Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
A diferencia de lo que ocurría en la mayor parte de las clases, todos nos acordamos de las excursiones del colegio. Uno recuerda siempre lo que ha vivido con plenitud (sea bueno o malo) y olvida lo que se ha limitado a soportar muerto de aburrimiento. En las excursiones, en las buenas, en las que los profes nos dejaban vivir, no solo explorábamos otros territorios (muchos salían del pueblo o del barrio por primera vez), sino que también nos reconocíamos a ratos en roles más adultos, arriesgados y excitantes. No había mejor aprendizaje que ese aventurarse libre y primerizo por la jungla del mundo.
Ese recuerdo hizo que me embarcara, ya
como docente, en muchas de esas maravillosas aventuras extraescolares (tan
buenas que algunas no las detallaría hoy sin consultar antes con un abogado).
La ilusión, la experiencia cultural y humana o el agradecimiento eterno de los
chicos bastaban para compensar los madrugones, el esfuerzo organizativo, las
noches en vela… Hoy, sin embargo, me lo pensaría cien veces antes de llevarlos
a ningún lado. No por ellos, sino por la fiscalización y desprotección legal
del docente que regala su trabajo y su tiempo en viajes que, para mí, casi han
dejado de valer la pena. La obsesión por la seguridad y la «integridad» de los
menores hace que, paradójicamente, se vuelva cada vez más difícil esa forma de
educación «integral»
que asociamos a las actividades fuera del aula. Se tiene un concepto tan
pervertido de lo que es la protección del menor – como si su «integridad» no fuera algo que aún tiene que construir (y aprender a cuidar) por sí mismo,
experimentando, corriendo riesgos, extraviándose, reinventándose – que
acabaremos por hacerles vulnerables a todo. Es extraño que a la vez que la
pedagogía y la retórica educativa insisten de mil maneras en el desarrollo de
la autonomía de niños y adolescentes, cada vez se les deja menos margen para
explorar el mundo por sí solos, fuera de las actividades programadas y del
control de padres, profesores, psicólogos, monitores y hasta microchips, como
si fueran perros.
Reflejo de una sociedad profundamente
infantilizada, sin más valores aparentes que los (propiamente infantiles) del
bienestar y la seguridad, los docentes hemos ido aceptando, además, un sinfín
de funciones policiales (vigilantes, administradores de datos, carceleros,
policías cibernéticos…) que nada tienen que ver con la educación. Esto no
quiere decir, ojo, que no haya que atender, cuidar y controlar; o que no haya
casos de negligencia profesional (a unos compañeros de un instituto aragonés se les juzga en estos días por ello); quiere
recordar, tan solo, que educar consiste fundamentalmente en acompañar a los
chicos en (y no en protegerlos de) ese difícil y peligroso rito de iniciación
en el que van librándose del caparazón de la inocencia y armándose de todo lo
que necesitan para afrontar el mundo de un modo pleno y consciente; y que esto
supone naturalmente un riesgo que, por mucho miedo que dé, no toca otra que
aceptar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario