lunes, 30 de abril de 2012

¡Más funcionarios y menos especuladores!


 
 
La gente cree (y se les hace creer) que en España hay demasiados funcionarios, que la gestión pública es ineficaz y que, consecuentemente hay que adelgazar la nómina de (y de los) funcionarios, y privatizar los servicios públicos. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

La primera de estas ideas (España está llena de funcionarios) es rotundamente falsa. Nuestro país no tiene más funcionarios que otros países europeos, sino más bien menos (España tiene menos de la mitad de trabajadores públicos que Finlandia, Suecia o Dinamarca), y mucho más baratos. Bien es cierto que esos otros países tienen la suficiente educación cívica como para sus ciudadanos quieran pagar muchos más impuestos y sus funcionarios se desvivan por el servicio público.



La gestión pública es ineficaz en la misma medida en que se invierte poco en ella y, en parte debido a esto, a que faltan mecanismos que aseguren la calidad del servicio (buena formación del personal, adecuados procesos selectivos, control y supervisión eficaz…). A eso hay que sumar la endémica desvalorización de lo público y la subsiguiente falta de vocación y de responsabilidad de muchos funcionarios (que deberían dar ejemplo) y de no menos ciudadanos. Todo esto, de nuevo, se soluciona con más educación (en el valor de lo público) y con más impuestos (para lo público). Pero en lugar de eso, aquí (y en otros países) se recortan los recursos de la educación pública, y cuando se suben los impuestos se hace como medida excepcional ante una situación de emergencia económica (y no para invertir en lo público).




 Dada la supuesta ineficacia de la gestión pública y el coste fiscal de mantenerla algunos preconizan la privatización de dicha gestión. Pero esto no suele mejorar los servicios públicos (como se ha visto una y otra vez en todos los lugares en que se ha hecho), sino que literalmente los desmantela o reduce a un mínimo. Y esto por la sencilla razón de que el objetivo de una empresa (el beneficio económico individual) es totalmente distinto al objetivo de un servicio público (el bien de todos). Privatizar los transportes o los hospitales públicos supone, obviamente, peor servicio y más caro (de algún lado han de salir los beneficios empresariales). Y sin competencia posible (que es lo que podría obligar a la empresa a mejorar su servicio y disminuir sus beneficios), pues no hay otra empresa de metro u hospital con que competir. La única alternativa es, claro está, ser rico, o que tu papa lo sea, y comprar un coche o acudir a un hospital de pago.


 
¿Cómo financiar entonces unos servicios públicos masivos y de calidad? ¿De dónde han de salir los recursos? De los impuestos, claro. Pero y los impuestos, ¿de dónde? Un país ha de ser rico para poder pagar los impuestos tan altos que exige el bien común. ¿Y cómo ser un país rico? A mi humilde juicio, la riqueza de un país (como por ejemplo el nuestro) ha de consistir en:
(a) Fomentar e instituir un modo de vida más austero a nivel personal (las cosas importantes de la vida no valen dinero).
(b) Crear una fuerte conciencia del valor colectivo de los bienes (las cosas importantes que valen dinero son importantes o buenas para todos, luego hemos de costearlas entre todos) y, consecuentemente, una buena disposición para el esfuerzo fiscal dirigido a financiar los bienes públicos.
(c) Apostar pública y privadamente por la economía real (no la especulativa): lo que a largo plazo resulta competitivo y generador de riqueza es producir lo que la gente realmente demanda, todo aquello que hace posible la vida y contribuye a llenarla de sentido: bienes básicos de calidad, salud, energías limpias, innovaciones tecnológicas que faciliten las tareas, servicios sociales, ocio, bienes culturales, ideas…
(d) Luchar contra la desigualdad económica y social: la competitividad basada en la disminución de salarios y la desrregulación laboral no es viable a largo plazo, ni aquí ni en Pekín; una situación en la que menos de un 1% de la población es propietaria de tres cuartas partes de la recursos económicos es insostenible.
(e) Desmitificar el poder del poder financiero: este no es omnímodo ni inevitable; para sujetarlo basta con la voluntad personal (no prestarse personalmente al juego especulativo) y general (presión pública para que se someta a la economía especulativa a un régimen fiscal draconiano, así como para regularizarla políticamente, y a nivel mundial, poniéndola al servicio del interés común –lo que, con toda probabilidad, acabaría con ella- y persiguiendo con todo rigor las estafas y las prácticas “terroristas” de las persona y las instituciones financieras).
(f) Obviamente, y como condición necesaria de todo lo anterior, fomentar una educación general (que llegue a todos sin excepción), eficaz (orientada por criterios pedagógicos –la pedagogía debería recibir tantos recursos, al menos, como los que reciben la investigación física o biológica--), y dirigida tanto al desarrollo de talentos como al diálogo en torno a los valores e ideales que nos identifican como personas y como ciudadanos de un proyecto político común.
 


sábado, 28 de abril de 2012

¿Crisis? ¿Qué crisis?

 
Hoy, a petición de mis alumnos, hemos debatido en clase sobre las causas de la crisis económica y la política del gobierno para superarla. Pero perdidos en los tecnicismos de los economistas y la retórica vacía de los políticos, se nos olvido reconocer lo esencial: que esta crisis no es económica, es una crisis de justicia e inteligencia, una crisis política, en el más noble sentido de esa vilipendiada palabra. Y entonces recordé el hermoso texto que hace tiempo colgó mi amigo y cavernicolega Juan Antonio Negrete en facebook y que cito a continuación:

 No te engañes ni te dejes despistar: en el mundo no hay escasez: se produce anualmente más del doble de alimentos necesarios; algunas personas tienen diez, cien, mil, un millón de veces más medios para obtener cosas materiales que otros. En Europa no hay escasez: no hay ninguna razón material por la que una casa, un lugar donde vivir, cueste el trabajo de media vida; algunos europeos tienen en bancos diez, cien, mil un millón de veces más dinero que otros. Si hubiera escasez, nadie podría tener de sobra. Lo que hay, pues, es un reparto que expresa que, para nuestra sociedad, algunas personas valen más, muchísimo más que otras, y que las dedicaciones más útiles y valorables son las de quienes solo piensan en almacenar cosas porque creen paranoicamente que viven en perpetua escasez.
El escenario de la escasez es el que necesita pintar en su imaginación el pensamiento depredador. Algunos animales sí viven en la escasez, y están obligados a ser depredadores, es decir, solitarios, violentos, competitivos..., pero el hombre no está en esas circunstancias, solo lo está en la mentalidad de algunos de los hombres, los más solitarios, violentos, competitivos, a los que quizás les faltó amor y respeto de otros y lo compensan con un torpe "amor" a sí mismos y una falta de respeto a todo.

No te engañes ni te dejes despistar: no hay escasez, no hay escasez material, hay escasez moral, y esa solo se cura con conocimiento y amor.

