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viernes, 11 de septiembre de 2026

Europa: última llamada

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España

Leía opinar a un guardia civil de Ceuta sobre lo loco e inútil de su tarea: pelearse con los migrantes para evitar su entrada ilegal, y atenderlos y cuidarlos una vez dentro. ¡Ay que joderse!, parecía insinuar el guardia. Pero no, no hay que joderse: hay que alegrarse. Alegrarse por guardar la linde que separa la ley de la barbarie; el lugar donde las personas tienen dignidad y derechos y el lugar en el que se las utiliza como carnaza.

Y así es. Europa estará en franca decadencia demográfica y económica, socialmente polarizada, políticamente desunida e intelectualmente desorientada, pero incluso así mucha gente desea venirse al único lugar del mundo donde "cualquiera" (es la palabra clave de la frase) puede aspirar a vivir con cierta dignidad. Y no andan en absoluto desencaminados: en ningún otro lugar del mundo se ha invertido tanto (ochenta años de paz y riqueza) en desarrollar sistemas redistributivos, Estados de derecho e ideas suficientes como para mantener los estándares de seguridad, bienestar, libertad y educación de que disfrutamos la mayoría (tanto, que hasta hemos podido empezar a reconocer el coste moral o ecológico de ese desarrollo)... ¿Cómo no desear, pues, ser europeo?

Ahora bien: ¿hay que poner freno a esta avalancha? ¿Se desfondará el proyecto con el peso de tanto emigrante (dejemos el de los turistas a un lado)? A primera vista, la respuesta parece afirmativa. Si queremos salvar nuestro paraíso – se nos dice – hemos de establecer sistemas de acceso más restrictivos, cuidar su ecosistema identitario, limitar algunos derechos y avanzar hacia una suerte de autarquía rodeada de alambradas y aranceles. Es, con matices, el modelo Trump. Es el que vende la ultraderecha. Y es profundamente erróneo.

Europa no puede aislarse sino al precio de acelerar su decadencia. Todo lo logrado se lo debe a unas fronteras permeables, a un afán ilimitado de conocimiento, a las libertades individuales y a una poliarquía fundada en el derecho y el comercio global de razones, intereses y productos. Negar esto es negar lo que somos gracias a los flujos energéticos, migratorios y comerciales que nos han enriquecido, al diálogo que nos ha hecho cuestionarlo todo, y a la responsabilidad política que hemos cedido a los individuos – aun arriesgándonos a que decidan eximirse de ella y entregársela a un tirano populista–.

Otra cosa es cómo gestionemos estos flujos y riesgos. Pero para hacerlo como se debe hemos de convencernos de que viajamos en el mismo barco. Si Europa no puede ser una isla, mucho menos será un archipiélago. Frente a la competencia económica de Asia, el sabotaje de las potencias antieuropeístas (coaligadas a la propia ultraderecha europea) o la fanática reacción ante la incertidumbre y el colapso informativo de buena parte de la ciudadanía, solo cabe una unión infinitamente más firme: unos Estados Unidos de Europa que respalden nuestro modelo cultural con una fuerza política coherente, operativa y firme a todos los niveles (tanto social y educativo como de seguridad y política exterior). Es la última llamada antes de retornar a un nacionalismo fascistoide capaz no solo de arruinar el paraíso europeo, sino de convertirlo (otra vez) en un campo de batalla. (Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura; enlace en el primer comentario)

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Los ceutíes tienen motivos de sobra para estar indignados. Pero sean cuáles sean los errores del gobierno, y digan lo que digan los demagogos de turno, el problema dista de poder resolverse a corto plazo. Falta una política migratoria coherente a nivel europeo (algo casi imposible mientras la migración siga siendo un poderoso reclamo electoral) y sobran contradicciones y sentimientos encontrados (algo inevitable sin una política firme de integración de la población migrante).

Una población migrante que es ya parte insoslayable de nuestra sociedad. Pobres la mayoría, sí, y diferentes de nosotros, desde luego (algo que agrava la situación: la natural aporofobia se contiene si hay elementos culturales en común), pero resulta que son esos «extraños» los que construyen nuestras casas, recogen nuestras cosechas, asfaltan nuestras carreteras, se desloman en los invernaderos, cuidan a nuestros padres ancianos o se aplican a la tarea de tener hijos. De todas estas «subcontratas», incluyendo la demográfica, depende completamente el futuro de nuestro país. 

Dado que aceptamos de hecho esta situación y nos beneficiamos ampliamente de ella, no hay más remedio que afrontar sus consecuencias. Y una de ellas es la cohabitación con esos inmigrantes: no podemos hacer que trabajen para nosotros y pretender que no deambulen por  las calles, vistan sus ropas o exhiban sus costumbres. Podemos – y debemos – exigirles –y exigirnos –, desde luego, unas pautas básicas de convivencia. Pero convivir con alguien no significa imponerle que sea como «nosotros» (si es que nosotros, los españoles, somos de alguna manera unitaria y determinada), ni limitarnos a exigirle el cumplimiento de unas mismas leyes. No hay convivencia donde somos todos iguales o donde solo se tiene en común el miedo a la policía.  Convivir exige compartir una buena porción de ideales, valores, proyectos y espacios colectivos, empezando por ese territorio común que es la lengua; algo que solo se logra a través de un complejo, largo y bien diseñado esfuerzo educativo.

