Para dar el fin de fiesta a nuestra sección flamenca veraniega (Dar el cante, en Canal Extremadura Radio) le damos un repaso teórico-práctico al flamenquito y a la fusión flamenca. Si queréis saber un poco más del fascinante mundo de la rumba, el pop aflamencado, el rock gitano o los viejos amoríos entre el flamenco, el jazz o la música tradicional latina, este es vuestro programa. Gracias a la inestimable ayuda de Las Grecas, Pericón de Cádiz, Chano Lobato, Manzanita, Ojos de Brujo, Smash, Anna Colom, Estrella Morente, Michael Nyman y Bernarda de Utrera. Nos vamos pero no nos vamos: os esperamos, a partir del 12 de septiembre, todos los sábados noche, con esta misma sección, en el programa Palos y Quejios, de Laura Zahinos, en Canal Extremadura Radio.
viernes, 4 de septiembre de 2026
miércoles, 26 de agosto de 2026
Dar el cante 9. Historia del flamenco (IV): El nuevo flamenco: la renovación desde dentro
En el capítulo 9 de "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, tratamos del nuevo flamenco y sus periferias musicales, sociales o químicas, que a tantos nos hicieron adictos. Dividimos este "nuevo flamenco" en tres vertientes interconectadas: la de la renovación romántica del flamenco; la de la moda de la música aflamencada (el "flamenquito"); y la de la fusión profunda del flamenco con músicas hasta entonces casi impensadas. En el programa de hoy nos ocupamos de la primera de estas vertientes, es decir, de la eclosión de un flamenco desprejuiciado, rebelde, contracultural alguna vez, y profundamente creativo. Sin el flamenco hippie de Lole y Manuel, el prodigio de Camarón, la infinitud de Enrique Morente o la maravillosa recreación del cante de tantas cantaoras olvidadas que hace Carmen Linares, el flamenco sería hoy, como decía Carlos Lencero, poco más que una pieza de museo.
martes, 25 de agosto de 2026
Dar el cante 8. Historia del flamenco (III): El mairenismo y la reinvención "burguesa" del flamenco
En el capítulo 8 de nuestro "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, analizamos la reinvención (burguesa) del flamenco que emprende el mairenismo desde los años 50. Frente a la religión gitanista de Mairena, convertida en hegemónica por la concienciada y romántica burguesía patria, la vieja ópera flamenca (bastante más popular y ligada al flamenco "originario", todo hay que decirlo) se extinguirá en torno al carrusel nostálgico de los expositores de las gasolineras, no sin antes dar su cante del cisne en forma de colombianas (mexicano-vascas) marcheneras. Hablaremos, así, de cómo el flamenco va a adoptar desde los años 60 la pose jonda, político-social, oficialista y flamencológica con que vamos a conocerlo los que ya peinamos canas, criados en recitales en los que nadie decía ni ole y en peñas flamencas que parecían seminarios universitarios. Fue el triunfo del flamenco puro, luterano y Popular (con esa idea de lo Popular que inventa siempre la burguesía para defenderse del pueblo de verdad) del que hace ya tiempo que, al fin, nos estamos quitando (aún metiéndonos de vez en cuando)... Todo ello, por cierto, con la inestimable ayuda de El Pele, Enrique Morente, Tío Borrico, Manuel Gerena, Emilio el Moro, Miguel Poveda, Porrina de Badajoz o las inefables Fernanda y Bernarda de Utrera.
lunes, 17 de agosto de 2026
Dar el cante 7. Historia del flamenco (II): Del gramófono a la ópera flamenca
Seguimos dando el cante en la sección veraniega de flamenco de Canal Extremadura Radio (todos los martes del verano a partir de las 11). Hoy pasamos de la época de los cafés cantantes a la de los nuevos medios de comunicación. El gramófono, la radio y el cine van a ser nuevos canales de difusión, pero también de reconfiguración del arte flamenco. A la vez, se mantiene el flamenco más teatral y tonadillero de la llamada ópera flamenca y las grandes compañías de baile llevan el flamenco a Japón y a Hollywood, convirtiéndolo definitivamente en un fenómeno universal. Hablando de fenómenos no os perdáis los jaleos de El Mochuelo, los tangos y las alegrías de la Niña de los Peines al alimón con el Sexteto de Paco de Lucía y Estrella Morente, la milonga de Iván Chaskio (ganador del XIV Premio de Cante de Llerena), la voz de El Cartero de Osaka en el último gran tablao de Tokio y a la salvaje Carmen Amaya en una prestigiosa película de Rovira Beleta, entre otros...