Os enlazo algo más, el libro Hay alternativa del economista Vicenç Navarro y otros, que es distribuído gratuitamente en la red, y en el que se intentan explicar las causas de la crisis (y las posibles soluciones) desde una perspectiva diferente a la que parece instaurada en los mayoría de los medios de comunicación. 

jueves, 19 de abril de 2012

¿Libertad? ¿Qué libertad?



“¡Yo no he sido!”, repite una y otra vez el bueno de Bart Simpson. ¿Tendrá razón? ¿Somos realmente responsables (es decir: los autores o causantes) de nuestras decisiones y acciones? Veamos.

La mayoría de las teorías éticas suponen que los seres humanos somos seres o sujetos morales en cuanto (1) “PODEMOS ELEGIR”, y (2) “SOMOS LA CAUSA ÚLTIMA DE LO QUE ELEGIMOS”. Estas dos ideas están a la base de lo que significa la palabra “LIBERTAD” (al menos, en un sentido positivo, el sentido “negativo” de libertad –ausencia de obstáculos que impidan hacer lo que he decidido— es menos importante, en cuanto que depende del primero).

En efecto, las teorías morales no sólo incluyen enunciados descriptivos (del tipo “X es bueno”), sino también enunciados normativos o prescriptivos (“Debes hacer x”), por lo que presuponen que somos libres, es decir: que podemos ELEGIR x o no-x, y que somos NOSOTROS (y no las circunstancias ni nada no elegido por nosotros) lo que causa tal elección. Ahora bien: ¿es todo esto cierto?

De entrada, el supuesto de que podemos elegir es ya bastante problemático. Sobre todo si mantenemos una concepción rígidamente DETERMINISTA de la realidad de la que formamos parte. Si el mundo se describe como una compleja secuencia de causas y efectos regida por leyes (como una larga lista de fichas de dominó que se van haciendo caer unas a otras), no hay lugar para posibles cursos de acción alternativos al único que, según esa secuencia y esas leyes, puede ser. Me imagino ilusoriamente que puedo pasear por la calle A en lugar de por la calle B porque ignoro toda la secuencia y las leyes que determinan (lo sepa yo o no) el recorrido de mi paseo... Podría, desde luego, acudir a una concepción más indeterminista del mundo (como la que presenta cierta parte de la física contemporánea), o a la idea de que los seres humanos no pertenecemos del todo al mundo que describen las leyes naturales, pero ambas opciones parecen muy discutibles (lo primero supone que hay fenómenos imprevisibles y, por tanto, irracionales; lo segundo supone que los humanos somos seres "sobrenaturales").



Supongamos de todos modos que la elección fuera posible. Faltaría entonces por justificar lo más importante: ¿cómo que somos nosotros los responsables últimos de las elecciones que tomamos? Supongamos que Bart Simpson puede escoger entre devolver una cartera llena de dinero o no hacerlo. Para suponer que es libre (que es él, de forma autónoma, el que decide) hemos de ir más allá de las posibles CAUSAS BIOLÓGICAS (el instinto de posesión), PSICOLÓGICAS (una cleptomanía irrefrenable) y SOCIOCULTURALES (en el grupo cultural de referencia de Bart lo “guay” o adecuado es quedarse con el dinero). Si todo esto fuera lo que causa la elección de Bart, el responsable no sería él, sino la “especie” o el “entorno cultural” en que se ha educado. Esto es, por cierto, lo que dirían las "éticas naturalistas" o las que entienden la moral como la “ideología” de una determinada cultura.

Imaginemos ahora que Bart toma su decisión en función del PLACER que imagina va a proporcionarle quedarse con el dinero (o devolverlo), o que la toma pensando en que una sociedad en que la gente devuelve lo que encuentra es, en general, más FELIZ. Esta sería la respuesta que darían las éticas emotivistas (el hedonismo o el utilitarismo). Ahora bien, esto no resuelve el problema de la libertad, pues no parece que Bart, ni nadie, pueda elegir lo que le da placer o lo que le hace feliz. "A mi me gusta o me hace feliz esto, qué le vamos a hacer" -solemos decir-. (En todo caso, podríamos averiguar qué causas biológicas, psicológicas y culturales están detrás de lo que nos da placer o felicidad, pero no modificar estas relaciones causales).


Hay otra opción: que Bart decida en función de lo que le parece más RACIONAL (parecería racional, por ejemplo, que dado que todos los seres humanos somos iguales, no debemos hacer a otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros). Ahora bien, aquí el problema es similar: nadie escoge que un argumento sea racional o no, por lo que Bart no tiene más remedio que escoger la opción que la razón le indica. Esta es la respuesta de las éticas más intelectualistas que, como vemos, tampoco justifican la responsabilidad personal (a no ser que identificamos a las personas con la razón) ni la libertad (la conclusión racional a la que llegamos tras argumentar no es una opción, ha de ser esa y nada más que esa).

¿Qué alternativa queda? ¿Obrar a CAPRICHO, porque nos da la gana, incluso contra nuestros impulsos emotivos o nuestra razón? Este tipo de respuesta es tan irracional que apenas merece la pena discutirla. Si ser libre es actuar por puro capricho o azar (si es que esto es posible), seríamos tan libres y responsables como un dado o una ruleta, es decir: nada (nadie diría que la ruleta es la que libremente ha decidido que salga el número 3, por ejemplo).



Así que, ¿libertad, qué libertad?... Ahora bien, SI NO HAY LIBERTAD, ¿HAY ALGUIEN QUE SEA RESPONSABLE O CULPABLE DE LO QUE HACE? ¿Qué solución cabría dar, entonces, a los que se portan “mal”?

martes, 17 de abril de 2012

Dos debates sobre antropología y psicología

Los sabios alumnos que tengo provocaron hoy dos debates que a nadie pueden dejar indiferentes y que podemos titular así:
(1) ¿Debemos respetar las costumbres y creencias de otras culturas?
(2) ¿Qué debe guíar nuestra vida: la razón o el corazón.

        ¿DEBEMOS RESPETAR LAS COSTUMBRES Y CREENCIAS DE OTRAS CULTURAS?

 La DIVERSIDAD CULTURAL es un hecho innegable. En este mundo conviven personas de muy distinta procedencia cultural o nacional, a veces en un mismo lugar, debido a la inmigración (por ejemplo: marroquies, chinos, hindúes, subsaharianos, etc., que vienen a España a ganarse la vida, igual que hace unas décadas emigraban los españoles a otros países por idéntico motivo). Esto genera a veces problemas de convivencia y, en todo caso, plantea la pregunta de cómo debemos afrontar la relación con personas con costumbres y creencias culturales diferentes. A esta pregunta se le suelen dar respuestas como estas:

- ETNOCENTRISMO. La relación debe ser paternal, educativa, o incluso de imposición de nuestros valores y creencias, pues nuestra cultura (en este caso la española o, mejor, la europea u "occidental") es manifiestamente superior a las demás. Esta posición puede conducir, en ciertos casos, a la XENOFOBIA y el RACISMO, que son actitudes de negación y desprecio absoluto de culturas diferentes a la nuestra.

