Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
De vez en cuando me acuerdo de ese
excelente malvado que era Walter White, el protagonista de la inolvidable
“Breaking Bad”. Para quien no haya visto la serie, White es un profesor de
química en un instituto público norteamericano que, para completar su escaso
sueldo, trabaja lavando coches (algo perfectamente creíble en los EE. UU),
hasta que, harto de fregar y bregar con adolescentes, y aquejado de una
enfermedad grave y costosa de tratar (los USA no es tampoco un país para
enfermos), decide convertirse en un exitoso productor de drogas sintéticas. Al
fin – moraleja cínica, pero no del todo inconsecuente –¿quién va a querer ser
un insignificante y pluriempleado profesor de secundaria pudiendo ser un rico y
poderoso empresario, aunque sea en el negocio de las drogas? La cultura – como repetía Bart Simpson – es para
fracasados...
Pienso en esto mientras veo en la tele a
los docentes valencianos comenzar su tercera semana de huelga (la primera así en
cuarenta años y por la que han renunciado ya, en solidaridad con los
huelguistas, más de 250 equipos directivos), o a los catalanes, los aragoneses,
las profesionales de Educación Infantil de toda España, los extremeños del CEIP
Cerro Gordo… Todos ellos clamando no ya por un salario que no sea de risa (como
los de las educadoras infantiles), o que no se devalue año tras año, sino por
los recursos y medidas imprescindibles para poder trabajar en aulas mucho más
complejas que las de hace medio siglo; aulas repletas de alumnos psicológica,
cultural y socialmente diversos y con todo tipo de necesidades específicas; alumnos
ante los que la mayoría de los profesores carece de la preparación, el tiempo y
los medios requeridos para atenderlos; y alumnos – muchos – para los que, pese
a todo, la escuela constituye casi el único lugar donde encontrar un último
marco estable de sociabilidad, formación y afecto.
Sobra decir que ha sido el esfuerzo
vocacional de los docentes el que, hasta ahora, ha actuado como dique de
contención de todos estos problemas y necesidades. Hasta que la suma incontable
de tareas a asumir (experto en tal o cual área, pedagogo, terapeuta, asistente
social, psicólogo-orientador, mediador familiar, tecnólogo, vigilante jurado,
hablante bilingüe…), la carga burocrática con que se disimula la imposible
atención real al alumnado, el trato con menores conflictivos con los que nadie
sabe qué hacer, el desprestigio social de la profesión, o la complejidad actual
de la tarea educativa (falta de códigos y referentes comunes, multiplicación de
la diversidad, retos tecnológicos…), más la falta de recursos, las ratios y
otros tantos factores (el asarse a casi 30 grados junto a 25 niños – como hoy –
no es el menor), han incrementado la proporción de profesores quemados y han
hecho de la profesión algo cada vez menos deseable.
Así estamos. La escuela se encamina a no
ser más que un reflejo de la sociedad que andamos generando – cada vez más
desigual, polarizada, carente de lazos comunitarios y de valores compartidos –
, fiel al modelo social ultraliberal y meritocrático que retratan las series
americanas. Un modelo en el que la educación pública es un gueto para clases
medias empobrecidas del que nadie quiere ocuparse, y en el que la educación
privada – parcialmente financiada en nuestro país con los fondos públicos que
no llegan a la pública – se instituye como la vía natural para la perpetuación
del poder y el “mérito” de las élites. Y al que no le parezca justo, o no
quiera hacer huelga (nos diría un cínico liberal) que tenga los genitales
emprendedores que hay que tener y haga lo mismo… que Walter White.

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