jueves, 21 de abril de 2022
La filosofía en la educación de los más jóvenes
domingo, 10 de abril de 2022
El carnaval del carnaval
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| Jan Matejko "Stanczyk" 1862 |
Ahora bien, ese viejo carnaval ritualmente subversivo ya no
existe. Y casi que menos mal, porque en él la gente se desmandaba de veras,
dando rienda suelta a la violencia y las pulsiones más primarias sin disfraz
alguno. El carnaval que celebramos hoy en nuestras calles está, por el
contrario, complemente domesticado, y es poco más que una ceremonia naíf sin
otro desmadre que el de desfilar a juego, cantar unas letrillas ingeniosas
(siempre del mismo modo – pocas fiestas más conservadoras y envaradas que el
carnaval actual –) y salir de cañas con más disciplina de lo corriente (¡Si los
que participaban en las saturnales, las misas de locos o las fiestas
de esclavos levantaran la cabeza!)
Esta laxitud del carnaval actual tiene, por cierto, su
explicación. Las viejas celebraciones dionisíacas tenían que contrarrestar unas
condiciones de vida muy duras y un ejercicio del poder aparentemente más
estricto que el que soportamos hoy. Pero ojo, no es que ahora el poder y el
orden sean realmente más laxos; todo lo contrario, son más imperativos que
nunca, pero lo son amablemente y sin que apenas nos demos cuenta. Y son así de
amables gracias, precisamente, a que vivimos en una suerte de «carnaval» perpetuo
y al ralentí, de manera que podemos evadirnos del yugo que nos sujeta, reírnos
de él, soñar que no lo tenemos o fingir que nos saltamos sus normas, sin salir
de la ficción mediática o los mundos virtuales que nos entretienen y evaden
cada día tanto, al menos, como nos conforman y controlan.
Frente a la mascarada perfecta del festival mediático (del
que la política, como vemos estos días, es parte insustituible), el carnaval de
antaño no tiene ya nada que ofrecer. Si las verdaderas carnestolendas consisten
en invertirlo ficticiamente todo, ¿qué otro desparrame carnavalesco puede
competir con el que nos ofrecen hoy los medios, redes y plataformas digitales?
¿Qué puede hacer sombra a sus fábricas de mitos, sus catálogos de máscaras,
perfiles y personajes, sus posibilidades casi infinitas para la burla, el
postureo, el alterne, la subversión figurada o el linchamiento regenerativo?
Es difícil imaginar cómo podríamos salvar al carnaval de las
calles y plazas del de las webs y los servicios de entretenimiento a domicilio.
Planteo, no obstante, una sugerencia, no sé si muy loca, para celebrar una
inversión o mascarada mucho más profunda y subversiva que la que producen los «late
shows», los videojuegos o la adicción a las series.
A ver, si el carnaval ha de celebrar lo infrecuente y darle
la vuelta a todo, ¿por qué no llevamos la fiesta al límite? Por ejemplo: en
lugar del estruendo con que agredimos normalmente a los demás – debido no a
nuestra «alegre y latina forma de vivir» sino a la más absoluta falta de
consideración por los otros –, en nuestro carnaval podríamos disfrazarnos de personas
educadas, capaces de hablar sin dar voces y de divertirnos sin tener que
exhibir (por impotencia cerebral) la potencia sonora de nuestros bajos en
garitos, coches tuneados o plazas públicas. ¿Qué les parece?
Otro ejemplo: en vez de burlarnos de las costumbres e ideas
de los demás y arder de indignación cuando toca reírse de nuestras sacrosantas
manías, creencias y tontunas idiosincráticas, podríamos hacerlo al revés, o
reírnos de todo, como es lo propio a un carnaval serio.
Otra idea. Como es corriente no respetar las normas más que
cuando interesa hacerlo, ¿qué tal si durante los días de carnaval nos
comportarnos de forma más íntegra? Para algunos políticos y la ciudadanía que
los vota, esos días representarían un auténtico desahogo tras meses de
estresante subordinación al imperio de los peores deseos.
Finalmente, y para salir de la rutina carnavalesco-mediática,
¿y si en vez de emborracharnos y ahondar en la inconsciencia habitual,
invertimos las cosas y nos regalamos una experiencia más consciente de todo lo
que nos rodea? Por ejemplo, a través de una sesuda reflexión acerca de la
enorme y engañosa mascarada de la que formamos, seguramente, la peor parte.
¿Les gusta el proyecto? Ser educado con los demás, reírnos
de nosotros mismos, comportarnos siempre de forma honesta y llevar una vida más
reflexiva y consciente; dadas las circunstancias, todo eso sí que sería, y
triste es decirlo, una auténtica fiesta de carnaval.
miércoles, 16 de marzo de 2022
Educación para jóvenes europeos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hay motivos para explicar esta buena disposición entre los
jóvenes: mayor nivel de formación, una exposición menor que la de sus mayores a
la demagogia nacionalista, una educación – aun mínima y sometida a vaivenes
políticos – en los valores propios a una ciudadanía democrática y cosmopolita (tolerancia,
aprecio por la igualdad y la diversidad, insistencia en el diálogo como modo de
solventar conflictos, respeto por los derechos humanos, preocupación por el
medio ambiente…), y una cierta experiencia, todavía minoritaria, y a veces
obligada, de estudio y trabajo en otros países de la Unión.
En cualquier caso, si queremos afianzar una identidad
europea libre de eurocentrismos xenófobos, populismos y nacionalismos
disgregadores, hay que trabajarse más seriamente aquello que desde hace
cincuenta años se viene llamando la «dimensión europea de la educación». Quizás
sería bueno implantar ya, en colegios e institutos, un área o ámbito, e incluso
un departamento didáctico, consagrado a la UE y que promueva y fortalezca ese
sentido de identidad abierto al mundo que nos define como ciudadanos
europeos.
¿Y de qué habría que tratar en esa materia o ámbito europeo
de educación? Lo primero, como es obvio, de la fundamentación ética de los
valores que tenemos en común, y sin los cuales no hay proyecto de integración
que valga. Y subrayo lo de «fundamentación ética» porque uno de los valores
más sutiles, pero más específicos, de la identidad europea es justamente el de
la reconsideración crítica de todo valor. Diríamos que el «espíritu
europeo» es tan alérgico a los dogmas que necesita reevaluar y refundar de
continuo, ética y filosóficamente, sus pocas pero significativas certezas. De
ahí el segundo de los asuntos fundamentales a tratar en una educación para el «ser
europeos»: el del pensamiento crítico, esto es, el de la competencia para
enjuiciar las creencias propias y de otros en orden a comprobar su validez
racional y medir sus implicaciones morales y políticas.
El tercer objetivo de una materia en Unión Europea
debería consistir en una enérgica inyección de teoría crítica del
conocimiento (tal como se hace, por ejemplo, en el Bachillerato
Internacional), con objeto de «vacunar» al alumnado contra las cada vez más
complejas estrategias de manipulación y desinformación que pululan,
inevitablemente, en un sociedad abierta y plural como la nuestra.
