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jueves, 5 de marzo de 2026

La filosofía como vacuna frente al integrismo: una vieja entrevista en Canal Extremadura TV

Encuentro esta vieja entrevista en Canal Extremadura Televisión hablando sobre la formación filosófica como vacuna contra el integrismo en los más jóvenes. Eran los años de plomo del terrorismo yihadista tras la desastrosa guerra de Irak y el surgimiento del Estado Islámico (Los mismos en que la ley del ministro Wert pretendía acabar con la filosofía en Educación Secundaria). 

miércoles, 18 de octubre de 2023

¿Para qué sirve la palabra «terrorismo»

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Recuerda mi colega Eduardo Infante que presionar a la gente para que se posicione es una manera, consciente o no, de evitar que se pregunte por lo correcto. No puedo estar más de acuerdo. Y aún es peor cuando esa presión viene dada desde el propio lenguaje con el que se interpela: «¿es que no vas a rechazar el terrorismo?» – te preguntan, asumiendo que aceptas sin más lo que tu interlocutor entiende y señala como tal –. «¿Apoyas a un gobierno que pacta con el partido de los etarras?» – te interrogan, pretendiendo que, aún antes de contestar, confirmes la filiación proetarra del gobierno –…. Se trata de la vieja falacia de plantear la pregunta de manera que casi no sea posible contestarla sin asumir los (discutibles) presupuestos de tu interlocutor.

Ahora bien, a una pregunta capciosa lo mejor es responder con otra más honesta. Por ejemplo, a la burda pregunta de si rechazas el terrorismo, la respuesta podría ser: «Sí, claro; ¿pero de qué terrorismo estamos hablando?». Porque «terrorismos» hay muchos, y si uno adopta una posición de principios sin saber claramente de lo que habla se puede encontrar con problemas para mantenerla.

De entrada: ¿Qué es exactamente el «terrorismo»? Según el diccionario, la ejecución de actos de violencia criminal, por parte de bandas organizadas, con el objetivo de infundir terror y lograr determinados objetivos políticos. Según la ONU – que admite que los Estados definen el terrorismo de modo diferente y a veces ambiguo – el terrorismo implica la coerción de poblaciones o gobiernos mediante la amenaza o la violencia, con el resultado de muertes, lesiones graves, toma de rehenes, etc.

Es obvio que la definición anterior le encaja como un guante a los fanáticos de Hamás. Pero también a casi cualquier acción bélica (todas comprenden actos de violencia criminal destinadas a generar terror y lograr objetivos políticos) o a determinadas políticas gubernamentales (en China, Irán o incluso los EE. UU se ejerce la coerción hasta la muerte en la horca o la silla eléctrica, y se toman rehenes, tal como presos políticos o personas detenidas sin juicio, incluso en épocas de paz).

Más aún: ¿serían «terroristas» las acciones violentas dirigidas a aterrorizar al opresor o al invasor? ¿Eran «terroristas» las acciones de la resistencia contra los nazis? ¿Lo eran las bombas colocadas por grupos sionistas armados para expulsar a los ingleses de Palestina? La legitimidad del derecho al tiranicidio es un viejo problema filosófico. Y no es fácil encontrar un país o cultura que no se hayan fundado sobre el terror y la destrucción de poblaciones o culturas anteriores. En el caso del conflicto árabe-israelí, el terrorismo de Hamás (grupo que en sus inicios recibió apoyo de Israel, igual que los talibanes lo recibieron de EE. UU.) no es sino la última expresión, fanatizada y hambrienta de venganza, de esa violencia mutua por la que unos se han hecho sitio en un país que no era el suyo, y otros se han resistido, como es natural, a cedérselo…

¿Significa entonces algo el término «terrorismo»? Fíjense además que la palabra se ha convertido en una muletilla retórica con la que justificar cualquier medida política más o menos polémica (invasión de otros países, eliminación de minorías, represión policial, bloqueos, recortes de libertades, etc.). Así, se usa lo mismo para justificar la invasión de Irak que la de Ucrania, para legitimar la brutalidad de una y otra facción en cualquier lucha civil, para bendecir el acoso a toda minoría que se resista a ser aplastada y para autorizar moralmente la resistencia armada de dicha minoría, etc., etc. No hay una sola guerrilla o ejército de todos los que desangran el mundo que no justifique su reinado de terror en la lucha contra el «terrorismo» de la guerrilla vecina. Ni un solo demagogo que defienda la mano dura con los inmigrantes o el incremento de la seguridad (a costa de las libertades cívicas) que no acuda al terrorismo como argumento principal. En nuestro país, la estrategia más importante (si no la única) de la oposición al gobierno es la de agitar una y otra vez el espantajo del extinto terrorismo etarra (o «movimiento vasco de liberación», como lo llamaba el expresidente Aznar) …

