viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

domingo, 21 de junio de 2026

Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo

Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 19 de junio de 2026

Educación e Inteligencia Artificial: debate con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini


Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano. 




jueves, 18 de junio de 2026

¿Pero qué quieren los docentes, con lo bien que viven?

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Los maestros y profesores llevan más de un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.

Uno muy llamativo, referido a nuestra tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más? Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes, servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la España vaciada!

Otro argumento trata de las ratios. Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social, psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder trabajar!

Un tercer tópico es el que acusa a los profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria nadie nos paga semestres de investigación).

No dudo de que, como en cualquier reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el relevo.

 

jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

miércoles, 3 de junio de 2026

Violencia sin complejos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…

Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismo anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.

Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.

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