jueves, 14 de noviembre de 2019

El Vox que nos merecemos


Las circunstancias que a cierto nivel promueven el triunfo del populismo ultramontano y, a otro nivel, su tránsito al fascismo, son siempre las mismas – convulsión social y debilidad política – y como tales han sido cultivadas a conciencia durante los últimos meses y años en nuestro país.
La convulsión social que ha alentado el crecimiento de Vox es la que se vive en Cataluña. La percepción cierta de que en parte del país hay una rebelión en marcha, con un gobierno que participa de la misma y que alienta acciones de insubordinación más o menos violentas – estos días el bloqueo de la frontera norte del país – sin que haya una reacción firme de restablecimiento del orden, ha escandalizado a muchos que, sin participar de la totalidad del ideario de Vox, se ven seducidos por el mensaje populista de “mano dura” con el independentismo.
De otro lado, si bien la debilidad de los partidos tradicionales no es ajena a una crisis más estructural de legitimidad, esta se ha visto acentuada en nuestro país por una serie de decisiones indeciblemente irresponsables. La bochornosa trifulca por el poder entre los dos principales partidos de izquierda y el infame gesto de forzar unas elecciones por puro cálculo partidista – y en circunstancias especialmente convulsas – de un lado, y la crisis de autoridad de la derecha con respecto a su sector más ultra, por el otro, han ofrecido una imagen de debilidad e ineficacia del sistema que ha empujado a muchos – a veces sin otro motivo ideológico más fuerte – a la opción populista. Esperemos que la alianza – al fin – de la izquierda sirva para modificar en parte esta percepción... De todo esto y más trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

jueves, 7 de noviembre de 2019

...Y líbranos del juego, amén


Se suceden estos días manifestaciones en demanda de leyes más restrictivas sobre el juego, especialmente el que se da en los salones de apuestas deportivas (se ve que el bingo, las quinielas o las administraciones de lotería no cuentan en esto). Una inquina que va más allá de la – lógica – preocupación por la protección de los menores (que por ley tienen prohibido el acceso a estos locales). ¿Por qué esta inquina? Las razones que se aducen son que allí la gente se aficiona desmesuradamente al juego, que esto es algo muy nocivo y que, como tal, exige la firme intervención protectora del Estado. ¿Son estas razones razonables?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Profesores guerrilleros


Hay gente que se queja de que los profesores hablen – o hablemos – de política en clase, porque piensan que, así, adoctrinamos a los alumnos. ¿Es esto cierto? ¿Se puede y debe hablar de política en las aulas? Y si es así: ¿cómo hacerlo? ¿Cabe una educación política que no sea manipuladora, sino liberadora?  

Antes de nada hay que aclarar que en las aulas – como en las casas, las calles, las series de la tele o los conciertos de reguetón – se hace siempre política aunque no se hable de ella. Que se hace política quiere decir que se transmiten modelos acerca de lo que es moral y socialmente justo o legítimo. De hecho, los niños aprenden tanto o más de la conducta de sus profesores o padres que de sus palabras, o de la forma de actuar de sus amigos o los personajes que admiran que de la de sus profes y padres, o de los valores que rezuman las canciones o películas de moda que de cualquier catecismo o manual de Ciudadanía.   

En toda sociedad se educa pues (de forma tribal y en gran medida irreflexiva) en ciertas ideas o creencias acerca de lo que es y no es políticamente válido o deseable. ¿Es esto adoctrinamiento? Sin duda. Lo que pasa es que es “nuestro adoctrinamiento” (el de nuestra cultura, nuestras creencias, nuestra familia), por lo que nos parece de perlas – si es que no la transmisión de la Verdad misma – . ¿Y la escuela? ¿Qué papel ha de guardar en todo esto?... Intentamos responder a estas preguntas en nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

lunes, 28 de octubre de 2019

¡No pasarán!



Más que tristeza es melancolía. La inspiran esos adolescentes independentistas gritando indignados. No tienen ni repajolera idea de las ideas que tienen, ni de lo que les hacen hacer, pero da igual: lo importante es estar ahí, corriendo ante la policía, furiosamente vivos y libres (de toda duda) en la cresta de la ola del grito y la bandera común. ¿Quién no se ha dejado llevar alguna vez por estos tsunamis de romanticismo político?

