Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.
A qué mentir. Todos, hasta los más rojos o santos, hemos sentido miedo contemplando la avalancha de inmigrantes en Ceuta. La escena recordaba las series o novelas (o relatos políticos, ¿qué más da?) sobre el colapso civilizatorio, la caída del imperio y la llegada de los nuevos bárbaros, el asalto de esos miles de millones de zombis desarrapados que acampan tras nuestras murallas de alambre. Nos hacemos los longuis o los nazis, pero es purito miedo, porque sabemos que ellos están ahí, invisibles, como un oscuro clamor sordo, como un enjambre de parias que fuera a tomar mañana conciencia de su verdadero poder destructor.
Porque lo que nos da miedo no es la
cantidad de personas que llegan de golpe a una de nuestras ciudades (cualquier
pueblo costero es invadido cada viernes por avalanchas mucho mayores de
turistas); ni que la cultura que traigan sea tan diferente (la historia ha sido
siempre un continuo amancebamiento entre culturas); lo que de verdad nos
acojona es que sean pobres. Que sean pobres y jóvenes: eso sí que nos da
miedo.
Porque no es solo el esclavo el que teme
al amo. Los esclavos, los pobres, nos dan también mucho miedo («aporofobia» lo ha
bautizado la filósofa Adela Cortina). Nos dan miedo porque sabemos que tenemos
todo lo que a ellos les falta, y porque, diga lo que diga la ley, lo lógico
sería que se abalanzaran para quitárnoslo o, cuando menos, para obligarnos a
compartirlo. Lo sabemos porque en su caso querríamos lo mismo y porque, en el
fondo, sabemos que esa desigualdad no se debe a ningún mérito o justicia, sino solo
a la desgracia de nacer a uno u otro lado del muro.
Y si esos pobres son, además, jóvenes, como
en la avalancha de Ceuta, el miedo se convierte ya en pánico. Los esclavos
jóvenes tienen una energía que nos pone nerviosos, una viveza que nos irrita, y
una loca esperanza que nos llena de pavor. Da igual cuanto les castiguemos o
entretengamos. El deseo de subírsenos a las barbas y arrancarnos un trozo de
futuro es tan invencible como las mareas en las que viajan sus cadáveres. Y nos
aterroriza pensar que tal vez un día no podamos frenarlos o aplastarlos y vengan,
no ya por nosotros, sino por lo que creemos que es nuestro. Y si no fuéramos
tan profundamente egoístas (tal como seguramente serían ellos en nuestro caso)
deberíamos agradecerles que ese día nos liberasen al fin de este miedo
congénito y terrible a reconocer que no nos merecemos tener lo que, sin
merecerlo en absoluto, tanto les falta a ellos.

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