sábado, 26 de septiembre de 2026

Esas odiosas pequeñas cosas

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Hay tantos libros que quiero leer que dudo mucho que pueda hacerlo en vida – sería un consuelo a tanta eternidad ser un espectro lector, pero no creo que cuele –. Lo mismo me ocurre con los millones de canciones o películas que ofrecen las plataformas digitales. O con todos esos futuros y valiosos restos mortales (archivos, papeles, poemas, fotos, diarios, correos…) que me costaría el resto de la vida expurgar. Y esto por no hablar de la insondable cantidad de personas interesantes con las que podría relacionarme en redes; la de museos y exposiciones reales o virtuales que me encantaría explorar; o la tupida red de noticias, artículos, informes, documentales, podcasts, canales o videos didácticos con que te tienta el ordenador tras teclear la más insulsa palabra (un ordenador que, además, me ofrece tan infinitas posibilidades de ordenar lo infinito que tendría que ser un dios eterno y ocioso para estar al día, dominarlas y poder aprovecharme de ellas).

Como dice Harari (el patriarca más popular de la sociología apocalíptica), el colapso que se avecina será mental o no será. Es materialmente imposible – dice y no lo dudo – que nuestro cerebro pueda adaptarse al estado crónico de excitación, incertidumbre, elección y angustia que experimentamos ante las innumerables cosas que queremos experimentar. Tampoco nos da la vida – por más que nos torturemos creyendo que sí – para reinventarnos, reciclarnos, ser creativos, romper moldes y adaptarnos cada seis meses a los nuevos códigos, programas, sistemas, versiones, innovaciones y tendencias a que nos empuja la tiránica actualidad.

Son, en fin, tantas las posibilidades y herramientas a disposición del que quiere hacer algo, que lo más que haces – y ni apenas eso – es recorrerlas y ponderarlas una y otra vez. Y sí, está muy bien lo de estar siempre aprendiendo, pero lo de aprender cómo aprender cada vez que te pones es de locos. Pasar por todo una vez – decía el poeta –; pero si ese todo es infinito, ¿quién se mueve? ¿Acabaremos muriendo de hambre, como el asno de Buridán, ante un inabarcable expositor de yogures?

Ante esto no cabe sino comprender dos cosas: (1) que la caótica pluralidad de opciones y novedades en que se nos divide (multiplicándolo) el mundo tiende a cero (y no a infinito); y (2) que todas esas apetitosas cosas (libros, canciones, fotos, personas, acontecimientos o yogures) se parecen tanto unas y otras y entre sí que al final pudiera ser que fueran lo mismo, que todos los cuentos contaran la misma historia, y que importara más tocar bien una guitarra que andar rasgueándolas todas…

Claro que para alcanzar tan sublimes y castizas conclusiones es preciso, antes, trascender el trasnochado y pseudorromántico culto a lo concreto, lo corpóreo, lo accesorio, lo minúsculo, lo cotidiano, diferente y anecdótico que tanto pone al «post-nihilismo» contemporáneo y sus burócratas del inframundo. Toca hoy entender que no hay nada realmente valioso – ni felicidad ni sentido – en lo pequeño – por eso es pequeño –, y que el laberinto de posibilidades que nos pierde no es más que el traje de un dios – el de las pequeñas cosas – que va ostentosamente desnudo. Pensémoslo ahora a lo grande…

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿Por qué no estudian los estudiantes?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Jamás pude memorizar nada que no pudiera comprender, es decir, encajar en ese mapamundi incompleto que era y es mi visión del mundo. Cuando me hacían estudiar algo era incapaz de hacerlo – no me enteraba de nada – si no lo interpretaba hasta encajarlo, como en un puzle, en mi particular maremágnum mental. Era lógico. Estaba (estoy) siempre tan confundido que tenía (tengo) un apetito desordenado por ordenar el mundo, por poner cada cosa en su sitio, por reconocer, relacionar y retrotraerlo todo a una raíz común. Hasta cuando estudié el código de circulación tuve que inventarme una especie de alocado sistema lógico en el que todas las normas aparecieran más o menos relacionadas mutuamente. Es esto por lo que comprendo parte de las enormes dificultades que tienen mis alumnos. Y también por lo que no comprendo la percepción que comúnmente se tiene de sus malos resultados académicos.

