jueves, 21 de mayo de 2020

El diablo en la dehesa



A veces, la Historia escribe derecho con renglones torcidos: siglos de injusticia y pobreza, y un mínimo desarrollo industrial, han hecho que nuestra tierra sea hoy una de las regiones más verdes y hermosas de Europa. Sus dehesas interminables y llenas de vida, sus recónditas aldeas y el riquísimo patrimonio arqueológico y cultural que alberga, la convierten en uno de los lugares más atractivos y con más futuro medioambiental del país. Tener la oportunidad, a pocos minutos o kilómetros de tu casa, de atravesar un bosque centenario, admirar un dolmen neolítico, contemplar el vuelo de las grullas o, simplemente, respirar aire puro, son privilegios que en otros lugares – con rentas más altas – solo se disfrutan en circunstancias excepcionales, vacaciones o, con suerte y dinero, tras la jubilación.  

Aunque solo sea en esto, los extremeños hemos tenido suerte. Si esta región hubiera sido un polo industrial o estuviera más cerca de la costa o las grandes capitales, buena parte de todo ese patrimonio natural y cultural habría sido destrozado y malvendido, y viviríamos, como casi todo el mundo, rodeados de autovías atestadas, fábricas, pueblos dormitorio, urbanizaciones y enormes polígonos comerciales en los que creernos nuevos ricos para endeudarnos en no menos nuevas formas de indigencia.   

Así que, ya ven: los extremeños somos, quizá, más pobres (según con quién se compare uno), pero no vivimos en la miseria. Aunque sí tentados, una y otra vez, por aquellos que quieren vendérnosla bajo el envoltorio del “desarrollo”. Como el diablo en el paraíso bíblico – en un paraíso con forma de dehesa – , comerciales y gerentes de grandes empresas foráneas descienden sibilina y regularmente a los despachos de los políticos con su pintoresca oferta de inversiones y negocios: fantasmagóricos casinos en mitad del campo, minas milagrosas o, el último grito: decenas de gigantescas plantas fotovoltaicas (las-mayores-de-Europa, oiga) para seguir siendo el coto energético del país a costa de arruinar el paisaje y trocar campos de cultivo y pastoreo en kilométricos y mudos desiertos de silicio.

Todo esto se torna más alarmante aún al comprobar cómo en otras comunidades, y con el pretexto de la crisis que se nos viene encima, se relajan o eliminan trámites y controles ambientales. Cambien también aquí unos pocos votos y verán cómo, en lugar de dehesas, tendremos más megaplantas fotovoltaicas aún o, como en Andalucía o Murcia, nuevos y megalomaníacos proyectos urbanísticos. Dirán que ponemos la venda antes de la herida, pero mucho me temo que en este país no hemos aprendido, que seguimos empeñados en arreglarlo todo trasegando cemento y ladrillos, o esperando, como los aldeanos de aquella película de Berlanga, la llegada de una rutilante multinacional que nos llene los bolsillos de dinero fácil.

Más valdría que, en lugar de todo esto, peleáramos por defender unos precios agrícolas dignos que vuelvan a hacer rentable el campo extremeño, que cuidáramos de nuestras pequeñas y medianas empresas o que, de manera más ambiciosa, y como proponía un reciente estudio de la UEX, exigiéramos una contraprestación a los beneficios que proporciona nuestra inmensa riqueza forestal: si, tal como reza dicho estudio, nuestros 630 millones de árboles absorben un CO2 equivalente a las emisiones de todos los coches que circulan por Europa, ¿por qué no habríamos de exigir un justo pago por ello?

Piénsenlo. Nuestra tierra no da dinero como un casino, ni tasas como una multinacional dadivosa, pero es rica en vida como pocas. Gocemos, preservemos y démosle el incalculable valor que tiene. No nos vaya a pasar como al pescador de la fábula. Ya saben, aquel al que tentaba un astuto coach para que abandonara su sencillo modo de vida, multiplicara sin tino su producción, y trabajara día y noche para, con el dinero que ganara, poder vivir justo… como había vivido siempre: con tiempo, sosiego y en un lugar donde, en pocos minutos o kilómetros, se puede atravesar un bosque centenario, admirar un dolmen neolítico, contemplar el vuelo de las grullas o, simplemente, respirar aire puro.

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico de Extremadura. Para leer el artículo original pulse aquí.

jueves, 14 de mayo de 2020

Comeréis huevos



Recuerdo, hace años, a una compañera quejarse amargamente de que los alumnos le reprocharan la misma impuntualidad que les recriminaba habitualmente a ellos. “¡Habrase visto – contaba indignada –, decidme que yo también llego tarde! ¿Y qué tendrá eso que ver? ¡Pues os aguantáis – contó que les dijo a los alumnos –: cuando seáis padres, ya comeréis huevos!”. Me acuerdo de la castiza naturalidad con que lanzó esta especie de proclama supremacista de los huevos y de la sonrisa, igualmente espontánea, de los colegas allí presentes…
Lo cierto es que la escena no tenía nada de asombroso. El prejuicio cuartelero de que la veteranía es fuente incontestable de privilegios – por arbitrarios que estos sean – es común no solo en las aulas, sino en casi todos los ámbitos sociales y profesionales. Así, se supone que los empleados más jóvenes, los docentes primerizos, los médicos en prácticas, los reclutas recién llegados, etc., han de realizar las tareas más ingratas (y, a veces, difíciles), trabajar más, cobrar menos, y someterse sin chistar a los hábitos, órdenes y caprichos de los colegas de mayor edad (y no siempre de más categoría o mérito). Este dogma es parte de una vieja estructura “gerontocrática” de dominación que está presente (entremezclada con otras como la clase social, el género o la profesión) en casi todas las culturas, y cuyo éxito se debe, en gran medida, a un “contrato generacional” implícito: aquel que asegura a los más jóvenes que su entrega y sumisión se verán recompensadas, tras un número prudente de años, con el ascenso a la misma posición de privilegio que disfrutan los adultos (esos que ya “comen huevos”).
Ahora bien, ¿qué pasa si ese acuerdo generacional se rompe? Desde hace decenios, crisis tras crisis, nuestros jóvenes tienen cada vez más claro que, salvo excepciones, van a vivir peor que sus mayores, y que aquellos logros (un trabajo estable, una casa propia, reunir cierto patrimonio) que antaño se tenían por una compensación natural a muchos años de esfuerzo, son, hoy por hoy, poco menos que un milagro. El pacto intergeneracional se está resquebrajando con la misma rapidez que aquellos otros mecanismos – el estado de bienestar, la prosperidad de las clases medias, el prestigio de la educación pública… – que garantizaban un nivel mínimo de cohesión social y conformidad en torno a un sistema productivo en sí mismo poco o nada igualitario.
Y bien, ¿qué se puede y debe hacer ahora? Lo primero, evitar las promesas. Augurar que “en algún momento” la reactivación económica precisará de estos jóvenes (que ya no lo serán tanto) tan exquisitamente formados y acostumbrados a acostumbrarse a todo, no les vale de nada a personas que ven, día tras día, como se esfuma la posibilidad real de realizar sus proyectos laborales y personales. Se impone, pues, un “sacrificio” por parte de las generaciones y clases mejor situadas; no solo por puro sentido de la solidaridad y la justicia, sino también por interés en la estabilidad del sistema que sostiene sus propios privilegios. Una política fiscal y social decidida y de dimensiones europeas (ingreso mínimo, regularización del empleo temporal, reparto del trabajo, control del precio de los alquileres, inversión en educación pública, becas, rentas por natalidad…) es lo menos que merecerían estos jóvenes, víctimas del incumplimiento del “contrato generacional”.
Por descontado que a ellos también habría que exigirles algo. No ya formación profesional o “resiliencia” (de ambas cosas andan sobrados), sino compromiso crítico y movilización política, algo imprescindible para salir del atolladero. Y eso que también ahí parece que están dando el callo. Recientes estudios muestran que los jóvenes están cada vez más interesados en política (lo cual no quiere decir en la política tradicional o de partidos – no hay más que recordar el 15-M –). Y las facultades de filosofía están llenas a rebosar, ofreciendo, algunas, grados nuevos y prometedores, como el de Filosofía, Política y Economía, que estudian ya varios de mis exalumnos. Tengo confianza en ellos. No para que esperen su turno de “comer huevos”, sino para que sepan cómo hacer para que podamos comerlos todos.

