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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Desnudos y el rollo de la educación sexual

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
y en El Periódico de España.

Ya conocen el calvario que están viviendo más de treinta niñas de Almendralejo tras difundirse imágenes suyas manipuladas con inteligencia artificial para que aparezcan desnudas. Para más inri parece que los responsables directos son niños, también menores, que conocían a las chicas. Es una auténtica película de terror que no va a acabar aquí. No solo por el sufrimiento de las víctimas, que va para largo, sino por el efecto contagio que provoque el caso.

Ante lo ocurrido en Almendralejo, la reacción de las autoridades es similar a la que da ante otros terribles sucesos (violencia de género, acoso escolar, suicidios, adicciones, discursos de odio, etc., etc.): abrir una investigación, crear observatorios y grupos de trabajo y, sobre todas las cosas, la socorrida apelación a la educación. Y en concreto, en este caso, a la educación sexual.

No está mal. La educación es la estrategia fundamental para prever este tipo de delitos. Especialmente si quienes los cometen son menores y si, como es el caso, la regulación estricta y a tiempo de todas las posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías es poco menos que imposible.

Ahora bien, antes de hacer las declaraciones retóricas de rigor nuestros responsables políticos tendrían que informarse un poco. Porque resulta que esa famosa educación sexual que invocan cada vez que hay un caso de acoso, agresión o violencia machista (es decir, casi cada día), ¡ya la hay! ¡Está en el currículo educativo! Muchos y muchas docentes hemos peleado y trabajado durante años para que estuviera allí. Otra cosa es que las administraciones competentes no suelan hacerle el más mínimo caso, y la tengan convertida en una inservible “maría”.

Fíjense, además, que en los currículos oficiales no solo aparece, como saber básico y obligatorio, la educación afectivo-sexual, sino también el área y materia que le sirve de contexto, que es la Educación en Valores Cívicos y Éticos. Un contexto imprescindible, pues la educación sexual que buscamos no consiste fundamentalmente en información sobre sexualidad (que también es importante y nunca viene mal), sino en promover aquellas ideas, valores y actitudes que deben presidir nuestras relaciones con los otros, especialmente las íntimas, a las que, por tabúes culturales y por estar tradicionalmente sujetas a la moral religiosa, el sistema educativo no les ha prestado nunca atención.

La educación cívica y ética debe estar vinculada a la educación sexual (como de hecho está en los programas educativos) por lo mismo que ha de estarlo a la lucha contra el acoso escolar, la prevención de las adicciones, la resolución pacífica de los conflictos, la eliminación de actitudes discriminatorias, la promoción de conductas seguras en las redes o la creación de hábitos saludables y sostenibles entre los más jóvenes. La razón es que todas estas conductas (y las contrarias) dependen de las ideas y valores éticos que tenemos en la cabeza, de manera que si no tratamos con esas ideas no haremos, educativamente hablando, absolutamente nada.

Ahora bien, la única disciplina que se ocupa de tratar críticamente esos valores e ideas es la ética. Las demás materias se ocupan de explicar o describir el mundo, no de ayudarnos a prescribir lo que debemos hacer en él. Tampoco basta con que esa educación ética se trate transversalmente, ni dejarla únicamente en manos de la familia, ni reducirla a cursillos de concienciación en los que el alumnado recibe la homilía correspondiente para olvidarla, con toda justicia, a los quince minutos. 

Educar a niños y adolescentes para que cambien realmente su conducta y no ocurran hechos tan desgraciados como los de Almendralejo implica un trabajo serio, diario, realizado por especialistas, en el que, con paciencia, conocimiento y dotes didácticas, se vayan desmontado y transformando esos sistemas de ideas y valores que hacen, por ejemplo, que un chico vea deseable y aceptable publicar fotos humillantes de sus compañeras. Sin ese trabajo de fondo, todo lo que puedan hacer los demás (sexólogos, psicólogos, policías, jueces, periodistas…) es inútil.