Sé que ese trabajo se anda haciendo, a veces heroicamente, desde hace años. Durante mi etapa como asesor educativo tuve la suerte de conocer un buen número de escuelas de todo el país, pero en ninguna como en las de Ceuta y Melilla constaté de forma más clara el trabajo de los docentes para educar en la convivencia multicultural a niños (y a familias) cristianos, musulmanes, judíos o hindúes. Fuera por necesidad o virtud, todo en la mayoría de esas escuelas, desde la más simple situación de aprendizaje hasta los juegos y las actividades extraescolares, estaba diseñado en vistas a ese objetivo. Se trataba de un esfuerzo sistemático, paciente, entusiasta e inmune en lo posible a los cambalaches políticos. Gracias en gran parte a él, estas dos ciudades representan hoy un modelo extraordinariamente exitoso de convivencia intercultural. Un modelo que hay que cuidar de la imprevisión gubernamental, pero también de los que, sin proyecto alguno, no buscan más que pescar en río revuelto (por no hablar de los que pretenden resolver las cosas ondeando banderas desde la cubierta de un yate). Más que nada porque el modelo de convivencia que representan ciudades como Ceuta o Melilla es el que más pronto que tarde tendremos que aplicar en todo el país. No lo perdamos de vista. 

lunes, 17 de agosto de 2026

Miedo al esclavo joven

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.


A qué mentir. Todos, hasta los más rojos o santos, hemos sentido miedo contemplando la avalancha de inmigrantes en Ceuta. La escena recordaba las series o novelas (o relatos políticos, ¿qué más da?) sobre el colapso civilizatorio, la caída del imperio y la llegada de los nuevos bárbaros, el asalto de esos miles de millones de zombis desarrapados que acampan tras nuestras murallas de alambre. Nos hacemos los longuis o los nazis, pero es purito miedo, porque sabemos que ellos están ahí, invisibles, como un oscuro clamor sordo, como un enjambre de parias que fuera a tomar mañana conciencia de su verdadero poder destructor.  

Porque lo que nos da miedo no es la cantidad de personas que llegan de golpe a una de nuestras ciudades (cualquier pueblo costero es invadido cada viernes por avalanchas mucho mayores de turistas); ni que la cultura que traigan sea tan diferente (la historia ha sido siempre un continuo amancebamiento entre culturas); lo que de verdad nos acojona es que sean pobres. Que sean pobres y jóvenes: eso sí que nos da miedo. 

Porque no es solo el esclavo el que teme al amo. Los esclavos, los pobres, nos dan también mucho miedo («aporofobia» lo ha bautizado la filósofa Adela Cortina). Nos dan miedo porque sabemos que tenemos todo lo que a ellos les falta, y porque, diga lo que diga la ley, lo lógico sería que se abalanzaran para quitárnoslo o, cuando menos, para obligarnos a compartirlo. Lo sabemos porque en su caso querríamos lo mismo y porque, en el fondo, sabemos que esa desigualdad no se debe a ningún mérito o justicia, sino solo a la desgracia de nacer a uno u otro lado del muro.

Y si esos pobres son, además, jóvenes, como en la avalancha de Ceuta, el miedo se convierte ya en pánico. Los esclavos jóvenes tienen una energía que nos pone nerviosos, una viveza que nos irrita, y una loca esperanza que nos llena de pavor. Da igual cuanto les castiguemos o entretengamos. El deseo de subírsenos a las barbas y arrancarnos un trozo de futuro es tan invencible como las mareas en las que viajan sus cadáveres. Y nos aterroriza pensar que tal vez un día no podamos frenarlos o aplastarlos y vengan, no ya por nosotros, sino por lo que creemos que es nuestro. Y si no fuéramos tan profundamente egoístas (tal como seguramente serían ellos en nuestro caso) deberíamos agradecerles que ese día nos liberasen al fin de este miedo congénito y terrible a reconocer que no nos merecemos tener lo que, sin merecerlo en absoluto, tanto les falta a ellos.

jueves, 30 de julio de 2026

Garrulismo «libertario»

 

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura y La Nueva España


Hay una plaga endémica de garrulismo libertario. Una tendencia imparable a mostrarse como un necio desconsiderado en nombre de un supuesto derecho natural a hacer lo que nos venga en gana. Es como una exacerbación del proverbial individualismo hispánico alimentado por la ola ultraliberal y trumpista que recorre el mundo y enraizado en un antiquísimo desprecio por el comportamiento cívico y el análisis intelectual. 

Este libertarismo garrulo se expresa de muy diversos modos. El más evidente es el de la falta de educación. Ser maleducado está de moda. Hasta el punto de que te entran ganas de no salir de casa. Conductores circulando como si la carretera fuera suya; gente tirando basura y colillas por donde va (miren como están las cunetas y no precisamente de maleza); tipos fumando sin la más mínima consideración; motoristas poniéndote al límite del infarto con el ruido de sus escapes; perros sueltos o sin bozal; energúmenos que te obligan a escuchar sus gritos, conversaciones telefónicas o vídeos en el móvil; y personas de toda edad y condición que, de forma natural (ni siquiera intencionada), consideran el mundo como el patio de su casa y a sus congéneres como un simple medio (o estorbo) para el logro de sus fines. Es curioso que ante el más mínimo reproche, algunos de estos maleducados reaccionen no ya con violencia (que también) sino con incredulidad, como si fueran incapaces de comprender que los demás seamos algo más que extras en el decorado de su vida.

