La revista Paideia tuvo la gentileza de publicar en su último número nuestro artículo "La filosofía como eje de la educación en democracia". En él sostenemos la idea de que la formación filosófica es un componente fundamental de la educación en y para la democracia. La razón es que tres de las propiedades más importantes de las ideas de democracia y de educación (la orientación axiológica, la dimensión dialéctica y la autorreferencialidad) son las mismas que caracterizan específicamente a la actividad filosófica, una disciplina que contribuye como ninguna otra al aprendizaje de tres competencias análogas a dichas propiedades (la especulación en torno a las ideas, el diálogo crítico y la actitud reflexiva) y que resultan necesarias tanto para el ejercicio pleno de la ciudadanía como para el desarrollo de una educación articulada en torno a la autonomía del alumnado.
sábado, 22 de octubre de 2022
La filosofía como eje de la educación en democracia
La revista Paideia tuvo la gentileza de publicar en su último número nuestro artículo "La filosofía como eje de la educación en democracia". En él sostenemos la idea de que la formación filosófica es un componente fundamental de la educación en y para la democracia. La razón es que tres de las propiedades más importantes de las ideas de democracia y de educación (la orientación axiológica, la dimensión dialéctica y la autorreferencialidad) son las mismas que caracterizan específicamente a la actividad filosófica, una disciplina que contribuye como ninguna otra al aprendizaje de tres competencias análogas a dichas propiedades (la especulación en torno a las ideas, el diálogo crítico y la actitud reflexiva) y que resultan necesarias tanto para el ejercicio pleno de la ciudadanía como para el desarrollo de una educación articulada en torno a la autonomía del alumnado.
miércoles, 19 de octubre de 2022
La revolución de la longevidad
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Una de las mayores transformaciones que caracteriza a las
sociedades actuales, con nuestro país a la cabeza, es la del incremento de la
longevidad. La mayoría de las personas vive hoy el doble de años que hace un
siglo; un hecho revolucionario que abre posibilidades y genera desafíos
económicos, sociales, políticos y culturales históricamente inéditos.
Este incremento de la longevidad no es solo un dato
cuantitativo, sino también cualitativo: no solo aumentan los años de vida, sino
también la capacidad para darle más vida a esos años y, con ello, de
adoptar un rol activo en relación con el desarrollo y bienestar común.
La idea que va imponiéndose es que el envejecimiento, lejos
de concebirse como un estado de decadencia y pasividad, representa una nueva
etapa de crecimiento y transformación personal y social. Frente a los valores
de «lo eternamente joven» y la obsesión por disimular el paso del tiempo, la
vejez se reivindica hoy como un estado de plenitud y actividad humana capaz de
aportar múltiples beneficios a la sociedad, no solo económicos (la llamada «economía
de plata»), sino también afectivos, cívicos y culturales.
El fenómeno de la longevidad no es, pues, reducible a una
suerte de trastorno demográfico o económico (relacionado con el descenso de la
productividad o la sostenibilidad de los recursos públicos), sino que refiere
un viraje integral mucho más amplio y fundamentalmente positivo. Las cada vez
más numerosas y mal llamadas «clases pasivas» no son en absoluto pasivas o
improductivas: viajan y consumen, cuidan y permiten la conciliación laboral a
sus familiares, practican el voluntariado, hacen deporte, desempeñan funciones
laborales de modo emérito, y llenan a rebosar determinados eventos culturales o
las aulas de instituciones como las universidades de mayores, donde,
además de aprender, enseñan y forman a todos los que tienen (tenemos) la
oportunidad de trabajar con ellos. No en vano son personas que han sabido
adaptarse a gigantescas y sucesivas metamorfosis políticas, culturales y
tecnológicas no experimentadas nunca antes por una misma generación…
Ahora bien, el incremento de la cantidad y la calidad de los
años que vivimos, y la apreciación de este fenómeno como un síntoma inequívoco
de progreso, suponen el despliegue de profundos reajustes sociales inspirados
en valores que, como la solidaridad y la justicia intergeneracional, solo
pueden ser sólidamente asumidos desde la experiencia continuada del encuentro y
enriquecimiento mutuo entre distintos grupos de edad.
Esta experiencia de encuentro no es sencilla en un mundo que
tiende a fragmentar y especializar cada vez más los espacios de convivencia,
relegando aquellos que tradicionalmente acogían el contacto intergeneracional
(empezando por los propios núcleos familiares, cada vez menos dados a la
integración de las personas mayores). Por eso mismo, las instancias públicas
han de compensar y paliar estas dificultades con medidas políticas y educativas
firmes y continuadas.
Me consta directamente que la nueva ley educativa (la
LOMLOE) ha sentado bases sólidas – aunque siempre mejorables – para el
desarrollo de aprendizajes en los que se fomente la comunicación y la
cooperación intergeneracional, se rompa con viejos prejuicios edadistas, y se
reconstruya la figura tradicional del anciano ligándola a nuevos modelos de
envejecimiento autónomo y activo. En nuestra región, centros pioneros en la
promoción educativa de las relaciones intergeneracionales (como el IES Jaranda
de Jarandilla de la Vera) han generado modelos de referencia internacional.
También en Extremadura, y gracias en parte al trabajo de un grupo de docentes
(Ignacio Chato y tantos otros), se ha trazado un ambicioso Plan Estratégico
para el Desarrollo Intergeneracional que habrá de culminar en 2025. Más
allá de nuestra comunidad, instituciones como el Centro Internacional sobre el
Envejecimiento, conducido entre otros por Antonio Basanta, o la Cátedra Macrosad
de Estudios Intergeneracionales de la Universidad de Granada, dirigida por
Mariano Sánchez, trabajan desde hace años con el mismo propósito.
Todos estos son ejemplos del esfuerzo discreto pero eficaz
de comprender y encauzar una transformación que, lejos de entenderse como un
trastorno o una rémora, ha de ser concebida como una oportunidad de desarrollo
colectivo, además de como una revolución en nuestro modo de entender la vejez y
la vida misma. En una época de asombrosos cambios de consecuencias más o menos
inciertas (muchas veces preocupantes), el de la longevidad está probablemente
entre los más esperanzadores. Apostar decididamente por él es, sin duda,
apostar por el futuro y el bienestar de todos.
miércoles, 12 de octubre de 2022
Los fachas y la policía de la moral
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hace cuarenta años y en plena transición, los alumnos rebeldes llevábamos en la carpeta o la chupa las pegatinas de la Joven Guardia Roja, la chapa con la bandera republicana y el retrato del Che… Hoy, si quieres epatar a tus padres, profes y camaradas, exhibes en el móvil los vídeos de VOX, te pones como un berraco defendiendo los toros y la caza, llamas «maricones» a los que no son tan machotes como tú, y si eres todavía más chulo, adoptas toda la parafernalia nazi que haga falta para que te pare la policía (o, en su defecto, el jefe de estudios de guardia).
