viernes, 27 de mayo de 2016

El espectáculo es... ¡Podemos!




Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura


Comienza, de nuevo, el torneo electoral. Con cierto escepticismo y una sombra de hartazgo en las gradas. Así que, por el bien de la democracia, más vale que el espectáculo no decaiga. Digo “espectáculo” con el cinismo justo. Todo el mundo sabe que las democracias modernas se han transformado, desde hace mucho, en una especie de espectáculo mediático y deportivo, con sus equipos-partidos, sus tensiones en los banquillos, sus encuentros-debates televisados, sus tertulias periodísticas infinitas antes y después de las finales, etc., etc. De hecho, más que de “nuevas elecciones”, deberíamos hablar del “partido de vuelta”, o de la “prórroga”. La gente lo entendería mejor. La gente, por cierto, espera mucho de esta gran final. No se le puede decepcionar.

Y una forma de decepcionarla es hacer trampas y descafeinar el juego. Si algo apasiona a los “espectadores” (llamarlos “pueblo” o “ciudadanos”, a estas alturas, es un poco anacrónico) es el soberano espectáculo de la redención del humilde a través del mérito, la osadía y el riesgo. El deporte (como antes el circo romano o la fiesta de toros) escenifica la igualdad democrática, la posibilidad de que el “don nadie” alcance, a fuerza de talento y audacia, el poder y la gloria. Por eso, los espectadores de fútbol se entusiasman ante el equipo modesto que gana el campeonato. No soportan la idea de que el torneo esté trucado para hacer ganar a los equipos más poderosos. ¡Incluso si son hinchas de esos mismos equipos! El deporte reconcilia (simbólicamente) la contradicción entre la igualdad teórica que preside, como principio decorativo, nuestras democracias, y la desigualdad de hecho que – y de forma creciente – la carcome.

Pues bien, algunos dirigentes de los equipos-partidos más grandes no parecen haber entendido esto. Exhiben con descaro sus trampas, pretenden jugar, sin ningún disimulo, con todas las ventajas. Todo movido por el miedo a un equipo modesto por el que nadie daba un duro y que, ahora, podría incluso “ganar la liga”. El “todos y como sea contra Podemos” se está haciendo demasiado clamoroso, y eso perjudica, más que beneficiar, a los grandes partidos. El espectador no es del todo estúpido, especialmente cuando le tocan el lado deportivo de la vida. Vetar explícita o implícitamente a Podemos en la televisión pública, llevarlo al banquillo de las portadas de los periódicos por cualquier minucia, exhibir la patética necesidad de buscar en Venezuela (o en Irán, o una obra de títeres) algo para arrojar a los podemitas es... tan descaradamente tramposo, que el hincha, hasta el del “equipo” grande, se irrita, y con razón. Tanta trampa mata el espectáculo. Y, por encima de todo, la gente quiere espectáculo, y que, por así decir, “haya partido”. Y el espectáculo no es Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera... sino Iglesias. El espectáculo es que el coletas, el don nadie, el jovenzuelo osado y habilísimo – como reconocen hasta sus más acérrimos enemigos – pueda ganar a los de siempre, romper con lo que estaba previsto, escenificar, simbólicamente, el espíritu de la democracia y de la ideología liberal – que es, a la vez, la lógica del espectáculo y del deporte – : que cualquiera (¡usted mismo!) si se lo propone y tiene mérito y valor suficientes puede llegar a lo más alto.