Por mucho que me esfuerzo y leo el informe PISA, yo no percibo estudiantes ignorantes o vagos, sino chicos y chicas incapaces de encontrar un hilo conductor, un leve atisbo de mapa que les permita empezar a comprender dónde están y qué deben hacer. Veo jóvenes paralizados por una aceleración histórica a la que ni siquiera nosotros cogemos el paso, abrumados por la suma inconexa de mundos que les echamos encima (desde las aulas, desde las inevitables pantallas, desde el salón de casa, desde ese yo en formación que les habla desde el fondo del tarro). Les es tan difícil aspirar a componer su propio puzle – hay tantas piezas y opciones, y tan pocos modelos – que no es extraño que busquen refugio en la pseudovida del videojuego, en la retórica milagrosa de la IA o en ese remedo inverso de plenitud – esa llamada desesperada de atención – que es la indolencia. Es muy difícil no admitir que casi lo más sensato que se puede hacer en este mundo es hacerse el loco (si es que no volverse loco de verdad).

Y nadie va a sacar a los jóvenes de su indolencia sin persuadirles de que entregarse con entusiasmo al estudio tiene sentido en un mundo en que nadie prevé lo que va a pasar mañana, en que las capacidades humanas parecen cada vez más irrelevantes y en el que casi cualquier prototipo de persona con éxito (el demagogo, el gurú indocumentado, el famoso aurático o el emprendedor millonario…) exhibe impúdicamente su desprecio por las virtudes intelectuales.

Si aprender es comprender y comprender es condición para sobrevivir en un mundo caótico y acelerado hasta el vértigo, hay que transmitir competencias que permitan a los más jóvenes ordenar, relacionar y constituir una visión íntegra de las cosas; hay que enseñarles a dialogar y compartir mundos; hay que provocarles y darles la oportunidad de pararse a reflexionar; hay que animarles a reconocer valores que den verdadero sentido a sus vidas y les permitan salir de esa indolencia en la que, en el fondo, nadie quiere estar. Si hacemos de los chicos unos buenos arquitectos cognitivos, unos motivados exploradores del desorden y unos críticos descubridores de mitos e imposturas, lo demás vendrá de suyo: la tecnología será una herramienta en vez de un refugio o un subterfugio, y los contenidos o mundos se acumularán tan organizada y vívidamente en su memoria que no querrán delegar en ninguna máquina el divino placer de comprenderlos. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Europa: última llamada

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España

Leía opinar a un guardia civil de Ceuta sobre lo loco e inútil de su tarea: pelearse con los migrantes para evitar su entrada ilegal, y atenderlos y cuidarlos una vez dentro. ¡Ay que joderse!, parecía insinuar el guardia. Pero no, no hay que joderse: hay que alegrarse. Alegrarse por guardar la linde que separa la ley de la barbarie; el lugar donde las personas tienen dignidad y derechos y el lugar en el que se las utiliza como carnaza.

Y así es. Europa estará en franca decadencia demográfica y económica, socialmente polarizada, políticamente desunida e intelectualmente desorientada, pero incluso así mucha gente desea venirse al único lugar del mundo donde "cualquiera" (es la palabra clave de la frase) puede aspirar a vivir con cierta dignidad. Y no andan en absoluto desencaminados: en ningún otro lugar del mundo se ha invertido tanto (ochenta años de paz y riqueza) en desarrollar sistemas redistributivos, Estados de derecho e ideas suficientes como para mantener los estándares de seguridad, bienestar, libertad y educación de que disfrutamos la mayoría (tanto, que hasta hemos podido empezar a reconocer el coste moral o ecológico de ese desarrollo)... ¿Cómo no desear, pues, ser europeo?

