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jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

jueves, 5 de marzo de 2026

La filosofía como vacuna frente al integrismo: una vieja entrevista en Canal Extremadura TV

Encuentro esta vieja entrevista en Canal Extremadura Televisión hablando sobre la formación filosófica como vacuna contra el integrismo en los más jóvenes. Eran los años de plomo del terrorismo yihadista tras la desastrosa guerra de Irak y el surgimiento del Estado Islámico (Los mismos en que la ley del ministro Wert pretendía acabar con la filosofía en Educación Secundaria). 

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


miércoles, 23 de abril de 2025

¡Qué nos gobierne el papa!

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

La Iglesia católica en general, y el Estado vaticano en particular, representan instituciones y estructuras de poder dogmáticas, antidemocráticas y patriarcales. Cuando han tenido más poder de la cuenta han resultado siniestras y peligrosas. Y en ellas han proliferado la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria y el resto de los pecados capitales. No es nada que no ocurra en muchas otras organizaciones, pero en el caso de la Iglesia (de casi cualquier iglesia), en la que el poder se justifica por la virtud de quien lo detenta, los vicios resultan especialmente graves.

Dicho esto, la Iglesia católica es quizás una de las instituciones que más cerca ha estado (retóricamente al menos) de plasmar el viejo sueño filosófico de un gobierno del mundo fundado en la virtud y el conocimiento – del conocimiento revelado por Dios, claro, más o menos compatible con el de la razón –. Es por ello por lo que la sociedad medieval cristiana se organizó idealmente como una especie de república platónica en la que el estamento de los más sabios y virtuosos teólogos y religiosos aspiraba a una cierta prevalencia no solo espiritual, sino también política sobre la nobleza guerrera y el estado llano. De hecho, durante gran parte de la Edad Media occidental se debatió intensamente sobre si el poder supremo del mundo debía pertenecer al emperador o al Papa. Si las leyes políticas debían ser la continuación, como se pensaba entonces, de las emanadas de Dios, la respuesta estaba clara (aunque, en la práctica, la espada pudo siempre mucho más que la cruz).

Hoy las cosas parecen muy distintas. «Muerto Dios» (o más bien su concepción más humanista y razonable), según Nietzsche, y enterrado el ideal de una razón sustantiva en que fundar el orden social, diríase que el derecho solo puede apoyarse en la fuerza (incluyendo la fuerza de las mayoría que rige las democracias), en imaginarios y valores bastante más irracionales que los religiosos (como los que alimentan el nacionalismo o el transhumanismo), o en un vago compromiso cívico con pactos y procedimientos  adelgazados de casi todo sentido moral y trascendente.

Ante esta debilidad congénita del derecho moderno, no es raro que florezcan caudillos populistas dispuestos a anteponer su voluntad – y la de las masas que seducen – sobre cualquier consideración normativa. Estos nuevos reyes del mundo no lo son, ni siquiera simbólica o retóricamente, por sus capacidades espirituales, ni pretenden encarnar otros valores que los del estado de naturaleza (egoísmo, ambición, violencia, oportunismo…). Son productos grotescos de una civilización en plena decadencia, en la que ya ni siquiera se guardan los ritos ni las formas – esas últimas salvaguardas de la ley –. Piensen en estos nuevos y desvergonzados emperadores: Donald Trump, Elon Musk, Vladimir Putin, Xi Jinping… Puede parecer de locos decir esto pero, puestos a elegir, preferiría que, en vez de ellos, gobernase el mundo un papa como Francisco. Tal vez acabara corrompiéndose, como todo lo que es humano y mortal, pero creo que, con tipos como él, el diablo lo tendría mucho más difícil para intentar demostrar que existe.

miércoles, 17 de julio de 2024

Juegos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Decía Ortega y Gasset que la vida no tiene más sentido que el de un gigantesco espectáculo deportivo. Vistas
«desde dentro», y sujetas a las reglas que inventamos, las cosas cuadran, existen medios y fines, la gente se entrega, sufre y goza hasta lo indecible. Visto «desde fuera», objetivamente, es algo completamente arbitrario, un simple juego ante el que cualquier asomo de gravedad o compromiso resulta patético. Pasa como con el fútbol. Visto «desde dentro» es un grandioso fenómeno cultural, una historia épica llena de sentido, lucha, triunfo y belleza. Visto «desde fuera» no hay más que veintidós homínidos dándole patadas a una bola de trapo hasta meterla con incomprensible alborozo en una red.