Ahora, una cosa es que nos compadezcamos de esos chicos (después de encerrar a los aprendices de guerrillero que los pastorean), y otra que no sepamos ver como adultos el verdadero carácter de ese “tsunami” que, lejos de ser “democrático”, no es sino una invocación a la vía de escape (o la cortina de humo con que escapar) más fascistoide del malhadado “procés”. 

De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Ni hispanidad, ni catalanidad (sino todo lo contrario)

EL ROTO

Escribo bajo el volcán reactivado del nacionalismo catalán, comprobando como, para desgracia de todos, una sustanciosa cantidad de ciudadanos antepone la charanga patriotera al cumplimiento de las leyes y obligaciones cívicas. Algo que, por otro lado, tiene su lógica: si quieres justificar que las leyes reconozcan tus presuntos derechos, no ya como persona o ciudadano de un Estado, sino específicamente como catalán (español, inglés, mexicano o mogol) no tienes más remedio que echar mano de las fanfarrias, las banderas, los desfiles y las movilizaciones patrióticas; porque lo que son razones... 

Ha coincidido la sentencia del “procés” y el rebrote independentista en Cataluña con la más discreta polémica acerca de la celebración de la Hispanidad y el descubrimiento de América. Una disputa que, en los términos en que suele presentarse, no es más que una burda pamema. De entrada, porque ambos bandos tienen una proporción similar de razón. Los unos por recordar que, como toda conquista que se precie, aquella estuvo plagada de crueles abusos e imposiciones. Y los otros por hacer valer todo lo que los españoles aportaron (una lengua común, ciudades, universidades, ciencia, etc.), amén del espíritu ecuménico que, mal que bien, orientó su conquista bajo cierto conato de reconocimiento de derechos para los indígenas y un mestizaje cultural (y humano) que para sí hubieran querido los americanos – simplemente exterminados – más al norte.

Pero el problema, decía, no es el de esta vieja polémica. El asunto interesante – y que conecta con el tema catalán – es si hay algún acontecimiento histórico, relacionado con cualquier nación, que no sea, de hecho y por principio, igual de moralmente ambiguo que lo es la conquista de América. Y la respuesta es que no. No hay imperio, país, nación o proyecto de nación que no deba su existencia (o su deseo de existencia) a la apropiación del territorio y el sometimiento de poblaciones previamente asentadas que, con casi total probabilidad, hicieron lo propio con las anteriores, y así hasta el principio de los tiempos. Y esto incumbe al viejo Reino de Castilla, a las culturas e imperios precolombinos, y a las naciones que componen hoy Latinoamérica; a la España actual y la  proyectada República catalana; y a todas las naciones, en suma – las más fuertes y las que esperan serlo en el futuro –, que comparten, en distinto grado, ese mismo pecado original que es la violencia y el robo... (De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí)



viernes, 11 de octubre de 2019

Un museo para la caza



La caza es percibida, cada vez por más personas, como una actividad que despierta muy justificados reparos morales. No hace falta ser animalista o ecologista para advertir que acorralar y disparar a animales por el puro placer de hacerlo es, cuando menos, cuestionable. Los animales no son personas, desde luego. Pero tampoco son simples dianas móviles. Hacerles sufrir hasta la muerte por puro deporte empieza a ser considerado por la inmensa mayoría como algo moralmente injustificable. La caza deportiva ha de buscar nuevos derroteros y opciones.

De otro lado, los argumentos que dan los defensores de la caza para librar a este «deporte» de su decadencia son muy endebles. La actividad cinegética puede reportar, en ciertos contextos, algunos beneficios medioambientales, sobre todo en relación a la superpoblación o extinción de ciertas especies (un efecto provocado, a menudo, por los propios cazadores, deseosos de introducir ciertos animales –véanse las numerosas granjas cinegéticas, especialmente de jabalíes– y de eliminar depredadores o «alimañas» que les puedan hacer la competencia). Pero esto no es de ningún modo generalizable. La protección del medio ambiente está, hoy, en manos de la Administración y de las leyes, uno de cuyos objetivos es restaurar la capacidad de regeneración y regulación natural de los ecosistemas, como se hace en los espacios naturales que gozan de la mayor protección.