Ya ven que la alusión al terrorismo parece, pues, servir para todo; con lo que acabará por no servir para nada. Una posible ventaja de esta insignificancia es que la palabra deje de ocultar o confundir (al menos mientras no surjan otras) la discusión en torno a conceptos mucho más importantes y políticamente resolutivos, como el de «justicia».  Porque – ¿lo tendremos claro alguna vez? – sin justicia no hay ni habrá paz duradera, ni en Palestina ni en ningún otro lugar. Sin justicia acabaremos todos, tarde o temprano, bajo las bombas de algún tipo de «terrorismo»; terrorismo que no es más que la punta del iceberg mediático de un mundo que sigue rigiéndose fundamentalmente por la ley de la fuerza.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Tolerancia religiosa y educación ética.

Es un profundo error marginar las materias filosóficas, o confinarlas, como se hace con la formación ética en la LOMCE, a aquellos alumnos que no cursan ninguna opción religiosa, como si fueran ellos (los que no dan religión) y no los que son educados en dogmas religiosos desde pequeños, los únicosque necesitasen ser educados en el ejercicio libre y crítico de la razón. Así, por paradójico que resulte, y pese a las constante apelaciones al diálogo y la comprensión de los credos del prójimo (incrementadas, como es habitual, tras un atentado terrorista), nuestro sistema educativo se empeña en segregar al alumnado según sus creencias religiosas o la ausencia de ellas, distinguiendo, además, y peligrosamente, la formación religiosa de la formación en el espíritu crítico y racional que proporciona la filosofía (enviando a unos alumnos a las aulas de religión y a otros a las de ética y ciudadanía). La escuela deja de ser, así, un lugar de integración y convivencia para convertirse en un archipiélago de islas separadas por muros ideológicos difícilmente franqueables...
De todo esto trata nuestra última colaboración el diario.es, esta vez junto a mi colega Ricardo Hurtado Simó.

miércoles, 30 de agosto de 2017

¿Por qué es delito incitar al odio?

Si el simple justificar el odio o la violencia fuese un delito no solo habría que cerrar mezquitas, sino bibliotecas, redes sociales y todos los bares del país. De otro lado, nadie incita al odio o la violencia en estado puro. La gente odia cosas concretas (a la cultura occidental, a los homosexuales, a los musulmanes...) porque cree que encarnan cosas malas, y aunque son juicios muy torpes, todo el mundo tiene derecho a odiar lo que le parece odioso, a expresarlo, y a decidir por sí mismo el valor de los odios y las filias ajenas (sin que todo esto tenga que regularlo ninguna ley). Mientras no se pase de aquí (de la expresión y la discusión sobre valores) no debería haber delito alguno... De este asunto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Jóvenes mártires

Leía hace años que para saber lo que para ellos representaba Europa se pedía a unos escolares marroquíes (todos varones) que hicieran un dibujo. Muchos dibujaban estas tres cosas: un coche, una casa, y una mujer rubia. "Un coche, una casa y una esposa rubia" representa un modelo básico de bienestar y felicidad transmitido por las series de televisión occidentales. Pero no está lejos, en esencia, del cielo prometido a los jóvenes mártires yihadistas. En el impresionante documental francés “Soldados de Alá” uno de los jóvenes aspirantes al martirio desvela ante una cámara oculta su imagen del paraíso. Allí – dice – “tendrás tu caballo a tu lado, que estará hecho de oro y rubíes” y “verás un palacio inmenso (…) y será solo tuyo”, y “tendrás mujeres que solo querrán estar contigo”. Caballo, palacio y harén son – en su versión de las mil y una noches – el mismo imaginario (coche, casa y rubia) con que sueñan Occidente los niños marroquíes.  Sobre esta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Lo llaman terrorismo, y no lo es.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


La compasión por las víctimas de los recientes acontecimientos de París no debería ocultar las nauseas ante todo lo que late tras esos terribles hechos. Hora tras hora los titulares de los informativos vuelven a repetir machaconamente las consignas acostumbradas: barbarie terrorista, atentado a la humanidad, ataque a la democracia y las libertades, lucha contra el mal, todos somos Francia, etc. No se trata solo de frivolidades que no explican nada, sino, más aún, de frivolidades capciosas, lemas a corear que sustituyen el análisis y ocultan todo asomo de crítica. Son mera propaganda de guerra.

