miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

jueves, 15 de enero de 2026

¿Qué va a hacer Vox con la educación?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).

Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)? 

¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?

En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?

Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en 

miércoles, 7 de enero de 2026

Los regalos del rey Trump

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Resulta un tanto sorprendente el revuelo provocado por la intervención de los EE. UU en Venezuela. La verdad es que propiciar transiciones de régimen o golpes de Estado, sustituir gobernantes díscolos por otros más sumisos, apropiarse de las riquezas ajenas, o repartirse el mundo en zonas de influencia, responden al modo de actuar habitual de todos los imperios que en el mundo han sido, tanto antes como ahora, incluyendo en el lote al «amigo americano» que, con más o menos disimulo, ha hecho siempre lo que le ha convenido en casi todas partes del mundo (con la diferencia, quizás, de que ahora también lo va a hacer en Europa, señal inequívoca de nuestra caída en desgracia y el lugar en el que va recolocándonos la historia).

Ahora bien, constatar que las cosas han andado siempre igual no quiere decir que debamos agachar (más aún) la cabeza. Todo lo contrario. El primero de los regalos que nos trae la obscena exhibición de poder militar (el único que le queda para no ser superado por China) del reyezuelo Trump, es el de darnos la ocasión de, frente al quintacolumnismo de la ultraderecha (Vox en España) promovida por Trump y Putin para acabar con la UE, traducir el miedo colectivo en una firme política común frente al unilateralismo tanto norteamericano como chino-ruso. Si algo tiene de bueno la retórica del nuevo emperador (la retórica de no andarse con retóricas) es que desvela el patetismo de la verborrea inútil de quienes prefieren escurrir el bulto y aguardar a ver qué pasa. La historia enseña lo conveniente que resulta anticiparse, y que ser manso con los tiranos no sirve más que para excitar su codicia.

Otro regalo del exhibicionismo de «poder duro» del inquilino de la Casa Blanca es su naturaleza cortoplacista. A diferencia del «poder blando», la violencia intimidatoria no seduce voluntades, y genera odio y rencor. Bien es cierto que gran parte de las reservas de poder blando (léase, de control económico del mundo) de los EE. UU se están evaporando al mismo ritmo que el dólar como eje financiero global, pero es que además los USA están despilfarrando de modo suicida el capital moral y cultural que constituía (junto a la hegemonía del dólar) la otra viga maestra del imperio: la agresividad y la manera humillante en que Trump está tratando a amigos y enemigos está rompiendo vínculos y relaciones de confianza, y dejando al poder americano en los huesos de la pura fuerza militar; un poderío militar colosal, pero que no es económicamente sostenible si EE. UU. no recupera la pujanza económica de la segunda mitad del siglo XX, algo que parece sumamente improbable.

Un tercer regalo de Trump (o del más cercano y peligroso reyezuelo Putin) es el de hacernos recordar que la soberanía y los derechos de los que gozamos no son una renta vitalicia ni una condición natural, sino una realidad política sin otra garantía que la de un poder firme que los sostenga. Por ello, nuestro mejor propósito de Año Nuevo debería ser el de abandonar la cómoda actitud del «ciudadano-cliente» acostumbrado a pagar para que alguien proteja su bienestar, y asumir que nuestro estatus no solo depende de un Estado fuerte y un arsenal bien surtido, sino también de una masa de ciudadanos informados, críticos, activos y comprometidos con la defensa de sus valores e instituciones. Ya tardamos en asegurarnos de que contamos con ambas cosas.

De nuevo sobre filosofía y educación: una entrevista en la radio pública de Murcia.


¿Está la escuela realmente desbordada por la llamada sociedad de la información? ¿Qué papel puede ejercer la filosofía para devolver a la escuela su protagonismo educativo? Sobre esto tratamos en la entrevista que nos realizó Joaquín Azparren para Onda Regional Murcia, la radio pública de la Región de Murcia.

jueves, 1 de enero de 2026

Sueños húmedos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Como saben, hoy toca vencer la angustia apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas, pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida selección. 

Sueño que en el año que se viene se quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda 2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.

Elucubro lúbricamente que el año próximo, en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo, bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…

Igual estoy abusando, pero no dejo de alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la tarde con los amigos.

