viernes, 18 de diciembre de 2015

La educación que queremos, y Podemos.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura. 


Una de las últimas perlas de la campaña electoral ha sido la declaración del líder de Ciudadanos, Albert Rivera, cuestionando la condición de funcionarios de maestros y profesores de la escuela pública. La demagogia de este tipo afirmaciones (demagogia porque se funda en prejuicios, ignora que hay mecanismos de control del trabajo de los funcionarios, y olvida que en los países más civilizados de Europa hay más funcionarios que en el nuestro –y funcionan, justo por eso, a la perfección –) no logra ocultar el verdadero problema que tiene el partido de Rivera con los funcionarios.

El problema es que los funcionarios docentes representan, en el ámbito educativo, a la cosa pública, que decían los romanos. Y tal cosa no solo ha de repugnar, por principio, a un partido neoliberal, como es Ciudadanos, sino que, encima, esta impidiendo aprovechar un yacimiento inmenso y casi virgen de negocios: el de la educación. La reforma educativa del PP (la LOMCE), de clara tendencia liberal, consiste, de hecho, en ir transformando los centros educativos en algo lo más parecido posible a empresas, y a los programas educativos en algo lo más parecido posible a programas de formación para empresarios o para empleados (según la rama, preferente o de segunda clase, a la que se encamine a cada alumno ya desde la E.S.O). Ahora bien, como la ciudadanía no está del todo convencida, aún, de lo buena que es la idea de convertir la escuela pública en una empresa privada, la estrategia consiste en hacerle creer que la educación pública no funciona, en intentar deteriorarla todo lo posible, para venderles después la imperiosa necesidad de su privatización. Este, y no otro, es el problema que tiene Ciudadanos con los funcionarios docentes.

Porque gracias a ellos, al trabajo diario y casi heroico de maestros y profesores, y pese a todos los esfuerzos, retóricos y políticos, para desacreditar y hundir la escuela pública, esta sigue, mal que les pese a muchos, funcionando. Y eso, pese a enormes problemas de dotación de medios y de personal, o pese a haber tenido que integrar, en muy poco tiempo, no solo a inmigrantes, sino a cientos de miles de niños y jóvenes de baja extracción social que, en nuestro país, tras siglos de desidia y elitismo, se han incorporado, al fin, al sistema educativo. Todos los datos desmienten, además, la fama de “mala calidad” del sistema de educación pública. Nunca ha habido en este país la tasa de escolarización que hay hoy, nunca jamás ha sido tan baja la tasa de abandono escolar (si contamos como abandono escolar el no haber pisado jamás un Instituto de secundaria), nunca jamás ha habido en este país tantos jóvenes tan preparados (demasiados, en opinión del ministro de educación, para el que los españoles hemos estudiado por encima de nuestras posibilidades). Y todo esto, hay que repetirlo, ha sido gracias a Escuelas, Institutos y Universidades públicas. Y públicas no porque sean (o hayan sido, hasta la llegada del PP al poder) prácticamente gratuitas, sino porque representan y persiguen el bien público, y no el negocio y el beneficio privado, cosas que, aunque algunos simulen no entenderlo, son diferentes, incluso opuestas.

Pero más allá de sus funcionarios, la mayor prueba, para mi, de la calidad que sigue teniendo la educación pública son sus alumnos. Contra muchos prejuicios al uso, no dejo de ver aparecer por las aulas del centro público en que trabajo una elevada y creciente proporción de alumnos brillantes, motivados, inquietos. Tal vez no se les eduque bajo el modelo de triunfador que defenderían Wert o Albert Rivera, pero no por ello (o precisamente por eso) han dejado de formarse como personas sensibles, honestas, comprometidas, lúcidas, críticas y libres.

Muchos de ellos no solo tienen expedientes académicos magníficos, sino un compromiso decidido con su entorno social. No pocos, y contra otro tópico injustificado, han llevado ese compromiso incluso hasta el grado del activismo político. No son dos ni tres, sino bastantes más los alumnos y ex-alumnos que veo metidos en política. Muchos, es cierto, y no casualmente, en Podemos. Digo que no casualmente porque Podemos es, en buena medida, un fenómeno forjado en el seno de la educación pública: en sus universidades y en movimientos sociales (las mareas, el 15-M...) protagonizados, en parte, por estudiantes y docentes de la misma.

He de decir que jamás he estado más orgullos de mis alumnos que cuando, contra todo “pronóstico”, los he visto, megáfono en mano, pidiendo paso a sus ideales contra todos los miedos, inercias e intereses de los que defienden, unos como corderos y otros como lobos, su comodidad y sus privilegios. O cuando los he tenido como compañeros de debate en los innumerables foros con que Podemos ha hecho despertar a tantos jóvenes y no tan jóvenes a la necesidad de protagonizar, como sociedad civil, los procesos políticos y a hacer realidad una democracia que, hasta ahora, se ha limitado a ser el ritual legitimador del poder de unos cuantos.


Hace unos días, en un vídeo que se ha hecho viral en las redes, un joven candidato de Podemos, David Bravo, expresaba de forma muy gráfica, y divertida, lo que ha pasado en este país desde hace unos años. Durante las protestas del 15-M, o ante el Congreso durante el 25-S, contaba Bravo que los que participaban en ellas eran frecuentemente interpelados con aquello de: “si de verdad queréis cambiar las cosas, dejad las protestas y fundad un partido político”. Pues... ¡Hola! Aquí está: Podemos, y toda una nueva generación de jóvenes forjados, en su mayoría, en la escuela pública, han aparecido y aspiran legítimamente a gobernar lo que parecía propiedad de unos pocos. Pese a tener todo en contra (todo el poder de los más poderosos y sus medios de comunicación, todos los prejuicios y miedos posibles, toda la inexperiencia del mundo), Podemos ya ha podido, como mínimo, abrir un claro a la sociedad civil, reforestar a la izquierda, y darnos un poco de aliento a todos los que defendemos el bien público, la dignidad y la justicia frente al avance de la locura global del negocio y la codicia sin límites. Y también, de paso, dejar una vieja cosa nuevamente clara: la regeneración y el cambio de una sociedad vienen siempre del mismo lugar: de la educación libre, crítica, plural, y en el valor de lo común, de sus ciudadanos. En pocas palabras: de la educación pública.



lunes, 7 de diciembre de 2015

La democracia como espectáculo deportivo.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura y en la revista Humano, creativamente humano.


Faltan tantos días y horas – claman los periodistas – para el gran debate (combate) televisivo entre los líderes (campeones) de los distintos partidos políticos (equipos). Mientras tanto, los partidos hacen nuevos “fichajes”, y sus líderes, junto a una corte de asesores (entrenadores) visitan los estudios (estadios) de radio y televisión para someterse a todo tipo de pruebas de habilidad: cantar, bailar, cocinar, contar chistes... Por cierto que la prueba de más rabiosa actualidad es (y es muy significativo) la de acudir como comentaristas a los programas deportivos de más audiencia. En cualquier caso, al final de cada actuación los líderes proclaman ufanos que, digan lo que digan las encuestas (los pronósticos), ellos “van a salir a ganar”, y que en estas elecciones (este campeonato), “van a ir a por todas”. Mientras, el publico (la hinchada) escucha con satisfacción estas familiares proclamas y acude a los mítines, con sus banderines e himnos, a admirar, en directo, los regates dialécticos y las piruetas retóricas de las estrellas del equipo. Otros, la mayoría, se limitan a hacer sus apuestas sobre el resultado de los debates o en las urnas. Por cierto, ya tarda alguien en inventar algún procedimiento por el que el voto se asimile a una suerte de quiniela en el que los ganadores obtengan algún premio (ya que el cumplimiento de los promesas electorales se ve que no). Me apuesto el alma a que se duplicarían los índices de participación. En fin, y como puede verse, el juego democrático se ha convertido en esto: en un gran espectáculo deportivo.

Que el ejercicio del poder tenga una dimensión teatral o espectacular es algo tan antiguo como el poder mismo. Toda sociedad se instituye a través de ritos, ceremonias y símbolos, que el poder político utiliza para legitimarse y obtener la conformidad de los gobernados. Que este carácter teatral del poder político se dé, hoy, a través de los medios de comunicación de masas y que el político se comporte como un showman televisivo no son nada nuevo. Lo que quizás resulte más novedoso es la naturaleza deportiva que parece adoptar, últimamente, el espectáculo mediático-político.