Así que sí, claro que hace falta educación sexual y ética. ¿Quién lo duda? ¡Solo hace falta que nos dejen impartirla! Es decir, que la administración dé tanta importancia a las clases de ética como la que da a las matemáticas, el inglés o la lengua. Mientras todo el ambicioso plan de educación cívica y ética, educación sexual incluida, previsto por la ley, quede reducido a una o dos miserables horas semanales en un solo curso por etapa, todas las declaraciones de los políticos sobre el papel fundamental de la educación (sexual o no) para resolver todos o casi todos los problemas que copan los periódicos, no será más que un rollo infumable que nadie, y menos los profesores y profesoras de ética, nos podemos creer.

martes, 17 de marzo de 2020

Canon cultural y políticas de género


Hay muchas razones para defender la llamada “discriminación positiva” a favor de las mujeres en el acceso a cargos o roles tradicionalmente copados por varones. La más fundamental es la innegable discriminación histórica que han sufrido y que debemos borrar del mapa de la manera más rápida y eficaz posible. Otra es el dato objetivo de que la formación de las mujeres es hoy, en la mayoría de los campos, igual o superior a la de los varones. La tercera remite al hecho de que ya existen otras políticas de discriminación positiva (hacia minorías, personas con diversidad funcional, familias numerosas, etc.) que no provocan ningún reproche. Ahora bien, aunque reconozca la utilidad y legitimidad de las políticas de paridad en la lucha contra la desigualdad de género, creo que hemos de vigilar que estas no degeneren en arbitrariedades inadmisibles.

Uno de esos errores es el que resulta de confundir la discriminación positiva en relación a criterios más imparciales de elección (por lo cual, a igualdad de méritos, se escoge a una mujer antes que a un varón para un determinado puesto, evento, lugar en un canon, etc.), con la discriminación positiva como criterio de elección por encima de cualquier otro. 

Curiosamente, este error suele darse solo en aquellos campos que, o bien se consideran – no menos erróneamente – como “decorativos” (el arte, las humanidades, ciertos eventos o instituciones), o bien están carcomidos por la inconsistente creencia en la “objetiva” imposibilidad de criterios objetivos. En otros campos (la medicina o las ciencias “duras” por ejemplo) a nadie en su sano juicio se le ocurre “repartir” los cargos, los artículos en revistas o los premios académicos en forma, sin más, paritaria. Cuando alguien va a un hospital o se matricula en una facultad de ciencias no elige (lógicamente) aquel o aquella en la que existe más paridad de género, sino aquel o aquella que cuenta con más profesionales de reconocida eficacia y prestigio (y si además hay paridad, mejor). Del mismo modo, cuando uno va a una exposición de pintura o lee un manual de filosofía debería esperar siempre encontrar allí las mejores pinturas o ideas filosóficas, sean cuales sean el género, la raza o la nación de quien las pinta o piensa. Pero no, en este caso algunos creen que se puede confundir del todo la cultura con la política. Total – parece pensarse –, como nadie sabe bien qué es el arte, y la idea de que existan ideas mejores o más verdaderas (en letras) parece ingenua – y hasta un poco fascista – , ¿qué más da imponer sin más criterios paritarios?   

Se aduce a veces que, dado que los criterios para decidir a quién se exhibe en una exposición, se le da un premio o se dispone en un programa académico (de letras), son una mera “construcción cultural” (los que creen esto descartan – por supuesto – que su creencia sea también una construcción cultural) y, sobre todo, una construcción cultural injusta (heteropatriarcal, etnocéntrica, etc.), toca decapitar dichos criterios y usar otros nuevos.

No me parece mala idea, pero solo si se demuestra que aquellos criterios están viciados y se proponen, a cambio, otros racionalmente más objetivos – desde la asunción de la posibilidad de tal objetividad, sin lo cual todo se reduce a la fuerza, aunque sea la de los votos – . Mientras tanto, el canon de un arte o un saber solo puede ser el que es. Tal como el hecho de que con él se muestre que si no ha habido más mujeres artistas, científicas o filósofas no es, fundamentalmente, porque su “genialidad innata como mujeres” (un mito populista igual que el que, a la inversa, mantiene el patriarcado) haya sido escondida o reprimida sino, simple y brutalmente, porque se les ha negado todo acceso a la cultura y a la expresión de su talento personal. Negar esto, buscando bajo las piedras figuras femeninas, sean las que sean, para dar a toda costa al canon histórico una apariencia paritaria que jamás tuvo la sociedad que lo produjo hace un flaco favor a la lucha por la igualdad de género. La historia no se puede reescribir. El canon presente y futuro sí y, si todo marcha como es debido, este tendría que estar, al fin, repleto de mujeres.