Y tanto entonces, hace cuarenta años, como ahora, los
adultos biempensantes (entre los que uno se cuenta ya) andamos escandalizados. «¡A
dónde vamos a ir a parar! ¡Menuda juventud!» – decían y seguimos diciendo –. La
diferencia es que entonces la minoría díscola éramos nosotros (¡los rojos que
venían a destruir España!), y ahora lo son ellos (¡los fachas que vienen a
acabar con nuestra democracia!). No está mal: que vengan los “fachas” es señal
de que alguna vez se fueron…
¿Pero viene de verdad alguien? No lo sé. Cuesta estar
seguro de que los fachas que despuntan hoy por varios países de Europa
vayan a reinstaurar algo parecido al fascismo de los años 30 (como costaba, a
finales de los 70, pensar que los rojos de entonces iban a refundar algo
similar a la Unión Soviética). De momento, el auge de la ultraderecha parece,
con todas sus complejidades, de un tipo similar al facherío de nuestros
adolescentes: un grito de protesta de los que se sienten el último mono, sueñan
emocionados con un cambio que apenas pueden describir, y disfrutan desafiando
la moralina dominante. Pero súmenle a todo eso un cúmulo de tensiones
prebélicas y una recesión profunda que acabe con el Estado protector y… quién
sabe lo qué puede pasar.
Por ello conviene cuidarse de esas exhibiciones, cada vez
más desenvueltas, de ideas y actitudes que creíamos superadas y parecen
extenderse entre los jóvenes: machismo, xenofobia, homofobia, exaltación de la
violencia… Ahora bien, la pregunta, naturalmente, es: cómo. Y la
respuesta, por mucho que impaciente a muchos, solo puede ser la de siempre: a
los jóvenes solo se les corrige educándolos.
«¿Pero es que no los educamos ya?» – preguntará alguien –.
Pues no sabría qué decirles. Si por educar se entiende soltarles de vez en
cuando una homilía sobre lo buenos que son nuestros valores, no estamos
haciendo nada. Ningún ser humano se convence de la legitimidad de algo por
simple enunciación, por entusiasta que esta sea.
Tampoco vale prohibir lo que tendríamos que esforzarnos por
cambiar. En primer lugar, porque para cambiar la conducta de alguien no cabe
más que convencerlo, y una prohibición es lo contrario de una argumentación
convincente. Y, en segundo lugar, porque imponerle algo a un ser racional (sin
darle razones para ello) es violentarlo y, por lo mismo, provocarle unas ganas
tremendas de violar lo mismo que le impones. Prohibir es el antónimo exacto de
educar y, en boca de un educador, una patética manifestación de impotencia que
ningún adolescente que se respete a sí mismo puede aceptar (aunque lo
disimule).
Piensen, además, a dónde conducen las prohibiciones. ¿Por
qué íbamos a limitarnos a prohibir, por ejemplo, que un chico haga el saludo
nazi en clase? ¿No es mucho más peligroso que lea el Mein Kampf o que
haga proselitismo entre sus compañeros en el patio? ¿Habrá que controlar entonces
los libros que se traen al centro, o colocar micrófonos en los pasillos, como
si en vez de educadores fuésemos una especie de «policía de la moral»
persiguiendo «discursos de odio» (e incitando, seguramente, a un odio mucho
mayor que aquel que pretendemos evitar)?
Por supuesto, y anticipándome a las objeciones que imagino,
esto no quiere decir que no se deban prohibir aquellos actos en los que se
ataque, maltrate o amenace a otros (como los ya célebres exabruptos de los
alumnos de un colegio mayor de Madrid); la diferencia entre emplear el lenguaje
para expresar tus ideas (por equivocadas que estén) y usarlo para acosar o
intimidar a otras personas debería estar clara, aunque a veces no lo parezca.
Ahora bien: si educar no es dar homilías ni prohibir cosas,
¿qué es lo que es? Educar es un arte de seducción y, en cierto modo también, de
corrupción. Seducir a alguien es despertar su deseo por ser algo mejor de lo
que es; y corromperlo es demostrarle que para ello ha de desprenderse de ideas
y valores erróneos y ajenos, en el fondo, a sí mismo. No hay proceso de madurez
que no sea una sucesión de encuentros con gente que, en lugar de soltarte
filípicas o prohibirte cosas, te escucha con cuidado, te demuestra amablemente
lo idiota que eres y te ayuda a buscar algo mejor. Y los jóvenes que hoy
saludan como nazis buscando llamar nuestra atención necesitan como nadie de
esos encuentros. De hecho, es lo que están pidiendo – literalmente – a gritos.
miércoles, 5 de octubre de 2022
Votar a los diecisiete
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
La única razón que se esgrime para justificar este ejercicio
«adultocéntrico» del poder es la misma que se emplea para rechazar que
se pueda votar desde los dieciséis años (algo que se ha vuelto a debatir estos
días en el Parlamento). La susodicha razón es que los jóvenes de dieciséis o
diecisiete años son presuntamente inmaduros para participar en política,
un argumento completamente capcioso que ya se empleó, siglos ha, para negar el
derecho al voto a las clases populares o a las mujeres. De ellas también se
decía entonces (igual que de los jóvenes ahora) que eran inmaduras, maleables,
poco hechas a asumir responsabilidades y emocionalmente inestables…
El argumento es obviamente falso. Pero conviene desgranar
los motivos. El primero es que se funda en una determinación completamente
arbitraria de lo que supone ser «moral o políticamente maduro» (una
determinación que inexplicablemente se deja en manos de neurólogos o
psicólogos, como si estos tuvieran competencia alguna para definir qué sea lo «moral»).
Y el segundo es que, independientemente de esta falaz presunción, la inmensa
mayoría de los estudios (justamente científicos) coinciden en que los jóvenes
entre dieciséis y dieciocho años tienen, como mínimo, la misma capacidad para
pensar lógicamente, argumentar y tomar decisiones racionales que los adultos…
Por supuesto, se puede argüir que los jóvenes de diecisiete
son más impulsivos y «emocionales» (o incluso «radicales», como he leído por
ahí). Del mismo modo que se puede decir que los ancianos son por lo general más
conservadores, los ciudadanos sin estudios más influenciables, o los adultos de
clase media-alta más moderados… ¡Puestos a hacer generalizaciones! Ahora bien, ¿invalida esto el derecho al voto
de los ancianos, las personas sin estudios o los ciudadanos acomodados? De
ninguna manera. Se supone que la democracia se funda precisamente en considerar
los intereses y deseos de todos, estén influidos por lo que estén influidos. ¿y
por qué habría de ser peor estar influido «por las hormonas» que por el afán
(no menos emocional) de defender tus intereses de clase?
Frente al pésimo argumento de la presunta “inmadurez” moral
de los jóvenes encontramos, sin embargo, un elevadísimo número de razones a
favor de disminuir la edad para votar. La primera es obvia: si los jóvenes de
dieciséis años pueden emanciparse, trabajar, dar consentimiento médico, casarse
o ser penalmente responsables, ¿por qué no van a poder también votar? ¿Por qué
motivo vamos a considerarlos «maduros» para formar una familia o trabajar, pero
no para elegir a aquellos que les gobiernan?
Otro buen argumento a favor de facilitar el voto a los más
jóvenes es el de promover su compromiso con el ejercicio activo de la
ciudadanía, evitando o disminuyendo desde su raíz la desafección política (de
hecho, en algunos de los países europeos en que se ha instaurado la medida –
como Escocia o Austria – ha aumentado notablemente la participación y el
compromiso cívico de los jóvenes).
En tercer argumento es que el acceso al voto de un mayor
número de gente joven incrementaría su capacidad para defender sus legítimos
intereses (en un contexto económico que les es, además, muy desfavorable) frente
a los de una mayoría de adultos y ancianos que, por razones políticas y
demográficas, acumulan hoy todos los privilegios y resortes del poder.
