miércoles, 22 de junio de 2022

La izquierda en su púlpito

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

El hundimiento de la izquierda alternativa en Andalucía no ha sorprendido a nadie. Lo que sí que sorprende siempre es la diligencia con que ella sola se precipita una y otra vez al abismo. Una diligencia inversamente proporcional a la que debe tener uno en aprender de los errores. Estoy hasta por sospechar que son esos errores, junto a la altivez despechada de los que creen que es la humanidad entera (y no ellos) la que se equivoca, los que dan identidad y razón de ser a buena parte de esa izquierda siempre al borde de la irrelevancia política. 

El desafortunado discurso de Inma Nieto, la cabeza de cartel de Por Andalucía (la penúltima marca de la coalición entre IU y UP), la noche del domingo, tras confirmarse su estrepitoso batacazo electoral, fue una exhibición impúdica de esos vicios y errores en los que incurre constantemente la izquierda, siendo el principal de ellos el insoportable complejo de superioridad moral que muestran (algunos con iracundia de obispos y otros con desparpajo de párroco molón, pero siempre con una naturalidad que espanta) buena parte de sus dirigentes y militantes. 

De este modo, y sin caer por un segundo en la tentación de la autocrítica, la dirigente andaluza pasó a desgranar ante las cámaras las causas de su fracaso electoral. ¡Y, por increíble que parezca, ninguna tenía que ver ni con ella ni con su coalición! Así, la causa principal de tamaño fracaso habría sido la falta de participación (y eso que ha sido casi la misma de 2018, cuando la misma coalición obtuvo más del triple de escaños). Esa menor participación – afirmó Nieto – habría supuesto una menor movilización de los votantes de izquierda y, consecuentemente, una pérdida de votos. ¿Conclusión? Que la culpa, lejos de ser nuestra (vino a decir la líder de PA), era de la desidia de nuestros potenciales votantes…

La segunda causa principal del desastre electoral de Por Andalucía habría sido, según dijo Nieto ante toda la prensa, la profusión de encuestas y propaganda mediática que (son sus palabras) habrían “modulado” a la opinión pública para que votara a la derecha. Es decir que la culpa, de nuevo, no es nuestra (vino a insinuar Nieto), sino de la gente que (es idiota y) se deja manipular. Y la prueba es que, estando todos sujetos a las mismas encuestas y a los mismos y maléficos medios de comunicación, solo unos pocos (ellos y sus votantes) habrían sabido resistir tanta manipulación y votar como es debido.

Indescriptible. Es tal la soberbia que se gasta esta izquierda dogmática y completamente fuera de la realidad que, en lugar de entonar el “ahora toca recuperar la confianza de la ciudadanía” de los partidos cuando pierden (más aún ante un fracaso de la magnitud del sufrido), la dirigente se infló a repetir (a coro con Ione Belarra) que el resultado electoral era “una mala noticia para el Pueblo andaluz” ¡No para ellos – ojo – sino para el Pueblo andaluz, que es el que, por lo visto, se había equivocado! Pues si el Pueblo es el que vota, y lo que vota representa una mala noticia para él, la conclusión está clarísima: es el Pueblo, pobrecito mío, el que no sabe lo que hace. Menos mal que Yolanda Diaz estuvo más contenida, y matizó un poco después que el resultado era una mala noticia solo para los progresistas (algo es algo).

Lo único lejanamente parecido a una autocrítica que hizo Nieto fue a la (obvia, crónica, patética) falta de unidad de la izquierda. Y digo aparente porque realmente no fue autocrítica, sino crítica al partido escindido de Teresa Rodríguez, con quien se estuvieron peleando durante toda la campaña (después de pelarse públicamente entre sí por ver quien encabezaba la coalición). Ya saben: lo del Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular. ¿Pero cómo diablos creen que el electorado puede confiar en una fuerza política dividida por dentro y por fuera, que cambia de siglas en cada proceso electoral, que vive ensimismada en reivindicaciones simbólicas, disputas ideológicas e incomprensibles luchas por una microscópica porción de poder y que, en vez de reconocer su fracaso y hacer propósito de enmienda, se sube al púlpito para reprochar a la gente su desidia, maleabilidad e ignorancia? Pues tal como ven: de ninguna manera.

No sé si está ya perdida toda esperanza, pero si la izquierda alternativa quiere tener aún una mínima expectativa electoral (y falta haría frente a la que se nos avecina) tiene que despabilar, unir fuerzas, abrir ventanas, salir de la parroquia, abandonar el estilo tribal, escuchar, hacer política, dejar de sembrar miedo, tener ideas en lugar de consignas, exhibir proyectos ilusionantes en vez de un cabreo permanente, mirar al futuro en lugar de obsesionarse con la historia y los símbolos, tratar de lo que de verdad importa a la gente y no de delirantes batallas culturales… Y, sobre todo, y por favor, y antes de nada: bajarse de una maldita vez del púlpito.

 

miércoles, 15 de junio de 2022

Contra la positividad corporal: los feos también existen.

 

Esté artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

El movimiento por la “positividad corporal” abriga el ideal de que todos los seres humanos deben tener una imagen corporal positiva de sí mismos, y se opone a que la sociedad promueva estándares de belleza poco realistas o inclusivos, abogando por la representación de todos los tipos de cuerpos, especialmente en ámbitos como los de la moda o la publicidad. Sin embargo, y aunque tras estos propósitos hay una innegable buena intención, es conveniente que los pensemos más a fondo.

En primer lugar, que todas las personas tengan una imagen corporal positiva de sí mismas no debe confundirse con pensar que todos los cuerpos son indistintamente bellos. Esto no es ni lógica ni fácticamente cierto. No lo es lógicamente, porque la belleza sería indistinguible si nada se le opusiera o limitara (¿cómo distinguir lo bello si no existe más que eso?); y no lo es desde un punto de vista fáctico porque, de hecho, todos tenemos criterios de belleza y emitimos juicios estéticos sobre los cuerpos o cualquier otra cosa (aunque no nos atrevamos a reconocerlo a veces – precisamente porque creemos que en ocasiones resulta “feo” y de “mal gusto” –).

Por otra parte, tener criterios de belleza no está reñido con el aprecio por la diversidad. Las cosas o cuerpos pueden ser diversos también en cuanto a su cualidad estética (reconocer que unos son más bellos que otros, es, también, un reconocimiento de la diversidad), y las cualidades y criterios estéticos son más interesantes aún gracias a que se plasman de manera relativamente distinta en cada cultura o incluso en cada tipo o género de cuerpo (hay muchas maneras de ser guapos – y de ser feos –). Incluso, rizando el rizo, y dado que estimamos que lo diverso es más bello o “positivo” que lo “estandarizado”, ¿no deberíamos deducir a partir de ahí que un cuerpo es más bello cuanta más diversidad encierra, y más feo cuanto más se ajusta a los estándares vigentes?

Otro elemento a considerar es la crítica al “poco realismo” de los estándares o modelos de belleza. Porque, ¿cabe exigir realismo a lo que, justo por ser modélico, ha de distinguirse de lo real (o de lo que concebimos vulgarmente como tal)? Piensen, además, que la belleza es un valor, no un hecho. Los hechos reales (tal como los cuerpos que habitamos) no son en sí mismos bellos o feos; somos nosotros los que los valoramos como “bellos” aplicándoles un determinado criterio, esto es, comprobando hasta qué punto se ajustan a nuestras normas o ideales de belleza. Exigir un “modelo-realista” es, pues, un oxímoron, una contradicción “in terminis”.

