jueves, 27 de octubre de 2016

Debates en Radio 5: Los "mass media" y la manipulación del gusto.


Algunos de mis alumnos de Filosofía (de 4º de ESO) en nuestra caverna radiofónica en RNE. Podéis escucharlo si pulsáis aquí. Gracias Noa, Alma, Marta, Juan Carlos, Cesar, Helena y al amigo y filósofo Juan Carlos Vila por vuestra interesantísima discusión. Y más que vendrán...




















martes, 25 de octubre de 2016

Huelga de estudiantes

Nuestro artículo en la prensa de hoy sobre la huelga de estudiantes. Puedes leerlo pulsando aquí.







Sócrates reloaled

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Hace meses se publicó el resultado de un curioso experimento. Consistía en exponer a una población de colonos israelíes a una campaña de mensajes en los que aparentemente se defendía la política agresiva de ocupación (asumida por casi todos ellos) pero en los que esta era llevada hasta la paradoja y el absurdo. Se difundían mensajes tales como: “para tener justicia, probablemente necesitamos el conflicto”; “si queremos seguir siendo héroes es imprescindible la guerra”, etc. Después de la campaña estos colonos moderaron significativamente su posición política y manifestaron interés por medidas de conciliación, mientras que en las poblaciones vecinas, también de colonos ultraortodoxos, y que no habían sido sometidas a la campaña, se mantenía un apoyo firme a la política de ocupación.

Lo que estos científicos demostraron era algo tan antiguo como el método socrático. Como saben, Sócrates se dedicaba a examinar las ideas de los atenienses sometiéndolos a un interrogatorio tal que estos acababan delatando lo absurdo y patético de sus creencias, incluso de las más fundamentales, lo que les abocaba a un cambio de vida – ¡algunos hasta lo dejaban todo para seguir al maestro! –.

¿Por qué era y es tan efectivo el método socrático para cambiar a las personas? La razón es simple: son las ideas las que mueven a los hombres, mucho más profundamente que los genes, la historia, la economía o la política juntas. Al fin y al cabo, ¿qué son la genética o la historia (por no hablar del historicismo o el naturalismo) sino constructos teóricos – exactamente igual que los “hechos” en los que se fundan – ? ¿O en qué reside la importancia de la economía sino en la idea generalizada de lo importante que es? ¿O qué es, acaso, la política, sino el catálogo de ideas acerca de cómo conciliar nuestros distintos intereses – según la idea que tengamos, claro está, de qué sea lo interesante – ?

Si las ideas son el motor de nuestras acciones (de las anodinas o de las más graves – como violentar a alguien, iniciar guerras o votar a los mismos que pisotean tus derechos – ), la única manera de cambiar nuestra conducta es cambiar nuestras ideas. Y lo primero es percatarnos de lo infames que son las que tenemos. Sócrates mostraba a los atenienses lo absurdas que eran sus creencias y los colocaba, así, en la tesitura de tener que buscar otras mejores. Justo lo mismo que hicieron los científicos en el experimento con los colonos.

Una de las ideas más fundamentales que nos enseñó Sócrates es que el mal es cosa de tontos. No hay malvados, decía, sino personas con ideas erróneas acerca de lo bueno. Nadie en su sano juicio haría lo peor a sabiendas. Hasta el más pérfido de los seres (el terrorista, el violador de niños, el tuitero de lengua maligna) hace lo que cree que es mejor (incluyendo la creencia de que es mucho mejor supeditar el interés de los demás al suyo propio). El mismo Hitler estaba convencido de que hacía el mayor de los bienes a la humanidad al liberarla de los judíos. Otro asunto es que su creencia fuera errónea. No hay nada más peligroso que un tonto.

El tonto más dañino es el que ni siquiera sabe que lo es. Su variedad más conocida es el fanático. Armado con un evangelio (sea el de Jesús, el del Volksgeist, o el de la libertad de mercado) es casi invencible. Otro tipo de tonto es el que, al menos, lo sabe (y, justo por ello, empieza a dejar de serlo). “Solo sé que no sé nada”, decía Sócrates. Es un comienzo. El filósofo – ese sabio tonto – es el que se deshace del evangelio y la metralleta para buscar las ideas que sabe que le faltan.