Hay finalmente otro dato fundamental, al que tengo, por mi
oficio, un acceso privilegiado. Después de trabajar veinticinco años con
jóvenes (con jóvenes, precisamente, de entre dieciséis y dieciocho años), puedo
asegurar que el grado de preocupación por los verdaderos problemas políticos
(como la injusticia, la guerra, la desigualdad, los derechos civiles, etc.), o
la capacidad para dialogar o evaluar ideas nuevas, son siempre mayores entre
mis alumnos y alumnas que entre gran parte de los adultos que conozco, que o
bien «pasan ya de todo», o bien solo se preocupan de aquellos asuntos públicos
que afectan a sus particulares intereses o que interfieren con sus más
obsesivos prejuicios.
Y sí, podemos sonreír con altivez y pensar que esos jóvenes
de los que hablo son unos ingenuos. Pero, aunque así fuera, un sistema político
también necesita del voto de los más ingenuos e «idealistas» (que no
necesariamente «radicales»). Es decir, de aquellos que, a diferencia de mucha
gente mayor, aún pueden mirarse al espejo y darse moralmente la absolución sin
demasiados aspavientos retóricos.
miércoles, 28 de septiembre de 2022
Iraníes y eurocentrismo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No olviden que a las mujeres iraníes (y a las que viven en
otros países islámicos) les toca sufrir una triple opresión: la de ser mujeres
en un mundo diseñado por y para los hombres, la de vivir bajo una dictadura, y
la de soportar un régimen teocrático en el que la mujer es estigmatizada como
propiedad del varón, cuando no como criatura del demonio.
Sin embargo, el clamor de las mujeres iraníes apenas ha
generado eco en nuestro país. Yo, al menos, no he visto manifestación o
algarada ninguna sobre este asunto, ni en la calle ni en las redes,
especialmente desde la izquierda habitualmente autoidentificada con las luchas
feministas. De hecho, si uno revisa la prensa militante, apenas
encontrará unos pocos artículos al respecto. ¿Por qué?
¿Será la sospecha de que detrás de las protestas existe
algún tipo de complot «imperialista» para desestabilizar el país?... Uno
se resiste a pensar que se pueda caer intelectualmente tan bajo, pero no sería
la primera vez. Si la Guerra y la resistencia de Ucrania es reducible, según
parte de esa misma izquierda, a un turbio movimiento de la OTAN en su
estrategia de acoso a Putin «el desnazificador», las
desesperadas protestas de las mujeres (y de buena parte de la población) en
Irán bien podría ser un movimiento instigado por Occidente para meter en vereda
a esos rebeldes ayatolas antiimperialistas-entronizados-por-los-imperialistas
(y no – ¡por supuesto! – por culturas tan habituadas a la democracia y a la
igualdad de género como la persa o la chiita).
¿Pero será todo esto cierto? ¿Será que los americanos y sus
secuaces, las viejas potencias coloniales europeas, están subvirtiendo los
valores culturales iraníes (tan democráticos como los rusos, los chinos
o los de Corea del Norte) para imponer su injusto y etnocéntrico concepto del
mundo? ¿O será, más bien, que la gente, que no es imbécil, y sabe cómo vivimos
en el «imperio»,
quiere gozar del mismo nivel, no ya de bienestar (que ese, a veces, no falta),
sino de libertad que tenemos aquí?
¿Y qué es esa libertad tan valiosa de la que gozamos
los occidentales – preguntarán algunos de los que se han formado en la
tradición crítica occidental –? Obviamente no es la de vestir como nos da la
gana (aunque ninguno de nosotros soportaría que un «policía de la moral» nos
dijera cómo llevar la boina o el pañuelo palestino al cuello). Tampoco se trata
de la «libertad»
de escoger dónde vamos de vacaciones. La libertad que nos caracteriza es la de
poder cuestionarlo radicalmente todo (las ideas, los valores, los dioses, el
poder de los poderosos…) sin afrontar, ni de lejos, las mismas consecuencias
que en otras partes del mundo. Tal vez no sea mucho. Pero es más de lo que
nadie tiene.
¿Y que es esta una reflexión eurocéntrica? Desde
luego. Y a mucha honra. No en vano somos la única civilización que yo conozca
que ha elevado la autocrítica y la concepción universalista del ser humano tan
lejos como para tacharse a sí misma de «etnocéntrica» y reflexionar sistemática (y
hasta obsesivamente) acerca de su responsabilidad con respecto a otras
culturas.
Y es por ello, y por muchas otras cosas, que Occidente es
justo objeto de emulación. El problema
está en qué es lo que se imita de él. Así, los tiranos usan la
tecnología occidental para violentar los derechos individuales bajo la
apariencia del rechazo de los valores del “impuro” Occidente (de los valores,
que no de los lujos, claro), mientras que, del otro lado, la gente, buscando
librarse de esos mismos tiranos, imitan el modelo occidental de libertad
fundado en el pensamiento autónomo, los derechos individuales, la educación
laica o la igualdad de hombres y mujeres.
La clave, pues, para ejercer una actitud eurocéntrica
adecuada y madura es fomentar este segundo tipo de “imitación” o apropiación de
los valores occidentales. ¿Por qué no? Si ya hemos exportado a nivel global el
capitalismo y el marxismo, o el paradigma científico-mediático de producción de
ideas, tendríamos que hacer lo mismo con lo mejor de nuestra cultura, que no es
solo el poder quitarse el pañuelo obligatorio de la cabeza, sino el hábito de
cuestionar todo lo que hay dentro de ella. Al fin – insistimos –, no hay nada
más occidental que el pensamiento crítico, incluyendo el pensamiento crítico de
lo occidental. He ahí por qué se puede ser absolutamente eurocéntrico (y
oponerse a todo fundamentalismo y tiranía) y no serlo a la vez en absoluto.
miércoles, 21 de septiembre de 2022
Extremadura cercada
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Una de las diferencias más llamativas entre los paisajes del
norte y el sur de España son los cercamientos de tierra, escasos en el norte y
omnipresentes en el sur, donde la inmensa mayor parte del territorio está
habitualmente rodeado de cercas y alambradas. El caso de Extremadura es
particularmente llamativo. Con una superficie forestal del 70% o más de su
territorio, el 90% de ella propiedad privada, recorrerla (hasta donde se puede,
que no es mucho) es como atravesar o circunvalar una inmensa finca salpicada de
pueblos y cortijos sin solución de continuidad.
Si no lo cree, intente usted salirse del asfalto o de alguna
pequeña población para dar un paseo por las inmensas dehesas y serranías
extremeñas. En la mayoría de los casos acabará frente a una verja infranqueable
o una alambrada de espino. En muchas ocasiones no hay forma de acercarse a la
ribera de un río (que es terreno público) o de visitar ciertos lugares con
valor patrimonial (y que deberían ser públicos) sin tener que atravesar
terrenos privados.
Hay, desde luego, parajes protegidos, pero son escasos, pequeños
y de acceso parcial. Algunos, como el Parque Natural de Cornalvo (el único, que
yo sepa, de la provincia de Badajoz), es poco más que un “pasillo” rodeado a
ambos lados por kilométricos cotos privados (de caza, la mayoría, lo que hace
muy desaconsejable pasar por allí cuando se abren las vedas o se celebran
batidas).
Se nos dirá que no es imprescindible meterse en el monte o
atravesar dehesas, y que existe una amplia red de caminos por los que recorrer
la región. Pero esto, en la práctica, no es cierto. Pese al notable esfuerzo de
la administración autonómica por delimitar vías y cañadas, o elaborar catálogos
de caminos públicos, una gran parte de estos (cuya gestión corresponde
mayormente a los municipios) está en riesgo severo de desaparecer. Algunos se
difuminan de una temporada a otra, por falta de cuidados o por usurpación de
parcelas o viviendas vecinas, y otros son convertidos de facto en caminos privados, cerrándolos con verjas y candados, y
disponiendo junto a ellos del correspondiente cartel prohibiendo el paso.
