lunes, 22 de agosto de 2016

Pasar olímpicamente

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es extremadura




Según un viejo cuento griego hay tres tipos de personas en un Estadio olímpico: los que van a competir (los atletas), los que van a negociar, y los espectadores. ¿Cuál de estas personas realiza una actividad más digna de un ser humano? No es el deportista – dice el cuento –, pues sus fines (saltar, correr) no son muy diferentes de los de un animal. Tampoco el negociante, pues su conducta está guiada por el mismo principio económico (obtener el máximo beneficio con el mínimo coste) que rige la vida en la selva. Tan solo el espectador – concluye la historia – hace algo específicamente humano: contemplar el mundo desinteresadamente. El hombre es el único animal capaz de pasar el tiempo contemplando algo con lo que no puede alimentarse ni copular: estrellas, hormigas, átomos... ¡O pelotas de tenis!

Cuando cuento esto en clase mis alumnos se quedan desconcertados. Para la mayoría de ellos los deportistas y los negociantes son los modelos humanos a imitar. Decirle al típico chico deportista que se pasa las tardes entrenando en la piscina o en la pista de saltos que el sentido de su vida es comparable al de un pez o un canguro es un golpe bajo. Si añades que todo aprendiz de emprendedor no es (según el cuento) más que un mono codicioso ya tienes un grupo de adolescentes profundamente indignados deseando discutir sobre los fines profundos de la vida. ¿Tendrán que ver con el deporte? ¿Con los negocios? ¿Con el negocio deportivo?...

Tanto en la Grecia antigua como en la Europa moderna, el deporte comenzó siendo una noble afición para entretenimiento de aristócratas (la única clase que contaba con tiempo que perder) y acabó como un espectáculo profesional con que distraer a la gente de los asuntos públicos y enriquecer a espabilados “emprendedores”. El poeta griego Simónides – como cualquier publicista o periodista actual – invocaba a la “musa que proporciona dinero” para componer sus himnos a las estrellas olímpicas. Y los tiranos de toda Grecia descubrieron enseguida la virtus dormitiva que tenía el espectáculo deportivo sobre las masas. Solo al final de la época clásica surgieron voces críticas como la de Eurípides, que repetía lo que, ya un siglo antes, dijera el poeta Jenófanes a sus contemporáneos: “No es justo preferir la simple fuerza corporal a la sabiduría”. Naturalmente, todo el mundo pasó olímpicamente de ellos.

Mucha falsa idealización ha corrido, desde entonces, sobre las Olimpiadas. Pero ni antaño ni hoy parece que fuera más que un pasatiempo pijo convertido enseguida en un lucrativo negocio con que entretener a la gente. Porque – y por extraño que parezca – a mucha gente le entusiasma embobarse viendo encestar un balón, o celebrar como si le fuera la vida en ello que un tipo corra, nade o salte un poco más rápido o lejos que otro. Junto a esto, el significado religioso, ético o estético de los juegos, las treguas sagradas, el espíritu de hermandad entre naciones y tantos tópicos olímpicos al uso no son, ni fueron, más que una sublime intención original, o una brumosa y sobredimensionada leyenda acerca de los – siempre míticos – orígenes.

Para comprobar la absoluta falsedad de esos tópicos no tienen más que asomarse a la realidad de las olimpiadas de Brasil. Lo que verán es un inmenso negocio montado a costa de la seguridad y la miseria de miles de trabajadores, un dispendio de dinero público en un país con millones de pobres y una galopante crisis económica encima, un espectáculo obsceno con que tapar los escándalos e intrigas de la clase política, y un lodazal de violencia en el que – según Amnistía Internacional – la policía ha asesinado impunemente a miles de personas (presuntos delincuentes) y ha reprimido con saña a las cientos de miles que se han manifestado reiteradamente en contra de la celebración de los Juegos. A tanto ha llegado la violencia policial que correr delante de la policía para salvar la vida se ha propuesto, con cínico humor negro, como nuevo deporte olímpico en las favelas de Rio de Janeiro.

Por añadidura, y como era de esperar, los costosos fastos olímpicos no han certificado la hermandad entre los pueblos, ni han detenido ninguna guerra, ni representan la más mínima oportunidad de progreso económico, cultural, moral o político para la gente, sean, ahora, las del Brasil, o fueran, antaño, las de cualquier otro lugar. Lo que la aristocracia griega (o su versión moderna encarnada en el Barón de Coubertin) concibió como una refinada celebración de los valores de la nobleza guerrera (patriotismo, heroísmo, desinterés, juego limpio...) no es, ahora, más que un enorme tinglado publicitario y mediático con el que se enriquecen el COI (dueño de todos los derechos) y las élites locales, y que se paga– a menudo durante lustros – con el dinero de todos. Una inmensa (y a veces sangrienta) estafa en la que el espectáculo deportivo parece haber tomado el lugar de la religión como nuevo “opio del pueblo”.