El resto de argumentos a favor de la caza son igualmente discutibles, sobre todo si se los contrapone a la consideración moral que hacíamos antes. Ningún beneficio económico, tradición o ejercicio de libertad individual justifica que se haga sufrir innecesariamente a animales tan anhelantes de vida y sensibles al dolor como nosotros. El respeto a otros seres vivos y la idea de que estos no deben considerarse como meros objetos para nuestro entretenimiento son principios tan asentados ya en la sociedad que incluso forman parte de los contenidos curriculares que los docentes hemos de transmitir en clase. De ahí también la preocupación por las campañas de promoción de la caza en los colegios.
De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.














miércoles, 2 de octubre de 2019

Las niñas también cazan



Ante el descenso de licencias de caza, la Federación de Cazadores de Extremadura se propone como reto asegurar el relevo generacional y la incorporación de las mujeres al "sano, divertido y educativo" deporte de acosar y disparar a animales salvajes. Por ello, irán, como han ido otras veces, a promover la caza en las escuelas extremeñas, supongo que prestando especial atención en animar a cazar a las niñas. Sobre esto esta última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 




jueves, 26 de septiembre de 2019

Cinismo y ciudadanía.

La convocatoria de nuevas elecciones en nuestro país, las cuartas en cuatro años, representa un rotundo fracaso, no de la democracia en sí, sino del sistema de partidos sobre el que recae el monto mayor de poder político – muy por encima del que pertenece nominalmente a la ciudadanía y que esta solo ostenta, hoy, de manera formal –. La situación es tan grave como el efecto combinado de cinismo y conformismo que genera y que a la vez permite, perversamente, soportarla.

“Cinismo” es un término curioso. Designa tanto la absoluta impudicia con que se engaña a los demás, como la actitud de descreimiento e indiferencia de aquellos a los que se ha engañado ya incontables veces. Lo uno y lo otro parecen sostenerse mutuamente. Así, el increíble cinismo con que los partidos venden estos días su fracaso y descuido del interés publico (en pos del interés propio) como si fuera un heroico auto-sacrificio, un defecto del sistema, o un exceso de ambigüedad del electorado, parece sostenerse en que una actitud distinta –  crítica y honesta – generaría tal reacción de cinismo en los ciudadanos que no valdría la pena siquiera correr el riesgo de intentarlo.

Si partidos y ciudadanos empatan en cinismo, no andan menos parejos en conformismo. El silencio corporativo y la completa ausencia de debate (por no hablar de dimisiones) en el seno de los partidos tras estos días aciagos es análogo al silencio indiferente de la mayoría. Todos parecen tenerlo claro, de manera que, en el fondo, nadie engaña ya a nadie. Los ciudadanos saben perfectamente que estamos donde estamos por simple calculo y hambre de poder (y no por interés de estado, desarreglos programáticos o presuntas – e infantiles – desavenencias personales). Y los políticos saben que lo sabemos – aunque actúen como si fuéramos bobos de feria –  y que, no obstante, vamos a seguir votándoles por puro amor al orden. Todos, en fin, nos engañamos de forma más o menos rutinaria o inconsciente, con la certeza de que no hay nada (mejor) más allá de este patético juego de complicidades. 

Ahora bien, sería insensato pensar que esta situación de deterioro puede mantenerse a perpetuidad. De hecho, las partitocracias occidentales están cercadas por diferentes versiones (populismo, antiparlamentarismo, ultranacionalismo, fundamentalismo...) de la tiranía que ya los filósofos clásicos concebían como el fruto degenerado de la democracia – y del que la historia nos ha dejado muestras más que suficientes –.

¿De qué forma se podría evitar esta debacle?... Sobre este asunto tratamos en esta nueva colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

jueves, 19 de septiembre de 2019

El espíritu de las novatadas


Las novatadas universitarias no son una broma ni un juego inocente. No existen los juegos inocentes. Todos transmiten ideas y valores. Todos enseñan a vivir. Las novatadas transmiten la idea de que el poder y la autoridad van ligados no al talento, la sensatez o el respeto por el otro, sino al presunto grado que otorga la veteranía, a la arbitrariedad y a la falta de escrúpulos. Las novatadas enseñan que para integrarte en el grupo tienes que agachar la cabeza y dejarte humillar y, más adelante, ser tú el que humille al más débil – al recién llegado, al más joven, al que todavía no sabe... – .

