Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Confieso que ver todos estos días en primera página a los astronautas del Artemis II me ha tocado la moral y las narices. Soy tan novelero como cualquiera, pero no está la cosa como para tirar cohetes: hay que estar a la luna de Valencia para andarse con la vieja milonga del progreso y el «gran paso (¿hacia dónde?) de la humanidad» mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Y digo milonga no por lo que la cosa tenga de hazaña técnica (que la tiene, y es admirable), sino por el sentido político que se le quiere dar. El «progreso científico» no equivale a «progreso político o moral», aunque el relato propagandístico juegue a menudo con ese equívoco.
El progreso político consiste en crear las condiciones materiales para que todo ser humano pueda cubrir sus necesidades básicas y realizar su proyecto personal en armonía con los otros. El progreso científico, en cambio, solo proporciona un arsenal de técnicas con las que modificar esas mismas condiciones materiales; pero ni garantiza que se modifiquen para mejorar la vida de la gente (pueden usarse, perfectamente, para empeorarla), ni que tales modificaciones lleguen a la mayoría (pueden muy bien reservarse para una élite pudiente).
Brindar por los éxitos de la ciencia es, pues, estupendo, pero sin olvidar que, por sí mismos, no significan políticamente nada. Es más: deberíamos subrayar que tales éxitos suponen, casi siempre, la necesidad de profundizar en otro tipo (totalmente distinto) de conocimiento: aquel por el que consensuamos razonadamente los principios, normas, fines y valores que han de guiar y regular el modo en que implementamos los «avances» científicos (piensen en los problemas éticos que acarrean la biotecnología, el uso de la IA, la energía atómica o… el dominio del espacio). Este tipo de conocimiento ético no es menos complejo que el de los ingenieros de la NASA (mucho me temo que lo es infinitamente más), pero poca gente parece preocupada o siquiera consciente de él. Permanece oculto en oscuros comités y cenáculos académicos, cuando tendría que desarrollarse a la vista de todos y con tanta publicidad, al menos, como la que tienen los hallazgos de la ciencia.
Mientras, conviene desconfiar de la propaganda. Más acá de esa leve (y tranquilizadora) impresión de concordia en torno a la exploración espacial con que la política exterior norteamericana muestra su lado amable (eclipsando fugazmente al siniestro lunático que tienen por presidente), la cara menos visible de nuestro planeta esconde lo que ya sabemos pero tenemos unas ganas locas de olvidar: la agonía diaria de las víctimas de la guerra , los miles de inmigrantes cruelmente deportados o ahogados en el mar, la opresión y la violencia sobre las mujeres, la creciente desigualdad económica, el derrumbe de la legalidad internacional, la amenaza del cambio climático… ¿Habrá que lanzar un cohete para sobrevolar y fotografiar África, Gaza, Líbano, Latinoamérica o Ucrania, para no olvidar que antes de «andar en la Luna» convendría sembrar de justicia la Tierra?

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