En relación con esto último no es nada fácil, además,
denunciar el hecho. Primero porque cuando uno sale al campo lo último que
quiere es perder el día discutiendo o haciendo gestiones (bastante es ya tener
que consultar antes de salir los mapas oficiales y la página del catastro para
prever el encuentro con las cercas – un trámite casi siempre inútil, pues a
menudo los caminos que sobre el papel aparecen como públicos, sobre el terreno
están cerrados a cal y canto –). Y, en segundo lugar, porque los trámites para
demostrar que un camino público ha desaparecido o ha sido ocupado por los
dueños de una finca son tan largos y complejos que solo con mucho tiempo y con
asesoramiento jurídico (o con ayuda de plataformas u organizaciones ciudadanas,
que alguna hay) podrían dar el fruto esperado.
Y no se trata aquí de hacer ninguna soflama política en
favor de la colectivización de la tierra o nada por el estilo, sino solo de
reivindicar que el mayor bien que tenemos en Extremadura, y que es su inmenso
patrimonio natural y cultural, uno de los más grandes y mejor conservados de
Europa, esté al alcance de todos y se pueda acceder a él con normalidad. En
otras comunidades se respeta igual la propiedad privada y uno puede recorrer
campos y montes a placer, sin vallas, verjas ni guardas. ¿Por qué aquí no?
Para ello es necesario establecer sobre el terreno (y no
solo sobre el papel) una buena red de caminos francos, bien señalizados,
cuidados y vigilados, de manera que cualquier ciudadano pueda pasear, hacer
deporte o senderismo, bañarse en un río, o hacer turismo cultural y
medioambiental en general, sin tener que participar en una yincana de
obstáculos (incluido el encuentro con guardas más o menos amables), y
sabiéndose respaldado y protegido por la ley, algo que no siempre ocurre
(prueben ustedes a ser atendidos un fin de semana por el SEPRONA, un cuerpo de
la Guardia Civil preparadísimo y servicial como pocos, pero que debe tener unos
efectivos absolutamente insuficientes para las necesidades de una comunidad
como la nuestra).
Se calcula que en Extremadura existen (o existían) unos
70.000 kilómetros de caminos y vías rurales de uso público. Es hora de ponerse
serio con los ayuntamientos y con los intereses particulares de unos pocos, y
revitalizar y modernizar esa red de vías de comunicación. El objetivo es
promover un desarrollo rural y turístico sostenible, y que Extremadura no siga
pareciendo a ojos de nadie, y en ningún sentido, el inmenso cortijo o coto
privado para nuevos (y viejos) ricos que todavía era cincuenta años atrás.
miércoles, 14 de septiembre de 2022
El infierno son los grupos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Siempre he admirado a los que andan solos, les importa
relativamente poco la opinión de los demás, y se mantienen orgullosamente
independientes; algo por lo que, paradójicamente, casi nunca les falta
la compañía y el aprecio de otros. Casi nunca…
Ahora que andamos (cosas de la edad) en el rito de los
encuentros de antiguos alumnos, recuerdo a aquellos compañeros de promoción a
los que martirizamos durante años a conciencia (si es que tal cosa como la
conciencia es atribuible a los grupos). Recuerdo a tres, ya fallecidos, a los
que, por activa o por pasiva, casi todos acosábamos; a uno por afeminado, a otra
por “rara” o extravagante, y al otro, simplemente, por no plegarse a los
caprichos del más machote de la tribu.
Siento ser tan pesimista, pero creo que, igual que no hay
nación sin fronteras, apenas hay grupo humano que no sea, por definición,
excluyente, ni que no busque cohesionarse frente (o contra) a los que son
“distintos” o no se pliegan a sus creencias y dictados. No hay tampoco
asociación humana que no encierre oscuras relaciones de poder, básicamente la
que se da entre los que gozan controlando a otros y los que, por pánico a ser
excluidos (¡el mayor de nuestros miedos!), se someten dócilmente a los
primeros. Todo el resto de la trama, con sus innumerables personajes
secundarios (secuaces, pelotas, críticos, bufones, equidistantes conciliadores…),
gira alrededor de esa relación principal.
Fíjense también que casi todo lo que cabe reconocer
como digno y bello suele ser obra de algún individuo (el arte, las más grandes
teorías y descubrimientos, la mayoría de las gestas heroicas o solidarias…),
mientras que los actos más execrables y destructivos suelen inspirarlos o
perpetrarlos grupos más o menos organizados (mafias, ligas facciosas, sectas,
cédulas, manadas – de varones habitualmente –, ejércitos, élites financieras,
masas instrumentalizadas…). Ocurre en la vida cotidiana, en la calle, en las
redes sociales, en los centros de trabajo, o en las aulas, donde todos los
profesores sabemos que la conducta de los chicos varía cualitativamente (casi
siempre a mejor) en cuanto se les permite ser y expresarse fuera del grupo.
Es cierto que hay grupos que nos ayudan a desarrollarnos
como personas, pero siempre que ese, y solo ese, sea su fin y principio.
También es verdad que la unión hace la fuerza, y eso es bueno (si la
causa lo es), pero tampoco justifica la trascendencia que damos a lo colectivo.
En general, cuanto más instrumentales, flexibles y abiertos sean los grupos,
menos peligrosos y más democráticos son. Pues la democracia – al menos en
teoría – se funda en el poder de los ciudadanos, y no en el de ninguna
asociación o colectivo específicos. Son esos ciudadanos los que, a tenor de su
propio criterio, deciden unirse a (o separarse de) otros en cada decisión que
toman, sin tener que formar por ello, necesariamente, ninguna asociación (u
oposición) estable. Casi la única excepción a esta norma es, a la vez, el
principal de los obstáculos para el desarrollo de una democracia plena: los
partidos políticos, cuyos intereses fundamentales son, como en todo grupo,
el poder y el beneficio propio, y no (o solo secundariamente) el bien de todos
los ciudadanos.
Por todo esto, y frente a los cánticos y proclamas en
defensa de un colectivismo mal entendido, hay que reivindicar con fuerza el que
seguramente sea uno de los más raros logros de la civilización: el del individuo,
esto es, el de la idea de que el sujeto al que cabe atribuir identidad,
derechos, dignidad y responsabilidad política es, ante todo, cada persona en
particular (y no cada familia, partido, secta, nación, género, clase, etnia
o pueblo, que la tienen, a lo sumo, por analogía con el individuo). Un
individualismo este que no está en absoluto reñido – sino que es su
fundamento democrático – con el espíritu comunitario y el interés por lo
público y la justicia social.
Y no digo todo esto por nada. El individuo es una flor tan
rara como frágil, y que solo surge en la fase culminante (y por ello un tanto
decadente ya) de la civilización. Por eso hay que defenderlo con ahínco. Desde
la escuela, promoviendo y fortaleciendo el desarrollo personal (no hay fórmula
mejor para combatir el acoso), y desde el compromiso con las libertades
individuales, conquistadas y amenazadas hoy por dos colosales fuerzas en auge:
el populismo y la autocracia. Estas dos fuerzas (perfectamente combinables,
como sabemos), tienen como nexo común el desprecio al individuo y la exaltación
de lo colectivo, y nos seducen con su promesa de orden, estabilidad política y
eficacia económica (véase el espeluznante caso de China o de su secuaz, la
Rusia de Putin). Salvarse de ellas requiere de un esfuerzo combinado en muchos
frentes, pero también, y sobre todo, de la firme convicción de que la dignidad
del ser humano es inversamente proporcional a sus instintos más gregarios.
miércoles, 7 de septiembre de 2022
¿Y por qué debería importarnos el futuro?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Tras un verano
tremebundo, en el que a las catástrofes en curso (pandemia, guerras, crisis
energética, inflación galopante…) se han sumado incendios, sequías y salvajes
olas de calor fruto del cambio climático, a uno le van faltando fuerzas para
imaginar el futuro. No ya el suyo propio (que tampoco es fácil), sino el de las
generaciones venideras, algo que se antoja casi imposible, sobre todo si se
quiere imaginarlo bueno.