Es así. A vuelo de pájaro nuestros afanes diarios, nuestras vidas enteras, parecen insignificantes: una coreografía fugaz y apresurada, puro teatro del absurdo, una broma que nadie entiende. Tal vez sea por esto por lo que a los seres humanos nos gusta tanto jugar. Johan Huizinga, el filósofo que nos describió como «Homo ludens», decía que uno de los rasgos positivos del juego era la creación de un cosmos, de un orden cerrado en relación con el cual era posible el logro de una cierta ilusión de perfección con la que reforzar el orden incompleto e intrascendente de la existencia. Mientras que en el cosmos delimitado del juego uno puede aspirar a dominar, aprender y triunfar, en el universo real, fundamentalmente inconmensurable con nuestros deseos e ideales, no parece que quepa más que una frustración tras otra. 

Pero el juego, por perfectamente ordenado e ilusionante que sea, no puede distraernos más que un rato del paso mortal del tiempo. Cuando acaba el juego volvemos de nuevo a la insignificancia, a la conciencia de que todo está condenado al olvido, y de que, por ello, no hay afán o pasión que merezca mínimamente la pena. Por ello hay quien se agarra con desesperación al vicio lúdico, persiguiendo la sombra de sentido que encuentra en él, o quien cambia radicalmente de juego, sustituyendo el pasatiempo deportivo o el juego de azar por el juego religioso, mucho más intenso y penetrante, y cuyo premio explícito es la victoria definitiva sobre la muerte y la nada. Todo juego tiene algo de rito y de vínculo simbólico con lo trascendente; pero la religión convierte esta dimensión en la parte central del espectáculo, exigiendo, además, una entrega absoluta de los jugadores. La apuesta lo merece, pensaba Pascal.

¿Y qué hay del juego artístico o de la especulación filosófica? Estos juegos son, sin duda, menos potentes que el religioso, pero a cambio dan mayor protagonismo al jugador. Y en lugar de una cierta ilusión (como el juego deportivo), proporcionan una ilusión cierta. A saber: la de saber que si todo fuera realmente un cuento repleto de ruido y furia narrado por un idiota, no entenderíamos nada. ¡Pero es un hecho que entendemos! Incluso que entendemos todo lo que no entendemos. Apliquen el viejo método de exhaución y se aproximarán a la cuadratura del círculo. Y si no quieren decir eureka, o evohé… griten al menos ¡gol!

martes, 17 de mayo de 2022

Sexo, drogas y religión

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Lamento ponerme lírico, pero la primavera nunca ha sido una estación de penitencia fácil. Pese a las apariencias, o precisamente por ellas, a mí me resulta casi insoportable. No hay luz que, como la suya, desvele tan cruel y claramente nuestras miserias y, a la vez, nuestros deseos más imposibles, aquellos que, como decía el poeta, son una pregunta cuya respuesta no existe.

No sé cómo lo ven ustedes, pero hay algo en la luz y la lucidez sensual de estos días que despierta al amor más inefable y enfermizo. Ya sabrán por experiencia que padecemos del mal crónico de la insatisfacción y que, hechos como estamos – dice otro plomizo poeta – de la materia de los sueños, no podemos conformarnos con nada que no sea ese todo que prometen, como un espejismo mentiroso – como un camino sin retorno – todas las mañanas de abril del mundo.

Porque la primavera no es solo la encarnación del mito de la reencarnación de las almas y la resurrección de los cuerpos, que suponemos rebrotarán un día como el azahar o las garrapatas, sino el fuego que nos recuerda la expulsión del paraíso y el inicio del ciclo del tiempo en torno al recuerdo de lo entrevisto y extraviado.