(Última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí).

jueves, 14 de junio de 2018

Sexo y empatía.


Tiziano. Bacanal de los andrios. 1523-26

Discutía estos días con algunos amigos, y a propósito de ciertos artículos en prensa, sobre la licitud moral del llamado “sexo sin empatía”, esto es, sobre la práctica sexual sin vínculos emocionales ni más miramiento por el otro que los que dictan la ley, la más elemental cortesía, o la simple mecánica de los cuerpos. Es el tipo de sexo que cabe esperar en relaciones esporádicas con desconocidos, o el que se exhibe en las películas porno. Pues bien, para algunos de mis amigos este tipo de relación sexual, y siempre que sea libremente escogida, es perfectamente lícita. Mientras que para otros, el sexo sin empatía es un caso paradigmático de “sexo machista”, algo que jamás será elegido por una mujer (que no esté ya condicionada por una concepción patriarcal de la sexualidad) y que hay que rechazar tajantemente. En el extremo, algunos afirman que el sexo sin empatía puede llegar a ser una suerte de violación encubierta... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.








jueves, 3 de mayo de 2018

La educación de la manada.


Mientras concibamos la educación como mera formación profesional y académica no hay nada que hacer. Los problemas de valores (y una violación lo es) no los resuelve la policía, ni los psicólogos, ni los discursos (ni de feminismo ni de nada). A nadie se le convence simplemente a palos, ni con terapias, ni con soflamas. A la gente se le convence permitiendo que expongan sus ideas, haciéndoles evidente que son erróneas (si es que lo son) y ofreciéndoles otras mejores. Se trata de razonar y dialogar, durante días, meses y años. Hasta que cambie lo único que puede hacer que cambie algo: lo que tenemos en la cabeza... De qué hacer con el problema de las agresiones sexuales a mujeres trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 8 de marzo de 2018

El género del feminismo



La perspectiva de género es necesaria, pero no es un fin en sí misma –el fin es acabar con una situación de dominio– , ni una «genero-logía» de los valores (diabólicos los de los varones, salvíficos los de las mujeres). El asunto de la identidad personal ligada al género es, por supuesto, relevante (y muy complejo: incorpora constantes biológicas y variables culturales muy diversas), pero no es el único elemento a tratar, ni su tratamiento debe reducirse a una dialéctica estéril entre burdos estereotipos (ya saben la fábula: las mujeres son empáticas, dadas al consenso y al cuidado, al pensamiento y la perspectiva relacional, etc., por lo que no solo acabarán con el dominio del varón, sino que traerán por sí mismas una arcadia democrática y ecológica imposible de lograr por los varones –competitivos, individualistas, de pensamiento unilateral, etc.–)... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuotas femeninas para la igualdad

Las políticas de paridad buscan promover la igualdad de género en empresas e instituciones. Como son los varones los que suelen ocupar los cargos más importantes, estas medidas suelen incluir “cuotas” para el acceso de mujeres a los mismos. Ahora bien, estas cuotas suponen convertir el género (femenino) en un criterio de discriminación tan decisivo como aquellos que solemos atribuir al mérito individual (currículo, experiencia, etc.). Esto no parece justo. ¿Pero lo es?... Sobre este asunta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

sábado, 27 de enero de 2018

La moralidad de los artistas a debate.

El pasado jueves, mantuvimos un interesante debate acerca de si debemos boicotear la obra de un artista cuya vida nos parezca moralmente despreciable. Ocurrió en El sol sale por el oeste, un programa de Canal Extremadura radio, y se puede escuchar aquí a partir del minuto cuatro.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Amores macarras

A muchas de mis alumnas les repugna – dicen ellas – el machismo, pero les encantan – lo sé – los cantantes ultra-machotes que, en sus vídeos y letras, se sirven de las mujeres aproximadamente igual que los de la manada de Pamplona. ¿Qué hacer con estas chicas “irremediablemente enamoradas” de macarras tipo Maluma?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Maternidad subrogada: ¿Libertad o dignidad?

Jean Marchand. Maternity (1921)
El problema de si debemos regular legalmente (o prohibir) los embarazos subrogados (los “vientres de alquiler”) es, al fin, un asunto de principios. Diríamos que el principio favorito de los defensores de la regulación es el de la “libertad”, mientras que el preferido de los prohibicionistas es el de la “dignidad” de la persona gestante.