Dar el cante 6. Historia del flamenco (I): De Silverio a la decadencia de los cafés cantantes
Seguimos con la sección de flamenco en Canal Extremadura Radio, todos los martes del verano a partir de las 11. Hoy, ahondamos en los comienzos de la saga, contamos obra y milagros de ese conde de
Montecristo flamenco que fue Silverio Franconetti, además de darle un repaso al
antiflamenquismo de parte de la intelectualidad patria, y a la vieja, torpe y
falsa rivalidad entre cante payo y cante gitano. ¿O es que no saben que Don
Antonio Chacón le daba a la coca igual (quizás no tanto) que el Torta a la
heroína? No perderos los fandangos que dedica a los jueces el bueno del
Agujetas.
jueves, 30 de julio de 2026
Dar el cante 5. Los palos flamencos
Seguimos con la sección de flamenco de El Sol sale por el Oeste, en Canal Extremadura Radio. Hoy resumimos en 30 minutos lo más esencial de los palos flamencos y sus cinco familias (tiene las mismas que la mafia de New York, ciudad flamenca donde las haya). Con la inestimable ayuda del pregón veraniego de Miriam Cantero y el cante de otros capos del flamenco: el Torta de Jerez, Edu Hidalgo, Agujetas, Paco Dávila, la Kaíta... Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil.
miércoles, 22 de julio de 2026
Dar el cante 4. ¿Qué es y qué no es flamenco?
¿Qué es y que no es flamenco? En esta nueva entrega de la sección flamenca de El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio, presentamos 8 criterios 8 para medirle los niveles de flamencura a todo lo que se precie. Con la inestimable ayuda del Niño de Elche, Enrique Morente, Juan Moneo, Tia Anica la Piriñaca y muchos más. Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil. En portada el bailaor Vicente Escudero.
martes, 14 de julio de 2026
Dar el cante 3. Los orígenes del flamenco (2ª parte).
Del romance de la monja al gaditano barrio de Santa María. Segunda y última parte del speech sobre la cocina originaria del flamenco en El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio. Con las historias de Puerto Hurraco, el español que hacía experimentos de física, la petenera huasteca, los bailes de candil, el golpe de estado de Lola Montez y el cómo los españoles nos hicimos muy flamencos y mucho flamencos gracias a Napoleón y otros guiris del montón.
jueves, 9 de julio de 2026
Dar el cante 2. Los orígenes
Seguimos dando el cante con la sección de flamenco en El Sol sale por el Oeste de Canal Extremadura Radio (todos los martes de 11.10 a 11.35). Esta semana nos hemos atrevido (ojú) a hablar de los orígenes del flamenco. Romances, moriscos, gitanos, seguidillas, fandangos indianos, guarachas... conforman desde el principio esa mezcla de mezclas que es el flamenco. Todo esto, acompañado del arte de Fernando de la Morena, el Chozas, Camarón, la Niña de la Puebla o Pepe el de la Matrona (entre otros), podéis escucharlo a través de este enlace.
viernes, 3 de julio de 2026
Dar el cante 1. Flamenco y mestizaje
domingo, 21 de junio de 2026
Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo
Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
sábado, 11 de abril de 2026
Elogio de la dispersión
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal. Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?
Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?
Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente…
miércoles, 25 de febrero de 2026
Teriántropos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
En casi cualquier tiempo y lugar las personas se han entendido a sí mismas como miembros de un todo social, político y religioso en el que ser humano consistía en pertenecer a tal o cual estirpe, gremio, iglesia o nación. Con esto, y con una vida inevitablemente cohabitada con los demás, bastaba para dotar de sentido a la existencia. Salirte de este tiesto, “ser tú mismo”, era considerado, literalmente, una «idiotez». Fue sin embargo esa idiotez la que nos hizo individuos modernos y autónomos. Hasta el punto de ser ella la que comenzó a marcar un nuevo criterio de normalidad: el de no ser alguien normal, el de la radicalidad impostada, el de lo heteronormativo como norma; muy especialmente entre esos niños aprendices de individuo que son los adolescentes.