Ajena a todo esto, la España decimonónica y caciquil insiste en las trampas, en tratar de impedir el partido. Por miedo. Pero también por rabia. Si algo revienta a esta gente no es tanto que los de Podemos sean, más o menos, unos rojos radicales (que no lo son, por cierto, ni por el forro). Lo inaceptable es que sean unos recién llegados. Que se hayan saltado la cola. Que estén a las puertas del poder sin haber chupado banquillo – o lo que sea – durante años. En la lógica de los caciques esto es un pecado capital. ¡Pero en la lógica del espectáculo deportivo es lo más de lo más! Y lo único que va a salvar – de momento – a esta triste compañía de cómicos que es el PP (y a los que se le peguen) es que, pese a que vivimos en la sociedad del espectáculo, aún conservamos el miedo ancestral al cacique. ¿Podrá vencer ese miedo al absoluto aburrimiento que generan esos siniestros y casposos cómicos? La gran final, el próximo 26 de junio.




viernes, 20 de mayo de 2016

De tribus y familias


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura
 


Hace unos días saltaron a las portadas y a las tertulias unas palabras de Anna Gabriel, dirigente de la CUP, criticando a la familia tradicional y mostrando su predilección por la crianza colectiva de los hijos. No es nada que no se haya dicho un millón de veces – sin mayores consecuencias – desde Platón a (salvando todas las distancias) los hippies del siglo pasado. El problema, tal vez, es que Anna Gabriel y su partido representan una cierta amenaza, no ya a la familia tradicional, sino a las familias que, tradicionalmente, han dominado este país (sea el que sea, porque en eso no se distinguen Cataluña y España). De ahí tanto estrépito por parte de las jaurías mediáticas.


Pero dejemos ahora eso, y centrémonos en las palabras de Gabriel: el modelo tradicional de familia monógama – dice – es empobrecedor y posesivo. ¿Tendrá razón? De entrada, la monogamia es algo casi incuestionable. Cuando sondeo a mis alumnos sobre este asunto compruebo que no ponen reparos a las parejas homosexuales, a las que comparten hijos de relaciones anteriores, a las que no se casan... Lo que sí que no les entra en la cabeza es cuestionar el concepto mismo de pareja. Cuando les muestro que en muchas culturas las familias no son monógamas, sino polígamas (poligínicas e incluso poliándricas) lo perciben como “cosa de bárbaros”. Y si, mucho más allá de la poligamia (que es casi siempre una relación patrimonialista y poco “amorosa”), les hablo del “poliamor”, es decir, de la simple posibilidad de que varias personas se quieran y convivan juntas siendo más de dos, les parece algo del todo imposible.


¿Pero de verdad os parece imposible – les pregunto entonces yo – que alguien ame a más de una persona, tal como, por ejemplo, una madre ama a todos sus hijos, o cualquiera de vosotros a todos vuestros amigos? ¡¡Pues claro que sí – protestan en seguida ellos –, porque el amor de la pareja es muy distinto!! ¿Y en qué son tan distintos – reparo yo, disfrutando por anticipado de su perplejidad – ? ¿No solemos decir que nuestra pareja es, ante todo, un buen amigo o amiga? ¿Qué hay más que eso?... Por muchas vueltas que le damos, al final mis alumnos solo encuentran una diferencia estimable entre la amistad (en la que se permiten las relaciones múltiples) y el amor (en el que se exige exclusividad); esa diferencia es el sexo y las perturbadoras emociones ligadas a él. Pero aún así – prosigo yo –, ¿tan equivocados están los que prefieren tener varios amigos con los que tener relaciones afectivas y sexuales, e incluso hijos? ¿Está acaso la sabiduría contenida en un solo libro – les digo, ya en broma, y con cierto tono bíblico – ? ¿No es preferible amar, desarrollar nuestros afectos, y convivir o criar hijos con todas las (buenas) personas posibles? ¿No aprenderíamos más o viviríamos más plenamente así?...