- RELATIVISMO. La relación debe ser de tolerancia absoluta, pues ninguna cultura es superior a otra, todas son diferentes. Las creeencias o costumbres de otras culturas nos pueden parecer buenas o malas, pero esta valoración responde a lo que nosotros creemos que es "bueno" y "malo" y estas creencias solo son válidas para nosotros, no para aquellos que juzgamos. A ellos les puede parecer "malo" lo que para nosotros es "bueno" y al revés, y están en su legítimo derecho, pues no existen criterios universales acerca de lo bueno y lo malo. Así que debemos respetar o tolerar las creencias y costumbres de todas las culturas.

- INTERCULTURALISMO. La relación debe ser de diálogo. Las creencias y costumbres de cada cultura pueden y deben ser juzgadas como buenas o malas, respetables o no, pero esta valoración debe proceder del reconocimiento mútuo, a través del diálogo, de lo que esta "bien" y "mal" para todos. Tal vez no podamos entendernos en todo, pero al menos debemos proponer unos mínimos morales en los que todos (seamos de la cultura que seamos) estemos convencidos.

- UNIVERSALISMO. La relación debe ser, también, de diálogo racional. Y el objetivo no es simplemente llegar a unos mínimos morales reconocidos por todos, sino incluso alcanzar algo parecido a una "cultura universal" en la que todos aceptemos racionalmente unos mismos valores y unas mismas costumbres, estructuras políticas, sociales, económicas, etc. (que serán las que la razón demuestra como las más adecuadas a los seres humanos).

Estas son, creo, las cuatro posiciones posibles en torno al problema. ¿CUÁL ES LA MÁS ADECUADA A VUESTRO JUICIO?


¿QUÉ DEBE GUIAR NUESTRA VIDA: LA RAZÓN O EL CORAZÓN?

Algunos, los más EMOTIVISTAS, piensan que el corazón (es decir, la emotividad) es el que toma nuestras más fundamentales decisiones (cuál va a ser nuestro trabajo, nuestra pareja, si tenemos hijos o no, si somos o no creyentes religiosos, etc.). La razón es, en estos casos, una herramienta con que lograr lo que el corazón quiere (por ejemplo: mi corazón ha elegido querer a Margarita y mi razón me ayuda a cálcular cómo puedo conquistarla).

Otros, los más RACIONALISTAS, piensan que las decisiones las toma siempre la cabeza (es decir, la racionalidad). Siempre decidimos hacer lo que, mediante cálculo racional, creemos más conveniente (y "lo más conveniente" es lo más coherente con nuestra naturaleza y situación vital, según la conocemos e interpretamos racionalmente). Incluso cuando nos parece que actuamos emotivamente lo hacemos también racionalmente, pues toda emoción es una reacción a la interpretación más lógica que tenemos con respecto a lo que somos y las situaciones que vivimos. Así, siento celos (y esto me impulsa a tomar ciertas decisiones) porque he interpretado y entendido ciertas conductas de mi pareja como "infieles", y entiendo que esta infidelidad traiciona un cierto compromiso, pone en cuestión mi prestigio, es una amenaza a mi actual situación de bienestar, etc. Aunque yo no sea consciente de todas estas "lecturas" de la situación, son estas las que hace que me sienta celoso (si hiciera otra "lectura" tendría, seguro, otras emociones). En otras palabras: el pensamiento controla las emociones (y no al revés, como piensa el emotivista).

¿QUIÉN TENDRÁ RAZÓN, EL EMOTIVISTA O EL RACIONALISTA? (Y advierto: no intentéis escabulliros en los términos medios, a no ser que expliquéis muy bien en que consiste vuestra "mediación").

sábado, 14 de abril de 2012

La caverna de la caverna.



Dicen algunos antropólogos que la más clara diferencia observable entre nuestros más cercanos parientes homínidos y nosotros es el ARTE. Por ejemplo, las pinturas rupestres, esas representaciones de animales y otros seres que nuestros abuelos plasmaron en las paredes de sus cuevas.  Bonito, ¿verdad? ¿Y no será inevitable (para unos poéticos cavernícolas como nosotros) relacionar este cuento con ese otro que nos legó Platón: el mito de la caverna? Especulemos, como si fuéramos espeólogos de nosotros mismos, sobre esta caverna que habitamos...

El hombre se distingue del animal por su capacidad REFLEXIVA y ESPECULATIVA. Somos conscientes del mundo que nos rodea, pero también de nuestra propia conciencia; pensamos en nuestros pensamientos (en eso consiste reflexionar). Y precisamente por ello somos capaces de distinguir entre el pensamiento y lo pensado, entre la representación y el mundo, entre nuestra mente y la propia realidad. Esta es la condición de nuestra condición humana, caracterizada por la DUDA y la ESPECULACIÓN. Dado que distinguimos entre lo que tenemos en la cabeza y lo que sea la realidad, podemos dudar de la certeza de lo primero y especular acerca de lo segundo. En otras palabras: podemos sospechar del carácter aparente de lo que inmediatamente percibimos y construir teóricamente otros mundos hipotéticamente más verdaderos. Esta es la situación “cavernaria” del hombre, su más honda y maravillosa característica: desconfiar del "más acá" de la apariencia y preguntarse por el "más allá" de lo verdadero . Y en este viaje filosófico consiste, según el viejo simil platónico, su tránsito de la caverna (la apariencia, la inmediatez sensible) al Sol del conocimiento (la realidad, la evidencia racional).

 
¿Y en qué contribuye a esto la representación de unos animales en las paredes de una cueva? En primer lugar, la exteriorización de las representaciones mentales tal vez pueda ayudar a hacernos más plenamente conscientes de las mismas. Cuando el “artista” paleolítico plasma en la pared lo que tiene en su imaginación o en sus recuerdos, está objetivándolo, tomando distancia, y creando así condiciones óptimas para asumir sus propias representaciones como objeto de conocimiento (imaginemos a esos primitivos hombres preguntándose qué tipo de bisontes eran esos pintados en la pared, en qué se distinguían de los que cazaban fuera de la cueva, de dónde y como habían aparecido, etc.).

Naturalmente, debemos suponer que este fenómeno de toma de consciencia de las propias representaciones está igualmente ligado al lenguaje. Escuchar una secuencia de sonidos que signifique, por ejemplo, “estas son huellas de bisonte”, es algo tan diferente a las propias huellas visibles, que parece inevitable pensar en la distinción entre un mundo de signos relativo a nuestra mente y cultura, y otro mundo de objetos reales referido por el primero. Cuando más si, al expresar u oír la expresión simbólica esta era corregida por nuevas percepciones y/o por las indicaciones verbales de otro. Imaginad que nos decían: “estas NO son huellas de bisonte, te has equivocado”, y que tras mirar de nuevo admitíamos nuestro error. ¿No sería lógico preguntarse entonces dónde estaban entonces esas huellas de bisonte que creíamos percibir? ¿Y no sería lógico responder: estaban en mi mente, no en el mundo, y admitir, por tanto, que hubiera como dos lugares o realidades distintas: mi mente y el mundo?

