ¿No es eso el "cielo en la tierra"?... Tan solo Lisa, ese ser angelical (al menos para su madre), parece enviarnos (como si de un ángel real se tratara) una mensaje distinto...








miércoles, 8 de febrero de 2012

¿Por qué diablos hay que respetar las creencias de los demás?




Esta mañana, en clase, explicaba a mis alumnos que lo trascendente, al materialista, le "apesta" a veces a religión. Al decir esto uno de mis alumnos se molestó y me pidió que fuera más respetuoso con él y con otros de la clase, pues ellos tenían creencias religiosas. A partir de aquí se originó un jugoso debate que paso a detallar y compartir con todos.

Dejando aparte el asunto de que la expresión que molestó al alumno ("lo trascendente, al materialista, le apesta a religión) refleja, a mi (discutible) juicio, un hecho verdadero, a saber: que el materialista denigra la religión, la considera nociva, etc., la cuestión va más allá. ¿Se debe ser respetuoso con las creencias de los demás? ¿Por qué? ¿Qué significa "ser respetuoso"?

En mi (de nuevo discutible) opinión, respetar algo significa, con bastante precisión, VALORAR POSITIVAMENTE aquello que decimos respetar, o que consideramos DIGNO DE RESPETO. De ahí mi confusión cuando oigo decir esa tópica frase: "debemos respetar todas las opiniones, creencias, etc." ¿He de respetar también aquellas opiniones o creencias que me parecen falsas o despreciables? Si un alumno expresara, por ejemplo, opiniones xenófobas o antidemocráticas, ¿deberían también ser respetadas dichas creencias?


Creo que el problema es que se CONFUNDE el respeto por algo (tan digno de respeto) como la libre elección y expresión de creencias, con el respeto por el contenido de dichas creencias. Desde siempre he dicho a mis alumnos que en el aula de filosofía todo el mundo puede decir lo que quiera, pero que, una vez dicha, su opinión será valorada como más o menos digna de crédito y respeto. ¿Cómo se valorará tamaña cosa? En un instituto de enseñanza de un país como el nuestro (y más aún en la clase de filosofía) el único criterio válido para respetar o no una opinión es la racionalidad de la misma. Si tras un diálogo común quedamos convencidos de la validez racional de una creencia esta será considerada valiosa y digna de respeto, si no, NO. Admitir otra cosa (como por ejemplo que las creencias religiosas --de los alumnos o de quien sea-- son valiosas y dignas de respeto sin más) sería ceder espacio al dogmatismo. Y eso (ceder espacio al dogmatismo) sí que me parece una falta de respeto a (la inteligencia y la dignidad de) mis alumnos.
He de añadir que el alumno que se quejó confeso públicamente al final de la clase que este análisis le parecía sensato, pero que, aún así, le parecía que se podían decir las cosas de "mejor manera", para no dañar la sensibilidad de algunos (por ejemplo, en vez de "la religión apesta", decir, "la religión es nociva, o es rechazable por el materialista", etc.). Después de que yo le preguntará si adornar nuestros juicios con eufemismos no era, en sí, una cierta falta de respeto a la verdad, vino, al fin, su GENIAL REACCIÓN. Prometió venir, el próximo día de clase, con argumentos suficientes para hacerme cambiar de opinión y aceptar así, junto con él, que la religión es digna de respeto. Con alumnos así uno se va a casa convencido de la utilidad de sus clases, del valor de la educación cívica (pues de eso se trata cuando se trata de en qué sentido debemos respetar la opinión de otros) y, si me apuran, de la existencia de Dios mismo.
Amén... ¿Amén?

jueves, 10 de noviembre de 2011

¿Por qué religión en los institutos y no clases de ciencia en las parroquias?

Discutía hoy con mis alumnos acerca de las diferencias entre la religión y la ciencia, y surgió la cuestión acerca de las clases de religión en escuelas e institutos. Como el debate fue muy encendido y quedó abierto (como todo buen debate filosófico), lo traslado al blog para que todos puedan opinar.

La principal diferencia entre religión y ciencia (y esto fue aceptado por casi todos) es que la religión justifica sus verdades mediante un ejercicio de fe, y la ciencia intenta justificar las suyas mediante el razonamiento lógico y el experimento. La religión informa de sus doctrinas e inculca ese ejercicio de fe mediante rituales religiosos (como misas y otras ceremonias, ejercicios espirituales, etc.). La ciencia expone sus teorías y sus métodos mediante demostraciones racionales y observaciones (clases en las que se discuten ideas, diálogos y debates, prácticas de laboratorio, etc.). (Para más detalles podéis ver la entrada “La ‘discoteca de Dios’ y el laboratorio de los hombres”, en este mismo blog).

Dicho esto: las cuestiones que discutimos fueron:
(1) ¿Está justificado que se impartan doctrinas religiosas en las aulas de un colegio o instituto (para los alumnos que lo deseen)?
(2) ¿Estaría igualmente justificado que se impartieran clases de ciencia en las parroquias (para los feligreses que lo deseen)?

¿Qué pensáis? (Como este es un blog de filosofía –y no un blog religioso— , es necesario que argumentéis vuestras opiniones).


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