Otro ejemplo más grave y, desgraciadamente de plena actualidad, son los incendios forestales, la mayoría de ellos debidos a conductas irresponsables de sujetos que priorizan sus intereses sobre los del resto. «Háganse mis deseos, así arda el mundo», ese es su lema. De hecho, si consultan las estadísticas comprobarán que la inmensa mayoría de los incendios (incluyendo los que están devorando ahora mismo el centro del país) se deben a negligencias y prácticas ilegales por parte de individuos que van a su maldita bola. Es sorprendente por ello que algunos anden echando la culpa de estos catastróficos incendios al exceso de legislación medioambiental, cuando el problema es que algunos se pasan la ley (la misma que obliga también a limpiar oportunamente el monte) por el forro de… la capa española. ¿Se imaginan un país sin apenas educación cívica y, además, desregularizado? 

Un último ejemplo significativo de garrulismo libertario es el de la relación con la ciencia, algo en que los españoles, salvo gloriosas excepciones, nunca hemos estado muy finos. Aquí, igual que en otras cosas, el garrulo confunde la libertad con creer lo que le sale de las narices. A ver, ¿quiénes son miles de científicos de todo el mundo, algunos de los cuales llevan varios decenios estudiando el cambio climático, para explicarme a mí (¡a mí!) nada? A este garrulismo de barra de bar le auxilia hoy el magnífico servicio de desinformación a medida que es Internet, en el que uno puede encontrar la mamarrachada indocumentada que precise para, sin necesidad de abrir un solo libro, artículo o informe, sustentar la tesis que quiera. ¿Esto es libertad? ¿No será, más bien, la apariencia de libertad con que la ignorancia disfraza a la más esclava y garrula de las pasiones: la de querer ser sin saber? 

martes, 28 de julio de 2026

Lo que todo el mundo sabe

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Seamos claros. Todo el mundo sabe que en este país el nepotismo es un mal endémico, y que en todos los ámbitos, pero especialmente en la Administración, es habitual colocar o beneficiar a parientes, paisanos, compañeros de partido y amiguetes a los que se debe o de los que se espera obtener algún favor. Todos podríamos detallar veinte o treinta casos concretos. Todos sabemos también que el caso de David Sánchez es probablemente uno de ellos. Como también que si no llega ser quien es, aquí no hubiera pasado absolutamente nada. Nadie ignora tampoco que tras la condena a Sánchez (por dejarse enchufar), se va a seguir colocando y beneficiando a cuñados, conmilitones y amigos en la misma y exacta proporción que antes, porque en esto solo se denuncia a quien políticamente interesa, se sale del tiesto o se pasa de listo.

Todo el mundo sospecha también (aunque no lo diga) que la inclasificable instrucción a Begoña Gómez no tiene más objeto que el de procesar a la mujer del presidente del gobierno, y que por los mismos difusos indicios por los que está imputada desde hace más de dos años se podría igualmente imputar y procesar al cónyuge de casi cualquier otro alto cargo político. Se puede matizar o discutir tal o cual cosa, se puede uno alegrar o no, pero dudo que haya alguien mínimamente informado que no tenga esta sospecha en la cabeza.

Y del mismo modo, y sea cual sea la tendencia política de cada uno, todos sabemos que los partidos que se han ido alternando en el gobierno poseen un grado parejo de corrupción (ni mucho ni poco, sino más o menos el mismo que el de la sociedad a la que representan). ¿Hace falta dar nombres? (Ábalos, Koldo, Bárcenas, Zaplana, Matas, Rato…). También sabemos perfectamente que tales partidos son estructuras dirigidas básicamente a mantener u obtener el poder, y que el porcentaje de energía que invierten en pensar, dialogar y gestionar recursos para resolver los problemas de la ciudadanía es mínimo (no hay más que ver sus estrategias de confrontación, ceñidas al descrédito del oponente – la falacia «ad hominem» –, en lugar de a la evaluación y discusión de iniciativas).

Ahora bien: saber todo esto implica también una gran responsabilidad. En una democracia no hay reyes o tutores conduciendo a sus pupilos o súbditos, y ni los jueces ni los políticos deben ser modelos o héroes morales, sino simples servidores o gestores de la moralidad consensuada por los ciudadanos. Por ello, salir de este marasmo es responsabilidad nuestra, de los titulares de la soberanía. Si no queremos enchufismo endémico, activismo jurídico, corrupción política o partitocracia estéril, hemos de hacer algo más que votar y participar de la ceremonia enajenante de la polarización. Hay que exigir y proponer medidas (inflexibilidad frente al nepotismo, cambios en el acceso a la judicatura, reformas obligatorias en la estructura de los partidos, instituciones legislativas directamente controladas por la ciudadanía …). En otro caso no quedara otra que confirmar lo igualmente sabido por todos: que, políticamente hablando, no tenemos más que lo que nos merecemos.

lunes, 13 de julio de 2026

La prioridad del miedo

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Acojona ver la foto de una chica afroamericana rodeada de encapuchados supremacistas en el metro de Washington. Ocurrió hace unos días, durante las ceremonias con aroma a congreso de Núremberg con que Trump se ha celebrado a si mismo confundiéndose con la nación que preside. La milicia de encapuchados de la foto (el «Patriot Front») tiene el nombre, la pinta (virilidad, fiereza, determinación) y las mismas ideas (orden, pureza, tradición, prioridad nacional) que las de por aquí. Dan miedo y de eso se trata. Al día siguiente, esa especie de nuevo «duce» histriónico que es Trump llamó por teléfono al lacayo que dirige la FIFA para que le retirase una tarjeta roja a la estrella de su selección de fútbol, orden que el lacayo obedeció de inmediato.  

