sábado, 26 de septiembre de 2015

¿Una educación sin filosofía?

Texto publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura.


Algunos alumnos me confiesan, durante el curso o, más a menudo, después de él (a veces, al cabo de los años), que la asignatura de filosofía les despertó, en la secundaria, a cuestiones antes impensables para ellos. Algunos me han llegado a decir (sin duda, exageradamente) que antes de dar clases de filosofía apenas habían “pensado de verdad” en nada. A muchos los he visto cambiar de creencias, sufrir crisis religiosas, tener discusiones inauditas con sus padres y amigos, en parte debidas (según ellos) a la filosofía. Casi todos dicen salir de clase desorientados, pero también impacientes por volver, al día siguiente, a las preguntas nuevas y radicales que han brotado en el aula. Digo “radicales” porque afectan a la raíz de la existencia de cada individuo. Pensar casi por primera vez en lo que es el mundo y lo que pinta uno mismo en él, en la razón de las propias creencias, en lo que de verdad es verdad y mentira, en el bien y el mal, en lo justo y lo injusto, sin prejuicios, más allá de los tópicos al uso… Todo eso representa una experiencia insustituible e inolvidable para muchos de mis alumnos. Incluso los que aún no llegan a apreciar estos asuntos (no todo el mundo madura a la misma velocidad) se quedan “tocados”, intuyen que algo muy importante se está cociendo en las clases, y aunque no lo entiendan, entienden que ahí hay mucho por entender. Y que en ese entenderlo se juegan el cómo, el qué y el por qué de sus vidas.

¡Pensar! En clase de filosofía hay que pensar. Buena parte de los chicos que me llegan son supervivientes de la burocracia educativa. Están acostumbrados a memorizar contenidos y a resolver problemas de tipo académico. Pero a pocos se les ha estimulado a pensar por sí mismos. La mayoría comienzan a hacerlo en filosofía por la sencilla razón de que en ella se tratan los “asuntos de la vida”: el sentido de la existencia, la muerte, la forma en que hemos de vivir y relacionarnos con los demás, la libertad, el poder, la injusticia, el compromiso político...

Pero no solo es pensar. Más allá de ese ejercicio de torsión íntima que es la reflexión está el otro: el pensar hacia los demás, el diálogo. La primera idea que tienen muchos chicos de lo que es "debatir" proviene de lo que ven en la televisión: gritar, interrumpirse, atacarse, afirmarse por encima de todo. Cuando al cabo de las semanas logramos construir un debate “en serio” se quedan sorprendidos: disfrutan de que los demás los oigan con respeto, se dejan llevar por los argumentos olvidándose de sí mismos, descubren que es más eficaz y enriquecedor resolver los problemas así, convenciendo y dejándose convencer...

Se me ocurren mil cosas más para justificar la permanencia de la filosofía en las aulas. Al fin y al cabo somos seres racionales, vivimos (y, a veces, morimos) por ideas, y desarrollar esa condición y conocer las más grandes ideas que han parido o descubierto los filósofos bastaría para justificar con creces la relevancia de esta asignatura. A veces me pregunto cómo podría alguien opinar, votar, creerse de verdad algo o alguien sin conocer todas esas ideas. ¿Como podría, por ejemplo, ser ateo, o cristiano, o creer lo que dice la ciencia, u opinar a favor o en contra del aborto, o votar a izquierdas o derechas, sin tener ni idea de las ideas que hay tras cada una de esas posturas o imposturas? Toda nuestra civilización se ha construido sobre pilares filosóficos: el platonismo, el cristianismo, el iluminismo ilustrado, el liberalismo, el socialismo, el historicismo, el materialismo cientifista y cien ismos más. Desconocerlos supone hundirnos en un estado de inopia y vulnerabilidad ideológica que solo es admisible a súbditos o adeptos, nunca a ciudadanos o a personas.
El Roto

Es verdad (lo reconozco) que tal vez sea imposible consignar en los informes de la OCDE si un alumno ha aprendido a pensar y a dialogar. Admito también que es improbable que en las pruebas PISA pueda valorarse, algún día, el grado en que conocemos las ideas que nos hacen ser (y conocer, y valorar y hacer) todo lo que somos. Y, sin embargo, no dejo de pensar que no hay nada realmente más formativo (y transformativo) que todas esas inconmensurables habilidades filosóficas. ¿Debemos, entonces, prescindir de ellas? ¿Es siquiera posible concebir una filosofía de la educación tan necia que prescinda de la educación filosófica?... Bueno. Pues sí. Es posible. Es la filosofía que late tras la LOMCE. Es la filosofía educativa en la que, entre otras, destaca la idea de que no conviene hacer proliferar las ideas entre las mentes jóvenes. El Mercado, que es quien manda y decide, las quiere breves, útiles y claras. Como en un libro de instrucciones. Como en el eslogan de una empresa. O como en un código legal que solo pueda admitir una masa de súbditos o adeptos.

De todo esto, por cierto, pienso discutir mañana con mis alumnos. Si todavía nos dejan.









jueves, 10 de septiembre de 2015

La educación, a merced de todos los vientos.

Artículo publicado originalmente por el autor en el diario.es 



El calendario escolar comienza este año con tan solo un par de cosas claras. La primera es la confusión e incertidumbre que hemos de afrontar alumnos, docentes y familias, durante este curso y quizás el siguiente. La segunda es la confirmación de lo acostumbrados que estamos, en este país, a la irresponsabilidad política en un asunto tan trascendente como el de la educación.

De un lado, el gobierno ha dejado a toda la comunidad educativa a caballo entre dos leyes, la última de ellas (la LOMCE) convertida en un huracán destructivo de lo que a muchos nos parecen principios elementales de la educación: la formación integral de las personas, el amor al conocimiento, o la importancia de la motivación, la curiosidad y la alegría de aprender. En lugar de una ley construida desde el consenso y que dote (¡al fin!) de cierta estabilidad al sistema educativo, la LOMCE se ha impuesto, además, de forma autoritaria y trapacera, contra el criterio de casi todos; ha dado lugar a diecisiete sistemas educativos distintos, uno por cada autonomía; obliga al alumnado menos favorecido a abandonar la opción de los estudios superiores con catorce o quince años; y, en nombre de la excelencia y la calidad educativa, elimina apoyos, consagra la masificación en las aulas, introduce currículos improvisados a toda prisa, y amenaza al alumnado con reválidas que no obligan más que al adiestramiento y a la memorización de respuestas. ¿Hace falta seguir?

Por el otro lado, la situación tras las pasadas elecciones autonómicas, y la que se prevé tras las legislativas de diciembre, que contagian de incertidumbre a algo (el sistema educativo) que debería estar relativamente a salvo (y no en el centro) de la batalla política. ¿Se derogará la LOMCE caso de perder el PP su mayoría absoluta, o simplemente se modificará en algunos de sus aspectos más polémicos? ¿Se paralizará su aplicación actual, en caso de que se derogue o modifique? ¿Habrá una nueva ley educativa? ¿Cómo y cuándo será? ¿Qué pasará, a todo esto, con el alumnado y sus familias? ¿Sobrevivirán a este maremagnum legal? ¿Podrán padres y madres asumir el gasto, entre otros, de renovar constantemente los libros escolares?...

Ante tamaña incertidumbre, y frente a todo lo que significa la LOMCE, algunas comunidades han decidido, sencilla y responsablemente, negarse, es decir: ralentizar todo lo posible, incluso al precio de ser objeto de requerimientos legales, la implementación de la nueva ley. Algunos creímos que en Extremadura, bajo la presión de PODEMOS y el apoyo de sindicatos y plataformas docentes y ciudadanas (firmantes, el pasado junio, del Manifiesto Urgente sobre la Educación en Extremadura), el nuevo gobierno de Fernández Vara iba a estar entre esas comunidades. Imaginábamos que el presidente iba a encerrarse durante el verano con sus consejeros y asesores para promulgar leyes, programar un nuevo comienzo de curso y, así, evitar aplicar decretos que, muy probable y justamente, habrá que comenzar a desaplicar en unos meses. Pero nos equivocábamos. Pese a todo nuestro esfuerzo, se ha impuesto la larga siesta administrativa de agosto, y la kafkiana pesadilla que es este curso está a punto de empezar. Pagarán el precio el alumnado, esos seres sin entidad electoral y a los que nadie pregunta nunca nada. Pero también sus familias, que habrán de asumir el incremento de tasas, los cambios de libros y la disminución de las becas. Y, por supuesto, los docentes que tendrán que hacer lo imposible para que, pese a tanta confusión e irresponsabilidad, nuestro alumnado siga confiando en que otro futuro, otra educación, y otra forma de hacer política son aún posibles.


jueves, 3 de septiembre de 2015

De cuando los cavernícolas de Platón se levantaron a pintar bisontes.


Divina proporción de la Caverna Aurea, obra de Carlos Plaza de Miguel 
Aquí tenéis una nueva especulación sobre el arte y su relación con el pensamiento reflexivo. Es una reelaboración de una vieja entrada de este blog, y ha sido publicada en el número de septiembre de Humano, creativamente humano. 


miércoles, 1 de julio de 2015

Lo feo de lo bello. El arte como ilusión.

En el nuevo número de Humano, creativamente humano, han vuelto a tener la gentileza de publicar un texto (que ya apareció como entrada en este blog) a vueltas de lo que sea el arte: "Lo feo de lo bello. El arte como ilusión"

Por lo demás, el número viene repleto, como de costumbre, de contenidos exquisitos y estimulantes.


lunes, 6 de abril de 2015

domingo, 15 de febrero de 2015

El significado político del carnaval.


La función y el significado de las fiestas es un tema apasionante, y ha sido tratado por historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos. El sentido de una celebración es siempre múltiple y complejo, como le ocurre a cualquier manifestación cultural. Pero me voy a ceñir a uno de esos sentidos, que tiene especial relación con lo político: la fiesta como una institución generadora de orden y conformidad. Veamos.

Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si la gente no las obedece, esto es, si carecen de poder. El poder, en general, es la capacidad para generar conformidad. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece.

El poder u obediencia a la ley parece que se genera de dos formas: por coacción externa, sea “positiva” (mediante premios o sobornos), o “negativa” (mediante castigos y amenazas), y por convicción interna. Prácticamente, ningún régimen político se mantiene únicamente por coacción (siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno, y los que lo hacen, lo hacen solo externamente). El método más eficaz es la convicción, por el que las personas se someten voluntariamente a las leyes y aceptan el orden que estas establecen, en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien, ¿cómo lograr convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? También aquí hay varias maneras. Una, tal vez ideal, podría ser el diálogo argumentativo (supuesta una educación racional previa), pero este medio es raro, y cuando se da en la práctica, en la medida en que se dé, nunca va solo, sino acompañado de otro, aparentemente más efectivo, que podemos llamar, el de la “seducción” emocional. Es aquí donde cabe situar esa función generadora de orden que atribuimos a la fiesta.