Una forma simple de interpretar esta tendencia “sport” del espectáculo del poder es señalar su carácter popular. Desde las olimpiadas griegas hasta las grandes competiciones de nuestra época, el deporte ha sido uno de los espectáculos favoritos de la gente. En un régimen político – el nuestro – en el que el pueblo es el soberano titular, las exhibiciones políticas tienen que ajustarse a los gustos populares, de ahí que adopten una forma y lenguaje propios de la épica deportiva, en la que los lideres ganan o pierden según se puntúen ciertas cualidades (retóricas, psicológicas...) fáciles y emocionantes de cuantificar (y que solo indirecta y vagamente tienen que ver con presuntos principios o ideas políticas que son, por lo demás, mucho más complejas de exponer y valorar).

Pero esta explicación no es del todo convincente. La popularización del espectáculo político es una constante histórica más que una característica de la democracia (incluso los tiranos más tiránicos necesitan el apoyo de su pueblo). Además, esta vulgarización admite muy variados formatos. De hecho, el más frecuente ha sido siempre el religioso: recuerden a los faraones, o los césares, tratados como dioses. También el teatro antiguo, el circo romano, las ejecuciones públicas, y otros tantos festejos similares, han sido frecuentemente usados como exhibición propagandística por parte del poder. Lo del “formato deportivo” parece, pues, relativamente novedoso.

Otra posible explicación remite al relativismo moral y político, típico de una cultura vieja y descreída como la nuestra. Ante la ausencia de ideales políticos fuertes y claros, la gente se tomaría la cosa pública con una cierta frivolidad o deportividad, como quien hace una porra en el bar de la esquina. Al fin y al cabo – se dice – todos los políticos defienden cosas muy parecidas, concretamente: las que haga falta defender para ganar. En la política, como en el deporte, ganar, meter el gol o la canasta, parecen fines absolutos (no medios para ninguna otra cosa más importante). Esta falta de “seriedad”, consustancial a una época – esta – alérgica a lo sustancial, impide que el espectáculo político pueda adoptar tintes religiosos, o trágicos. Nadie admitiría hoy, en nuestro entorno cultural, celebrar una ejecución pública, por ejemplo, o entusiasmarse por una guerra. Pocos de nosotros creerían necesario “dar la vida” (ni quitarla) por ninguna idea o creencia. En el viejo Occidente ya no queda nada trascendente. Vivir por vivir, ese parece ser nuestro intrascendente fin. Por eso decía Ortega y Gasset aquello de que la vida, la nuestra, no tiene más sentido que el que pueda tener un mero fenómeno deportivo.

El sistema democrático, que es un fiel reflejo de este relativismo y nihilismo contemporáneos, tiene además, per se, una cierta naturaleza deportiva. La democracia consiste en tomarse las cosas con deportividad, más que con razones (que, además, nunca están claras). Hay que saber perder, y ganar, porque saber algo más (por ejemplo, lo que sea de verdad justo o injusto) es difícil, por no decir imposible. ¿Qué criterios objetivos usamos para distinguir la ley realmente justa de la que no lo es? En ausencia de razones comunes y argumentos objetivos solo cabe jugarse a los votos cuál de nuestros subjetivos e interesados deseos se impone al de los demás. Es decir: solo cabe el recurso a la fuerza, revestida de juego, en que consiste la democracia. A la fuerza de los votos (a la fuerza de los que son “más que tú”) y de las reglas (lo único sagrado en cualquier juego). La democracia es el reino de lo cuantitativo, erigido desde la absoluta creencia en la ausencia de reinos y absolutos, y en el que todos los votos cuentan exactamente lo mismo. Al fin y al cabo, ¿hay alguien que sepa más que otro en qué consiste la calidad de lo “justo”? No. Parece que es una verdad objetiva que toda verdad y valor son subjetivos, y una verdad desinteresada y pura que todos los hombres se mueven por opiniones interesadas y espurias. Tal vez por esto repite Rajoy en las entrevistas que él, por viejo y sabio, no da ya más consejos (¿quién sabe nada?). Solo este: “haz deporte”.

Pues eso: haga deporte, amigo, y cuando le dé locamente por pensar en política, en lo que de verdad es justo o injusto, encienda rápido el televisor, que entre partido y partido, y en el hueco que deja la información deportiva, verá a los políticos hacer como que pelean (como en la lucha libre de la tele), o simular que están peloteándose (le) sus favores. La pelota, por si no lo sabía, es usted. Pero mejor lo olvida. No vaya a ser que, harto de burlas y golpes, deje usted de botar...



martes, 1 de diciembre de 2015

La inteligencia emocional y otras "parasofías".


Publicado originalmente por el autor en el Correo de Extremadura


En cuanto se hizo público el programa electoral de Podemos, corrí a leer la parte que se refiere a la educación (soy un realista incurable: creo que la educación es lo único que puede cambiar las cosas). Tras la indignación por no encontrar referencias a la ética o la filosofía (soy un racionalista sin remedio: estoy convencido de que la reflexión sobre la justicia es lo único que nos hace justos), tras la indignación, decía, llegó el estupor. A los votantes de Podemos les parecía más conveniente introducir en la enseñanza la materia de “inteligencia emocional” que la de “ética”. Y aunque también les parecían convenientes (¡a esos ateos como catedrales!) otras cosas tanto o más pseudorreligiosas o paranormales (como que los profesores tengan que recibir formación psicoanalítica – les juro que es verdad –), esto de la inteligencia emocional me dejó especialmente patidifuso.

Debe ser por que lo veo y oigo nombrar por todas partes. El interés por la IE (ya tiene sus siglas, por supuesto), como por otras “parasofías” new age (el coaching, la meditación, el mindfullness, etc.), no parece distinguir entre clases sociales o ideologías. Las consumen por igual el empresario yuppie, el moderno liberal o el rojo concienciado. El programa educativo de Ciudadanos, por ejemplo, también da un papel preponderante a la inteligencia emocional (tan de moda en los cursos de formación para empresarios). Hasta en los currículos educativos de la LOMCE aparece este omnipresente y confuso compendio de psicología barata popularizado por Daniel Goleman. En el currículo de Filosofía, por ejemplo, aparece en un tema de cada tres. Los alumnos no tendrán tiempo de degustar los refinados pensamientos de Platón o Wittgenstein, pero, eso sí, tendrán que empaparse el best seller de Goleman como si les fuera la felicidad en ello. Para que se hagan una idea más completa, por cierto, del nivel cultural de los perpetradores del currículo (y de la bajeza del que los puso a perpetrarlo), les podría recordar los primeros borradores del decreto, según el cual mis alumnos, en el tema de metafísica, tendrían que estudiar y examinarse de “grandes pensadores” como (además de Goleman, claro): Carl Sagan (¡), Isaac Asimov (¡¡), y, pásmense: ¡¡Eduard Punset!! – creo que, al final, por error, citaban también a Nietzsche – .

¿Cómo hemos caído tan bajo? Esta claro que la gente necesita respuestas, orientación moral, una visión coherente e íntegra del mundo que, además, les revele el sentido de su propia vida. Ahora bien: ¿no hay nada mejor que la parapsicología para cubrir esas necesidades? Pues parece que no. Incluso puede ser que haya cosas aún peores, como, entre otras, el fanatismo religioso adoptado por esos jóvenes europeos que se van a Siria a buscar en la yihad el sentido de la vida. Insisto, en fin: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

La historia europea de los últimos cuatro siglos no representa, para nada, el triunfo de la razón, sino más bien su fracaso. Y no por exceso de raciocinio, como creen los más románticos, sino por defecto. La racionalidad moderna es una racionalidad meramente instrumental, confundida con el método científico y restringida, por tanto, al ámbito de lo descriptivo. ¿Quién establece, entonces, los criterios en el ámbito de lo prescriptivo, tanto en su lado político como en el moral? En lo político, la razón moderna solo establece un procedimiento: el del escrutinio de los votos (ninguno mejor que otro). Y, en lo moral, el individuo queda confiado a sus propios criterios subjetivos, a la religión, o, en efecto, a los libros de autoayuda y la psicología barata.

Hay, por supuesto, otra posibilidad. La filosofía siempre ha sido el saber que, de forma más rigurosa y racional, se ha ocupado de la reflexión sobre la realidad, el sentido de la vida humana, lo justo o lo bueno (la ética, por ejemplo, ha sido el marco tradicional – crítico, plural – de la educación de las emociones). Pero la filosofía está casi totalmente fuera de catálogo. Para parte de las élites culturales no es sino una especulación desmadrada, carente de valor científico (no por defecto de racionalidad, como decíamos, sino por exceso: al filósofo solo le interesa la lógica, le importan un comino los “hechos”). Y para la mayoría de la gente es algo demasiado árido y complejo; sobre todo si, junto a la ética de Aristóteles o de Spinoza, encuentran, en la librería, los amables cuentos de Paulo Coelho. Por supuesto que hay buena filosofía divulgativa, o excelentes diseños de educación filosófica para niños y adolescentes. ¿Pero quién se acuerdo de esto? Dos mil quinientos años de pensamiento son nada comparados con el mindfullness.