     

La eclosión, en fin, de la competencia representacional (un lenguaje oral más rico en símbolos y más complejo; y la exteriorización de códigos representacionales a través de pinturas y gráfismos, tatuajes, adornos corporales, objetos significativos, etc.) fue, tal vez, lo que determino la distinción consciente entre representación y mundo, y lo que creó, así, la condición para dudar de nuestras representaciones inmediatas (que están en mi mente, o en mi lenguaje, y a veces son erróneas) y preguntarnos por lo verdaderamente real (buscando representaciones correctas y objetivas).

Este no es el único paso, claro está, en esa compleja ascensión desde la oscuridad de la preconsciencia y la ignorancia a la luz del conocimiento. Una vez asentada la desconfianza hacia las representaciones primarias (las percepciones inmediatas), nos tocó sembrar la duda en las propias representaciones simbólicas. PINTAR o hablar de bisontes es la llave (o una de ellas) para que dudemos del carácter de lo que vemos. Pero PENSAR en (y con) nuestros grafos y palabras es la clave para el hacer y el deshacer especulativo acerca del carácter de lo real mismo.

Si esto fuera así, resultaría paradójico que la forma de disolver el espejismo primario, las imágenes de la caverna platónica, fuera plasmarlas pictóricamente en la misma pared, creando imágenes de imágenes. Imágenes eso sí (las pictóricas) mejoradas: más conscientes, más bellas, propicias y coherentes, en suma, más reales (o ideales, lo que, para Platón, es lo mismo).

En fin. Lo originario (lo más primitivo e imperfecto) es la mera VISIÓN (a esto corresponden las imágenes del fondo de la caverna en el mito platónico); el protohombre, el hombre-animal u hombre-niño, no distinguen entre su visión y el mundo (son para él lo mismo).

 Sobre la mera visión aparece algo menos originario (más avanzado y perfecto): la representación consciente, la imaginación, EL ARTE. El cavernícola se pone en acción, se levanta y objetiva pictóricamente su subjetividad visionaria en la pared de su cueva, duplica estéticamente el mundo (la pintura y lo pintado, lo objetivo y lo subjetivo, lo parecido y lo disímil, lo bello y lo feo…), y dónde hay dualidad la lógica aflora a la consciencia como duda, como resistencia a lo doble y contradictorio, y cómo búsqueda de identidad (¿qué mundo es el real, que representación es la verdadera, apropiada, bella?).

Tras esto, la espeolológica aventura humana se acelera. Sobre la representación y el símbolo aparece el PENSAMIENTO TEÓRICO Y ESPECULATIVO, la torsión o re-flexión del cavernícola pre-liberado por el arte y su mundo simbólico hacia el ámbito de las cosas mismas (los significados o ideas, diría Platón) y, tras él, hacia la razón última y fundante de tales cosas o ideas.

Ya decía Platón que el artista está alejado dos veces de la realidad (sus imágenes son una copia pobre de las cosas mismas –es decir: de sus ideas—, que a su vez no son sino una imagen o signo de lo que les presta realidad –la perfecta y pura Identidad—). Pero aún más alejada está la simple visión o percepción, la pura subjetividad inconsciente del animal.

¿SERÍA ASÍ EL ARTE EL ESLABÓN ENTRE NUESTRA INFANCIA ANIMAL Y NUESTRA HUMANA MADUREZ? ¿El paso –adolescente- que hay entre la simple inconsciencia de los inicios, y la reflexión y especulación racional posterior? ¿NO ES ESTO LO QUE PODRÍA DECIRNOS ESTA BELLA HIPÓTESIS ANTROPOLÓGICA?
  


martes, 10 de abril de 2012

¡Al fin podremos diseñar genéticamente a nuestros hijos!


Una de las características del animal que somos es la capacidad técnica. Podemos operar con el medio ambiente para producir objetos o procedimientos que favorecen nuestra supervivencia. Esto es también frecuente en otros animales (pájaros que utilizan piedras para romper huevos, monos que fabrican y usan palos para "pescar" termitas, etc.). Pero el caso del animal humano parece especial. Nuestra capacidad técnica es incalculablemente mayor que la de cualquier otro animal. Durante siglos, la técnica humana (la agricultura, la minería, la ingeniería, etc., etc.) ha logrado transformar radicalmente el medio ambiente (cambiando bosques por campos de cultivo, horadando montañas, cambiando el curso de los ríos...). Pero más aún, desde hace muy poco tiempo la relación entre la técnica, la ciencia moderna, y las empresas y Estados que se benefician de los nuevos descubrimientos, ha dado lugar a la "tecnología" o "tecnociencia". La tecnología actual nos dota de unas capacidades inauditas y que dan mucho que pensar. Una de ellas es la capacidad de diseñar genéticamente el físico de nuestros hijos. Sin embargo, éste y otros "adelantos" provocan un gran rechazo en la gente.
¿Por qué crees que se produce ese rechazo, en concreto al diseño genético de los hijos, y en general a todo lo que hoy promete la tecnología?
¿No es mejor que controlemos los rasgos físicos con que van a nacer nuestros hijos, en lugar de dejarlos al "azar" natural? ¿Por qué, si nadie deja al azar el aspecto, color, etc., del automóvil que va a comprar, va a dejar al azar el aspecto físico de algo mucho más importante, como es su hijo? ¿Por qué resulta tan escandaloso diseñar el cuerpo de nuestros hijos y no diseñar su "alma", que es lo que hacemos cuando los educamos?
¿Qué pensáis de esto? ¿Preferirías diseñar a vuestro hijo o mejor dejarle esto a la "naturaleza"? ¿Por qué sí o por qué no?

miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Qué tipo de persona quieres ser? El guerrero, el rico, el santo y el sabio...

        ¿Por qué y para qué es el ser humano? Es decir: cuál es su razón de ser y su finalidad; qué justifica su existencia...
        Las posibles respuestas a estas preguntas están obviamente relacionadas con lo que entendamos que es la esencia humana. Si entendemos (desde la antropología más materialista) que el ser humano es esencialmente un animal, su ser no tendría mucho más sentido que el propio a un animal: la supervivencia, el éxito biológico. El modelo humano a seguir (si es que desde esta perspectiva “natural” cabe hablar de “modelos” o valores) sería algo así como el del hombre fuerte, sano, instintivo, astuto, sensual, vitalista, etc. Algo así como el guerrero homérico, según la interpretación de algunos filósofos, o como el “superhombre” nietzschiano.
 
          Si entendemos que la esencia humana reside en su dimensión social y cultural, su ser estará orientado entonces a la realización y el éxito social. El modelo sería entonces el del hombre socialmente adaptado o acomodado (el bienestar, la felicidad…). Naturalmente, este éxito social está en función de los fines y valores de la cultura de que se trate. En nuestra cultura, el modelo de ser humano es algo similar al burgués moderno: el empresario rico, el profesional prestigioso, el artista famoso...
 