En todas las culturas existe un sinfín de sinfín de ritos y ceremonias colectivas, también llamadas “fiestas”, una de cuyas funciones es justificar, de modo fundamentalmente emotivo e inconsciente, el orden social y político establecido. Tal como han mostrado autores como Georges Balandier, las fiestas legitiman el orden de dos modos: directamente (escenificando el orden vigente), e inversamente (a través de la celebración del desorden). Habría así, desde este punto de vista, dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran la institución de la ley y el orden; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval) en la que se celebra, de modo ritual, la ruptura con la ley y el orden (para regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte). Profundicemos en estos dos tipos de fiesta.

Las "fiestas de institución del orden" son muy variadas. En unos casos se celebra el orden de modo positivo. Por ejemplo, en las fiestas de entronización (se celebra la llegada al trono del rey o gobernante), las conmemoraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el día de la victoria), los desfiles militares, las celebraciones religiosas (las romerías, la semana santa), el homenaje a los héroes de la patria, los días en que se celebran ciertos valores (el día internacional de los derechos humanos, el día del trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos masivos. En otros casos también se celebra el orden, pero, cabe decir, en "negativo". Por ejemplo, en las ejecuciones públicas (antaño eran días de fiesta), o en ciertas celebraciones en las que se escenifica el castigo al “enemigo” común o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...). Es común, por ejemplo, en estas fiestas, que se pasee por las calles a la figura que representa al “villano”, para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo.
En cualquier caso, algo común a todas estas fiestas es el especial tono estético con el que se busca dotar de eficacia (de poder de "convicción") a la conmemoración festiva, que tiene siempre un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en estas fiestas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas ellas se escenifican la jerarquía social (el desfile es un buen ejemplo de esto), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo, así como su origen mítico y trascendente (casi siempre a través de un relato en el que el Orden vence al caos enemigo). Por supuesto, también se escenifica, con la misma eficacia teatral y estética, el castigo de todo aquel que osa “salirse” del orden y atentar contra él. Lo importante es que todas estas celebraciones dan una impronta “sagrada”: estética, emotiva, misteriosamente seductora, a la estructura social, al orden y a la ley, lo cual ejerce un poder de convicción casi irresistible.
¿Cómo desobedecer al policía que desfila en traje de gala, al son de un música solemne, y entre los vítores de todos, junto a una figuración teatral del dios llevado en andas por unos compungidos penitentes?...

Ahora bien. Estas fiestas (de institución del orden) no bastan para generar toda la conformidad que se precisa para que la sociedad (la ley) funcione. Todo orden social se “monta” sobre la represión o inhibición de fuerzas muy poderosas, y que están siempre latentes en los individuos. No son solo las pulsiones sexuales, o el uso libre de la violencia (los dos “impulsos” que primariamente se “civilizan” y reprimen en toda institución social, al decir de algunos antropólogos), sino algo socialmente más peligroso aún: la tentación de la duda, la crítica, la polisemia, la acción alternativa, el cuestionamiento no ya solo del orden social vigente, sino de cualquier otro orden posible. 
William-Adolphe Bouguereau. The Youth of Bacchus. (1884)
Estas poderosas fuerzas no se pueden someter fácilmente; hay que "darles salida", y esto podría ser la función del carnaval y del resto de “fiestas de inversión”. Son muchas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanas, las  misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval -aunque en algunos casos este esté ya tan ritualizado que cueste trabajo reconocer en él su primitiva función—. En todas estas fiestas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en el resto de las fiestas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o a un grotesco “rey de burlas”. En lugar del héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. En vez del orden tradicional, se inaugura un orden inverso: el mendigo es el rey, el burro hace de obispo, el varón se disfraza de mujer, y cada uno de su opuesto. La música majestuosa y emotiva de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en baile improvisado, sin más coreografía que la natural del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre paso la burla, la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura (todo se vuelve cuestionable, risible). Los himnos se trastocan en canciones burlescas, los símbolos se invierten y desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y en la ingesta de sustancias enervantes. 
En los verdaderos carnavales, la policía, y todo asomo de orden, desaparecen de las calles. La violencia aflora, con la misma naturalidad que el sexo... El objetivo parece claro. Permitir, por unos días, que la fiesta conduzca al desorden más absoluto y, por tanto, a la convicción de la necesidad del orden que, tras los días del carnaval, vuelve triunfante (mediante una nueva escenificación teatral) a renovar su poder sobre el caos. En esta especie de mecanismo “metabólico” del poder, la inversión simbólica del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad. El mensaje del poder está claro: o el caos, o Yo.


Para más información sobre esta teoría de la función política de la fiesta puedes pulsar  aquí.







domingo, 30 de noviembre de 2014

¿Por qué no van a existir los ángeles? Resumen de la tertulia sobre ciencia y religión.



¿Por qué no van a existir los ángeles? ¿Es el criterio científico de verdad superior al religioso? ¿Por qué? Con estas preguntas arrancó la tertulia del pasado viernes, a propósito del tema "Ciencia y religión", y que comenzó con la proyección de "Lisa, la escéptica", de Los Simpson. El debate se convirtió en seguida en un diálogo entre defensores y detractores de la capacidad de la ciencia para explicar el mundo. Recojo un poco con mis palabras los que me parecieron argumentos principales de unos y de otros, según los recuerdo. Caso de imprecisión, error u olvido no dejéis de comentarlo. No cito los nombres, por temor a equivocarme o a dejarme a alguien (la próxima vez procuraré apuntarlos). Gracias por venir a todos. Y especialmente a los propietarios y el personal del Metabar de Mérida, por su disponibilidad, amabilidad y apoyo. 

La ciencia representa un tipo de conocimiento superior porque "funciona". Explica el mundo en la medida en que es capaz de predecir lo que va a pasar, y en cuanto genera tecnología útil. 

Tal vez la ciencia explique cómo funciona una bombilla, pero no explica los por qué ni los para qué. No atiende a las cuestiones fundamentales: el origen y la finalidad del mundo, de la vida humana. Ni otras cuestiones importantes, como la de los valores. 