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura, para leer la versión impresa pulsar aquí.




jueves, 7 de mayo de 2020

Hacernos (los) suecos


Se debate estos días sobre la idoneidad del modelo de confinamiento punitivo y duro que ha adoptado el gobierno español para afrontar la pandemia, en comparación con el de aquellos otros países que, en menor o mayor grado – desde Portugal al caso extremo de Suecia – han optado por un confinamiento más laxo y por apelar al sentido de responsabilidad de sus ciudadanos. ¿Se ha hecho lo correcto en nuestro país?

Más allá de cuestiones estrictamente epidemiológicas o éticas, uno de los argumentos de los defensores del “modelo duro” es el de la presunta y “proverbial” indisciplina de los españoles con respecto a las normas, motivo por el cual – dicen – se hacía necesario legislar con severidad, amenazar con cuantiosas multas o hacer aparecer a la policía y el ejército diariamente en la televisión pública.

¿Pero es esto cierto? ¿Somos así de indisciplinados los españoles? ¿Se puede hablar, siquiera, y con un mínimo de rigor, de un modo “español” de ser? ¿Y, si lo hubiera, debería tal cosa llegar a determinar nuestra forma de gobernarnos? Veamos.

Sobre la presunta idiosincrasia hispánica no sabe uno con qué fuente de conocimientos empezar a trabajar: si con la literatura costumbrista del XIX, la sociología recreativa de columnistas y tertulianos o, directamente, con los chistes de Arévalo. Dado que los prejuicios ayudan poco a la reflexión (más bien la sustituyen), me limitaré a constatar lo que me parece más prudente y obvio: que no hay ninguna manera “española” de ser” (como tampoco la hay sueca, alemana o palentina). Lo que hay, siempre, es una enorme variedad de conductas y personas relacionadas en complejas redes sociales (culturales, de género, de clase, de edad…) que difícilmente permiten hacer generalización moral alguna. Es, desde luego, indudable que cada país (y pueblo, y barrio, y club, y grupo de amigos…) tiene costumbres y tradiciones, o miembros más o menos responsables, pero nada que no sea modulable o que legitime poner en cuarentena los principios democráticos.  

Y hablo de tales principios porque me parece incongruente mantener convicciones democráticas y, a la vez, pensar que los ciudadanos son incapaces de actuar con la responsabilidad y la autoridad política que les adscribe, por principio, la democracia. Si uno cree de verdad que “sin mano dura somos ingobernables”, lo suyo es apostar por un estado despótico. De hecho, el tufo a paternalismo (y a su complemento clientelista) que desprenden a menudo nuestros hábitos políticos – y en esto los ciudadanos son tan responsables o más que los gobernantes, a los que, sin embargo, se les echa puerilmente la culpa de todo – podría confirmar la inmadurez política de la ciudadanía y la necesidad de que se la gobierne en todo.  

Ahora bien, incluso aceptando el supuesto de que seamos un país aún inmaduro para el autogobierno democrático, y de que, por tanto, nos “convenga” una cierta tutela despótica, tendríamos que preguntarnos si la estrategia educativa que permitimos – y pedimos – a nuestros ilustrados y déspotas tutores es o no la adecuada. ¿Se fomenta el uso maduro y responsable de la libertad en los ciudadanos negándoles el ejercicio de esa misma responsabilidad? Educar “para” la autonomía es educar “en” la autonomía. La experiencia y la lógica enseñan que, si tratas a las personas como a niños díscolos a los que hay que estar continuamente vigilando, acaban por comportarse como tales. La coacción y el reglamentarismo producen tantos pícaros e hipócritas como borregos, es decir, de todo menos ciudadanos. Aunque claro, también puede ser que, como afirman los más pesimistas, la gente no tenga la intención de cargar con ese pesado fardo que son la libertad y la ciudadanía 

Pues lo siento (y me alegro): si queremos vivir en una sociedad libre y democrática no hay más remedio que permitir que los ciudadanos decidamos y actuemos, en todo, bajo nuestra propia responsabilidad. Y arriesgarnos en ello a muerte. Como hacen los suecos y en lugar de “hacernos el sueco”, cosa esta que, en el fondo, no parece más que una pataleta adolescente o un mal remedo de la autonomía que se nos niega y que, tal vez, no nos apetezca tampoco tomarnos demasiado en serio. ¿O sí?

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo original pulsar aquí.

jueves, 30 de abril de 2020

Pandemia y política de lo común



Cuando Margaret Thatcher – siguiendo la recia tradición nominalista de los filósofos británicos – dijo aquello de que “no existe la sociedad, sino solo (el esfuerzo de) los individuos”, olvidaba que aquello con que emitía su proclama ultraliberal, y la proclama misma, pertenecían sin remedio a la esfera de lo social y lo común – desde lo común a la especie de su cerebro a lo común del lenguaje y las ideas desde las que hablaba –.