La libertad con que las nuevas generaciones del Ku Klux Klan desfilan por Washington o la desvergüenza con que Trump exhibe públicamente su poder no son ninguna bagatela. Cuando el miedo y la coacción se trasladan desde la tramoya a la escena misma de la representación política es porque han adquirido un valor simbólico y una función social incontestables, de manera que lo que antes ocurría en los márgenes de la ley y la moral comienza a normalizarse ahora en las calles, en los medios, en las escuelas, en las relaciones internacionales, laborales, familiares o afectivas… Es el triunfo de la política del miedo, probablemente acatada – dirán algunos – por miedo a algo peor. ¿Pero qué puede haber peor?

En nuestro país, los partidos mayoritarios han dado prioridad a esta política desde hace años. Dada la ausencia de una verdadera controversia ideológica (o dada su ineficacia en el competitivo orbe mediático), la estrategia ha consistido básicamente en meter miedo (o en multiplicar y canalizar el que ya hay). Miedo a la inestabilidad política, a la ruptura del país, a la resurrección del terrorismo, a la ocupación de nuestras casas, a la tiranía «woke», al comunismo tiránico, al fascismo redivivo, a la invasión inmigrante… 

Fíjense que el recurso al miedo es mucho más efectivo que el de los escándalos de corrupción (la otra pista del circo). El teatrillo de la indignación moral por la corrupción ajena solo arranca aplausos entre los fieles (¿Quién está aquí libre de pecado?), pero el miedo se lleva de calle al electorado más esquivo. La táctica de esparcir podredumbre solo te hace mirar a otro lado (al de la paja ajena), pero la de provocar miedo te deja ciego y necesitado de guía. 

Piensen, por ejemplo, en el miedo a los inmigrantes. La inmensa mayoría trabaja y cotiza igual o más que nosotros. La inmensa mayoría son latinos, tan "culturalmente" españoles o más que nosotros. La inmensa mayoría son más jóvenes y necesitan menos cuidados y servicios que nosotros. Y la inmensa mayoría – como es lógico – aspira a regularizar su situación y tener los mismos derechos que nosotros. ¿A que tenemos miedo, entonces? ¿A qué saturen los servicios sociales que ellos mismos sostienen? ¿A que nos dejen sin las viviendas que ellos mismos construyen?... ¿No sería más sensato dejar de votar a los partidos a los que los servicios sociales o la vivienda pública les traen al pairo? ¿Ven lo que les decía de la ceguera? Pues así todo. 

martes, 7 de julio de 2026

«Españolización» climática

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Por si no lo saben, Europa acaba de sufrir una nueva ola de calor extremo con temperaturas jamás registradas en esta época del año. Una semana a cuarenta grados en países poco o nada acostumbrados al calor, como Alemania, Dinamarca o Polonia, ha obligado a regular horarios laborales, a suspender clases y a cerrar carreteras y líneas férreas. En buena parte de estos países los hospitales han colapsado durante varios días y la cifra de fallecidos – casi todos ancianos – supera con creces el millar.

Todo esto no representa, por lo demás, un episodio aislado. Europa es el continente que más rápido se calienta de todo el planeta, con un aumento térmico que duplica la media mundial y que, según la Organización Mundial de la Salud, ha matado a más de doscientas mil personas en los últimos cuatro años. Para colmo de males en ella proliferan partidos populistas que, como VOX, tachan de «fanatismo climático» las advertencias de la ONU y de miles de científicos con respecto al cambio climático, disparate que viene de perlas a las petroleras y que bloquea la acción política para frenar el desastre. Esta la cosa que arde…

Hasta el punto de que si los europeos quieren sobrevivir al calor van a tener que «españolizarse» – como quería Unamuno – a toda prisa y comenzando por los horarios, las siestas, las cenas y las persianas en las ventanas. El ministro francés de Trabajo ya ha anunciado un viaje de estudios (no es broma) para aprender el «spanish summer way of life»: ya saben, lo de trajinar por las mañanas, encerrarse durante el día y salir por las noches, a la fresca, a hacer vida social. Los bocazas que nos tildan de perezosos y vividores entenderán el porqué de la jornada continuada, las vacaciones escolares de dos meses (en otros países las tienen más largas, pero repartidas durante el curso) o el «cierre» administrativo del país durante la canícula. ¿Aprenderán también a tomarse las cosas con parsimonia cuando cae el sol a plomo, a beber gazpacho, a hacerse casas con patio, a quedarse hasta las tantas charlando en el velador o en la puerta de la calle mientras suena la tele y los niños zascandilean como murciélagos?…  

Quizás, pero con esto solo no basta. Para contener la crisis climática es preciso insistir en la reducción global de emisiones, la reforestación, la protección de los ecosistemas, la producción y el consumo sostenibles y, sobre todo, en una persistente educación ética en valores ecosociales; educación sin la que acabaremos sucumbiendo a la delirante ilusión de que aquí no pasa nada, de que no hay cambio climático que valga, y de que si lo hay ya emigraremos a Marte, excavaremos ciudades bajo tierra o le compraremos – a precio de oro – un trocito de Groenlandia a la familia Trump. Un delirio que – junto a nuestras pensiones – acabaran pagando los más jóvenes. Tal vez las próximas olas de calor les ahorren, al menos, uno de estos problemas. 

viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

domingo, 21 de junio de 2026

Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo

Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

miércoles, 3 de junio de 2026

Violencia sin complejos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…

Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismo anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.

Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.

miércoles, 29 de abril de 2026

Inmigración y educación para la ciudadanía

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Ver al dirigente de Vox José María Figueredo – camisa abierta y patillas a lo Milei – explicando cómo va a aplicarse lo de la «prioridad nacional» impresiona. ¿Qué significa «hacer todo lo posible» para que los inmigrantes quieran marcharse? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que se va a «cumplir la ley al mínimo»? ¿En qué mundo vivimos? (A esto último no hace falta que contesten). 