Sea como fuere, lo cierto es que la familia monógama, fundada como está en la propiedad del sexo del otro (y en la reproducción exclusiva de nuestros genes), parece una institución mucho más primitiva y visceral que, por ejemplo, la amistad. Incluso en sentido moral. Recuerden que la institución familiar no depende (para muchos de sus miembros) de una elección libre, ni en ella, y por lo general, se anteponen los principios de justicia o razón a los vínculos e intereses subjetivos (¿cuántos denunciarían un delito cometido por algún miembro de su familia?) …


La familia monógama puede ser, así, irracional, empobrecedora, posesiva y hasta inmoral ¿Hay que preferir, entonces, otros maneras de amar y criar a los hijos? Tal vez. Hace 2500 años el filósofo Platón decía algo parecido a lo que afirma la dirigente de la CUP: la crianza en común – según Platón – compromete fuertemente a los ciudadanos unos con otros, en cuanto hace que todos ellos se sientan parte de una gran familia en la que nadie conoce (ni falta que hace) quien es su padre o hijo carnal. Sin ese compromiso, experimentado desde la niñez, con el grupo, la sociedad se disgrega en la turbamulta de los intereses particulares. Eso sí, Platón circunscribía ese modelo colectivo de convivencia a las clases dirigentes (las únicas, según él, que estarían preparadas, por su educación, para asumirlo).


Ahora bien, también esta propuesta tan filosófica tiene inconvenientes. Muchos la han tachado, por ejemplo, de totalitaria, en cuanto es el Estado el que – según Platón – debe instituir y planificar esa especie de “familia colectiva”. De otro lado, la idea – más anarquista – de tribu que esgrime Anna Gabriel no está exenta tampoco de peligros (como el del gregarismo y la presión social sobre el individuo – pasa hasta en las mejores tribus – ), ni de ídolos o mitos, como el del “buen salvaje”, o el de la “identidad nacional”, del que vive en gran parte la CUP (y casi todos los demás partidos)...


En fin. Tal vez, en un futuro no muy lejano, los modelos de sexualidad y crianza sean muchos y variados. Y el monotipo y el monopolio de la monogamia sean un atavismo a superar. Entretanto, lo más razonable es esto: pensarlo, la poligamia intelectual. Y no montar un escándalo cada vez que alguien pone en cuestión este o cualquier otro tabú. Eso es propio de tribus – o de familias apegadas al poder – Y no de una sociedad civilizada.

Instrucciones para un pacto educativo

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en el diario.es Extremadura


Hace unos días, y a iniciativa de Podemos Extremadura, se convocó una reunión con representantes de la comunidad educativa de nuestra región con objeto de constituir una Mesa por la Educación. Aunque no estaban todos los que son (esperemos que se vayan incorporando), si que eran todos los que estaban: sindicatos, plataformas de docentes, de orientadores y trabajadores sociales y asociaciones pedagógicas. El objetivo de dicha Mesa es el de construir entre todos una propuesta solvente acerca del sistema y la ley educativa que queremos. Una propuesta que tenga peso político y que contribuya, junto a las que se propongan desde otras comunidades, a articular una ley nacional de educación que sea fruto del acuerdo de todos y que perdure en el tiempo.

Hay que empezar por asumir que alcanzar un acuerdo en materia educativa, o, cuando menos, contribuir a lograrlo, es una tarea muy difícil, como todo lo que, por otra parte, merece la pena. Quizás facilite la tarea comenzar por reflexionar sobre lo siguiente.

1. La educación es un asunto esencialmente político. Hay muchas maneras de concebir y planificar la educación, tantas, al menos, como modelos de sociedad. Por eso, decidirnos por un sistema u otro supone adoptar una determinada postura política. Los que pretenden que la educación “debe despolitizarse” quieren decir, en el mejor de los sentidos, que esta no debe convertirse en un arma arrojadiza en la lucha por el poder y, en el peor, que entienden su modelo educativo como el más “natural”, por lo que no cabría – según ellos – ningún debate político en torno al mismo. Dado que, en fin, el asunto de la educación es neta y fundamentalmente político (y no solo de la “comunidad educativa”, como si esta viviera en una isla ajena a los vaivenes políticos) el consenso en educación ha de ser parte del consenso político.