La ciencia explica perfectamente el origen de todo. En cuanto a la finalidad del mundo o la vida no la explica porque no hay tal finalidad. Esa presunta finalidad es resultado de una visión injustificadamente "antropomórfica" del mundo. Ni el mundo ni la vida humana tiene por qué tener ninguna finalidad. 

¿Entonces no tiene sentido preguntarse para qué estamos aquí? Por ejemplo, ¿para qué estamos en esta tertulia? Cuando se dice que la ciencia es válida porque "funciona", ¿esto no implica una noción finalista, un "para qué" son útiles las cosas?

No. No hay ningún sentido especial. Vivimos para vivir. Los animales no necesitan hacerse esas preguntas. Nosotros tenemos la maldición de pensar en ellas. Todas esas preguntas son un producto de nuestros cerebros. 

¿Sería mejor, entonces, "animalizarnos"? ¿Seríamos más felices si fuéramos más inconscientes? Sí, por ejemplo, pedimos una botella de whisky al camarero y comenzamos a beber hasta perder la consciencia.

(...)

¿Qué hay de eso que llamamos "información", lo que nos transmitimos unos a otros, o las ideas y los conceptos? ¿Son explicables por la ciencia?

Todo eso son fenómenos físicos, y cerebrales. Las ideas y conceptos son reacciones químicas en el cerebro. Recientemente se ha empezado a demostrar que las ideas pueden pasar de una mente a otra por medios estrictamente neurológicos.

(...)

Volvemos al tema de los orígenes y los fines. Tal vez la ciencia no encuentre oportuno explicar los fines (aunque no parece que se pueda explicar la conducta humana, como mínimo, sin finalidades), ¿pero es cierto, como se ha dicho, que puede explicar el origen del mundo? La teoría cosmológica estándar (el Big bang) afirma que todo (incluyendo el tiempo y el espacio) surgió de "nada". ¿Es esto una explicación?

La teoría del Big bang no está totalmente demostrada. La materia o la energía siempre han existido. Hay teorías que hablan de multiversos o infinitos universos paralelos. O de continuos comienzos y extinciones. 

¿Puede explicar la ciencia lo que es la energía?

La energía es la capacidad para realizar un trabajo.

¿Una creencia religiosa, en la medida en que hace que la gente haga cosas, es también energía?

(...)

Los fenómenos mentales, como el color rojo o el rostro que imagino, no se pueden observar en ningún escáner cerebral (el cerebro sigue siendo gris cuando imagino algo rojo). ¿"Dónde" ocurre ese "rojo" que imagino?

El cerebro no se pone rojo. Pero ese color es un producto, una proyección del cerebro. Todavía hay mucho que saber sobre el cerebro.

(...)

¿Qué hay de los valores: lo bueno, lo malo, lo justo...? ¿Puede la ciencia explicar tales cosas, como parece sugerir la sociobiología? ¿O la ciencia ha de ocuparse tan solo de hechos (de "lo que es", no de "lo que debe ser"?

Los valores son productos de cada sociedad y época. Son lo que se conviene como "adecuado".  Lo que la gente establece que se debe hacer.

Pero entonces todas las creencias morales (por ejemplo, las de los nazis, o las que justifican la esclavitud o el machismo) estarían justificadas, pues a la mayoría de la gente de tal o cual sociedad y época le parecían "buenas" o "adecuadas". 

La gente se va dando cuenta de que esas creencias (sobre la bondad del nazismo, la esclavitud, etc.) eran malas, y va progresando. Los valores de nuestra sociedad y época son mejores que las de sociedades y épocas pasadas. 

Pero, ¿desde qué perspectiva se puede afirmar que los valores "progresan"? Si los valores son productos de cada época y lugar, mi valoración de que "las sociedades progresan (van a "mejor")" solo tiene sentido en el contexto de mi sociedad y época. Para poder valorar que las sociedades progresan debería poder "salirme" de mi cultura y situarme por "encima" de todas, para valorarlas a todas, incluyendo a la mía...

(...)

¿Puede la ciencia explicar la identidad de las personas (o de cualquier cosa) desde el presupuesto de que no son más que cuerpos (y cerebros)? Si en el cuerpo de una persona todo está continuamente cambiando, nada es lo mismo de un momento a otro, ¿podrían ser las personas iguales a sí mismas (tener identidad) conforme pasara el tiempo? ¿Tiene sentido que las personas tengan nombre, identidad, d.n.i?

No. Todo está cambiando constantemente. Pero lentamente, por lo que no lo notamos y tenemos la ilusión de que las cosas y las personas son las mismas. La identidad no existe, es una ilusión. 

Pero entonces nada es nada. Ni siquiera "una" ilusión (que sea "una" implica identidad, unidad en los cambios). Como decía Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río, ni el río, ni el bañista son el mismo, nada es lo mismo que sí mismo dos instantes seguidos. Ni siquiera las leyes ni los conceptos de la ciencia. Las leyes del cambio o de la evolución tendría que cambiar también. Hasta el hecho de que todo cambia tendría también que cambiar...

Todo cambia menos que todo cambie. Y las leyes y conceptos científicos también cambian y evolucionan. 

¿Según qué ley (invariable) del cambio cambian las leyes?

Todo cambia, hasta las leyes. Toda identidad es ilusión del cerebro, de las neuronas. 

¿De qué neuronas? Si no hay nada con identidad (que sea lo que es), tampoco las neuronas son lo que son... Por otra parte, si todo es ilusión o representación mental, ¿por qué van a ser unas representaciones más válidas que otras? Por ejemplo, si alguien tiene representaciones mentales relativas a ángeles, ¿por qué no van a ser tan ciertas como las demás?