Incluso si, como es de esperar (como esperan los que les han regalado las elecciones), las políticas de Vox resultan infructuosas, sus intenciones amenazan la convivencia pacífica con quienes hacen los trabajos que ya no queremos hacer, dinamizan nuestra economía o alivian la crisis demográfica. Pintarlos como invasores, delincuentes o parásitos es un infundio que acarrea penosas consecuencias incluso para el propio Vox, ya sea porque sus amenazas se queden forzosamente en nada (¿para qué votarlos entonces?), ya sea porque se atrevan a aplicar medidas drásticas (contra la ley, contra la Iglesia, contra los intereses empresariales, y a favor de la movilización de una izquierda que parecía resignada al cambio de ciclo). Miren el efecto en las encuestas de la enloquecida campaña contra los emigrantes en EE. UU…

Pero la peor de esas consecuencias es, sin duda, la de poner en riesgo el – siempre peliagudo – proceso de integración entre comunidades culturalmente distintas, magma profundo del estado de opinión que sirve de combustible a la demagogia xenófoba. Dicho proceso de integración comienza, desde luego, por regularizar y por reconocer los derechos que asisten a todos los que trabajan en nuestro país; pero es imprescindible que, a la vez, se facilite a los trabajadores extranjeros cauces sociales y educativos sólidos y eficaces para su plena integración como ciudadanos. En una democracia no puede haber sujetos políticos de primera y segunda clase; pero tampoco un estatuto de ciudadanía derivado del mero hecho de haber nacido o residir tal número de años en un determinado lugar. La noción de «arraigo» puede y debe tener un contenido sustantivo: no en cuanto a la adopción de creencias o costumbres «nacionales», claro está, sino en cuanto a la asimilación crítica de determinados principios y valores (especialmente aquellos en los que se inspira nuestro marco jurídico) a través de una formación obligatoria, normalizada y común.

Que la formación educativa insista en formar obligatoriamente a todos (nativos o extranjeros) en un pluralismo crítico que, sin incurrir en dogmas ni relativismos inconsecuentes, trate de valores comunes, es fundamental para evitar guetos y desencuentros insalvables. La ciudadanía no consiste esencialmente en ser «español» o «finlandés», sino en ser «civilizado», entendiendo como tal la capacidad y la voluntad para poner el diálogo y el consenso racional y democrático (y los valores a ello aparejados) como ejes de la acción común. Los Estados europeos deberían combatir el estado de opinión que sirve a la demagogia racista de la ultraderecha reforzando educativamente la fundamentación ética y la proyección política de una moral cívica transnacional y común a todos y todas. Nos van en ello la prosperidad, la estabilidad social y el fortalecimiento de nuestras desvaídas democracias.  

miércoles, 15 de abril de 2026

La cara oculta de la Tierra

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Confieso que ver todos estos días en primera página a los astronautas del Artemis II me ha tocado la moral y las narices. Soy tan novelero como cualquiera, pero no está la cosa como para tirar cohetes: hay que estar a la luna de Valencia para andarse con la vieja milonga del progreso y el «gran paso (¿hacia dónde?) de la humanidad» mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Y digo milonga no por lo que la cosa tenga de hazaña técnica (que la tiene, y es admirable), sino por el sentido político que se le quiere dar. El «progreso científico» no equivale a «progreso político o moral», aunque el relato propagandístico juegue a menudo con ese equívoco.

El progreso político consiste en crear las condiciones materiales para que todo ser humano pueda cubrir sus necesidades básicas y realizar su proyecto personal en armonía con los otros.  El progreso científico, en cambio, solo proporciona un arsenal de técnicas con las que modificar esas mismas condiciones materiales; pero ni garantiza que se modifiquen para mejorar la vida de la gente (pueden usarse, perfectamente, para empeorarla), ni que tales modificaciones lleguen a la mayoría (pueden muy bien reservarse para una élite pudiente).

Brindar por los éxitos de la ciencia es, pues, estupendo, pero sin olvidar que, por sí mismos, no significan políticamente nada. Es más: deberíamos subrayar que tales éxitos suponen, casi siempre, la necesidad de profundizar en otro tipo (totalmente distinto) de conocimiento: aquel por el que consensuamos razonadamente los principios, normas, fines y valores que han de guiar y regular el modo en que implementamos los «avances» científicos (piensen en los problemas éticos que acarrean la biotecnología, el uso de la IA, la energía atómica o… el dominio del espacio). Este tipo de conocimiento ético no es menos complejo que el de los ingenieros de la NASA (mucho me temo que lo es infinitamente más), pero poca gente parece preocupada o siquiera consciente de él. Permanece oculto en oscuros comités y cenáculos académicos, cuando tendría que desarrollarse a la vista de todos y con tanta publicidad, al menos, como la que tienen los hallazgos de la ciencia. 

Mientras, conviene desconfiar de la propaganda. Más acá de esa leve (y tranquilizadora) impresión de concordia en torno a la exploración espacial con que la política exterior norteamericana muestra su lado amable (eclipsando fugazmente al siniestro lunático que tienen por presidente), la cara menos visible de nuestro planeta esconde lo que ya sabemos pero tenemos unas ganas locas de olvidar: la agonía diaria de las víctimas de la guerra , los miles de inmigrantes cruelmente deportados o ahogados en el mar, la opresión y la violencia sobre las mujeres, la creciente desigualdad económica, el derrumbe de la legalidad internacional, la amenaza del cambio climático…  ¿Habrá que lanzar un cohete para sobrevolar y fotografiar África, Gaza, Líbano, Latinoamérica o Ucrania, para no olvidar que antes de «andar en la Luna» convendría sembrar de justicia la Tierra?