En cualquier caso, la tendencia popular a sustituir la reflexión filosófica por los mitos y la sofistería de los vendedores de felicidad es más o menos habitual, quizás inevitable, sobre todo en épocas de crisis, confusión y relativismo. Ha ocurrido en otras épocas, nada hay de nuevo bajo el sol. Lo que no es tan normal es que estas tendencias populares trasciendan, como ocurre ahora, a los planes de estudio, a los cursos para profesores, o a la formación de políticos y profesionales con responsabilidades publicas. Esto es terrible. La democracia suele ser la tiranía de los sofistas y demagogos. Pero, en su versión menos mala, estos suelen ser de variado pelaje, con lo que se produce, al menos, un cierto equilibrio (de desequilibrios). ¿Estaremos caminando hacia una tiranía más monolítica: la de los sacerdotes del bienestar psíquico?

Fíjense que, de forma casi inadvertida, nuestra desnortada sociedad ha ido confundiendo los problemas morales con presuntos problemas psicológicos, la virtud con algo parecido a la salud (con una conducta saludable, dicen esos nuevos moralistas de sotana blanca que son los terapeutas), y el vicio con una enfermedad. Ludopatía, adicción al sexo, a internet, los psicólogos nos salen cada día con una patología nueva, una patología que, por supuesto, solo pueden curar ellos. En lugar de dotar a las personas de las herramientas racionales para cimentar su autonomía moral y su libertad, los nuevos sacerdotes del Bien(estar) confinan a sus adeptos al papel de pacientes, de pobres enfermos necesitados de ayuda (incluso disfrazada de “auto”- ayuda, para la cual les prescriben los correspondientes manuales y ejercicios). Pues que nadie se engañe: todos estos refritos de refritos extraídos de la psicología más respetable, la filosofía y la religión tienen una inequívoca intención moralizante. La gestalt, el coaching, la IE, las constelaciones familiares, el eneagrama, y mil enfoques o escuelas “parasóficas” más, no son inocentes técnicas terapeúticas o de desarrollo de la personalidad (antes conocida como el “alma”), sino que, a través de sus simpáticas dinámicas de grupo y sus meditaciones dirigidas, representan verdaderas propuestas morales (como hace, por otra parte, toda otra religión, a través de su liturgia y sus fiestas rituales).

Pues eso. Como la inteligencia emocional representa toda una propuesta moral, dispongámosla como materia obligatoria en la educación secundaria, sustituyendo así a la ética que, la pobre, solo plantea preguntas, y que nos pone en la tesitura de tener que pensar por nosotros mismos. En vez de buscar, como filósofos, a “sofía”, mejor entregarnos a la “parasofía”, que se nos da hecha, y parece más sano (como las “parafarmacias”). Por cierto, la palabra “parasofía” me la he inventado. ¿A qué suena bien? Si yo no fuera yo, igual hasta fundaba una nueva escuela de psicoterapia con ese nombre. Tal vez tuviera éxito y me comprara una mansión en Suiza. Al lado de la de Paulo Coelho. Ese gran filósofo. ¿Qué libro de auto-ayuda leería él?



jueves, 26 de noviembre de 2015

Sofistas, yihadistas y filósofos.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura

Está claro que en las antiguas guerras del Peloponeso, esas que libraron durante años Atenas y Esparta, los atenienses tenían todas las de perder. Una de las razones era la afición de los jóvenes de Atenas a las ideas que enseñaban los sofistas, maestros, al decir de sus críticos, del arte de hacer pasar lo justo por injusto y viceversa (según fuera interesando). Parece que los sofistas inocularon en los atenienses el mal del relativismo (nada hay realmente justo ni injusto) y, en consecuencia, los jóvenes no luchaban ya con el ardor guerrero que se espera de un patriota convencido de lo que defiende.

¿Se imaginan ustedes al ejército de los relativistas atenienses peleando con el de los fanáticos soldados espartanos? Mientras los atenienses discutirían y relativizarían las arengas de sus generales, los espartanos avanzarían bajo un mismo ideal ciegamente compartido, como un solo hombre. No por nada los unos (los atenienses) vivían en un régimen democrático, donde todo se discutía, y los otros (los espartanos) bajo una monarquía, donde no cabía más que obedecer. Además, frente a los críticos y contemplativos atenienses, los espartanos eran adiestrados, desde niños, en la obediencia y el esfuerzo ciego. ¿Cabrá mejor “educación” que esa para ganar guerras?

Después de los recientes atentados de París, han surgido, como de costumbre, un montón de tipos duros que apelan, como en la Atenas antigua, y con argumentos parecidos, a dejarnos de debates filosóficos y a comportarnos como espartanos con los espartanos yihadistas que amenazan nuestro sistema de vida. Otros, más conscientes de todo lo que debe ese modo de vida nuestro a la antigua Atenas, piensan que comportarse como yihadistas para vencer a los yihadistas, en el grado que sea, supone dar la victoria a los enemigos, renunciando a nuestra propia identidad como europeos. ¿Qué hacer entonces?

La solución no debería pasar, en cualquier caso, por negar o traicionar lo que somos. El remedio para salvarnos del relativismo y la laxitud moral, no debería ser volvernos tan fanáticos como los fanáticos, sino, todo lo contrario: recordar todo lo racionales que podemos y hemos querido ser. Lo que necesita esta Europa, otra vez repleta de sofistas y de tipos duros proclives al fanatismo occidentalizoide, es una vuelta a lo mejor de sí misma. ¿Y qué es ella misma? Europa es razón. Razón huérfana de dogmas religiosos (eso la diferencia de Oriente), y razón relativamente libre de intereses prácticos y del servicio al poder (eso la diferencia de una simple tribu, o de un imperio tiránico). Razón sin dogmas; razón libre: pura teoría, crítica sin concesiones. Todo eso fue, o quiso ser, alguna vez, Europa. Y aunque en la Edad Media volviese a someterse a dogmas, y en la Modernidad al espíritu pragmático y al imperialismo codicioso de los sofistas y los burgueses, la razón no ha dejado, nunca, de volver a convocarnos. Como también es ella, ahora, lo único que puede salvarnos, si es que aún tal cosa es posible.

Fíjense que justo lo único que no hemos dado a los jóvenes inmigrantes de los suburbios de París, o Londres, o Bruselas, es, precisamente, eso: razones. Les hemos dado bienestar y relativismo, pero ni una sola razón para desear ser europeos. Muchos de los jóvenes que atentan en Europa han sido educados aquí, incluso han ido a la Universidad, pero esto les ha servido de muy poco. Lo único que han aprendido allí son ciencias particulares y tecnología (la misma que ahora ponen al servicio de sus creencias), pero nada de razones. El espíritu pragmático y codicioso de la modernidad trocó la filosofía por el cálculo estrecho, y apegado a los hechos, de la ciencia, que hacía ganar guerras y mercados. El precio fue la escisión entre el “espíritu” y la “materia” (bajo el espíritu del materialismo), la distinción entre el “valor” y el “hecho” (bajo el criterio de valor que supone la sujeción de toda verdad a los hechos). Desde entonces creemos que, si bien la materia y sus hechos son objetos de explicación racional, los asuntos del espíritu o los valores son racionalmente indeterminables. La razón moderna enseña física, o lingüística, pero no te enseña a manejarte racionalmente con la vida, a buscar su sentido, a comprender por qué es bueno lo bueno, o injusto lo injusto. La renuncia al luminoso sueño ateniense (quizás alucinado) de una racionalidad completa, sin escisiones –ese sueño es la filosofía –, ha dejado las grandes preguntas a merced de las subjetividades personales (eso es el relativismo del sofista) o de los púlpitos religiosos (de ahí el fanatismo). Una combinación de ambas cosas, de relativismo y fanatismo, es lo que puede acabar con Europa, tal como acabó con su madre, con la Atenas clásica, durante las guerras del Peloponeso.