Otro aspecto esencial del «espíritu europeo» es su radical
diversidad, de manera que educar para ser europeo habría de consistir también en
desarrollar la capacidad empática de comprender otras posiciones y costumbres
políticas, morales o sociales, sin tener que dejar por ello de ser uno lo que
ya es. A esto en filosofía se le suele llamar «dialéctica», y en términos más
prosaicos se puede detallar como el ejercitarse en un tipo de identidad
flexible, integradora y evolutiva que no niegue la diversidad como amenaza,
sino como un motivo para crecer y perfeccionarse.
El quinto elemento de una educación paneuropea debería
ser, sin duda, el de una formación teórica y práctica en el sentido de la equidad.
No hay identidad ni sentimiento de pertenencia a una comunidad democrática y
fundada en los derechos humanos si antes no se dan unas condiciones suficientes
de igualdad y justicia en el acceso a la educación, el trabajo, la justicia, la
participación política y los servicios y beneficios públicos.
En cuanto al sexto «tema» fundamental para reforzar nuestra
identidad europea, este debería de ser, justamente, el de relativizarla y
proyectarla al mundo; esto es: el de desarrollar una perspectiva global,
transdisciplinar y sistémica de comprensión de problemas de naturaleza
planetaria (la desigualdad, la guerra, las cuestiones ecosociales, el cambio
climático…) como principal herramienta de una ciudadanía mundial capaz de hacer
frente a los mismos.
Más allá de estos seis elementos básicos (la ética, el
pensamiento crítico, el conocimiento, la dialéctica, la justicia y la
conciencia global), ya solo restarían unas pinceladas acerca del patrimonio y
las lenguas y, como algo completamente imprescindible, la participación
efectiva (y afectiva) en el propio proceso de integración, por ejemplo,
mediante la intensificación de los intercambios internacionales entre
estudiantes (la generalización de las becas Erasmus en secundaria es una
excelente iniciativa a este respecto). Ahí tienen ustedes la simiente de un
curso, a completar durante toda la vida, sobre lo que fundamentalmente
significa la Unión Europea.
domingo, 13 de marzo de 2022
Cómo mejorar la docencia
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El de la docencia es un oficio apasionante pero duro. Dar
clases es solo la punta del iceberg. Por debajo están las tareas de
coordinación, las tutorías, la atención a los alumnos, la planificación, la
preparación de las sesiones, la elaboración de material, la evaluación, la
formación, la investigación… No hay dinero que pague esto, ni que compense la
enorme responsabilidad que supone guiar y formar cada año a cientos de niños,
adolescentes y jóvenes. Por esto es esencial que aquellos que ejercen la
docencia, sea al nivel que sea (y tan trascendental – ¡o más! – es la educación
infantil como la universitaria), tengan una decidida vocación y sean los
mejores entre los mejores.
¿Pero los mejores en qué? No es fácil definir con precisión
el oficio de uno. Un docente no es solo un experto en la transmisión del saber,
es también un referente cívico y personal para su alumnado y, si me apuran,
para la sociedad entera. Por eso, para ser maestro o profesor no solo cuentan
las aptitudes académicas o las habilidades didácticas; también importan, y
mucho, la vocación, el carisma y la integridad personal, rasgos que, aun siendo
decisivos para explicar los resultados más visibles del trabajo educativo, son
en sí mismos imposibles de medir.
La aptitud académica no debe infravalorarse. No he oído
nunca opinión más estúpida que aquella que afirma que un maestro o un profesor
de secundaria “no tiene que saber demasiado”. Es del todo imposible transmitir
o divulgar con eficacia nada que no se conozca con la mayor profundidad. Da
igual la materia de la que se trate: el docente tiene que ser un experto de primer
nivel en aquello que enseña. Por ello hay que aplaudir la propuesta ministerial
de endurecer el acceso tanto a los grados de educación infantil y primaria como
al máster de educación secundaria. Es lo que hacen otros países que se toman
muy en serio la educación. Y es una pena que esta filosofía no se extienda
también al proceso selectivo de ingreso al cuerpo, para que a la evaluación
cada vez más decisiva de la competencia pedagógica le correspondida una
exigencia mayor en el examen de la capacidad científica. Nadie entiende que se
exija lo que se exige a un ingeniero de telecomunicaciones o a un notario, y no
a quienes han de ocuparse de educar a los ciudadanos.
Otro aspecto a no despreciar es el didáctico. Los maestros y
profesores son pedagogos, por lo que es incomprensible que los haya sin idea
alguna de pedagogía, y que presuman, incluso, de no guiarse más que por la
gramática parda de la clase magistral y el examen. Es como si hubiera médicos
alardeando de no tener más conocimiento que el de los cirujanos barberos. Por
ello, hay que alegrarse también de que se planteen medidas largamente
demandadas, como la de las asignaturas didácticas en los grados, o el refuerzo
de la formación práctica, que tendría que ser mucho más seria, guiada por
tutores expertos y bien pagados, y realmente decisiva para acceder a la
profesión.
En cuanto a lo demás y más importante – la vocación, el
carisma, la integridad personal…– no hay grado en que se enseñen ni manera
reglada de evaluarlo. Lo primero de ello, la vocación, debería ser la condición
para afrontar con éxito las pruebas y demostrar el nivel de excelencia exigible
para ejercer la docencia. En cuanto al tipo de carisma – ligado
fundamentalmente a la sabiduría – y la integridad personal que caben esperar de
un maestro, son dos de las cualidades que definen a los mejores ciudadanos.
Ahora bien, ¿cómo atraer a estos a la enseñanza? La retribución importa, pero
no es lo esencial. Lo decisivo es la satisfacción en el trabajo, es decir: el
poder hacer bien las cosas. Y para ello se precisa una escuela bien dotada, una
administración que dé al profesor la máxima autoridad y confianza, unas ratios
que favorezcan el trabajo artesanal con cada alumno, y tiempo y facilidades
para que el docente progrese, se forme e investigue en su disciplina y en la
didáctica de la misma… Parece un sueño, sí. Pero es la única manera de hacer
algo realmente decisivo por el sistema educativo.
martes, 1 de marzo de 2022
Contar cuentos
| Ilustración de Daniel Gil Segura |
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
«¿Qué somos los seres humanos?» Se trata de una pregunta de eterna actualidad. Si no tuviera sentido o respuesta tampoco lo tendrían la mayoría de las cosas que nos preocupan. «¿Quién eres?» – pregunto a cada alumno al comenzar el curso –. Todos responden diciendo su nombre, su condición de estudiantes, si son chicos o chicas… ¿Pero es eso lo que son? Nuestra identidad no está en el nombre, ni en lo que habitualmente hacemos, ni en los rasgos del cuerpo. La cultura, los genes o el género importan. Pero una vez nos ha despuntado la conciencia nuestro ser no está ya ahí. La prueba es que podríamos trastocarlo todo (nombre, lugar, ocupación, sexo, género…) y seguir siendo, de una forma u otra, la misma persona.