 


martes, 31 de marzo de 2026

Las alforjas de Habermas

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Expresada con llaneza y sin complejos, la cuestión que debe abordar cualquier filósofo político – y que ocupó con denuedo al filósofo Jürgen Habermas, recientemente fallecido – es la de la legitimidad de la ley y el orden. No es moco de pavo, pues esta legitimidad es lo único que asegura una conformidad plena con dicho orden. No hay sistema político, por autoritario que sea, que no aspire a esa paz de espíritu.

Ahora bien, ¿cómo lograr que la gente te haga caso por pura convicción, sin necesidad de usar la espada (estrategia, esta última, bastante más costosa y poco fiable)? Desde los antiguos egipcios a las actuales teocracias islámicas, el poder ha encontrado una fuente recurrente de legitimación en la religión (incluyendo aquí el culto al líder de los regímenes comunistas). Pero durante la Ilustración (y en algunas pequeñas repúblicas de la Antigüedad) se gestó otra forma de justificar el poder político: en lugar de la divina soberanía de los reyes se invocó el acuerdo racional entre los hombres. Con un pequeño gran problema: a Dios no podías engañarle, pero a los hombres sí. Muerto Dios, como decía Nietzsche, ¿qué motivo habría para no saltarse impunemente las eyes cuando interesara hacerlo? No haría falta más anillo de Giges que el de la impudicia y la riqueza. Miren a Trump. O a todos los poderosos que se saltan a la piola la ley con mucha mayor discreción y provecho.

Es en este punto en que se sitúa, entre otros, el pensamiento de Habermas. El gran filósofo alemán buscó sustentar el respeto a las leyes en algo que no fueran los dioses (o las entelequias metafísicas) pero tampoco el simple y estéril cálculo racional. Leyéndolo, uno tiene la sensación de que dio diez mil vueltas a esta quimera para llegar a la equívoca conclusión de que no convenía prescindir de ninguna de las dos cosas: sin algo parecido a Dios (sin principios y valores de algún modo trascendentes) la ley y la razón no eran más que cálculo instrumental y, en último término, el crudo realismo político de los actuales líderes políticos (democráticamente elegidos, no lo olvidemos); y sin razones que nos desvelaran su valor, los principios trascendentes no eran más que puras imposiciones dogmáticas…

Ante esta disyuntiva, de poco le sirvió a Habermas recurrir al vicio moderno de hipostasiar el método y el procedimiento (fundamentalmente el de la deliberación democrática), trocando – a la manera kantiana – lo trascendente por lo trascendental. Al final tuvo que buscar el sustento motivacional a su propuesta en el “oscuro magma” moral de la filosofía y la religión de toda la vida.  Era inevitable: nadie obedece voluntariamente una ley por el solo hecho de haber sido democráticamente instituida. Al fin, la legitimidad y el poder de convicción de las normas no está en quién y en cómo las determinan, sino en el valor moral de las ideas que encarnan. Y el valor, los valores – hay que repetirlo eternamente – no son cosas de este mundo. A veces me parece que en las alforjas de este viaje – de lo metafísico y religioso a su menesterosa versión secular en el Estado moderno y vuelta a empezar – se contiene lo más sustantivo a que ha dado lugar la reciente teoría política.  

jueves, 12 de marzo de 2026

El superhombre trumpiano

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No recuerdo disponer de un contexto más adecuado para hablarle de Nietzsche a mis alumnos que el presente: guerras y polarización feroz, ley del más fuerte, realismo pragmático, voluntad de poder. Era esperable, pues, que al empezar a hablarles del superhombre nietzscheano me preguntaran por Donald Trump, un personaje que inevitablemente seduce a muchos – incluso a quienes retóricamente lo desprecian – como símbolo de esa vitalidad desacomplejada, fuerte, libre y poderosa que asociamos hoy en día al triunfador y que – al menos superficialmente – se aproxima al prototipo moral nietzscheano.

Digo que superficialmente porque aunque la imagen de Trump no es la de un héroe convencional (no da para héroe de película de Hollywood – y ni siquiera para astuto villano de Juego de Tronos –), tampoco puede ser, si lo analizamos con cuidado, la del superhombre que concibiera el filósofo alemán. De hecho, a lo que más me parece Trump que se parece es a la caricatura de superhéroe mediocre y sin escrúpulos con que lo retrata la serie «The Boys» (no se la pierdan). 

Más que superhombre nietzscheano (ese ser capaz de crear sus propios valores y contagiárselos al mundo con la naturalidad de un niño), Trump sería más bien una última excrecencia del nihilismo contemporáneo: aquel que cambia definitivamente la nada de los viejos ideales platónico-cristianos (el humo retórico del orden global) por la nada del dinero y la grandeza hueca del cínico (¿en qué iban a ser los USA «grandes de nuevo» sin los ideales liberales y democráticos que han encarnado hasta hoy?). Es el mismo cinismo amoral que anticipaba Nietzsche como resultado lógico de una democracia sin Dios: ¿Por qué iban los ciudadanos a respetar pacto social alguno si ya no creyeran en nada que trascendiera sus intereses particulares? 