Si no queremos que esto vuelva a ocurrir, solo hay una opción. Contra el relativismo y el fanatismo solo caben más y mejores razones. El filósofo Platón decía que este mundo (y nosotros, que lo hacemos así) no tendrá arreglo hasta que los filósofos gobiernen. En una democracia, esto quiere decir: hasta que todos los ciudadanos sean filósofos. O sea: hasta que todos desarrollemos la capacidad para hacernos conscientes de las ideas que nos habitan, de someterlas a crítica racional, y de asumir libremente, y en diálogo con otros, aquellas que nos parezcan realmente verdaderas y justas. Todo este complejo desarrollo se llama educación (y no tiene nada que ver con el adiestramiento de los espartanos – o con la educación para sofistas que preconiza la LOMCE –). Este sueño, el de cambiar el mundo a través de la educación, el mismo que se esbozó, por vez primera, en La República de Platón, es el sueño que, junto al de una razón común y sin escisiones, nos constituye fundamentalmente como europeos. Hasta que los europeos no volvamos a soñar ese sueño, y a bombardear con él el mundo, los sofistas y los fanáticos seguirán enfangándolo todo con sus pobres y tristes guerras.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Día Mundial de la Filosofía 2015.

Hoy era el Día Mundial de la Filosofía, establecido así por la UNESCO en 2005. Lo hemos celebrado, entre otras cosas, con una carrera por todos los institutos de Mérida. También ha habido entrevistas en televisión




y otras actividades (una de ellas, super interesante, y promovida por la UNESCO, os la enlazo aquí). 

Gracias a todos por tener un filósofo dentro y por participar!!!










domingo, 15 de noviembre de 2015

Lo llaman terrorismo, y no lo es.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


La compasión por las víctimas de los recientes acontecimientos de París no debería ocultar las nauseas ante todo lo que late tras esos terribles hechos. Hora tras hora los titulares de los informativos vuelven a repetir machaconamente las consignas acostumbradas: barbarie terrorista, atentado a la humanidad, ataque a la democracia y las libertades, lucha contra el mal, todos somos Francia, etc. No se trata solo de frivolidades que no explican nada, sino, más aún, de frivolidades capciosas, lemas a corear que sustituyen el análisis y ocultan todo asomo de crítica. Son mera propaganda de guerra.

Porque no, no se trata de terrorismo. Se trata (como reconoce el gobierno francés) de una guerra. Más concretamente, del capítulo de una guerra que se anda librando en Oriente Medio desde hace un siglo, y en la que Occidente y Francia son parte interesada. Desde la creación artificial de estados (como Siria) mezclando minorías bajo el yugo de tiranos amigos, hasta la ilegítima ocupación de Irak, pasando por la imposición a sangre y fuego de un estado judío (por motivos, además, explícitamente religiosos), y cien avatares más (incluido el conflicto Sirio, en el que parece revivirse una segunda guerra fría), Occidente se ha ganado a pulso sufrir (aunque sea en contadas ocasiones) las consecuencias de esta guerra por controlar una de las regiones con más valor estratégico y económico del mundo.

Y no, no se trata tampoco de un acto de barbarie gratuita. En la guerra cada uno usa las armas que tiene a su alcance. Si Occidente dispone de flamantes portaaviones y aviones con que, sin apenas riesgo (para ellos, aunque sí para la población civil), “eliminan” con perfecta asepsia a los enemigos (del trabajo sucio se ocupan mercenarios a sueldo), los “bárbaros terroristas” usan lo que tienen más a mano: hombres bomba desesperados y desarraigados sin nada que perder en la tierra y mucho que ganar en el cielo.

Tampoco es un atentado contra la humanidad. Es un ataque contra Francia y Occidente desde otra de las facciones de esta guerra (entre las que se estará celebrando esta victoria con palabras inversas pero parecidas a las de nuestra propaganda). Un ataque despiadado, pero no más que los que se suceden casi cada semana, sin apenas cobertura mediática, en países donde la gente no muere mientras cena en restaurantes o disfruta de un concierto, sino en mercados y mezquitas donde sobrevive a su hambre y su desesperanza (o en el mar tratando de escapar de donde las bombas no son excepción sino costumbre). Que París o Nueva York se consideren la Humanidad supongo que tiene que ver con que sus muertos valgan mil veces más de tiempo e interés que los muertos de la humanidad sin mayúsculas, aunque unos y otros se deban a la misma e innoble guerra.

No se trata de una lucha entre la civilización y la barbarie, sino entre unos determinados intereses y Estados, que pretenden mantener su influencia hegemónica en la zona, y otros intereses, Estados y proto-Estados (a menudo arrabales monstruosos de los nuestros) que también quieren, legítimamente (es decir “por la fuerza”, que es – como todos sabemos – lo que realmente significa para la mayoría la palabra “legitimo”), su parte del pastel, además de otras cosas no menos importantes: identidad, dignidad, respeto internacional, etc.

Tampoco es un ataque contra la Libertad y la Democracia. Ni libertad ni democracia son las cosas que más ha importado Occidente a Oriente Medio; más bien han sido tiranía, violencia y codicia lo que han heredado de nosotros. Quizás no tenga otra cosa que dar el llamado “mundo libre”, tan proclive como es a confundir la libertad con el libre mercado, y a la democracia con el ritual legitimador de las mayores desigualdades. Tal vez también por eso haya tanto “terrorista” entre nuestras propias filas. Contaba Borges la historia de aquel bárbaro lombardo que, al sitiar Ravena, se vio tan impresionado por lo civilizado de lo que asediaba, que se pasó al enemigo y murió por defender la ciudad. No parece que nuestra civilización ejerza, ahora mismo, ese poder de atracción sobre estos nuevos “bárbaros” (más bien parece lo contrario). Entre otras cosas, quizá, porque no son precisamente las obras de Borges lo que nuestros inteligentes bombarderos suelen lanzar a la gente.


Los acontecimientos de París son, en conclusión, y como los de cualquier guerra, terribles. Y volverán, obviamente, a repetirse (con toda la retahíla de consignas y lamentos hipócritas detrás) mientras esa guerra dure. Algo útil que, no obstante, podemos hacer, para que deje de durar, es no dejar que el lenguaje de la propaganda bélica piense por nosotros. No, no es simple terrorismo. Ni los “otros” son unos simples bárbaros fanáticos (aunque también lo sean), ni nosotros somos la Humanidad ni el Reino de la Libertad y la Democracia. La cosa es, me temo, bastante más compleja. Y contra la complejidad de nada sirve invocar al dios de las batallas, corear consignas ni entonar La Marsellesa. Parodiando la simplificación del Obispo Cañizares, en Occidente no todo es (ni mucho menos) trigo limpio. Y por ahí hay que empezar. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Como distinguir a un filósofo de los demás mortales

Rene Magritte. Philosophers lamps. 1936.
Los despreocupados (por no decir otra cosa) editores de la maravillosa revista Humano, Creativamente Humano, han tenido a bien publicarme este texto, pretendidamente humorístico, sobre la idiosincrasia (por no decir otra cosa) de los filósofos. Benditos sean!

martes, 10 de noviembre de 2015

Las propuestas de José Antonio Marina


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura

No coincido con José Antonio Marina en muchas ideas, pero me parece una persona intelectualmente honesta y razonable, que merece una crítica mejor fundada que muchas de las que ha recibido, durante estos días, a propósito del Libro blanco de la función docente que está elaborando por encargo del PP.

Se atribuyen a Marina varias propuestas escandalosas. La primera es la de pagar a los profesores en función de los resultados académicos de sus estudiantes. Lo que realmente ha propuesto Marina es estimular a los buenos profesores mediante el reconocimiento de su labor (de varias maneras, entre ellas – pero no necesariamente la fundamental – la de incrementar su salario). Este reconocimiento estaría en función de una serie de criterios, aún por ponderar, entre los cuales estaría, como uno más – pero no necesariamente el fundamental – el de los resultados académicos (y siempre teniendo en cuenta las circunstancias socio económicas del centro, y mil cosas más).

Yo no estoy en absoluto de acuerdo con que la clave del asunto sea la de estimular con reconocimientos (económicos o no) a los profesores. Pero me extraña que gran parte del gremio proteste ante esta medida. Al fin y al cabo, muchísimos profesores entienden del mismo modo la motivación y la evaluación de sus alumnos (mediante premios y castigos, puntos positivos y negativos, ceros y dieces). Algunos de mis colegas me sonríen con ironía cuando afirmo que los alumnos vienen al instituto con verdaderas ganas de aprender. Según dicen, los alumnos no quieren, en general, aprender, y la única manera de que lo hagan es poniéndoles exámenes y repartiendo entre ellos premios y suspensos. Los que ni aún así aprenden es que son unos vagos redomados o unos tontos de remate. No hay más... Es un poco raro que muchos de los que piensan todo esto se quejen, a la vez, de que se les quiera medir a ellos con ese mismo rasero simplón y malpensado. O de que, simplemente, se les quiera medir, como si hubiera que tener en ellos la confianza –en la vocación por enseñar— que ellos no tienen en la vocación por aprender de sus alumnos.