Ahora bien: ¿hay que poner freno a esta avalancha? ¿Se desfondará el proyecto con el peso de tanto emigrante (dejemos el de los turistas a un lado)? A primera vista, la respuesta parece afirmativa. Si queremos salvar nuestro paraíso – se nos dice – hemos de establecer sistemas de acceso más restrictivos, cuidar su ecosistema identitario, limitar algunos derechos y avanzar hacia una suerte de autarquía rodeada de alambradas y aranceles. Es, con matices, el modelo Trump. Es el que vende la ultraderecha. Y es profundamente erróneo.

Europa no puede aislarse sino al precio de acelerar su decadencia. Todo lo logrado se lo debe a unas fronteras permeables, a un afán ilimitado de conocimiento, a las libertades individuales y a una poliarquía fundada en el derecho y el comercio global de razones, intereses y productos. Negar esto es negar lo que somos gracias a los flujos energéticos, migratorios y comerciales que nos han enriquecido, al diálogo que nos ha hecho cuestionarlo todo, y a la responsabilidad política que hemos cedido a los individuos – aun arriesgándonos a que decidan eximirse de ella y entregársela a un tirano populista–.

Otra cosa es cómo gestionemos estos flujos y riesgos. Pero para hacerlo como se debe hemos de convencernos de que viajamos en el mismo barco. Si Europa no puede ser una isla, mucho menos será un archipiélago. Frente a la competencia económica de Asia, el sabotaje de las potencias antieuropeístas (coaligadas a la propia ultraderecha europea) o la fanática reacción ante la incertidumbre y el colapso informativo de buena parte de la ciudadanía, solo cabe una unión infinitamente más firme: unos Estados Unidos de Europa que respalden nuestro modelo cultural con una fuerza política coherente, operativa y firme a todos los niveles (tanto social y educativo como de seguridad y política exterior). Es la última llamada antes de retornar a un nacionalismo fascistoide capaz no solo de arruinar el paraíso europeo, sino de convertirlo (otra vez) en un campo de batalla. (Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura; enlace en el primer comentario)

viernes, 4 de septiembre de 2026

Dar el cante y 10. Historia del flamenco (V): El nuevo flamenco: el "flamenquito" y la fusión

 

Para dar el fin de fiesta a nuestra sección flamenca veraniega (Dar el cante, en Canal Extremadura Radio) le damos un repaso teórico-práctico al flamenquito y a la fusión flamenca. Si queréis saber un poco más del fascinante mundo de la rumba, el pop aflamencado, el rock gitano o los viejos amoríos entre el flamenco, el jazz o la música tradicional latina, este es vuestro programa. Gracias a la inestimable ayuda de Las Grecas, Pericón de Cádiz, Chano Lobato, Manzanita, Ojos de Brujo, Smash, Anna Colom, Estrella Morente, Michael Nyman y Bernarda de Utrera. Nos vamos pero no nos vamos: os esperamos, a partir del 12 de septiembre, todos los sábados noche, con esta misma sección, en el programa Palos y Quejios, de Laura Zahinos, en Canal Extremadura Radio.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Ceuta como modelo educativo

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Los ceutíes tienen motivos de sobra para estar indignados. Pero sean cuáles sean los errores del gobierno, y digan lo que digan los demagogos de turno, el problema dista de poder resolverse a corto plazo. Falta una política migratoria coherente a nivel europeo (algo casi imposible mientras la migración siga siendo un poderoso reclamo electoral) y sobran contradicciones y sentimientos encontrados (algo inevitable sin una política firme de integración de la población migrante).

Una población migrante que es ya parte insoslayable de nuestra sociedad. Pobres la mayoría, sí, y diferentes de nosotros, desde luego (algo que agrava la situación: la natural aporofobia se contiene si hay elementos culturales en común), pero resulta que son esos «extraños» los que construyen nuestras casas, recogen nuestras cosechas, asfaltan nuestras carreteras, se desloman en los invernaderos, cuidan a nuestros padres ancianos o se aplican a la tarea de tener hijos. De todas estas «subcontratas», incluyendo la demográfica, depende completamente el futuro de nuestro país. 