         Pero si entendemos que la esencia de lo humano está en la libertad y la moral, su ser estará orientado a la virtud, a las buenas acciones (convengan o no desde una perspectiva biológica, y concuerden o no con los valores de la cultura vigente), al heroísmo (incluso anónimo), etc. El hombre modélico sería aquí el héroe, el santo, a menudo incomprendido por los demás; es decir, el que busca lo bueno, incluso por encima del instinto y de la felicidad o bienestar, y, por lo mismo, cambiar el mundo con sus obras…
 
       Finalmente, si entendemos (con la antropología más espiritualista) que la esencia de lo humano anida en la búsqueda racional de la verdad, su ser estará orientado hacia el saber y el vivir de acuerdo a la razón. El modelo sería, entonces, el filósofo, el sabio...
    
       Claro está que habría multitud de casos intermedios (si no casi todos). Por ejemplo, el guerrero (modelo 1) suele ser también un tipo de triunfador social (modelo 2), y el empresario rico (modelo 2) contiene cualidades (astucia, afán de poder, etc.) propios del guerrero (modelo 1). De otro lado, entre el modelo 2 y el modelo 3 pueden situarse el artista más genuino (el que atiende al puro ideal de belleza, aunque éste sea incomprendido por la sociedad) o al político más honesto (en el que la búsqueda de la justicia está por encima del apoyo popular o de la presión de los poderosos). Entre el modelo 3 y el modelo 4 estaría el científico (el mago, el chamán en otras culturas), movido a veces por intereses más pragmáticos (transformar el mundo) que puramente teóricos…Etc.

        Pero por muchos que sean los casos intermedios, en cualquiera de ellos deberíamos encontrar una finalidad más esencial que las demás… Ahora, pensad un poco en la pertinencia de este esquema e intentar situaros vosotros. ¿Cuál es el sentido fundamental de vuestra vida (al que se subordinan los demás)? ¿El éxito biológico? ¿El triunfo y el bienestar social? ¿El afán de bondad y belleza? ¿La búsqueda de la verdad?... ¿Qué tipo de ser humano o persona quieres ser?



domingo, 4 de marzo de 2012

Una teoría de la mente

El ser humano es un ser dinámico o activo: ha de “moverse” para lograr lo que le falta (esto es característico de todos los seres que conocemos, dado que ninguno de ellos es “perfecto” o “completo”) Investigar al ser humano consiste, por tanto, en investigar su forma de actuar y de moverse, es decir: su conducta.

Ahora bien, la conducta de los humanos (y de otros animales) está determinada por la mente . Si suponemos al ser humano como un compuesto de cuerpo y mente (o cerebro), la parte mental (o cerebral) es la que controla y dirige al resto. Por eso, para estudiar la conducta humana, lo que más nos interesa estudiar es la conducta o actividad mental.

En general, la mente (o cerebro) parece ser aquello que organiza la conducta entera de un ser en relación al medio (la realidad) y a ciertos fines (los propios de ese ser), dotando así de forma y unidad a su comportamiento.

 En el caso del ser humano, esta tarea organizativa de la mente es muy compleja, y siempre se ha dividido en "partes" o “facultades”. Las divisiones más tradicionales consistían en separar la parte racional, cognoscitiva y más activa, de un lado, y la parte emotiva y sensible, más pasiva y supuestamente irracional, del otro. Nosotros proponemos la siguiente distinción básica y muy general (pero que, creemos, recoge toda la fenomenología mental): la sensibilidad, la emotividad, la voluntad y el entendimiento.

La mente humana sería como una conducta o actividad interna que dirige todo lo que hacemos en función de lo que creemos que es la realidad y lo que creemos que nos conviene (y entiéndase aquí creencia en el sentido más amplio posible, como representación psíquica -y no solo, ni principalmente, como creencia o representación consciente-). Más en concreto, el entendimiento y la sensibilidad organizan nuestra conducta en relación a lo real, generando pensamientos y sensaciones acerca de lo que es el mundo, para así poder orientarnos en él. De otro lado, la voluntad y la emotividad generan intenciones y emociones que nos señalan cuáles son nuestros intereses, de manera que guiemos nuestra conducta en relación a ellos.

Muy simplificadamente, podríamos decir que cuando la mente actúa para conformarse a sí misma con la realidad (según las leyes del pensamiento), se produce el entendimiento; y que cuando la mente actúa para conformar el resto del organismo (el cuerpo) a la realidad (según leyes físicas, psicológicas...), se da la sensibilidad. De otro lado, cuando la mente actúa para dirigirse a sí misma ("empujando" al cuerpo) a ciertos fines (según leyes morales), se produce la voluntad; y cuando la mente actúa para dirigir al resto del organismo (incluyéndose a sí misma) hacia fines (según pautas culturales), se da la emotividad...

sábado, 3 de marzo de 2012

¿Qué es más importante: la familia o los amigos?


 Discutíamos ayer en clase sobre el sexo y el origen de la familia y surgió una interesante polémica.  Recordábamos la teoría de algunos antropólogos según la cual la familia aparece cuando la hembra homínida, necesitada de un macho colaborador en el largo y costoso proceso de crianza, le ofrece una dosis constante de sexo como modo de retenerle a su lado (véase el animal obsexo). 

Un alumno objetó a esto que muchas familias, en la actualidad, carecen de hijos, por lo que no parece que, en estos casos, la "estrategia de sexo a cambio de cooperación" sea la causa del nexo familiar. Aclaramos, entonces, que las familias actuales son, en ocasiones, un fenómeno culturalmente novedoso y muy alejado ya de su raíz biológica (familias sin hijos, familias de miembros del mismo sexo, familias con hijos de distintos padres, etc.), y que lo que ideológicamente las justifica es el "amor" que se tienen sus miembros, antes incluso que la crianza y el sexo. De hecho, la diferencia que suele esgrimirse entre "familia" y "grupo de amigos que viven juntos" es esa: en el primer caso hay AMOR y en el segundo tan solo AMISTAD. Y claro, la (típica) pregunta que vino a continuación fue la que encendió el debate: ¿qué diferencia hay entre amor y amistad, entre tu mejor amante y tu mejor amigo?...

 Todas las respuestas que escuche incidían en lo mismo: el amor supone, además de amistad (¡o incluso por encima de ella!), una atracción especial, una cierta actividad hormonal, mariposas en la barriga (qué expresión más horrorosa y cursi, por cierto), pasión, algo indefinible (pero que a la vez reconocemos muy bien), etc., etc. En suma (dije yo): atracción SEXUAL, por mucho que esto se mistifique románticamente con todas las cursilerías y vaguedades al uso. La familia (el “amor”) como algo distinto de la amistad es simplemente sexo (o, mejor, una cierta concepción del sexo como relación limitada a los miembros de la pareja). Tu "amor" (aquel con el que fundas una familia) ha de ser tu mejor amigo/a (pues nadie está más cerca de tí que tu mejor amigo/a, con nadie te comunicas mejor, nadie enriquece tu vida más...) más un compromiso de fidelidad sexual. Insisto: lo que diferencia la familia de la amistad, el amante del amigo, es únicamente el sexo.

