domingo, 29 de enero de 2012

Pienso, luego todo existe (como dejar de ser idealista sin dejar de existir)



Ya sabéis la vieja verdad cartesiana. Pienso, luego existo (lo que existe es mi mente pensante, claro, que es lo que más claramente soy yo). Esta verdad es indudable (si lo dudo ya estoy pensando, luego existiendo), por eso es verdad. ¿Pero es lo único indudable y verdadero? De ninguna manera.

En primer lugar, si pienso es que pienso algo (esto es igualmente indudable: si dudo que piense en algo es que estoy pensando en eso) ¿Pero en qué pienso? Supongamos que pienso en mi pensamiento (¿qué voy a hacer, si no existe nada más?) Esta suposición ya presupone una inevitable distinción en mi mente o pensamiento, la que hay entre el pensar y lo pensado. ¿Pero qué puede hacer esta distinción en mi mente? ¿Puede el pensamiento distinguirse de sí mismo? Sólo si hay otra cosa que no sea pensamiento.

Pero además, supongamos que no existiera más que mi pensamiento o mente pensante. ¿Qué distinguiría un pensamiento verdadero de otro falso?  Nada. Ningún pensamiento sería verdadero ni falso. Pues, ¿con qué contrastaríamos lo que pensamos si nada hay más que nuestro pensar? Si pienso que todo es pensamiento, como si pienso lo contrario, no tendré ningún motivo para aseverar más una cosa que otra.

Aplíquese este argumento al resto de las facultades mentales, si es que hay otras además del pensamiento (cosa que un idealismo consecuente no podría demostrar -pues, de nuevo, qué distingue en el pensamiento de que deseo, o en el pensamiento de que siento, lo que es pensar y lo que es desear o sentir-). ¿Por qué habría de desear o sentir cosas distintas? ¿Porque habría de experimentar frustración alguna de mis deseos, si todo lo que existiera fuera yo, es decir, mi mente? El mundo sería exactamente igual a mis deseos, lo cual no parece cierto, ¿no?

Pero algo aún más importante. ¿Por qué nos parece evidente el principio cartesiano, "pienso luego existo"? ¿Tendrá este pensamiento, como cualquier otro, una cierta propensión a la lógica, es decir, al principio de identidad? ¿Cómo si no podría parecernos tan evidente, claro y distinto? Pero el criterio de evidencia no puede ser él mismo pensamiento pues, de nuevo, ¿cómo distinguir entonces lo evidente de lo que no lo es? La lógica es previa al pensar o, mejor, trascendente al pensamiento (éste es tiempo, la lógica no).

Así que, si pienso, existo; cierto. Pero si lo pienso más (insisto) existe también la lógica (¿cómo iba a engañarme, sin ella, ningún genio maligno --o es que es posible mentir sin lógica--?). Y también el mundo (¿o por que otro motivo no ocurre lo que más me gusta soñar que ocurra?). Y, sobre todas las cosas, Dios. ¿O es que no duda mi mente? Y si duda, sin duda que es imperfecta. Pero ¿qué sería de lo imperfecto sin lo Perfecto? Nada. Pero todo existe (El mundo, yo, la lógica, Dios), menos, precisamente, nada.


jueves, 26 de enero de 2012

La noche boca arriba, un cuento de Julio Cortazar.

Tal como prometí a algunos, os dejo este cuento del genial escritor argentino Julio Cortazar (1914-1984), publicado en 1956, en su libro Final del juego. Espero que os guste.



La noche boca arriba


A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado...» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima...» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.



¿Qué os ha parecido? Si queréis seguir leyendo sobre este tópico filosófico de la realidad y el sueño, también os recomiendo la novelita corta (y fascinante) La invención de Morel , de Adolfo Bioy Casares.

lunes, 23 de enero de 2012

¡Que toda la vida es sueño!



¿Y si todo esto que vemos, el mundo físico que describen los científicos, no fuera más que un sueño?... En los sueños y las alucinaciones también veo un mundo llenos de cosas que se mueven... ¿Cómo sé yo que todo este mundo que tengo ante mí no es una creación de mi mente? … ¿No son acaso los colores o los sonidos “efectos” que se generan en mi cerebro?... ¿Por qué no pensar que también las cosas, con sus volúmenes y sus movimientos, no sean más que imaginaciones mías?... ¿No podría ocurrir todo en el espacio imaginario de mi mente y durante el tiempo que tardo en imaginarlo?