Un poco antes, el filósofo John Rawls especulaba con la irrelevancia de la noción de “mérito”: poseer o no poseer las capacidades y recursos que determinada sociedad valora – decía –, incluyendo la voluntad para lograrlos, no depende tanto del esfuerzo individual como del azar natural y el entorno sociocultural al que se pertenece. Según Rawls, una sociedad justa – incluso en términos liberales – ha de compensar esas desigualdades inmerecidas revirtiendo a la comunidad el fruto del trabajo y el talento de los más afortunados.

Desde hace años prende el discurso en torno a la vieja noción de lo común (Christian Laval y Pierre Dardot), una noción que cuestiona los fundamentos filosóficos, jurídicos y económicos del capitalismo y la propiedad privada. El discurso – una vez se le desnuda de sus vertientes sectarias – es sencillo: todo aquello que interesa de modo imperioso a todos, y en torno a lo cual se articulan las prácticas comunitarias más fundamentales, no puede estar al servicio del interés particular de nadie. A todos nos interesa igualmente comer, beber, respirar, desplazarnos, disponer de un techo, comunicarnos, estar sanos y educar y desarrollar nuestro talento; así que la tierra, el agua, el medio ambiente, la energía, la vivienda, el acceso a los medios de comunicación, a la salud, a la educación y al trabajo no son cosas que se deban dejar exclusivamente en manos de un mercado que ha transgredido insistentemente todo marco de referencia político y comunitario.

Estas tres consideraciones – la naturaleza social del individuo, el carácter mítico de la idea de “mérito” y la necesidad de gestionar en común lo común – deberían estar más claras en situaciones en las que -- como esta que vivimos ahora -- redescubrimos con nitidez nuestra dependencia con respecto a los demás, la vulnerabilidad colectiva ante un virus que no hace distinciones individuales, y la necesidad de un denodado esfuerzo comunitario para salir con bien de la que se nos avecina. Esto último es importante. Un esfuerzo de tal magnitud precisa de una gran confianza en el valor y sentido de la comunidad, algo que se fortalece gestionando juntos aquello que nos importa a todos: la energía, los recursos básicos, el empleo, la vivienda, la salud, la educación, la investigación e incluso el software – no debería poder ser, por ejemplo, que las redes que nos permiten comunicarnos (o educar o administrar justicia…), o los programas de investigación de los que depende la salud de todos, estén, como ahora mismo están, en manos de corporaciones privadas – .

¿Qué esto es una forma de socialismo o comunismo elemental? Tal vez ¿Y qué? Las críticas al comunismo suelen centrarse en su ineficacia o impracticabilidad (es demasiado bueno para nosotros, pecadores y codiciosos como somos, decían ya los teólogos cristianos) y a la violencia, brutal, con que ha intentado históricamente imponerse. ¿Pero podría ser que las cosas cambiasen? ¿Que empezáramos a entender que, en un mundo globalmente desgobernado, con extremos de desigualdad nunca vistos, sujeto a una catástrofe climática inminente y a la competencia feroz por recursos cada vez más escasos, lo último que se necesita es “más mercado” o contentarse con fórmulas apenas simbólicas de control estatal e internacional del mismo?

Y no se asusten, no es el “espectro de Marx” lo que invocamos, sino solo la conciencia de que aquello que ha asegurado nuestro éxito como especie y como individuos – la cooperación y el espíritu comunitario – se atrofiará si no se ejercita en lo mismo que los filósofos clásicos entendían como fundamento de la virtud cívica y política: la gestión colectiva de lo que necesariamente nos afecta a todos. ¿No les parece de sentido común?

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí. 

martes, 28 de abril de 2020

Sobre los efectos de la Pandemia. Entrevista en El Periódico Extremadura


"(...) Ahora más que nunca se demuestra que es necesaria una reflexión, que haya comités éticos funcionando a pleno rendimiento en los hospitales y que no se desvincule la técnica de la ética. Esa creencia de que son los médicos o la ciencia quien debe solucionar todo sin que nosotros tomemos decisiones es una idea propia del pensamiento mágico, una concepción pueril. Por eso es importante una formación ética en las escuelas y que los jóvenes y la población en general tengan hábito de reflexión sobre estos asuntos tan delicados que solo los vemos en circunstancias como esta, pero que están ahí siempre"
Fragmento de la amable entrevista que nos ha hecho Rocío Cantero para El Periódico Extremadura, y que puede leerse completa aquí





jueves, 23 de abril de 2020

¿Libertad? ¿Qué libertad?


Uno de los efectos más anunciados de la crisis del coronavirus es el del fortalecimiento del modelo hobbesiano de Estado; esto es, de aquel que, en nombre de la seguridad, encuentra legítimo prescindir de derechos y libertades individuales. Así, con el pretexto de una situación de emergencia fácilmente perpetuable (en la que el enemigo orwelliano es ahora un virus recurrente y el valor inapelable el de la salud pública – tan sacrosanto como antaño la salvación de las almas o el sacrificio por la patria –), al ya exhaustivo registro digital de datos, hábitos y opiniones, se unirían la censura informativa, los límites a la libertad de expresión o la vigilancia electrónica de todos nuestros movimientos.

Ahora bien, aunque una sustanciosa cantidad de filósofos y politólogos (Agamben, Gray, Han…) coinciden con la visión que acabo de exponer, no todos inciden en el elemento capital de esta modulación totalitaria del Estado: el consentimiento a la misma por parte de la ciudadanía. La nimia explicación que suele darse a este hecho es que la gente antepone las pasiones a la razón: el deseo de seguridad y pertenencia al principio racional de autonomía individual en que parecen fundarse nuestros modernos modelos éticos y políticos. 

Pero esta explicación, digo, es insuficiente. No solo porque en ella se asuma una suerte de psicologismo falso (la gente no actúa directamente por emociones o deseos, sino por el valor de objetividad que atribuye a las creencias que los determinan), sino también porque tiende a confundir dos concepciones distintas de lo que sea la “autonomía individual”... Para leer el resto de este artículo, originalmente publicado en El Periódico Extremadura, pulsar aquí.



jueves, 16 de abril de 2020

Fin de curso


Llevamos un mes de confinamiento más otro esperándonos; lapso al que habrá que sumar una vuelta escalonada a la normalidad. Esto quiere decir que, en el mejor de los casos, las escuelas podrían abrirse a finales de mayo o principios de junio, justo cuando, en circunstancias normales, comienza la recta final del curso. ¿Qué se puede hacer entonces para darlo por acabado? Ahí van un par de consideraciones y alguna propuesta. 

