Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Artículos periodísticos contra el consumismo se pueden consumir todos los días. Este es uno de ellos. Pero distinto, claro, si no ¿por qué lo iba a querer leer usted? Para distinguirnos, empecemos por afirmar que el consumismo no es ninguna lacra sino, por el contrario, un síntoma inequívoco de progreso social. Por ello usted y yo, y hasta el antisistema más aguerrido, hemos de confesar que consumimos (cada uno en el stand correspondiente de la feria, eso sí). Algo que, por otra parte, se ha hecho siempre.
Uno de los mitos a derribar es precisamente este de que el
consumismo sea un rasgo específico de nuestro tiempo. La práctica de adquirir
cosas no imprescindibles, pero que reportan comodidad o placer (incluyendo placer
estético o intelectual), o un plus de prestigio o estatus, no es exclusiva de
nuestra época: desde el neolítico, la posesión y exhibición de costosos objetos
de lujo (joyas, armas, ropas, obras de arte…) como fuente de placer y
símbolo de clase, riqueza, fuerza, capacidad sexual, poder, vínculo con los
dioses o cualquier otro valor en boga, ha sido una constante, al menos entre
las élites, para las que el consumo ha sido siempre un modo de vida.
Lo que sí es específico de nuestra época es la generalización
y vulgarización de esta conducta consumista. Si antes solo consumían las clases
privilegiadas, ahora lo hacemos todos (de forma estratificada, claro, y
graduando el valor material y simbólico de lo que se consume). Una
transformación que no solo tiene causas económicas – la necesidad de masificar
el consumo para mantener los ritmos de inversión y beneficio del capital – sino
también otras de tipo social, político o cultural.
Desde un punto de vista social, el consumismo es la
principal seña identitaria de una clase “media” destinada a amortiguar los
efectos de la desigualdad económica, una desigualdad que, desprovista ya de
todo encanto religioso, supone siempre un importante elemento de
desestabilización. Para el poder político moderno, desprovisto de ínfulas
sagradas, la provisión constante de baratijas para el consumo de la gente es un
modo perfecto de mantener la conformidad con el orden establecido.
Por otra parte, el fundamento cultural de la generalización
del consumismo parece claro: una vez derribados los grandes ideales religiosos,
políticos o filosóficos, a nuestra época no le queda otra cosa mejor que hacer
que consumir (objetos de lujo, experiencias con que ocupar el tiempo de ocio,
información, cultura, relaciones humanas…). Y no es que el consumismo genere
vidas vacías, como suele decirse, sino que es la vida la que, vacía de
significado, genera el consumismo para intentar paliar o disimular ese vacío. Que
haya otras formas mejores de hacerlo (la religión, el arte, la compulsión por
el trabajo, el gusto por el poder, la costumbre de tener hijos…) es algo que
habría que discutir.
Vivimos, pues, como siempre, pero quizás más que nunca, en
una sociedad de consumidores, de clientes (más que de ciudadanos) conectados a
una galería comercial global en la que se consumen a la vez cosas, personas,
creencias, ideas políticas o cultura, sin otra preocupación que la de adquirir
los medios para mantenernos conectados de manera solvente.
Es cierto que esto genera ciertos efectos problemáticos
(“problemas de ricos” en todo caso): “adicción” a las compras, apatía política
o, en general, una especie de narcisismo o infantilismo crónico. Pero a cambio
tenemos (como los niños) bienestar material, comodidad y entretenimiento
garantizado. Además, el vicio de consumir produce (según el credo liberal) la
virtud de generar riqueza para todos. ¿Puede la utopía decrecionista,
con su postal neoevangélica de hortelanos felices, competir con el
paraíso que es la planta (ahora pantalla infinita) del gran almacén repleta de fetiches,
emociones, deseos, valores y relaciones humanas que consumir?
Y lo peor no es que este paraíso sea lo mejor, sino que,
como es lógico, nadie quiere darse de baja en él. Lo siento por los defensores
de la austeridad y los ecologistas, pero nadie quiere ser pobre (ni los que lo
son ni los que no). De ahí que tarde o temprano – y en el cambiante escenario
climático que se avecina – la gente tendrá que luchar con fiereza por recursos
cada vez más escasos. ¿Hasta el punto de una guerra? Es probable. Como también
lo es el desastre que supondría una guerra a gran escala con el armamento del
que se dispone hoy (¡Y que también hay que gastar, qué narices!).
Pues eso, dejen de preocuparse y láncense a ese Black
Friday (y a las compras de Navidad, y a las rebajas, y…) como si no hubiera
un mañana. El apocalipsis está cerca. Y tal vez las armas químicas no destrocen
todo lo que aún queda por comprar. A los zombis desarrapados que anden por aquí
les dará la vida. Si es que esos zombis no han llegado ya, y somos nosotros,
tambaleándonos con una tarjeta de crédito en cada mano.
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