No sé qué más hace falta. Que los machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes lo sueñen bien.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre educación y filosofía: una entrevista en El País

 Aquí tenéis el enlace de la entrevista que nos hizo hace unos días Ignacio Zafra para El País. La entrevista fue, en realidad, mucho más larga, y trató en gran medida de lo contenido en el libro, de reciente publicación, sobre la situación de la enseñanza de la filosofía en el ámbito iberoamericano, especialmente en España. Lo publicado por el periódico refleja solo parte de la segunda parte de dicha entrevista, en la que charlamos distendidamente sobre la situación actual y los retos de la educación en nuestro país. Como podéis comprobar, la entrevista tuvo una gran difusión. 



¿Y qué pasa si gana la derecha?

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


Parece claro que se avecina un nuevo ciclo político en el país, que es la forma elegante de decir que el poder va a cambiar de manos. Tampoco mucho, ya saben, porque, para bien y para mal, el poder, en un sentido profundo, no depende exactamente de a quién vote o deje de votar la gente, pero alguna diferencia sí que vamos a notar. Apunto alguna de las que se me ocurren.

Desde un punto de vista económico, la derechización del país supondrá una privatización de servicios públicos y una relativa bajada de impuestos, lo cual beneficiará a empresarios, propietarios y especuladores, pero no a la mayoría, que tendrá peores prestaciones sociales (por ejemplo, sanitarias). Por otra parte, una ultraliberalización del negocio inmobiliario provocará un acceso más complicado aún a la vivienda (que es donde más se invierte en este país). En el sector primario, una hipotética desburocratización de las actividades agropecuarias supondrá menos control de lo que comemos y más riesgo de epidemias; y una mayor restricción de las importaciones agrícolas, como piden las patronales del campo (añadida al previsible descenso de las subvenciones públicas por la bajada de la presión fiscal) significará una cesta de la compra significativamente más cara.

En cuanto a la cuestión migratoria, una vez en el poder, y dada la necesidad de mano de obra, probablemente no se tomen más que medidas cosméticas, a la vez que se minimizan aún más las ya casi inexistentes políticas de integración. El resultado será una población inmigrante similar, pero más estigmatizada y menos integrada. Un cóctel explosivo.

En el resto de ámbitos, los cambios son también previsibles: más dinero para la enseñanza privada (y mayor deterioro aún de la pública) y menos para políticas sociales (olvídense de ayudas a personas en riesgo de exclusión, fondos para la cooperación internacional, medidas efectivas contra la violencia de género o criterios de sostenibilidad que protejan las costas o el patrimonio natural de la rapiña urbanística); más desregulación del ecosistema digital controlado por las grandes compañías tecnológicas y más control policial de las calles (vean las barbas del vecino americano); más retórica nacionalista y menos cultura crítica; etc.

En cuanto a la izquierda, le viene bien que gobiernen la derecha, e incluso la ultraderecha. Para que esta pierda su aureola de partido antisistema (¿habrá sido el objetivo secreto del PP y el PSOE el regalarle a VOX una elecciones en Extremadura?) y para que aquella tenga tiempo de reinventarse. Porque ni se puede vivir permanentemente del «no pasarán», ni de moralinas y banderas que más que despertar pasiones las enconan y que, en todo caso, no mueven a la mayoría. Las bazas de la izquierda deben ser una racionalización de la economía que permita sostener un estado del bienestar más austero y comunitariamente orientado (evitando la «cultura del subsidio» e integrando sin complejos a la población inmigrante) y la apuesta por una gobernabilidad mundial que garantice el cumplimiento efectivo del derecho internacional y promueva un desarrollo sostenible y justo a medio plazo. Con esos objetivos y con un equipo de gente que no enferme de egolatría, la izquierda aún pueden soñar con ser una alternativa política real. A ver cuántas navidades hacen falta. Y digo navidades porque como sean «solsticios», van a ser infinitos. Ellos ya me entienden (o eso espero).

 

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


Desarmar el belén

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza.