Para cambiar el mundo hay que cambiar a la gente. Y para cambiarlas hay que mostrarles, primero, que las creencias que tienen no son ni sagradas ni certeras – sino profanables e ilusorias –. Una vez así de desnudos tendrán vergüenza, o les dará la risa, y se dispondrán a conversar y a aprender. En este diálogo consiste la educación. Fíjense que sencillo. La verdad es que con un buen ejército de filósofos socráticos recorriendo el mundo no habría conflicto que se resistiera, ni fanático que no comenzara a hacerse preguntas. Si no se lo creen, hagan el experimento.



viernes, 21 de octubre de 2016

Es el alma, estúpido.


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


En el último artículo que publiqué en El Correo Extremadura venía a criticar a los que critican a las prostitutas por vender su cuerpo, aduciendo que es mucho peor vender el alma, algo a lo que se dedican con denuedo casi todos los personajes encumbrados (y admirados) que conozco. Más allá de otros comentarios, algunos lectores me han reprochado que sacara a relucir algo para ellos tan inexistente como el alma. 

 Para mucha gente de mi entorno, quizás la mayoría, el alma no existe. No es más que una creencia infundada, un artefacto mítico religioso para consolarnos de la muerte y dar de comer a una variada gama de charlatanes. Y no vale replicarle a estos escépticos que quizás el alma no, pero que la mente (que es lo mismo pero con otro nombre) sí que tiene que existir, aun cuando no sea sino un misterioso fantasma en la máquina cerebral – una suerte de software invisible ululando por entre las placas de mi ordenador neurológico – . Nada. Para ellos la mente es el nombre (igualmente mítico) que ostenta el conjunto de cosas que aún no sabemos sobre el cerebro. Todo es química – dicen – , aunque aún no podamos químicamente demostrarlo. 

Pero esta tesis acarrea tremendas consecuencias. Hace unos días les planteaba algunas a los alumnos de psicología que, como todos los años, abarrotan las clases. “Chicos – les dije – , tenemos un problema. Si la mente no existe, y todo es química, no tenéis el más mínimo futuro como psicólogos. Más vale que estudiéis neurología, bioinformática, o algo por el estilo”. Y lo mismo cabría decirles a los que tienen hora en la consulta del psicólogo. “Todos los que no estéis locos de remate, levantaos del diván – les diremos –, vuestra cura está en las farmacias o en manos del neurocirujano, no perded más tiempo aquí”. 

Esto de la mente y el cerebro (o el alma y el cuerpo, que es otra forma de decirlo) es una de las más típicas y antiguas disputas de la filosofía. ¿Donde ocurren realmente los llamados “fenómenos mentales”, es decir, nuestras sensaciones, emociones, deseos, sueños, imágenes o ideas? Suponga usted que cierra los ojos e imagina un intenso color rojo. ¿Dónde ocurre ese color rojo que imagina? No ocurre delante de sus narices, pues lo está imaginando. Pero tampoco ocurre detrás de sus narices, pues su cerebro, lo miren por donde lo miren, permanece perfectamente gris ¿Donde está, entonces, el rojo que usted ve? Solo cabe responder con esa enigmática palabra: está en la mente, ese misterioso lugar que no ocupa lugar, y que antes llamábamos, sin complejo alguno, el alma. 

Si el rojo que usted ve no está en las neuronas (todas ellas de color gris blancuzco), que vamos a decir de la totalidad de sus sueños, de sus emociones, deseos o pensamientos. Los que no creen en el alma tendrían que explicarnos, también, como es que las ideas (las del químico, por ejemplo), siendo tan químicas como son, carecen de cualquier propiedad química o física – ¿qué extensión posee una idea geométrica? ¿cuánto pesa la teoría de la gravedad? ¿evolucionan y mutan las leyes evolutivas? ¿y lo hacen según esas mismas leyes inalterables? – . Si las matemáticas fueran un producto cerebral, serían los mejores neurólogos los que resolvieran los más temibles teoremas matemáticos. Y si la ciencia química estuviese hecha de química, podríamos hacer chocar teorías, unas con otras, para demostrar cuál es más consistente (aunque, claro, eso de la consistencia no sería menos químico y chocante). 

Que el alma (perdón, la mente) existe está fuera de toda duda razonable. El problema es si existe el cerebro. Al fin y al cabo, eso de la química y las neuronas no son más que un conjunto de ideas. ¿Y de qué están hechas las ideas? De la materia de los sueños, como la vida misma, diría Shakespeare. Para los filósofos idealistas la mente lo es todo. Y para los más platónicos hasta eso de la mente es una idea de... ¿Dios? 