Por lo dicho, estas olimpiadas no deberían obtener más que nuestro más soberano y olímpico desprecio. Aunque mucho nos tememos que si no hicieron caso al poeta Jenófanes, mucho menos nos lo harán a nosotros. Seguro que ahora mismo está comenzando la final, la semifinal o los cuartos de alguna rara especialidad de su gusto... Por cierto, la moraleja del cuento del principio es que para cultivar lo que nos hace personas hay que contemplar y comprender el mundo.¡Pero no el que sale en la tele! Sino ese otro que se quedó fuera del estadio, y que, por si fuera poco, es el nuestro.



viernes, 19 de agosto de 2016

La rastrojera

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



Mi amiga la pintora Carmen Palop usa un término preciso y sugerente para describir el paisaje y el estado anímico que provoca el estío extremeño. Lo llama la rastrojera. La rastrojera es la de los campos en estos días de agosto. Un paisaje de piel dura, pero suave de mirar, en que el rojo y amarillo deslucidos de la tierra se mezclan con la calima gris y el azul lechoso y lejano del cielo. Es un tiempo que invita al recogimiento, a meterse en casa, como los lapones en invierno, para salir unas pocas horas al día a buscar víveres y contacto social. Lejos del estrépito y el agobio de las playas, o de la novelería del turismo, la rastrojera invita al viaje interior, la lectura, la reflexión, la realidad virtual y a soportar alguna que otra resaca. El momento culminante de esta vivencia espiritual es justo después de la siesta, cuando comienza a caer la tarde y la luz cegadora, el aire seco, y el silencio absoluto del campo – punteado a ratos por el zumbido de la chicharra – dibujan las lindes de un mundo onírico que parece estar más allá de la vida. O, al menos, de toda actividad visible o esperable. Es el instante místico del encuentro con la nada. El nirvana ibérico. La liberación absoluta de toda preocupación, liberación que se encarna expresivamente en el gesto sublime y casi salvaje del bostezo...


Pues a este estado rastrojero y de negación del mundo nos ha conducido la presente situación política. Lo de “política” se dice por rutina, o por estilo, porque poco de política, en el más noble sentido, ha tenido la situación durante estos largos y tórridos meses. El sopor comenzó ya en junio, cuando los españoles todos, o al menos muchos, dieron un decidido paso hacia el mismo lugar en el que estaban. Hacia lo malo conocido. El realismo veraniego sucedió a la engañosa primavera, esa que siempre hace soñar con amores y vidas de estreno. Aquel entusiasmo fue tan fugaz como una coalición de izquierdas. No pudo ser. Este país no quiso cambiar. La sonrisa sexy de los jóvenes podemitas (y los castizos cánticos de los que ya veían su patrimonio en manos de las hordas rojas) se evaporó como los ríos en verano y se trocó en áspera apatía de secarral – que barrizal ya lo era – y supina indiferencia.

Miren desde el camino, ventana o ventanilla ese plano continuo del paisaje agosteño, desde el amarillo quemado de la tierra exhausta al plomizo blanco del cielo. ¿No es como una metáfora del estado moral del país? Así de arrastrojada se nos ha quedado la urna del alma tras meses de la misma retórica, las mismas tertulias en la tele, las mismas maniobras caciquiles, la misma pachorra desvergonzada de los mismos que todos sabemos que van a seguir haciendo lo mismo en cuanto nos acabemos de dormir... Pero no se preocupen, alguien vela por nosotros. Si andan por la rastrojera y dejan que el aire les abrase un par de horas la cabeza, verán dibujado en el cielo el inmenso rostro de Rajoy, como un gran buda de sonrisa bobalicona y bostezo incipiente. La actividad de Gautama-Mariano ha sido estos meses la levitación estival, la quietud del yoga bajo el sopor del mediodía, la renuncia a todo deseo menos el de no moverse del sillón. El presidente en funciones sabe que a sus votantes – mientras nada cambie, y se mande como Dios manda – les trae sin cuidado la política. Y a él también. Por eso habla, anda, y casi corre, como recién levantado de la siesta. Y espera, cabeceando, como una mantis religiosa con plaza en algún negociado de provincias, que la cosa caiga por su propio peso. Al fin y al cabo es él o él, o terceras elecciones (y también él).