Porque no, no se trata de terrorismo. Se trata (como reconoce el gobierno francés) de una guerra. Más concretamente, del capítulo de una guerra que se anda librando en Oriente Medio desde hace un siglo, y en la que Occidente y Francia son parte interesada. Desde la creación artificial de estados (como Siria) mezclando minorías bajo el yugo de tiranos amigos, hasta la ilegítima ocupación de Irak, pasando por la imposición a sangre y fuego de un estado judío (por motivos, además, explícitamente religiosos), y cien avatares más (incluido el conflicto Sirio, en el que parece revivirse una segunda guerra fría), Occidente se ha ganado a pulso sufrir (aunque sea en contadas ocasiones) las consecuencias de esta guerra por controlar una de las regiones con más valor estratégico y económico del mundo.

Y no, no se trata tampoco de un acto de barbarie gratuita. En la guerra cada uno usa las armas que tiene a su alcance. Si Occidente dispone de flamantes portaaviones y aviones con que, sin apenas riesgo (para ellos, aunque sí para la población civil), “eliminan” con perfecta asepsia a los enemigos (del trabajo sucio se ocupan mercenarios a sueldo), los “bárbaros terroristas” usan lo que tienen más a mano: hombres bomba desesperados y desarraigados sin nada que perder en la tierra y mucho que ganar en el cielo.

Tampoco es un atentado contra la humanidad. Es un ataque contra Francia y Occidente desde otra de las facciones de esta guerra (entre las que se estará celebrando esta victoria con palabras inversas pero parecidas a las de nuestra propaganda). Un ataque despiadado, pero no más que los que se suceden casi cada semana, sin apenas cobertura mediática, en países donde la gente no muere mientras cena en restaurantes o disfruta de un concierto, sino en mercados y mezquitas donde sobrevive a su hambre y su desesperanza (o en el mar tratando de escapar de donde las bombas no son excepción sino costumbre). Que París o Nueva York se consideren la Humanidad supongo que tiene que ver con que sus muertos valgan mil veces más de tiempo e interés que los muertos de la humanidad sin mayúsculas, aunque unos y otros se deban a la misma e innoble guerra.

No se trata de una lucha entre la civilización y la barbarie, sino entre unos determinados intereses y Estados, que pretenden mantener su influencia hegemónica en la zona, y otros intereses, Estados y proto-Estados (a menudo arrabales monstruosos de los nuestros) que también quieren, legítimamente (es decir “por la fuerza”, que es – como todos sabemos – lo que realmente significa para la mayoría la palabra “legitimo”), su parte del pastel, además de otras cosas no menos importantes: identidad, dignidad, respeto internacional, etc.

Tampoco es un ataque contra la Libertad y la Democracia. Ni libertad ni democracia son las cosas que más ha importado Occidente a Oriente Medio; más bien han sido tiranía, violencia y codicia lo que han heredado de nosotros. Quizás no tenga otra cosa que dar el llamado “mundo libre”, tan proclive como es a confundir la libertad con el libre mercado, y a la democracia con el ritual legitimador de las mayores desigualdades. Tal vez también por eso haya tanto “terrorista” entre nuestras propias filas. Contaba Borges la historia de aquel bárbaro lombardo que, al sitiar Ravena, se vio tan impresionado por lo civilizado de lo que asediaba, que se pasó al enemigo y murió por defender la ciudad. No parece que nuestra civilización ejerza, ahora mismo, ese poder de atracción sobre estos nuevos “bárbaros” (más bien parece lo contrario). Entre otras cosas, quizá, porque no son precisamente las obras de Borges lo que nuestros inteligentes bombarderos suelen lanzar a la gente.


Los acontecimientos de París son, en conclusión, y como los de cualquier guerra, terribles. Y volverán, obviamente, a repetirse (con toda la retahíla de consignas y lamentos hipócritas detrás) mientras esa guerra dure. Algo útil que, no obstante, podemos hacer, para que deje de durar, es no dejar que el lenguaje de la propaganda bélica piense por nosotros. No, no es simple terrorismo. Ni los “otros” son unos simples bárbaros fanáticos (aunque también lo sean), ni nosotros somos la Humanidad ni el Reino de la Libertad y la Democracia. La cosa es, me temo, bastante más compleja. Y contra la complejidad de nada sirve invocar al dios de las batallas, corear consignas ni entonar La Marsellesa. Parodiando la simplificación del Obispo Cañizares, en Occidente no todo es (ni mucho menos) trigo limpio. Y por ahí hay que empezar. 

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