Dicen los mitos, y explican algunos filósofos (habitualmente los más feos) que toda belleza es el espejismo sensible de una perfección y plenitud que no podemos ni concebir, pero con la que alguna vez fuimos uno y de la que, por algún extravagante motivo, se nos separó, condenándonos, como a Sísifo, a hacer rodar el tiempo en este vía crucis consistente en ir deshaciéndonos de todo lo que parece pero no es.

Si el tiempo es deseo, la primavera es el mecanismo que le da cuerda, su forma misma. Platón inventó un cuento para pensarlo. Contaba que allá en las cumbres eternas del Olimpo, donde celebran los dioses su fiesta inmortal, y justo el día que – no casualmente – se festejaba a Afrodita (diosa de la belleza), el dios que todo lo tiene (un tal Poros) y la diosa carente de todo (llamada Penia) tuvieron accidentalmente un hijo al que llamaron Eros (es decir: Amor). Este diosecillo bastardo, apunta el filósofo, somos nosotros, que, como hijos caídos del cielo, hacemos tiempo enamorándonos fugazmente de todo aquello que afrodisiacamente (por Afrodita) nos recuerda y señala el camino a casa.  

Este amor por las señales es la sustancia misma del fenómeno religioso, que, en sentido genérico, no es otra cosa que el deseo erótico de religarse con aquella plenitud que fuimos y de cuyos excitantes destellos nos parece ver un reflejo en los días y los cuerpos que más lucen. Desde esta perspectiva, religión es todo: es lo que hacen el filósofo o el científico cuando buscan volver al Reino (la realidad real) a través de la idea que lo comprende y unifica; o lo que padece el artista, empeñado en duplicar el espejismo de la belleza idealizado por su imaginación; o lo que obran el santo o el héroe, encarnando ese mismo ideal con sus hazañas. Y religión es también lo que hace primaveral y humildemente la mayoría: dejarse de ideas y salir a pillarla.

La embriaguez es una de las formas más primarias de manifestación de lo religioso. En todas las culturas, la pérdida parcial o total de la conciencia y el logro proporcional de un determinado estado emotivo es parte esencial del rito por el que se busca la religación con lo Absoluto. En la mayoría de las religiones tradicionales, ese estado de embriaguez se logra mediante la danza, el canto o el rezo rítmico, la exposición a estímulos y situaciones con efecto emocional (imágenes magníficas, músicas sublimes, olores, daños o gozos físicos…) y no pocas veces con el consumo de sustancias estimulantes. Se supone que ese estado de gracia, es decir, de entusiasmo ciego (de fe) y liberador (de la razón), es el que nos predispone al encuentro con lo divino.

¿Hace falta decir mucho más? Todo el ritual que celebramos por las calles en esa fastuosa fiesta de la primavera que es la Semana Santa cumple con casi todo lo dicho. Observen si no ese magnífico teatro barroco lleno de músicas sentimentales, imágenes danzantes, cantos descarnados, olores sensuales, trajes de fiesta y madrugadas en vela que transforma estos días nuestras calles y ocios. 

Y de este espíritu religioso no se libra nadie, ni los que celebran la pasión de forma (aparentemente) más profana. Los miles de jóvenes, por ejemplo, que invocan y festejan el deseo de plenitud primaveral bebiendo y bailando en las terrazas de esos bares low cost que son las bolsas del super. Fíjense: ritmo, cánticos, danzas, luces oscilantes, olores, y esa belleza fugaz, gloriosa y terrible de los días y los cuerpos. Es lo mismo: pura primavera, absoluto deseo, y una nostalgia incurable para la que no tenemos más remedio que el embriagador bálsamo de fierabrás de la religión. Amén. O evohé. Lo que ustedes prefieran.

martes, 9 de marzo de 2021

Pesimismo y democracia

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

La idea moderna de Estado se fundó sobre la creencia de que los seres humanos somos, por definición, malos y egoístas. Una creencia (esta del “homo hominis lupus”) que no se deja corroborar por hechos (de hecho, sin la gran capacidad para cooperar que tenemos no estaríamos ahora aquí), pero que se sigue de una cierta concepción judeocristiana de la naturaleza culpable del hombre, algo de lo que no se libró en absoluto una modernidad que, en gran medida, es la hija secular del protestantismo.