«¿Y
a nosotros que nos importa?»,
podría pensar, sin embargo, buena parte de la ciudadanía. El pesimismo y la
sensación de impotencia es tal, que parte de la población ha adoptado una
actitud entre evasiva y resignada, entre un «que no me amarguen lo que queda de la fiesta» y un «que sea lo que Dios quiera». Y lo peor es que no les falta razón. Tanto por motivos
coyunturales como por otros más estructurales, la situación política global
parece impredecible y fuera del alcance de cualquier iniciativa que pueda
tomarse a pequeña escala.
Es cierto que el
compromiso personal con las medidas que se están tomando (muy tímidamente) para
mitigar los dos grandes desastres en ciernes, el climático y el energético, es
importante, pero aquí el asunto adquiere otra dimensión aún más decisiva: el de
los argumentos éticos. Porque el «y
a mí que me importa»
de la gente no solo obedece al pesimismo y la impotencia ante una situación
aparentemente inmanejable, sino a una ausencia radical de razones para
comprometerse con el bienestar de los demás, especialmente el de los demás
que han de venir.
La cuestión de por
qué han de importarme los demás es la cuestión central de la ética. Sin
plantearla e intentar resolverla todo otro debate político o social carece
absolutamente de sentido. Pese a ello, nadie o casi nadie la plantea
públicamente. Tal vez porque es una cuestión filosófica, es decir, una cuestión
tan imposible de resolver como de evitar.
Pero si ya es
difícil justificar el altruismo con nuestros contemporáneos (especialmente con
aquellos con los que no mantenemos vínculos o proximidad), mucho más lo es con
quienes ni siquiera existen todavía. ¿Por qué habrían de importarnos las
generaciones futuras? Esta es la gran pregunta que late tras las propuestas
y debates sobre ética y política socioambiental. Y si queremos que la población
asuma voluntariamente los costes que implica adoptar estilos de vida
ecosocialmente sostenibles o incluso decrecentistas (sin esperar a que
la situación obligue traumáticamente a hacerlo a los que vengan detrás) toca
responder a esa pregunta.
¿Por qué me han de
importar, entonces, las generaciones futuras? Los planteamientos hedonistas y
utilitaristas, comunes hoy, no ofrecen una respuesta satisfactoria. El
imperativo utilitarista de «procurar
la mayor felicidad para el mayor número»
no parece sostenerse sobre ninguna razón que convenza a todos. ¿Por qué
habría de querer la felicidad de la mayoría, sobre todo si eso implica sacrificar
o aminorar la de la minoría de la que formo parte (y que en muchos casos
depende de la infelicidad de los primeros)? – podría preguntarse alguien –
¿Por temor a una rebelión de los infelices? La historia nos enseña
que ese riesgo es casi infinitesimal. ¿Para ser buenos? ¿Pero qué
significa eso? ¿Y por qué habríamos de ser buenos, así, sin más?
El asunto se
complica cuando introducimos la variable temporal: ¿Por qué habría de querer
procurar la felicidad (o siquiera la supervivencia) de la mayoría futura
(es decir de gente no solo desconocida para mi sino además inexistente)?
Tal vez, si uno supusiera que va a reencarnarse una y
otra vez (como propone Williams MacAskill, uno de los prohombres de la secta
pseudofilosófica del «largoplacismo»)
la cosa podría tener sentido. ¿Pero quién cree hoy en la reencarnación?
¿Entonces? ¿Por qué
debería importarnos lo que les suceda a las futuras generaciones? Ya hemos
visto que ni el hedonismo ni el utilitarismo sirven para responder a esta
pregunta. Tampoco el voluntarismo ciego del «deber por el deber».
Ni el cientifismo, pues aquí la ciencia nada tiene que decir. Solo caben, pues,
la religión o la metafísica. La opción racional es, desde luego, esta última.
La metafísica busca construir una concepción o imagen racional y armónica de la
totalidad del mundo; una concepción en la que sea posible conectar los fines
particulares con los generales más allá de circunstancias y coyunturas
personales, culturales o históricas (es decir, de modo trascendente, más allá
del tiempo y el espacio). Hemos asumido, tal vez atolondradamente (o sin
razones de peso), que la posibilidad de erigir esa metafísica de forma
convincente no es viable, pero no estaría mal pensarlo de nuevo. Sobre todo,
porque en otro caso, me temo que solo nos queda.. rezar.
miércoles, 29 de junio de 2022
Con Franco aprendíamos mejor
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La afirmación del título es, desde luego, irónica. Pero no
he podido resistir la tentación de parodiar el viejo lema de los nostálgicos de
la dictadura (aquello de “con Franco vivíamos mejor”) al toparme estos días, y
por casualidad, con la primera ley sobre educación secundaria del franquismo,
firmada en 1938, sin acabar aún la guerra civil, y en la que se leen cosas como
esta: “La técnica memorística, producto del sistema imperante, ha de ser
sustituida por una acción continuada y progresiva sobre la mentalidad del
alumno, que dé por resultado, no la práctica de recitaciones efímeras y
pasajeras, sino la asimilación definitiva de elementos básicos de cultura y la
formación de una personalidad completa”.
¿Cómo? ¿Qué la técnica memorística ha de ser sustituida
por la acción sobre la mente del alumno (es decir, por una enseñanza
comprensiva)? ¿Y esto lo decía un decreto educativo de Franco? Pues así es. Y
hay más. En el punto tres del artículo preliminar de la misma ley se afirma que
“como consecuencia lógica de lo anterior, [se establece la] supresión
de los exámenes oficiales intermedios y por asignaturas, evitando así una
preparación memorística dedicada exclusivamente a salvar estos exámenes
parciales con todos sus conocidos inconvenientes”. ¿Qué les parece?
¡Suprimir los exámenes oficiales del Bachillerato para que los alumnos pudieran
concentrarse en aprender y no en memorizar!
Por supuesto, estoy sacando estos párrafos del contexto de
lo que fue una ley absolutamente retrógrada en muchos aspectos ideológicos.
Pero no deja de ser asombroso que una norma así, y de hace un siglo,
cuestionara los exámenes, algo con lo que se sigue fustigando hoy de forma
inmisericorde incluso al alumnado de primaria (¡cincuenta exámenes ha tenido
que hacer este año – casi uno y medio por semana – la hija de unos amigos, con
8 añitos, en un cole público de Badajoz!).
Y ojo, que no quiero decir que esas “viejas novedades”
pedagógicas sean (ni mucho menos) patrimonio del franquismo. Podríamos citar
aquí los movimientos de renovación pedagógica, de muchísimo mayor calado (y
brutalmente cancelados tras la guerra civil), promovidos por la II República, o
leyes seguramente más antiguas. ¡Pero que ciertas innovaciones pedagógicas
básicas, por las que llevamos peleando decenios, hayan sido ya previstas hasta
por las más rancias leyes de Franco es, cuando menos, humillante!
