Parece que no se dan cuenta de nada, pero
los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y
contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de
lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan
que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban
usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que
en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación.
Los ejemplos abundan. El otro día, en el
vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no
se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros
junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños.
¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad
de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales,
coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del
Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no
así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más
importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en
esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada
para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han
venido a caer, los pobres.
Tampoco sé cómo podríamos inculcar al
alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos
individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra
dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes,
modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que
se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece
fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se
trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación
Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la
Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a
los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con
objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la
Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en
las redes…
La pluralidad está muy bien, y es uno de
los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de
creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y
la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión,
pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los
discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a
prueba de razones (el presunto «sentido
común»), esconden un ideario totalitario, reaccionario y excluyente.
Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente
respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno
y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a
los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.

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