Un buen ejemplo de este estado ideológico-religioso de cosas fue la institución, durante el siglo XVIII, de la democracia representativa en sus dos principales versiones: la norteamericana y la francesa, ambas salidas, en gran parte, de las cabezas de los filósofos (de Locke, la primera, y de Rousseau la segunda), y ambas empeñadas, pese a sus discrepancias, en mantener un pesimismo congénito con respecto a la condición humana en general – y a la del pueblo en particular –.

Muestra de este pesimismo recalcitrante es el reparto de funciones en la democracia liberal, en la que el pueblo reina (u ostenta la soberanía) pero no gobierna, sino que se limita a refrendar con su voto a las élites de notables (los partidos) que se turnan en el poder. Tras esta distribución de tareas está la presunción, no solo de la incapacidad del pueblo para gobernar, sino, más aún, del incorregible egoísmo de la mayoría, lo que no daría pie a más proyecto común que al de un “laissez faire” arbitrado por el Estado. Muchos siguen creyendo hoy que es esto, y no otra cosa, lo único que puede y debe ser la democracia: un simple marco legal en que dirimir (de forma más o menos equitativa) la inevitable lucha darwiniana por la existencia. 

De otra parte, en el modelo republicano de estado debido a Rousseau y la Revolución francesa, menos escéptico con las virtudes ciudadanas, e instituido en torno a la idea de un bien común (y no a la de un común egoísmo, como el estado liberal), el pesimismo se plasma en la creencia por parte de las élites precursoras (tan ilustradas y burguesas como las del modelo liberal) en la incapacidad del pueblo para tomar conciencia de sus intereses y ejercer directamente el poder. De ahí la necesidad de múltiples instituciones y procedimientos (doble cámara de representantes, tribunales superiores, listas cerradas…) destinados a ralentizar y filtrar la participación política, así como la insistencia en la instrucción del pueblo, una educación que se va a desarrollar antes como adiestramiento moral que como educación para el ejercicio autónomo de la ciudadanía.

Diríamos, por simplificar (seguramente en exceso), que la democracia moderna ha oscilado habitualmente entre un pesimismo de derechas y otro de izquierdas, elitistas y desconfiados los dos del ejercicio del poder por parte del pueblo (esto es: desconfiados del ejercicio mismo de la democracia). Para los primeros, los individuos serían tan irracional o apasionadamente codiciosos que al Estado solo le cabría arbitrar unas mínimas reglas de juego en la competencia entre unos y otros (cada uno con sus legítimos, aunque privadísimos intereses); para los segundos, el pueblo estaría siempre tan carente de ilustración que es el Estado el que tendría que hacerse cargo de él, sometiéndole (por su bien) a un sinfín de leyes restrictivas (hoy, hasta del lenguaje mismo) y a un férreo adiestramiento educativo en los valores naturalmente correctos (de la ciudadanía, la revolución, la patria…), para que nadie (salvo el Estado y sus ministros de la verdad y la cultura) pueda manipularlo; todo ello dirigido al logro (como rezan algunos decretos educativos actuales) de la “salud mental y física” de los ciudadanos – algo que no deja de recordar, vagamente, a los jacobinos comités de salud pública – .

Ahora bien, frente a estas dos expresiones de pesimismo y democracia elitista y alienante, con sus correspondientes dosis de violencia (la del mercado y la del Estado, la de los hechos y la de los dogmas), ¿por qué no recordar esa otra concepción optimista de la política, no entendida ya como mal necesario (con que reprimir o adiestrar nuestra viciosa y manipulable naturaleza), sino como actividad imprescindible para nuestro desarrollo como ciudadanos y personas (aspectos estos que la modernidad se ha empeñado erróneamente en separar)? Al fin, solo la política es capaz de someter a principios los hechos y de cuestionar, por principio, los dogmas. De hecho, solo somos malos y dogmáticos cuando no tenemos otros principios mejores a los que atenernos. Principios que, para ser nuestros, tendrían que ser pensados, elegidos y aplicados por nosotros mismos. Echémosle optimismo. Y democracia.