Si Rajoy es como el runrún metálico de la chicharra, Sánchez es el silencio profundo del campo, el mundo onírico, el viaje interior, el misterio... Si Rajoy lleva meses paseándose en camiseta y rascándose mientras mira de reojo la semifinal de algo, Pedro Sánchez es la viva imagen del héroe en tensión: contraído el rostro, desconfiada y dura la mirada, atento a la víbora que acecha tras cada matojo. Entre la espada del harakiri del apoyo al PP, y la pared del nicho en que se ha dejado colocar por amigos y enemigos, el correoso Sanchez parece que no se rinde, se revuelve y sigue caminando hacia algún sitio – protegida la cabeza con unas pocas encuestas desvaídas – en busca de no se sabe qué: ¿una vuelta más a la ruleta de las elecciones en un tú contra mi – ¡por fin! – frente a Mariano? ¿Un loco intento de valor para descender hasta las grutas de Podemos (a rescatar, quizás, a la Princesa de Errejón)? Sólo él lo sabe (si lo sabe). La verdad verdadera es que el único que parece jugar a algo lejanamente cercano a la política es Rivera. Un juego fácil – prepararle carambolas al PP –, pero que lo tiene – o eso quiere dar a entender – como puta por rastrojo. Pobre. Pero listo. Ya veremos si no pasa de palanganero a vicepresidente. Mientras, a nosotros se nos agostó la paciencia. Todo esto está a años luz de esa nueva política que no hace tanto (aunque parezca un siglo) creíamos que podía llegar a florecer en este país de secano. Hoy solo queda la rastrojera.


jueves, 18 de agosto de 2016

El extremeñu

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.



Cuentan que a Gustavo Bueno, el filósofo recientemente fallecido, le invitaron una vez a integrarse en ETA, allá cuando la organización independentista daba sus primeros pasos. Le decían que era un movimiento que, entre otras cosas, quería recuperar el vasco, el idioma más antiguo de la humanidad, según ellos. El filósofo – genio y figura – les contestó: “¡Coño, pues cuanto más antiguo sea, más cerca estará del lenguaje de los chimpancés!... ¡Vaya mérito que os atribuís!”. Años después, siendo profesor en Asturias, le dio por poner en evidencia toda aquella bobada del bable y las raíces celtas de la patria astur, motivo por lo cual alguno de sus compañeros – tildado por Bueno de “cretino” (aunque mejor hubiera sido “soplagaitas”) – lo denunció y hasta propuso desterrarlo. Por suerte para los asturianos la cosa no cuajó, y Gustavo Bueno pudo seguir dando sus prodigiosas clases en la Universidad de Oviedo.

Me viene esto a la memoria por haber leído hace poco en el diario a un filólogo local quejarse de que el “estremeñu” – presunta lengua que, según este experto, hablábamos los extremeños antes de que Franco nos impusiera el castellano – corre el riesgo de desaparecer por desidia administrativa y por no estar presente en las aulas ¡Pues no tenía ni idea de este grave problema! El asunto de la presencia en las aulas me ha dejado, por demás, especialmente preocupado. ¡Cómo no tenían bastante los chicos con dominar el español, el inglés y, a veces, una segunda lengua extranjera, ahora viene este filólogo a demandar que se enseñe también el extremeñu (del que él mismo, por cierto, parece ser su principal investigador, gramático y poeta vivo)!

A ver. No es por despreciar, pero me parece que en España hay entrañables dialectos (como el extremeñu) que, pese a su innegable valor para lingüistas y etnólogos, no son lenguas de cultura lo suficientemente relevantes como para requerir su presencia en la escuela. Y aquello de que sea “lo que se habló aquí (hasta la imposición franquista del castellano)” no es ni de lejos (caso de que no fuera un disparate, que lo es) un argumento suficiente. Recuerdo a un profesor de música lamentarse hace años de que en su comunidad no tenía tiempo para enseñar a Beethoven o Brahms. La razón era que gran parte de la programación estaba consagrada a un músico de la región. “Es mediocre – me decía compungido –, y está a años luz de los clásicos, pero es el de aquí, qué le vamos a hacer”. Espero que no ocurra un día algo parecido con – digamos – El quijote y El miajón de los castuos.