Las novatadas no son una forma adecuada de acoger y conocer a la gente. Hay cientos de maneras más civilizadas de hacerlo. La novatadas se asemejan, de hecho, a una ceremonia arcaica de iniciación, un tipo de “rito de paso”. Las ceremonias de iniciación son comunes en muchas sociedades tradicionales, están casi siempre asociadas a los varones (sirven para convertir en “machotes” a los jóvenes tras una primera educación a cargo de las mujeres), y consisten en someter al individuo a una experiencia traumática que simboliza la muerte del antiguo yo y el renacimiento a una nueva vida en el seno de grupos (el de los guerreros, la secta, la fraternidad, la “cosa nostra”...) notablemente jerarquizados. A quien tenga alergia al gregarismo, las cadenas de mando y la obediencia ciega, todo esto solo puede parecerle repugnante. De hecho – pero, sobre todo, de derecho – las sociedades que hoy tildamos de “modernas” lo son justo por haber superado estas formas primitivas de instituir los vínculos de pertenencia.

Además de promover el machismo, el sufrimiento gratuito, el servilismo o el aborregamiento, las novatadas obligan al consumo desaforado de alcohol (a imitación, no menos borreguil, de las fiestas universitarias norteamericanas) y pueden generar secuelas morales difíciles de superar, tanto en el agresor (que se daña a sí mismo) como en el agredido (una humillación no se olvida nunca, sobre todo si es injusta o gratuita, por mucho que uno intente “compensarla” infringiéndola a su vez a los que vienen detrás).

Las novatadas tienen, pues, que ser percibidas como una lacra, tal como lo son el acoso escolar o la violencia de género (de los que también se decía que eran cosas sin importancia o poco menos que tradiciones o fenómenos “naturales”). Y como la lacra que son, han de ser borradas del mapa. O bien ritualizadas hasta que de novatadas solo tengan, a lo sumo, el nombre.

Ahora bien, ¿cómo hacer para erradicarlas?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Psicomercachifles


Me escribe entusiasmado un ex-alumno para invitarme a compartir el “proyecto juvenil” en el que anda metido. Abro el enlace y aparece la web de un evento que, a poco que mires, está entre una demostración de productos, una sesión de coaching para ejecutivos de medio pelo y el show de unos tube-predicadores con ganas de forrarse.   

Nada nuevo bajo el sol – piensas, después de admitir la parte de responsabilidad que te toca como profe – , salvo, quizás, la estética y el medio. Cuando yo era pequeño los charlatanes – corbata, pelo cortado a navaja, enormes maletines –  mendigaban de puerta en puerta y los más humildes – con sus lociones milagrosas y sus prodigiosos mondapatatas – sobre un cajón en el mercado; podías observar como trabajaba el “gancho”, escuchar el emotivo testimonio del neoconverso, o pasmarte con la candidez del pardillo que acababa picando; el espectáculo era gratis y educativo. Los pícaros de ahora – con pinta de emprendedores de gimnasio –  son más agresivos: se te cuelan por las redes, te cobran por adelantado y te abducen en cuerpo y alma... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Odio a los árboles


El filósofo de moda, Han, se equivoca. Mucho antes de que triunfara lo que él llama la “estética de lo pulido” (esa que de los edificios transparentes a la depilación integral va asemejándolo todo a una reluciente pantalla de móvil), el gusto hortera por el pelo engominado, el inmaculado salón de las visitas y el tenerlo todo como una patena era ya tendencia mundial entre cuñados y cuñadas, víctimas todos de ese mismo horror apolíneo a lo vivo del que cubre de cemento plazas y paseos y que, si pudiera, alicataba también el mar y dejaba el Amazonas liso y oliendo a Mr. Proper. ¿Será todo por esa magnética belleza que dicen que tienen los desiertos? Ni idea. Pero en la imaginación de mis paisanos el paraíso ya no tiene árboles – esos que con sagrados o profanos motivos han adorado todas las culturas –  sino una inmensa superficie de hormigón con un parking debajo. Para que los coches – al menos ellos – estén eternamente fresquitos. ¿No es para colgarse? Aunque sea de una farola... Del odio a los árboles va esta última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí


miércoles, 28 de agosto de 2019

Slum Tourism: ir a ver pobres



Se llama “slumming” o “poorism”, y consiste en organizar visitas turísticas por los barrios más miserables de ciudades como Bombay o Rio de Janeiro. Los organizadores prometen una experiencia inolvidable – con las pertinentes medidas de seguridad –  o, al menos, la ocasión de hacerse un selfi junto a una favela o un grupo de niños de la calle antes de volverse a la piscina del hotel.