Por cierto, y visto lo visto, ¿a qué época de la historia se
referirán los que reniegan de las nuevas pedagogías y suspiran por aquella
escuela en la que, a base de clases magistrales y exámenes, los alumnos
lograban un grado de excelencia hoy – presuntamente – impensable? Pues no se
sabe. O, a lo sumo, a la ley del 1970, igual de franquista que la del 38, pero
con el agravante de que lejos del romanticismo católico-humanista de esta, la
del 70 estaba hecha a imagen y semejanza de los ideales de excelencia
técnico-científica de los más liberales tecnócratas (y no menos católicos) del
OPUS. Esta ley (la de la EGB, el BUP y el COU) es la que suelen invocar con
lágrimas en los ojos los que no ven más que una progresiva decadencia de la
enseñanza desde la LOGSE hasta hoy.
Ahora bien, ¿era la escuela de los 70 y 80 mejor que la de
ahora? En absoluto. O solo en la imaginación de los que se educaron en ella y
creen, como los más viejos suelen creer, que lo suyo fue la repera. ¡Entonces
sí que se estudiaba, sí que había nivel en los exámenes, sí que había
disciplina en clase! – dicen –. Pero la verdad es que en aquellos años las
clases eran, la mayoría, tan buenas o malas como las de ahora, las horas de
estudio o los exámenes igual de numerosos y duros que los de hoy, y sobre la
disciplina solo hay que revisar las actas de los claustros de aquella época:
nada nuevo bajo el sol…
Y atención, que este tipo de demencia se encuentra también
en los docentes más jóvenes y primerizos. Yo mismo recuerdo mí primer año de
profesor, recién salido de la facultad, exigiendo con petulancia a mis alumnos
el nivel de competencia que presumía haber tenido “cuando era como ellos”.
Hasta que una tarde, tras corregir unos exámenes en los que me había cargado a
la mayoría, el destino quiso que me topase con uno mío, casi del mismo tema y
nivel, en una vieja carpeta escolar. Era tan malo y estaba tan mal escrito
(pese a que me lo habían calificado con generosidad) que, tras leerlo, no tuve
más remedio que revisar y cambiar la nota a todos mis alumnos.
Aquello fue el inicio de una conversión que acabó en el
mismo punto que las leyes de Franco: en la convicción de que los exámenes rara
vez tienen relación con aprender nada, algo que muchos docentes actuales no
parecen aún entender. ¿Acabarán por hacerlo? ¿Serán capaces de ponerse al día y
llegar, al menos, a principios del siglo XX? En septiembre, que empieza
todo (otra vez), lo veremos.
Hasta entonces, y por lo que pueda venir, qué tengan unas
felices vacaciones.
miércoles, 22 de junio de 2022
La izquierda en su púlpito
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El hundimiento de la izquierda alternativa en Andalucía no ha sorprendido a nadie. Lo que sí que sorprende siempre es la diligencia con que ella sola se precipita una y otra vez al abismo. Una diligencia inversamente proporcional a la que debe tener uno en aprender de los errores. Estoy hasta por sospechar que son esos errores, junto a la altivez despechada de los que creen que es la humanidad entera (y no ellos) la que se equivoca, los que dan identidad y razón de ser a buena parte de esa izquierda siempre al borde de la irrelevancia política.
El desafortunado discurso de Inma Nieto, la cabeza de cartel
de Por Andalucía (la penúltima marca de la coalición entre IU y UP), la
noche del domingo, tras confirmarse su estrepitoso batacazo electoral, fue una
exhibición impúdica de esos vicios y errores en los que incurre constantemente
la izquierda, siendo el principal de ellos el insoportable complejo de superioridad
moral que muestran (algunos con iracundia de obispos y otros con desparpajo de
párroco molón, pero siempre con una naturalidad que espanta) buena parte de sus
dirigentes y militantes.
De este modo, y sin caer por un segundo en la tentación de
la autocrítica, la dirigente andaluza pasó a desgranar ante las cámaras las
causas de su fracaso electoral. ¡Y, por increíble que parezca, ninguna
tenía que ver ni con ella ni con su coalición! Así, la causa principal de
tamaño fracaso habría sido la falta de participación (y eso que ha sido casi la
misma de 2018, cuando la misma coalición obtuvo más del triple de escaños). Esa
menor participación – afirmó Nieto – habría supuesto una menor movilización de
los votantes de izquierda y, consecuentemente, una pérdida de votos.
¿Conclusión? Que la culpa, lejos de ser nuestra (vino a decir la líder de
PA), era de la desidia de nuestros potenciales votantes…
La segunda causa principal del desastre electoral de Por
Andalucía habría sido, según dijo Nieto ante toda la prensa, la profusión de
encuestas y propaganda mediática que (son sus palabras) habrían “modulado” a la
opinión pública para que votara a la derecha. Es decir que la culpa, de nuevo, no
es nuestra (vino a insinuar Nieto), sino de la gente que (es idiota y)
se deja manipular. Y la prueba es que, estando todos sujetos a las mismas
encuestas y a los mismos y maléficos medios de comunicación, solo unos pocos
(ellos y sus votantes) habrían sabido resistir tanta manipulación y votar como
es debido.
Indescriptible. Es tal la soberbia que se gasta esta
izquierda dogmática y completamente fuera de la realidad que, en lugar de
entonar el “ahora toca recuperar la confianza de la ciudadanía” de los partidos
cuando pierden (más aún ante un fracaso de la magnitud del sufrido), la
dirigente se infló a repetir (a coro con Ione Belarra) que el resultado
electoral era “una mala noticia para el Pueblo andaluz” ¡No para ellos – ojo –
sino para el Pueblo andaluz, que es el que, por lo visto, se había equivocado!
Pues si el Pueblo es el que vota, y lo que vota representa una mala noticia
para él, la conclusión está clarísima: es el Pueblo, pobrecito mío, el que no
sabe lo que hace. Menos mal que Yolanda Diaz estuvo más contenida, y matizó un
poco después que el resultado era una mala noticia solo para los
progresistas (algo es algo).
Lo único lejanamente parecido a una autocrítica que hizo
Nieto fue a la (obvia, crónica, patética) falta de unidad de la izquierda. Y
digo aparente porque realmente no fue autocrítica, sino crítica al partido
escindido de Teresa Rodríguez, con quien se estuvieron peleando durante toda la
campaña (después de pelarse públicamente entre sí por ver quien encabezaba la
coalición). Ya saben: lo del Frente Popular de Judea y el Frente Judaico
Popular. ¿Pero cómo diablos creen que el electorado puede confiar en una fuerza
política dividida por dentro y por fuera, que cambia de siglas en cada proceso
electoral, que vive ensimismada en reivindicaciones simbólicas, disputas
ideológicas e incomprensibles luchas por una microscópica porción de poder y
que, en vez de reconocer su fracaso y hacer propósito de enmienda, se sube al
púlpito para reprochar a la gente su desidia, maleabilidad e ignorancia? Pues
tal como ven: de ninguna manera.
No sé si está ya perdida toda esperanza, pero si la
izquierda alternativa quiere tener aún una mínima expectativa electoral (y
falta haría frente a la que se nos avecina) tiene que despabilar, unir fuerzas,
abrir ventanas, salir de la parroquia, abandonar el estilo tribal, escuchar,
hacer política, dejar de sembrar miedo, tener ideas en lugar de consignas,
exhibir proyectos ilusionantes en vez de un cabreo permanente, mirar al futuro
en lugar de obsesionarse con la historia y los símbolos, tratar de lo que de
verdad importa a la gente y no de delirantes batallas culturales… Y, sobre
todo, y por favor, y antes de nada: bajarse de una maldita vez del púlpito.
miércoles, 15 de junio de 2022
Contra la positividad corporal: los feos también existen.