¿Libertad o dignidad? El asunto no es, ni muchísimo menos, tan simple. Ya el propio concepto de libertad es problemático. Para unos consiste en “hacer lo que te propongas sin otro impedimento que los propios límites y el derecho de los demás”. Pero para otros consiste en otra cosa, por ejemplo en “actuar según principios aceptados racionalmente por uno mismo”.


La primera de las acepciones es común a las posiciones políticas liberales. Se funda en la voluntad (en la pura elección subjetiva) antes que en la razón y en una noción básica del principio de propiedad (que algo sea mío – mi cuerpo, mi vida... – significa que hago lo que quiero con ello). Muchos justifican la maternidad subrogada (y otros asuntos no menos polémicos como la prostitución, la venta de órganos o el aborto libre) atendiendo a esta concepción de la libertad...

Sobre todo esto trata nuestra nueva colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Por la raja de tu falda

Justificar la censura del cuerpo o la ropa de alguien «porque provocan emociones y acciones que no podemos controlar» equivale a eximirnos de nuestra condición humana y concebirnos como un autómata. Es, además, el mismo argumento que emplean los defensores del «burka». O –en otro orden de cosas, pero que siempre viene muy al pelo– los enemigos de la libertad de expresión: «como eso que dices, o de lo que te ríes, vulnera mis sentimientos o mis creencias, te callas»... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí  

miércoles, 7 de junio de 2017

¿Pueden los varones hablar de feminismo?

... Otro argumento para segregar a los varones en ciertos foros feministas es que “el feminismo (como otras teorías emancipadoras) debe ser explicado y defendido con prioridad por aquellos que sufren, en primera persona, este tipo de opresión”. Creo que esto es otra versión de la falacia “generis causa”. Sufrir el machismo no te hace necesariamente más experto o eficaz en la exposición o defensa del feminismo. Igual que ser víctima del terrorismo o el racismo no hace a alguien necesariamente más capaz de explicar sus causas o proponer medidas para erradicarlos (lo cual no significa, obviamente, que no haya que escuchar a las víctimas). Las ciencias, o incluso la praxis política, son tareas que requieren una distancia y objetividad que no es siempre favorecida por la experiencia en primera persona... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El mito del mito del amor romántico.

No creo que se deba arramblar, en bloque, con todo lo que significa el amor romántico. Yo no les diría sin más a mis alumnos que el amor no es lo más poderoso e importante del mundo, ni que la entrega completa a los demás es por principio inaceptable, ni que en el amor no es deseable soñar al otro en su forma ideal, ni que no hay nada bueno o noble en los cuentos de príncipes y princesas”... Lo que sí haría sería discutir, amorosamente, sobre todo esto.  Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

domingo, 26 de febrero de 2017

Prohibido prohibir canciones.

Torta Golosa, el reggeaton más feminista
Un profesor de filosofía promueve una recogida de firmas para impedir la difusión de canciones machistas (se citan las de Maluma, Guns N'Roses, Robin Thicke y otros). No es la primera vez que se intenta algo semejante. Hace unos meses una petición para retirar una canción del cantante Maluma alcanzó las 100.000 rúbricas. Antes de esto se han sucedido campañas, denuncias y condenas a tuiteros por sus tuits (al concejal Zapata), a escritores por sus libros (a la novela juvenil de Maria Frisa), a directores por sus películas (Fernando Trueba), o incluso a artistas por sus espectáculos callejeros (los titiriteros del carnaval de Madrid)... Sea como estrategia en la lucha por el poder o con la mejor de las intenciones, desde la derecha reaccionaria o desde la izquierda más ciega e incompetente, el hecho es que parece que vuelve la censura, lo que es a todas luces una barbaridad sin paliativos... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. 