 

 

 

miércoles, 16 de enero de 2019

¿Pero no son los tontos más felices?


El anti-intelectualimo moderno, con su raíz religiosa (rebrotada en el fideísmo protestante y sus variantes contemporáneas –como el evangelicalismo–), es consustancial al populismo conservador (sus valores –la familia, la patria, la tradición...– formarían parte de ese presunto «estado de naturaleza» presto a corromperse por el exceso de sofisticación intelectual). El problema es que también es consustancial a la casi totalidad de la cultura moderna, especialmente la anglosajona (tan tradicionalmente recelosa de la «intelectualidad» como apegada a la religión y la democracia). Hoy día, el anti-intelectualismo es el nexo de unión entre movimientos tan dispares como el neoconservadurismo y el ecologismo radical, y empapa y vertebra la cultura de masas (de inspiración, justamente, anglosajona), la espiritualidad «new age», los movimientos alternativos o el «pensamiento postmoderno»... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 15 de noviembre de 2018

Ética y "catecismo laico"


¿Cómo evitar que una “educación para la ciudadanía” necesariamente impartida por el Estado no degenere en algo que la derecha pueda tildar (y con cierta razón) como un tipo de “catecismo laico”? Fácil. Con una herramienta útil, en general, para compensar todo adoctrinamiento ideológico en la escuela (o fuera de ella), ya venga de la educación para la ciudadanía, de la religión, o de cualquier otra materia (y todas, en un grado u otro – incluyendo a las ciencias – , imparten o parten de doctrinas supuestas como justas, santas o verdaderas). Esta herramienta que digo es el pensamiento crítico, es decir, el hábito de someter al más riguroso análisis racional el fundamento de todo lo que se nos expone o demuestra (incluyendo el modo mismo de demostrarlo).

Cuando se trata de educación para la ciudadanía, el pensamiento crítico que compete es el que proporciona la ética. Es común confundir la ética con la simple moralidad (comportarse “bien”) o, aún peor, con una moralidad determinada (comportarse bien según los valores vigentes en una cultura determinada). Pero la ética no es eso. La ética es la disciplina filosófica que estudia (tal como un entomólogo estudia los insectos) los problemas morales, así como las diversas respuestas que ha dado el ser humano (en forma de distintos sistemas de valores) a tales problemas. La ética no nos dice lo que debemos hacer, sino que nos proporciona las herramientas conceptuales y argumentales – además del hábito analítico y crítico – para averiguarlo por nosotros mismos. Sin estas herramientas y hábitos somos pasto del adoctrinamiento (el que sea), especialmente de aquel que resulta más demagógico o seductor (que no es precisamente el que corresponde a la educación para la ciudadanía)... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 18 de mayo de 2018

Menos horas de Religión.


Si muchos de los que se quejan por perder las horas lectivas de Religión que nunca debieron tener fueran más sensatos cejarían en el empeño de aumentar los privilegios que ya tienen. En otro caso, y a fuerza de soberbia y codicia, acabarán por provocar que la ciudadanía y algún gobierno, tan valiente o más que el extremeño, se decidan por fin a revisar esos pintorescos acuerdos políticos en que se fundan las prerrogativas casi feudales que aún tiene la Religión Católica en la escuela española.
Sobre el lugar de la Religión en la educación vuelve a tratar esta nueva colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

sábado, 7 de abril de 2018

Laicismo y Semana Santa



¿Han de asistir los representantes públicos a las procesiones religiosas de Semana Santa? ¿Han de participar en ellas miembros y autoridades del Ejército? ¿Está bien que la enseña nacional ondee a media asta en edificios públicos en señal de duelo por la muerte de Jesucristo? ¿Es justo gastar fondos públicos para conmemorar –en un país aconfesional– algo que, en teoría, solo incumbe a creyentes? Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

lunes, 19 de febrero de 2018

¿Se debe ofertar religión en la escuela? Nuestro debate radiofónico en Canal Extremadura Radio.