Pasemos a otro asunto. Que debamos renegar de los ideales de belleza porque haya gente que se deprime al no verse adecuadamente reflejada en ellos es otra supina memez. De entrada, el ideal de que no hay más ideal que lo que hay, y de que hay que adorar el propio cuerpo sí o sí, resulta tan exigente y estresante como cualquier otro ideal. Y, en segundo lugar, negar la evidencia de que hay personas más bellas (y nobles, inteligentes, simpáticas, carismáticas…) que otras, por la sola razón de que esto pueda serle doloroso o frustrante a alguien, no es sino un engaño inútil, condescendiente y absurdo. ¿Deberíamos sacarnos también un ojo para no molestar o deprimir a los tuertos?

Es claro que no. Lo que hay que hacer es educar a las personas para lidiar con la propia condición humana. Y es parte de esa condición el ser conscientes de nuestras miserias (también de las corporales) tanto como el aprestarse constantemente a superarlas. Decía Shakespeare que estamos hechos de la materia de los sueños, y, según Platón, del deseo de unirnos a los que nos engrandece y mejora. Sin esa tensión erótica entre lo real y lo ideal, o entre lo que somos y lo que anhelamos ser, la vida carecería completamente de sentido. ¿Qué esto implica dolor e insatisfacción? Claro. Es el precio a pagar por estar lúcido y vivo; algo que una sociedad tan infantiloide y narcisista como la nuestra, que reclama comisarios políticos para que les quiten de delante todo aquello (¡hasta los maniquíes de las tiendas!) que pueda hacerle daño, no parece dispuesta a reconocer.

Ah, y otra cosa: sería estupendo dejar de obsesionarse con el cuerpo, en relación con el cual hemos pasado del extremo del dualismo que lo concebía como algo radicalmente distinto y opuesto al “espíritu”, a un monismo idólatra, no menos extremista, que pretende reducirlo todo a él. Frente a todo esto recuerden que la belleza, como se ha dicho siempre, está en el interior. Y que, en todo caso, y esté donde esté, para ser bello (o bueno, o listo, o sabio…) lo primero es reconocer que uno no lo es (al menos todavía). Cosa para lo cual los ideales y los modelos (y hasta los maniquíes) nos vienen que ni pintados.

miércoles, 8 de junio de 2022

La identidad europea en el desarrollo curricular de la LOMLOE

 



Hoy se presenta en Madrid este trabajo en el que he tenido el honor de participar con un artículo sobre el desarrollo de la identidad europea en el nuevo currículo LOMLOE. Para quien quiera consultarlo, puede encontrarlo aquí.




Cómo adoctrinar en la escuela (lo justo y necesario).

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


¿Hay adoctrinamiento moral o ideológico en las aulas? Sí, por supuesto. Con la nueva ley educativa y con cualquier otra. Aquí y en Pekín (en Pekín muchísimo más). ¿Cómo no iba a haberlo? Una de las funciones de la escuela es transmitir los valores comunes en torno a los que se articula una sociedad. Sin un mínimo adoctrinamiento en tales valores (es decir, sin un mínimo de educación cívica), los niños y niñas solo conocerían los valores particulares de su familia o entorno inmediato, y la vida pública carecería de referentes morales desde los que orientar la convivencia.  

Ahora bien, aunque toda educación y sociedad implican un cierto adoctrinamiento moral, no todo adoctrinamiento moral es educativo ni socialmente valioso. Cuando este es excesivo y adopta un carácter completamente dogmático, la educación se reduce a mera instrucción, es decir, al tipo de aprendizaje en que prima la obediencia al razonamiento, algo que en nada conviene a una sociedad democrática en la que lo deseable es que la gente, que es la que en última instancia toma las decisiones políticas, piense de forma racional y por sí misma.

Pues bien, ¿cómo podemos hacer entonces para que el necesario adoctrinamiento moral que compete a todo sistema educativo no sea excesivo ni demasiado dogmático, de manera que los niños y niñas sean correctamente educados como ciudadanos capaces de ejercer la soberanía política? Aquí va la receta. Apunten (u opinen al respecto).

Lo primero para que el adoctrinamiento escolar sea el justo y necesario es que los valores morales en los que se adoctrina sean únicamente aquellos que emanan de las leyes o principios que despiertan mayor acuerdo o consenso democrático: la Constitución, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por la ONU, etc. En esas leyes y acuerdos de amplio consenso está contenida la moral mínima en que se ha de educar a la ciudadanía.

Lo segundo se deduce de lo anterior, y consiste en que las administraciones velen para que en la escuela no se dé especial cuartelillo a ningún mensaje moral o ideológico que (dejando aparte el que se deriva de la enseñanza de las distintas materias) no sea el mínimo consensuado y consignado en leyes y acuerdos. Así, es estupendo, como proponen algunos políticos, que se revisen los libros de texto para eliminar sesgos ideológicos impropios (es decir: no derivados de las leyes y consensos vigentes), ¿pero por qué no se revisa también el modo entero de enseñanza de algunos colegios concertados, en los que también se adoctrina, y de forma más invasiva y persistente, en valores alejados de lo que hoy consideramos moralmente aceptable (piensen, por ejemplo, en aquellos colegios religiosos en los que se segrega a chicos y chicas para educarlos por separado)?

Una tercera medida útil para minimizar el adoctrinamiento escolar es dejar de emplear la educación como arma arrojadiza en la pelea por el poder. Ya sabemos que la única que da y quita votos es hoy la “batalla cultural” (la económica o política se agotaron hace mucho), pero los políticos deberían trasladarla a otros escenarios menos lesivos para el sistema que les da de comer. No puede ser que tras cada cambio de gobierno vengan los halcones de la derecha montaraz, o los iluminados inquisidores de la izquierda verdadera, a imponer a todo el mundo sus consignas y valores vía decretos educativos, impidiendo una y otra vez el mil veces implorado consenso educativo.

La cuarta medida ha de consistir en promover la pluralidad del profesorado (algo que, por cierto, es mucho más difícil en la concertada, donde los profesores no son elegidos por oposición, sino, a menudo, por afinidad ideológica con quien los contrata), y en formarlos como buenos profesionales de manera que, entre otras cosas, no aprovechen su posición de autoridad para adoctrinar dogmáticamente al alumnado (¡menor de edad!) en sus propios valores o posiciones políticas.  

Y la quinta y última medida: fortalecer la educación crítica, esto es, aquella que promueve una actitud analítica y reflexiva frente a todo tipo de adoctrinamiento, incluido aquel que viene amparado por la ley (pues el fundamento de una democracia está precisamente en permitir la revisión dialéctica de sus propios fundamentos, leyes y valores). Así, si dejamos que aquellas materias en las que más se ejercita el pensamiento crítico (la ética, la filosofía, la crítica literaria, la historia…) hagan su trabajo formativo (en lugar de convertirlas en panfletos moralizantes o desquiciados ejercicios de revisionismo histórico al servicio de los ismos de turno), estaremos garantizando la mejor inmunización contra el adoctrinamiento excesivo, así como una educación cívica consecuente con los propios valores democráticos, esto es: basada en la convicción y el diálogo, y no en el dogma y la catequesis ideológica.

miércoles, 1 de junio de 2022

Desorden, filosofía y salud mental.

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Uno de los rasgos más visibles de nuestro tiempo es el aparente aprecio por el desorden, una patología ideológica que se muestra, entre otras cosas, en la manera irreflexiva e inconsecuente con que se rechaza todo lo que suponga categorizar o jerarquizar las cosas. Así, definir se concibe hoy, por definición, como algo políticamente incorrecto (que estigmatiza y coarta la libertad de ser lo que se quiera a cada instante), sistematizar se percibe sistemáticamente como un ejercicio de dogmatismo poco respetuoso con la diferencia, y clasificar se clasifica como una inaceptable expresión de poder excluyente. No digamos si de lo que se trata es de valorar y (por tanto) de establecer jerarquías: eso es ya fascismo puro (ya saben que en la romántica metafísica de lo líquido y fluido rige aquello del viejo tango: todo es igual y nada es mejor…).