Creo que un ejemplo (más) de todo esto son los chicos y chicas que se identifican como teriántropos o «therians» (humanos que se sienten animales), una de tantas subculturas surgida al calor de la afición a la ficción compartida en Internet y que, por algún motivo, se ha convertido ahora (surgió hace más de treinta años) en carne de bulo y tendencia entre adolescentes, unos disfrazados de animales y otros, la mayoría, ávidos – tras una lluvia de meses – de la vieja emoción del sacrificio y la caza. Nada del otro jueves. Hay veces – decían Neruda o Robe Iniesta – en que, cansados de ser hombres, caemos en las mismas otredades de siempre.
Porque ser idiota o persona (vienen a ser lo mismo) resulta agotador. Tal vez nunca hayamos estado los humanos tan obsesivamente preocupados por nuestra vida concreta y, a la vez, tan incapacitados para trascenderla y darle sentido. A nada se rinde hoy mayor culto que a la personalidad, sin casi encontrarle más fin o sentido que el simple placer de exhibirla. Contra esta nada narcisista se rebelan los hijos más jóvenes de una modernidad tan y tan líquida que habría que tirarse de los propios pelos, como el barón de Münchhausen, para poder escapar de ella.
De ahí el ansía nietzscheana de ser piel roja, de correr con los lobos, de creer en el Gran Espíritu (o en la Madre Patria), de agarrarse al tótem del buen salvaje (o a la lanza guerrera del Señor de las Moscas), de sumarse a la pitagórica transmigración de las almas, de jugar con el fuego heraclíteo de la guerra y el cambio, de bailar al son ilusoriamente liberador de un Dionisos ario o trans-especista, más puesto de bulos o juegos de rol que del vino aguado de los griegos… Todo sea por no ser nada que nos obligue a ser menos que un brumoso y magnífico elfo o un resolutivo guerrero de video juegos; todo por evitar definirnos como el pobre y disfórico habitante mortal de un mundo único y finito; todo por no tomarnos la pastilla roja de Matrix y despertar a una Tierra desolada y dominada por los amos de un mercado sin horizontes en el que, por un módico precio, sueñas cada día lo que quieres sin tener ni idea de por qué. Tal vez en un mundo humano, demasiado humano, solo nos queden el espejo deformante de un esperpento sin esperanza o la pura evasión irreflexiva (esa otra animalidad presentida) de la barbarie. Los más optimistas pensamos, en cambio, que tiene que haber formas de dibujarse a uno mismo que nos hagan ampliar (y no perder) la perspectiva. Y que en cualquier caso, puestos a ser idiotas, más vale sentirse zorro o bonobo que comportarse como un perro de presa.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Risa y civilización
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Siempre he admirado el sentido del humor ácido y a menudo autocrítico de los norteamericanos (especialmente, como me recuerda un amigo, ese que se ha dado en llamar humor judío). La primera vez que vi la comedia «One, Two, Three» de Willy Wilder, comprendí por qué los americanos le ganaron la guerra fría a los rusos. La película, estrenada en 1961, y titulada «Uno, dos, tres» en España, era una sátira en la que se caricaturizaba con el mismo humor vitriólico a soviéticos y norteamericanos. Solo quien es realmente superior – pensé – puede reírse así de sí mismo y pese a ello (o precisamente por ello) ganar la batalla ideológica. Casualmente, durante ese mismo año de 1961 los rusos levantaron el muro de Berlín, señal inequívoca de que habían perdido estrepitosamente la guerra, la cultural y todas las demás: eran incapaces de reírse de sí mismos y daban por eso mucha más risa.
Observo ahora las patéticas maniobras de Donald Trump para acabar con los «late shows» televisivos en los que se ríen de él y tengo la intuición de que los Estados Unidos están verdaderamente en las últimas, y que el movimiento MAGA no va realmente de hacerlos grandes de nuevo, sino de encerrarlos en una enorme mentira que los anestesie frente a un proceso irreversible de envilecimiento moral y empequeñecimiento político.