¿Se debe impartir religión confesional en la escuela? He aquí el debate radiofónico que sostuvimos hace unos días en El sol sale por el oeste,  un programa de Canal Extremadura Radio. Desde el minuto 10 hasta el 45 aproximadamente (hay que descargarse el podcast para poder oirlo).

jueves, 4 de enero de 2018

Dios, patria, familia.

La familia está sobrevalorada. Y no es rencor tras el tráfago navideño – ¡lo juro!–, sino una reflexión genérica. ¿Por qué otorgamos una prioridad incondicional al lazo familiar sobre otro tipo de relaciones sociales? ¿No es el vínculo entre amigos – por ejemplo – más libre, racional o desinteresado que el básicamente genético de los parientes?... De otro lado, la familia – esa cosa nostra excluyente y emocional – es, a menudo, una estructura opuesta al interés común que representan la sociedad civil o el Estado (cuando no es – el Estado – más que el órgano de expresión de la oposición entre familias). Por eso, para evitar la corrupción política, el filósofo Platón se propuso eliminar la familia, al menos entre las clases dirigentes. Marx, Engels y parte de sus secuaces no tenían mejor concepto de ella. Para estos, la familia patriarcal – ligada desde antiguo a la propiedad privada y a la dominación de clase y género – era una estructura a erradicar de la sociedad comunista. Más, a pesar de todo esto (o precisamente por ello), la familia sigue siendo hoy algo insuperable. Aún en Occidente, y sin anclaje ya en la reproducción genética o patrimonial, la familia romántica basada, no ya en los hijos o en la herencia (¿qué necesidad de hijos o patrimonio heredable tiene el trabajador moderno?), sino en el mero hábito afectivo y la lealtad sexual (más que en el “amor” – comunicación íntima, complicidad, proyecto común... – que es más cosa de amigos), sigue siendo, al decir de la mayoría, lo primero y más importante.

Sobre esto y mucho más trata nuestra última colaboración en el Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

martes, 12 de diciembre de 2017

El rap de Nietzsche: Dios ha muerto


 


Después del exitoso rap de Parménides, vuelve nuestro rapero Piter (3.14t3rmusic@gmail.com) con este temazo sobre el filósofo alemán F. Nietzsche (lo estudiaremos a final de curso). Letra, música, imágenes (gracias al no menos genial Álvaro shotbuster) son tan diábolicas, angelicales, espectaculares y certeras como lo era el propio Nietzsche.

¡¡Hay que difundir la buena nueva. Piter, el rapero anticristo, ha vuelto!! ¡¡A disfrutar!!




miércoles, 8 de noviembre de 2017

El islam en la escuela

¿Es aceptable ofertar religión islámica en un centro educativo católico? ¿Por qué no? Si la formación católica es conciliable con la formación científica y humanística de cualquier centro público no religioso, ¿por qué no va a ser conciliable con otra confesión religiosa en un centro, precisamente, de carácter religioso? ¿No parece más compatible el islam con el catolicismo que el catolicismo con la biología o las matemáticas?... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Tolerancia religiosa y educación ética.

Es un profundo error marginar las materias filosóficas, o confinarlas, como se hace con la formación ética en la LOMCE, a aquellos alumnos que no cursan ninguna opción religiosa, como si fueran ellos (los que no dan religión) y no los que son educados en dogmas religiosos desde pequeños, los únicosque necesitasen ser educados en el ejercicio libre y crítico de la razón. Así, por paradójico que resulte, y pese a las constante apelaciones al diálogo y la comprensión de los credos del prójimo (incrementadas, como es habitual, tras un atentado terrorista), nuestro sistema educativo se empeña en segregar al alumnado según sus creencias religiosas o la ausencia de ellas, distinguiendo, además, y peligrosamente, la formación religiosa de la formación en el espíritu crítico y racional que proporciona la filosofía (enviando a unos alumnos a las aulas de religión y a otros a las de ética y ciudadanía). La escuela deja de ser, así, un lugar de integración y convivencia para convertirse en un archipiélago de islas separadas por muros ideológicos difícilmente franqueables...
De todo esto trata nuestra última colaboración el diario.es, esta vez junto a mi colega Ricardo Hurtado Simó.