Ya sé que no está de moda depreciar el cuerpo, pero lo que somos (y tal vez dejando aparte la sesera) no forma parte de él. Por eso, si queremos saber quién era alguien ya extinto no buscamos examinar su cadáver ni sus huesos, ni su ADN, ni las imágenes de su cerebro, sino entender los signos (palabras, gestos…) que nos dejó su psique grabados aquí o allá. No somos un montón de vísceras, sino aquello que nos pasa por la mente o, si quieren, por ese fabuloso descubrimiento o invención suya que es el cerebro.
Ahora bien, por la mente pasan muchas cosas (sensaciones, emociones, deseos, decisiones, sueños, ideas…). ¿Cuál de ellas determina lo que somos? En general, las ideas mandan. Percibimos, sentimos o queremos en función de las ideas con las que entendemos el mundo, interpretamos lo bien o mal que nos va en la vida o concebimos nuestros mejores propósitos.
Pero las ideas, sean innatas o aprendidas, discurren también en la mente de los animales. ¿Qué nos diferencia entonces de ellos? Una idea que siempre me convenció es que lo que nos hace específicamente humanos es la asociación entre las ideas y una cierta manera de usar el lenguaje. Es innegable que los animales disponen de sistemas de comunicación muy sofisticados, pero solo los humanos podemos utilizar el lenguaje para viajar con él por el tiempo y el espacio, y hasta para explorar mundos distintos al mundo, desde el de las matemáticas al de las ficciones literarias. Con el lenguaje, los humanos podemos hacer cuentas y contar cuentos y, con ellos, dar y darnos cuenta de lo que pasa y lo que somos.
El siglo pasado, el psicólogo evolutivo Jean Piaget investigó el extraño fenómeno por el que los niños, durante cierta fase de su desarrollo, hablan solos o con sus juguetes imitando en ocasiones el diálogo que sostienen con otras personas. Casi al mismo tiempo, el psicólogo soviético Lev S. Vygotsky postuló que los niños, al crecer, interiorizan este uso egocéntrico del habla en la forma de un diálogo íntimo y silencioso consigo mismos. Este machadiano soliloquio sería el origen de la consciencia humana, ese insólito fenómeno por el que nos reconocemos como la primera persona del relato con que vamos dando cuenta de todo; un relato en el que el narrador, el público y el protagonista son el mismo tipo: nosotros.
Ahora bien, para ser quienes somos tal vez no baste una simple narración interna de lo que pasa y nos pasa. Una de las condiciones de la identidad es la continuidad. La frase «yo soy yo» solo significa algo si los dos yoes ahí escritos son en algún sentido el mismo. Esto descarta inmediatamente que nuestra identidad resida en el cuerpo, todas y cada una de cuyas partículas cambian y envejecen a cada instante, pero tambien que se ancle en la mente o la consciencia, donde todo se hace y deshace igualmente en el tiempo. ¿En qué «lugar» de mí mismo mantengo entonces mi mismidad? ¿En qué se fundamenta la creencia de que somos siempre el mismo bañista en el heracliteano río de los días?
En uno de sus fantásticos cuentos describe Michael Ende a una caravana de vagabundos saltimbanquis que caminan confiando en que su errático viaje a ninguna parte dibuje sobre el mundo una palabra que desvele el sentido de sus pasos. Tal vez sea este anhelo lo que nos define. De hecho, y aunque las palabras – esas perras negras, que diría Cortázar – correteen sin parar dentro nuestro, hay algo entre ellas a veces – una forma, una estructura armoniosa y coherente, una «redondez» narrativa y hasta una sublime espiral poética o filosófica – que las hace convertirse en uno de esos luminosos cuentos en los que el sentido trasciende y sobrevive a todo lo que transcurre en ellos. ¿Será esa forma lo que somos?
Somos
el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura y también
nuestra manera específica de ser conscientes. Pero solo si ese discurrir íntimo
adquiere la unidad y el sentido de las buenas historias, podremos decir que
rozamos esa cima casi imposible de la propia identidad: el alma o forma inmortal
del cuento mismo que nos cuenta.
lunes, 14 de febrero de 2022
Virtudes argumentativas
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Hay mitos
que dicen que en el principio fue el decir, y que el dios creador originó u
ordenó el mundo nombrando cada una de sus partes o cosas: el día, la noche, los
animales, el ser humano… Curiosamente, en los Evangelios – que fueron escritos
en griego – para referirse a este decir creador se utiliza la palabra «logos» que,
en castellano, y entre otras, significa cosas como discurso, razón o
argumento. Así, en lugar de «al principio fue el verbo», el conocido
comienzo del Evangelio de San Juan bien podría haberse traducido como «al
principio fue… el argumento».
Al
principio y al final, pues ya saben aquello de que «por la boca muere el pez».
Nada nos da más información sobre la calidad de una persona que su capacidad
para – sea en el lenguaje que sea – expresarse y razonar. Quien sabe argumentar
sabe pensar y, por ello, participar en un diálogo («dialogo», otra insigne
palabra griega, significa justamente esto: comunicarse con los demás – o con
uno mismo – mediante argumentos). No hay alternativa: considérenlo y
verán que no hay nada que considerar sin el lenguaje, esto es: sin el verbum
o el viejo y filosófico logos griego.
Dado que
los argumentos están al principio (como causa de lo que hacemos) y al final (como
justificación de lo ya hecho), es importante que aquellos que nos guían y
explican sean buenos argumentos. ¿Pero qué es un buen argumento? Hay dos
formas (no excluyentes) de responder a esta pregunta. La primera es que un buen
argumento es aquel que se atiene a lo racional, verdadero y justo; la segunda, que
es el que mejor sirve a nuestros intereses particulares. ¿Cuál de las dos les
parece a ustedes más certera (o más útil)?
No es
fácil responder a esta pregunta, pero, aunque acostumbremos a creer que las
razones que suponemos que nos conviene creer son también (¡qué casualidad!) las
más objetivamente ciertas, en los momentos más lúcidos podemos llegar a reparar
en lo contrario: que las razones objetivamente más ciertas son también, y justo
por ello (¡qué causalidad!), las que realmente nos convienen.
Ahora
bien, las razones ciertas y justas no caen de los árboles, ni están a nuestra
disposición en el banco, sino que hay que buscarlas o construirlas,
habitualmente a través del diálogo con los otros (si nuestra memoria no fuera
tan lisonjera, reconoceríamos que ninguna de las ideas que tenemos es
estrictamente nuestra). Y ese diálogo argumentativo no es un juego fácil: exige
ciertas condiciones morales; condiciones relacionadas con lo que los filósofos
llaman “virtudes argumentativas”. Veamos algunas.
La
principal virtud argumentativa es la capacidad para reconocer con honestidad el
valor y pertinencia de un argumento ajeno, aunque contravenga nuestros
intereses o puntos de vista personales. Esta virtud no es sencilla de
ejercitar. Suelo decir a mis alumnos que en un diálogo el que pierde es
el que gana, porque es el que aprende. Pero aplicarse el cuento es otra
cosa, y a veces nos cuesta Dios y ayuda reconocer que no llevamos la razón. Tal
vez porque, como dijo alguien, de la expresión «yo opino» lo que más nos gusta
siempre es el «yo».