En la película Matrix, unos malvados extraterrestres mantenían a los humanos en unas enormes probetas llenas de líquido y alimentados por sondas, pero tenían sus cerebros conectados a un programa de ordenador que les hacía vivir una vida virtual. ¿Cómo podemos estar seguros de que no nos ocurre AHORA algo parecido?

Por cierto: a esta teoría, según la cual la realidad es una representación de mi mente, se la conoce como IDEALISMO SUBJETIVO o MENTALISMO.

Los científicos suelen defenderse de ella afirmando que las observaciones y experimentos científicos son “intersubjetivos” (participan varios observadores). Esto garantiza, según ellos, la objetividad de lo que vemos…. Pero: ¿No podrían ser esos otros observadores parte de mi propio sueño? ¿Cómo se yo que los otros (las otras mentes) no son una visión (o suposición) de mi propia mente?... A esta, aún más extraña teoría, se le llama SOLIPSISIMO. Y afirma que lo único que puedo saber con certeza que existe es: ¡Mi propia mente!... De todo lo demás puedo dudar. Pero no puedo dudar de mi propia duda. ¡Dudo luego existo! (Decían San Agustín o Descartes)…

¿CÓMO PODRÍAMOS SABER CON SEGURIDAD QUE EL MUNDO QUE VEMOS Y EXPERIMENTAMOS NO ES UN SUEÑO O ALUCINACIÓN DE NUESTRA MENTE?

Ahí va este fabuloso cuento de Julio Cortazar, por si alguien no tenía aún claro que la frontera entre la realidad que vemos y el sueño...¡No existe!
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/nocheboc.htm


También podrías ver la película "El Show de Truman", o la estupenda novela corta de Adolfo Bioy Casares: "La invención de Morel"... En ambas reaparece el mismo problema...

martes, 17 de enero de 2012

"Todo es nada". Esa es la falsedad más verdadera...


“NADA ES REAL”. A esta extraña tesis se le llama NIHILISMO ONTOLÓGICO, y es la tesis a la que necesariamente parece conducir el materialismo extremo.

Si como afirma el materialista, TODA realidad fuera espacio temporal, no quedaría nada con que limitar el espacio y el tiempo (nada se puede limitar a sí mismo). Todo sería ilimitadamente espacial y temporal. Pero no hay ninguna cosa que pueda ser ilimitada en el espacio (no tendría forma) ni en el tiempo (algo ilimitadamente temporal sería ilimitadamente cambiante y algo así carecería de la más mínima permanencia e identidad). Así que no habría NADA. Ni siquiera espacio y tiempo, claro. ¿Qué cosa sería el espacio si no tuviese forma alguna? ¿Qué sería el tiempo si él mismo cambiara a cada instante?...

Pero incluso si espacio y tiempo pudieran existir de forma ilimitada. ¿Cómo sería la realidad? Como una especie de “sopa” infinita (carente de toda forma) y permanente hirviendo (carente de nada estable). Sería, en suma, algo absolutamente CAÓTICO, dónde sería imposible reconocer ninguna estructura permanente. En este caso “NO PODRÍAMOS CONOCER NADA”. A esta no menos extraña tesis se la conoce como ESCEPTICISMO RADICAL.

El materialismo extremo conduce, pues, al nihilismo ontológico y al escepticismo radical. Pero estas dos tesis son, a su vez, autocontradictorias. Si nada es real, tampoco el nihilismo se corresponde con nada real. Y si no podemos conocer nada, tampoco podemos conocer que nada se puede conocer, como afirma el escéptico radical.

El nihilista y el escéptico podrían aún replicar que, dado que nada es real ni cognoscible, nada es tampoco ni lógico ni contradictorio. El problema es que, para llegar a esta conclusión, han tenido que utilizar la lógica y procurar no contradecirse...

La única conclusión que cabe al nihilismo y al escepticismo es el silencio. O no. ¡Qué más da!...



¿Qué pensáis vosotros? ¿Es posible que la realidad no sea nada? ¿Será verdad que nada es verdad ni mentira?...

Entrevista con el materialista.


Hace poco, en una tenebrosa noche, un conocido mío (P) que bajaba a los niveles inferiores de la caverna fue asaltado por un materialista (M), que se le quedo observando con cara de querer hacer experimentos con él. Intentó defenderse dialogando con el tipo, y he aquí el resultado (según quedó grabado en las cámaras de seguridad).