Dado que aceptamos de hecho esta situación y nos beneficiamos ampliamente de ella, no hay más remedio que afrontar sus consecuencias. Y una de ellas es la cohabitación con esos inmigrantes: no podemos hacer que trabajen para nosotros y pretender que no deambulen por  las calles, vistan sus ropas o exhiban sus costumbres. Podemos – y debemos – exigirles –y exigirnos –, desde luego, unas pautas básicas de convivencia. Pero convivir con alguien no significa imponerle que sea como «nosotros» (si es que nosotros, los españoles, somos de alguna manera unitaria y determinada), ni limitarnos a exigirle el cumplimiento de unas mismas leyes. No hay convivencia donde somos todos iguales o donde solo se tiene en común el miedo a la policía.  Convivir exige compartir una buena porción de ideales, valores, proyectos y espacios colectivos, empezando por ese territorio común que es la lengua; algo que solo se logra a través de un complejo, largo y bien diseñado esfuerzo educativo.

Sé que ese trabajo se anda haciendo, a veces heroicamente, desde hace años. Durante mi etapa como asesor educativo tuve la suerte de conocer un buen número de escuelas de todo el país, pero en ninguna como en las de Ceuta y Melilla constaté de forma más clara el trabajo de los docentes para educar en la convivencia multicultural a niños (y a familias) cristianos, musulmanes, judíos o hindúes. Fuera por necesidad o virtud, todo en la mayoría de esas escuelas, desde la más simple situación de aprendizaje hasta los juegos y las actividades extraescolares, estaba diseñado en vistas a ese objetivo. Se trataba de un esfuerzo sistemático, paciente, entusiasta e inmune en lo posible a los cambalaches políticos. Gracias en gran parte a él, estas dos ciudades representan hoy un modelo extraordinariamente exitoso de convivencia intercultural. Un modelo que hay que cuidar de la imprevisión gubernamental, pero también de los que, sin proyecto alguno, no buscan más que pescar en río revuelto (por no hablar de los que pretenden resolver las cosas ondeando banderas desde la cubierta de un yate). Más que nada porque el modelo de convivencia que representan ciudades como Ceuta o Melilla es el que más pronto que tarde tendremos que aplicar en todo el país. No lo perdamos de vista. 