Otra
importante virtud argumentativa es la de la tolerancia, que al contrario de lo
que se cree no tiene nada que ver con el respeto. La tolerancia es un concepto
político relacionado con la convivencia y que refiere el saludable y
democrático habito de permitir que se manifiesten opiniones y argumentos
diferentes a los nuestros, aunque no los consideremos respetables, y siempre
que no conculquen ese mínimo común denominador de la moralidad que son las
leyes.
Una
tercera virtud trascendental es la empatía, a la que podemos relacionar con lo
que los filósofos llaman el “principio de caridad”. La empatía no consiste en
respetar la opinión de tu interlocutor (ni siquiera si es víctima de algo, pues
nada tiene que ver ser víctima de X con tener mejores argumentos sobre X), sino
en ser capaz de comprender las cosas desde su perspectiva argumental,
otorgándole por principio la mejor intención racional y moral posible. Por
supuesto, para empatizar con alguien tienes que escuchar o leer con atención lo
que dice, algo que le resulta dificilísimo a toda esa gente (yo me la encuentro
por doquier y en el espejo a veces) cuya absoluta prioridad es expulsar el
magma de opiniones y emociones que le hierve por dentro, algo para lo que le sirve
de pretexto casi cualquier cosa que se le diga.
Leer antes
de opinar, interpretar con generosidad los argumentos del otro, mostrar
tolerancia y reconocer con honestidad nuestros errores son, pues, algunas de
las virtudes cardinales del buen argumentador, y algo a lo que se le debería
dar la máxima prioridad educativa. Aprender la mayoría de las cosas que nos
enseñan es contingente. Aprender a dialogar argumentativamente es imprescindible.
¿O no? Para saberlo no tendrán más remedio que argumentarlo.
miércoles, 9 de febrero de 2022
Niños con móvil
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Una reciente entrevista en prensa al experto en educación
digital Jordan Shapiro ha avivado el debate en torno al problema de cuándo y en
qué condiciones permitir a los niños el uso de móviles o dispositivos similares.
Shapiro defiende la necesidad de educarlos en el uso de esas tecnologías antes
de los doce o trece años. ¿Es razonable su propuesta?
Partamos del hecho innegable de que el móvil y otros
aparatos equivalentes son ya parte consustancial de nuestro entorno, cuando no
de nuestra identidad o de procesos cognitivos básicos como memorizar, ordenar,
buscar o comunicar información. Se utilizan para todo y nadie, ni el más
crítico con ellos, renuncia a utilizarlos. Si es así, educar intensivamente y
desde muy pronto en un uso adecuado de los mismos no parece ninguna insensatez.
Y sin embargo no es esta la política habitual por parte de familias y
educadores, que suelen preferir prohibir el uso a educar en él (algo bastante
contraproducente, pues los niños a los que se les prohíbe o restringe
severamente el acceso al móvil, a los videojuegos o a la tele, suelen ser los
mismos que en cuanto tienen ocasión se dan de forma compulsiva y desordenada al
abuso de esas tecnologías y entretenimientos).
¿Por qué mantener entonces la actitud prohibicionista? Uno
de los pretextos es la supuesta adicción que generan las «nuevas»
tecnologías. ¿Pero es esto cierto? No lo creo. En todo caso, los entornos
digitales serían hoy tan «adictivos» como hace veinte o treinta años lo
eran los entornos físicos, pues los chicos hacen hoy a través del móvil y el
ordenador sustancialmente lo mismo que hacían antes en la calle o en el salón
de casa: entretenerse, socializar, educarse, comprar, jugar, conversar con
otros… No se trata pues, salvo
excepciones, de ninguna adicción, sino de un (complejo y rapidísimo) cambio de
costumbres por el que lo que antes se hacía de determinada forma ahora se hace de
otra. Con todas las consecuencias que ello supone, por supuesto; buenas y malas.
Porque tampoco es fácil saber si interactuar en entornos
físicos es siempre mejor que hacerlo a través de dispositivos digitales. La calle
no tiene por qué ser menos peligrosa o condicionante que el móvil o el
ordenador; en ambos escenarios se dan la publicidad, los comportamientos
inmorales o indecorosos y todos los peligros que supone vivir en un mundo como
el nuestro. Y en ambos casos de lo que se trata es de educar, y no de impedir
que el niño se relacione con ese mundo (sea analógico o digital). No olviden
que los niños sobreprotegidos están siempre más expuestos a todo tipo de
peligros (pues carecen de experiencia y de autonomía para afrontarlos), uno de
los cuales, por cierto, es el de contagiarse de las creencias y miedos de
padres obsesionados por controlar a sus hijos (ahora a través del móvil). Casi
diría que los niños tienen siempre más probabilidad de verse afectados por unos
padres neuróticos que por abusones o pederastas (que los hay en las redes tanto
como antes los había en calles y parques).
Otra objeción frecuente es la de los daños cognitivos que
ocasiona la utilización del móvil en niños y adolescentes, algo que hasta la
fecha nadie ha demostrado fehacientemente, y que no resulta muy creíble. A mi
juicio, los niños de ahora estudian, piensan y se expresan como siempre (con
leves cambios, unos a mejor y otros a peor). Es cierto que se distraen mucho
con el móvil, pero como antes, y por la misma razón (los rollos que les
obligamos a hacer o padecer), lo hacían con el vuelo de una mosca. En cuanto al
acoso o el aislamiento social, hoy hay una sensibilidad y unos recursos –
precisamente digitales – para paliar ambos fenómenos que ya hubieran querido
los chicos de hace treinta años, cuando era normal acosar con impunidad a los
más débiles en el patio de recreo o en la calle y no existían las redes
sociales para mitigar la soledad del que, por lo que sea, carecía de
suficientes habilidades sociales. El valor de la inclusividad y del respeto por
el diferente son valores de ayer por la mañana, y están ligados al contexto de
una sociedad global e interconectada.
En todo caso, recuerden que el rechazo a los cambios
asociados al desarrollo tecnológico es una constante cultural. El pánico que
provoca hoy el uso infantil de los móviles es el mismo que ya suscitaron los
videojuegos, los ordenadores o la tele. Todo lo cual no quiere decir que no seamos
prudentes, o que no tengamos que establecer una regulación legal de protección
al menor, sino que, con todo, lo más importante es acompañar a los chicos y
chicas en la iniciación a un mundo vinculado innegablemente a la tecnología, educándolos
para vivir en él de forma lúcida, crítica y ética. No hay mayor inversión que
esa en la seguridad y dignidad de los niños.
Carne de bulo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Ignoro quién asesora, si es que alguien lo hace, al ministro
Alberto Garzón, pero sea quién sea o está cocido o le falta un hervor, como
prefieran. Solo a un ingenuo o un extravagante artista de la estrategia
política se le puede ocurrir que es conveniente decir lo que se piensa (en este
caso, verdades como puños) en un contexto como el presente, con elecciones
regionales a la vista y con los dos partidos de la derecha (uno de ellos loco
por hacernos olvidar su crisis interna) en una pugna salvaje por ver quién
vocifera, crispa y embriaga con una dosis más alta de demagogia a los
ciudadanos.