 El próximo 25 de diciembre (según la adaptación gregoriana del calendario latino, inspirado en el año solar egipcio y la división babilónica de horas y semanas) celebraremos la venida al mundo de Jesús, el Hijo de Dios para los cristianos. Ya saben, ese señor que por influencia irania nos imaginamos barbado y melenudo, y cuya vida y milagros tanto se parecen a los de una decena de dioses paganos. Tanto es así que se le hizo nacer el 25 de diciembre para que su natalicio coincidiera con los ritos solsticiales de la competencia. El resto, como suele decirse, es historia. Una historia creada a base de cosmopolitismo paulino, filosofía neoplatónica, estoicismo romano y el trabajo de un «think tank» de judíos helenizados emperrados en darle forma doctrinaria a las leyendas sobre el mesías de Galilea…

Pues bien, no pierdan comba, porque a todo este fabuloso invento del Belén y la Nochebuena vamos a sumarle, durante los próximos días, las reuniones en torno al «árbol de navidad» (rito importado del mundo anglosajón, como Halloween o el Black Friday), los atracones de turrón de Jijona (legado por los árabes), o el jugar compulsivamente a la lotería (invento de los mismos chinos en cuyos bazares nos proveemos hoy de todos los perifollos navideños). 

Por si esto fuera poco, tras la horterada televisiva del Año Nuevo y el correspondiente y afrancesado cotillón, nos dedicaremos a esperar que tres reyes magos orientales (uno blanco, otro asiático y otro africano, según la tradición medieval; aunque en América sumaron uno inca) nos cubran de regalos comprados en Amazon. Eso si antes no nos ha visitado también Papa Noel (o Santa Claus), un obispo griego nacido en Turquía, posteriormente ascendido a dios vikingo, al que los norteamericanos convirtieron en icono popular a finales del XIX.

No sé si me estoy explicando, pero miren que no hay una sola tradición humana (navideña o no) que no sea fruto del mestizaje cultural. ¡Y que tras todo esto que cuento (en esta hermosa lengua nacida del latín y bellamente contaminada, como todas, por cientos de lenguas más) vengan los de Vox a salvar las tradiciones patrias de la influencia extranjera – especialmente de la de sus abuelos los moros –! Es para mear y no echar gota. O lo sería si no fuera porque sus proclamas de barra de bar se parecen demasiado a la demagogia incendiaria responsable de deportaciones, pogromos, matanzas y genocidios por todo lo ancho y largo del planeta. Piensen en ello, por favor, antes de reírles las gracias en las urnas.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El sentido común de Vox

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hay que empezar por reconocer que el lema de la campaña extremeña de VOX, «Vota sentido común», es magnífico. Con él no solo te olvidas de que se trata de un grupo ultra y antisistema (¡uno de cuyos objetivos fundacionales era acabar con los gobiernos autonómicos!), sino que consigue que lo asocies a esa supuesta «sensatez apolítica» que valoran muchos ciudadanos hartos de que se confunda la política con el abuso partidista y sectario del poder. 

¿Pero qué nos quiere vender Vox bajo ese lema de campaña? Veamos. Su primera propuesta es «acabar con la corrupción» de los partidos mayoritarios, aunque no nos dice cómo. Se limita a pedir que creamos que, cuando ellos sean un partido mayoritario, no se van a corromper. Pero esto es fe, no sentido común (menos aún cuando sabemos que Vox ha sido sancionado ya varias veces por financiación irregular). 

Otras propuestas de Vox son derogar las «leyes ideológicas» y garantizar una «educación libre de adoctrinamiento». Pero tampoco está claro de qué va esto. ¿Van a eliminar, por ejemplo, la enseñanza de la «doctrina» católica en las escuelas? ¿Van a derogar todas las leyes inspiradas en alguna ideología política (es decir, todas, incluidas las suyas)? Lo dudo. 

También prometen (como todos los partidos) la mejora de las infraestructuras y los servicios públicos; pero tampoco aquí te explican de qué manera. ¿Cómo van a mejorar, por ejemplo, la atención sanitaria a la vez que bajan drásticamente los impuestos? ¿Privatizándola? ¿Eliminando inmigrantes del sistema de salud? ¿Incluirán en ese caso a los miles de médicos extranjeros que nos atienden en mutuas y hospitales? ¿Quién va a trabajar entonces en el campo, en la construcción o en la industria (al menos mientras las políticas de natalidad no surtan efecto y nazcan miles de españoles de pura sangre que, además, quieran poner ladrillos o recoger aceitunas)? ¿Es factible traer a los inmigrantes solo para trabajar y esconderlos luego, para que no «contaminen» nuestras costumbres? Todo esto no está claro.