Porque unas son compartidas y otras no. El color de esa pared lo vemos todo. Los ángeles, no. Si vamos todos hacia esa pared nos chocamos todos, todos nos hacemos daño.

¿Todos? ¿Daño? ¿Por qué van a existir "todos" si nada tiene identidad? ¿No podrían ser también meras ilusiones nuestra percepción de que existen otras personas, o nuestra percepción del dolor?

¿Puede la ciencia demostrar que no existen dioses o ángeles? 

No. Pero eso no justifica que existan. No demostrar que no-X no es lo mismo que demostrar que X. La ciencia no funciona así, sino con teorías afirmativas, buscándoles defectos o errores, para confirmarlas o ensayar otras mejores. El que la ciencia tenga cosas sin explicar (aún) no justifica que esos "huecos" tengan que ser rellenados por la religión. 


Por aquí (creo) acabó la cosa. Se reconoció que había todavía mucho por discutir. Y que ni los defensores de la suficiencia de la ciencia, ni los más críticos con esta posibilidad, habían resuelto todas las cuestiones. Una de las promotoras, Elisa, afirmó que se había hablado mucho de ciencia, pero prácticamente nada de religión. Se propuso seguir otro día, o bien a través de comentarios en los blogs conversacionesconeldaimon.blogspot.com, o filosofiaparacavernicolas.blogspot.com . También que todos aquellos que quisieran proponer algún asunto para próximas tertulias, lo propusieran en alguno de esos dos blogs.




miércoles, 26 de noviembre de 2014

El conflicto entre religión y ciencia. A propósito de "Lisa, la escéptica", de Los Simpson.



El próximo viernes 28 de noviembre, y por iniciativa de algunos alumnos, comenzamos un nuevo ciclo de tertulias filosóficas, al que hemos denominado "Conversaciones con el daimon. Tertulias parafilosóficas". El tema de esta primera reunión va a ser el de la relación entre religión y ciencia. Para ilustrarlo hemos elegido un capítulo de Los Simpson: "Lisa, la escéptica", que proyectaremos antes de comenzar la tertulia. 

Para quien no lo conozca, "Lisa, la escéptica" narra el hallazgo en Springfield del supuesto esqueleto de un ángel. Esto provoca un enfrentamiento entre Lisa, que adopta una perspectiva científica y se niega a aceptar que se trate de ningún ángel, y el resto del pueblo, que cree a pie juntillas en la naturaleza sobrenatural del hallazgo. Al final, todos descubren que se trataba de una mera estratagema publicitaria para inaugurar unos grandes almacenes.     

Como es habitual en la serie, este capítulo es toda una invitación a la reflexión, además de un compendio de referencias críticas a conflictos, personajes y acontecimientos de la sociedad americana.



De entrada, la idea del capítulo parece estar inspirada en el famoso Juicio de Scopes, en Tennessee, durante 1925, en el que se condenó a un profesor de secundaria por saltarse la ley que prohibía enseñar la teoría de la evolución (por considerar que contradecía la doctrina bíblica de la creación). Parece ser que el profesor fue incitado por un empresario local convencido de que el juicio daría publicidad al pueblo. 

Ardides publicitarios aparte, el proceso de Scopes es solo un episodio de la polémica entre evolucionistas y creacionistas en U.S.A o, más en general, entre ciencia y religión, sobre todo cuando afecta a ciertos asuntos (como el del origen del hombre, la posibilidad de los milagros, etc.). ¿Son incompatibles la ciencia y la religión? ¿Puede un científico ser, además, una persona religiosa (o al revés)? ¿No tiene la ciencia algo de religión? ¿Es la religión algo totalmente irracional? ¿Se excluyen realmente la una a la otra? ¿Es mejor la vida del creyente que la del escéptico racionalista? ¿Hay algún modo de ser racionalista y creer en "ángeles"?

La verdad es que las posturas ante esta polémica no han variado apenas desde la Edad media, y son básicamente estas. La fideísta (no hay más verdad que la de la fe). La racionalista (la verdad es asunto de la razón, la religión es mito y superstición). La complementarista (fe y razón, religión y ciencia, se complementan la una a la otra). Y la dualista (fe y razón, religión y ciencia, son compatibles  en cuanto cada una se ocupa de asuntos absolutamente distintos)... 

En el capítulo que comentamos aparecen representadas todas estas posturas. Mientras que la mayoría de los habitantes de Springfield muestra un cierto “fideísmo” y anteponen la religión a la ciencia, incluso de forma fanática (queman los museos y los laboratorios), Lisa representa al racionalismo; para ella la religión es solo superstición e ignorancia. De otro lado, Marge Simpson representa una postura más moderada y conciliadora (“hay algo más que lo que vemos”). Y el juez Snyder, que ha decidido acabar con el “debate eterno entre ciencia y religión”, escoge la postura dualista (“que la religión guarde una distancia de 500 metros de la ciencia”). Esta última postura es, además, la que corresponde a nuestra modernidad, que se abre, precisamente, con el triunfo de la doctrina de la “doble verdad” en el siglo XIV (por parte, sobre todo, de teólogos anglosajones). Es también la postura del famoso y polémico científico Stephen Jay Gould, que aparece con su propia voz en el capítulo, y que es autor de libros como “Ciencia versus religión: un falso conflicto”, en los que expone su visión dualista del asunto. Según Gould, la ciencia se ocupa de describir hechos y de explicar cómo ocurren, mientras que la religión (o la filosofía y las humanidades, que Gould mete en el mismo saco) se ocupan de buscar el sentido último de las cosas y de los temas relacionados con los valores (la moral, la política, etc.).