Siempre he presumido de que los extremeños no hayamos entrado al trapo de la demagogia nacionalista, con su chovinismo barato, sus mitos edénicos, su victimismo, o su burda confusión entre cultura y folclore. Tal vez sea por falta de una burguesía deseosa de acaparar poder. O porque, por vivir en tierras de frontera, estemos hechos a integrarnos con gentes y culturas diferentes. El escritor Jesús Sánchez Adalid, al recibir hace años la Medalla de Extremadura, dijo que los extremeños carecíamos de identidad y que, gracias a eso, éramos libres. Sumar identidades – y no buscar diferencias – ha sido, hasta ahora, nuestra forma de ser y crecer.

Confieso (y de esta me destierran) que cuando mis alumnos me piden consejo al acabar el bachillerato les invito a estudiar lo más lejos posible. No es que aquí la Universidad me parezca mejor o peor. Es una simple medida de higiene mental. Hace años, hasta los españoles más humildes – bien que solo los varones y por la tosca vía del servicio militar – estaban obligados a salir del terruño al menos una vez en su vida. Hoy, un chaval puede estudiar desde primaria hasta el grado universitario sin moverse de su pueblo. ¡Solo faltaba que lo hiciera en el dialecto local! Tanto provincianismo no puede ser bueno. Como tampoco – y esto es obsesión mía – el invertir hora tras hora en aprender lenguas. Si me dejaran gobernar el mundo propondría el esperanto para todos: la de tiempo que ganaríamos para pensar en qué decir, en lugar de en cómo decirlo. Porque – con permiso de los filólogos – lo importante no está en los detalles. Sino en lo importante. ¿Lo digo en extremeñu?


jueves, 11 de agosto de 2016

Microfanatismo

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


A todos nos preocupa que unos fanáticos terroristas asesinen al autor de una viñeta cómica o un libro “blasfemo”. Pero, además de esos bárbaros acontecimientos, cada día ocurren a nuestro alrededor pequeños actos inquisitoriales que, aun en grado infinitesimal, representan el mismo tipo de integrismo intolerante e intolerable.

Desde hace algunas semanas – por ejemplo – hay una campaña en las redes para forzar a una editorial a retirar un libro juvenil (“75 consejos para sobrevivir al colegio”, de María Frisa) en que las opiniones de un personaje de ficción, sacadas de contexto, han sacado de quicio a algunos vigilantes de la pureza ideológica de nuestros jóvenes. Podríamos comparar las acusaciones de estos celosos moralistas (el libro – dicen – es una arenga machista que incita a desobedecer a los padres) a las de los inquisidores de los titiriteros encarcelados hace unos meses en Madrid (la obra – decían – era un arenga etarra en la que se burlaban de jueces y policías). En ambos casos, por cierto, los censores reconocen desconocer lo que censuran (no han leído, por lo general, el libro ni visto la obra de títeres), y en ambos se ha utilizado a los niños como levadura (infalible) de la indignación ciudadana.

No son los únicos casos. Más o menos recientemente hemos visto detenciones de señoras por acarrear bolsos de sospechoso diseño, procesamiento de concejales por hacer chistes de mal gusto, linchamientos virtuales (y reales) por opiniones anti-taurinas o vídeos machistas, denuncias en torno al contenido de conversaciones privadas, y un largo etcétera de pequeños actos de radicalismo popular y no tan popular.

Del afán por amordazar la libertad de expresión y dar escarmientos públicos de parte de la derecha en el gobierno no me extraño en absoluto – más ahora que el neoliberalismo ha de adoptar la piel del populismo más cavernario para llevarse de calle a las víctimas de sus políticas económicas –. Y de la vena inquisitorial de cierta izquierda moralmente iluminada, en el fondo, tampoco. El problema es que estos últimos dan más miedo. A diferencia de los cínicos demagogos liberales, los paladines de la corrección política de la izquierda son verdaderos y entusiastas catequistas. Creen, de verdad, que hay que prohibir o censurar todo lo que atente, critique o ponga en solfa sus posturas ideológicas, desde los libros machistas a la religión en las escuelas.

Lo de los libros es preocupante. Toda la literatura que conozco contiene valores políticamente incorrectos (machistas, belicistas, anti-ecologistas, etc.) ¿Debemos pedir que se retiren los libros (o, al menos, las versiones escolares) de Homero, Eurípides, Fray Luis, Quevedo, Wilde y otros tantos miles? ¿Censuraremos los cuentos clásicos infantiles? ¿Sacaremos también de los museos los cuadros en los que, por ejemplo, se trata a la mujer como objeto sexual? Casi todos los filósofos que leen mis alumnos (menores de edad) son igualmente sospechosos: Platón era antidemócrata, Aristóteles defendía la esclavitud, Nietzsche, un machista de cuidado, Heidegger un nazi.. ¿Los suprimimos en bloque?