Lo segundo que ha escandalizado a muchos es la presunta recomendación de grabar con cámaras a los profesores. Antes que nada, esto es falso. Lo que Marina ha recomendado es que, a petición del profesor, se graben algunas de sus clases para luego analizarlas y detectar los fallos que uno no suele apreciar por sí mismo. No es más que una técnica frecuente en profesionales dedicados a la comunicación. Pero es que, incluso si la propuesta hubiese sido la de poner cámaras o paredes de cristal en las aulas, como ocurre en otros países, no entiendo muy bien en qué habría de consistir el problema. Uno de los monumentos que enseñamos a los alumnos cuando visitamos (desde hace unos años) Berlín, es la impresionante cúpula de cristal y espejos que corona el Reichstag, y que fue diseñada por Norman Foster para simbolizar la transparencia política que debe regir en una democracía (de hecho, desde la cúpula el visitante puede contemplar la actividad de los parlamentarios). Si exigimos esa transparencia a los políticos (o a todo el que nos presta un servicio, público o privado, desde el juez al carnicero que nos corta la carne), ¿qué hay de malo en exigirla también a los profesores?

En cuanto al resto de las propuestas de Marina, creo que aciertan parcialmente en el diagnóstico, aunque no en absoluto en el tratamiento. Parece claro que una de las causas de los problemas en educación se debe a la falta de formación pedagógica del profesorado (a lo que en ocasiones se une el desprecio de muchos profesores por la pedagogía – como si, siendo pedagogos, tal cosa no fuera con ellos, o como si el arte de enseñar fuera una ciencia infusa o innata que ellos no tuvieran que aprender –). Obviamente, hay muchos otros problemas en la educación (la falta de equidad, la debilidad y maleabilidad política de los principios educativos, el trato a los alumnos, etc.), pero las propuestas de Marina se circunscriben al papel del docente, no a todo los aspectos del sistema educativo.

En cuanto al tratamiento del problema, creo que Marina se equivoca. De un lado, la docencia es una profesión eminentemente “vocacional”, en la que no tiene sentido introducir incentivos como en una empresa. Aumentar el salario de los profesores (por ejemplo) no iba a hacer que los que tienen vocación tuvieran más, ni que los no la tienen la desarrollasen (a lo sumo, aprenderían a maquinar lo que haga falta para lograr el premio – y a enseñar eso mismo a los alumnos – ). Amén de que este tipo de medidas pervierte el sentido de lo que un docente debería transmitir siempre, enseñe lo que enseñe: el amor por el propio conocimiento, sin más recompensa que la del desarrollo personal que este procura.

De otro lado, y dado que la educación va dirigida a seres humanos, la formación del profesorado no debe ser solo (ni fundamentalmente) técnica, ni de cariz puramente psicopedagogico, sino también (y sobre todo) de carácter moral, y fundada en una reflexión profunda y persistente sobre el valor y el sentido de la educación. Sin ese fundamento moral no hay, en el fondo, nada. Y con el, casi no falta, ya, nada más. El dinero más valdría gastarlo, entonces, en mejorar las circunstancias en las que tengan que trabajar esos profesores con vocación, bien formados y moralmente motivados. Si hay docentes capaces de despertar el deseo de conocimiento en aulas con treinta y cinco niños encadenados durante seis horas a un pupitre (¡y los hay, y muchos!), imaginad lo que no serían capaces de hacer, esos mismos maestros y profesores, educando tan solo a veinte, en espacios abiertos, y con todos los medios imaginables a su alcance. Esto sería... No sé. ¿Finlandia?



domingo, 8 de noviembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

La izquierda y el derecho a decidir de los catalanes.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


Acierta y se equivoca la izquierda española en relación al problema catalán. Acierta (como, por otra parte, casi cualquiera que no esté ciego) al interpretar el conflicto como parte de la estrategia electoral tanto del gobierno como de los independentistas. Se equivoca, entre otras cosas, al presuponer el derecho a una consulta soberanista en Cataluña.

Lo primero es fácil de ver. Como dijo Errejón hace unos días, Rajoy y Mas parecen estar dirigiéndose mutuamente la campaña electoral. Ambos se necesitan. Ni el gobierno ni el frente independentista catalán (ese extraño pacto anti-capitalista-liberal liderado por Convergencia, Esquerra y la CUP) están en su mejor momento. ¿Qué mejor que renovar el ardor patriótico de los votantes para recuperar fuerzas? No es ninguna casualidad que a las provocaciones de los independentistas en el Parlamento catalán les acompañe la difusión casi ininterrumpida de los vericuetos del caso Pujol, o de las comisiones del 3% con que se ha estado financiando el partido de Mas. Partido Popular e independentistas buscan con descaro la provocación. El Partido Popular, que no va a despegar electoralmente vendiendo sus presuntas hazañas con la prima de riesgo, necesita presentarse como el sólido contrafuerte de la unidad de España. Y los independentistas, incapaces de convencer a más catalanes de las ventajas de cambiar de estado, no tienen otra que excitar el sentimiento patrio con un desencadenante infalible: los agravios del Estado español. Al PP y a los independentistas les vienen de perlas tanto las amenazas veladas de Rajoy como las apariciones teatrales de Más (e incluso Pujol) en los juzgados. Es la perfecta armonía de los contrarios. Si la jugada les sale bien, el PP podría volver a gobernar en España (probablemente con Rivera), y Cataluña podría acabar de ser, en no mucho tiempo, propiedad exclusiva de la burguesía catalana que la gobierna desde hace siglos (a los de la CUP siempre le quedará el consuelo de que, puestos a soportar capitalistas, mejor que sean autóctonos –amén de las competencias en auxilio social y en cultura republicana, que seguro que, en señal de agradecimiento, se las dan a perpetuidad —).

Ni que decir tiene que, de todo este cambalache político, quién sale más perjudicada es la izquierda. Ni el conflicto independentista le beneficia en España (en donde da votos al PP y a Ciudadanos –mucho más que al PSOE y a su fantasmagórica propuesta federalista--), ni tampoco en Cataluña, donde la izquierda no independentista casi ha desaparecido, y la independentista se inmola en aras de la Patria (y de las huestes de Convergencia que, de un modo u otro, van a seguir en el poder). La apuesta de Podemos e Izquierda Unida por condescender con el independentismo solo les acarrea el desprecio de la izquierda patriótica catalana (que no quiere condescendencias, sino la independencia y lo más rápido posible), y la incomprensión en el resto de España.

Además, la izquierda española se equivoca al defender el derecho a un referendum soberanista en Cataluña. Se equivoca estratégicamente (porque ni siquiera los independentistas están ya en esa fase del proceso – hace apenas unas semanas que han votado, de hecho, en un referendum que ya era secesionista, y que no les ha salido bien – ). Y se equivoca, también, y sobre todo, políticamente, asumiendo el presunto derecho de los catalanes a decidir si quieren romper con España e instituir un estado propio.

Es pura demagogia y una completa falacia afirmar que en una democracia todo está sujeto al escrutinio de los votos. En ningún Estado democrático hay derecho a votar contra el propio marco jurídico que representa el Estado (y que es el que te permite votar). Para romper con el Estado hay que salirse de él y, por tanto, también del derecho. Así que no, no cabe legitimar con la ley la ruptura con la propia ley. Si así fuera, yo y unos cuantos colegas docentes también exigiríamos el mismo derecho a votar si abandonamos o no el sistema educativo y hacemos uno nuevo. O yo mismo exigiría mi derecho a decidir independizarme en mi propia casa, como reza la publicidad de una conocida marca de muebles. ¿Por que no habríamos de tener ese derecho yo, o un grupo de amigos, si lo tienen un grupo de catalanes? ¿Qué tiene la catalanidad que no tengan unos mismos principios educativos, o una personalidad tan coherente que no quiera seguir sino sus propias normas?

El ejemplo paradigmático de esta falacia de afirmar el derecho a acabar con el derecho es el presunto derecho a votar y decidir sobre la propia soberanía. ¿Cómo se puede votar la soberanía, si es ella misma la que legitima tu voto? Es tan absurdo como querer decidir con los votos si hay que decidir las cosas votando. Si los catalanes se suponen a sí mismos soberanos para votar o decidir su propia soberanía, ya no hace falta que voten: ya se han concedido la soberanía a si mismos antes de empezar a votar nada.