Pero justo por eso, por estar basada en el sexo (y en la propiedad del sexo del otro), la familia es una institución mucho más primitiva, visceral e irracional que la amistad. Y, por tanto, menos humana y civilizada (más animal). Y también más inmoral, en la medida en que se basa en algo menos racional que la amistad, o en que (para algunos de sus miembros --los hijos--) la familia no se escoge libremente (como sí pasa con los amigos), o en que en la familia se anteponen los lazos de sangre, los criterios subjetivos, a cualquier otra consideración más justa y racional (poca gente, por ejemplo, denunciaría un delito cometido por algún miembro de la "familia" --la familia es la cosa nostra- ).

Y, sin embargo, SIENTO TAN PRIMITIVA, IRRACIONAL O INMORAL, LA FAMILIA ES CONSIDERADA “EL PILAR DE LA SOCIEDAD” y algo mucho más importante que la amistad. Primero, la familia; después los amigos, se suele decir… Ahora bien: ¿por qué? ¿Es acaso esto razonable?...

jueves, 1 de marzo de 2012

¿Quién te crees que eres, hombre?


Para mí que hay cuatro maneras de definir al hombre, es decir, cuatro creencias antropológicas básicas acerca de lo que somos.

Las dos primeras (a las que podemos llamar, en general, antropologías materialistas) conciben al hombre como un ser fundamentalmente biológico y cultural. Desde su perspectiva somos no más que animales sociales.

Para la primera (el naturalismo antropológico) toda conducta humana debe poder explicarse en función de leyes naturales (físicas, químicas, biológicas y psicológicas); incluso la conducta cultural obedecería a leyes puramente biológicas (pues desde esta perspectiva la cultura es un fenómeno natural más, propio de animales sociales como es el hombre). 


Para la segunda (el culturalismo antropológico) muchas conductas humanas (la forma de adornarse, los rituales religiosos, las creencias de todo tipo…) solo parecen explicarse desde leyes, reglas, normas, patrones de conducta socio culturales e históricos. Así que el hombre sería una mezcla entre lo natural (común a la especie) y la cultura en que se ha educado (distinta para cada sociedad y época).



Las otras dos formas de definir al hombre (a las que podríamos llamar, en general, antropologías espiritualistas) lo conciben como un ser fundamentalmente moral y racional. Desde esta perspectiva, los seres humanos nos caracterizamos como personas morales y racionales.

Para la primera (a la que no sé como llamar, voluntarismo o moralismo antropológico o algo así) el hombre se caracteriza por ser capaz de comportarse contraviniendo sus instintos (las leyes biológicas) e incluso las normas de su cultura, por ejemplo cuando sacrifica su vida por una idea o cuando se opone a las costumbres de su sociedad. Parece que, en estos casos, su conducta está guiada por leyes o principios morales distintos tanto de las leyes naturales como de las leyes o pautas culturales. El hombre es, pues, un ser moral, capaz de moverse por principios incluso por encima de sus intereses biológicos y su educación cultural. (Aquí en los videos tenéis dos ejemplos clarísimos de esto)






Para la segunda (a la que podríamos llamar racionalismo antropológico), lo que caracteriza al ser humano es el tipo de conducta que busca el conocimiento, la verdad, más allá de que esto sea o no útil para la supervivencia, la reproducción, etc., más allá de las creencias particulares de cada cultura, y más allá de las leyes o principios morales (pues estos mismos sólo pueden basarse en el conocimiento de lo que es verdaderamente bueno y justo)…



Así pues (resumo) habría cuatro definiciones básicas del hombre:
(a)   El hombre es un ser natural,  un animal especialmente complejo, pero nada más que un animal.
(b)    El hombres es un ser cultural, entendiendo a la cultura como algo diferente a la naturaleza (aunque emerja a partir de ella).
(c)    El hombre es un ser moral, libre, capaz de imponer su voluntad sobre los instintos y sobre toda norma cultural.
(d)    El hombre es un ser racional, capaz de someter todo su comportamiento (natural, cultural, moral) a criterios lógicos o racionales.

Si alguien encuentra una definición que crea verdadera y que no encaje con ninguna de estas cuatro me hará un hombre nuevo... Ahora, supuestas estas cuatro, ¿cuál creéis que es la más correcta?  Para saberlo os sugiero que antes contestéis a las siguientes preguntas:

(1)    ¿Es toda nuestra conducta cultural, moral y racional explicable como un producto de la evolución de nuestra especie? Si la respuesta es “sí”, la definición correcta es (a).
(2)    ¿Es lo cultura algo cualitativamente distinto de lo natural (aunque lo cultural emerja de lo natural)? ¿Son la moral y el conocimiento (es decir, la bondad y la verdad) relativos a cada cultura, de manera que lo bueno y lo verdadero dependen de cada sociedad, época e individuo (no son universales)? Si la respuesta es “sí” a ambas preguntas, la definición correcta es (b).
(3) ¿Es la moral (lo bueno y malo) algo distinto de "lo que conviene/no conviene" a la especie, o de lo que nos han enseñado como "bueno/malo" en nuestra cultura? ¿Es imposible averiguar lo que es bueno y malo por medios puramente lógicos o racionales? Si la respuesta es "sí" a ambas preguntas, la definición correcta es (c).
 (4) ¿Es nuestro conocimiento racional del mundo y de nosotros mismos lo que justifica que califiquemos algo como “bueno”, que aceptemos o no las normas culturales y que sigamos o no nuestros instintos? Si la respuesta es “sí”, la definición correcta es (d).

martes, 28 de febrero de 2012

¿Quién te crees que eres, animal?


¿Eres un animal que todo lo haces por afán de sobrevivir y reproducirte (¡siempre pensando en lo mismo!)? ¿No es eso la gente, no vive para trabajar para vivir y para tener hijitos que hagan lo mismo, como las abejas o las ovejas? Bueno, también para triunfar y tener poder, claro, como pasa en cualquier manada de monos. Decía alguien (y esto va por los machos) que la vida es, en el fondo, no más que una lucha por la hembra. Decía otro (y esto va por las hembras) que una mujer no se realiza del todo si no atiende la ancestral llamada de su instinto maternal. ¿Es que acaso no es así?