Obviamente, ese no es el camino. Si queremos que los valores y principios que defendemos (y el feminismo y el ecologismo son muy dignos de defenderse) rijan la vida de la gente, lo último que debemos hacer es imponerlos. El debate crítico, en el que todos manifiestan su opinión, sin censuras, es la única forma, legítima y eficaz, para convencer a otros del valor de tus ideas.

El problema, claro está, es cómo debatir con un fanático, cuyas ideas suelen estar blindadas. Si criticas, por ejemplo, el afán censor de cierto feminismo hooligan, es que no puedes pensar más que como un macho. Si cuestionas al ultra ecologista la presunta maldad de los alimentos transgénicos es que te han manipulado o comprado las malvadas multinacionales. Etcétera. Es como lo que me decía un cura, de joven, cuando le argumentaba contra la existencia de Dios: “Eso, hijo mío, es el Señor que te pone a prueba”. Los creyentes tienen respuesta para todo. Lo jodido es que lleguen al poder y descubramos que también tienen leyes para todo.



sábado, 6 de agosto de 2016

Censurar libros

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura y en el diario.es



Miles de personas, a través de mensajes, comentarios y subscribiendo peticiones en la red, exigen a una conocida editorial que retire de circulación un libro (“75 consejos para sobrevivir en el colegio” de María Frisa), escrito para el público infantil, en el que la protagonista, una niña, narra sus avatares diarios e inventa, en clave irónica y humorística, una especie de “manual de supervivencia” en el que dice cosas como.... ¡Como las que diría cualquier niña sana y espabilada de 12 años! Cosas que, a veces, y gracias a Dios, hacen saltar del sillón a sus padres. Leyendo el libro uno no encuentra nada que no se pueda leer en otros – muy conocidos – de estilo similar (como la serie de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo), ni nada comparable con el tipo de crítica vitriólica e incorrección política de series geniales y archiconocidas como Los Simpson o South Park. Una de las cosas admirables de estos tórridos tiempos es la cantidad de productos de entretenimiento de calidad – y a la altura de su inteligencia – con los que cuentan niños y adolescentes. Lo que no parece que haya mejorado mucho es el grado de calidad de sus padres.

A muchos padres nacionalcatolicistas de hace 50 años, censores para sus hijos de todo lo que no fuera el catecismo, Roberto Alcazar o Sissi Emperatriz, le suceden hoy una caterva de padres “progres” obsesionados igualmente porque sus hijos observen a rajatabla sus valores y sean, desde ya, ecopacifistas o feministas, tomen alimentos orgánicos o desconfíen de la tecnología. Por suerte, los niños, que, pese a sus padres, tienen siempre reservas inagotables de lucidez, siguen desobedeciendo y riéndose de ellos y sus absurdas prevenciones en cuanto pueden – ¡una mezcla de los imperativos de la selección natural y la diabólica simiente de Adán y Eva! –. Sé de niños que, por haberles prohibido jugar con videojuegos en casa, se muestran como furiosos ludópatas en casas ajenas y más permisivas (mientras que los niños de esas familias, a los que se les deja jugar a placer, comparten ese entretenimiento con otros mil con absoluta normalidad).


Mis amigos más pacifistas, naturistas o ultrafeministas, han tenido que apearse del burro cuando sus hijos, contra toda suerte de sibilinas censuras y chantajes, se han empeñado en sus metralletas de juguete, las asquerosas salchichas del super, o los más escotados trajes de princesa. Lo bueno es que, gracias a eso, ahora se puede discutir con los padres y bromear sobre los transgénicos o contar chistes machistas, sin que se cabreen y te excomulguen. Sobra decir que con esa actitud conseguirán mucho más de sus hijos que forzándolos a la fe puritana en sus creencias. Aunque me juego la vida a que algunas de esas creencias no podría soportar más de diez preguntas seguidas de esas hachas del pensamiento lógico que son los niños y adolescentes (no digamos un buen estudio comparativo entre lo que dicen pensar, lo que piensa de verdad aunque no lo digan, y lo que hacen sin pensar sus buenos padres).