martes, 3 de enero de 2017

Año nuevo con los culos de Maluma

Si en la letra de “cuatro babys”, la famosa canción de Maluma que ha provocado tanta indignación, las mujeres se reducen a un amasijo de pelo, labios y nalgas sin mucha voluntad (“chingan cuando yo les digo / ninguna me pone pero), pero eficientes (“Y es que todas maman bien / Todas quieren chingarme encima de billetes de cien”), en “borro cassette”, la alegre canción con que TVE inauguró el pasado domingo el año, la mujer es fundamentalmente algo a lo que emborrachar para llevarse a la cama (“te dije mami, tómate un trago / Y cuando estés borracha pa´mi casa nos vamos”). Ni que decir que la coreografía de las cuatro bailarinas representaba a la perfección el modelo femenino elegido para ilustrar la apertura televisiva del año, o de lo que sea que haya que abrir ante el renovado empuje del macho macarra y castigador que representa el tal Maluma. Como vieron, todo un poderoso mito que contar en los ritos mediáticos de renovación anual de nuestros sagrados valores: las mujeres exhiben y contonean el culo, preferiblemente borrachas, y el varón es el chulo que las chinga sin oír un pero. De este hilo de Ariadna se puede desovillar el resto del laberinto de nuestra minotaurica cultura... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

domingo, 1 de enero de 2017

¿Hacer puentes o hacer amigos? Sobre género y moral.

No son pocos los estudios y experimentos que apuntan a una diferencia morfológica y funcional entre el cerebro de los varones y el de las mujeres. El tema es enormemente controvertido. Pero los datos dan mucho que pensar. Según el profesor de psicología de Harvard Simon Baron-Cohen (La Gran Diferencia) los varones poseen un cerebro más apropiado para “analizar sistemas” (desde los más mecánicos hasta los más abstractos), y las mujeres para comunicarse y empatizar con los demás. No es broma. Parece que si tomas a un bebe recién nacido y lo colocas frente a un panel con distintas fotografías, la mayoría de las niñas se fijan en imágenes de rostros humanos, y la mayoría de los niños en imágenes de artilugios mecánicos... Sobre esto trata nuestra última colaboración en el diario.es. Para leerla pulsar aquí.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

¿Se puede no ser machista y gustarte el reggaeton?

La canción se llama “cuatro babys”, la canta un tal Maluma, y es de un machismo tan descarnado y repulsivo que ya ha provocado la habitual petición de retirada en change.org. ¿Debe uno subscribir esa petición? Pese a la repugnancia moral que provoca la canción, creo que la respuesta debe ser no.


Es una cuestión de principios; cantar una canción no vulnera ninguno que sea fundamental, prohibir que se difunda sí: el de la libertad de expresión. Se trata, también, de mantener claras ciertas distinciones: decir, ver, oír, leer... no son lo mismo que hacer. Que te guste una canción machista no te hace necesariamente machista, como que te guste ver El Padrino no te hace obligatoriamente mafioso...  De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el resto delartículo pulsar aquí.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Piropos. Contra el hombre galante.

Con el piropo irrespetuoso el varón exhibe, de nuevo, su rol de protector (la mujer a la que se piropea es justo la que va sin «protección» masculina), reivindica su dominio del espacio público (la calle, el lugar de trabajo, allí donde la mujer, fuera de su «lugar natural» --el hogar--, se ofrece a la «caza»), y se apresta a revalidar, casi siempre delante de otros machos, su virilidad u hombría. Pocas cosas hay más ajenas a una relación respetuosa entre seres humanos que esa costumbre, típica de hombres jóvenes, de acosar en manada. ¿Qué se puede esperar tras semejante rito de iniciación?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura

sábado, 1 de octubre de 2016

El tabú de la prostitución.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



La prostitución es una actividad que casi siempre ejercen y padecen las mujeres más vulnerables de la sociedad, y es una lacra terrible que, en muchas ocasiones, acaba moral, psicológica y hasta físicamente con ellas. La inmensa mayoría de las mujeres que se prostituyen lo hacen obligadas por la fuerza o acuciadas por la necesidad, y en casi todos los casos son explotadas, violentadas y humilladas por mafias, proxenetas y clientes. ¿Qué se puede hacer? ¿Prohibirla tajantemente y perseguir con todo el peso de la ley a aquellos que la fomentan y demandan? ¿O legalizarla del todo, para dotarla, al menos, de las condiciones de seguridad y protección social de cualquier otra actividad laboral? En torno a esta cuestión hay un viejo y complejo debate que no vamos a reproducir ahora. Hay un aspecto, sin embargo, que me parece que se descuida: el del daño moral que se causa a la persona que se prostituye cuando se denigra más de lo que es razonable la actividad que se ve forzada a ejercer. Me parece que el juicio moral (casi siempre superficial y cargado de prejuicios – de uno u otro signo – ) que suele hacerse del ejercicio de la prostitución es una de las causas del frecuente deterioro psicológico y personal de las mujeres que se ganan la vida con el negocio del sexo. Y no sería mal propósito librarlas, cuando menos, de esta injusta carga.