Como afirmaba Kant, el “derecho a la rebelión” es una contradicción en sus términos. No hay ninguna ley que ampare saltarse la ley. Lo que hay son rebeliones a secas. Y una rebelión no puede ser, por principio, legal. Lo que sí puede ser es legítima o justa, o ilegítima y por la fuerza. Pero la legitimidad en el caso del independentismo catalán depende de que nos convenzan de cosas (tan peregrinas) como que los pueblos son entidades soberanas detentadoras de derechos (más o tanto que los individuos), que la identidad de las personas está en la lengua que hablan (en lugar de en lo que dicen y piensan con ella), o que Cataluña es una colonia del Imperio español (en vez de ser y haber sido los españoles, muchos y durante mucho tiempo, emigrantes – y vendedores de materias primas, y compradores de manufacturas— en la gran metrópoli catalana). Si no nos convencen de todo esto (como parece que no es el caso), a los independentistas solo les queda el recurso a la rabieta y a la fuerza: el chantaje político, la provocación victimista, la demagogia y la manipulación elevadas a la enésima potencia. Y, finalmente, el golpe de estado sobre la mesa del Parlamento. Saben de sobras que nadie va a sacar los tanques a la calle. Entre otras cosas porque eso, también, les vendría que ni pintado.




sábado, 24 de octubre de 2015

Prohibido prohibir (la religión en la escuela).

Este texto fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura. 

Llega la temporada preelectoral, y el debate sobre la educación religiosa vuelve al escaparate mediático. ¿Se debe impartir religión en la escuela? Caso de que se deba, ¿se debe impartir integrada en el horario escolar, como una materia más, cuya evaluación sea computable para la nota media, etc.? Y, caso de afirmar todo lo anterior, ¿se debe obligar a cursar una materia alternativa a los alumnos que no quieran esa formación religiosa? Vayamos, pues, por partes.

¿Se debe impartir doctrina religiosa en la escuela? Los que afirman que se amparan en el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos. Los que afirman que no argumentan que la escuela no es lugar para contenidos dogmáticos o religiosos, en ocasiones extraños a los valores constitucionales, y que dichos contenidos deben quedar confinados al ámbito privado o al propio de la institución específica a la que pertenecen (es decir, a la Iglesia). Bien. Para avanzar un poco en este viejo debate convendría, antes de nada, evitar o zanjar los juicios más (a mi juicio) superficiales, y quedarnos con lo más fundamental que anda en liza. La defensa a ultranza de la libertad de los padres, por ejemplo, es algo que nadie mantendría en serio (¿Tendrían derecho los padres a educar a sus hijos en los principios de una secta de suicidas o de practicantes del incesto?). Tampoco es sostenible que en la escuela solo se puedan impartir materias no dogmáticas. ¿Qué es una materia dogmática? La propia ciencia asume como dogmas sus axiomas y toda una serie de presupuestos filosóficos (de los que normalmente –y a diferencia de la teología— ni siquiera es consciente). Las enseñanzas artísticas parten, también, del presupuesto (irracional) de que el gusto o el arte carecen de criterios racionales (y de que es de mal gusto, o poco estético, exigir argumentos lógicos al que degusta o crea obras de arte). Si hubiera que eliminar todo dogmatismo de la escuela, tendríamos que cerrarla. El verdadero nudo del debate es otro. Entre defensores y detractores de la religión en la escuela lo que hay son dos visiones del mundo (y del hombre y sus valores) aparentemente opuestas. El catolicismo no carece de valores humanistas y universales, como he leído en algún panfleto, tan solo tiene los suyos (que para los católicos, como para todo el que cree estar en lo cierto, han de ser universalmente ciertos y válidos). Igual que el iluminismo ilustrado, el cientifismo o el socialismo (ese “cristianismo para laicos”, decía con sorna Nietzsche) tienen también su propia concepción del hombre y de lo que le es valioso. Que la polémica en torno a la religión en la escuela es, en el fondo, un debate entre concepciones distintas del mundo o el hombre lo muestra, además, el habitual cruce de acusaciones entre unos y otros: ambos se acusan, justamente, de querer adoctrinar a los alumnos (cuando en el fondo, de lo que quieren acusarse, unos y otros, es de no adoctrinar a los alumnos en las ideas correctas). Si esto es así, podemos hacer dos cosas. Resolver esta vieja polémica o, si como parece, esto no es de momento posible, acatar que, en una democracia, las controversias ideológicas no deben resolverse mediante prohibiciones, sino mediante el diálogo, hasta cuando es posible, y mediante la elección individual cuando este ya no lo es. Por eso creo que la escuela debería ofrecer todas las opciones ideológicas (en una democracia perfecta, hasta las más dogmáticas y antidemocráticas), a la vez que propicia el debate entre ellas (o, al menos, la libre elección individual). La religión católica ha de estar presente en la escuela, lo mismo que cualquier otra opción ideológica que la sociedad demande. Eso sí: siempre que, a la vez, se enseñe a debatir y a optar de forma crítica y argumentada, desarrollando la correspondiente competencia racional o filosófica. Pluralidad de opciones y capacidad crítica y racional. Esos son los dos rasgos que distinguen a una sociedad democrática y que, consecuentemente, deberían también distinguir a su sistema educativo.

Supuesto, pues, que deba ofertarse Religión Católica en la escuela, la segunda cuestión es cómo. Ofertarla en todos los cursos y ciclos educativos (como se hace ahora), y junto a las materias de alcance más universal (entre las cuales podría haber una materia de Religión –no de doctrina católica— en el más amplio sentido) es tan desproporcionado como lo sería la obligación de ofertar, no sé, clases de socialismo o de arte griego desde primaria a bachillerato. Esta injustificada persistencia no tiene más interés que el de la Iglesia católica por aumentar fácilmente el número de sus fieles. Ni siquiera cabe la justificación de que el alumno conozca y valore la impronta que el cristianismo (o el catolicismo) ha dejado en todos los aspectos de nuestra cultura. Se supone que eso ya se enseña en otras materias (historia, filosofía, literatura...) y desde un punto de vista más objetivo y reflexivo, que es de lo que, para ese caso, se trata.

Parece sensato, entonces, que la Religión Católica sea una asignatura opcional. Y que, dado su carácter específico, se imparta fuera del horario lectivo, o en sus márgenes (en las últimas o las primeras horas, por ejemplo), que su evaluación no cuente para la nota media, y (añadiría) que se oferte solo en en los últimos años de la secundaria. Su fuerte contenido ideológico y moral, y la forma dogmática de exponerlo, hacen de la materia de Religión algo no apto para mentes infantiles. La formación en una confesión religiosa concreta debería ser siempre una decisión adulta y consciente. Y tanto escuelas como padres deberían evitar que los niños puedan ser adoctrinados de una manera tan insistente (por la religión católica o por cualquier otra doctrina). Tal vez una familia crea que sus creencias son excelentes para sus hijos. Pero creo que sería más excelente aún procurar que fueran ellos los que la valoraran libremente así, a su debido tiempo.

Dicho todo lo anterior, la última cuestión es fácil de responder. La materia de Religión Católica, caso de que se imparta (fuera o en los márgenes del horario escolar común), no debe ir acompañada de una materia alternativa obligatoria para los que no la escojan. La obsesión de la Iglesia española por obligar a los alumnos que no quieren formación católica a cursar otra materia mientras sus compañeros dan Religión es una incongruente muestra de falta de fe. Los obispos parecen tener poca o ninguna confianza en el valor de lo que enseñan cuando quieren evitar a toda costa que la alternativa a dar Religión sea, simplemente, no darla e irse uno a su casa.

Por cierto: si castigar con una materia alternativa a los que no quieren formación católica es algo incomprensible (y muy poco cristiano), todavía lo es más que esta materia alternativa sea la de Valores Cívicos, o la de Valores Éticos, tal como ha establecido la LOMCE. Solo a un ultraliberal descreído de todo espíritu democrático se le ocurre pensar que la formación en los valores constitucionales que rigen nuestra convivencia (los valores cívicos), o la reflexión racional en torno a los valores, en general, que orientan nuestra elecciones vitales o políticas (los valores éticos), sean enseñanzas optativas a las que no tengan acceso los alumnos que escogen Religión. Justo antes decíamos que una de las competencias más fundamentales que debe contribuir a desarrollar el sistema educativo de un estado democrático es la competencia para evaluar racional y críticamente todas las opciones que se nos presentan en la escuela o en la vida (o en las urnas). Pues bien, esta competencia es justo la que desarrollan esas materias que, como la Filosofía, la Ética, o los Valores Éticos, se han convertido, con la LOMCE, en materias mayormente...¡Optativas! Como si reflexionar y analizar crítica y racionalmente todo lo que cada día hacemos y pensamos fuese no más que una opción, y no una necesidad humana ni la mayor garantía de madurez ciudadana y democrática que puede acreditar una sociedad.



domingo, 18 de octubre de 2015

Hay cosas con las que no se bromea... lo suficiente. Sobre humor, filosofía y libertad de expresión.