Por supuesto, cada una de estas posturas plantea un sinfín de problemas, y cada una de ellas daría para un debate o tertulia por sí misma. Veamos.

En primer lugar, al fideísta le podríamos preguntar por la razón de su renuncia a la razón, y si su renuncia no es, también, una renuncia a la propia condición humana (¿no somos definidos como "seres racionales"?). En la mayoría de las religiones, querer saber demasiado es algo sospechoso, o incluso pecaminoso (como en el mito del pecado de Adán y Eva). Pero, ¿por qué? ¿No es precisamente el saber lo que nos diferencia de los animales y nos acerca a Dios? Tal vez. Y, sin embargo, la actitud religiosa parece a menudo contraria al saber. Como dice el reverendo Lovejoy: “hay cosas que no queremos saber, cosas importantes”. Y cuando Kent Brockman está retransmitiendo la quema de los museos de Springfield, dice: “los tecnócratas reciben clases de humildad”, como si querer saber fuese resultado de un exceso de soberbia. ¿Por qué es tan malo esto de saber? ¿Son acaso los tontos más felices (como parece sugerir aquel capítulo en que Homer decide volver a introducirse un lápiz en el cerebro para volver a ser bobo y... feliz)? ¿Es acaso mejor vivir como un niño, creyendo en mitos, que afrontar la fría y dura verdad de la ciencia, tan ajena a nuestros intereses, deseos o sueños? Tal vez, pero... ¿estaría en nuestra mano elegir entre verdad y felicidad? ¿Podríamos creernos una ilusión, por muy feliz que nos hiciera, sabiendo que no es más que ilusión?


La actitud racionalista, o más bien “cientifista”, de Lisa tiene también sus problemas. Esta claro que la ciencia no resuelve ninguno de los asuntos que realmente nos interesan: ¿cuál es el origen y la finalidad del universo?, ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué debemos hacer con ella? ¿Qué nos espera? ¿Cómo podemos hacer el mundo más justo?... Estas preguntas no admiten respuesta científica, solo filosófica o (para los que no creen que sea posible una respuesta racional) religiosa. De otro lado, la ciencia parece a veces un “gigante con pies de barro”. La mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia no se pueden demostrar científicamente. La propia ciencia (con sus leyes, teoremas, conceptos...) no es un objeto observable por la propia ciencia. La validez de los “axiomas”, o del mismo método científico, o la creencia, en general, de que el mundo es algo racional que podemos comprender con nuestra razón, son, todas ellas, ideas que solo cabe afirmar desde una cierta profesión de “fe”. ¿Pues cómo sabemos, por ejemplo, que la propia razón no nos engaña (como decía Descartes, quien veía necesario creer en un dios bueno que impidiera la posibilidad de ese engaño)?... Así pues, ni la ciencia lo explica todo (ni, sobre todo, lo más importante de todo), ni sus explicaciones son (ni mucho menos) plenamente racionales. Y todo eso al precio, además, de “desencantarnos” el mundo, intentando robarle todo su “mágico” misterio, y dejándonos fuera de él, como a un niño que descubriera que no existen los magos o los duendes y que, además, él ya no es el centro de la casa. Como dice Flanders: “la ciencia es como un bocazas que nos cuenta el final de la película” (suponiendo, además, que se tratase de una película, es decir, que todo tuviese sentido y respondiese a un guión que pudiera desvelar la propia ciencia)... La relación, paradójica, de amor y odio por la ciencia está retratada varias veces en el episodio, por ejemplo, en la frase del tabernero Mou, cuando resulta herido quemando el museo de ciencia y manifiesta su deseo de que la ciencia le cure.

En cuanto a las posturas "complementaristas" los problemas son obvios. ¿Cómo pueden reconciliarse modos de acceso a la verdad tan distintos como la fe y la razón? ¿O no son, acaso tan distintos? Los teólogos cristianos de la Edad media se esforzaron por establecer lazos entre la fe y la razón, y construyeron un monumental edificio filosófico en el que las grandes cuestiones religiosas (empezando por la misma existencia de Dios) eran tratables tanto desde la fe como desde la razón. Sus argumentos han sido marginados, más por su aspecto oscuro y premoderno que por otra cosa, pero siguen ahí. Y podemos (y deberíamos) discutirlos. Una versión actual de algunos de esos argumentos es la llamada teoría del diseño inteligente, teoría que, sobre todo en USA, ha sido usada para reivindicar una especie de versión científica o racional de la doctrina religiosa de la creación.

Por último, la solución dualista (religión y ciencia han de seguir caminos separados), pese a ser la mayoritariamente aceptada, no es la menos problemática. ¿Es admisible una realidad dividida en dos: una parte racional (objeto de estudio de la ciencia), y otra irracional (sujeta al decreto religioso)? ¿Es adecuado dejar a la religión asuntos tan importantes como el del sentido de la vida o los valores morales? Y digo “dejar a la religión”, y no a la filosofía, porque el dualismo moderno se basa en la negación de una ciencia puramente racional ajena a los datos sensibles, como es la filosofía. Todo lo espiritual, por así decir, es irracional para el "espíritu" moderno. Así que solo queda la religión para ocuparse de aquello que “no se ve”...


Otros problemas que se pueden discutir a propósito de este capítulo podrían ser estos:

La crítica a la propia religión como institución. Por ejemplo, la visión de la religión como negocio (el santuario que crea Homer en el garaje de su casa), o como algo ligado a actitudes intolerantes y violentas (la detención arbitraria de Lisa, la quema de los museos...). También la visión oscurantista y tenebrosa de la religión (como la que se ofrece en el anuncio del apocalipsis: el miedo a Dios, la justicia entendida como venganza divina en el juicio final), o como algo propio de ignorantes (las burlas a la ignorancia de los vecinos de Springfield, que vienen a representar al americano medio, son constantes).