¿Entienden ahora porque les decía que, puestos a profanarse a si mismos, vale más vender el alma que alquilar el cuerpo? Y si no que se lo digan a los honorables consejeros de Caja Madrid, que tan cara la han vendido. O a los reputados y carísimos abogados que defienden estos días sus extravagantes exculpaciones. ¿Habrase visto prostitución más fina que la de estos consejeros y leguleyos que venden su inmaterial talento al mejor postor? No es el cuerpo lo que compra el diablo – habría que decirles a los que denigran a las honradas y sufridas prostitutas –. Es el alma, estúpido. Casi lo único que sabemos, seguro, seguro, que existe.

domingo, 16 de octubre de 2016

¿Qué debemos hacer con los deberes?

La pedagogía tradicional y sus deberes se funda en creencias erróneas y poca rigurosas acerca de cómo ocurre realmente el aprendizaje en los niños, suponen una actitud de desconfianza irracional hacia los jóvenes (por la que se asume que “si no es por la fuerza no hacen nada”, o que el ocio y la libertad equivalen a desorden y libertinaje), enarbolan valores que nada tienen que ver con aprender y desarrollarse como un ser humano libre y lúcido (competitividad, excelencia académica, obediencia, disciplina...), y se enraízan, en general, en una suerte de moral de la culpa y el sacrificio que es moralmente tóxica, psicológicamente castrante y educativamente estéril... De esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura  .  

viernes, 14 de octubre de 2016

Gilgamesh, la epopeya de la amistad y de la muerte.

La epopeya de Gilgamesh contiene ya profundas reflexiones acerca de la condición humana, en especial acerca de la amistad y la muerte. De esta historia trata nuestro último microespacio en Radio 5, que podéis escuchar aquí y leer y comentar aquí. 


martes, 11 de octubre de 2016

Una "buena hostia".

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El diario.es Extremadura


Se quejaba un amigo el otro día de que ni en la calle ni en los propios partidos se hable de política. Se habla – decía – de estrategias y tácticas, de este o de aquel, de pactos y aversiones, de estructura interna, gestión, eficacia, liderazgo, de mil cosas más, pero no de política, es decir, no de la forma de organizar el mundo para que en él reine la justicia.  

Pues no, ya no hablamos de política en ese sentido tan noble y mayestático. Y me temo que la razón es muy simple: no hay apenas nada de lo que hablar. Nuestros mayores hablaron de política (y muchos murieron por ella) porque había grandes ideologías en liza. Bueno, y también porque les llovían las hostias (las cacicadas, la represión más bárbara) y les tronaba la amenaza del fascismo. Pero hoy no queda ni rastro (que no sea puro esperpento) de esas ideologías. Y tal vez no haya más revulsivo posible – piensan algunos – que el de las hostias.

Que no hay alternativa doctrinal, ni siquiera en ciernes, al neoliberalismo imperante, es algo que vienen repitiendo politólogos, sociólogos y filósofos desde el fin de la guerra fría. Al final va a ser verdad que estamos viviendo el “final de la historia”, aquello que decía Fukuyama, dos siglos después de Hegel – y en un sentido mucho más ramplón –, aunque no de la manera en que ellos lo imaginaban.

Para Fukuyama y muchos otros el fin de la historia representaba un remanso de racionalidad y desarrollo material y espiritual. Al fin, todo estaba bien, no había nada mejor que la combinación de libre mercado, derechos individuales, democracia representativa y desarrollo científico. Por lo que toda controversia ideológica se tornaba inútil, y toda lucha política en una inercia marginal. Hablar de política, o morir (y vivir) por ella dejaban de tener sentido.

Obviamente, este final de la historia preconizado por Hegel y sus acólitos más tímidos no es el que está siendo. En el final de la historia que realmente sufrimos el libre mercado es un capitalismo globalizado que ha de inflarse y desinflarse constantemente para pervivir (y que, por tanto, no nos reserva más que un estado de crisis perpetua), los derechos políticos son el privilegio de unas élites que, paradójicamente, no los necesitan (y papel mojado para los que se agolpan tras las alambradas), la democracia representativa se ha trocado de promisoria torre de control del bien común (que iba a ser) en pista de despegue y avituallamiento legal de la flota de intereses que sobrevuelan la cosa pública, y, en fin, la ciencia, el cuarto pilar de ese épico final de la historia, no ha podido hacer más de lo que por naturaleza puede (sin travestirse en religión): ofrecer datos y medios (no valores ni fines), y resistirse heroicamente, cuando lo hace, a los tentáculos del mercado.