Texto publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura

Hace unos días, la Audiencia Nacional imputó a un tuitero por mofarse del denunciante del edil de Ahora Madrid, Guillermo Zapata. El tuitero contestó a un comentario del denunciante (Daniel Portero, presidente de la asociación Dignidad y Justicia) referido a la polémica con Zapata: "Después del archivo de Zapata, ¿se atreve alguien a hacer un chiste de 'humor negro' conmigo o mi padre asesinado a tiros en la casa de Granada? Espero que no". El tuitero imputado respondió con el mensaje por el que ahora se le juzga: "Claro que sí. ¿Le dices que me preste el colador?".

Independientemente del buen o mal gusto del bromista. ¿Debe ser objeto de sanción contar un chiste? Por lo enconado de algunas opiniones, da la impresión de que hubiese aquí algo profundamente esquivo a los razonamientos. Tal vez porque el humor también lo sea.

Los que consideramos inadmisible el delito de opinión o la censura, tenemos como argumento favorito el de que todo se puede argumentar. Pensamos que no hay que censurar al xenófobo o al machista, sino dejar que exponga sus opiniones. ¿No es acaso la democracia el reino del diálogo, en el que todo el mundo puede expresar sus creencias y someterlas al juicio de los demás? ¿Tan inseguros estaremos de nuestras convicciones como para prohibir las que se les oponen? ¿No será mejor ponerlas constantemente a prueba para comprobar su firmeza? Claro, se nos dirá, ¿pero y las opiniones que incitan al delito, como las que exaltan el terrorismo o llaman a la guerra santa? Pues tampoco estas se deben censurar. Incitar al delito no es delinquir. Y los ciudadanos ya somos mayorcitos para saber si hacemos caso o no de esas incitaciones. Otra cosa son la difamación o la humillación de alguien. Pero también aquí los defensores de la libertad de expresión tenemos opciones. La difamación se desmonta con pruebas y mejores argumentos. Y la humillación se repara, mejor que peor, si se demuestra injustificada e inmerecida. Pero, insisto, la condición de todo esto es que aquello que se exprese, sea lo que sea, encaje en un discurso argumentativo. El problema es cuando este encaje no es posible, o no está nada claro. Dos son los casos: el insulto y... el humor.

Ni los insultos ni las expresiones humorísticas tienen fácil relación con lo argumental. Aunque por motivos distintos. Los insultos son previos a la argumentación, o la sustituyen burdamente; las bromas, en cambio, van, a menudo, más allá de ella. Los insultos son, en el fondo, bastante tolerables. Como suele decirse, no insulta quien quiere, sino quien puede. Además, en cuanto carecen de argumento, es fácil despacharlos como exabruptos que descalifican al emisor más que al receptor. Aún así – dirá alguien – hay gente que se siente herida o acosada por los insultos. Cierto. Pero en este caso, más que la censura, lo que funciona es fortalecer y educar a los que se sienten vapuleados por lo que no tiene mayor importancia (es como tratar esas fobias en las que uno tiene miedo a lo que no merece provocarlo).

Hemos dicho que los insultos son relativamente tolerables. Al menos, cuando no van acompañados de la risa. La risa es mucho menos soportable que el insulto; porque un buen chiste sobre tu persona o sobre lo que dices no admite ninguna defensa argumental. Las expresiones cómicas no están más acá de los argumentos, como ocurre con los insultos, sino, a veces, más allá de ellos. Y aunque esto admite gradaciones (hay risas burdas como un insulto; e insultos tan agudos y veraces que despiertan la risa), la risa, el chiste, nos puede dejar planchados, o callados, sin capacidad de réplica. Ni que decir tiene que esto molesta mucho a mucha gente. La risa es subversiva. Si el insulto suele descalificar a quien lo emite, la burla, cuando es efectiva (es decir, cuando da la risa), deja en evidencia al burlado.

¿Pero hay que censurarla entonces? De ninguna manera. Primero, porque siempre se nos escapa, la risa. Segundo, porque la burla es una manera infalible de recordar lo falibles que son nuestras infalibilidades (vamos, lo cómicas que son nuestras grandilocuentes tragedias). Si el discurso del genio o de la autoridad competente provoca un chiste o nos hace reír, es que su discurso carece de verdadero genio o de autoridad real (o que va sobrado de ir sobrado, lo que también puede provocar ese llanto de miedo al ralentí que es, según algunos, la risa). Así, si el humor negro nos hace reír (y nos hace reír a todos, con más o menos disimulo) es que el discurso moral sobre cómo hay que tomarse las cosas del dolor y la muerte es risible; es decir: que es humano y perfectible. Y la risa, tan solo, nos advierte de ello. ¿Habrá algo más útil?
Revulsivo y crítico, síntoma de nuestras debilidades y errores, vacuna contra el fanatismo y la estupidez, y enemigo de todo lo que se oculta a la luz como tabú sagrado, el humor es, un poco, como la filosofía. Y si, como decía el poeta Scutenaire, "hay cosas con las que no se bromea...lo suficiente", podríamos decir con cualquier filósofo que "hay cosas que no se razonan... lo suficiente".

Por si todo esto fuera poco, el humor es, también, el bálsamo de fierabrás más dulce y efectivo contra el dolor del mundo. Y, a veces, ese bálsamo tiene que ser negro, negrísimo. Porque la vida también lo es. ¡Y ella empezó primero!




lunes, 12 de octubre de 2015

Hijo, no quiero que acabes como Bill Gates.


Texto publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Hace unos días me topé con un papel conteniendo una serie de reglas o recomendaciones para estudiantes. Estaba colocado, sin firmar, en el tablón de anuncios de una de las aulas en las que doy clase. Investigué un poco y descubrí que recogía los consejos que, por lo visto, daba el empresario multimillonario Bill Gates a los estudiantes americanos (una especie de Tabla de la Ley para jóvenes emprendedores). Lamentablemente, de todas esas recomendaciones no encontré ni una que no me pareciera falsa, vulgar y contraria a todo lo que creo que debe ser la educación. Así que, junto a esa lista dispuse otra, titulada “Recomendaciones para no ser como Bill Gates”. Les expongo las dos, para que juzguen ustedes mismos.

Regla 1 de Bill Gates: La vida no es justa, acostúmbrate a ello.
Regla alternativa: La vida no es justa, pero puede y debe serlo. Solo los ignorantes o los injustos insisten en la necesidad de la injusticia.

Regla 2 de Bill Gates: Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo.
Regla alternativa: Si los logros que espera el mundo de ti tienen que ser a costa de tu amor propio, tu conciencia o tus principios, entonces ese mundo es demasiado inmundo. ¡Hay que cambiarlo!

Regla 3 de Bill Gates: No ganarás cinco mil dólares mensuales justo después de haber salido de la preparatoria y no serás un vicepresidente hasta que con tu esfuerzo te hayas ganado ambos logros. Regla alternativa: Probablemente nunca serás vicepresidente de tu empresa ni ganarás cinco mil euros mensuales (además de esfuerzo, te harían falta dinero, suerte o, quizás, cierta falta de escrúpulos). Pero alégrate: una vida digna y feliz no tiene necesariamente que ver con todo eso.

Regla 4 de Bill Gates: Si piensas que tu profesor es duro, espera a que tengas un jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida.
Regla alternativa: Si tu profesor es como un sargento de marines, es probable que crea que la vida es como una guerra, y que nadie actúa por amor o vocación, sino por miedo a las balas o por ansia de medallas, y que siempre tendrás un jefe (incluso tú mismo) para clavártelas en el corazón (las balas o las medallas). Ten paciencia con ese profesor, olvídalo y sigue tu camino.

Regla 5 de Bill Gates: Dedicarse a voltear hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo; le llamaban “oportunidad”.
Regla alternativa: Trabajar sin una necesidad real y en una tarea repetitiva no es ninguna oportunidad para nada que tenga que ver con ser un ser humano (a lo sumo sirve para irte más veces de compras o para creer, con luterano afán, que el trabajo santifica – el remunerado, claro –).

Regla 6 de Bill Gates: Si metes la pata, no es culpa de tus padres. Así que no lloriquees por tus errores, aprende de ellos.
Regla alternativa: Meter la pata no es voluntad de nadie. Y aprender de los errores debería serlo de todos. También de quienes se han hecho cargo de tu educación y que, tras tantos años, no han logrado evitar que “metas la pata” (tal vez porque educar sea algo muy difícil, y no porque tú seas un “desastre sin remedio”).