La crítica a la sociedad de consumo, en la que comprar parece algo tan alienante y embrutecedor como la propia religión (el nuevo opio del pueblo). Actitud debida en parte a la publicidad, que manipula, sin escrúpulo alguno, la credulidad y emotividad de la gente... Ahora bien, ¿no es lo que promete la publicidad lo mismo, en el fondo, que quiere la gente? ¿Hay acaso algo mejor y con más sentido que disfrutar de los objetos que consumimos y que llenan las estanterías de los centros comerciales? ¿No es eso el "cielo en la tierra"?... Tan solo Lisa, ese ser angelical (al menos para su madre), parece enviarnos (como si de un ángel real se tratara) una mensaje distinto...








lunes, 10 de noviembre de 2014

Vacío existencial.

¿Habrá algo más típico de un domingo que el VACÍO EXISTENCIAL? La encantadora Amaya Prieto nos hizo esta entrevista sobre el tema justo el domingo pasado, en su Viaje al Centro de la noche, de Radio Nacional, un programa que apuesta por la reflexión filosófica.


La noción de “vacío existencial” denota cierta idea de lo que es la condición humana, sobre todo, del hombre contemporáneo. Y más modestamente, un estado anímico y moral que se deriva de lo anterior.

El vacío existencial es lo que puede experimentar uno cuando es consciente de que su existencia está carente de objetivos, de ideales, de valores objetivos. Cuando no sabe por qué y para qué vive. Cuando experimenta su vida como algo absurdo y carente de sentido.

Esto es fruto del materialismo y el nihilismo contemporáneos. La tesis materialista es que la realidad es la materia, el universo físico que habitamos. Un universo que no tiene causa ni finalidad ninguna. Existe por que sí, y para nada. De hecho, el universo parece abocado a la destrucción. Y nosotros con él. La realidad es así: parece ser algo que aparece y desaparece sin más, sin ningún motivo ni fin aparente. La vida, igual. Los seres vivos son producidos por ese proceso azaroso que es la evolución, y de la misma manera que aparecen se acaban extinguiendo. Todo está sujeto al tiempo, incluso el propio tiempo. Nada es necesario ni imprescindible. Todo podría ser o no ser. Todo esto nos presenta la realidad entera como algo absurdo. Lo absurdo es lo que ocurre sin por qué ni para qué. Como se supone que somos parte de ese mundo, también nuestra propia vida parece absurda, gratuita. ¿Por qué estamos aquí? Por nada en especial, por un azar evolutivo. ¿Para qué? Para la nada, para la muerte. Todo se lo lleva el tiempo. Nada es relevante. Todo es pasajero. Esto incluye a los valores, los ideales, los propósitos. ¿Para qué empeñarse entonces en algo? ¿Para qué hacer proyectos a gran escala? ¿Para qué luchar por algún ideal? Todo lo que hagamos está condenado al olvido. Todo vuelve a la nada de la que partió. No hay nada por lo que merezca dar la vida. Solo hay eso, vida, pero vida insignificante, vacía. La frase de Nietzsche “Dios ha muerto” significa eso: ya no creemos en valores absolutos, en nada trascendente o eterno. Ninguna verdad es absoluta, ningún valor es absoluto u objetivo, no hay nada objetivamente mejor o peor. Da igual lo que hagas, te vas a morir igual, la muerte iguala todo, lo indiferencia y deforma todo. Así que, ¿para qué actuar? Sin Dios, el hombre se ha quedado solo frente a si, solo e insignificante, tiempo en el tiempo, como una estela en la mar, decía el poeta. Vacío. No hay nada que lo trascienda, que tire de él hacia arriba (no hay arriba ni abajo), que lo haga crecer y desarrollarse. ¿Hacia donde habría de crecer? No hay fin, meta, misión alguna para la vida.

Esta falta de sentido genera apatía, indiferencia moral. También bloqueo y angustia. Y, a veces, una especie de búsqueda desesperada de evasión, de inconsciencia, con objeto de no pensar (sentir, drogarse, entretenerse continuamente, ver la tele, irse de compras, estar siempre fuera de sí)... 

De otro lado, hay gente que se entrega a la religión, a las creencias mágicas, a las sectas, a la religiosidad new age (el ocultismo, las creencias esotéricas, las sabidurías orientales, las terapias psicológicas, la adoración de la naturaleza, etc.), en un intento de llenar su vida.

Para algunos filósofos existencialistas, el hombre debe asumir esta condición finita, trágica, absurda, con valor y consciencia, y eso es lo grandioso, lo heroico en el. Luchar como si la lucha tuviera sentido, sabiendo que no lo tiene. Apasionarse, aún sabiendo que esa pasión es inútil. Volver a cargar una y otra vez, heroicamente, la piedra de Sísifo. Tomarse la vida en serio, aun sabiendo que no es más que un juego que, visto desde fuera, no tiene ningún sentido...

Según Nietzsche, hay que asumir el absurdo, entregarse a él. La vida es un cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota, decía Shakespeare. Y eso es lo que hay que valorar. No vivir en ilusiones ni mentiras. Si la vida es una locura, vivir locamente. Aprovechar que nada tiene sentido para inventarlo tu, para crear cada mañana tus propios valores, como un pequeño dios, afirmándote en tu poder creador, disfrutando de la vida irreflexivamente, como un niño.