Pero pese a este sombrío panorama, y por extraño que parezca, el debate político – en el sentido, fuerte de la palabra "política" que decíamos antes – prácticamente no existe, especialmente en la izquierda (que es dónde puede existir, casi por definición, algún debate político). Las ideas positivas que afloran son de corto alcance, o excesivamente ingenuas, o escasamente seductoras, o todo eso a la vez. Más allá de las pequeñas sectas arcádicas anarquistas, decrecionistas, ecofeministas y demás hijos del dios de las pequeñas cosas, o de esa “autodemagógica” quimera del idear desde abajo (como si el Pueblo hubiese tenido alguna vez alguna idea), y más acá de los que se masturban con los espectros del marxismo, la tradición comunitarista o el republicanismo más a la izquierda solo produce críticas, matices, e incansables (y admirables) búsquedas filosóficas. Desde luego que en todo ese magma que late bajo los barriles de cerveza de los congresos anticapitalistas hay toneladas de buenas intenciones, y una excelente disposición a acabar discutiendo de los problemas perennes de la filosofía política. Pero faltan dos cosas esenciales: una doctrina que aglutine y articule todo ese magma ideológico en una propuesta transformadora de naturaleza global, ambiciosa y seductora; y, en segundo lugar, que la mayoría de la gente vea, clara e ilusionadamente, la necesidad de ensayar dicha propuesta.

Lo segundo no carece en absoluto de importancia. El otro día, al final de un par de conferencias, una – ingenua hasta decir basta – sobre la "sobriedad feliz" prometida por el "paradigma decrecionista", y otra sobre los dignísimas, pero minúsculas proezas que se pueden hacer (y se están haciendo) desde el ámbito municipal para cambiar las cosas, vino un físico del CSIC a hablarnos del colapso energético y de lo que, al final, puede ser el único revulsivo posible: darnos – dijo – una "buena hostia".

Si la mayoría no ve clara e ilusionadamente la necesidad de una transformación radical – parecía decirnos el físico –, que la vea, entonces, negra y desesperadamente. Y el colapso energético y económico (por no hablar del ecológico) que se nos viene encima proporcionará, en no mucho más de cincuenta años, toda esa oscuridad (literal, por falta de energía) y desesperación que la gente parece necesitar para cambiar de ideas y de deseos. No solo por la miseria material que dicho colapso genere, sino más aún por esa otra hostia, siempre tan eficaz: la de la tiranía que organicen los poderosos para poner orden y proteger lo que andan acumulando hoy – y a la que no es descartable que se amorre inicialmente el Pueblo con el entusiasmo habitual –.

No es una perspectiva muy alentadora. Es obvio que preferiríamos otra cosa: educación y cambios políticos. Y cambiar el “Pueblo” (la Tribu, la Nación, la Comunidad...) por una ciudadanía fuerte y mayor de edad en la que se mire (y bajo cuya mirada rinda cuentas) el Estado. Pero para ello hace falta aquella primera condición que decíamos: disponer de una doctrina en que creer y educar y con la que hacer sombra al poderoso neoliberalismo (y su envés socialdemócrata). Una doctrina, decimos, no un magma ideológico pseudotribal y temeroso de los dioses de la izquierda new age. Parece que nos quedan no más de cincuenta años para formularla y sembrarla en las almas. En otro caso, el veredicto de la historia podría ser el que decía el conferenciante y físico que mencionaba antes: una buena hostia. ¡A ver si así! Creo que es para pensárselo.




jueves, 6 de octubre de 2016

Ética y decrecimiento

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Dicen que los inocentes (los niños, los nativos de culturas ancestrales, los sencillos hombres del campo) son buenos hasta que los pervertimos, colonizamos y corrompemos los malvados civilizados. Ya lo cuenta el Génesis: el ser humano es bueno hasta que, queriendo saber más de la cuenta (probando el fruto del árbol del conocimiento), rompe el equilibrio ecológico del paraíso y hace aparecer el mal en el mundo. Por eso, la bondad les parece a muchos un asunto del corazón, y no del entendimiento. Y algo de (o mucho, o casi nada más que) eso hay en la defensa de algunas propuestas políticas. Como la del decrecimiento.