Pero negar el orden como impostura frente al presunto caos indomesticable de la realidad es ya, de entrada, un tipo específico de contradicción. Decir que “todo es fluido” es suponer que todo es permanentemente lo mismo y que, por tanto, nada cambia ni fluye; afirmar que “las cosas son indefinibles” es imposible sin suponer una definición mínima de lo que se define y lo que no; proclamar que “toda jerarquía es imposición arbitraria” implica que dicha proclamación (que sitúa una tesis por encima de otras) es tan arbitraria como su contraria. Y así podríamos seguir hasta el infinito. No hay verdad más dogmática que enunciar que “nada es verdad”, ni juicio de valor más “fascista” que estimar que “nada es en realidad más estimable que nada” (con lo que, finalmente, lo valioso solo puede ser lo que impone la voluntad del más fuerte).  

El presunto desorden regente tampoco tiene nada que ver con la realidad. El mundo no es energía indiferenciada ni simple materia en movimiento; en él hay leyes, constantes, jerarquía; y hay razones para creer (diga lo que diga la limitada fontanería teórica de los físicos) que no hay más realidad que esa estructura o forma suya (esa forma que tan bien describen las fórmulas matemáticas).

Lo mismo podríamos decir de la ciencia: que no es más que un modo estructurado de jerarquizar datos, hipótesis, teoremas y axiomas con objeto de definir la forma real que subyace al desorden aparente. O del ámbito moral o estético, en el que los seres se clasifican como mejores o peores en multitud de aspectos (entre los cuales también hay una clara jerarquía – no es lo mismo ser más sabio que más inteligente, ni más bello que más fornido –). Si no tuviéramos claro todo esto careceríamos de razón alguna para elegir a nuestros amigos, cuidar nuestra imagen o educar nuestro talento. 

Pero si en algún aspecto resulta especialmente sangrante esta aparente negación de la jerarquía y al orden es en el terreno político y social. Nada más estúpido que creer que estás al mismo nivel de los que mandan porque les tratas de tú o porque te hacen “sugerencias” en lugar de darte órdenes. Es falso que exista algo así como una estructura “horizontal”; toda organización mínimamente compleja (un estado, una empresa, un partido, una institución, una familia…) supone asimetría, niveles distintos y, por lo mismo, verticalidad y jerarquía. Simular que este orden no existe no es sino una manera perversa de invisibilizarlo y volverlo, por ello, más difícil de fiscalizar.

Uno de los “brazos armados” de este poder invisible (en la peor de sus versiones) es, justamente, el desorden informativo. La desinformación consiste en difundir representaciones indebidamente desorganizadas (en que se mezclan la ficción o apariencia con la realidad, las partes con el todo, lo contrastado con lo que no, lo que es con lo que debe, lo necesario con lo contingente, lo sustantivo con lo accesorio…), y frente a las que no queda otra que educar a la ciudadanía en habilidades tan filosóficas y desprestigiadas como definir, categorizar, sistematizar y jerarquizar las ideas y las cosas.

Y digo esto último porque buena parte de las personas con las que me topo son incapaces de hacer todo esto por sí mismas, ni, por tanto, de ordenar y expresar las ideas (las suyas y las ajenas) en un discurso o sistema estructurado desde el que se pueda entender algo de lo que ocurre o tomar decisiones con un mínimo de responsabilidad y espíritu crítico.

Esta alienante incapacidad para pensar de modo estructurado delata, además, un desorden mental que, aceptado con complacencia por el discurso dominante y multiplicado por la fábrica mediática del mundo, está en la raíz de ese deterioro de la salud psíquica que acusamos hoy, y ante el que lo que se precisa no son fármacos o atención psicológica, sino precisamente esto: aprender a pensar o, lo que es lo mismo, aprender a reconocer en el orden de las ideas el orden de todo lo demás. Sin ello, no hay más que cambalache: el viejo orden del poder y del dinero revestido de estupidez y confusión. El tango de siempre, vaya.

 


miércoles, 25 de mayo de 2022

¿Qué es lo que no se entiende de la palabra “universidad”?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Estamos en época de exámenes, entre ellos los de EBAU (la antigua selectividad), y la prensa nos recuerda en tono laudatorio que determinadas titulaciones universitarias exigen una nota de ingreso casi imposible. Hace años era el grado de Medicina, y ahora el premio a la exigencia se lo lleva el doble grado de Física y Matemáticas. Hay hasta una lista “top cien” con las carreras en las que es más difícil entrar. ¿No les resulta increíble celebrar tal estupidez?

¿Por qué deberíamos aplaudir como papanatas una política universitaria que lo que hace es recortar un servicio público? ¿Por qué no va a poder un chico o chica con buenas notas, o incluso regulares, estudiar la carrera de sus sueños en la universidad pública (sobra decir que los que pagan una privada no necesitan notas ni siquiera regulares)? Todos conocemos estudiantes de enorme talento que no empezaron a demostrarlo hasta que no pudieron aplicarlo en algo que les interesara de verdad.

Afirma en la prensa el decano de una de las facultades que participan de este doble grado de Física y Matemáticas (la Facultad de Física de la Complutense) que uno de los motivos para limitar el acceso es que faltan recursos (laboratorios, personal…), pero no explica por qué no se les da prioridad a tales recursos, siendo como son tan demandados, y uno tiende a creer que el verdadero motivo es otro, a saber: que “si ponemos pocas plazas – declara el decano aludido – nos aseguramos de que los que entran son los mejores y, por tanto, podrán cursar las asignaturas con menos dificultad”. Es decir, que se trata también (¿o fundamentalmente?) de mantener un ridículo espíritu elitista alrededor de unos conocimientos presuntamente más difíciles y que parece que no pueden estar al alcance de cualquiera que se esfuerce por adquirirlos.

Y ojo: poner el conocimiento al alcance de todos no quiere decir abaratar dicho conocimiento, sino dar a todo el mundo (y no solo a cierto estándar – bastante discutible – de estudiante modélico) la oportunidad de dominarlo. Y este es precisamente, o debería ser, uno de los significados del término “universidad”: el del empeño por universalizar el saber. Más aún cuando hablamos de saberes (la física y la matemática) fundamentales no solo para entender otras ramas de la ciencia, sino también para acceder a aquellos modos de gestión y producción de información de los que dependen hoy los flujos económicos y de poder.   

Un segundo significado esencial del término “universidad”, igualmente ajeno a todo tipo de elitismos, es el de ser la institución en la que se promueve un conocimiento total, es decir: un conocimiento que atiende a todas las dimensiones del saber y a todos los aspectos de la persona, y que lo hace, además, enraizándose críticamente en las ideas y concepciones que, desde la antigüedad clásica (aunque no solo desde ella), determinan nuestra manera de conocer y pensar.

Que la universidad, haciendo honor a su nombre, haya de proporcionar un saber y una formación total o universal, quiere decir que, lejos de concebirse como una formación profesional de alto nivel al servicio de las empresas (que deberían prestar y pagar por sí mismas esa formación, al menos en su dimensión más específica), ha de entenderse como lo que desde su origen fue: una institución educativa diseñada para el cultivo de la ciencia y el conocimiento puro (sea o no útil para multiplicar el dinero), la capacitación política de la ciudadanía y el desarrollo moral de las personas. Más aún en una época como la nuestra, en la que apenas tenemos más certidumbre que la de los enormes desafíos políticos que vamos a tener que afrontar colectivamente: el cambio climático, la distribución de los escasos recursos, el aumento de las desigualdades, los populismos antidemocráticos, el cambio de modelo productivo, la disminución del trabajo disponible, etc. Una época para la que más nos vale formar ciudadanos ética y políticamente activos, dueños de un saber global y una concepción integral de la realidad, que mileuristas casi analfabetos y super-especializados en sectores económicos que lo mismo están hoy en la cima de la empleabilidad que son completamente olvidados en unos años.