P. Así que, dice Ud., que la realidad es...
M. ...La realidad es lo que dice la ciencia: las partículas, las moléculas, los planetas, los cerebros.. En fin: lo que se puede ver y experimentar científicamente. Estamos en el siglo XXI. Por suerte, nuestros conocimientos se han liberado ya del yugo de la religión y la filosofía. Lo único que importa son los datos objetivos.
P. ¿Qué son los “datos objetivos”?
M. Lo que vemos que ocurre en los experimentos y en observaciones precisas. Por ejemplo, que el agua hierve a cien grados o que la Tierra gira alrededor del Sol.
P. ¿Pero cómo sabemos que lo que vemos es objetivo? ¿No dice la ciencia que “ver” es una actividad mental y, por tanto, subjetiva?
M. En efecto. Por eso, las observaciones y experimentos exigen más de un observador. Si todos decimos que vemos lo mismo, lo que se ve es entonces objetivo, o lo más objetivo posible.
P. Perdone la insistencia, pero: ¿cómo sabemos que hay otros observadores?
M. Eso es un hecho indiscutible para cualquier persona sensata.
P. ¿Un “hecho” es lo mismo que un dato?
M. Digamos que sí.
P. Entonces: ¿el hecho de que hay otros observadores significa que “vemos” que hay otros observadores?
M. Sí.
P. O sea: que la visión del científico es objetiva porque es compartida por otros científicos, todo lo cual es verdad porque también responde a una visión objetiva. ¿No le parece esto un tanto discutible desde un punto de vista lógico?
M. Tal vez, pero yo no estoy hablando de lógica.
P. Aunque sí con lógica, suponemos... Pero dejemos eso. Le hago otra pregunta. ¿Cómo podemos estar seguros de que lo que dicen que ven esos otros observadores se refiere a lo mismo que vemos nosotros?
M. Yo creo que esos casos extremos son ocurrencias de filósofos. En general, todos los que usan el término español “primer piso” lo hacen para referirse a lo mismo. La prueba es que solemos entendemos perfectamente en los ascensores. Pero volvamos a la lógica. Yo no niego que ésta juegue un papel importante en la ciencia. La lógica nos permite generalizar a partir de varias observaciones particulares una ley general. Y también deducir de una ley general aquello que debería observarse caso de ser cierta dicha ley.
P. ¿Quiere usted decir que la lógica o las matemáticas son cosas verdaderas aunque no las veamos?
M. No las vemos todavía. Algún día las observaremos en el cerebro, que es donde nacen y ocurren.
P. ¿Entonces llegarán a ser las matemáticas una rama de la neurología? ¿Se demostraran entonces los teoremas más difíciles mediante cirugía?
M. Eso es una exageración. Lo que sí es cierto es que entre las estructuras matemáticas y las estructuras biológicas y neuronales ha de existir algún tipo de paralelismo.
P. ¿Cómo podrían compararse cosas tan distintas como las ecuaciones y las neuronas? Y otra cuestión: ¿El mundo estaba determinado por leyes matemáticas y lógicas antes de que hubiera neuronas en ese mismo mundo? Por ejemplo: ¿Dos átomos más dos átomos no eran cuatro átomos hace mil millones de años, cuando aún no había cerebros en el Universo?
M. Las matemáticas y la lógica son una creación cultural. Otra cosa es que se refieran a algo real presente en la naturaleza: ciertas regularidades y estructuras que podemos comprender gracias, precisamente, a las matemáticas y la lógica.
P. Bien. Volvamos al tema principal, si me permite. Usted afirma que la realidad es lo que dice la ciencia que es real. Y lo que dice la ciencia (a diferencia de lo que dice la religión o la filosofía) es cierto porque se basa en datos (o hechos) y en la lógica. ¿Me equivoco?
M. Lo ha resumido usted muy bien.
P. Veamos, si me permite, algún ejemplo. La ciencia afirma que la realidad es en sí misma plural, extensa o corpórea, espacio temporal, cambiante, etc. Pero algunos filósofos parecen haber demostrado que ninguno de estos rasgos es un hecho visible y, además, que ninguno de ellos soporta una prueba lógica.
M. ¿Y cómo pretenden haber demostrado tamaña cosa? ¿Con hechos o sólo con la lógica?