El decrecimiento es un movimiento político que cuestiona el objetivo de la economía clásica (el crecimiento económico ilimitado, al que culpa de los problemas ecológicos y las desigualdades sociales) y que aboga por la disminución paulatina de la producción y el consumo, afirmando que la gente puede vivir mejor con menos, en la línea de una “economía budista”, que decía Schumacher. Los partidarios del decrecimiento proponen un modelo económico en que la autosuficiencia, el consumo de productos locales y duraderos, y, en general, la adopción de un modo de vida más austero, son principios fundamentales.

El decrecimiento parece una doctrina encomiable y necesaria, y de la que quizás urja convencer a mucha gente en un futuro próximo. ¿Pero cómo? Es obvio que para eso necesitamos argumentos filosóficos, de naturaleza moral, política y hasta metafísica. Digo filosóficos, y no científicos, porque no existen criterios científicos para legitimar teorías políticas (si así fuera dejaríamos a los científicos hacer las leyes y formar gobiernos).

Buscando esos argumentos asistí hace unos días a unas conferencias en pro del decrecimiento organizadas aquí en Mérida. El resultado fue un tanto decepcionante. La primera de las ponentes (pese a ser filósofa de formación) no ofreció casi ningún razonamiento ético. Daba por sentado el presunto derecho de la naturaleza a no ser esquilmada, y el no menos presunto derecho de las próximas generaciones a vivir en un planeta viable. La bondad de tales cosas se suponía evidente. O se confiaba a criterios emotivos. ¿Cómo no vamos a sentirnos responsables de la suerte de nuestros descendientes? Tanta alergia debían de darle los argumentos éticos que la ponente se empeño en comparar el advenimiento del decrecimiento con el de un nuevo paradigma científico, como si el “progreso moral” dependiera de datos y anomalías empíricas, tal como el de la ciencia. O emociones o datos, parecía decir. La cosa, por lo que se ve, era no pensar.

Otro de los ponentes, Antonio Turiel, un prestigioso científico del CSIC, tras describir de forma magnífica los probables efectos del consumo desaforado de los recursos energéticos, también fundaba en emociones (en el miedo al colapso energético y económico) su apuesta moral por el decrecimiento. Tras su conferencia busqué y leí una novela divulgativa que tiene escrita sobre el tema. Su protagonista es un científico que salva al mundo gracias a su buen corazón, racionando a la gente la energía que solo él sabe producir mientras la educa en la contención y la responsabilidad.


Lo que ni Turiel ni ningún decrecionista justificaba allí es por qué debemos ser contenidos y responsables, ni por qué hay que conservar nada, o por qué han de importarnos un pimiento las futuras generaciones. Emociones y datos acaso sean condiciones necesarias para responder estas preguntas, pero no son suficientes. El decrecimiento como elección (no como imposición) política no debería depender de gráficos apocalípticos (por muy certeros que sean), ni de una infundada empatia universal. Los buenos no lo son por estar bien informados, ni por tener buen corazón, sino por conocer con certeza lo que somos y nos conviene. Y en conocer, o creer conocer eso, se fundan los argumentos morales. Tal vez sea un alarde de optimismo antropológico, pero creo que si algo tiene que crecer para que decrezca la fiebre productiva y consumista, y la estupidez moral que la provoca, es el nivel racional de la reflexión acerca de lo que es realmente bueno y justo para todos.

sábado, 1 de octubre de 2016

El tabú de la prostitución.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



La prostitución es una actividad que casi siempre ejercen y padecen las mujeres más vulnerables de la sociedad, y es una lacra terrible que, en muchas ocasiones, acaba moral, psicológica y hasta físicamente con ellas. La inmensa mayoría de las mujeres que se prostituyen lo hacen obligadas por la fuerza o acuciadas por la necesidad, y en casi todos los casos son explotadas, violentadas y humilladas por mafias, proxenetas y clientes. ¿Qué se puede hacer? ¿Prohibirla tajantemente y perseguir con todo el peso de la ley a aquellos que la fomentan y demandan? ¿O legalizarla del todo, para dotarla, al menos, de las condiciones de seguridad y protección social de cualquier otra actividad laboral? En torno a esta cuestión hay un viejo y complejo debate que no vamos a reproducir ahora. Hay un aspecto, sin embargo, que me parece que se descuida: el del daño moral que se causa a la persona que se prostituye cuando se denigra más de lo que es razonable la actividad que se ve forzada a ejercer. Me parece que el juicio moral (casi siempre superficial y cargado de prejuicios – de uno u otro signo – ) que suele hacerse del ejercicio de la prostitución es una de las causas del frecuente deterioro psicológico y personal de las mujeres que se ganan la vida con el negocio del sexo. Y no sería mal propósito librarlas, cuando menos, de esta injusta carga.