Entradas por categorias

acontecimiento (1) acoso escolar (2) alienación (6) alma (7) amor (26) Antropología cultural (3) Antropología y psicología filosóficas (116) Año nuevo (6) apariencia (1) arte (65) artículos ciencia (9) artículos ecología (27) artículos educación (177) artículos educación filosofía (76) artículos educación religiosa (3) artículos estética (42) artículos Extremadura (8) artículos libertad expresión (17) artículos nacionalismo (9) artículos parasofías (3) artículos política (260) artículos prensa (70) artículos sexismo (24) artículos sociedad (48) artículos temas filosóficos (28) artículos temas morales (152) artículos toros (3) Ateneo Cáceres (21) belleza (4) bioética (13) Blumenberg Hans (1) bulos (3) Byung-Chul Han (1) cambio (1) carnaval (7) carpe diem (1) ciencia y religión (12) cientifismo (6) cine (2) ciudadanía (14) colonialismo (1) conciencia (7) conferencias (4) Congresos (2) constructivismo social (1) consumo (3) Conversaciones con el daimon: tertulias parafilosóficas (2) Correo Extremadura (49) Cortazar Julio (1) cosmopolitismo (1) creativamente humano. (1) Crónica de Badajoz (1) Cuentos filosóficos (21) curso 2017-2018 (1) Curso filosofia 2009-10 (1) Curso filosofia 2010-11 (47) Curso filosofía 2011-2012 (73) Dar el cante (10) Debates en la radio (3) decrecimiento (3) Defensa de la Filosofía (46) deporte (7) derechos humanos (1) Descartes (1) desinformación (4) Día mundial de la filosofía (3) diálogo (8) Diálogos en la Caverna (19) Didáctica de la Filosofía (8) dilemas morales (17) Diógenes (1) Dios (4) dispersión (1) drogas (4) dualismo inmanentista (4) dualismo trascendentalista (1) ecología y derechos de los animales (39) economía (25) Educación (291) El País (5) El Periódico Extremadura (398) El Salto Extremadura (1) eldiario (32) emergentismo (2) emotivismo ético (2) empirismo (2) enigmas lógicos (4) entrevistas (7) envejecimiento (2) Epicuro (1) Epistemología (15) escepticismo (1) escritura (1) Escuela de Salamanca (1) espacio (1) España (1) Estética (108) Etica (12) Ética (235) eurocentrismo (2) Europa (4) evaluación (1) Eventos (1) existencialismo (3) falacias (5) familia (2) fe y razón (8) felicidad (9) feminismo (34) fiesta (4) Filosofía (32) Filosofía de la historia (6) filosofía de la religión (17) Filosofía del derecho (5) Filosofía del lenguaje (11) filosofía fuera del aula (1) Filosofía para cavernícolas en la radio (15) Filosofía para cavernicolas. Radio. (1) Filosofía para niños (5) Filosofía política (366) Filosofía social (66) filosofía y ciencia (21) filosofía y patrimonio (1) filósofos (1) flamenco (14) Gastronomía (1) género (21) Habermas (1) Hermeneútica (1) Hipatia de Alejandría (1) Historia de la filosofía (4) Historietas de la filosofía (2) horror (4) Hoy (2) Humano (1) Humano creativamente humano (4) Humor (9) IA (1) idealismo subjetivo (2) ideas (3) identidad (6) ilustración (1) Imagen y concepto (8) inmigrantes (17) inmortalidad (1) intelectualismo moral (5) inteligencia artificial (12) Introducción a la filosofía (30) Juan Antonio Negrete (5) juego (3) justicia (7) Kant (4) laicismo (1) legalismo (1) libertad (8) libertad de expresión (23) libros propios (3) literatura (2) Lógica (10) Los Simpsons (2) Marx y marxismo (3) matemáticas (4) materia y forma (5) materialismo (14) Medios de comunicación (628) meditación (1) memoria histórica (3) mente (8) metáfora (1) miedo (7) mito de la caverna (2) Mitos (12) modernidad (10) monismo inmanentista (10) monismo trascendentalista (2) monstruo (2) movimiento (1) muerte (5) multiculturalismo (3) música (9) nacionalismo (22) natalidad (1) naturalismo ético (5) navidad (12) Nietzsche (3) nihilismo (2) nominalismo (1) ocio (1) olimpiadas (2) Ontología (52) orden (1) Oriente y Occidente (1) Paideia (3) pansiquismo (3) Paradoxa (2) Paradoxa. (1) parasofía (2) Parménides (2) PDFEX (11) pensamiento catedral (1) pensamiento crítico (11) Pensar Juntos (1) platonismo (18) podcasts (1) positivismo (1) postmodernidad (3) posverdad (1) pragmatismo (3) Presocráticos (2) problema mente cerebro (6) progreso (1) prostitución (5) psicopolítica (20) publicidad (2) público-privado (2) racionalismo ético (3) radio (10) rap (2) Red Española de Filosofía (1) relativismo (4) religión (31) respeto (1) Reuniones en el cavernocafé (28) Revista Ex+ (2) romanticismo (1) ruido (2) salud mental (1) Schopenhauer (1) Semana santa (4) sentido de la vida (7) sexismo (20) sexo (4) Sócrates (3) sofistas (2) soledad (2) solipsismo (1) Taller estética (6) Talleres filosofía (5) teatro (9) tecnología (18) Teología (7) terrorismo (6) tiempo (3) tolerancia (1) Trascendentalismo (6) turismo (3) utilitarismo ético (1) Vacío existencial (1) viajes (2) violencia (23)

Archivo del blog

Cuevas con pasadizo directo

Cavernícolas

Seguir en Facebook