P. Bueno, ellos dicen que con los dos métodos. Por ejemplo. Afirman que no es lógico que la realidad sea algo cambiante, pues entonces nada mantendría su identidad, ni partículas, ni moléculas, ni nada; ni siquiera la misma “realidad” sería siempre “realidad”, pues también esto cambiaría. Afirman, además, que es un hecho experimentable que el propio cambio o el movimiento no se pueden observar, pues no podemos observar algo sin darle una cierta fijeza o estabilidad, como pasa con las fotografías...El resto de los argumentos los puede usted leer en este mismo blog, en las cinco entradas anteriores...
M. Vaya. Muy ingenioso. Pero aquí habría mucho que discutir. De entrada, este argumento puede volverse en contra de esos filósofos que usted cita. Pues está claro que todo eso lo han pensado y que, por tanto, algo se ha “movido” en sus cabezas, ¿no? Dicho de otro modo: su argumento supone pasar de una ideas a otras. ¿Y no implica esto movimiento?...
P. Buena respuesta. Aunque ellos dirían que los argumentos no se mueven en sí mismos, solo se mueve nuestra mente al pensarlos.
M. ¡Todo lo que contiene este Universo se mueve! Por tanto, también se mueven y cambian los argumentos.
P. ¿Este suyo también?
M. También, pero no tanto como para que me lleve usted donde me quiere llevar...
P. Está bien. Imaginemos que todo está constantemente cambiando. Esto supone que no hay nada permanente en el Universo, nada es lo mismo de un instante a otro, las cosas, las relaciones entre ellas: todo cambia constantemente. ¿No es esto una viva imagen del caos?
M. Eso parece. Y sin embargo, algún tipo de estabilidad ha de existir en esta realidad permanentemente cambiante. No puede ser puro caos. Si así fuera, nuestras leyes no podrían explicarla como lo hacen.
P. ¿Hay entonces cosas estables en un Universo donde todo cambia? ¿No es esto una contradicción?
M.. No es fácil de explicar. Pensemos, por ejemplo, en un serie de cambios o movimientos que se repiten, como el movimiento orbital de un planeta o de un electrón. Esto generaría una cierta estabilidad “móvil”, por así decir, y, por tanto, una cierta permanencia, con lo cual ya habría cosas, regularidades, etc.
P. ¿Pero si un fenómeno se repite es el mismo fenómeno o es otro? ¿Cada vez que llueve es la misma lluvia o es otra? Además, esas repeticiones, para serlo, tendrán que reproducir en cada ocasión un mismo patrón de movimientos, una misma “forma” estable. En cualquier caso, usted reconoce que existe la estabilidad en un Universo dónde no todo puede ser, por tanto, cambiante.
M. Así es. Lamento violentar su cuadriculada e inflexible lógica.
P. ¿También las leyes físicas, por ejemplo las que explican cómo cambian las cosas, permanecen invariables mientras todo cambia a su alrededor?
M. En cierto modo sí. Al menos en tanto la teoría que las contiene sea mantenida como verdadera por la comunidad científica.
P. ¿Y si se demuestra que era falsa, no se habrá demostrado también que siempre lo fue, invariablemente, aunque no nos diéramos cuenta antes?
M. No, eso no se puede demostrar. Nuestra ciencia nunca será tan precisa como para afirmar eso.
P. ¿Nunca? Es decir, que la ciencia es invariablemente falible. ¿No hay ya demasiadas cosas invariables en su Universo cambiante?
M. Aparentemente sí. Pero todo esto no nos obliga a pensar que ha de existir un mundo ideal y trascendente, ajeno a este Universo espacio temporal que observamos. Eso es aún más insensato. Así que los filósofos tendrán que buscar otra solución a este problema.
P. Finalmente. ¿Qué opina de la afirmación de que cosas tales como el tiempo, el espacio, el cambio y otras por el estilo, no se pueden “ver”?
M. En cierto modo es razonable. El tiempo, el espacio o el cambio son supuestos bajo los que entendemos las cosas que vemos, pero ellos en sí mismos no los vemos, porque en sí mismos no son “cosas” como las demás.
P. ¿En qué sentido son entonces “cosas” o realidades? No parecen que sean físicas, si no se pueden ver, y sin embargo usted afirma que son propiedades fundamentales del mundo físico. ¿En qué consiste entonces el mundo físico y cambiante que usted defiende? Si lo cambiante no es físico porque no se ve, y lo físico no es del todo cambiante porque entonces no podríamos explicar la existencia de cosas estables y de las regularidades y estructuras a las que se refieren las leyes. ¿Cómo justificar su teoría?
M. Creo que usted simplifica demasiado las cosas. Todo eso es un misterio que habrá que resolver.
P. Espero que no tenga usted que ponerse a filosofar. ¡En pleno siglo XXI!