Pero con todo, lo más grave de todo esto no es la cantidad de padres y adultos que no se acaban de enterar de lo maravillosamente listos que son los niños – niños que, para crecer, tienen inevitablemente que desobedecer, reírse y cuestionarlo todo sin remedio (Freud lo diría de forma más cruda, pero más vale no meter también el sexo en todo esto) – . Lo más grave, más allá del caso concreto de este libro, es la cantidad de fanáticos y cretinos morales que campean peligrosamente a nuestro alrededor, y que, si viviéramos en otras épocas, o cambiaran su furiosa moralina o sus creencias “new age” por una religión de las de verdad, serían discípulos de Torquemada o de cualquier ayatollah degollador de infieles. La persona que ha iniciado la recogida de firmas en Change.org para obligar a retirar el libro que comentábamos se dice harta de que la tilden de fanática pero, a la vez, afirma que “nada puede hacerle cambiar de opinión”. Nada de lo que digamos, pues, nos libraría de la hoguera, caso de estar en las manos de este decidido justiciero que, con su actitud, está dando, sin duda, un ejemplo infinitamente más pernicioso que toda la presunta incitación al acoso del libro que fustiga.

Todo este torquemadismo por un libro es un gota más del vaso que van colmando, día sí, día no, algunos de nuestros iluminados gobernantes y conciudadanos, ya desde la derecha más reaccionaria, ya desde el progresismo más miope. Juicios por declaraciones o bromas de mal gusto en las redes, detenciones por acarrear bolsos con lemas presuntamente insultantes, encarcelamiento de tirititeros, denuncias por conversaciones privadas obtenidas de un móvil robado...¡Es alucinante! Pero no lo es menos desde el otro lado de lo mismo. Hace unos días publiqué un artículo contra la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas, pero cometí el error de darle un título ambiguo (“Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes”). Algunos animalistas, que no habían leído – o entendido – el artículo, me identificaron en seguida como defensor de la fiesta, y me pusieron de vuelta abajo con una virulencia que daba verdadero pavor. Hace ya tiempo, a un ginecólogo se le ocurrió publicar un libro en que criticaba las supuestas bondades de la lactancia materna. Para que quiso más. Hordas de adeptas de la religión de la santa lactancia pidieron retirar el pernicioso libro. Todos los fanáticos se parecen en eso: se sienten, en el fondo, tan poco seguros de sus indubitables creencias, tienen tanto miedo a caer en la tentación de la duda, que se ven forzados a prohibir todo lo que parezca atentar, critique o se cachondee de sus sagrados mitos.

Y que conste que hay libros – por suerte – muy perniciosos para los niños, capaces de sacarles de la inocencia como la mejor de las malas compañías. A estos libros, si se empeñan, se los puede desautorizar de mil maneras (no nombrándolos nunca, poniéndolos en el estante más alto de la librería, publicando feroces reseñas sobre ellos, cuestionando su uso educativo por motivos muy razonados...) pero nunca prohibirlos. Prohibido prohibir libros. Porque escribir no es cometer ningún delito, ni una incitación a cometerlo a lectores presuntamente tontos de baba. Los niños (salvo que solo lean lo que les indican sus padres) no son tan estúpidos como para entender literalmente una obra de ficción. ¡Justo porque no son tan estúpidos es por lo que les gusta leer esos libros! Gracias a obras como las de María Frisa, o a series gamberras como South Park, Los Simpson o Bob Esponja (y supongo que, también, muchos videojuegos) los chicos están bien vacunados, hoy, contra la memez moral de muchos de sus mayores. Como canta Serrat: “bienaventurados los que lo tienen claro, porque de ellos es el reino... de los ciegos”. Pues eso. Ya sé el libro que le voy a regalar, para que abra bien los ojos, a alguna de mis sobrinas.




viernes, 5 de agosto de 2016

La barbacoa de Mirandilla

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



Aquí, en mi pueblo, que es también el suyo y al que están ustedes invitados, el Ayuntamiento tuvo la feliz idea – hace un año, ya – de recuperar un paraje natural, situado a las afueras, y que andaba casi convertido en un vertedero. El lugar es bonito, lo cruza una cañada real y está rodeado de charcas frecuentadas, en invierno, por multitud de aves. Está cerca, además, del parque natural de Cornalvo, y de restos arqueológicos importantes, como los de la basílica paleocristiana de Casa Herrera.