Esté artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el diario de Ibiza.
El movimiento por la “positividad corporal” abriga el ideal
de que todos los seres humanos deben tener una imagen corporal positiva de sí
mismos, y se opone a que la sociedad promueva estándares de belleza poco
realistas o inclusivos, abogando por la representación de todos los tipos de
cuerpos, especialmente en ámbitos como los de la moda o la publicidad. Sin
embargo, y aunque tras estos propósitos hay una innegable buena intención, es
conveniente que los pensemos más a fondo.
En primer lugar, que todas las personas tengan una imagen
corporal positiva de sí mismas no debe confundirse con pensar que todos
los cuerpos son indistintamente bellos. Esto no es ni lógica ni
fácticamente cierto. No lo es lógicamente, porque la belleza sería
indistinguible si nada se le opusiera o limitara (¿cómo distinguir lo bello si
no existe más que eso?); y no lo es desde un punto de vista fáctico porque, de
hecho, todos tenemos criterios de belleza y emitimos juicios estéticos sobre
los cuerpos o cualquier otra cosa (aunque no nos atrevamos a reconocerlo a
veces – precisamente porque creemos que en ocasiones resulta “feo” y de “mal
gusto” –).
Por otra parte, tener criterios de belleza no está reñido
con el aprecio por la diversidad. Las cosas o cuerpos pueden ser diversos también
en cuanto a su cualidad estética (reconocer que unos son más bellos que otros,
es, también, un reconocimiento de la diversidad), y las cualidades y criterios
estéticos son más interesantes aún gracias a que se plasman de manera
relativamente distinta en cada cultura o incluso en cada tipo o género de
cuerpo (hay muchas maneras de ser guapos – y de ser feos –). Incluso,
rizando el rizo, y dado que estimamos que lo diverso es más bello o “positivo”
que lo “estandarizado”, ¿no deberíamos deducir a partir de ahí que un cuerpo es
más bello cuanta más diversidad encierra, y más feo cuanto más se
ajusta a los estándares vigentes?
Otro elemento a considerar es la crítica al “poco realismo”
de los estándares o modelos de belleza. Porque, ¿cabe exigir realismo a
lo que, justo por ser modélico, ha de distinguirse de lo real (o
de lo que concebimos vulgarmente como tal)? Piensen, además, que la belleza es
un valor, no un hecho. Los hechos reales (tal como los cuerpos
que habitamos) no son en sí mismos bellos o feos; somos nosotros los que los
valoramos como “bellos” aplicándoles un determinado criterio, esto es,
comprobando hasta qué punto se ajustan a nuestras normas o ideales de belleza.
Exigir un “modelo-realista” es, pues, un oxímoron, una contradicción “in
terminis”.
Pasemos a otro asunto. Que debamos renegar de los ideales de
belleza porque haya gente que se deprime al no verse adecuadamente reflejada en
ellos es otra supina memez. De entrada, el ideal de que no hay más ideal que lo
que hay, y de que hay que adorar el propio cuerpo sí o sí, resulta tan
exigente y estresante como cualquier otro ideal. Y, en segundo lugar, negar la
evidencia de que hay personas más bellas (y nobles, inteligentes, simpáticas,
carismáticas…) que otras, por la sola razón de que esto pueda serle doloroso o
frustrante a alguien, no es sino un engaño inútil, condescendiente y absurdo.
¿Deberíamos sacarnos también un ojo para no molestar o deprimir a los tuertos?
Es claro que no. Lo que hay que hacer es educar a las
personas para lidiar con la propia condición humana. Y es parte de esa
condición el ser conscientes de nuestras miserias (también de las corporales)
tanto como el aprestarse constantemente a superarlas. Decía Shakespeare que
estamos hechos de la materia de los sueños, y, según Platón, del deseo de
unirnos a los que nos engrandece y mejora. Sin esa tensión erótica entre lo
real y lo ideal, o entre lo que somos y lo que anhelamos ser, la vida carecería
completamente de sentido. ¿Qué esto implica dolor e insatisfacción? Claro. Es el
precio a pagar por estar lúcido y vivo; algo que una sociedad tan infantiloide
y narcisista como la nuestra, que reclama comisarios políticos para que les
quiten de delante todo aquello (¡hasta los maniquíes de las tiendas!) que pueda
hacerle daño, no parece dispuesta a reconocer.
Ah, y otra cosa: sería estupendo dejar de obsesionarse con el
cuerpo, en relación con el cual hemos pasado del extremo del dualismo que lo
concebía como algo radicalmente distinto y opuesto al “espíritu”, a un monismo
idólatra, no menos extremista, que pretende reducirlo todo a él. Frente a todo
esto recuerden que la belleza, como se ha dicho siempre, está en el interior. Y
que, en todo caso, y esté donde esté, para ser bello (o bueno, o listo, o
sabio…) lo primero es reconocer que uno no lo es (al menos todavía). Cosa para
lo cual los ideales y los modelos (y hasta los maniquíes) nos vienen que ni
pintados.
miércoles, 8 de junio de 2022
La identidad europea en el desarrollo curricular de la LOMLOE
Cómo adoctrinar en la escuela (lo justo y necesario).
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿Hay adoctrinamiento moral o ideológico en las aulas? Sí,
por supuesto. Con la nueva ley educativa y con cualquier otra. Aquí y en Pekín
(en Pekín muchísimo más). ¿Cómo no iba a haberlo? Una de las funciones de la
escuela es transmitir los valores comunes en torno a los que se articula una
sociedad. Sin un mínimo adoctrinamiento en tales valores (es decir, sin un
mínimo de educación cívica), los niños y niñas solo conocerían los valores
particulares de su familia o entorno inmediato, y la vida pública carecería de
referentes morales desde los que orientar la convivencia.
Ahora bien, aunque toda educación y sociedad implican un
cierto adoctrinamiento moral, no todo adoctrinamiento moral es educativo ni
socialmente valioso. Cuando este es excesivo y adopta un carácter completamente
dogmático, la educación se reduce a mera instrucción, es decir, al tipo de
aprendizaje en que prima la obediencia al razonamiento, algo que en nada
conviene a una sociedad democrática en la que lo deseable es que la gente, que
es la que en última instancia toma las decisiones políticas, piense de forma
racional y por sí misma.
Pues bien, ¿cómo podemos hacer entonces para que el
necesario adoctrinamiento moral que compete a todo sistema educativo no sea
excesivo ni demasiado dogmático, de manera que los niños y niñas sean
correctamente educados como ciudadanos capaces de ejercer la soberanía política?
Aquí va la receta. Apunten (u opinen al respecto).
Lo primero para que el adoctrinamiento escolar sea el justo
y necesario es que los valores morales en los que se adoctrina sean únicamente
aquellos que emanan de las leyes o principios que despiertan mayor acuerdo o
consenso democrático: la Constitución, la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por la ONU, etc. En
esas leyes y acuerdos de amplio consenso está contenida la moral mínima
en que se ha de educar a la ciudadanía.