Otro asunto es la regeneración de las zonas rurales. Vox insiste en proteger las tradiciones, la caza y rechazar el «fanatismo climático» y la burocracia medioambiental, pero los jóvenes no se quedan en los pueblos para poder cazar, la crisis climática (abrumadoramente avalada por la ciencia) es una amenaza real para nuestra tierra, y la burocracia (mejorable, sin duda) es un mal necesario para, por ejemplo, evitar corruptelas o epidemias masivas …

Yo no veo, en fin, que las propuestas de Vox sean de «sentido común»; son más bien ambiguas, simplonas y, si uno las piensa, bastante malas (o, como poco, muy discutibles). Otra cosa es que uno las vote sin pensarlo mucho o porque no quiera votar a los «mismos de siempre». Pero entonces el lema apropiado tendría que ser otro: «¡Vota sin darle muchas vueltas!», o «¡Prueba con nosotros!» … Pero no «Vota sentido común». Porque no lo tiene. 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La IA y el fin de la escuela

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Confieso sin vergüenza no estar al día de todos los enredos digitales que utilizan los profesores. No tengo tiempo (ni ganas, la verdad) de embarcarme en la inacabable tarea de actualizar mis habilidades como cliente/promotor (sin sueldo) de las empresas tecnológicas que han colonizado (también) el mundo educativo. El tiempo que me ahorro lo ocupo en actualizar y ampliar mis siempre insuficientes conocimientos académicos y didácticos.

Pero ante la descontrolada penetración de la inteligencia artificial en las aulas, mi impericia cibernética clama ya al cielo (espero que este artículo no lo lea ningún inspector; o bueno sí, a ver qué pasa). Impericia y perplejidad al leer los trabajos – prosa exquisita, sorprendente erudición, conclusiones asombrosas - de alumnos que sin el «autotune» de la IA apenas son capaces de escribir o comprender un texto sencillo. Y desconcierto e impotencia al no poder atender como antes a la sagrada administración de calificaciones. ¿Cómo? ¡Si hasta en los exámenes utilizan ya micro artilugios propios de la CIA para resolver las preguntas con el «chatyipití»!

A servidor le encantaría aprovechar la circunstancia para rebelarse contra la obsesión  evaluadora (eso que, siendo lo contrario, confunden algunos con la educación) y llamar a la confianza en el genuino (y desigual) interés por aprender del alumnado. Pero me temo que para tan platónica proclama ya no queda tiempo. El inmenso negocio que supone, no ya el acceso a la información sino, ahora también, la forma de generarla, se ha agarrado de tal forma al mundo educativo que no solo ha convertido a los docentes en fabricantes de datos (la evaluación es fundamentalmente eso), sino que amenaza la existencia misma de la escuela. No sé si lo verán mis ojos, pero mucho me temo que la escuela (especialmente la escuela pública) acabara sustituida por procedimientos de formación personal tutorizados por IA y suministrados a demanda por las propias empresas. El Estado (si aún existe) se ahorraría con ello un pastizal en maestros y profesores, pero perdería también su último prurito de poder (el de educar a la ciudadanía), y los ciudadanos el casi último espacio de socialización real, estable y no comercial que les quedaba. Quién sabe, tal vez bajo el gobierno de Google, Amazon y Microsoft nos vaya (y nos eduquen) mejor. Pregúntenle a la IA, a ver qué dice. 


miércoles, 26 de noviembre de 2025

¿Y qué tienen que ver los jueces con la justicia?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vivimos seguramente en uno de los países más legalistas del mundo, sin que eso signifique que sea el más justo (y ni siquiera el más seguro desde un punto de vista jurídico). No se sabe bien por qué, hemos creído que a más leyes más justicia, cuando una cosa nada tiene que ver con la otra: cantidad no implica calidad, aunque sí ineficacia, pues cuantas más leyes más difícil es aplicarlas, respetarlas o juzgar su incumplimiento.

Para corroborar esto basta asomarse a casi cualquier ámbito laboral, empresarial, educativo, político o cultural: la suma inextricable de decretos, órdenes, instrucciones y procedimientos normativos que reglamenta casi cualquier cosa que hacemos es de tal magnitud que, si quisiéramos respetar escrupulosamente la ley, tendríamos que dedicar años a desentrañar la maraña regulativa (multiplicada por el número de administraciones concurrentes) y, después, medir al milímetro cada paso que damos para no incurrir en falta; cosas ambas que, obvia y razonablemente, nadie – salvo los que dispongan de un abogado en nómina –  puede hacer.