La prostitución puede ser una actividad indigna, como lo es, sin duda, cualquiera en la que se mercadee con aquello que constituye nuestra humanidad, o nuestra identidad como personas. Pero justo por eso, y salvo por el tabú que rodea a todo lo sexual, no veo que la prostitución tenga que ser más indigna que otras actividades “laborales” en que también se compran y se venden determinados atributos o capacidades humanas, sean físicas, psicológicas o de cariz más espiritual. Hasta ahora nadie ha sabido explicarme – por ejemplo – por qué razón ha de resultar moralmente reprochable vender o alquilar el cuerpo cuando lo hace la prostituta y no cuando lo hacen la masajista, el minero o el descargador de muelle. Si hacemos abstracción de las terribles condiciones en que se ejerce habitualmente la prostitución, no creo que haya – racionalmente hablando – ninguna diferencia moral entre vender el uso de las manos y el de los genitales. La distinción es cultural, mítica, incluso religiosa. Solo bajo la influencia de creencias profundamente irracionales podemos llegar a creer que las personas (y en especial las mujeres) guardan la dignidad entre las piernas más que en las manos (que, por cierto, nos distinguen mucho más específicamente de los animales que ningún órgano sexual) o en cualquier otra parte de sí mismas. Estas creencias permanecen vigentes hoy: nadie culpabiliza a nadie por “vivir de sus manos”, pero sí por “vivir de sus genitales”. Este prejuicio moral, repito, va más allá de las condiciones deplorables de esclavitud en que operan normalmente las prostitutas. En el hipotético caso de que una mujer eligiera ejercer la prostitución de forma voluntaria y en las mejores condiciones imaginables (como, quizás, algunas prostitutas de lujo), la gente seguiría denostándola por comerciar con esa dimensión “tabú” del cuerpo, a la vez que seguiría admirando a los rudos mineros o a los deportistas de élite, como si estos no vivieran, también, del comercio con sus cuerpos.

El que a mucha gente le parezca indigno prestar un “servicio sexual” (lo cual, ciertamente, es indigno), pero no cualquier otro que implique la compraventa de los atributos y habilidades humanas parece un tanto inexplicable. ¿Por qué es presuntamente digno vender tus servicios como asesora bursátil, psicóloga, actriz o masajista...y no como prostituta? Hace unos años leí que en algún lugar de Alemania el Estado contrató a unas “trabajadoras del sexo” para que prestaran sus servicios a  individuos que, debido a sus discapacidades (eran deficientes psíquicos), carecían de una vida sexual satisfactoria. Algunas de estas personas, al decir del personal que las atendía, mejoraron su salud y sus condiciones de vida. Pero al poco tiempo, y por razones "morales", la medida se suprimió: despidieron a las prostitutas. Aunque mantuvieron a las masajistas. ¿Por qué? ¿Qué diferencia esencial hay entre lo que hacían unas y otras? ¿Por qué es más indigno – de nuevo – vivir de tus manos que de tus órganos sexuales?

La mayoría de la gente que saluda respetuosamente a alguien por ser abogado, artista, profesor, etc., desprecia a la vez a quien ejerce la prostitución (incluso aunque la prostituta sea elegante y gane mucho dinero). Y sin embargo, y puestos a medir la dignidad o indignidad de estos oficios o actividades, la diferencia puede ser abismal... a favor de la prostituta. Al fin y al cabo, ella solo vende su cuerpo, mientras que lo que los otros venden es su talento al mejor postor. ¿O no es un tipo de prostitución infinitamente más deplorable la del abogado que pone su habilidad al servicio de un capo de la mafia, o la del artista que se vende a los dictados del mercado, o la del profesor que enseña aquello en lo que no cree? Por no hablar del político que vive de vender su carisma y sus habilidades sofísticas a los poderosos que lo encumbran.