Dicho y hecho, el Ayuntamiento se aplicó a la “recuperación ambiental del paraje” (así reza en el proyecto financiado por la Junta de Extremadura y fondos europeos). Cubrió el vertedero de tierra y sembró decenas de árboles, dejando unos – misteriosos – claros entre unos y otros. A los pocos días, alisó y anchó la pista que conduce al lugar, y dispuso en aquellos claros unos bancos de madera, modelo chiringuito rústico, que no eran más que el preludio de lo inevitable, de la guinda del pastel (o más bien del relleno del pavo): unas enormes barbacoas de piedra y ladrillo que – orgullo del albañil que las perpetró – parecían, entre los árboles aún raquíticos, tótems prehistóricos de alguna tribu consagrada al consumo obsesivo de chuletas.

Enseguida entendí lo que, en mi pueblo, significa “recuperación ambiental de un paraje natural”. Nada de conservar senderos o construir observatorios para contemplar pájaros. ¡Quita ya! Lo “natural” era reconvertir caminos en pistas de cuatro carriles, sembrar mesas y barbacoas de uso público (por si alguien olvidó la suya), y – menos mal – dejar crecer algunos árboles para dar sombra a los comensales. Porque en mi pueblo (que es el suyo), disfrutar, lo que se dice disfrutar de la naturaleza, consiste fundamentalmente en dejar el coche bajo un pino – abierto para oír bien la radio –, sacar sillas y mesas playeras, y pasar el día comiendo y bebiendo hasta no poder más. Lo de contemplar la fauna o escuchar los pajarillos mientras se degusta un libro o se mantiene una plácida conversación es de una sosería que igual mola en Dinamarca, o en la Selva Negra, pero que aquí no aguanta ni Dios.

En mi pueblo, que no es de gente ecologista y con poca sangre, a la naturaleza no se la contempla, más bien se la usa sin contemplaciones: para tirar basura, para limpiar el coche, para hacer moto-cross o para pegar tiros a todo lo que se mueva. Y, sobre todo, y por lo visto (en nuestro famoso paraje), para criar y comer chuletas.

Porque hay que comer chuletas. Hasta no hace mucho, en mi pueblo y en tantos otros, tener un cerdo en el corral era un seguro de vida contra el hambre, y la carne un lujo destinado a los días de fiesta. Ahora, criar cerdos, terneras, corderos o pollos en serie es un negocio boyante. Y comer carne todos los días y a todas horas la reacción a siglos de carestía, un signo popular de estatus y vigor, y una mezcla entre el carpe diem latino y el estilo de vida importado de las urbanizaciones anglosajonas que se ven en la tele.

De poco sirve recordar a la gente los peligros para la salud que acarrea el consumo de carnes rojas, ni la suma de sustancias sospechosas que se inoculan a los animales para asegurar su rentabilidad, ni el incalculable sufrimiento que se les infringe en las granjas industriales en las que se les engorda en un cajón del que no salen hasta llegar al matadero. Ni eso, ni mostrarles que el mantenimiento del ganado que llena de carne las barbacoas del primer mundo genera la mayoría de los gases de efecto invernadero, o que consume la mayor parte del grano que se cultiva en el planeta. De hecho, con apenas un 15% de ese grano se acabaría, mañana mismo, con el problema del hambre.

Pero no. Si alguien filmara un documental sobre el entorno natural de mi pueblo, podría prescindir de esos fondos musicales tan cursis mezclados con el sonido del agua y los pájaros y reproducir, sin complejo alguno, las canciones de Georgie Dann. ¿Se acuerdan? Yo las llevo escuchando durante todo el rato que he tardado en escribir esto, aquí, al lado de este valioso paraje natural donde ya no queda un solo ser vivo que no esté alrededor o dentro de... ¡La barbacoooa!...




martes, 2 de agosto de 2016

El retorno de la reválida

Artículo originalmente publicado por el autor en eldiario.es y El Periódico de Extremadura.


A partir de ahora, mi padre ya tendrá algo en común con sus nietos: las historietas de cuando, en pantalón corto y muerto de miedo, tenía que recitar la lista de los reyes godos ante un siniestro tribunal de cátedros para sacarse el bachillerato. ¡Sí, vuelve la revalida! Como en el peor episodio de alguna de esas series nostálgicas de la tele. El gobierno, que está en funciones para lo que le interesa (para evitar comparecer en comisiones parlamentarias, por ejemplo), aprobó hace unos días el decreto según el cual a los alumnos de 16 y 18 años ya no les basta con aprobar la ESO o el Bachillerato; si quieren el título, tendrán que superar, además, una serie de exámenes elaborados por un comité de subsecretarios del Ministerio. Serán cinco días resolviendo problemas y marcando casillas de test para obtener entre el 30% y el 40% de su nota final. Así que, ya saben, procuren que durante la semana de la revalida sus hijos no están enfermos, ni nerviosos, ni afectados por problemas personales, porque lo que hagan durante esos cinco días valdrá prácticamente lo mismo que lo logrado en todos sus años de estudio.