Lo primero es comprender que proseguir el curso de modo telemático no es una opción. Cuando los profesores escuchamos, atónitos, cómo la Administración, a la vez que cerraba las escuelas, difundía el mensaje de que “todo seguiría igual”, pero “por internet”, supusimos que no era más que una mentira piadosa para que no cundiera el pánico y ganar algo de tiempo. Pero, tras cuatro semanas de cuarentena, es hora de hablar más claro: ni el curso “ha seguido por internet”, ni existe un sistema educativo “on line” que permita hacerlo. Hay, sí, profesores y gestores entusiastas de las nuevas tecnologías, Centros muy implicados en el trabajo con plataformas digitales, alumnos y familias más o menos comprometidas y/o estresadas con el invento, una red más o menos regular de formación, y meritorios esfuerzos por dotar de recursos a alumnos desfavorecidos… Pero todo esto no constituye un sistema educativo público, ni siquiera de “campaña”. No ya porque en muchos hogares aún falten medios (equipos, ancho de banda, apoyos, orientación) que garanticen cierto nivel de equidad, ni porque a los docentes les falte por adquirir competencias digitales; es que las Administraciones, desbordadas o bloqueadas, no han tomado realmente ninguna decisión relevante al respecto: ni han establecido protocolos de gestión, ni criterios de actuación docente, ni adaptación de currículos, ni patrones de seguimiento del trabajo en los Centros, ni comités de expertos, ni nada que pudiera sustentar un proyecto viable de fin de curso virtual. Por tanto, seguir y evaluar el curso telemáticamente resultaría, a estas alturas, un completo despropósito.

La segunda consideración, y en línea con lo anterior, es un requerimiento para que esas mismas Administraciones, más allá de delegar en Centros y docentes, tomen, de una vez, las decisiones oportunas. ¿Cuáles? Alternativas hay muchas. Eso sí, dicho lo dicho, todas ellas habrían de pasar por la recuperación de las clases presenciales: desde el plan de continuar el curso a finales de mayo, a la propuesta de reiniciar el curso en septiembre.

Ahora bien, dadas las circunstancias, la opción de recuperar el curso en mayo-junio, o incluso julio, parece difícil (la falta de climatización de los Centros sería aquí un problema añadido), con lo que se debería ir pensando en dar el curso por finalizado – o, al menos, parcialmente aplazado –, sumando la materia que se considere indispensable al curso próximo (mediante una adaptación curricular generalizada) y evaluando lo impartido en este en base a lo logrado en los dos primeros trimestres (más alguna nota positiva en relación con el trabajo durante el confinamiento). En caso de cursos terminales, o alumnos que no pudieran superarlo, se podría habilitar un período excepcional (septiembre y octubre), para finalizar o recuperar presencialmente el trimestre o el curso, retrasando así unas semanas el inicio del nuevo periodo académico. Todo ello sin demérito del apoyo que, durante todo ese tiempo, se pueda proporcionar a alumnos y familias vía telemática, a través de profesores, tutores y orientadores, concentrando especialmente el esfuerzo y los recursos en aquellos alumnos que más lo necesiten – de manera que, tampoco en educación, “se deje a nadie atrás” –.

En todo caso, la Administración ha de decidirse. Y si la suspensión del curso “relaja” a los alumnos (como preocupa a algunos), mejor que mejor. ¿O es que temen que – aún encerrados como están – se desmanden, o que pierdan interés en aprender – en lugar, como es natural, de ganarlo – en caso de eliminar o aplazar unos cuantos exámenes? Supondría una muy pobre reflexión; y una más lamentable concepción aún de lo que significan la educación y el aprendizaje. 
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí. 


viernes, 10 de abril de 2020

¿Quién debe morir?


 Se trata de un viejo y endiablado dilema ético. ¿Qué hacemos cuando, por falta de recursos, capacidad, tiempo u otros factores, no es posible salvar a ciertas personas sino al precio de sacrificar a otras? ¿Qué debemos hacer cuando hay más enfermos graves que respiradores, más personas necesitadas de trasplante que órganos disponibles, más náufragos ahogándose que flotadores o espacio en el bote de salvamento...?  ¿Cómo decidimos en todos esos casos quién vive y quién muere?

El dilema resulta tan doloroso que, incluso en el contexto de una simple discusión teórica, muchas personas se inhiben o acuden a argucias infantiles para evitarlo. Así, se invocan supuestos criterios técnicos, como si un problema moral (y político) se pudiera salvar mediante protocolos profesionales o el concurso de expertos; o, más puerilmente aún, se invoca a la suerte, o al “orden de llegada”, como si la justicia pudiera impartirse con un dado, o decidir que decidan la suerte o la casualidad nos eximiera de responsabilidad alguna.

¿Qué hacer entonces? Algunos, imbuidos de una moral kantiana, arguyen que dejar morir a una persona inocente es siempre y en toda circunstancia un crimen execrable. Los principios morales merecen – según ellos – un respeto absoluto, incondicional, sean cuales sean las consecuencias que devengan de su aplicación (justo en esto consiste – dicen – actuar moralmente). Dicho de otro modo: el fin nunca justifica los medios; menos aún si el “medio” es un ser humano. ¿Que esto supone que mueran más personas? Como si morimos todos. La dignidad y la justicia están por encima de todo.

La mayoría de las personas no acepta hoy planteamientos como el anterior. ¿Cómo no va a medirse la bondad o la justicia de una acción en virtud de sus consecuencias? Priman las éticas “utilitaristas”, para las que la moralidad de un acto depende de que su “coste” en dolor no sea mayor que sus presumibles “beneficios” en términos de bienestar para la mayoría. Así, si sacrificar a enfermos con esperanza de vida X (o a X personas) resulta la única manera de salvar a enfermos con esperanza de vida X+1 (o a X+1 personas), deberíamos proceder – por doloroso que sea – a ese sacrificio. Para el utilitarismo ético el fin sí que justifica (en ciertos casos) los medios; especialmente si el fin es salvaguardar la vida del mayor número (dos valores morales estos – el de la vida y el del mayor número – que, paradójicamente, se asumen hoy como anteriores a la moralidad misma).