Regla 7 de Bill Gates. Antes de que nacieras, tus padres no eran tan aburridos como son ahora. Ellos empezaron a serlo por pagar tus cuentas, limpiar tu ropa y escucharte hablar acerca de la nueva onda en la que estabas. Así que antes de emprender tu lucha por las selvas vírgenes contaminadas por la generación de tus padres, inicia el camino limpiando las cosas de tu propia vida, empezando por tu habitación.
Regla alternativa: Ningún padre o madre competente te culparía de la mediocridad de su propia vida, ni consideraría que cuidarte o escucharte es motivo de aburrimiento, ni se molestaría porque sueñes con un mundo distinto de este que (penoso y a duras penas) te dejamos ocupar, ni dejaría de sentirse orgulloso de que te intereses por el medio ambiente... Pero si ese es el caso, plantéate mejorar las cosas de tu propia vida, empezando por tus padres.

Regla 8 de Bill Gates. En la escuela puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años lectivos y te dan las oportunidades que necesites para encontrar la respuesta correcta en tus exámenes y para que tus tareas sean cada vez más fáciles. Eso no tiene ninguna semejanza con la vida real.
Regla alternativa: En la vida real mucha gente prefiere vivir bajo otras leyes que las de la selva. Tal vez sean unos pobres ingenuos, o tal vez crean que las personas somos algo más (y mejor) que una horda de “perdedores” y “ganadores” en pos de una abultada cuenta en el banco.

Regla 9 de Bill Gates. La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Todo esto tendrás que hacerlo en tu tiempo libre.
Regla alternativa: Si el trabajo (eso a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo) no te resulta gozoso ni te ayuda a encontrarte a ti mismo, entonces... te está costando la vida. Piensa si no te convendría emplear tu tiempo libre en construir un mundo en que vivir y trabajar no sean cosas opuestas.

Regla 10 de Bill Gates. La televisión no es la vida diaria. En la vida cotidiana, la gente de verdad tiene que salir del café de la película para irse a trabajar.
Regla alternativa: La gente que vive de verdad (no la que se cree cualquier película) procurará tener un trabajo que le permita tomar café, ver buen cine, y no quedarse dormido con el “sueño americano”.

Regla 11 de Bill Gates. Sé amable con los "nerds" (los más aplicados de tu clase). Existen muchas probabilidades de que termines trabajando para uno de ellos.
Regla alternativa: Sé amable con la gente, independientemente de quien vaya a trabajar para quien; y no creas, como el pobre (rico) de Bill Gates, que la gente (incluso la más aplicada) es así de rencorosa...







domingo, 4 de octubre de 2015

Gracias a Dios, no somos una tribu gala. Nacionalismo y cosmopolitismo.

Personajes de Asterix y Obelix, de A. Uderzo y R. Goscinny
Texto publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura.


Recordábamos el otro día junto al escritor Jesús Sánchez Adalid (en Los sábados al Sol, el programa de Chus García en Canal Extremadura) el comienzo de su discurso tras recibir, hace unos años, la Medalla de Extremadura: “Gracias a Dios – dijo – , los extremeños no tenemos identidad”. Y por eso – añadió – “somos libres”. ¿Qué querría decir Sánchez Adalid con esto?... ¿De verdad carecen de identidad los extremeños? ¿Y por qué esto ha de hacernos más libres? Hablar de la identidad (es decir, de lo que somos) no es moco de pavo. Los antiguos griegos decían que no hay conocimiento más útil que el conocimiento de uno mismo. De saber lo que somos depende el saber de lo que nos conviene, y también de los derechos que nos es justo reclamar. Veamos.

La identidad humana posee múltiples aspectos. Es un asunto que va, desde luego, más allá de la simple identidad orgánica (esa que nos identifica con una especie animal y sus instintos). Más que código genético las personas tenemos un vasto “programa” de conductas aprendidas, que es el que conforma nuestra identidad cultural, haciéndonos partícipes de un determinado grupo social, de su idioma, sus tradiciones y creencias. Para el nacionalismo común este tipo de identidad representa algo fundamental. La comunidad cultural – se afirma – es el caldo donde se cuece la identidad personal; el individuo es, originariamente, un producto social. Por ello (y dado que en la metafísica nacionalista lo originario equivale a lo más importante) las personas son, fundamentalmente, parte de una nación o pueblo (son esencialmente españolas, catalanas, galas o saharauis). Que las personas sean parte esencial de una comunidad invita a pensar a algunos que, a viceversa, la comunidad también participe esencialmente de los rasgos que distinguen a una persona: la libre voluntad (en clave nacionalista: “nuestro modo especial de ser”) y el entendimiento (idem: “nuestro modo de interpretar el mundo”). Y que, por ello, los pueblos y naciones pueden erigirse en sujetos políticos soberanos (algo, por principio, restringido a las personas).

¿Y qué pasa con nosotros, estos extremeños, según Sánchez Adalid, sin identidad? ¿Es que no somos nadie? Lo que seguramente quería decir el escritor es que hay otros modos de ser persona, más allá de pertenecer a esta u aquella comunidad o aldea. Es más, diríamos nosotros: es que ser persona consiste, justamente, en liberarse de esa relación de pertenencia. El ser humano es infinitamente más que una suma de naturaleza y cultura. Posee una dimensión moral y racional que le empuja a valorar y pensar más allá de toda determinación genética o histórica. La única determinación esencial del hombre consiste en carecer, en origen, de una esencia determinada y, por eso, en estar condenado a buscarla. Desde esta perspectiva, la identidad humana no es un ser ni un estar (ni un ser que se defina por su estar en ningún sitio), sino un hacerse siempre inquieto. La identidad, en lo seres que se saben incompletos, no es un principio estático, sino dinámico; un deseo de identificarte con lo que te es extraño pero que, si lo miras sin demasiado miedo (o con algo de amor), te acaba desvelando ese fondo entrañable que eres tú mismo. Sumar identidades es nuestra forma de crecer. Y cuanto más otro y extraño sea aquello que asimilamos, más y mejor nos engorda el alma. Amar tu tierra está bien, pero amar, tanto o más, la tierra de tus antípodas te hace mucho mejor persona.

Ahora bien, si la identidad de los seres humanos consiste, esencialmente, en esa capacidad de valorar y pensar que les empuja a buscarse en los demás (en formas de vivir que, por extrañas, obligan a evaluar y enriquecer la nuestra; y en razones que, por contrarias, obligan a pensar y mejorar las propias), entonces todos los seres humanos somos iguales. No ya solo porque la capacidad de valorar y pensar (es decir, la capacidad moral y racional) sean comunes a todos los hombres (seamos de donde seamos y hablemos el idioma que hablemos), sino también en cuanto se supone que, para desarrollar nuestro mundo de valores y de ideas, la diferencia no es el término de la identidad humana (como afirma el nacionalista), sino solo el comienzo y el motor de su búsqueda.

Si todos los hombres somos esencialmente iguales, a todos deben corresponderles los mismos derechos y el mismo grado de soberanía política. Restringir esta igualdad en nombre de diferencias y derechos atribuibles a entidades (como los pueblos o naciones) que no solo no son personas, sino que ni siquiera representan rasgos relevantes para la identidad de las mismas, es irracional e inmoral. La justificación del nacionalismo liberal (el originario) no es más que la transferencia de poder y riqueza hacia nuevas élites económicas (legitimada bajo ciertos mitos edénicos). La justificación del (presunto) nacionalismo de izquierdas es (para regocijo de aquellas élites) no más que una increíble confusión entre esos mitos y la realidad, entre las personas y sus orígenes, entre el Pueblo y “mi pueblo”. La justicia es un asunto moral y, por tanto, de personas. Pero los pueblos no tienen moral, tienen costumbres (y la costumbre es solo el referente originario – no el importante – de la palabra “moral”).

A la luz de este cosmopolitismo alérgico a nacionalismos, y que aún sueña con una humanidad sin fronteras ni naciones, es como hay que entender la expresión de Sánchez Adalid: “Gracias a Dios, los extremeños no tenemos identidad (…)”. Al fin y al cabo, el cosmopolitismo es una suerte de ecumenismo secularizado (Jesús es también sacerdote). Y este, el ecumenismo cristiano, una (con)versión evangélica del humanismo griego. Ese del que aún no hemos acabado de convencer (quizás estábamos muy ocupados colonizándolos) a Asterix y Obelix, esos simpáticos galos independentistas.