Y ojo que si la descomunal cantidad de leyes con que confiamos resolverlo quijotescamente todo no dice nada acerca de la justicia, su ineficacia práctica sí. Cuando las personas corrientes (que somos más bien como Sancho Panza) no cumplimos con los incontables y enrevesados requisitos legales – porque es prácticamente imposible –, o lo hacemos solo superficialmente (para cubrir el expediente), y quienes vigilan o inspeccionan lo hacen solo por encima – porque saben lo que hay –, y los que juzgan lo hacen cuando pueden – es decir: a destiempo –, la arbitrariedad y la inseguridad jurídica campan a sus anchas, el cumplimiento estricto de la ley solo se exige como castigo para el que se sale del plato, y los juicios solo se celebran en hora cuando parece haber una motivación política de fondo.

Porque es tanta nuestra afición a las leyes, que incluso los problemas políticos se quieren resolver en los tribunales, como si los jueces fueran sabios maestros de la justicia y pudiéramos solventar las disputas ideológicas a golpe de sentencia. Pero los jueces son lo que son – simples expertos en la aplicación de la ley –, y la casuística normativa no nos libra (tan solo nos distrae) de dialogar políticamente acerca de lo que es o no justo. Diría, para variar, que la forma más efectiva de regular la convivencia no es la sobrerregulación legal, sino la mejora de la educación cívica y política; pero siendo hoy la educación pasto, como todo lo demás, de la hiperactividad normativa, pues… casi que mejor me callo.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La filosofía y la Rosalía

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Mañana jueves se celebra el Día Mundial de la Filosofía, algo que, además de irrelevante, empieza a resultarme más cargante de la cuenta. No solo porque haya ya un
«día mundial» para casi todo, sino también porque a los entusiastas del asunto nos parece que esto de filosofar tendría que ser mucho más que flor de un día y estar presente en todos los niveles educativos (como la religión), en las empresas (a servidor lo contrataron en el «departamento conceptual» de una), en la calle (como diría el amigo Eduardo Infante), o incluso – les digo en broma a los alumnos – en los gimnasios, como en la Atenas clásica; no en vano filosofar es como hacer flexiones: «hacia dentro» (ese volverse, reflexivo, hacia uno mismo) y «hacia fuera» (ese volverse, flexible, hacia los otros), para pensar mejor en lo que pensamos y dialogar menos torticeramente con lo que no. 

Para hacer que todos los días sean días mundiales de la filosofía sobran los motivos. Uno de ellos lo ha desvelado el último disco de Rosalía. Tanto esa búsqueda de espiritualidad que dicen que destilan sus canciones, como el que todos estemos hablando de ellas (como mandan las buenas campañas de márquetin) son síntomas de que nos faltan referentes con los que orientar la vida y una buena inyección de espíritu crítico, justo todo lo que la filosofía regala (tal vez si lo vendiera caro, otro gallo cantaría). Además, los jóvenes (y esto ya no es márquetin, sino información) parecen estar viéndole la pata que cojea a la insomne bestia del capital, y empiezan a preferir el oro de tener tiempo al tiempo entretenido en acumular oro.

Contamos, así, con todo lo preciso para una tormenta filosófica perfecta: aquella que debería elevarnos sobre el marasmo o vacío espiritual de nuestro tiempo – con permiso del mindfulness –, y aproximarnos a algún nuevo continente político – lejos de los cantos de sirena del populismo –. ¿Lo conseguiremos? A los chicos y chicas a los que quiero creer que enseño aún les tira mucho el mundo de sombras del meme y el oro del éxito académico, pero no son pocos los que, además, abren los ojos para escudriñar la caverna, la boca para practicar la mayéutica (la de Robe o la de Sócrates) y, espero que pronto, las manos para dar un golpe sobre la mesa en que los adultos nos damos un opíparo banquete a costa de su futuro. Porque la espiritualidad (la filosófica y la de disfrazarse de monja) cunde más si se tiene piso, un salario decente y aire limpio para respirar. A ver si a la Rosalía le da también por cantar sobre todo eso.

 

 


domingo, 16 de noviembre de 2025

La situación de la enseñanza de la filosofía en la educación no universitaria en España

A pocas jornadas de celebrarse el Día Mundial de la Filosofía (jueves 20 de noviembre) acaba de publicarse el libro Defensa de la enseñanza de la Filosofía: trayectorias en Iberoamérica (Universidad Pedagógica Nacional / Editorial Aula de Humanidades), en el que tengo el honor de contribuir con el capítulo dedicado a la situación de la enseñanza de la filosofía en España. Creo que se puede descargar ya el libro (en otro caso me aseguran que se podrá hacer en unos días).


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