Me enteré hace unos días que en las universidades norteamericanas existe un “currículo fundamental” (“core currículum”) obligatorio en todos los grados y por el que se dota al alumnado de una formación intelectual básica y general (tanto de humanidades como de ciencias) a través del análisis y el diálogo crítico o socrático en el aula. Una formación que es tan importante y decisiva para los estudiantes como la que los capacita como especialistas en una u otra rama del saber. Bueno sería que lo copiáramos, y que no nos hiciéramos siempre con lo peor, sino también con lo mejor del modelo imperante.

lunes, 23 de mayo de 2022

El pseudodebate educativo

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


La disputa entra las llamadas nueva y vieja pedagogía está condenada a perpetuarse; no porque sea en sí misma irresoluble, sino por la cantidad de tópicos y malentendidos que contiene. Como en otros ámbitos de la “guerra cultural” en que andamos permanentemente distraídos, pocos son los que se paran a definir los términos con los que se discute, a cuidarse de argumentar con rigor (o incluso sin él), o a tener en cuenta datos que socaven la posición defensiva u ofensiva previamente adoptada.   

Así, me reencuentro en un reciente artículo en prensa (“La nueva y la vieja pedagogía” de la profesora y filósofa Rosa María Rodríguez Magda), con el viejo tópico de que las nuevas pedagogías, en su afán por que los niños “sean felices y la cultura no les dañe”, los “infantilizan” y les impiden ser “sabios y críticos”. Bien. Como titular de prensa no tiene precio. ¿Pero en qué nos fundamos para suponer que atender al bienestar o felicidad del alumnado está reñido con la educación y la cultura? ¿Es el sufrimiento, entonces, la vía adecuada para el aprendizaje? Tal vez algunos pedagogos (que no sean predicadores o instructores militares) puedan creer justificable esto último, ¿pero es cierto? Hay “sabios y críticos” filósofos que piensan todo lo contrario (que la felicidad y la sabiduría son inseparables). ¿No habría
que discutir un poco sobre esto?  

Prosigue el artículo citando otro lugar común del “debate pedagógico”: el del presunto contubernio entre la “nueva pedagogía” y el neoliberalismo. Ahora bien, si esto fuera verdad, resultaría que el neoliberalismo estaría promoviendo una pedagogía del “igualitarismo”, la “inclusividad” y la “convivencia” (que es como describe la autora a la “nueva pedagogía”). ¿No es un poco extraño? ¿Se podría decir, entonces, que la “vieja pedagogía” del “esfuerzo y el mérito individual”, la “excelencia” y la “competencia” (es decir, de aquellas bazas en que se ha escudado siempre la ideología neoliberal) es la que mejor sirve a las opciones no liberales?

Igual de inconsistente o “líquido” es el retrato de la “nueva pedagogía” que hace la autora como presunto fenómeno “posmoderno” (o “post-transmoderno”, como dice ella). Así, se afirma que en la nueva pedagogía “lo fragmentario sustituye a la visión global”. ¿Pero es así? Basta una consulta superficial a los documentos que inspiran o desarrollan esa “nueva pedagogía” (los currículos de la nueva ley educativa, por ejemplo) para encontrar justo lo contrario: una fijación por integrar objetivos, capacidades, contenidos y materias (hasta el punto de que se habla ya de una nueva competencia clave – la “competencia global” – entendida como la capacidad para entender la realidad desde una perspectiva integrada). ¿Entonces?

Afirma también la autora que en la nueva y postmoderna pedagogía lo “subjetivo sustituye a lo objetivo”, pero sin precisar nada más. ¿Querrá esto decir que enseñar de modo más activo, haciendo partícipe al alumnado, implica que este invente los contenidos; o que prestar una (mínima) atención a la educación emocional (la hermana pobre o inexistente de los sistemas educativos) supone dejar de razonar en las clases? ¿Es, por demás, posible una “formación sin enseñar contenidos”, como dice la autora que hace la nueva pedagogía? ¿Qué estamos entendiendo entonces por “contenido”?

Acaba la articulista apelando al argumento de autoridad, y citando a la experta en educación Inger Enkvist y a la filósofa Hannah Arendt, aunque sin que esto ayude a aclarar nada. ¿Qué quiere decir Enkvist cuando afirma que las “nuevas pedagogías” conducen al fracaso? Porque en definir qué se entiende por “fracaso” (y por “logro”) educativo está gran parte de la madre del cordero del debate pedagógico. Tampoco explica Rodríguez Magda en qué contexto afirma Arendt que no hay que “dirigirse a los niños como adultos y creer que deben ser autónomos” (¿no habíamos quedado que no había que infantilizarlos?), ni considerar el “juego como un medio idóneo para el aprendizaje” (contrariando sin más a lo que, desde Platón, afirman la mayoría de los pedagogos desde hace siglos).

Todas estas preguntas, y muchas más, quedan en el aire, por lo que el artículo, como tantos otros, más que aportar luz a un debate complejo y repleto de ambigüedades, lo que hace es limitarse a difundir sofismas como el de los excesos de la pedagogía (¡como si lo que sobrase a los docentes españoles fuese formación pedagógica!), la eliminación de la memoria (una falsedad aprendida de memoria y repetida mecánicamente), o el carácter pernicioso de la tecnología (desde el prejuicio generacional de que la cultura digital condiciona o distorsiona la educación más que otros contextos o mediaciones socio-comunicativas).

Es lamentable, pero así, y con este nivel de discusión, difícilmente iremos nunca a ningún lado.

domingo, 22 de mayo de 2022

Europa, Borges y los bárbaros

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El pasado día 9 coincidieron dos actos especialmente relevantes y, en las actuales circunstancias, de signo preocupantemente opuesto: el Día de Europa, en el que se conmemora la declaración del ministro francés Robert Schuman, germen de la Unión Europea, y el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi que celebra cada año Rusia y cuyo acto central es un gran desfile militar en Moscú.

Que ambos eventos sean, en la presente situación, con el telón de fondo de la guerra en Ucrania, significativamente opuestos quiere decir que, más que nunca, enaltecen valores e ideales completamente distintos. La cooperación política y económica, y la construcción de un marco identitario común, con objeto de evitar nuevas guerras, en el caso de la UE, y la guerra como forma de autoafirmación de una identidad diferenciadora y excluyente, y de unos intereses geopolíticos y económicos particulares, en el caso de la celebración de Putin.

A este respecto, y aunque ambas están relacionadas con el fin de la II Guerra Mundial, las dos celebraciones suponen formas muy diferentes de encajar las lecciones de la hecatombe que supuso dicho conflicto. La Unión Europea, con todos sus innumerables defectos, ha logrado empezar a materializar durante estos setenta años el ideal de una sociedad internacional de apoyo mutuo que, bajo la cobertura ideológica de un cosmopolitismo ilustrado, convierta la guerra en un medio ineficaz de lograr objetivos (todo ello desde la certeza de que una nueva guerra mundial sería la última para todos). La visión, sin embargo, que representan Vladimir Putin y la derecha populista y ultranacionalista que lidera en Rusia (y que es espejo de la que carcome también a Europa) supone la utilización de la violencia en todas sus dimensiones como el modo fundamental de lograr los objetivos políticos.

Hay que añadir, para no incurrir en ingenuidades, que la propuesta que representa la UE tiene, hoy por hoy, la forma de un pequeño (aunque vistoso) islote en mitad de la tormentosa confluencia entre potencias (Rusia, China o los propios EE. UU) ancladas aún en las estrategias del realismo político y de la lucha militar y económica por la supremacía.

Desde luego, es difícil de creer que desde ese pequeño islote político que es la UE vaya a imponerse mañana la paz perpetua kantiana sobre la nietzscheana y ancestral voluntad de poder de las naciones y los hombres. Por el contrario, es mucho más probable, por no decir inevitable, que antes o después eclosione de nuevo el conflicto entre unos y otros. Pero mientras tanto, y justamente por ello, Europa no debe cejar en su propósito, convencida de que, al fin, la verdadera victoria es la que impronta al mundo con los valores e ideas del vencedor.