Digo que lo que dice Garzón son verdades como puños porque
es evidente, y todo el mundo (vote a quien vote) sabe que: (a) hay carne de
peor y mejor calidad; (b) la carne de peor calidad está vinculada a un sistema
de producción industrial, masiva y a bajo coste, que se conoce como ganadería
intensiva, y la carne de mejor calidad a sistemas de producción tradicionales o
extensivos en los que se produce menos, pero mejor; (c) la ganadería intensiva
supone no solo infringir a los animales una condiciones de vida infernales,
sino contaminar el entorno y contribuir a la ruina del medio rural (en el que
los pequeños ganaderos no pueden competir con las macrogranjas industriales);
(d) la política defendida por Garzón de aumentar las restricciones a la
agricultura intensiva y favorecer a la agricultura extensiva (pareja a la
disminución de la producción y el consumo de carne) es la misma que plantean el
gobierno, la UE y los organismos internacionales como parte de la estrategia de
transición a una economía sostenible.
Ahora bien, aunque sobre todo lo anterior hay datos de sobra
(censos de animales, incremento del número de macrogranjas, índices asociables
de contaminación y despoblamiento rural, denuncias de la UE, protestas de
vecinos, reivindicaciones de pequeños productores…), los datos no tienen nada
que hacer frente a la habitual berrea política y el rasgamiento ritual
de vestiduras en tuits, tertulias y declaraciones varias. La razón de esta
sinrazón es, ya sabemos, que la lucha partidista es en gran parte una cuestión
identitaria e irracional. Más que nada porque identificarnos emocional y
socialmente con un partido, líder o comunicador carismático, o con un determinado
imaginario simbólico (fachas y progres, taurinos y animalistas, cazadores y
ecologistas, machirulos y feministas…) es una manera demasiado tentadora de
evitar la tediosa tarea de informarnos, analizar y reflexionar por nosotros
mismos. Lo malo de esta confortable actitud es que se lo ponemos a huevo a los
expertos en marketing consagrados a alimentarnos con información-basura
de rápido engorde electoral.
Gran parte de esa información basura se compone de bulos
fáciles de fabricar. No necesitan más que dos cosas. La primera, inventar la
“información” que interesa, si es posible tergiversando una información real
para que la mentira lo parezca menos (en el caso de Garzón, que dijo que la
ganadería extensiva española – con mención explícita a la extremeña – era
magnífica, y la producción intensiva insostenible y mala, se le hace decir que
“España exporta carne de mala calidad”). Y la segunda, viralizar la información
falsa (hay equipos especializados en la tarea) hasta que, gracias a la
repetición y a nuestra invencible pereza para cuestionar lo que nos apetece
oír, se convierte en una verdad de las buenas, de las que levantan olas de
indignación.
Ahora, dicho lo que había que decir sobre bulos y verdades,
volvemos al principio. Una cosa es decir lo que uno piensa (y que esto, además,
sea una verdad como un templo), y otra cosa es hacer política. Y me parece
mentira que alguien como Garzón, curtido en la lucha partidista (como mínimo la
interna), no se entere de algo tan simple. Si sigue así acabará por representar
mejor que nadie a esa moribunda y antipática izquierda que, desde su trono
intelectual y moral, no parece que haga otra cosa que señalarle a la gente cómo
debe de comer, consumir o usar el idioma. ¡La ultraderecha no podría estar más
satisfecha!
Un político cabal no puede, en fin, parecer un adolescente
resabiado y desconsiderar toda la suma de intereses, circunstancias, juegos de
poder, creencias y hábitos colectivos (entre ellos el del consumo barato de
algo que, como la carne, era un lujo hasta no hace mucho para la mayoría) que
rodean e inevitablemente afectan a su incuestionable verdad. Ha de pelear por
sus principios, sin duda, pero tiene también que conciliarlos, aunque sea
estratégicamente, con la compleja y reticente realidad. Al menos, si quiere hacer política. Y no
quedarse, como diría Yolanda Díaz, en una esquinita pequeña y marginal. Veremos.
martes, 1 de febrero de 2022
El meteorito
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Todas las historias cuentan la misma historia: un alma desvalida e ignorante sumida en el mal, un redentor dispuesto a rescatarla y un final más o menos feliz. Hagan la prueba y verán que no hay cuento, novela, película, serie, videojuego o discurso político que, con todo tipo de variaciones, no encaje en este molde. Probemos nosotros con la película de moda, “No mires arriba”, y a la que, dado el estilo que gasta, podríamos rebautizar sin rubor como “El Meteorito”, con sabor a hit veraniego de Georgie Dann.
En la astracanada de Adam McKay (que recomiendo encarecidamente
que vean) el “alma desvalida” es el pueblo americano y, por extensión, la
humanidad entera: una masa ignorante y manipulada que vota a políticos tipo
Trump, vive infantilmente en el presente inmediato de los chismes, la
telebasura y los memes de internet, y obedece ciegamente a los gurús de la
tecnología. De otro lado, el “héroe redentor” son un par de ingenuos
científicos que, tras descubrir que un enorme meteorito va a impactar contra la
Tierra, tratan de avisarnos de lo que nos viene encima mientras son
coaccionados por el poder y vilipendiados por la multitud. El “final feliz” es
la divina moraleja que nos cuelan los autores, verdaderos redentores de esa
multitud incapaz de reaccionar a la revelación científica del apocalipsis que
somos nosotros, el público en general, frívolos adoradores del becerro de oro
del consumo no sostenible y sus hijos la polución, el cambio climático, las
pandemias y el resto de las plagas con que se anuncia el fin del mundo. Y hay
que reconocer que en cuanto a la moraleja a transmitir la película es
impactante y provocativa (por eso estamos hablando de ella), poniendo al alcance
de todos una caricatura de los tópicos en torno al tecno-neoliberalismo
reinante: la influencia de los gigantes tecnológicos, la hipoteca de los
gobiernos con el poder económico, el big data, el populismo, la
polarización política, la desinformación, la instrumentalización de la ciencia,
los delirios conspiranoicos o la dificultad para arbitrar decisiones colectivas
(no digamos democráticas) de alcance global...
Pero ahora vayamos con la moraleja sobre la moraleja. Es
decir, con la crítica al mensaje crítico de la película (análogo al de parte de
la izquierda biempensante americana y, por extensión, de todos sitios).
Empecemos por el comienzo de la fábula. Que el desastre provenga del cielo es
sintomático. Que el presunto mayor problema (y trasunto de la película) al que
nos enfrentamos hoy sean la sostenibilidad y la crisis climática, y no el
hambre, la explotación y la miseria material y moral de millones de personas
(en tanto el 1% de la población acumula la mitad de la riqueza), algo que
sucede cotidianamente y que hemos aceptado sin más (y por lo que mereceríamos extinguirnos
cien veces), también es bastante sintomático. Sintomático de cómo la
distracción apocalíptica actúa como opio de los timoneles del pueblo. Y
no es que no haya una catástrofe climática en ciernes, ojo. La cuestión es a
qué desigualdades obedece y cuáles va a acrecentar (la crisis climática es una
enorme desgracia para la mayoría, y una fuente de oportunidades para la minoría
más poderosa); si no se comprenden y desactivan esas desigualdades no se
comprende ni se desactiva nada.