2. Cualquier consenso político requiere lucidez y honestidad. Más allá de habilidades negociadoras, o de la consabida dialéctica entre medios y fines, cualquier consenso político requiere lucidez para reconocer que el otro también existe (y que sus principios no son menos irrenunciables que los nuestros), y honestidad para buscar un acuerdo justo que, en tanto no sepamos convencernos unos a otros, supondrá cesiones y el abandono de posturas unilaterales y extremas que, claramente, no comparten la mayoría de los ciudadanos.

3. Conviene rechazar todo extremismo. Nadie más que yo abomina de la “pedagogía castiza”. Pero no puedo ni debo imponer mi modelo educativo a nadie (justo en eso consiste la pedagogía que defiendo). Muchas de las propuestas de la pedagogía más progresistas no se dejan asumir por la mayoría, son inconsistentes, disparatadas, o contienen un sesgo ideológico demasiado fuerte. Es inconsistente (por ejemplo) querer expulsar el dogmatismo religioso de la escuela y, a la vez, promover doctrinas de corte pseudocientífico que despiertan tanto rechazo, o furor popular, como la propia religión (la inteligencia emocional o el psicoanálisis se proponían – por ejemplo – como parte de la formación obligatoria en el programa electoral de Podemos ). “Superar la división de las disciplinas y saberes tradicionales para integrarlos bajo áreas de conocimiento global” es un propósito estimable, pero los filósofos llevan 2500 años intentándolo y aún no acaban de verlo claro. La educación por proyectos o la ecología parecen útiles y necesarios, pero no son panaceas ni dogmas incuestionables. Etcétera. Cuando nos jugamos la educación de todos hemos de ser serios y comedidos. Un consenso exige gente lúcida, no nuevos iluminados.

4. Hay que hablar, también, de lo más fundamental. Un error habitual en las discusiones es rehuir los problemas de fondo. Los interlocutores creen que afrontarlos haría aún más difícil el diálogo. Pero a menudo es al revés. Muchas controversias se enquistan justo por no tratar los asuntos en los que radican, y se resuelven cuando estos asuntos se sacan a la luz (aunque no siempre es fácil descubrirlos). Si uno lee las propuestas educativas de uno y otro signo descubre que, en el fondo de cada una hay distintas concepciones antropológicas, morales, políticas y hasta metafísicas. Sin embargo, no es para nada imposible que tales concepciones entren en un diálogo constructivo (por ejemplo: tanto los defensores de la presencia de la religión en la escuela, como los más laicistas, hablan de atender al aspecto espiritual de los alumnos, concepto que tiene raíces tanto religiosas como filosóficas). Hay que discutir también, sin miedo alguno, sobre qué es necesario y qué es accesorio en la educación de las personas. Considerar este asunto un tabú indiscutible, o escurrirse de él con el “todo es igual de importante”, no es un buen punto de partida.

5. Hay que cultivar la paciencia. Creo que uno de los mayores defectos de la izquierda en este país es la impaciencia, el ahora o nunca. ¿Por qué? Los cambios que proponemos son tan radicales que exigen tiempo, diálogo y convicción. Imponerlos a la fuerza y de golpe solo provocaría la inevitable reacción y, en el contexto en el que hablamos, otra nueva Ley educativa de –iluminados del – signo opuesto en el horizonte.

Creo, en fin, que somos los profesionales de la educación los que, antes que nadie, debemos dar ejemplo de ese espíritu paciente, profundo, lúcido, honesto y dialéctico que requiere el perfil de todo buen político, es decir, de todo buen ciudadano. Más aún, de aquel que tiene la enorme responsabilidad de ser maestro de los demás. Felicidades, y mis mejores deseos, para los promotores y participantes en la Mesa por la Educación en Extremadura.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Fotos, discursos y refugiados.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura


Vivimos rodeados de imágenes. La cultura habla, cada vez más, en el lenguaje de las imágenes. Pero lo que en otras épocas podía entenderse como una necesidad (casi nadie sabía leer y escribir) hoy se toma como una virtud. Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Aunque sea justo al revés: cualquier palabra comprende infinitas imágenes posibles; y no hay imagen que alcance, ni de lejos, la riqueza semántica de los conceptos más abstractos y necesarios (verdad, libertad, justicia...).