Nietzsche soñaba con que de esta nada sin Dios brotara una élite de superhombres verdaderamente libres, fuertes y lúcidos como héroes trágicos, y poderosos creadores de un futuro de plenitud sin culpa… Pero lo obtenido de momento son burócratas corruptos, demagogos a sueldo y tiranos ignorantes, resentidos, reaccionarios y caprichosos como Trump (todavía contenido por una oligarquía que limita sus extravagancias, que habría que ver si no fuera así). No es el único tirano, desde luego, pero Putin, la casta religiosa iraní o los «queridos líderes» asiáticos, siendo aún peores, no son los hijos monstruosos de una democracia liberal que aspiraba a acabar con las fronteras y con la historia. Monstruos que, además, tienen hoy acceso ilimitado, no solo a armas de destrucción masiva, sino a tecnologías con capacidades nunca vistas para controlar, sustituir y eliminar a placer a los seres humanos. Decía Céline que la filosofía no es más que otra forma de tener miedo. Cierto. Pero no miedo a la vida – como pensaban él o Nietzsche –, sino miedo a perderla por efecto de los delirios de unos bárbaros rodeados de tecnócratas y disfrazados de tribunos de la plebe.  

miércoles, 11 de febrero de 2026

Civilizar las redes

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza


Vivimos en las redes. Una importante porción de nuestra vida personal, social o laboral ocurre allí. Internet no es una simple herramienta, ni un modo cualquiera de informarse o relacionarse. Hagan el recuento de la cantidad de cosas que nos hemos acostumbrado a hacer «on line» (informarnos, charlar, hacer gestiones, comprar, aprender, divertirnos, debatir, hacer amigos, convocar protestas…) y se darán cuenta de que Internet es hoy el mundo (un mundo de mundos). Y en esto hay poca vuelta atrás.

¿Será entonces razonable prohibir a los menores andar lo antes posible por ese «mundo»? No lo parece. Negar a un niño o niña preadolescente (no digamos a uno de quince o dieciséis años) que se asome a esas nuevas calles y plazas que son las redes supone retrasar inútil y peligrosamente su aprendizaje vital. Un aprendizaje que ha de ser progresivo, sin duda (nada de tirarlo de golpe a la piscina cuando cumpla dieciséis), y en el que ha de estar acompañado, orientado y protegido por su entorno, pero que ha de permitirle también perderse, experimentar, equivocarse, actuar con autonomía…   Educar es cuidar de que alguien crezca libre y bien plantado en el mundo, no obsesionarse por diseñar una especie de «bonsái».

Por otra parte, que Internet sea un «nuevo mundo» quiere decir también que (como todo mundo que viene al mundo) toca otorgarle reglas. Internet no puede seguir siendo el salvaje oeste: una suerte de emporio anarcocapitalista sin más control que el de las leyes del mercado. En la medida en que las redes sociales han suplantado el espacio público han de ser tan legislables y supeditadas al interés común como aquel. Así que, más que prohibir el acceso a redes a niños y adolescentes (con las limitaciones debidas, tal como las que les ponemos cuando salen a la calle), de lo que se trata es de tener el coraje político para civilizar esas redes, enfrentando el poder de quienes se obstinan en no responsabilizarse de lo que han creado y en limitarse a seguir acumulando capital, información y poder. 

En este sentido, que algunos gobiernos europeos (entre ellos el nuestro) presionen para imponer una regulación común más estricta a los gigantes tecnológicos que comercializan redes o buscadores (a la par que se promueven redes propias – incluso de carácter semipúblico, ¿por qué no? – y un software libre sobre el que implementarlas) será siempre una muy buena noticia. Las redes no son malas en sí mismas (multiplican nuestra vida social, abren vínculos imposibles sin ellas, facilitan el diálogo, fomentan la creatividad…); de lo que se trata es de exigir transparencia en su funcionamiento y obligar a reformular sus algoritmos para que promuevan la responsabilidad (eliminando el anonimato), el diálogo plural o el manejo ordenado de información verificable. Sé que las soluciones aparentemente simples y tajantes enardecen a la gente; pero prohibir no solo no es aquí una panacea, sino que ni siquiera es eficaz. Es mejor regular y educar. Esto último es imprescindible. La educación en el uso experto, activo, crítico, seguro y ético de Internet y sus redes ha de ser parte consustancial de la formación básica de niños y adolescentes. De hecho, este es uno de los objetivos explícitos de la ley educativa; aunque esta se tope hoy con la vieja tendencia a creer que prohibir una conducta ya naturalizada equivale a hacerla desaparecer más allá de nuestro limitado campo de visión.

viernes, 6 de febrero de 2026

La guerra civil sobre la Guerra Civil

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

No hay nada más insultante que negarle la palabra a alguien. O que negarse a hablar con él. Negar a quien sea la posibilidad de expresarse es despojarle de todo lo que le hace humano (y redimible, caso de ser un bestia): el lenguaje, el habla, la razón... Es preferible que te den un puñetazo a que te retiren la palabra. Lo segundo duele más (siempre duele más el alma). Por eso resulta tan dolorosa – y estúpida – la actitud de aquellos que se niegan a hablar (y por descontado a escuchar) a quienes se sitúan en sus antípodas ideológicas. Una cretinez generalizada y peligrosa que hoy exhiben impúdicamente politicastros, artistas o «intelectuales» más apegados al moralismo parroquiano y al activismo garrulo que al diálogo inteligente con quienes no comulgan con su catecismo ideológico. 