Ahora bien, las éticas utilitaristas generan multitud de problemas (diríamos – en términos utilitaristas – que tal vez más problemas de los que resuelven). El primero y fundamental es el de cómo someter a cálculo cosas como el valor de una vida humana. ¿Valen en esto criterios puramente cuantitativos (edad, esperanza de vida)? ¿O deberíamos acudir a criterios cualitativos (la capacidad para disfrutar, lo que aporta socialmente una persona…)? ¿No podría suponer más beneficio para todos salvar a un científico competente – un gran oncólogo, por ejemplo –, o a un artista genial, aunque fueran ya viejos, que a un joven burócrata sin aspiraciones? Son ejemplos muy provocativos, pero que sirven para descabalar la idea-tabú de que todas las vidas humanas son, en todos los sentidos, igualmente valiosas – algo que no concuerda con el hecho de que la mayoría valore más la vida de sus parientes, amigos o compatriotas (por no hablar de la suya propia) que la de los extraños, la de los “buenos” que la de los “malvados”, la de los que tienen “derecho” a asistencia sanitaria que la de los que no, etc. – .

Otro problema-tipo del utilitarismo deviene de la dificultad de calcular las consecuencias a largo plazo de nuestras decisiones. Pensemos, por ejemplo, que la normalización en el uso de criterios utilitaristas en hospitales condujera a la administración a despreocuparse de aumentar los recursos sanitarios; esto, en términos propiamente utilitaristas, supondría un mal mayor a más largo plazo. ¿Entonces?

Los expuestos no son los únicos problemas morales y teorías éticas que implican y competen a este tipo de dilemas, pero sí algunos de los principales. ¿Nos atrevemos a pensarlos?   

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura 

viernes, 3 de abril de 2020

¿Qué es “tomarse las cosas con filosofía”?


Cada vez que me preguntan por “lo que dice la filosofía” con respecto a todo lo que está pasando, me hago el sueco. Ahora no es el momento – digo –. Y es verdad: la filosofía es pura impertinencia; más aún en momentos en que todo se rebaja a salvar la bolsa y/o la vida. Supongo, de otro lado, que los que me preguntan esperan frases motivadoras con aire de profundas o poéticas, como las que se comparten en las redes junto a una puesta de sol o cosas así. Y eso sí que no. ¿O sí? Tomaremos por el camino de en medio. Expondremos con cinco impertinencias (básicas) en qué consiste eso que la gente llama “tomarse las cosas con filosofía”. Ahí van.

(1) La realidad nunca es lo que parece. Apague un momento la TV y pregúntese hasta qué punto, en el mundo inmediato que pisa, está la muerte asolando el planeta. La verdad: no mucho más que de costumbre. Por tanto, relájese. No quiero decir que se olvide de las UCI colapsadas (o los recortes en sanidad), ni de los ancianos muertos (o de lo solos que mueren y viven); solo que repare en que la pandemia, el confinamiento, sus efectos económicos y el correspondiente y sobreactuado despliegue informativo, no son toda la realidad. Está también usted, que es un mundo, ¿no? Y el otro, el de fuera, que sigue girando – a saber por qué ni para qué –. Si es usted de la clase de ciego que necesita ver para creer, medite un rato frente al espejo y, luego, contemple igual de ensimismado el firmamento. Verá como todo le parece distinto. O, al menos, más pequeño. 

(2) Vamos a morir todos. A usted y a mí nos quedan unos años de vida (muchos, pocos, no vamos a entrar en detalles). Todos los días, con pandemia o sin ella, mueren cientos de miles de personas. En todas las culturas se trata con la muerte a través de prevenciones rituales, tabúes, interpretaciones religiosas; pero en ninguna se la niega o esconde. En la nuestra – en la que ya solo envejecer parece un fracaso – el mercado, con su elixir tecnocientífico, nos ha vendido la quimera (solo para humanos premium) de una vida indefinidamente larga y bien surtida. Por eso la muerte nos deja más patitiesos de lo normal. ¿Cómo es posible que la gente muera así-aquí? Pues ya ve: sin entrar en detalles, como en todos lados.  

(3) No se crea nada. Al menos, nada que no entienda. Es tentador dejarse llevar por todo tipo de expertos, periodistas, famosos, filósofos y blogueros iluminados. Nada. No haga caso. Tampoco de los políticos (esto es más fácil: repiten frases ensayadas, como en el teatro). Menos aún de los científicos (más allá del microscópico campo de su ciencia no saben de lo que hablan). Manténgase despierto y haga el esfuerzo de entender por sí mismo. Piense que si no piensa acabará por acabar aplaudiendo al primer salvapatrias que cambie la mascarilla por la jeta.  

(4) Haga de la necesidad virtud. No hay teoría ética que no concuerde de algún modo con este aserto popular. La inteligencia humana es capaz de vislumbrar algo valioso casi en cualquier circunstancia. Aprovéchela, pues, para hacerse – en ese orden – más sabio, bueno y hermoso; al fin, con algo tendrá que compensar lo pobre que va (a volver) a ser. Ah, y ríase de todo. Se lo merece.

(5) No sea ingenuo: el Reino no va a advenir por un virus. Lo que se expande por el mundo es un virus nuevo, no una nueva idea. Y aunque – faltaría más – la culpa de todo la tiene el capitalismo, la mayoría seguirá pensando que la vida no merece la pena sin (soñar con) conducir un Lamborghini y tutear al director de su banco. Habrá cambios, desde luego, pero para que todo siga más igual (más endeudamiento, más precarización, más privatización, más demagogia nacionalista, más control de la población...). Habrá nuevos ricos (en Oriente) y pobres (en Occidente) – en el sur la miseria se mantendrá estable – y, probablemente, algún nuevo organismo internacional de relumbrón. Y usted seguirá leyendo artículos como este – o mejores y verdaderamente revolucionarios – gracias a las empresas que “generosamente” permiten crearlos y difundirlos en red.

Ahora, tras estas cinco espantosas vulgaridades, pensemos en algo serio y realmente impertinente. O quedémonos callados.

 Este artículo fue publicado en El Periódico Extremadura. Para leer la versión impresa pulsar aquí. 

martes, 31 de marzo de 2020

Médicos, soldados y... maestros


Entre los asuntos que se plantean durante estos días aciagos está el de la continuidad de la actividad educativa, especialmente con respecto a aquellos chicos y chicas a los que por su edad o contexto socio cultural no les basta una simple tutoría a distancia. ¿Qué pueden y deben hacer la administración y la comunidad educativa frente a esta situación?

Lo primero es mantener el espíritu entusiasta y constructivo con que muchos centros, docentes y familias han encarado, casi instantáneamente, estas circunstancias. Ese espíritu es el que nos puede ayudar a diseñar alternativas viables y eficaces para, no ya solo acabar el ciclo académico, sino también y, sobre todo, mantener viva una estructura social de referencia tan fundamental como lo es la escuela. Mantener la actividad educativa no es solo un síntoma de fortaleza y estabilidad de la sociedad y sus instituciones; puede significar también contar con un instrumento imprescindible para insuflar compromiso cívico, madurez intelectual y sentido crítico en un momento de confusión e incertidumbre tan grave como este.