Pero las revalidas no solo ningunean el trabajo de los alumnos, sino también el de los profesores. Cientos de clases, ejercicios, trabajos, exámenes y reuniones no serán suficientes para autorizar sus evaluaciones. Estas se supeditan ahora al (y se igualan, prácticamente, en cuanto al valor final, con) el examen de cinco días de los burócratas del Ministerio. Otra pedrada más (y van...) a la dignidad del profesorado.

Olvídense, también, de todo lo que sea innovación pedagógica: ni educación por proyectos, ni trabajos de grupo, ni debate o diálogo crítico en las clases, ni expresión artística, ni educación en valores, ni nada que no quepa convertir en preguntas tipo trivial acerca de contenidos estandarizados. Por demás, dada la extensión de tales contenidos los profesores tendrán que olvidarse de enseñar nada para convertirse en una suerte de “preparadores de oposiciones” para adolescentes de 12 a 18 años. Si siempre ha sido difícil retener la atención de los chicos, imaginen ahora para inculcarles de memoria los hipertrofiados temarios LOMCE, o para ensayar con ellos un test tras otro, como en las autoescuelas.

Por otra parte, la justificación del gobierno – dada en el propio decreto – para, pese a estar en funciones, imponer una ley que rechaza la mayoría de la comunidad educativa y la totalidad de los partidos políticos, es desvergonzada hasta decir basta. De un lado, se escuda en la urgencia de reglamentar las pruebas para, a continuación, dilatar su concreción... ¡Hasta finales de noviembre! (De lo que se trataba, es obvio, era de aprobar el decreto antes de tener que gobernar en minoría). De otro lado, acude al conocido argumento acerca del valor de las revalidas para fomentar el rendimiento y la motivación de los alumnos, algo que se ha revelado, una y otra vez, como ineficaz y que, desde una torpe y desfasada filosofía pedagógica, coloca a los alumnos – a su supuesta “pereza” e irresponsabilidad – como principales responsables de los problemas del sistema educativo.

Porque de lo que se trata, en el fondo, es de imponer de nuevo la vieja “pedagogía” de palo y tentetieso. Esa pedagogía castiza incapaz de entender que alguien pueda disfrutar con el aprendizaje, que exhibe soluciones simplonas (¡más exámenes!) para problemas complejos, y que inculca en los alumnos, no el amor por el conocimiento o las actitudes cívicas, sino la obsesión por los resultados cuantitativos (y el correspondiente sentimiento de culpa cuando estos no se logran). Una pedagogía, esta, en retroceso, y que ha mostrado una y mil veces su absoluta inutilidad. Así, mientras en Europa (¡y en las mejores escuelas de pago!) se vira hacía pedagogías comprensivas, con currículos flexibles, pocos exámenes, y centradas en la motivación y el interés del alumno, aquí volvemos al espíritu de las revalidas – ¡con el que ya acabó la ley franquista de 1970! – y al modelo de escuela de Don Minervo, el maestro cazurro de los hermanos Zipi y Zape.

Urge, pues, hacer algo para evitar este dislate que, además, amenaza a la ya maltrecha escuela pública. Pues la revalida también servirá para clasificar (y dotar) a los centros en función de los resultados de sus alumnos (con una no especificada ponderación según el nivel socioeconómico de los mismos). Esto, como ha pasado en otros países, solo servirá para crear centros marginales a los que nadie querrá ir, y, claro está, para animar la demanda de los concertados y los privados, en los que no suele encontrarse uno niños de familias poco fetén – de esos que bajan las medias –.

La Generalitat de Cataluña ya ha anunciado que recurrirá el decreto. Otras comunidades, como Castilla-La Mancha y Extremadura están estudiando, también, el recurso. Alguna confederación de padres (CEAPA) anuncia medidas. Es hora de que el resto de las comunidades autónomas (que, además, han quedado absolutamente excluidas del proceso de elaboración de esas malhadadas revalidas) manifiesten su oposición. La derogación de este decreto (o de la Ley Wert en su totalidad) tendría que ser condición innegociable de cualquier negociación política.