Lo segundo se deduce de lo anterior, y consiste en que las
administraciones velen para que en la escuela no se dé especial cuartelillo a
ningún mensaje moral o ideológico que (dejando aparte el que se deriva de la
enseñanza de las distintas materias) no sea el mínimo consensuado y consignado
en leyes y acuerdos. Así, es estupendo, como proponen algunos políticos, que se
revisen los libros de texto para eliminar sesgos ideológicos impropios (es
decir: no derivados de las leyes y consensos vigentes), ¿pero por qué no se
revisa también el modo entero de enseñanza de algunos colegios concertados, en
los que también se adoctrina, y de forma más invasiva y persistente, en valores
alejados de lo que hoy consideramos moralmente aceptable (piensen, por ejemplo,
en aquellos colegios religiosos en los que se segrega a chicos y chicas para
educarlos por separado)?
Una tercera medida útil para minimizar el adoctrinamiento
escolar es dejar de emplear la educación como arma arrojadiza en la pelea por
el poder. Ya sabemos que la única que da y quita votos es hoy la “batalla
cultural” (la económica o política se agotaron hace mucho), pero los políticos
deberían trasladarla a otros escenarios menos lesivos para el sistema que les
da de comer. No puede ser que tras cada cambio de gobierno vengan los halcones
de la derecha montaraz, o los iluminados inquisidores de la izquierda verdadera,
a imponer a todo el mundo sus consignas y valores vía decretos educativos,
impidiendo una y otra vez el mil veces implorado consenso educativo.
La cuarta medida ha de consistir en promover la pluralidad
del profesorado (algo que, por cierto, es mucho más difícil en la concertada,
donde los profesores no son elegidos por oposición, sino, a menudo, por
afinidad ideológica con quien los contrata), y en formarlos como buenos
profesionales de manera que, entre otras cosas, no aprovechen su posición de
autoridad para adoctrinar dogmáticamente al alumnado (¡menor de edad!) en sus propios
valores o posiciones políticas.
Y la quinta y última medida: fortalecer la educación crítica,
esto es, aquella que promueve una actitud analítica y reflexiva frente a todo
tipo de adoctrinamiento, incluido aquel que viene amparado por la ley (pues el
fundamento de una democracia está precisamente en permitir la revisión
dialéctica de sus propios fundamentos, leyes y valores). Así, si dejamos que aquellas
materias en las que más se ejercita el pensamiento crítico (la ética, la
filosofía, la crítica literaria, la historia…) hagan su trabajo formativo (en
lugar de convertirlas en panfletos moralizantes o desquiciados ejercicios de
revisionismo histórico al servicio de los ismos de turno), estaremos
garantizando la mejor inmunización contra el adoctrinamiento excesivo, así como
una educación cívica consecuente con los propios valores democráticos, esto es:
basada en la convicción y el diálogo, y no en el dogma y la catequesis
ideológica.
miércoles, 1 de junio de 2022
Desorden, filosofía y salud mental.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Uno de los rasgos más visibles de nuestro tiempo es el aparente aprecio por el desorden, una patología ideológica que se muestra, entre otras cosas, en la manera irreflexiva e inconsecuente con que se rechaza todo lo que suponga categorizar o jerarquizar las cosas. Así, definir se concibe hoy, por definición, como algo políticamente incorrecto (que estigmatiza y coarta la libertad de ser lo que se quiera a cada instante), sistematizar se percibe sistemáticamente como un ejercicio de dogmatismo poco respetuoso con la diferencia, y clasificar se clasifica como una inaceptable expresión de poder excluyente. No digamos si de lo que se trata es de valorar y (por tanto) de establecer jerarquías: eso es ya fascismo puro (ya saben que en la romántica metafísica de lo líquido y fluido rige aquello del viejo tango: todo es igual y nada es mejor…).
Pero negar el orden como impostura frente al presunto caos
indomesticable de la realidad es ya, de entrada, un tipo específico de
contradicción. Decir que “todo es fluido” es suponer que todo es
permanentemente lo mismo y que, por tanto, nada cambia ni fluye;
afirmar que “las cosas son indefinibles” es imposible sin suponer una definición
mínima de lo que se define y lo que no; proclamar que “toda jerarquía es
imposición arbitraria” implica que dicha proclamación (que sitúa una
tesis por encima de otras) es tan arbitraria como su contraria. Y así podríamos
seguir hasta el infinito. No hay verdad más dogmática que enunciar que “nada
es verdad”, ni juicio de valor más “fascista” que estimar que “nada
es en realidad más estimable que nada” (con lo que, finalmente, lo valioso
solo puede ser lo que impone la voluntad del más fuerte).
El presunto desorden regente tampoco tiene nada que ver con
la realidad. El mundo no es energía indiferenciada ni simple materia en
movimiento; en él hay leyes, constantes, jerarquía; y hay razones para creer (diga
lo que diga la limitada fontanería teórica de los físicos) que no hay más
realidad que esa estructura o forma suya (esa forma que tan bien
describen las fórmulas matemáticas).
Lo mismo podríamos decir de la ciencia: que no es más que un
modo estructurado de jerarquizar datos, hipótesis, teoremas y axiomas con
objeto de definir la forma real que subyace al desorden aparente. O del ámbito
moral o estético, en el que los seres se clasifican como mejores o peores en
multitud de aspectos (entre los cuales también hay una clara jerarquía – no es
lo mismo ser más sabio que más inteligente, ni más bello que más fornido –). Si
no tuviéramos claro todo esto careceríamos de razón alguna para elegir a
nuestros amigos, cuidar nuestra imagen o educar nuestro talento.
Pero si en algún aspecto resulta especialmente sangrante
esta aparente negación de la jerarquía y al orden es en el terreno
político y social. Nada más estúpido que creer que estás al mismo nivel de los
que mandan porque les tratas de tú o porque te hacen “sugerencias” en lugar de
darte órdenes. Es falso que exista algo así como una estructura “horizontal”;
toda organización mínimamente compleja (un estado, una empresa, un partido, una
institución, una familia…) supone asimetría, niveles distintos y, por lo mismo,
verticalidad y jerarquía. Simular que este orden no existe no es sino una
manera perversa de invisibilizarlo y volverlo, por ello, más difícil de
fiscalizar.
Uno de los “brazos armados” de este poder invisible (en la
peor de sus versiones) es, justamente, el desorden informativo. La
desinformación consiste en difundir representaciones indebidamente
desorganizadas (en que se mezclan la ficción o apariencia con la realidad, las
partes con el todo, lo contrastado con lo que no, lo que es con lo que debe, lo
necesario con lo contingente, lo sustantivo con lo accesorio…), y frente a las
que no queda otra que educar a la ciudadanía en habilidades tan filosóficas y
desprestigiadas como definir, categorizar, sistematizar y jerarquizar
las ideas y las cosas.
Y digo esto último porque buena parte de las personas con las
que me topo son incapaces de hacer todo esto por sí mismas, ni, por tanto, de
ordenar y expresar las ideas (las suyas y las ajenas) en un discurso o sistema
estructurado desde el que se pueda entender algo de lo que ocurre o tomar
decisiones con un mínimo de responsabilidad y espíritu crítico.
Esta alienante incapacidad para pensar de modo estructurado
delata, además, un desorden mental que, aceptado con complacencia por el
discurso dominante y multiplicado por la fábrica mediática del mundo, está en
la raíz de ese deterioro de la salud psíquica que acusamos hoy, y ante
el que lo que se precisa no son fármacos o atención psicológica, sino
precisamente esto: aprender a pensar o, lo que es lo mismo, aprender a
reconocer en el orden de las ideas el orden de todo lo demás. Sin ello, no hay
más que cambalache: el viejo orden del poder y del dinero revestido de
estupidez y confusión. El tango de siempre, vaya.