No. El oficio más antiguo del mundo no es el más indigno de todos. Ni mucho menos hace indigna a la persona que se ve forzada a ejercerlo. Los hay muchísimo peores. Los hay tan sumamente indignos que en ellos, sin ser obligados por miseria o violencia alguna, los hombres se venden íntegramente en cuerpo y alma. Y el alma – recuerden – es lo único que aprecia ese supremo putero que es el diablo.



jueves, 1 de septiembre de 2016

¿Cómo es un cuerpo feminista?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



El encuentro de voley playa de las pasadas olimpiadas entre jugadoras egipcias vestidas con una especie de burkini y alemanas con bikini ha dado mucho que hablar. Si bien para algunos representaba el contraste entre una sociedad cerrada que oprime a las mujeres (la islámica) y otra que les permite vestir como quieran (la nuestra), para otros la foto reflejaba dos formas distintas de opresión patriarcal sobre la mujer. Según estos, si la jugadora egipcia era obligada a ocultar su cuerpo para no perturbar sexualmente a los hombres, la jugadora alemana era forzada (bien que sutilmente, mediante reglas deportivas aparentemente inocuas) a lo contrario: a exhibir su cuerpo para satisfacer a los espectadores varones. En ambos casos – añadían – el cuerpo de la mujer era concebido, de forma denigrante, como mero objeto sexual... No sé si este análisis es lo suficientemente certero (de entrada, no parece comparable el grado de opresión patriarcal que representan las jugadoras egipcias que el que se les supone a las alemanas). Pero pongamos que lo sea. ¿Qué nos tocaría hacer, entonces, para evitar esta doble opresión – tapar/exhibir – sobre el cuerpo de la mujer?

Es normal, por ejemplo, que muchas mujeres que sufren la imposición social y religiosa del burka y otras prendas por el estilo (cuya principal función es ocultar los rasgos sexuales del cuerpo) conciban la liberación como una “puesta en valor” de su atractivo físico en el “mercado” de las relaciones libres que se estilan en occidente. Estas mujeres se desprenderían así del burka y adoptarían con sumo gusto el bikini y el resto de prendas y prácticas que acentúan, según los estándares estéticos, su valor sexual.

Justo al revés, algunas mujeres occidentales que sienten como una imposición el bikini y otros aderezos para realzar su cuerpo (maquillaje, tacones, depilación...) según cánones comunes – es decir, patriarcales – tienden a expresar la liberación de esas ataduras neutralizando sus rasgos sexuales. Así, visten con ropas holgadas, prescinden de cierta lencería, llevan el cabello de forma poco llamativa, etc. Diríamos que hay una suerte de estética feminista en el modo de vestir y mostrar el cuerpo cuya finalidad parece aproximarse, así (aunque por causas muy distintas) a la de prendas como el burkini. Alguien escribía hace poco que si el burka tenía alguna ventaja era precisamente la de librar a las mujeres de las exigencias estéticas que nuestra sociedad les impone...

Pues bien, entre estas dos formas de entender la liberación de la opresión patriarcal sobre el cuerpo, la primera (la de las musulmanas que desearían pasar del burkini al bikini) me parece errada, mientras que la otra (la de las feministas occidentales que pasan del bikini a una cierta “estética burkini”) me parece más consistente. Las primeras pasarían de la consideración de objeto sexual para uso privado de sus maridos (para eso se les tapa en público) a la de objeto sexual de exhibición pública. Las feministas occidentales, en cambio, acertarían al intentar librar a sus cuerpos de la consideración de fetiche sexual. Aunque claro, si lo que queremos no es, lisa y llanamente, negar el cuerpo y la sexualidad, esto exige una nueva estética de lo corpóreo (en este caso, del cuerpo femenino).

Esta nueva estética no podría tomar el camino de lo natural. El cuerpo de la mujer ha sido diseñado por la evolución no solo para atraer, sino también para retener sexualmente al varón, de manera que este coopere en la larga y costosa crianza de la prole; de ahí el celo continuo, la permanente hinchazón de los senos, el grosor de los labios, y otros rasgos sin otro fin que el de hacer del cuerpo de la mujer un objeto de permanente estimulación sexual. Descartada así toda “estética natural” (no valdría simplemente con quitarse la ropa), o el recurso a la ingeniería genética (de momento, prohibido), solo queda inventar una nueva cultura estética del cuerpo y sus aderezos que se aleje de los patrones patriarcales (tan ligados, por demás, a lo natural), y que sea, por tanto, y si cabe decirlo así, más “espiritual”, pero que, de otro lado, no oculte la dimensión inevitable – y deseablemente – sensual de lo corpóreo (algo que no sea, en ningún caso, una suerte de burka feminista). ¿Lo conseguiran? No parece una tarea fácil. Aunque sí excitante.