¿Qué os ha parecido? Si tenéis algo que comentar estáis en vuestra caverna...

lunes, 16 de enero de 2012

¡Todo cambia! (Esto nunca cambia)


¡Todo está cambiando en el Universo! ¡Todo se mueve! Nadie se baña dos veces en el mismo río: de baño a baño el río ha cambiado. Pero no sólo el río: también el bañista. Y si todo está cambiando, nada ni nadie es lo mismo durante dos instantes seguidos. Decir “yo he cambiado” resulta absurdo, pues si todo esta cambiando no hay ningún “yo” invariable que sea el sujeto de ningún cambio…
Imaginaos que todo estuviera cambiando a la vez y a la misma velocidad (si todo fuera cambio, nada podría distinguir entre cambios más o menos veloces) ¿Notaríamos algún cambio? Si fuéramos en un tren a velocidad constante y todo el exterior se moviera a la misma velocidad: ¿habría cambio o movimiento alguno?... Parece imposible, ¿no?
Además, si en el Universo todo cambia, ¿también lo hacen las leyes que explican el cambio? ¿Y el propio cambio también cambia? ¿Cómo podría ser?...
Zenón de Elea, un viejo filósofo griego, decía que por mucho que una cosa parezca moverse, a cada instante está en algún sitio, y sólo en uno, por lo que siempre (en todo instante) “está”, y lo que siempre “está”: ¿cuándo se mueve?...
El materialista puede decir que él “ve” que las cosas cambian y se mueven. ¿Pero es esto verdad? ¿Se puede ver el movimiento y el cambio? Parodiando a Zenón, podríamos decir que a cada pequeñísimo instante en que vemos algo lo vemos estando en algún sitio, sin moverse, como si le hiciéramos una fotografía, pero ¿vemos el cambio en sí?...

En fin: el cambio carece de lógica y ni siquiera puede verse. ¿Qué clase de truco de feria es entonces?...

viernes, 13 de enero de 2012

¿Pasa el tiempo por el tiempo?



¡Todo es temporal! Eso han dicho muchos filósofos, poetas y, hoy en día, la totalidad (o casi) de los científicos. El Universo entero –dicen muchos físicos— es un proceso temporal que comenzó hace unos 13.000 millones de años. Todo nace, se desarrolla y acaba deshaciéndose en ese proceso universal que es el tiempo… ¿Pero puede ser TODO temporal? ¿Lo pensamos?...

Si todo lo existente fuese temporal, el tiempo sería ilimitado, infinito, pues ¿qué límite habría que no fuese también temporal? Los físicos no tienen respuesta a esta pregunta. Algunos afirman que, sencillamente, antes de comenzar el tiempo no hay ningún “antes”, porque no hay tiempo, luego (como todo es tiempo) antes del tiempo "no hay nada", y de la nada, ¡plof!, brota el tiempo, como un milagro…

Además, si todo fuese tiempo, ¿qué distinguiría un instante de otro? ¿podría el tiempo dividirse a sí mismo? Imposible. Luego si todo fuese tiempo no habría más que un único instante eterno que jamás dejaría de “pasar”, luego no “pasaría” nada, no habría “pasado”, ni futuro, ni… Tiempo…

Pero aún hay otra consecuencia, más estrafalaria aún, de la idea de que todo es tiempo. Si todo lo que existe es temporal, y el tiempo también existe, el tiempo también habrá de ser, él mismo, “temporal”. ¿Pero puede ser que por el propio tiempo pase el tiempo?... No parece que sea eso lo que ocurra. El propio tiempo no es temporal. Al menos, ninguna de sus partes lo es: todas las horas son la misma, jamás cambian, entre las dos y las tres quizás hayan pasado muchas cosas, pero no el tiempo, pues una hora es idéntica a otra (la hora tres no es está más vieja y estropeada que la hora dos). Pensemos ahora en fechas: ¿Alguna cambia alguna vez? ¿Por el 12 de octubre de 1942 o por la fecha de tu cumpleaños pasa el tiempo? No: la fecha de tu cumple es siempre la misma, no envejece jamás. De hecho, ninguno de los instantes de nuestra vida es temporal, pues siempre vivimos en el presente, ¿no?... Por supuesto, tampoco pasa el tiempo por el concepto de “tiempo”, ni por las leyes y fórmulas con las que el físico pretende comprender el tiempo… Entonces, ¿cómo va a ser todo tiempo, si el propio tiempo es ajeno a lo temporal?

