Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Iba leyendo y temiéndome lo peor. Se
trataba de la historia de Hel, un ibis eremita, un pájaro precioso, raro,
idolatrado por los antiguos egipcios y de los más amenazados del mundo
(desapareció de Europa en el siglo XVII). A Hel lo criaron en cautividad unos
naturalistas austriacos que, con infinita paciencia y pasión, le enseñaron a
migrar con un ultraligero de alas amarillas, el color con que vestían sus
madres humanas adoptivas. Y volando fue como vino de Austria a Cádiz, con
objeto de intimar con los ibis de una colonia de cría gaditana. Hel y el resto
de la bandada austriaca hicieron buenas migas enseguida, y los investigadores
estaban exultantes: años de ilusión y trabajo estaban dando sus frutos; el ibis
eremita, con su cresta emplumada, su pico curvo inconfundible y el negro
tornasolado de sus plumas, volvería a sobrevolar de nuevo la península, Europa,
el Mediterráneo… Hasta que a Hel, alma de cántaro y de inquieto explorador,
tras recorrer media Europa y la península entera sin percance alguno, se le
ocurrió sobrevolar un coto extremeño. Nada más cruzar por Fregenal, un cazador
decidió que la vida de ese pájaro estrafalario no valía la pena y que las
escopetas – ¡qué coño! – estaban para pegar tiros…
La historia de Hel sucedió en octubre de
2023 y como en otras ocasiones no pasó nada: los tiradores se cubrieron entre
sí y el responsable no tuvo lo que hay que tener para asumir lo que hizo. Más
suerte tuvo el Seprona en el caso de Montemolín, en el que el escopetero de
turno se cargó a plomillazos, desde la terraza de su casa, a otros cuatro ibis
eremitas jóvenes (porque sí, porque algo había que matar esa tarde). A
principios de este año la Audiencia Provincial de Badajoz le ratificó la
condena de un año de cárcel y una indemnización de veinte mil euros. Lástima no
se le prohibiera mirar el cielo y coger una escopeta durante los mismos veinte
o treinta años que se tarda en desarrollar un programa de cría en cautividad.
La historia de Hel y de los ibis de
Montemolín me recuerda el pasaje final de Los Santos Inocentes, la novela de
Miguel Delibes prodigiosamente llevada al cine por Mario Camus. A veces pienso
que los extremeños seguimos siendo como el pobre de Azarías, y que la milana a
la que dispara el señorito representa el futuro de nuestra tierra. Porque lo
ocurrido con el ibis eremita no es un caso aislado. Otras muchas especies
amenazadas o en peligro de extinción (el milano real, el buitre negro, el
águila imperial, el lince ibérico…) son tiroteadas con frecuencia por
escopeteros indocumentados, mientras que otras más ( cigüeñas, golondrinas,
vencejos, aviones…) reducen cada año su población por culpa de acciones humanas
igualmente irresponsables, como destruir los nidos a los que retornan tras
recorrer miles de kilómetros sin descanso (hace unos días se denunciaba en este
periódico la destrucción ilegal de nidos en la Escuela Oficial de Idiomas de
Almendralejo, el Instituto Maestro Juan Calero de Monesterio y el colegio
público de Aliseda). Todo ello en una región a la que acuden ornitólogos y
aficionados a las aves de todo el mundo y en la que, por las cambiantes
circunstancias climáticas y la proliferación de regadíos, nos sobran mosquitos
e insectos portadores de enfermades. Un día repararemos en la inmensa riqueza
natural que estamos dilapidando, y nos acordaremos del truncado viaje de Hel
por los cielos cada vez más desiertos de Extremadura.

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