Lo segundo es encarar la tarea con serenidad. Aún no sabemos cuánto más puede durar el periodo de confinamiento, ni si, más adelante, cabrán – y deberíamos exigir que así sea – estrategias de control de la pandemia menos lesivas para la sociabilidad y la autonomía de los ciudadanos. Si es así y la cuarentena no ocupa más de un par de meses, sería factible suspender el curso académico durante ese tiempo (proporcionando a lo sumo tareas recreativas y de repaso) y reiniciarlo, abreviado, y con las debidas precauciones sanitarias, en los meses de mayo y junio (finalizar en julio sería factible con un horario reducido para afrontar así las altas temperaturas).  

En tercer lugar, y si lo anterior fuera inviable, se precisa tener listo un plan detallado y flexible de educación a distancia a través de internet, pero también de otros medios, como la radio y la televisión pública, más accesible a todos. Este plan, que debería implementarse en todos los centros sostenidos por fondos públicos, tendría que prever medidas extraordinarias en el ámbito tecnológico (como el préstamo de equipos o el asesoramiento técnico a familias), social (con la intervención de orientadores y trabajadores sociales) y docente (profesores de apoyo que puedan prestar ayuda domiciliaria). Sería necesario también formar, desde ahora mismo, a maestros y profesores en el uso de recursos básicos para la educación a distancia e, igualmente, permitir, con carácter excepcional, adaptaciones curriculares generalizadas – no todas las materias permiten un trasvase íntegro a la enseñanza no presencial –. Se trataría, ante todo, de hacer prevalecer el principio de equidad y de “no dejar a nadie atrás” tampoco en el ámbito educativo. La escuela ha de ser, ante todo, y más aún en estos momentos, un instrumento de cohesión y solidaridad.

En cuarto lugar, nuestras sociedades (acostumbradas a estándares de seguridad, salud y riqueza en realidad poco comunes) están comenzando a experimentar una situación traumática que, a corto y medio plazo, va a suscitar importantes dilemas morales y políticos. Los contenidos y la práctica educativa han de adecuarse sustancialmente a este escenario, subrayar su función como herramienta de empoderamiento social y personal, estimular la reflexión crítica ante el mundo, y erigirse en un espacio de diálogo riguroso frente al tremendismo y la demagogia profesional de parte de los medios, y el ruido y la furia de las redes sociales.

No olviden que, en ninguna circunstancia, una sociedad democrática debe acostumbrarse al estado de excepción ni a ser conducida por simples técnicos o expertos. Por encima de la ciencia y los datos, y su instrumentalización interesada, está el criterio moral y político de los ciudadanos, de cuya formación como tales debe ocuparse fundamentalmente la escuela  

No solo, en fin, los sanitarios o las fuerzas del orden han de estar en la vanguardia frente a esta crisis; también, a partir de una concepción más amplia y crítica acerca de cómo afrontarla, tienen que estarlo la escuela y los docentes. Ánimo y a trabajar.   

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura. Para leer la versión publicada pulsar aquí.

viernes, 20 de marzo de 2020

Tomar conciencia


Hablo estos días con amigos angustiados por la situación de alarma. No es solo angustia por verse contagiados, o por los efectos económicos y políticos de la crisis (imprevisibles y verdaderamente preocupantes), sino también por la brusca interrupción de la rutina diaria. Normalmente, esa rutina nos “protege” de calibrar profundamente el sentido de lo que hacemos y lo que nos pasa, así como de afrontar problemas y contradicciones fundamentales. Por ello, cuando deja de estar ahí para librarnos de cavilar (y no podemos evadirnos con mil distracciones) surge de golpe y porrazo todo lo que llevamos por dentro. 

Ahora bien, aunque el golpe sea duro y los primeros momentos resulten angustiosos, lo de tomar conciencia de nuestra extraña y problemática vida no puede ser algo tan malo; consideren la situación como una forma de recuperar el tiempo perdido.  

Por cierto, para escribir su maravillosa A la búsqueda del tiempo perdido, Marcel Proust se encerró también, durante años, en un piso de París, cuyas paredes forró de corcho para no oír el insulso y estéril ajetreo de la vida. Pensaba el escritor, con toda razón, que “lo vivo” no está en lo que ocurre en los salones o las calles, sino en la “vivida recreación” que hacemos de todo ello en el cuadro, la novela o el ensayo: solo de ese modo tomamos consciencia de la vida, prestándole así su verdadera densidad y sentido. Vivir no es experimentar sin más las cosas. Únicamente los animales viven en ese estrecho y huidizo momento que es el presente. Nuestro mundo – más libre y consistente – está en creer y crear, en contar y teorizar el mundo que experimentamos. Sin cuento, sin creación, sin reflexión, es decir: sin lenguaje y sin conciencia, nuestra vida es tiempo perdido.  

No hay nada más maravilloso y enigmático que el lenguaje y la consciencia humana, ese mundo del Mundo a cuyo través – por el angosto agujero que abren nuestras preguntas – se expande ese otro universo paralelo y no menos misterioso de los símbolos, el arte, la religión, la ciencia, la filosofía... Esa consciencia nuestra no es fácil de aprehender; en parte porque es con ella con la que lo aprehendemos todo. Algunos psicólogos y filósofos la asocian al silencioso soliloquio en el que, no sin conflicto, interiorizamos el cúmulo de voces con que nos educan. Somos – dicen – ese decir que nos corre por dentro, el cuento que nos contamos sobre todo lo que (se nos) cuenta y desde el que, a veces, nos atrevemos a hacer nuestra propia versión de la historia.

Porque la conciencia no es solo ese “locutor” íntimo a través del cual se focaliza la atención, se reconocen las cosas, se construye la identidad personal, se planifican, dirigen o juzgan las acciones, se sentimentalizan las emociones o se encienden y apagan los deseos… También es la facultad para tomar las riendas del mundo, esto es: para crear nuestro propio relato acerca del mismo. La conciencia puede ser crítica y, por ello mismo, creadora, exploradora, vindicadora de realidades. Solo ella nos vacuna de esa insistente pandemia que es el pensamiento único.

Otro de los rasgos extraordinarios que se adscribe a la conciencia humana es la habilidad para reconocerse en otros. Contamos con lo que los demás se cuentan, nos ponemos en su lugar, contamos con ellos, sabemos que lo que vivimos no es igual de frondoso sin cómplices que lo compliquen ni antagonistas que animen la contienda. No somos nadie sin la trama que urdimos entre todos – y de la que no deberíamos permitir que se pierda ni un solo hilo –.