De otro lado, que en la película se muestre a la gente como
una turba infantil enganchada a la telebasura y a los móviles, manipulada por
demagogos e incapaz de ponerse de acuerdo en lo más evidente, es igualmente
reveladora de las inercias ideológicas que lastran el discurso progresista. Una
inercia que parece incapaz de entender las razones del apoyo de parte de la
población a opciones políticas “poco correctas” y que, en el fondo, se revela
tan poco democrática y tan populista como ellas.
Así, como ni las masas ni las perversas élites políticas son
capaces de razonar y deliberar, los redentores propuestos en la fábula de McKay
no pueden ser más que los expertos científicos. Aplíquese el cuento a la
gestión de la pandemia (y de lo que venga). La idea que sobrevuela es que los
ciudadanos somos incapaces de ponderar los riesgos (como el de colapsar los
cada vez más escasos servicios públicos), por lo que hemos de ser salvados de nosotros
mismos a golpe de leyes de excepción y partes televisivos. Se aduce que se
trata de una emergencia. ¿Pero quién garantiza que no vayamos a vivir en una
emergencia crónica (por ejemplo, climática), o que la gente vaya a ser capaz de
decidir con sensatez sobre cualquier otro asunto que le incumba? Dada la
inmadurez congénita con que se les retrata, ¿por qué permitirles ni tan
siquiera votar? Tras la idiotez, el ruido y la furia que destila esta historia
no parecen proyectarse, pues, otras salidas que las de rezar o someterse a una
suerte de tecnocracia despótica. Terrible disyuntiva. Otra opción, sin duda, es
pensarlo más a fondo.
viernes, 28 de enero de 2022
Universalidad, crítica y ética: el encaje de la filosofía en un currículum competencial.
Uno de los resultados de la participación en el II Congreso Internacional de Innovación Educativa, celebrado en 2021 de forma virtual, es la publicación de este artículo "Universalidad, crítica y ética: el encaje de la filosofía en un currículum competencial" en el libro Oportunidades y retos para la enseñanzas de las artes, la educación mediática y la ética en la era postdigital, coordinado por Elke Castro y editado por la Ed. Dykinson. Se puede descargar gratuitamente aquí.
miércoles, 19 de enero de 2022
Ciencia sin conciencia
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Miedo y desinformación suelen ir de la mano. Cuanto menos
sabemos sobre una patología, un fenómeno de la naturaleza, un cambio por venir
o cualquier otra situación peligrosa, nueva o diferente, menos seguros nos
sentimos frente a ella y más se desboca la imaginación en torno a sus más
temibles consecuencias. Por el contrario, el conocer qué son y cómo se
comportan las cosas que nos atemorizan nos permite prever los riesgos que
supone afrontarlas y actuar con serenidad y valor.
Durante milenios, la mayoría de los seres humanos han
enfrentado la incertidumbre y el miedo a través de mitos y rituales que, de
forma irracional pero emotivamente efectiva, proporcionaban explicaciones e
ilusorios mecanismos de control (la oración, el sacrificio…) sobre desastres,
enfermedades y todo tipo de acontecimientos dañinos o peligrosos. Hoy, las narraciones
míticas y las prácticas mágico-rituales han sido sustituidas (en nuestra
cultura, al menos) por la ciencia y la técnica, de manera que el miedo a los
terremotos, las epidemias, la locura o mil cosas más ya no se apacigua rezando
o acudiendo al curandero o el exorcista, sino reconociendo la naturaleza sujeta
a explicación de tales fenómenos y consultando al sismólogo o al médico.
Ahora bien, con ser mucho lo ganado, hay algo que hemos
perdido en este tránsito de la religión a la ciencia. Es cierto que en la lucha
contra la ignorancia y el miedo la religión solo suele ofrecer explicaciones
dogmáticas e ingenuas (como los mitos) y técnicas de control ilusorias (ritos,
amuletos…), pero incluye principios morales (no siempre puestos en práctica,
desde luego) y una cierta visión articulada del mundo que alienta la
cooperación (aunque tampoco la garantice) más allá de nuestra esfera particular
de intereses. La ciencia, en cambio, proporciona explicaciones precisas e
instrumentos de control más eficaces, pero carece de propuestas éticas,
políticas o metafísicas que sirvan para guiar la vida de la gente. El precio a
pagar por su fidelidad a los hechos y por la precisión matemática con que los
conforma, es su incapacidad para tratar de cosas que, como los valores e ideas,
determinan las decisiones colectivas e individuales.
Sin embargo, esta incapacidad de la ciencia no es fácilmente
admisible por sus ideólogos más recalcitrantes (aunque, paradójicamente, si
suele serlo por los propios científicos). Fruto de este positivismo cientifista
(que cree que la ciencia podrá resolverlo todo) y del irracionalismo moderno
(que niega la capacidad de la razón para dilucidar objetivamente las cuestiones
éticas, políticas o metafísicas) es el desequilibrio entre el progreso
científico y el moral (o el más propiamente racional, que no excluye a los
valores o a las cuestiones existenciales del ámbito cognoscitivo). Así, cuatro
siglos de brillantes avances científicos no solo no han servido para resolver
los grandes problemas de la humanidad (la desigualdad, la precariedad, la
intolerancia, el egoísmo, la violencia…), sino que han ayudado a crear otros
nuevos y peores (las armas de destrucción masiva, el agotamiento de los
recursos, la crisis climática…).
Un ejemplo de esto lo encontramos en la reciente pandemia.
De un lado, la ciencia ha sido capaz de desarrollar a toda velocidad las
vacunas para controlar su propagación. Del otro, nuestra ceguera ética y una incapacidad
irresponsable para comprender globalmente los problemas han impedido una
política de distribución equitativa de la vacuna a nivel mundial (con el
consiguiente perjuicio para todos). Lo mismo cabría decir de la controversia
entre las medidas para proteger la salud pública y los derechos de la
ciudadanía, o sobre la falta de resolución en torno a la crisis climática. ¿Qué
nos importan realmente los progresos en genética, inteligencia artificial o
computación cuántica, si no somos capaces de compartir unos principios éticos y
una concepción global de la realidad y de nuestro papel en ella que generen
convicción y eviten, por ejemplo, el cataclismo climático o la lucha feroz y
suicida por acumular recursos?