Una prueba de la futilidad de las imágenes es su caducidad. Cada día, los medios compiten por ofrecernos imágenes impactantes cuyo efecto es tan inmediato como volátil. Remueven unos segundos la conciencia, y después se olvidan. Las imágenes son la comida rápida de la información.

Pienso en las cientos de imágenes terribles de los refugiados sirios, y de otras muchas situaciones humanas que nos exigen una respuesta moral. La mayoría de esas imágenes son conmovedoras. Pero la emoción no basta para cambiar las cosas. La emoción es una manera enérgica de juzgar o valorar, pero tan pasajera e inconsistente como las imágenes. Imágenes y emociones son el modo superficial y primario (en todos los sentidos) con que, por desgracia, nos comunicamos, cada vez con más frecuencia, con el entorno.

Algunas de esas imágenes, las mejores, las más “artísticas”, pueden dar algo más que espectáculo impactante y fugaz: generan impresiones más perdurables, inquietud, reflexión, diálogo, ideas– ideas que son, en última instancia, las que mueven a la acción individual y colectiva –. Pero eso exige leer e interpretar esas imágenes (y educar a la mayoría de la gente en ello – para algo existen la semiótica, o la estética – ). Sin esa actitud hermeneútica, la imagen no genera, a lo sumo, más que un difuso estado emotivo y, a la larga, insensibilidad y hartazgo.

Junto a la catarata diaria e irreflexiva de imágenes, la otra forma popular de representar conflictos como el de los refugiados sirios, son los discursos. Hasta los mejor intencionados suelen ser vacuos e inútiles. La mayoría están repletos de moralina barata. Otros, más sesudos, claman, por la obligación legal de los estados, o por la falta de voluntad de los malvados políticos. Muy pocos se atreven a rozar el verdadero problema moral que late tras este (y tras casi todo) conflicto humano.

Porque no se trata solo de sensibilizar, ni de inspirar compasión, ni de instituir o cumplir leyes, ni de presionar a los políticos. Todas esas cosas – sensibilidad, compasión, acción política... – tienen que ser, antes que nada, legítimas o justas. ¿Y lo son? La verdad es que la mayoría de los ciudadanos europeos no parece tener del todo claro que haya que tratar a los refugiados sirios (o a cualesquiera otros) como a iguales – como tratarías a tu hijo o, al menos, a tu vecino –. ¿Qué nos obliga a ayudar a estos pobres diablos que huyen de la guerra y la miseria? – gritan algunos (y piensan otros, sin atreverse a confesar sus dudas) – ¿Qué responsabilidad tenemos con respecto a ellos?

No vale decir que la tenemos y punto. O que se lo debemos, porque somos, en todo o en parte, responsables de sus guerras y su hambre. ¿Por qué habríamos de pagar esa presunta deuda? ¿Por qué hemos de ayudar, en suma, a aquellos de los que no vamos a obtener nada y cuya vida nos resulta, en principio, tan ajena?

Esta pregunta no la puede contestar ninguna imagen o emoción. Ni ningún discurso al uso. Ni el sentido común. Ni ninguna ciencia o saber positivo. Tan solo la religión o la filosofía podrían, seguramente, ayudarnos; aunque la primera de manera dogmática, y la otra en grado, siempre, de tentativa. En cualquier caso, esa es la pregunta cuya respuesta podría cambiar realmente nuestra actitud ante este (y ante cualquier otro) problema. Las fotos y los discursos no valen de nada si, al menos, no provocan o invocan esta pregunta. En otro caso apenas sirven como una suerte de catarsis, como un ejercicio de buena conciencia – incluso frenético – para volver al sofá a dormitar – o para evitar meditar en él --.