Ojalá, en fin, este viejo cuento de epidemias, héroes, pueblos amenazados y gloriosas remontadas (del capital – ya verán –), nos dé al menos la ocasión de tomar consciencia. Consciencia de que todo es cuento. De que nosotros también contamos – nuestra versión libre, crítica, de la historia –. O de que sin cuidar de los demás se nos acabó el cuento. Aprovechen, así, estos días de encierro para liberarse: para recapacitar, expresar, charlar y, sobre todo, pensar. Tal vez se percaten de que el tiempo perdido no era este – kafkiano y lúcido – del confinamiento, sino el de antes de que se les diera la angustiosa oportunidad de tomar conciencia. 

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura. Para leerlo en prensa pulsar aquí. 

martes, 17 de marzo de 2020

Canon cultural y políticas de género


Hay muchas razones para defender la llamada “discriminación positiva” a favor de las mujeres en el acceso a cargos o roles tradicionalmente copados por varones. La más fundamental es la innegable discriminación histórica que han sufrido y que debemos borrar del mapa de la manera más rápida y eficaz posible. Otra es el dato objetivo de que la formación de las mujeres es hoy, en la mayoría de los campos, igual o superior a la de los varones. La tercera remite al hecho de que ya existen otras políticas de discriminación positiva (hacia minorías, personas con diversidad funcional, familias numerosas, etc.) que no provocan ningún reproche. Ahora bien, aunque reconozca la utilidad y legitimidad de las políticas de paridad en la lucha contra la desigualdad de género, creo que hemos de vigilar que estas no degeneren en arbitrariedades inadmisibles.

Uno de esos errores es el que resulta de confundir la discriminación positiva en relación a criterios más imparciales de elección (por lo cual, a igualdad de méritos, se escoge a una mujer antes que a un varón para un determinado puesto, evento, lugar en un canon, etc.), con la discriminación positiva como criterio de elección por encima de cualquier otro. 

Curiosamente, este error suele darse solo en aquellos campos que, o bien se consideran – no menos erróneamente – como “decorativos” (el arte, las humanidades, ciertos eventos o instituciones), o bien están carcomidos por la inconsistente creencia en la “objetiva” imposibilidad de criterios objetivos. En otros campos (la medicina o las ciencias “duras” por ejemplo) a nadie en su sano juicio se le ocurre “repartir” los cargos, los artículos en revistas o los premios académicos en forma, sin más, paritaria. Cuando alguien va a un hospital o se matricula en una facultad de ciencias no elige (lógicamente) aquel o aquella en la que existe más paridad de género, sino aquel o aquella que cuenta con más profesionales de reconocida eficacia y prestigio (y si además hay paridad, mejor). Del mismo modo, cuando uno va a una exposición de pintura o lee un manual de filosofía debería esperar siempre encontrar allí las mejores pinturas o ideas filosóficas, sean cuales sean el género, la raza o la nación de quien las pinta o piensa. Pero no, en este caso algunos creen que se puede confundir del todo la cultura con la política. Total – parece pensarse –, como nadie sabe bien qué es el arte, y la idea de que existan ideas mejores o más verdaderas (en letras) parece ingenua – y hasta un poco fascista – , ¿qué más da imponer sin más criterios paritarios?   

Se aduce a veces que, dado que los criterios para decidir a quién se exhibe en una exposición, se le da un premio o se dispone en un programa académico (de letras), son una mera “construcción cultural” (los que creen esto descartan – por supuesto – que su creencia sea también una construcción cultural) y, sobre todo, una construcción cultural injusta (heteropatriarcal, etnocéntrica, etc.), toca decapitar dichos criterios y usar otros nuevos.

No me parece mala idea, pero solo si se demuestra que aquellos criterios están viciados y se proponen, a cambio, otros racionalmente más objetivos – desde la asunción de la posibilidad de tal objetividad, sin lo cual todo se reduce a la fuerza, aunque sea la de los votos – . Mientras tanto, el canon de un arte o un saber solo puede ser el que es. Tal como el hecho de que con él se muestre que si no ha habido más mujeres artistas, científicas o filósofas no es, fundamentalmente, porque su “genialidad innata como mujeres” (un mito populista igual que el que, a la inversa, mantiene el patriarcado) haya sido escondida o reprimida sino, simple y brutalmente, porque se les ha negado todo acceso a la cultura y a la expresión de su talento personal. Negar esto, buscando bajo las piedras figuras femeninas, sean las que sean, para dar a toda costa al canon histórico una apariencia paritaria que jamás tuvo la sociedad que lo produjo hace un flaco favor a la lucha por la igualdad de género. La historia no se puede reescribir. El canon presente y futuro sí y, si todo marcha como es debido, este tendría que estar, al fin, repleto de mujeres.

(Última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí).

jueves, 5 de marzo de 2020

Todos somos especuladores


¿Es lícito especular con los precios de los productos agrícolas o con las mascarillas contra el coronavirus? ¿Por qué no? ¿Por qué sí? Veamos. Qué algo sea “lícito” no se refiere solo ni principalmente a que sea “legal” sino, sobre todo, a que sea “legítimo” o “justo”. Es, pues, legítimo o justo especular con los precios?

Los que creen que sí afirman que la especulación es algo consustancial a la economía de mercado y la ley de la oferta y la demanda, que es la que rige nuestras sociedades haciéndolas – dicen – libres y prósperas. Si alguien te vende mascarillas contra los virus a mil euros o te compra los tomates a la mitad de lo que te pagaba antes, no solo está en su derecho, sino que hace lo que debe en una economía de mercado en la que la especulación con los precios – comprar barato, vender caro – es parte del juego. Prohibir o poner límites “morales” al negocio especulativo sería, al fin, como acabar con el y, al cabo, como ponerle puertas al campo, pues los seres humanos somos, según parece, egoístas por naturaleza, y tendemos inevitablemente a priorizar nuestro beneficio sobre el de los demás.

De otro lado, los que creen que la especulación con los precios no es justa, encuentran, como es lógico, igualmente ilegítima la libre economía de mercado. No ya porque la “libertad” y el “bienestar” que el mercado promete para todos sea un verdadero fiasco (en un mundo en que la desigualdades económicas son cada vez mayores), sino más bien porque los conceptos de “libertad” y “bienestar” que propugna son inapropiados. Frente a ellos, los “anti-mercado” propugnan otros valores – cohesión comunitaria, uso responsable de la libertad, austeridad, igualdad, respeto al medio ambiente... – y una concepción más cooperativa y solidaria del ser humano – frente a la noción competitiva y depredadora de los “pro-mercado” – . Hay que añadir que esta posición crítica frente al mercado es hoy minoritaria. Y eso pese a la tradición intelectual (marxista, anarquista, socialista) e incluso religiosa que la avala (el cristianismo – al menos antes de la Reforma protestante – consideraba la especulación y la usura como un grave pecado a evitar).