El humor sin restricciones es la prueba de fuego del clímax civilizatorio de un pueblo. Reírse sin complejos de uno mismo, tanto o más que del prójimo, es también un síntoma claro de madurez humana. En ambos casos la burla significa que se tiene la seguridad y la lucidez suficiente como para perderle el miedo y el respeto tanto a los demás como a todas las ridiculeces que uno mismo cree ser, sin que tal cosa conduzca al odio, el victimismo o la violencia, sino a la infinita y profunda compasión que – después de la carcajada – nos inspira el conocimiento profundo de lo que somos.
Por eso, que Trump – ese siniestro bufón
de sí mismo armado hasta los dientes – sea incapaz de soportar a quienes se
ríen de él o de aguantar una reunión sin que se le adule con el simulado
respeto que prestamos a los locos, no es más que una muestra evidente de la
extrema debilidad del personaje y, con ella, de la decadencia de todo lo que
este representa. Porque la risa y la sátira sin límite marcan el clímax de una
civilización, pero también el principio de su caída. El gran ciclo de la
comedia americana que culmina en los sesenta y prosigue de forma más
histriónica y vulgar en la era dorada de los «late shows» televisivos se acaba
en los USA de Trump (tal como se acabó la Atenas de Aristófanes o el Siglo de
Oro español). Y todo hace temer que tras el fin de esa eclosión de luz y
libertad vuelva – siempre vuelve – el fanatismo, la guerra y la lenta agonía de
una civilización destinada a disolverse como tantas otras. Es lo que ocurre
cuando la burla, irreverente y herética por definición, desata la tormenta del
resentimiento en todos aquellos (líderes o liderados) que, incapaces o
marginados del ejercicio trascendental de la risa, necesitan volcar su
humillación sobre los «chistosos de la clase», chivos expiatorios de todos los
que guardamos un prudente silencio de muerte ante los tiranos que andan tomando
y rondando el poder.
miércoles, 21 de mayo de 2025
Netanyahu: twelve points
Pretender que el arte esté libre de
ideología es ilusorio (e ideológico). No hay representación estética que no
esté cargada de ideas. Incluso cuando busca «liberarse» de todo
contenido, como ocurre en la pintura más formalista y abstracta, el arte nos
transmite creencias y valores. El propio
culto a la libertad formal o a la creatividad individual de la estética moderna
representa (por ejemplo) una exhibición de valores occidentales frente a los de
otros regímenes políticos y culturas…
Por lo mismo, presumir que un espectáculo
como el Festival de Eurovisión carece de contenido político es absurdo. Antes
que nada porque el propio Festival se autodefine como un evento político en el
que se participa como representante de tal o cual nación y en el que las
naciones se seleccionan en función de su cercanía a la esfera política y
cultural europea. Es por eso por lo que, además de a los países propiamente
europeos, se suele invitar a otros ideológicamente próximos pero alejados
geográficamente (como Australia o Israel), o a otros más cercanos y a los que
se quiere aproximar también ideológica o políticamente (como Turquía, Marruecos
o Rusia). En este último caso se entiende que el Festival tiene por objeto
promover – a través del trabajo de los artistas y del propio carácter simbólico
del evento – los ideales y valores europeos (los derechos humanos, los
procedimientos democráticos…) en lugares en los que aún no están
suficientemente considerados.
Por todo lo dicho, resulta completamente
pertinente expulsar del Festival a aquellas naciones que no solo no respetan
los valores que se celebran en él, sino que se mofan olímpicamente de ellos. El
caso de la Rusia de Putin está clarísimo: no solo por la invasión ilegítima de
un país vecino, igualmente perteneciente a la órbita cultural europea, sino por
ser tal invasión la expresión práctica de un movimiento político e ideológico
de antieuropeísmo declarado promovido explícitamente desde el Kremlin.
¿Y qué duda cabe en el caso del Israel de
Netanyahu? El actual gobierno israelí no solo lleva más de un año aplicando una
estrategia de exterminio sistemático de la población civil de Gaza, saltándose
todas las normas del derecho humanitario y burlándose de los tribunales
internacionales de justicia, sino que inspira sus aterradoras acciones en un
ultranacionalismo religioso (no mucho menos fundamentalista que el de Hamás o
Irán) incompatible con los valores que Europa representa. ¿A santo de qué
íbamos, pues, a invitar a un festival paneuropeo a representantes de Estados
cuyos gobernantes vulneran brutalmente las leyes y principios europeos, se
burlan públicamente de sus instituciones y utilizan descaradamente el Festival
como instrumento de blanqueo de sus crímenes?
miércoles, 30 de abril de 2025
Eclipses
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Los antiguos consideraban a los eclipses
como a una señal funesta que preludiaba mil desgracias y especialmente el fin
de los tiempos. Había quienes, dotados con la luz del conocimiento, sabían
predecirlos, pero callaban por temor a ser acusados de brujos y condenados a
proporcionar luz desde la hoguera.