Ahora bien, si el tiempo no es lógicamente posible, ¿cómo es que lo percibimos?...Aunque, la verdad, eso de que lo percibimos...¿Alguien ha visto alguna vez al tiempo? ¿Alguien podría capturar el instante presente e introducirlo en una probeta para observarlo? ¿Podríamos capturar o ver el pasado –que ya no es—o el futuro –que todavía no existe—?...



Pensadlo: ¿Qué es el tiempo? ¿Es algo real? Pero pensadlo sin prisa, tomaos vuestro tiempo…

Por cierto, os recomiendo que consultéis la interesante y enigmática entrada de mi colega bloguero juanantonio: cavernisofia: ¿Es real el Tiempo?

jueves, 12 de enero de 2012

¿Se puede dividir infinitamente la materia?



Supongamos que la realidad, como quiere el materialista, es corpórea y extensa, es decir, tiene superficie y dimensiones (por muy pequeñas que sean). Si así fuera podríamos dividirla una y otra vez, pues los trocitos que obtuviéramos en cada división serían también extensos y, por lo mismo, divisibles de nuevo. ¿Tendríamos acaso alguna razón lógica para pensar que alguno de estos trocitos fuera indivisible?

Ahora bien, si cada trocito de una cosa se puede dividir hasta el infinito, es que dicha cosa tiene infinitas partes y, en ese caso, ¿no será ella misma infinita? Tiene que serlo. Pero a la vez, tiene que ser finita, pues una cosa infinita y sin límites, ¿qué cosa es? ¿Cómo la delimitaríamos o definiríamos separándola de las demás, si ella misma carece de límites o fines?...


Además, si cada cosa es infinita, ¿habría más de una cosa? Imposible: una sola cosa lo "ocuparía" todo, puesto que un infinito carece realmente de límites. ¿No? De otro lado, si esa sola cosa contiene infinitas partes, ¿no tendrán que ser diferentes unas de otras (si fueran idénticas no serían mas que una)? Pero si todas las infinitas partes de algo son diferentes de las demás, nada en la cosa es igual a nada, la cosa sería infinitamente diferente de si misma, carecería de identidad, luego no sería ni siquiera una cosa...

Finalmente, si la materia es divisible, y no hay más que materia (como reza el materialista), ¿con qué dividiríamos a la materia? ¿Puede la materia dividirse a sí misma? ¿Cómo? Imaginaos que alguien propusiera el mantequillismo, teoría según la cual todo es mantequilla. Y suponed que el mantequillista añadiera que hay muchas cosas distintas. ¿Sería esto posible? ¿Qué mantecosa cosa podría distinguir unas cosas de otras? ¿Podríamos cortar la mantequilla con un cuchillo hecho de la misma mantequilla que cortamos?...

Absurdo, ¿no?... Y sin embargo parece posible. En el siguiente vídeo podéis ver a los físicos preparándose para hacer colisionar partículas pequeñisimas, y descubrir, así, las partes aún más pequeñas que estas partículas contienen (Ya sabéis: los científicos no se fían del todo de la lógica, tienen que ver --o experimentar-- las cosas para creerlas).



¿Qué piensas tú al respecto? ¿Pueden existir los cuerpos o es absurdo pensar tal cosa? ¿Es divisible la materia hasta el infinito o podemos confiar en hallar una párticula última indivisible a partir de la cual se componga todo?

miércoles, 11 de enero de 2012

¿Qué espacio ocupa el espacio?



¿Qué es el espacio? Para el materialista el espacio es una realidad física (según él, lo que no es físico o material no es real). Además, si el espacio no fuera una realidad física, ¿cómo iban a estar en él las cosas física? Ahora bien, toda realidad física ocupa espacio (no conozco ningún materialista que acepte que algo exista sin estar en algún sitio), luego si el espacio es una realidad física también el espacio ocupara espacio. ¿Pero qué espacio ocuparía el espacio? (¿Y qué espacio ocuparía el espacio ocupado por el espacio?...) ¿No es esto absurdo?