La prostitución puede ser una actividad indigna, como lo es, sin duda, cualquiera en la que se mercadee con aquello que constituye nuestra humanidad, o nuestra identidad como personas. Pero justo por eso, y salvo por el tabú que rodea a todo lo sexual, no veo que la prostitución tenga que ser más indigna que otras actividades “laborales” en que también se compran y se venden determinados atributos o capacidades humanas, sean físicas, psicológicas o de cariz más espiritual. Hasta ahora nadie ha sabido explicarme – por ejemplo – por qué razón ha de resultar moralmente reprochable vender o alquilar el cuerpo cuando lo hace la prostituta y no cuando lo hacen la masajista, el minero o el descargador de muelle. Si hacemos abstracción de las terribles condiciones en que se ejerce habitualmente la prostitución, no creo que haya – racionalmente hablando – ninguna diferencia moral entre vender el uso de las manos y el de los genitales. La distinción es cultural, mítica, incluso religiosa. Solo bajo la influencia de creencias profundamente irracionales podemos llegar a creer que las personas (y en especial las mujeres) guardan la dignidad entre las piernas más que en las manos (que, por cierto, nos distinguen mucho más específicamente de los animales que ningún órgano sexual) o en cualquier otra parte de sí mismas. Estas creencias permanecen vigentes hoy: nadie culpabiliza a nadie por “vivir de sus manos”, pero sí por “vivir de sus genitales”. Este prejuicio moral, repito, va más allá de las condiciones deplorables de esclavitud en que operan normalmente las prostitutas. En el hipotético caso de que una mujer eligiera ejercer la prostitución de forma voluntaria y en las mejores condiciones imaginables (como, quizás, algunas prostitutas de lujo), la gente seguiría denostándola por comerciar con esa dimensión “tabú” del cuerpo, a la vez que seguiría admirando a los rudos mineros o a los deportistas de élite, como si estos no vivieran, también, del comercio con sus cuerpos.

El que a mucha gente le parezca indigno prestar un “servicio sexual” (lo cual, ciertamente, es indigno), pero no cualquier otro que implique la compraventa de los atributos y habilidades humanas parece un tanto inexplicable. ¿Por qué es presuntamente digno vender tus servicios como asesora bursátil, psicóloga, actriz o masajista...y no como prostituta? Hace unos años leí que en algún lugar de Alemania el Estado contrató a unas “trabajadoras del sexo” para que prestaran sus servicios a  individuos que, debido a sus discapacidades (eran deficientes psíquicos), carecían de una vida sexual satisfactoria. Algunas de estas personas, al decir del personal que las atendía, mejoraron su salud y sus condiciones de vida. Pero al poco tiempo, y por razones "morales", la medida se suprimió: despidieron a las prostitutas. Aunque mantuvieron a las masajistas. ¿Por qué? ¿Qué diferencia esencial hay entre lo que hacían unas y otras? ¿Por qué es más indigno – de nuevo – vivir de tus manos que de tus órganos sexuales?

La mayoría de la gente que saluda respetuosamente a alguien por ser abogado, artista, profesor, etc., desprecia a la vez a quien ejerce la prostitución (incluso aunque la prostituta sea elegante y gane mucho dinero). Y sin embargo, y puestos a medir la dignidad o indignidad de estos oficios o actividades, la diferencia puede ser abismal... a favor de la prostituta. Al fin y al cabo, ella solo vende su cuerpo, mientras que lo que los otros venden es su talento al mejor postor. ¿O no es un tipo de prostitución infinitamente más deplorable la del abogado que pone su habilidad al servicio de un capo de la mafia, o la del artista que se vende a los dictados del mercado, o la del profesor que enseña aquello en lo que no cree? Por no hablar del político que vive de vender su carisma y sus habilidades sofísticas a los poderosos que lo encumbran.

No. El oficio más antiguo del mundo no es el más indigno de todos. Ni mucho menos hace indigna a la persona que se ve forzada a ejercerlo. Los hay muchísimo peores. Los hay tan sumamente indignos que en ellos, sin ser obligados por miseria o violencia alguna, los hombres se venden íntegramente en cuerpo y alma. Y el alma – recuerden – es lo único que aprecia ese supremo putero que es el diablo.