La solución, en fin, a los problemas de los que depende
nuestra existencia (no digamos a la cuestión sobre la finalidad o el sentido de
esta) no está en la invocación al “I+D”. No es formación o desarrollo científico
lo que más falta nos hace. Lo que más necesitamos es superar el estado de
inopia de la ciudadanía, revertir el desinterés y la ignorancia sobre los
asuntos éticos, denunciar el pragmatismo político imperante, y acabar con la
desorientación generalizada acerca de nuestro papel y responsabilidad con
respecto a los demás y al entorno. Si no atendemos a todo esto nos quedaremos
con lo que tenemos, esto es: con una ciencia sin conciencia, regida por los
intereses cortoplacistas del mercado y la realpolitik de las grandes
potencias. Y honestamente: no se me ocurre nada más incierto, imprevisible y
pavoroso.
miércoles, 12 de enero de 2022
No circulen
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hasta hace poco, cuando la gente se desmandaba en la calle
la policía los devolvía al redil a la orden de «circulen». Ahora la consigna es
la contraria: «no circulen». Es decir: no abandonen su casa (pueden contagiarse),
no se desplacen sin necesidad (alteran y contaminan el medio) y, sobre todo, no
salgan a trabajar, consumir o relacionarse fuera (todo ello se puede hacer cada
vez mejor de forma telemática). El mensaje, según algunos agoreros, parece claro:
concéntrense ustedes en estar sanos, en construirse una placentera vida virtual
y en producir y consumir lo máximo posible y al mínimo coste para los dueños
del negocio. ¿Es esto exagerado?
Es cierto, por ejemplo, que el dejar de «circular» es la
medida más eficaz para contener el coronavirus y sus variantes. ¿Pero
entendemos las consecuencias (mentales, sociales, cívicas) de una restricción
indefinida de la movilidad? Si no queremos que la pandemia se cronifique, los
recursos sanitarios (medicamentos, vacunas, patentes) tienen que circular por
todo el mundo, lo mismo que la información y la educación de la ciudadanía, que
es la que en último término ha de determinar el grado de riesgo a asumir y las
medidas a adoptar. En todo caso, y agoreros aparte, nadie sabe a qué va a dar
lugar este proceso de atomización y ralentización de la vida, multiplicado por
la pandemia, y por el que nos estamos acostumbrando a que casi todo contacto con
el mundo (el trabajo, la educación, la asistencia médica, la relación con la
administración, la información, el consumo, los contactos personales…) sea
reducible a una interacción a través de medios y empresas que nos prestan,
sospechosamente gratis, sus servicios tecnológicos.
«No circulen» es también una de las consignas de la lucha contra
la crisis medioambiental. Se nos pide que no viajemos en avión, que evitemos usar
el coche (incluyendo el eléctrico, tan perjudicial para el medio ambiente,
dicen, como el térmico), y que obremos con sumo cuidado para no dejar huella en
un entorno gravemente afectado por la acción humana. Y está muy bien. Todo eso
es necesario. ¿Pero estamos seguros de que es correcto pedírselo en los mismos
términos a los que viven en ciudades y en zonas rurales, a quienes llevan
generaciones dilapidando recursos y a quienes no tienen nada…? Mitologías
arcádicas aparte, restringir la movilidad puede significar un empobrecimiento
relativo de la vida. Y es un sacrificio que hay que compensar y redistribuir.
La versión apoteósica del «no circulen» es, sin embargo, aquella
que nos impele, como si de un privilegio o derecho conquistado se tratara, a no
movernos de casa para trabajar (tal como no lo hacemos ya para consumir,
entretenernos o relacionarnos con otros). Así, tras la deslocalización de las
fábricas y los mercados, parece que les llegara el turno a los individuos (a su
deslocalización unos con respecto a otros y de todos con respecto a su mundo
social). Es como si el modelo de la producción y el comercio a distancia
(operativo a todas horas, sin fronteras, a mínimo coste y con enormes
beneficios no regulados) se aplicara ahora al propio trabajador (productor a
todas horas, sin horarios fijos, sin fronteras entre el espacio de trabajo y el
doméstico, y a un coste muchísimo más bajo). Por demás, el teletrabajador
no solo ahorra a empresas y estados el coste de oficinas, tiendas o edificios
públicos, sino sobre todo el riesgo de asociarse con otros más allá de los
vínculos efímeros (y vigilados) de las redes sociales. El fin de este proceso
es una suerte de operario (consumidor, contribuyente…) «perfecto», esto es:
solo, clavado en su silla y controlado por una prodigiosa máquina (su ordenador
personal) que ve, registra, almacena e intenta determinar de forma sistemática
cada una de sus decisiones. Orwell no lo hubiera podido imaginar mejor.
Dicen que vivimos en una modernidad líquida, en la
que todo se mueve y circula sin referencia alguna. Pero lo que se observa es lo
contrario: que las cosas cambian realmente muy poco, y que las referencias, en
el fondo, están muy claras. ¿Quién puede moverse hoy de su sino económico, su
nicho social, su burbuja política y mediática o, más genéricamente, de su metaverso
o mundo virtual particular? Muy pocos. O tan pocos como siempre. Casi se diría
que nada circula hoy salvo el capital, que lo hace por todo el mundo, libre
de tasas, sin regulación o control externo y con un perfecto y digitalizado
dominio mediático sobre miles de millones de trabajadores precarios, sufridos
contribuyentes y consumidores compulsivos. Es esta, dicen (decimos) los
agoreros, la situación más dulce posible para el ejercicio de un poder omnímodo
e invisible (condición lo uno de lo otro) que nos quiere quietos, como estáticos
galeotes ante sus pantallas, dedicados a reproducir su dinero y ensimismados en
la tarea de construirnos – con cierta ilusión de movilidad – una pseudovida
virtual que nos salve de la que llevamos.
jueves, 6 de enero de 2022
La filosofía en los medios
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿No les parece raro que cada vez haya más filósofos en la
tele o la radio? De unos años a esta parte, y más allá de la ficción (recuerden
la serie Merlí), no cesan de brotar programas que buscan en la filosofía un
punto de vista distinto y de más largo alcance. Ahí están el Taller de
Filosofía de Reyes Mate, el Pienso luego existo y la sección de
Maite Larrauri (luego Miquel Seguró) en TVE. O las colaboraciones de Ana
Carrasco y Juan Carlos Ruíz en la Cadena Ser, además de la serie de programas
que ha ido produciendo Radio Nacional de España (Pienso, luego estorbo, Filosofía
en el viaje, Gente despierta, o los Diálogos en la caverna
que dirigí yo mismo junto al filósofo Juan Antonio Negrete). Y todo ello sin
contar con los innumerables canales de YouTube, podcasts, blogs y webs de
divulgación filosófica que proliferan en las redes.
Parece que, contra los tópicos al uso, la filosofía comunica
y llega a la gente. Algo que tampoco resulta difícil de explicar. Al fin, la
filosofía trata de problemas que no pueden dejar indiferente a nadie (el
sentido y naturaleza de la realidad, la identidad humana, la muerte, la verdad,
la justicia, la bondad, la belleza…), e invita a tratarlos en un diálogo
abierto que compele a todos a pensar y a pronunciarse.
Y todo ello a pesar de que la filosofía es – como cualquier
otra ciencia – un saber bastante críptico. No por elitismo alguno, sino por
tratar de cosas que rozan los límites mismos del lenguaje y que obligan a veces
a forzarlo, a inventarlo incluso. De cualquier manera, y pese a ese carácter
críptico, la filosofía atrapa a mucha gente. Quizás por esa especie de
expectativa (y necesidad) de sentido que se despierta o reaviva al contacto con
ella. Mis alumnos, por ejemplo, no siempre entienden todo lo que se debate en
clase, pero entienden muy bien que hay ahí algo muy grande que entender, algo
sin lo que la vida parece menos consciente e interesante. Pasa igual con muchas
obras de filosofía: uno se engancha a ellas porque anticipa que en ese
intrincado bosque de ideas y palabras en que apenas puede uno orientarse, se
esconde una forma nueva y reveladora de comprender las cosas.