Dicho de otro modo (más elegante): si el espacio contiene todo lo real: ¿no tendría que contenerse a sí mismo, siendo él, como es, una realidad más?...

Por otro lado, si el espacio es algo físico, tendrá cierta densidad, cantidad de materia, etc. Siendo así, ¿cómo caben las cosas en él? Pues tal y como cabe mi mano en el agua o en el aire --dirá un físico--, pues el agua o el aire son realidades físicas menos densas que mi mano. ¿Pero qué es lo que hace que una realidad física sea menos densa? Tendría que existir una realidad que no fuera física (el vacío o lo que sea) para mezclarse con lo físico y hacerlo menos denso (igual que haría falta otro color distinto al rojo para hacer un rojo más claro) ¿Pero cómo podría haber una realidad no física si (según el materialista) todo lo real es físico?

Bueno -diría un materialista un poco más tolerante-, tal vez el espacio no sea físico, o tal vez esté hecho de otro tipo de realidad física, diferente a la de las cosas que contiene. ¿Pero es esto posible? Si no fuera físico, o fuera de otro tipo de realidad física (¿podría haber otro tipo de realidad “física”, siendo también “física”?), ¿cómo podría contener (o relacionarse de algún otro modo) con las cosas físicas?

En fin, no parece que esto del espacio sea algo muy lógico. ¡Pero aún así existe -dirá la mayoría de la gente-, porque es innegable que tenemos experiencia de él!... ¿Pero es esto cierto? ¿Qué experiencia directa tenemos del espacio? ¿Alguien lo ha visto o tocado? ¿Dónde y cómo?


¿Has pensado alguna vez que es el espacio, de qué está hecho? ¿Qué crees que dicen los físicos al respecto? ¿Dicen algo con sentido? ¿Y tú? ¿Cómo creer entonces en el espacio que supuestamente ocupamos? Pero si no hay algo así como el espacio, ¿dónde estamos, si es que estamos en algún sitio? ¿Serías capaz de responder a todo esto sin volverte loco?...

domingo, 8 de enero de 2012

¿Cuántas cosas hay?


El materialismo es la teoría filosófica que afirma la realidad es el mundo físico que nos presentan los sentidos y que describen las ciencias naturales. Según esta teoría la realidad es plural (compuesta de muchas cosas), espacial (las cosas ocupan espacio), extensa (las cosas tienen cuerpo, dimensiones, etc.), temporal (aparecen, envejecen, desaparecen etc.) y cambiante (se transforman, cambian de posición, etc.)... ¿Es todo esto cierto?

Imaginemos que la realidad fuese plural, es decir, que en ella hubiese MUCHAS COSAS diferentes una de otras. ¿Qué separaría entonces una cosa de otra? Otra cosa, claro. ¿Y esta otra cosa de las anteriores? Otra. Y así hasta el infinito. Luego lo que separaría una cosa de otra sería algo infinito: un límite ilimitado. ¡Qué contradicción! ¿O no?

¿No pasa esto mismo con los números? (Los números, por cierto, son el “nombre” de las cosas en cuanto a su pluralidad o cantidad). Se supone que el 3, por ejemplo, se separa del 1 gracias a que el 2 está por en medio. Pero a su vez, el 3 se separa del 2 gracias al 2.5, y se separa del 2.5 gracias al 2.75... Y así hasta el infinito. El límite entre los números es ilimitado. Los propios números son finitos (el dos “está” entre el 1 y el 3) e infinitos (entre el 1 y el 3 hay infinitos números)...

Además, si las cosas fueran así de infinitas habrían de ser infinitamente diferentes unas de otras. Pero entonces, ¿cómo iban a tener nada en común? (Por ejemplo: ¿tendrían en común el "ser cosas”, o el ser todas ellas “diferentes”? ¿Tendrían siquiera algo en común consigo mismas, o serían también, cada una de ellas, diferente de sí misma?)... Ahora bien, si tuvieran algo en común (por ejemplo, el ser todas ellas "cosas físicas") tendríamos que imaginar “algo” que estuviera en todas ellas, siendo siempre lo mismo, pero ¿qué podría ser este extraño elemento que puede estar en tantos sitios a la vez (como Dios)? ¿Podría ser algo material o físico?...

¿Cuántas cosas hay: muchas, una sola, o ninguna? ¿Qué crees tú? ¿Y cómo podrías justificar tu respuesta sin caer en contradicción?