Recuerdo siempre a este respecto un fabuloso cuento de Borges, la Historia del guerrero y la cautiva, en la que un bárbaro, enamorado de la belleza de las ciudades latinas que arrasaba, acabó abandonando a los suyos y defendiendo a Roma hasta la muerte. Si observan ustedes con perspectiva verán que es esto mismo lo que ha ocurrido con frecuencia en el curso de la historia. Somos como somos en Occidente (y, justo por su influencia, en la casi totalidad del planeta), por la impronta que nos dejó ese minúsculo islote político que fue la Grecia clásica, aún amenazado como estuvo siempre por grandes potencias militares (Persia, Esparta y luego Roma) que, sin embargo, y salvo Roma (que adoptó íntegramente la cultura helénica), no han dejado más que una modesta huella en el mundo.

Mientras tanto, y además de persistir en la fidelidad a los ideales y actitudes que han inspirado este reducto político de pluralidad y convivencia que es hoy Europa, cuyas imperfecciones y legitimidad no nos cansaremos, desde luego, de cuestionar (la autocrítica es parte esencial de nuestra idiosincrasia), podemos y debemos seguir haciendo todo lo que podamos por aminorar o retrasar, al menos, la victoria coyuntural de la barbarie, en este caso, la que representan Putin, su odio expreso a los valores occidentales (o, lo que es lo mismo, a los derechos humanos), y su salvaje incursión bélica en Ucrania, en Siria, o en todos aquellos lugares que pretenden, legítimamente, hacer lo mismo que el bárbaro del cuento de Borges.

Por respeto a los principios en los que tenemos nuestra principal baza, y justo para evitar, hasta que sea inevitable al menos, la guerra, las acciones de la UE deben, pues, incidir en lo ya hecho: un bloqueo económico total contra el régimen de Putin y un apoyo militar legal, aún midiendo cada paso, a los que, fuera de nuestras fronteras, defienden los ideales europeos de quien no tienen nada que ofrecer más que rencor, involución y barbarie.


sábado, 21 de mayo de 2022

Sobre el manifiesto contra la LOMLOE

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Un grupo de más o menos reconocidos intelectuales acaba de publicar un manifiesto contra la nueva ley educativa, la LOMLOE, y en defensa, dicen, de la enseñanza como bien público. Entre otras cosas, se afirma en él que la LOMLOE es incompatible con una educación de calidad, entendiendo como tal una “instrucción basada en los conceptos nucleares de esfuerzo, mérito y contenidos”. Una afirmación harto simplista, pues tales “conceptos nucleares” son, cada uno de ellos, un complejo compendio de particulares y discutibles suposiciones.

El concepto de mérito, por ejemplo, presupone ingenuamente que todos los chicos compiten en igualdad de condiciones y que la competencia que demuestran es, ante todo, fruto de su iniciativa y empeño personal. Pero esto no está en absoluto claro. De hecho, la mayoría de los factores de los que depende el “éxito” académico de un alumno (dotes naturales, educación recibida, influencias del entorno…) no dependen fundamentalmente de ninguna decisión suya; como tampoco depende de él, por cierto, que el sistema educativo decida estimar como meritorio el dominio de determinadas capacidades en lugar de otras. 

Otra prueba de la discutible relevancia del concepto de mérito es que la inmensa mayoría de los alumnos y alumnas que obtienen peores resultados académicos pertenezcan a entornos socioeconómicos deprimidos. Sería mucha casualidad que todos ellos fracasaran por “falta de mérito”. Es especialmente sangrante, por ello, que muchos de mis colegas (algunos, para más inri, de izquierdas) insistan en el cuento de la cenicienta neoliberal de que la “excelencia educativa” y la “cultura del esfuerzo” (contra lo que, según ellos, va la LOMLOE) sean la única y mínima oportunidad que tiene la gente humilde de triunfar en un sistema social que los aliena y explota, con lo que estarían confirmándonos (a) que con la desigualdad social no hay quien pueda, (b) que los que están abajo han de esforzarse el doble por llegar arriba (así es la vida), y (c) que los que no logran “triunfar” y dejar de ser pobres (la inmensa mayoría) lo tienen merecido por no haberse esforzado lo suficiente, con lo que a su inferior condición de partida han de sumarle la humillación moral de postularse como responsables de la misma. 

A esta simplona y demagógica noción de “mérito” une el manifiesto la crítica, no menos superficial, a la presunta “disminución de contenidos” que propugna la LOMLOE, cuando lo que realmente promueve esta ley es todo lo contrario: la amplificación de la propia noción de “contenido”, que no solo se refiere a los conceptos de toda la vida, sino también, y con el mismo nivel de explicitud y rigor, a un buen número de destrezas, actitudes y valores. Además, la misma ley, y por el desarrollo del enfoque competencial al que obligan las recomendaciones europeas, exige ahora un dominio pleno (no solo teórico y académico) de tales contenidos, de forma que no solo sirvan para hacer ejercicios en una pizarra, sino también para pensar, plantear y resolver cuestiones en muchos otros ámbitos. 

Reivindica también el manifiesto que no desaparezcan las notas numéricas y las “Menciones de Honor”, lo que presupone otras dos cuando menos discutibles creencias. La primera es que la complejidad que implica la evaluación de un alumno pueda ser reducida a algo tan absurdo como la diferencia entre un 4,75 y un 5 en la puntuación de un examen; y la segunda, que el interés de un ser humano por aprender sea asimilable al de un perro de Pavlov por salivar, es decir, a algo que solo se manifiesta bajo la promesa de un premio o mención.

Acabo refiriéndome al asunto del adoctrinamiento. Dice el manifiesto que los conceptos de tipo moral o ideológico deben ser desplazados de las aulas. ¿Pero cómo? No hay un solo sistema educativo en el mundo, ni una sola ciencia, saber o práctica, que no incorpore, de forma explícita o implícita, aspectos ideológicos y morales (concepciones del mundo, criterios más o menos acríticos de verdad, creencias sobre el ser humano, pautas morales y cívicas, nociones políticas, presupuestos estéticos…). Así, y como cualquier otra ley educativa de cualquier lugar y época, la LOMLOE establece los valores (emanados de leyes y principios vigentes) que han de regir la convivencia y la propia práctica educativa. ¡Ni existe, ni es posible, una educación moralmente aséptica tal como la que propugna el manifiesto!

Lástima, eso sí, que la ley no haya insistido en dotar de mayor presencia en todos los niveles educativos a materias que, como la ética, sirven precisamente para inmunizar al alumnado contra la asunción acrítica de todo presupuesto moral o ideológico (también de los que se desprenden del manifiesto que hemos comentado).  De ser así, la LOMLOE habría dado un paso aún más decisivo en la tarea de mejorar la calidad educativa y, por lo mismo, de preparar a los alumnos para un verdadero ejercicio, crítico y comprometido, de la ciudadanía.

viernes, 20 de mayo de 2022

Ucrania y el descuadre de la izquierda

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Sospechar está muy bien. Sirve para desvelar intenciones o fuerzas ocultas. Pero deja de aparejarse noblemente con el pensamiento crítico cuando se delata como un simple mecanismo de defensa. Y es esto lo que le pasa a parte de la izquierda con respecto a la guerra de Ucrania: que dice que sospecha y que no le cuadran las cosas, cuando lo que realmente no cuadra (ni siquiera consigo misma) es la posición que ha decidido adoptar.

Y no cuadra por varias razones. La primera porque es de una parcialidad que asusta. Vean si no: indignación unánime cuando el agresor es el imperialismo occidental (en el Sáhara, Palestina, Cuba, Iraq…) y casuística y suspicacia máxima cuando se trata del otro (imperialismo). No hay más que leer estos días a los columnistas de los periódicos más alternativos. ¿Cambiarían esta suspicacia por la indignación y la pancarta si la invasión de Ucrania fuera obra de la OTAN? Ni lo duden.