En el Emoya Luxury Hotel and Spa, en Sudáfrica, ofrecen todavía algo más que ir a ver pobres: vivir como ellos en un verdadero Shanty Town (barrio de chabolas) construido allí mismo y al que no le falta detalle: fachadas de uralita, barriles de latón y neumáticos para hacer fuego, caño exterior de agua para lavarse... Todo, por supuesto, opcional, pues por dentro las “chabolas” disponen de todas las comodidades imaginables. 

Este tipo de turismo no es, por cierto, un fenómeno menor: Dharavi, el suburbio más pobre y superpoblado de Bombay es ya, según TripAdvisor, el destino favorito de quienes visitan la India, por encima del Taj Mahal y otros lugares emblemáticos. ¿Cómo explicar esto?.. 

De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Tomarla con el arte


Dejaría usted de acudir al mejor oncólogo del mundo si se enterase de que, en el pasado, fue lo que hoy denominamos un «acosador sexual»? ¿Aceptaría usted dejar de estudiar la teoría de la relatividad si se descubriera que probablemente Einstein era un maltratador? Apuesto a que no. ¿Por qué entonces nos permitimos hundir la carrera de un artista acusado de un delito o conducta similar? A mi juicio, por pésimas razones, como la de considerar las obras de arte como mercancías de lujo de las que podemos prescindir, la de "endiosar" a los artistas -- en nuestro mundo sin dioses -- y convertirlos en arquetipos morales, o la de confundirlos con sus obras. La visibilización y persecución del delito de acoso sexual debe ser, desde luego, implacable. Pero no a costa del arte. Ya tenemos bastante con los que pretenden censurarlo por su «incorrección política» por como para soportar, también, a los que buscan privarnos de él por mor del juicio moral a sus creadores... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.



miércoles, 14 de agosto de 2019

Respeto y tolerancia



Ignoro de dónde ha salido la idea de que tenemos que respetar, “por principio”, las ideas, creencias, sentimientos o costumbres de los demás, sean las que sean (así como castigar al – rapero, cómico, tuitero... – que no lo hace). Tal vez sea por la confusión – frecuente hoy –  entre “respeto” y “tolerancia”, dos conceptos vecinos, pero con significados muy distintos. Veamos.

“Respeto” es un concepto fundamentalmente moral. Así, se dice que una creencia, idea, costumbre, persona, institución, etc., es merecedora de respeto o consideración en la medida en que nos parece esencial – o, al menos, potencialmente –  buena (si supusiéramos que es esencialmente mala, tendríamos que destruirla, no que respetarla). “Tolerancia” en cambio – y a manera de término medio entre respeto y destrucción – es un concepto estrictamente político: refiere la obligación (legal) de permitir la existencia de creencias, opiniones, costumbres, instituciones, etc., aun cuando no las consideremos moralmente respetables, y siempre que no conculquen leyes (esto es: principios morales mínimos) de rango superior. El principio de tolerancia fue un elemento constituyente de las primeras naciones modernas, y se fundó en la evidencia – tras años de guerras civiles – de que sin un cierto grado de permisividad ideológica y moral la convivencia (en sociedades que habían dejado de ser religiosa y políticamente monolíticas) resultaba imposible.  

Ahora bien, aunque “respeto” y “tolerancia” refieren conceptos muy distintos, el grado de confusión con el que se usan hoy es clamoroso. La mayor de estas confusiones consiste en dar al principio político de tolerancia el mismo peso moral que al ideal de respeto. Algo que ocurre cuando se nos exige “respeto” (esto es: aprobación intelectual o moral) ante ideas, creencias, etc., a las que lo único que debemos es “tolerancia” (esto es: permisividad), por lo que tenemos todo el derecho (y hasta la obligación) de tratarlas irrespetuosamente (es decir: a criticarlas y denostarlas – incluyendo la burla, que es una forma de crítica –) en tanto nos parezcan erróneas o moralmente repulsivas. El veto, por demás, frecuente en nuestros días, a la libertad de expresión, se funda en esta misma incapacidad para entender que “tolerar” determinadas creencias (machistas, antirreligiosas, ultranacionalistas, antisistema, etc.), no significa necesariamente “respetarlas”, sino solo reprimir el impulso prepolítico o dogmático de destruirlas por la fuerza –... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.