Bueno, hay que reconocer que los animales humanos hacen otras cosas muy raras: cultivan la tierra, fabrican tractores e inodoros, mandan a sus crías a la universidad, mueren por defender a su patria, y adoran ídolos de madera durante la Semana Santa (Y el colmo de la rareza: !Les da por discutir sobre todo esto en blogs como este!...) Si que es raro, sí. Pero hay que reconocer que algunos animalitos también fabrican sus utensilios (como esos chimpancés tan monos que convierten ramitas de árbol en cañas de pescar termitas), y que educan a sus criaturas (para que sean buenos cazadores), y que luchan y mueren por defender su patria (quiero decir su territorio), y que... Bueno lo de la religión y la filosofía, no sé, quizás todavía no hablan de esas cosas, pero hablar sí que hablan, con su propio lenguaje, y hasta cantan, como nosotros, cuando no tienen nada mejor que hacer. Si no escuchad...



Solemos pensar que sólo nosotros somos buenos o malos, que sólo nosotros tenemos "moral". Pero todo el mundo sabe que las gacelas y bichos así (de sociales, como nosotros) se sacrifican generosamente por la manada cuando es menester: viene el león, y las gacelas más viejas se dejan comer para que huyan las más jóvenes. ¿No es para ponerles un monumento o el nombre de una calle?.. Hombre, es verdad que no son libres para elegir si lo hacen o no. ¿Pero acaso nosotros lo somos? ¿Quién duda que seamos mecanismos biológicos producto de la evolución natural y, como tal, obligados a comportarnos tal y como lo hacemos? Simplemente, no nos damos cuenta de esto, y creemos (ingenuamente) que somos libres...



Y en el colmo de la saberbia (sí, sAberbia) antropocéntrica decimos que sólo nosotros pensamos y tenemos consciencia. ¿Habrase visto? ¿Es que un pobre caballo no calcula y compara la altura de la cerca que ha de saltar antes de hacerlo? ¿Por qué se para, si no, ante las que cree que no puede saltar? ¿No tiene, entonces, el caballo consciencia de su cuerpo y de sus fuerzas?...

Así que somos animales, todo lo complicados que queráis, pero animales. Somos un cuerpo con un cerebro hipertrofiado cuya principal función es informarnos, a través de las sensaciones, de cómo es el mundo al que tenemos que adaptarnos. Y lo que nos va, como a todo animal, es vivir. Y alimentarnos, y juguetear, y poseer todos los recursos posibles compitiendo por ellos, y ser los más fuertes. Y...antes de acabar, entregarnos a la placentera tarea de reproducirnos (eso que los cursis llaman amor, cuando quieren decir sexo).¿O no?



¿Qué dices? ¿No estás de acuerdo? ¿Hay algo en tí que no obedezca en el fondo a los mismos mecanismos y leyes biológicas que dirigen la conducta de los monos o los abejorros? ¿Eres un animal o no? ¿Qué puedes hacer que no pueda llegar a hacerlo un bicho (aunque sea en un grado mínimo)? Piénsalo.

domingo, 26 de febrero de 2012

¿De qué modo es lo que parece ser?



Supongamos que la filosofía más parmenídea y platónica está en lo cierto. Lo real es absoluta Unidad, sin rastro ya de extensión ni de cambio. Una pregunta obvia es entonces: ¿y qué pasa con “este mundo” que veo y que parece a todas luces plural, extenso, corpóreo, cambiante, temporal...?

Una respuesta típica de este tipo de filosofías monistas es que “este mundo” es mera apariencia, una creencia errónea, un sueño o ilusión (una creación mágica o “mâyâ”, como se dice en el advaita vedânta, una antiquísima escuela de filosofía hindú).
Y este mundo es una creencia errónea no sólo porque las ideas de espacio y tiempo (de pluralidad, extensión, cambio, etc.), sean lógicamente inconcebibles (como se expuso en entradas anteriores), sino porque es igualmente erróneo que veamos nada así. Más bien parece que lo vemos. Nuestra experiencia sensible es pura ilusión. ¿O hay alguien por ahí que reconozca haber visto el espacio o el tiempo?

Ahora bien supuesto que el mundo que nos parece ver es ilusión, ¿no es REAL esta ilusión como tal ilusión? Si así fuera, el monismo sería falso: la absoluta unidad tendría que compartir realidad con eso que llamamos ilusión o apariencia. ¿Puede escapar el monismo a esta objeción? Veamos (quiero decir, pensemos).

¿Qué realidad tiene la apariencia? El monista replica: realmente, ninguna. Lo aparente es lo que “parece ser”, no “lo que es”. ¿Y esta apariencia de ser no es de algún modo? Sí, repite el monista: es de modo aparente, es aparentemente apariencia. Y así hasta... La apariencia es siempre apariencia de ser, luego nunca es de verdad. Desde la perspectiva de un conocimiento perfecto (y absolutamente verdadero) la apariencia, el error, no existen. ¿Pero entonces existe el conocimiento imperfecto y erróneo? ¿Existen distintas perspectivas (una perfecta y otras imperfectas)?... La respuesta del monista es idéntica: realmente, no. Desde la única perspectiva absolutamente verdadera, toda perspectiva diferente no existe, salvo como parte de la única (como verdad parcial)… ¿Entonces existe la parcialidad? ¿Cómo va a haber partes en lo único?...Parece que el monista tuviera que aceptar que la apariencia, el error, lo parcial, es y no es. Es decir: es contradictorio, que es la manera de ser de lo imposible. Pero entonces lo imposible (lo contradictorio) es…

Sí y no (remata el monista). Lo imposible no es en sí mismo nada, sólo es en cuanto participa de lo posible. Del mismo modo, la apariencia sólo es en cuanto apariencia de lo real; y lo falso en cuanto participa de la verdad (en cuento es verdaderamente falso), etc.… En conclusión: la nada (lo imposible, la apariencia, lo falso, lo parcial…) es infinitamente relativa, porque, por supuesto, no puede ser ni siquiera absolutamente nada.

¿Es esto una solución aceptable? ¿O es un truco del monista para escabullirse de esta objeción?

miércoles, 22 de febrero de 2012

La educación para la ciudadanía no adoctrina como Dios manda.


No me resisto a copiar la respuesta que daba al comentario de una lúcida cavernícola en este mismo blog , y que es la siguiente:

Una de las más grandes faltas de respeto que se le puede tener a un ser humano (es decir, a un ser racional) es adoctrinarlo en creencias dogmáticas desde pequeño, antes de que desarrolle plenamente su capacidad crítica. Y si esto es una falta grave en muchas familias católicas (no en todas, algunas respetan más a sus hijos y les dejan decidir sin obligarles a nada), todavía es peor en una institución tan poderosa y con tanta influencia como la Iglesia católica, que cínicamente despotrica contra la asignatura de educación para la ciudadanía, por considerar que adoctrina a los alumnos, mientras que, a la vez, defiende con uñas y dientes su presunto derecho a adoctrinar en fe y moral católica a los niños de todo el país, insistiendo en mantenerse como asignatura optativa de obligada oferta en todos los colegios e institutos. ¡Tiene narices! Acusar de adoctrinamiento a educación para la ciudadanía (asignatura cuyo fin es transmitir y discutir racionalmente la validez de los principios y valores constitucionales comunes a todos) SIN TENER EL MÁS MÍNIMO ESCRÚPULO MORAL en inculcar en los niños, año tras año, sus dogmas religiosos, sin discusión ninguna (pues son dogmas) y antes de que esos niños desarrollen su capacidad crítica y puedan cuestionar (o asumir voluntariamente) tales creencias. Lo de la pederastia de algunos curas es una minucia al lado de esta VIOLENCIA INTELECTUAL DE LOS NIÑOS que practica la Iglesia desde hace siglos. Y aún hoy, en el instituto donde trabajo, en cuyas sesiones de evaluación (en las que se evalúa la educación de mis alumnos como personas racionales, científicamente formadas, ciudadanos de un país democrático, etc.) tengo que compartir mesa ¡con un cura!, es decir, por definición, con un dogmático para el que la razón es pecado excepto cuando confirma sus dogmas. ¡SI ESTO NO ES UNA BRUTAL INCOHERENCIA Y UNA FALTA DE RESPETO A LOS ALUMNOS QUE VENGA DIOS (PERO NO EL SUYO) Y LO VEA!



(...) creo que hay una gran diferencia, al menos teóricamente, en lo que pretende la asignatura educación para la ciudadanía y lo que pretende la asignatura religión católica. La primera informa de los principios legales y morales que democráticamente hemos decidido establecer para nuestra sociedad y, además, abre un debate sobre ellos, para analizarlos, discutirlos, ponerlos en cuestión, y celebrarlos si lo merecen. La segunda inculca a menores de edad (muchos de ellos sin apenas conciencia crítica) ciertas ideas y valores instituidos por la Iglesia (que afirma haberlos recibido de Dios) y que son declarados como dogmas o verdades de fe, por lo que solo cabe creerselas, no cuestionarlas racionalmente. Y de todos es sabido lo fácil que es hacer creer casi cualquier cosa a un niño (de ahí el insano interés que los miembros de la Iglesia tienen por las mentes vírgenes de los niños). Educación para la ciudadanía y religión católica son, pues, dos cosas muy diferentes. Una consiste en educar a seres racionales en el diálogo acerca de principios que se ha puesto a sí misma la sociedad (de forma argumentada y democrática). La otra consiste en crear adeptos de una secta religiosa y cuanto más jóvenes mejor (pues son más moldeables, claro).
Esto es lo que yo creo, al menos.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Todos para Uno y Uno para todos. El monismo trascendentalista.


Toda realidad es forma, estructura. La pura materia como receptáculo o posibilidad de la forma (la “materia prima” aristotélica; la “energía” de los físicos) es inconcebible, pues ¿qué sería esa materia en sí, antes de recibir forma? No podría ser nada (no tendría “forma” de nada).
Si la materia en sí no es nada, la realidad no es una síntesis entre forma y materia (estructura y “relleno”, lo matemático y lo físico…), pues si la materia es nada, en nada puede contribuir a esa síntesis. Todo es forma (todo es estructura, todo es matemático…), como ya decían los pitagóricos, y algunos científicos actuales (como el que aparece en el siguiente video):


 Como se dice en el video: “(…) en el nivel más profundo de la realidad, nada es sólido, solo hay información, números adheridos a un conjunto de reglas que aún no entendemos (…). La única propiedad que tiene un electrón es un montón de números, los físicos tenemos nombres para ellos como espín o carga, pero en realidad son sólo números…”

Así que todo es forma (o fórmula). Pero esto también significa que todo lo real es codificable o traducible a información, es decir, explicable; o tal como decían algunos filósofos (pasados de moda): que “todo es racional”, que “ser y pensar son lo mismo”…Así pues, todo, además de forma, es una idea pensable.

¿Pero cuantas formas o ideas hay? Muchas, una por cada cosa o ser (pues las formas no son algo abstracto o general que luego se individualizan al materializarse –como la forma “ser humano” que al unirse a la materia daría lugar a Juan Pérez, Antonio García, etc.— ; si no hay materia, que no la hay, entonces Juan Pérez, Antonio García y todas las demás cosas individuales son también formas).

Ahora bien, si todo es forma: ¿cómo puede haber tantas formas distintas? ¿Qué las distinguiría unas de otras? ¿Otras formas? Esto no puede ser (es como si dijéramos que “todo es agua” y luego mantuviéramos que hay distintos tipos de agua: ¿Cómo distinguir o separar el agua del agua si todo es agua? ¿Con agua? Imposible).

Ahora bien, ¿son realmente muchas las formas o ideas? Observamos que las formas o ideas no constituyen un montón desordenado, sino un todo jerarquizado en el que las formas o ideas más fundamentales incluyen o comprenden a las menos fundamentales (tal como la forma o idea de “uno” incluye o comprende a la forma o idea de dos –“dos” no puede ser sin “uno”, pero “uno” sí puede ser sin “dos”—, o la forma o idea de Juan Pérez incluye a la forma o idea de su brazo o la de su primera comunión). Ahora: cuando una forma o idea incluye o comprende perfectamente a otra, esta segunda no puede ser realmente distinta de la primera. En eso consiste incluir o comprender: en unir (en descubrir como idéntico lo aparentemente distinto). Si yo, por ejemplo, comprendo perfectamente a alguien, lo hago parte de mí, lo convierto en una idea mía (o en una parte de mis ideas), lo hago lo mismo que yo. Así, desde la hipotética perspectiva de un conocimiento absoluto y perfecto solo podría haber una única forma o idea perfecta que incluyese o comprendiese a todas las demás, tan perfectamente que desapareciese la supuesta diferencia entre ellas… En conclusión: si todo es forma o idea, no puede haber (desde la perspectiva de un conocimiento perfecto) más de una forma o idea (es como decir: si todo es matemático, si llegáramos a un conocimiento matemático absoluto nos encontraríamos con una sola fórmula que incluyese o comprendiese a todas las demás –de hecho, esa única fórmula o ley final es el sueño confeso de la ciencia—).
 
Ahora: si no hay más que una forma o idea, ella no podrá ser forma o idea más que de sí misma, de manera que la idea que comprende a todas las demás es la idea de la idea, la forma de forma (el “ser que es”, diría el filósofo Parménides). Pero es que, además, esta idea estará tan absolutamente referida a sí misma, será tan transparente a su referencia, que se acabe por anular esa misma relación, y ésta se convierta en expresión de absoluta identidad. Así, la expresión de “idea de la idea” podríamos reducirla a “idea = idea” (o “forma de la forma” a “forma = forma”). Basta eliminar los miembros repetidos de la igualdad (que, por demás, representan una contradicción: lo mismo no puede estar en dos lugares a la vez) para quedarnos con la pura identidad (=). Así, para los filósofos más monistas y trascendentalistas, la realidad, el ser, es la Identidad misma, o como dicen a veces estos filósofos: lo Uno. No existe más que Uno.




¿Raro, eh? Pues a ver qué pega lógica le encontráis a esta lo(gi)ca teoría…

Cavernícolas

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