La luz – o, si quieren, la energía – lo
es todo. Tanto en los cielos como en la tierra. La luz refiere a la divinidad
en todas las religiones. Y en filosofía encarna imaginariamente al Ser mismo y
a sus atributos principales: la Verdad, la Bondad y la Belleza. La luz nimba la
cabeza de los sabios y de los santos, y es aura de alegría y belleza; gobierna
la inteligencia y las emociones. Reparen, si no, cómo nos cambia el estado de
ánimo cuando se acumulan los días sin sol, o incluso cuando entramos en un edificio o calle
mal iluminados.
Pero la luz no es solo signo de lo más
alto o modélico, sino también objeto-símbolo principal en la caverna del mundo,
en la que adopta la figura del fuego, fuente y representación del poder
técnico que el titan Prometeo robara para nosotros a los dioses. El fuego
gobierna en la caverna como análogamente hace el sol en el cielo. En el símil
platónico sirve para fabricar el teatro de imágenes en el que vivimos. Hoy
equivaldría a la luz eléctrica, incluyendo esa luz oscura que recorre los
circuitos de nuestro tecnológico mundo alimentando constantemente el
espectáculo que llamamos «realidad».
Pero fíjense que, pese a todos los gigavatios que llevamos de ventaja, basta un chispazo imprevisto y enigmático para desequilibrarlo todo y volver casi de golpe al paleolítico. Hoy, como provocaban antaño los eclipses, los apagones generan conductas de pánico, proliferación de profetas y grupos de compadres compartiendo las ideas conspiranoicas más estrambóticas. Falta el elemento capital del chivo expiatorio, que para unos – cómo no – será el malvado Sánchez, para otros serán los rusos, y para otros Trump, o el feroz capitalismo, encarnado en las pérfidas compañías eléctricas, o incluso, como en los viejos tiempos (bulos ha habido al respecto), los infieles, sean terroristas musulmanes o pérfidos judíos. Nada nuevo bajo la luz del sol.
Eso sí, a falta
de más datos, hay que subrayar y celebrar dos cosas. La primera es que, a
diferencia de lo que ocurre en otros lugares (recuerden los saqueos y crímenes
que se producen durante los apagones en ciertas urbes de los Estados Unidos),
aquí no ha pasado nada espacialmente malo — ¡y miren que se ha ido la luz en todo el país! – ; todo lo contrario, la gente ha demostrado un espíritu cívico y solidario dignos de admiración.
La segunda es que, por suerte, la tan cacareada transición digital sigue siendo
de momento reversible, y la gente aún guarda -- además de una radio a pilas y algo de calderilla -- la sana costumbre de salir a la calle, hacer corro con extraños de carne y hueso, organizarse, preocuparse de los vecinos y echar una mano en lo que haga falta.
Benditas sean la luz del sol, lo analógico y las analogías.
miércoles, 5 de marzo de 2025
Humillación y poder
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El poder representa, en general, la fuerza o potencia para dar forma a las cosas. Y el poder político la capacidad para conformar la voluntad de la gente con respecto al orden establecido (o por establecer). ¿Cómo se obtiene este poder? Simplificando mucho, de dos maneras, habitualmente correlacionadas: por coacción y por convicción. El poder coactivo violenta la voluntad del sometido desde fuera, y el poder por convicción la mueve a conformarse desde dentro, «libremente». El primero se funda en amenazas y chantajes. El segundo en la persuasión retórica y los argumentos.
Ahora bien, entre la coacción y la
convicción podemos encontrar otras fórmulas mixtas para obtener conformidad.
Una de ellas es la seducción, y la otra – casi inversa – la humillación.
La seducción genera un efecto cautivador que mueve al sujeto a conformarse
voluntariamente sin necesidad de razones o palos. Las fórmulas de seducción
suelen tener varios ingredientes: el de la belleza (como la de un discurso o la
del arte puesto al servicio del poder y sus rituales), el de la emoción
religiosa, o el de esa mezcla entre religión y arte que representan el
imaginario y los mitos de una cultura.
