Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.
No dejo de darle vueltas: ¿Es Donald
Trump un genio de la estrategia que se hace el loco, o un loco aupado a
estratega por una rara «genialidad» de la historia? Últimamente tiendo a pensar lo segundo; no ya por
el desvarío mental que exhibe en sus descacharrantes monólogos (difícilmente se
puede simular algo así), sino por el carácter errático y contraproducente de
muchas de sus decisiones.
Tomemos el ejemplo de su apoyo
explícito a las «fueras patrióticas
europeas», Vox entre ellas.
Lo mismo las festeja, considerándolas como compinches en el viejo continente (suponemos
que esperanzado en debilitar así a la Unión Europea, un referente moralmente
incómodo por sus políticas regulatorias y sociales), que actúa sin tenerlas en
cuenta y poniendo en un brete a sus líderes y partidarios.
Porque vale que el objetivo expreso de
la estrategia trumpista sea subordinar completamente a Europa (y a todos los
que se dejen) a los intereses de la élite neocón norteamericana, pero ¿no
deberían avisar a sus lacayos políticos europeos antes de subir aranceles o
amenazar con invadir Groenlandia? Así Abascal, Salvini, Orbán o Farage tendría
tiempo para difundir algún bulo sobre inmigrantes okupas para distraer al
personal, en lugar de estar ridículamente proclamando aquello del «MEGA» («Make Europe Great Again») mientras
Trump se burla del valor de los soldados británicos en Afganistán o ningunea
las instituciones europeas...
Lo de Vox es un caso paradigmático. ¿Qué
dirían Abascal y los estrategas de Vox – hartos de ir a Washington a lamerle
las botas a Trump y a recibir instrucciones de la fundación Heritage –
si al presidente USA (del que su propia jefa de gabinete afirma que tiene
personalidad de alcohólico) le da mañana por tomar Ceuta o las Islas Canarias (territorios
autónomos del Reino de España por los mismos motivos que Groenlandia lo es de
Dinamarca)? ¿A que patriotismo español invocarían entonces? ¿Aprovecharían para
proponer la ampliación de la base de Rota y llamar «Golfo de Trump» (nombre
muy apropiado) al Golfo de Cádiz, para asegurar así la protección americana
frente a una invasión islámica?
No lo sabemos. Como tampoco la forma en
que Vox piensa realizar las deportaciones masivas que promete para salvarnos
del «gran reemplazo». ¿Creará una policía migratoria como el ICE trumpista para sacar
a los inmigrantes a rastras de los invernaderos, de los asilos en que cuidan a
los ancianos o de los edificios en construcción? ¿Disparará también a bocajarro
a los ciudadanos que se interpongan en su camino, como en Minneapolis? ¿Saldrán
Buxadé o Figaredo ante la prensa, con uniforme y rodeados de banderas, para
defender la caza al inmigrante y a los «peligrosos terroristas» que los
defienden con un móvil en la mano?
Espero que Trump, y todos los que aquí
incitan irracionalmente al odio y la violencia acaben en el manicomio o la
cárcel. Pero deseo, sobre todo, que las incongruencias de la ultraderecha
europea, despreocupadamente desveladas por el propio Trump, provoquen una mínima
reflexión en aquellos que son presos de su retórica fascista e incendiaria. No
sé si es mucho desear, pero no es hora de pararse en barras (ni estrellas).

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