Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal. Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?
Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?
Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente…