El segundo elemento de descuadre es lo que el filósofo Santiago Alba llama con acierto “elitismo paranoico”. Según este delirio negacionista, compartido por parte de la extrema izquierda y la ultraderecha, la información (“pro-ucraniana”) que recibimos es pura propaganda de guerra (la de los USA y la OTAN, claro). De manera que el invasor podría estar realmente defendiéndose, las matanzas ser ficticias y los bombardeos a saber. Solo ellos, una pequeña élite al loro de las artimañas del sistema, sabe realmente de qué va la cosa. ¿Se puede hacer algo ante una paranoia de este tamaño? Poco: cualquier objeción en contra no sería más que otra prueba de lo manipulados que estamos los demás.

Un descuadre por la tangente es el “recurso a la complejidad”. “Es muy complejo de analizar”, te dicen, con superioridad, si te posicionas en defensa del país agredido. “Hay que contextualizarlo muy bien”, añaden. “No es una cuestión de buenos y malos (dicen con descaro los que no se cansan de moralizar sobre todo), sino de un enrevesado conflicto geoestratégico ante el que poco cabe hacer y todos son culpables”. “¡Vaya!”, dices tú, sospechando (no vas a ser menos) que todo sería muchísimo más simple si, de nuevo, el agresor fuese la pérfida OTAN.

A este recurso a la complejidad se le adjunta a veces una suerte de pesimismo realista no menos desconcertante. De golpe, la misma izquierda que expresa con entusiasmo su idealismo y su ira revolucionaria frente a los tejemanejes yanquis en Oriente Próximo o América Latina, admite resignada que frente al expansionismo ruso no hay nada que hacer, que Putin ya avisó de que no quería intrusos en su “zona de seguridad”, y de que nos merecemos lo que está pasando por no apreciar en lo que valen los delirios hegemónicos del sátrapa ruso. ¿No es esto un tanto sospechoso?

Para ahondar en el descuadre, no falta en algunos una auténtica (y miserable) demonización de la víctima. Así, para ellos Ucrania no es realmente una democracia a defender, sino un nido de nazis (¿por qué no también de drogadictos, como afirma Putin?) cuyos siniestros gobernantes (el principal de ellos un sospechoso cómico proliberal) estarían sacrificando a su pueblo para hacerle el juego (el juego que sospechan ellos) a la OTAN. ¿Serviría de algo recordarles que hay muchos más nazis y ultraderechistas en la mayoría de los países de la UE, o que las barbaridades del régimen de Sadam Hussein o Afganistán no debilitaron ni un ápice la (justa) condena a la invasión USA? No. Imbuidos como están de la falaz suposición de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, y de que Putin, pese su imperialismo agresivo, su tradicionalismo ultraconservador y la oligarquía mafiosa a la que representa, igual tiene todavía su sex appeal como viejo espía bolchevique, se muestran inmunes a toda evidencia.

El último contrasentido del que se sirve la izquierda para mantenerse libre de toda relevancia política es la apuesta por un pacifismo paternalista empeñado en dictaminar lo que realmente conviene a los ucranianos, y en reivindicar unas negociaciones de paz que, fracaso tras fracaso, y con la bota del agresor en la cabeza, no pueden ser más que una rendición de facto. Como si de pronto, los adalides de las luchas justas y la rebelión de los pueblos oprimidos manifestaran una aversión mística e incondicional a las armas. Parece que el pueblo ucraniano no tiene derecho a vender cara su libertad y soberanía. Y que aquello del “no hay paz sin justicia” o “el más vale morir de pie que vivir de rodillas” no cuadra cuando se trata del enemigo secular del imperio yanqui. 

Algo no cuadra, en efecto, en parte de la izquierda. Y ganas dan, como dice un amigo mío, de animarlos a irse a la Rusia de Putin. Tal vez eso les ayude a juzgar con más claridad todo lo que los ucranianos están defendiendo por nosotros, y que no es sino el “pérfido” imperio del que (muy cómodamente) viven y en el que (a diferencia del otro) pueden decir y desvariar todo lo que quieran sin ir por ello a la cárcel.

jueves, 19 de mayo de 2022

El derecho al odio

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Es frecuente que recordemos con viveza cada pequeña humillación o violencia sufrida. Más aún si no supimos o pudimos responder a ella. El maltrato injustificado al que nos sometió una autoridad, la actitud prepotente y amenazante de alguien, un insulto gratuito, la cacicada de un jefe o un profesor… Son situaciones que recordamos con vergüenza y rabia, imaginando una y otra vez lo que tendríamos que haber dicho y hecho para enfrentarnos al que nos violentaba así.

Si nos afectan tanto esas cosas, ¿qué grado inconmensurable de humillación y rabia no sentirá una persona a la que le arrancan a bombazos todo lo que tiene? Si yo recuerdo durante años abusos anecdóticos como los referidas antes, ¿qué no le pasará por la cabeza a alguien al que le han hundido la casa, le han matado a la madre, o los soldados le han violado consecutivamente a la hija y a la nieta, como contaba hace días en los medios un anciano ucraniano? ¿Qué clase de abismal falta de respeto es que un tipo al que no conoces, desde un bunker a mil kilómetros, y para satisfacer sus propias ambiciones, te trate como a un insecto insignificante y arrase con tu casa y tu ciudad, te deje sin medios de vida, asesine a tus hijos, y te obligue a morir o a convertirte en un paria dependiente de la caridad ajena?

A veces me pregunto cómo hacen los que resisten en las ciudades sitiadas de Ucrania sin apenas esperanza de victoria o siquiera de supervivencia. ¿Qué haría yo en su lugar? ¿No estaría constantemente tentado por la idea de rendirme y optar a conservar la vida? ¿Qué es lo que alimenta el valor, que parece a veces temeridad, de los soldados y la población civil ucraniana (o siria, o yemení, o…)?

A veces creo que la respuesta esté en el odio. Es tan brutal, tan indeciblemente humillante la violencia que ejerce a veces un tirano sobre ti, que el odio que inevitablemente genera supera cualquier previsión o cálculo sobre tus propias fuerzas. El odio, como ocurre con el amor, puede generar una energía casi sobrehumana, y proporcionarte, incluso en las peores condiciones, la vitalidad necesaria para hacer lo que tienes que hacer sin desmayarte o dejarte vencer por el pánico.

Pero no es solo odio o rabia lo que hace que nos opongamos hasta el final a la iniquidad y el abuso. Es también la conciencia, tal vez no muy clara, de que sin haberte enfrentado al que te pone la bota en la cabeza, es muy difícil llevar una existencia digna o simplemente soportable. Si ya es imposible superar del todo los acontecimientos traumáticos que asociamos a una guerra, que no decir si has de afrontar la humillación añadida de rendirte al tirano que ha arruinado tu vida y asesinado a tus seres queridos. Y mucha gente en nuestro país sabe, lamentablemente, de lo que hablo.

El odio, hace falta decirlo, no siempre es malo o negativo. La aversión hacia quien nos aplasta y el deseo de zafarnos a toda costa de él, es un sentimiento, como se diría ahora, de lo más saludable. Hay cosas, actitudes y actos que han de ser extirpados con decisión y ante los que toda capitulación es una invitación a que el mal se multiplique. Tenemos derecho a odiar. Es, en ocasiones, y desgraciadamente, nuestra única opción. El odio y la intolerancia (o la “tolerancia cero”, para decirlo con un eufemismo políticamente correcto) son actitudes necesarias frente a la arbitrariedad y la violencia. Sin este despeje enérgico de lo que los imposibilita, no hay diálogo ni convivencia pacífica posibles. No solo el odio o la intolerancia, por supuesto; también son imprescindibles la memoria, la exigencia imprescriptible de justicia, el reconocimiento y reparación de las víctimas, y, sobre todo, la competencia para oponernos con todas las fuerzas, incluyendo la de las armas, a los que se creen legitimados para tratarnos a los demás como carne de cañón o víctimas colaterales de sus propios fines e intereses.

