sábado, 11 de abril de 2026

Elogio de la dispersión

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal.  Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?

Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?

Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente… 

¿Es la Virgen María una mujer empoderada?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


 Parece que no se dan cuenta de nada, pero los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación.

Los ejemplos abundan. El otro día, en el vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños. ¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales, coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han venido a caer, los pobres.

Tampoco sé cómo podríamos inculcar al alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes, modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en las redes… 

La pluralidad está muy bien, y es uno de los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión, pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a prueba de razones (el presunto «sentido común»), esconden un ideario  totalitario, reaccionario y excluyente. Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.  

 

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