Ahora bien, exponer la posición de los que defienden la especulación y la de los que la atacan es relativamente fácil. Lo difícil es explicar cómo es posible defenderla y atacarla a la vez, que es la posición en la que estamos, por acción u omisión, la mayoría. ¿O acaso no especulan – por mucho que a la vez lo critiquen – los propios agricultores, eliminando o acumulando estratégicamente parte de su producción para mantener los precios altos? ¿O acaso no nos aprovechamos nosotros los consumidores de la miseria que se paga a los trabajadores del tercer mundo para comprar todo tipo de cosas a precios de risa en el bazar de la esquina? ¿Quién de entre nosotros está libre del “pecado” de especular cuando y cómo puede – con su vivienda, con sus ahorros, con la simple nómina que depositamos en el banco – ? Los agricultores y ganaderos que salen estos días a bloquear carreteras, o los que clamamos indignados contra los “buitres” que venden mascarillas antivirus a mil euros, no podemos estar diciendo que la especulación sea en sí misma ilícita, pues todos nosotros, de manera más o menos consciente y activa, toleramos – y vivimos cada día de – ese inmenso mecanismo especulativo que es el mercado.
De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

domingo, 1 de marzo de 2020

Palabra de maestro



Muchos de nosotros somos lo que somos gracias a (o por culpa de) las palabras de algún maestro. Los maestros y profesores tienen más influencia de la que creemos. Y es muy dudoso, digan lo que digan, que esta influencia sea hoy menor de lo que era hace cincuenta o cien años. Es cierto que ahora disponemos de más información, pero no por ello de mejor formación. Sobre el confuso “ruido de fondo” de los medios y frente a la deflación de todo criterio o valor, buscamos y necesitamos más que nunca de la autoridad intelectual y moral de los maestros. 

Un buen profesor puede ser más influyente que la familia y hasta más poderoso que un Estado. Su rol y su impronta son decisivas en ese delicado “rito de paso” entre lo familiar (lo subjetivo y afectivo) y lo social (lo institucional y normativo) que representa la educación. Todos recordamos esos pocos docentes que en la escuela, el instituto o la universidad, nos dejaron una huella indeleble; una huella que forma parte ya de nuestro ser como personas. ¿Cómo lo lograron? ¿En qué consiste la maestría del maestro?  

La prueba fundamental de maestría es el dominio de la palabra, esa que, en un cuerpo tan pequeño y siendo casi invisible – decía el retórico Gorgias – , demuestra, sin embargo, el mayor de los poderes. La palabra determina toda nuestra vida: desde el diálogo primero con nuestros padres hasta la interiorización de ese diálogo en el torrente de palabras íntimas con que narramos, dirigimos y juzgamos todo lo que nos pasa y al que llamamos “conciencia”.

Pero a la vez que nos modela por dentro, la palabra también lo hace desde fuera, como institución social bajo cuyas normas – la gramática, la palabra de la ley, la palabra de Dios… – aprendemos lo que hay que pensar, desear, sentir, hacer y padecer. Pues bien: entre estas dos voces, la de dentro (familiar e íntima) y la de fuera (la del poder y sus leyes) tiene lugar la del maestro. La del maestro que, cuando lo es, es la palabra que comprende y libera.

A diferencia del habla afectuosa de la familia, del monólogo a menudo angustiado de la propia conciencia, de la confesión cómplice de los iguales, del parloteo de fondo de los medios, o del discurso imperativo de la norma, de Dios o de la ciencia, la palabra del verdadero maestro se muestra como un habla que comprende, es decir, un habla que ayuda a pensar, categorizar, humanizar, verificar y valorar reflexivamente las demás voces; y también, y por lo mismo, como un habla que nos libera en tanto nos permite comprender – y, por ello, controlar en lo posible –  todo lo que nos habita y nos rodea.

El habla comprensiva del maestro solo puede nacer del saber. El mejor profesor es el más sabio. Nada hay más simple e inapelable que esto. Contra la imagen –falsa y nociva– del docente como un técnico (un experto en didáctica, psicología, retórica...) el verdadero maestro es aquel que, por sus conocimientos y su bagaje humano despierta en el alumno las ganas de saber y de ser. Hagan memoria y verán como el maestro que más ha influido para bien en sus vidas no fue el más innovador, ni el que mejor “comunicaba”, ni el más simpático, sino aquél que más cosas apasionantes y verdaderas tenía para contarles y mostrarles, encarnadas en su voz y en su persona.

Para saber hay que vivir. Primum vivere, dice el dicho. Lo que no dice – y por eso el dicho es falso – es que la vida más vivida es la vida más pensada. Y la vida pensada es aquella que se deja traspasar por la palabra. Pensar es hablar y vivir por y desde dentro. Y educar hablar desde lo hablado, comunicar lo ya pensado y pensarlo – vivirlo – de nuevo otra vez.

Cualquier palabra vale más que mil imágenes, pues solo la palabra permite la reflexión (hablar de lo que habla). De otro lado, nada relevante o libre se hace o aprende sin pensarlo y hablarlo antes (que es lo más activo, con diferencia, que podemos llegar a hacer). La imagen y la mera praxis han sido siempre armas de seducción y alienación masivas, y solo en la palabra y el diálogo puede darse la argumentación, la refutación, la disrupción inteligente, la mayor ironía, la crítica, la libertad.      

Hay otra cosa que nunca he echado a faltar en los buenos profesores: el respeto a la palabra de sus alumnos; esto es, su disposición sincera a pedirles, ofrecerles y darles la razón y la voz a cada paso. ¿Habrá más elemental muestra de respeto hacia un ser racional – por joven que sea – que pedirle y darle razón de todo lo que conviene, o permitir que la inquiera y exprese él? Los buenos maestros, cuando animan a intervenir, te escuchan como si fueras a decir la palabra más importante del mundo. Y a veces, y solo por eso, empiezas a soñar con decirla de veras. Vaya con estas tan torpes mi homenaje a aquellos que me enseñaron a usarla, a hablar con razones y a discurrir por todos lados, por oscuros que parezcan, con esa pequeña luz que me ha hecho compañía hasta en la más oceánica de las incertidumbres. La palabra, sabia y libre, de mis maestros.
(Artículo publicado en la Revista Ex +, nº 1, de El Periódico Extremadura)