Releía hace unos días un viejo ensayo del famoso antropólogo Marvin Harris. En él quería demostrar que las religiones (singularmente el cristianismo) que predican el amor incondicional y el “poner la otra mejilla” al enemigo germinan históricamente cuando las opciones más expeditivas han fracasado (en el caso de los judíos del s. I, la de deshacerse a las bravas de la ocupación romana), y es entonces que a los vencidos solo les queda conformar su maltrecha dignidad a la esperanza de una justicia celeste. De ser como dice Harris, habría una prueba más de que nadie puede vivir en la pura ignominia, de que la mera existencia no representa nada especialmente valioso, y de que, pese a los fatuos e inconsistentes modelos morales que se nos inculcan, estos no pueden evitar, justo por su debilidad e inconsistencia, que todavía haya personas dispuestas a luchar y morir por principios que son también, al menos nominalmente, los nuestros.


martes, 17 de mayo de 2022

Sexo, drogas y religión

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Lamento ponerme lírico, pero la primavera nunca ha sido una estación de penitencia fácil. Pese a las apariencias, o precisamente por ellas, a mí me resulta casi insoportable. No hay luz que, como la suya, desvele tan cruel y claramente nuestras miserias y, a la vez, nuestros deseos más imposibles, aquellos que, como decía el poeta, son una pregunta cuya respuesta no existe.

No sé cómo lo ven ustedes, pero hay algo en la luz y la lucidez sensual de estos días que despierta al amor más inefable y enfermizo. Ya sabrán por experiencia que padecemos del mal crónico de la insatisfacción y que, hechos como estamos – dice otro plomizo poeta – de la materia de los sueños, no podemos conformarnos con nada que no sea ese todo que prometen, como un espejismo mentiroso – como un camino sin retorno – todas las mañanas de abril del mundo.

Porque la primavera no es solo la encarnación del mito de la reencarnación de las almas y la resurrección de los cuerpos, que suponemos rebrotarán un día como el azahar o las garrapatas, sino el fuego que nos recuerda la expulsión del paraíso y el inicio del ciclo del tiempo en torno al recuerdo de lo entrevisto y extraviado.

Dicen los mitos, y explican algunos filósofos (habitualmente los más feos) que toda belleza es el espejismo sensible de una perfección y plenitud que no podemos ni concebir, pero con la que alguna vez fuimos uno y de la que, por algún extravagante motivo, se nos separó, condenándonos, como a Sísifo, a hacer rodar el tiempo en este vía crucis consistente en ir deshaciéndonos de todo lo que parece pero no es.

Si el tiempo es deseo, la primavera es el mecanismo que le da cuerda, su forma misma. Platón inventó un cuento para pensarlo. Contaba que allá en las cumbres eternas del Olimpo, donde celebran los dioses su fiesta inmortal, y justo el día que – no casualmente – se festejaba a Afrodita (diosa de la belleza), el dios que todo lo tiene (un tal Poros) y la diosa carente de todo (llamada Penia) tuvieron accidentalmente un hijo al que llamaron Eros (es decir: Amor). Este diosecillo bastardo, apunta el filósofo, somos nosotros, que, como hijos caídos del cielo, hacemos tiempo enamorándonos fugazmente de todo aquello que afrodisiacamente (por Afrodita) nos recuerda y señala el camino a casa.  

Este amor por las señales es la sustancia misma del fenómeno religioso, que, en sentido genérico, no es otra cosa que el deseo erótico de religarse con aquella plenitud que fuimos y de cuyos excitantes destellos nos parece ver un reflejo en los días y los cuerpos que más lucen. Desde esta perspectiva, religión es todo: es lo que hacen el filósofo o el científico cuando buscan volver al Reino (la realidad real) a través de la idea que lo comprende y unifica; o lo que padece el artista, empeñado en duplicar el espejismo de la belleza idealizado por su imaginación; o lo que obran el santo o el héroe, encarnando ese mismo ideal con sus hazañas. Y religión es también lo que hace primaveral y humildemente la mayoría: dejarse de ideas y salir a pillarla.

La embriaguez es una de las formas más primarias de manifestación de lo religioso. En todas las culturas, la pérdida parcial o total de la conciencia y el logro proporcional de un determinado estado emotivo es parte esencial del rito por el que se busca la religación con lo Absoluto. En la mayoría de las religiones tradicionales, ese estado de embriaguez se logra mediante la danza, el canto o el rezo rítmico, la exposición a estímulos y situaciones con efecto emocional (imágenes magníficas, músicas sublimes, olores, daños o gozos físicos…) y no pocas veces con el consumo de sustancias estimulantes. Se supone que ese estado de gracia, es decir, de entusiasmo ciego (de fe) y liberador (de la razón), es el que nos predispone al encuentro con lo divino.

¿Hace falta decir mucho más? Todo el ritual que celebramos por las calles en esa fastuosa fiesta de la primavera que es la Semana Santa cumple con casi todo lo dicho. Observen si no ese magnífico teatro barroco lleno de músicas sentimentales, imágenes danzantes, cantos descarnados, olores sensuales, trajes de fiesta y madrugadas en vela que transforma estos días nuestras calles y ocios. 

Y de este espíritu religioso no se libra nadie, ni los que celebran la pasión de forma (aparentemente) más profana. Los miles de jóvenes, por ejemplo, que invocan y festejan el deseo de plenitud primaveral bebiendo y bailando en las terrazas de esos bares low cost que son las bolsas del super. Fíjense: ritmo, cánticos, danzas, luces oscilantes, olores, y esa belleza fugaz, gloriosa y terrible de los días y los cuerpos. Es lo mismo: pura primavera, absoluto deseo, y una nostalgia incurable para la que no tenemos más remedio que el embriagador bálsamo de fierabrás de la religión. Amén. O evohé. Lo que ustedes prefieran.

lunes, 16 de mayo de 2022

Adoctrinamiento y filosofía

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Vuelve la polémica en torno a la nueva ley educativa. Además del tema de la presencia o no de la filosofía en secundaria (aquí, la Consejería ya ha asegurado que se impartirá como optativa en la ESO), el debate gira en torno a dos de las trifulcas habituales en cada reforma educativa: la cuestión del presunto adoctrinamiento de algunas materias, y el asunto de la renovación pedagógica. Cuestiones ambas que tienen, también, una relación directa con la filosofía.

La polémica sobre el adoctrinamiento en las aulas la provoca habitualmente la derecha, denunciando que determinadas materias, como las de educación en valores cívicos, tienen una fuerte carga ideológica. Y es curioso, ya de entrada, que la controversia la genere una derecha que a la vez que ataca el adoctrinamiento escolar en valores cívicos, defiende el adoctrinamiento escolar en religión, reivindicando por sistema el refuerzo de la materia de religión católica o pidiendo que se subvencionen los colegios religiosos.

Arguye la derecha que el adoctrinamiento religioso en la escuela es por elección familiar y, por ello, legítimo. A lo que los progresistas responden que la educación en valores cívicos (es decir: los valores que emanan de las leyes, la Constitución o la Declaración de los Derechos Humanos) es imprescindible, porque sin compartirlos no hay sociedad ni convivencia democrática que valgan. A esto la derecha vuelve a replicar que sí, que algunos valores sí, pero que otros (como los relativos a la ecología, el feminismo, los derechos LGTBI, la educación afectivo-sexual, la memoria democrática…) son discutibles o entran dentro de la batalla política. Los progresistas replican que estos valores están ya recogidos en leyes en vigor. La derecha aduce que esas leyes no las han votado ellos. Y así una y otra vez. ¿Qué se puede hacer frente a esta discusión bizantina?