Que esta actitud provenga además de intelectuales o personajes adscritos a los valores de la izquierda (la dignidad humana, la igualdad, la apertura al otro, la razón comunicativa, el diálogo como vía de resolución de conflictos…) resulta deprimente. El último caso es el del escritor David Uclés retirándose de unas Jornadas de debate sobre la Guerra Civil por no agradarle el título (por demás, absolutamente certero: «1936: La guerra que todos perdimos») o por no vérselas con José María Aznar; como si uno solo debiera dialogar con los suyos y en su cenáculo o parroquia (y como si en las parroquias realmente se dialogara de algo). Tras Uclés, cuya torpe propuesta de título («la guerra que sufrimos todos») podría ser igualmente criticada por el maniqueísmo simplista de los demagogos de izquierdas, se ha largado toda una manga de personajillos temerosos del qué dirán (curiosamente, se han quedado todos los historiadores, de uno y otro signo, menos una que, razonablemente, no encontraba ya el horno para bollos dialécticos), y se ha hecho el habitual escrache por parte de la jauría de cretinos convencida de que no hay nada que pensar (o que remover, como ha dicho un portavoz de la Federación Andaluza de Memoria Democrática, copiando el argumento que emplea la derecha para no remover las cunetas). Resultado de todo ello es que las Jornadas se han suspendido.

Que en este país haya gente (mucha gente) que no solo se niega a hablar con el oponente, sino que intenta impedir que el oponente hable (cancelando o boicoteando conferencias, jornadas y eventos culturales), o que amenaza con cancelar su suscripción a un periódico por publicar un artículo que no repite lo que ya piensa (como el de Ana Iris en El País tildando de fascista al «antifascismo» de Uclés) y que, encima, exhiba todo esto como un virtuoso signo de compromiso político (en vez de como un síntoma de gregarismo dogmático) es algo sobre lo que tendríamos mucho que hablar…

A este país le sobran tontos y demagogos, y le hace falta como el comer, el tomar cañas o el compartir memes, una educación para el diálogo (ese, el diálogo, y no el pacifismo infantil e inocuo, es el cimiento de una verdadera cultura de paz). Un diálogo fundado en el libre intercambio de argumentos, en la escucha, el análisis y la verdadera empatía, que es la capacidad específicamente humana de ponerte en la piel del otro para entenderlo mejor. Uclés, Maíllo, Iglesias y parte de la izquierda española no parecen haberse enterado de que vencer es convencer, y de que para convencer hay que dialogar. Lo otro es una guerra civil, o mediática, en la que, en tanto nadie convence a nadie, perdemos efectivamente todos.

La vox de su amo

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.

No dejo de darle vueltas: ¿Es Donald Trump un genio de la estrategia que se hace el loco, o un loco aupado a estratega por una rara «genialidad» de la historia? Últimamente tiendo a pensar lo segundo; no ya por el desvarío mental que exhibe en sus descacharrantes monólogos (difícilmente se puede simular algo así), sino por el carácter errático y contraproducente de muchas de sus decisiones.

Tomemos el ejemplo de su apoyo explícito a las «fueras patrióticas europeas», Vox entre ellas. Lo mismo las festeja, considerándolas como compinches en el viejo continente (suponemos que esperanzado en debilitar así a la Unión Europea, un referente moralmente incómodo por sus políticas regulatorias y sociales), que actúa sin tenerlas en cuenta y poniendo en un brete a sus líderes y partidarios.

Porque vale que el objetivo expreso de la estrategia trumpista sea subordinar completamente a Europa (y a todos los que se dejen) a los intereses de la élite neocón norteamericana, pero ¿no deberían avisar a sus lacayos políticos europeos antes de subir aranceles o amenazar con invadir Groenlandia? Así Abascal, Salvini, Orbán o Farage tendría tiempo para difundir algún bulo sobre inmigrantes okupas para distraer al personal, en lugar de estar ridículamente proclamando aquello del «MEGA» («Make Europe Great Again») mientras Trump se burla del valor de los soldados británicos en Afganistán o ningunea las instituciones europeas...

Lo de Vox es un caso paradigmático. ¿Qué dirían Abascal y los estrategas de Vox – hartos de ir a Washington a lamerle las botas a Trump y a recibir instrucciones de la fundación Heritage – si al presidente USA (del que su propia jefa de gabinete afirma que tiene personalidad de alcohólico) le da mañana por tomar Ceuta o las Islas Canarias (territorios autónomos del Reino de España por los mismos motivos que Groenlandia lo es de Dinamarca)? ¿A que patriotismo español invocarían entonces? ¿Aprovecharían para proponer la ampliación de la base de Rota y llamar «Golfo de Trump» (nombre muy apropiado) al Golfo de Cádiz, para asegurar así la protección americana frente a una invasión islámica?

No lo sabemos. Como tampoco la forma en que Vox piensa realizar las deportaciones masivas que promete para salvarnos del «gran reemplazo». ¿Creará una policía migratoria como el ICE trumpista para sacar a los inmigrantes a rastras de los invernaderos, de los asilos en que cuidan a los ancianos o de los edificios en construcción? ¿Disparará también a bocajarro a los ciudadanos que se interpongan en su camino, como en Minneapolis? ¿Saldrán Buxadé o Figaredo ante la prensa, con uniforme y rodeados de banderas, para defender la caza al inmigrante y a los «peligrosos terroristas» que los defienden con un móvil en la mano?

Espero que Trump, y todos los que aquí incitan irracionalmente al odio y la violencia acaben en el manicomio o la cárcel. Pero deseo, sobre todo, que las incongruencias de la ultraderecha europea, despreocupadamente desveladas por el propio Trump, provoquen una mínima reflexión en aquellos que son presos de su retórica fascista e incendiaria. No sé si es mucho desear, pero no es hora de pararse en barras (ni estrellas).

miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

jueves, 15 de enero de 2026

¿Qué va a hacer Vox con la educación?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).

Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)? 

¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?

En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?

Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en 

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