La otra fórmula mixta, de la que se habla
muy poco, y de cuya utilización podemos ver una muestra casi perfecta en la
actividad pública del nuevo presidente de los EE. UU, es la de la humillación.
Como la seducción, la humillación mueve al sujeto a convencerse de su
inferioridad frente al poderoso (y, por ello, a obedecerle), pero, a diferencia
de la seducción, en la que la inferioridad se experimenta por contraste con una
superioridad sentida como legítima (por la belleza o la condición divina o
sobrenatural del que nos somete), en la mera humillación la sensación de
inferioridad se logra por la exhibición de fuerza (en absoluto bella o divina)
de alguien que es sustancialmente como nosotros. Así, mientras que la seducción
parece estar más cerca de la convicción que de la coacción (aun cuando sea una
convicción rendida a instancias irracionales y heterónomas, como ocurre en la
pasión amorosa o la religión), la humillación parece más cerca de la coacción
que de la convicción, en tanto el que humilla no es un dios ni una belleza
superlativa, sino alguien como tú –– de ahí lo humillante – pero dueño
circunstancial de la fuerza o los recursos.
Visto lo anterior, la conclusión es que
el poder de la coacción y la humillación no puede ir tan lejos como el de la
convicción y la seducción. Acciones y discursos tan zafios como los
protagonizados por Trump y sus secuaces no deberían tener más éxito que el de
un mediocre «reality show». Si, además, la apuesta proteccionista y neoimperialista escenificada
por Trump no tiene el efecto económico para la clase media que esta espera (no
se ve fácilmente cómo) o/y coloca al mundo al borde de un conflicto generalizado,
su prestigio debería durar muy poco. La moneda está en el aire. Y si, caiga
como caiga, sirve para despertar y fortalecer el poder – fundado en la
convicción y la seducción – de la UE (es decir, de la realización menos
imperfecta que conocemos del ideal civilizatorio occidental), pues mejor que
mejor.
domingo, 9 de febrero de 2025
La categoría de lo monstruoso y su función en la dramaturgia política
Estamos de enhorabuena. Ya ha visto la luz el número 40 de la Revista ALFA. Un homenaje sincero y cargado de admiración hacia VALERIANO BOZAL, en el que tengo el honor de publicar un pequeño artículo sobre la categoría de lo monstruoso y su función en la dramaturgia política: https://alfa.revistasaafi.es/alfa/numeros/40/4011.pdf
miércoles, 5 de febrero de 2025
Chirigota «fake»
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Una de las cosas que dan más risa son los
iluminados. Siempre que no tengan la sartén por el mango, claro. En ese caso lo
que dan es miedo, y la risa se queda para el carnaval. Eso en los lugares en
los que lo hay. Entre los puritanos, en los que el carnaval no existe o es cosa
de brujas, como en los USA, la cosa acaba a veces con un tipo pegando tiros en
el aparcamiento de un supermercado.
Dudo que esto último pueda pasar, por ejemplo, en Cádiz. Porque en Cádiz se ríe de lo lindo. Libremente y durante todo el año. De los iluminados y poderosos, y de los que no lo son. Tal vez por eso durante el carnaval son tan tiquismiquis y te dejan que te rías de todo, pero con un orden y unas formas que ya quisiera un sacerdote egipcio. Sí señor. Igual que hay que saber beber – te dicen –, hay que saber reírse de todo con arte y con parte (de razón). Donde se ríe por principio, el carnaval no tiene que ser un turbio desahogo, una bacanal irracional o una matanza catártica.
Tampoco ha de ser una patochada
propagandística, como la de esa chirigota «fake» reventada por el
público hace unos días (cantando y riendo, como debe ser) en el teatro Falla.
No ya por su contenido (una torpe apología del santoral conspiranoico y voxero:
vacunas, chemtrails, negacionismo climático…), ni porque apenas supieran
cantar ni ajustarse a los estrictos cánones de la chirigota (ese cachondeo
elevado a religión o arte), sino, sencillamente, porque les faltaba lo principal
que hay que tener en Cádiz: ingenio y buen humor.