La respuesta se ha repetido muchas veces. Para prever el adoctrinamiento (sea del signo o tipo que sea), tanto en las aulas como en la sociedad, no hay nada como la educación filosófica. La filosofía, cuando se imparte adecuadamente, enseña a identificar las ideas de fondo de cada doctrina, a evaluar su racionalidad y pertinencia ética, y a argumentar con los demás al respecto. Y todo esto a partir de un bagaje de textos en los que se han tratado y analizado aquellas ideas de mil formas distintas durante más de dos mil años. Sabiendo todo eso es muy difícil que nos adoctrine nadie que no nos convenza. Y convencer no es lo mismo que adoctrinar, ¿no?

Por cierto, que la controversia entre doctrinas no solo afecta a los asuntos éticos, políticos o religiosos. La gente cree ingenuamente que las ciencias o las artes están libres de creencias y valores, y que lo que dicen o expresan no admite disputa, pero esto no es cierto. La ciencia está cargada de ideología (como mínimo, de ciertas ideas preconcebidas sobre el mundo o el propio conocimiento), y las obras de arte no digamos. Si los alumnos no aprenden a analizar crítica y filosóficamente las ideas y valores subyacentes a las teorías científicas, económicas, psicológicas, históricas, etc., que les enseñan en clase (no digamos los que subyacen a las noticias, las series, los videojuegos, la publicidad o todo lo que aparece por Internet), estarán atados de por vida a esas ideas prejuiciosas. Por esto, y no por prurito intelectual o por conservar ninguna tradición, es por lo que es imprescindible la filosofía en las aulas.

Frente a la otra polémica, la relacionada con la renovación pedagógica, el asunto es más complejo. Los renovadores afirman que el mundo ha cambiado, y que esto exige cambios en la manera de educar a los jóvenes, pues los métodos más tradicionales no funcionan. Por otra parte, los menos o nada renovadores afirman que los cambios propuestos no son los adecuados, pues desincentivan el esfuerzo y promueven un aprendizaje poco o nada riguroso, por lo que abogan por dejar las cosas como están o retornar a formas más clásicas de enseñar.

Ahora bien, con respecto a esta disputa la filosofía también tiene algo que decir y hacer. Si se constata, por mero sentido común, que ningún aprendizaje es posible sin contar con la voluntad o interés del aprendiz o sin la comprensión profunda de lo que se aprende, algo en lo que deberían coincidir las posiciones en liza, toca reconocer que el paradigma más puro de esta forma de aprender es precisamente la filosofía, definida como el amor o voluntad de saber, y como aquella ciencia que no admite como válido nada que no se pueda comprender desde sus cimientos y en relación con todo lo demás. 

Decía el gran filósofo Kant que no se enseña filosofía, sino a filosofar, esto es: a pensar sin descanso para comprender mejor el mundo y que nadie nos engañe. Educar en filosofía es, pues, la mejor garantía, no solo para evitar el adoctrinamiento, sino para promover una educación comprensiva y tan innovadora y competencial como rigurosa. ¿Quién da más?

 

 

domingo, 15 de mayo de 2022

Fucking machotes

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Desde pequeño me hicieron saber de mil maneras posibles que tenía que ser un machote. Cosa nada fácil. Porque ser un machote como Dios manda comprende privilegios, sin duda, pero también deberes. Uno tiene que personificar como un campeón tanto las viejas virtudes platónico-católicas como las más modernas y protestantes (ser valiente, justo, templado, esforzado, exitoso, competitivo…). Vamos, ser algo así como una mezcla entre el Cid y John Wayne. O entre Héctor y Ulises. O ya puestos, entre Vladimir Putin y Will Smith. ¡Uf!

Una de las cosas que según los entandares machotes nos toca hacer a los hombres es proteger paternalmente a las hembras, a las que se las supone en general menos fuertes y virtuosas. Esas «hembras» a salvaguardar en su integridad y honor no son solo tu novia o esposa, sino también tus hermanas, tu madre, tu patria, y hasta tus obreros, si eres un machote paternal y emprendedor.

Este castizo machismo del caballero que toma como deber sagrado el de la protección de su territorio y posesiones permanece casi inalterable hasta el día de hoy. No hay más que asomarse al paisaje ideológico de casi todas nuestras producciones culturales, incluyendo las que consumen a diario los más jóvenes (canciones, películas, videoclips…). El estereotipo del novio machote propietario de una hembra por la que habla y decide, y el de la chica mona o fetén, satisfecha de tener enganchado al macho más sandunguero o prometedor de la manada, responden a realidades más frecuentes de lo que quisiéramos. Y no solo entre adolescentes de barrio y coche tuneado, ojo, sino también entre jóvenes y adultos con másteres y pinta alternativo-burguesa.

Uno de los recursos a los que el machote protector echa mano sin reparo alguno (por no decir que con el mayor de los entusiasmos) es el de la violencia. Los machos saben que un hombre hecho y derecho, en ciertas circunstancias, ha de desenfundar el revolver y tomarse la justicia por su mano. O conquistar a ostias, o con todo el morro, lo que él o los suyos necesitan (un bien de primera o enésima necesidad, un polvo, un cargo, un contrato…), además de vengar sin remilgos, y a la siciliana, todo tipo de insultos y afrentas al honor. Los machotes crecemos, así, peleándonos y midiéndonos a ver quién es el más fiero, el más astuto o el que la tiene más larga. Y si hay hembras por medio, no digamos. Pocas cosas más temibles que la embestida de un macho con necesidad de demostrarle a su chati lo hombre que es.  

Si queréis un ejemplo de rabiosa actualidad ahí tenéis a Putin, que no solo ha cultivado a conciencia la imagen de macho alfa más casposa y peliculera, sino que se la cree hasta el punto de provocar guerras en las que protagonizar el papel de matón protector de la madre patria. Porque un rasgo de los chulos de playa de más altos vuelos es este de erigirse en paterfamilias de la nación, en padrino de la Cosa Nostra, o en ser como “un río para mi gente”, como dice (más cursi y ególatra imposible) el llorica de Will Smith. 

Porque, como es de prever, todo esto viene al caso del actor Will Smith y su sonado puñetazo a un cómico delante de millones de espectadores, niños y adolescentes incluidos, que han acabado de aprender con esto cómo tiene que comportarse un puto machote cuando alguien se burla de su señora. Señora a la cual, por descontado, se le ha asignado con toda naturalidad el papel de desvalida víctima, sin voz ni voto, y destinada a ser salvada por el oficial y caballero de turno.

Pero lo más grave del caso de Smith es que este, tras darle un puñetazo a un tipo delante de millones de personas, volviera tranquilamente a su sitio, como un vaquero que acabara de hacer justicia, sin que nadie se atreviera a decir ni pio, sin que se detuviera la ceremonia y sin que se expulsara al matón. Después de esto, ¿qué diablos voy a hacer yo con el próximo alumno que le pegue a otro en clase? ¿Darle un Oscar?... Casi nadie ha hecho más que Hollywood por el machismo y el matonismo en el mundo. Pero esta gala supera con creces todas las sagas de Rambo y Shwarzenegger juntas.

Y una última cosa sobre el humor y la violencia. Un chiste puede molestar y violentar. Pero ni lo hace en el mismo registro que un puñetazo, ni le da a nadie licencia para repartir ostias. Ante una broma de mal gusto solo cabe hacer otra, si se tiene más ingenio que músculo, o defender con argumentos lo inadecuado del chiste haciendo callar así, y por derecho, la risa de la gente. Otra opción, igual de útil para llamar la atención sobre los presuntos límites del humor, pero infinitamente más legítima y elegante, hubiera sido levantarse e irse, mandar a la porra una ceremonia donde las bromas personales son la norma, y donar el Oscar a alguna asociación de enfermos de alopecia. Pero claro, para eso hay que ser significativamente más noble e inteligente que machote.