Desde otra perspectiva, también muy filosófica (aunque empapada de sociología y psicología), el vacío existencial es producto no solo de la falta de Dios (valores, verdades, ideales trascendentes al tiempo), sino del triunfo de una cultura alienante y deshumanizadora, que nos vacía por dentro. La sociedad industrial, decía Marx, convierte al hombre en un mecano, un mero productor de mercancias que ni le van ni le vienen, que no expresan sus intereses, deseos ni necesidades. El hombre, dice Marx, es lo que hace, se realiza con el trabajo. Pero solo si el trabajo es expresión de si mismo. ¿Pero como va una cajera, el obrero de una cadena de montaje, etc., a expresarse a si mismo así? ¿Qué le puede importar a un ser humano hacer un tornillo detrás de otro? Como resultado no estás en lo que estás en tu trabajo, estas fuera de ti, en lo otro que tu, alienado, eres un alienígena, un extraño para ti mismo. Y en tu tiempo de ocio haces lo mismo: te enajenas, te sigues embruteciendo, buscas la inconsciencia, el entretenimiento, el consumo, que es también mecánico, rutinario, embrutecedor. Tanto el trabajo como el ocio te convierten en un ser pasivo, dirigido, incapaz de dirigir tu vida, de crear, de desarrollar y expresar tu individualidad. Te conviertes en un individuo homogéneo y, además, aislado. También las relaciones sociales son deshumanizantes, alienantes, sujetas al mercado, competitivas, mercantilizadas. Tanto tienes tanto vales. No importa lo que eres. Da igual que estés vacío por dentro. O mejor, no da igual. Es mejor, porque así resulta rentable la industria que se ocupa de llenar continuamente tu tiempo con entretenimiento...



miércoles, 8 de octubre de 2014

Diálogos en la Caverna. Un microespacio de filosofía en Radio Nacional de España.

Obra original de Marien Sauceda para Diálogos en la Caverna.
Desde hace unos meses hemos excavado una nueva cueva en este cavernoso laberinto. Se trata de DIÁLOGOS EN LA CAVERNA, el blog donde recopilamos los microprogramas de radio que realizamos Juan Antonio Negrete y yo para Radio Nacional de España, y para el que contamos con la colaboración de un montón de maravillosos actores. 



Si queréis escucharlos, en ese blog tenéis los enlaces y el texto completo de cada programa, para que podáis disfrutarlos (o padecerlos) a fondo. Por supuesto se admiten con las orejas abiertas todos los comentarios y críticas que queráis hacerles. 


Dibujo original de Marien Sauceda para Diálogos en la Caverna.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Criterios de evaluación y teorías de la justicia

Siempre los mismos problemas al volver al cole. ¡Establecer criterios de evaluación! ¿Cómo? ¿Cuáles? ¿Con qué criterio de criterios?... Preguntaré a mis alumnos. Pero claro, ya me imagino la discusión: ¿cuáles son los criterios “justos”? (Hasta los que quieren sobresaliente para todos quieren, también, que eso sea lo justo). Os pregunto a vosotros. Para animar, os presento algunas alternativas, presuntamente inspiradas en distintas teorías de la justicia...


1. No hay que evaluar ni juzgar nada. O, en todo caso, lo único que procede es la autoevaluación: cada uno establece, espontáneamente, lo que él cree que vale o merece, entendiendo por "valer" lo que el quiera (Anarquismo).

2. El profesor evalúa mejor a aquellos alumnos que, de una u otra manera, ellos o sus familias, más le puedan beneficiar (a él o a la institución para la que trabaja) ahora o en el futuro ("Realismo" crudo)

3. El profesor (o una computadora) evalúa en función de resultados objetivos de test, exámenes, etc., en los que se mida el logro individual de los objetivos programados (ponderables, a su vez, en vista a su eficacia para la integración de los alumnos en el mercado laboral.) (Liberalismo).

4. En función de (3), y añadiendo que el alumno se ajuste en sus actos a un cierto modelo de virtud incuestionable (modestia, discreción, respeto a los mayores, trabajo duro, decencia, cierta idea --normalmente religiosa-- de lo que es la realización humana...) (Liberal-conservadurismo).

5. En función de (3) siempre y cuando se compense la injusta situación de partida (por la que a unos alumnos “les toca” tener mejores familias, más medios, más talento natural, más capacidad de trabajo y fuerza de voluntad -como efecto de lo anterior-, etc.). Así, para garantizar la equidad, se darán más oportunidades y recursos (o bien puntos suplementarios) a alumnos con familias problemáticas, que sean pobres, con talentos mediocres o no desarrollados, con poca capacidad de trabajo, desmotivados, etc. (una especie de discriminación positiva). También se premiará a aquellos alumnos con suerte que dediquen su talento y voluntad para beneficio de los alumnos menos favorecidos (ayudándolos en sus tareas, etc.). (Liberalismo moderado/socialdemocracia)

6. En función de la capacidad del alumno para mimetizar un modelo de virtud totalmente cerrado e indiscutible (sagrado). (Ummas o comunidades religiosas)

6. En función del esfuerzo que hace cada alumno por superar sus limitaciones y de sus necesidades para completar su educación y realizarse como persona en el puesto más adecuado para todos, teniendo en cuenta que se ajuste a cierto modelo de virtud indiscutible (solidaridad, equidad, compromiso social, sacrificio individual en pos de fines colectivos e históricos, cierta idea de lo que es la realización humana...) (Socialismo, comunismo)

7. La evaluación es fundamentalmente tarea de cada alumno que, de manera oportuna (y con todos los recursos externos que quiera), clarifica y evalúa (justificadamente) la consecución de sus propios fines en relación con los objetivos de la materia y con las distintas circunstancias (incluyendo la competencia del profesor) que han condicionado su actividad. La pregunta que ha de responderse a si mismo es: ¿He logrado ser mejor lo que yo quiero ser, y en la medida en que he podido y me han permitido, gracias a esta asignatura?  (Autarquismo?)


Quino

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