martes, 12 de abril de 2016

Úteros artificiales

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Últimamente, he vuelto a leer y discutir sobre ectogénesis o úteros artificiales, un tema recurrente en el ámbito de la bioética. El problema arranca de la posibilidad, cada vez más cercana, de gestar crías humanas fuera del vientre materno, en dispositivos diseñados para substituir al cuerpo de la madre. ¿Se debe o no se debe dar vía libre a este tipo de tecnología? ¿Es deseable o no contar con esta posibilidad (obviamente, sin forzar a nadie a hacer uso de la misma, y suponiendo que el dispositivo cumple, en efecto, todas las funciones fisiológicas que realiza el vientre materno)?

Una opinión extendida afirma que este artilugio no solo libraría a las mujeres de las molestias y riesgos del embarazo sino que, mucho más, supondría una revolución cultural mil veces mayor que la que provocó a mediados del siglo pasado la generalización de la píldora anticonceptiva. Entre otras cosas – se afirma – , este útero artificial crearía las condiciones para una igualdad plena entre varones y mujeres, y liberaría definitivamente a las madres del "rol" biológico que (frente al “rol” jurídico y moral, generalmente asociado al padre) mantienen en las familias y culturas tradicionales. Todo esto me sonó muy convincente, pero cuando lo he comentado con algunas amigas (la mayoría bastante “progresistas”, por lo general, en asuntos morales) me han mirado con el ceño fruncido y me han contestado que esto de los úteros artificiales es una barbaridad inaceptable. ¿Por qué? – les he preguntado yo—. Y aquí vienen sus razonamientos.

Casi todas afirman que la experiencia del embarazo y el parto es, en general, y pese a molestias y dolores, enormemente enriquecedora. Si les pregunto qué tiene de enriquecedor estar tantos meses en una condición física tan frágil y molesta, por la que han de interrumpir o poner en suspenso su vida normal, y que les aboca a un parto más o menos doloroso, me dicen que todo eso se ve compensado por la gratificación afectiva que supone sentir como su hijo se desarrolla dentro de ellas. Si les pregunto si no sentirían lo mismo (o más aún) viendo y oyendo claramente y cada día al embrión a través del cristal o el plasma de una máquina, me dicen que no es lo mismo “ver” que “sentir por dentro”. Si insisto y les digo que con la máquina – que tendrían en su casa, y llevarían consigo cuando quisieran – podrían hasta tocar a su hijo (mucho más allá de sentir las "patadas" del feto), hablar con él cara a cara, espiar diariamente sus más mínimas reacciones (mucho mejor que con la mejor de las ecografías), jugar con él, etc., vuelven a insistir con el misterioso “no es lo mismo”, y con que el vínculo biológico “vientre-hijo” es incomparable con la relación a través de una máquina. Si les objeto que la máquina permitiría un vínculo compartido y en igualdad de condiciones con su pareja (los dos podrían ver, oír, tocar a cada momento a su hijo, jugar con él, etc.), me dicen que...

Si añado que quizás lo que les molesta es perder el papel protagonista que siempre han tenido las mujeres en la gestación y el parto, me dicen que su identidad y autoestima ya no depende – por fortuna – de ser o no ser madres. Pero si vuelvo a empezar y les recomiendo, entonces, que se piensen mejor lo de la ectogénesis, ellas vuelven a empezar con lo de la "maravillosa experiencia" íntima que es la gestación tradicional... Y si sigo y sigo, la conclusión es a veces esta: "mira – me dicen – esto es difícil de explicar, y de entender, y más aún no siendo una mujer”. Ante tal (y tan hormonal) argumento, no tengo más remedio que callarme. Aunque no por eso lo tenga más claro.

Así que, si hay alguien (independientemente de su sexo) que pueda explicarme qué virtudes o ventajas insuperables tiene el embarazo natural sobre la gestación en un útero artificial, soy todo oidos.

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