Por otro lado, la abundancia de filosofía en los medios de
comunicación tiene que ver, a mi juicio, con una cierta afinidad entre estos y
la filosofía. Antes de nada, porque la filosofía no es más que un afán
permanente por comunicar. A diferencia de la ciencia (que cuenta con datos,
hechos, fórmulas, métodos…) la filosofía, que todo lo discute (empezando por la
existencia de los hechos o la validez de los métodos), no tiene otra manera de
ponerse a prueba que la de someterlo todo a la forma común de los argumentos,
de la razón comunicada, del diálogo.
Además, la televisión, la radio y las redes, en su obsesión
por visibilizarlo y desmitificarlo todo (nada queda hoy a salvo de la cámara,
el comentario, el aforismo, el diálogo vehemente de tertulianos o internautas…),
constituyen un nicho extraordinario para la proliferación de la filosofía. La
completa secularización del mundo impuesta por la caverna mediática –
ese plató universal sin paredes, escenario, altar o tribuna, en torno al
cual vivimos todos y en el que nada es ya indiscutible o sagrado – deja a la
filosofía (igualmente desmitificadora, desveladora, polémica) como una
instancia familiar en la que buscar sentido y anclar las inquietudes más
trascendentes. Fíjense que hasta el político se representa hoy como un filósofo
en los medios, rodeado de ciudadanos con los que habla y dialoga en el mismo
plano horizontal – sin ángulos ni desniveles, todo transparencia y equidad
democrática – que simula el plató mediático.
Por supuesto que sobre esto también hay (¿cómo no?) la
correspondiente controversia filosófica. De un lado (y por remedar la vieja
distinción de Umberto Eco), los más “apocalípticos” afirman que la presencia de
filósofos en los medios es una payasada que contribuye a legitimar el
embrutecimiento de la ciudadanía y a demostrar que todo, incluyendo la actitud
radicalmente crítica que compete a lo filosófico, cabe en la programación
televisiva. Y de otro lado, los “integrados” que creen (creemos) que hay pocas
cosas más interesantes para un filósofo que los medios de comunicación.
Básicamente porque es en ellos donde se construyen hoy la representación del
mundo y la misma conciencia representante. Solo allí, en esa caverna audiovisual
cuyas imágenes y voces constituyen y suplen nuestra propia conciencia, es donde
tiene sentido situar el espejo (siempre a romper por la Alicia del
cuento – en griego “Alicia”, alétheia, significa “la verdad” –)
de la especulación filosófica.
jueves, 30 de diciembre de 2021
Lo transversal y lo fundamental
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Una forma disimulada para decir lo mismo era recurrir a la transversalidad.
“Es que eso que tu das es tan importante – me decían sin reprimir
demasiado una sospechosa sonrisilla – que ha de impartirse de manera transversal”.
De manera transversal significaba igualmente “que lo podía dar
cualquiera” cuando lo considerase oportuno, lo que solía ser nunca (que, para
darlo mal, venía a ser lo mejor).
Con la nueva ley educativa (la LOMLOE) la cosa de la transversalidad
ha mejorado un tanto. Ahora no es algo marginal, sino estructural, de manera
que todos los profesores han de orientar la enseñanza de sus materias al logro
de unas mismas competencias transversales. Esto no significa que se
minusvaloren las materias, pues para ser realmente competente en algo (en
comunicarse con eficacia, en hablar idiomas, en aplicar la metodología
científica, en ejercer una ciudadanía activa, etc., etc.) hay que conocer los
fundamentos de esa competencia. Por ejemplo: la gramática con la que se
comunica uno, los paradigmas científicos que dan sentido a la
metodología… O los fundamentos éticos del comportamiento cívico.
Es curioso que la correspondencia entre ciertas competencias
y materias le parezca a todo el mundo muy clara, y que la que se da entre otras
no. Así, cuando dices que para desarrollar la competencia ciudadana o el
pensamiento crítico hace falta una sólida formación ética y filosófica (igual
que para desarrollar las competencias comunicativa o artística hacen falta
muchas clases de lengua o de plástica) todavía hay algunos que saltan con el
viejo cuento de la transversalidad. ¡Es que valores o pensamiento crítico lo
damos todos! (Es decir, cualquiera).
Craso error. La educación cívica y en valores requiere de un
saber profundo y especializado exactamente igual que la lengua, la matemática o
el inglés. Es cierto que en todas las materias se pueden transmitir valores
(igual que en todas se habla, o se calcula, o se puede hablar otro idioma).
Pero una cosa es transmitir valores y otra tratar de ellos (igual que una cosa
es hablar y otra tratar del habla, una calcular y otra estudiar las bases del
cálculo, etc.). Solo la ética se ocupa de la naturaleza y fundamento de los
valores, del marco filosófico en que se inscriben y de la controversia en torno
a su legitimidad.
Ocurre lo mismo con el llamado “pensamiento crítico”, una
competencia transversal (como todas) que también precisa de una materia en la
que no solo se use o ejercite, sino en la que se tematice y trate. Esta materia
ha sido siempre la filosofía. No por simple tradición, sino porque la filosofía
es la única disciplina especializada de manera general y radical
en la categorización y análisis de las ideas. Lo es de forma general
porque la filosofía trabaja en el espacio transdisciplinar a todos los saberes
y es, por así decir, la especialista en lo “global” (es decir, en tratar de las
categorías generales de lo real). Y lo es de forma radical porque la
filosofía es la disciplina que aplica el análisis crítico sin ángulos ciegos
(sin supuestos de partida), no solo verificando y valorando la información,
sino también los propios criterios de verificabilidad y valor (empezando por
los de la ciencia). Como suelen decirme los alumnos, la clase de filosofía es
la única en que se puede hablar críticamente de todo y en todos los sentidos
sin temor a “salirte del tiesto”.
Una educación, en fin, que promueva una verdadera
competencia ciudadana y crítica, más allá del simple adoctrinamiento en valores
o el reconocimiento de falacias o información falsa, ha de dotar a la
ciudadanía tanto de la capacidad ética para legitimar esos valores, como de la
capacidad filosófica para generar representaciones organizadas de la realidad
(la desinformación juega con el desorden y la mezcla de categorías), analizar
todo tipo de supuestos infundados, y plantearse cuestiones lógicas y
epistemológicas con cierto nivel de complejidad.
Valórenlo críticamente. La escuela como mera transmisora de
información carece ya de sentido. Disponemos de ella por todas partes. De lo
que se trata ahora es de enseñar a los alumnos a organizarla y analizarla
críticamente; y a sobreponerse a ella, actuando con autonomía de criterio y en
orden a principios éticos. Y todo eso, en sentido propio, no lo puede
enseñar cualquiera.
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