Porque fíjense que hasta para ser malo hay que ser bueno. Un buen iluminado habría de serlo tanto como para cachondearse – en carnaval – de sus verdades infinitas. Un conspiranoico verdadero habría de serlo tanto como para pensar en la guasa que tendría un plan para fabricar conspiranoicos. Y un carnavalero de ley habría de serlo tanto como para reírse de la que se ha formado, del escándalo de los puristas, y de la chirigota que se va a hacer de todo ello en la calle.
El carnaval, como casi todo, es política,
de uno u otro signo. Y a veces arte, de una u otra manera. Pero principalmente
es risa libre y franca; es el pueblo riéndose del Pueblo y de los iluminados
que aspiran a dominarlo; es el propio carnaval riéndose del Carnaval y de los
capillitas que aspiran a controlarlo; y es el juego libre del juego social bajo
un único, omnipresente, infalible y todopoderoso rey: su majestad la gracia. No
la de Dios, sino la de Cádiz, que no tiene que andar muy lejos.
miércoles, 22 de enero de 2025
Monstruos prodigiosos
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
El miedo tiene muchos caminos. Si su raíz
es un estado genérico de incertidumbre, suele proyectarse en objetos más
simples y fáciles de afrontar. Durante el tormentoso tránsito a la modernidad
el chivo expiatorio fueron las brujas, quemadas a miles en el norte y centro de
Europa. En la deshecha Alemania de los años 30 fueron los judíos. En el mundo
actual, al borde de transformaciones gigantescas de efectos imprevisibles, son
los inmigrantes, los okupas o, simplemente, los que piensan de forma distinta.
Es claro que el odio al chivo expiatorio no sirve para acabar con aquello,
difuso, que nos atemoriza, pero genera la ilusión colectiva de tenerlo
controlado.
Un segundo efecto de ese miedo inconcreto que tan bien retrató Jean Delumeau en «El miedo en Occidente», es la añoranza. La incertidumbre ante el futuro genera una extraña nostalgia de lo no vivido en los jóvenes y una romántica idealización del pasado en los viejos. Es la añoranza con la que – frente a las turbulencias del presente – se reivindican los valores incuestionables de antaño o se invoca a la nación primigenia, al glorioso Reich, a la América que perdimos (y hay que hacer grande de nuevo) o a la España «unida y en paz» del franquismo.
Pero más allá de esto, hay un tercer efecto de la incertidumbre y el miedo que me gustaría destacar: el del advenimiento de los «monstruos» convertidos coyunturalmente en héroes. Y ocurre cuando, en momentos de gran incertidumbre, aparece lo «monstruoso» en uno de sus sentidos más arcaicos: el del «prodigio extraordinario» que nos advierte (y promete librarnos) de la insostenibilidad o corrupción de lo ordinario. Milei, Trump, Musk representan a la perfección este tipo de «monstruo prodigioso» (mucho más que los más mediocres Le Pen, Abascal, Orbán o Meloni).
Estos monstruos son también una proyección o encarnación concreta de la incertidumbre, pero no ya como chivos expiatorios a sacrificar, sino como medio (no menos ilusorio) de dar cierta forma al desorden imperante a través de algo igualmente caótico, pero humano y concreto, y con quien podemos identificarnos mejor. Así, un monstruo identificable y particular – como Trump, Milei, Putin … – puede presentarse como héroe frente a un monstruo inconmensurable y genérico (la economía errática, la pérdida de referentes, la emergencia de nuevas potencias…) del que promete librarnos para conducirnos a un imaginario y no menos indefinido futuro de abundancia y gloria (lo indefinido es entonces estimulante, y no atemorizante).
Cuando las incertidumbres son tantas y de tan variada naturaleza (crisis climática, inquietud económica, polarización social, amenazas bélicas…) los seres humanos parece, pues, que repetimos este viejo repertorio tripartito: sacrificio de la víctima propiciatoria; añoranza de un pasado idílico; y entronización de aquel que, por extraño e imprevisible que sea (o justamente por eso), parece capaz de hacer un milagro tan extraordinario como aquello mismo que nos espanta. Tal vez parezca que hace falta un monstruo para domeñar lo monstruoso del mundo. Muchos creemos que lo que va a hacer es aumentarlo. Lo veremos muy pronto.





.webp)