viernes, 25 de agosto de 2017

Jóvenes mártires

Leía hace años que para saber lo que para ellos representaba Europa se pedía a unos escolares marroquíes (todos varones) que hicieran un dibujo. Muchos dibujaban estas tres cosas: un coche, una casa, y una mujer rubia. "Un coche, una casa y una esposa rubia" representa un modelo básico de bienestar y felicidad transmitido por las series de televisión occidentales. Pero no está lejos, en esencia, del cielo prometido a los jóvenes mártires yihadistas. En el impresionante documental francés “Soldados de Alá” uno de los jóvenes aspirantes al martirio desvela ante una cámara oculta su imagen del paraíso. Allí – dice – “tendrás tu caballo a tu lado, que estará hecho de oro y rubíes” y “verás un palacio inmenso (…) y será solo tuyo”, y “tendrás mujeres que solo querrán estar contigo”. Caballo, palacio y harén son – en su versión de las mil y una noches – el mismo imaginario (coche, casa y rubia) con que sueñan Occidente los niños marroquíes.  Sobre esta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cultura y bostezo.

Personas ante un ventanal en el Museo Stedelijk (Amsterdam)
Decía el filósofo Gustavo Bueno que la cultura es el nuevo opio del pueblo, una versión secularizada de la gracia divina. Promete librarnos de la mediocridad y la insignificancia tal como la gracia de nuestra naturaleza pecaminosa y mortal. Pensaba en esto mientras bostezaba, días atrás, ante una de las obras clásicas del Festival de Teatro de Mérida. Era insufrible. Pero nadie se movía. ¿Cómo es que la gente no se levanta en masa y se va – me preguntaba – con la misma rapidez con que cambia de canal en la TV? ¿Será que disfrutan de verdad, como no soy capaz de hacerlo yo?¡Quia! … Me juego lo que sea a que mis vecinos de localidad estaban tan aburridos como yo. Es imposible que personas formadas en el espectáculo audiovisual puedan disfrutar con versiones pedantes, mortecinas y de cartón piedra de lo mismo que pueden ver y entender, mil veces mejor, en el cine. ¿Entonces?...
De esto trata nuestra última colaboración el El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

jueves, 29 de junio de 2017

¡Más religión y menos ética!

En el último decreto curricular la Consejería de Educación osó recortar muy tímidamente los seculares privilegios de los que goza la religión católica para inculcar su doctrina en las aulas. Ante este hecho, la Iglesia y algunos colectivos de padres han reaccionado con virulencia, y el asunto ha llegado a los tribunales. Analicemos el asunto... (Para leer el artículo completo en El Periódico Extremadura pulsar aquí).

domingo, 28 de mayo de 2017

Religión desde los tres años

Una de las condiciones ideales que creo necesaria para “tolerar” la materia de Religión confesional en la escuela pública (y así lo he escrito en otras ocasiones) es que aquella se ofrezca únicamente en los últimos años de secundaria (no en primaria ni, mucho menos, en infantil). El fuerte contenido ideológico y moral de la materia de Religión, y la forma (necesariamente) dogmática que tiene de exponerlo, hacen de esta materia algo no apto para mentes infantiles. La formación en una confesión religiosa concreta debería ser siempre una decisión lo más consciente posible. Y tanto los padres como el Estado tendrían que evitar que los niños sean adoctrinados de una manera tan insistente (por la religión católica o por cualquier otra doctrina) desde... ¡los tres años! Tal vez una familia crea que sus creencias religiosas son excelentes para sus hijos. Pero, desde una perspectiva más objetiva, es más excelente aún procurar que sean ellos (los propios niños) los que las valoren libremente así, a su debido tiempo. Y es esto último lo que debe garantizar el Estado, y con la misma energía con la que protege a los niños de otros posibles abusos contra su libertad y autonomía, vengan de donde vengan, incluso si vienen de su propia familia... De esto trata nuestra última colaboración en el diario.es. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

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