lunes, 1 de noviembre de 2021
Sobre el día de los difuntos
Una breve reflexión sobre el día de los difuntos. Hoy en El Periódico Extremadura.
martes, 26 de octubre de 2021
Psicólogos y botellones
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿Deliro si afirmo que vivimos en una sociedad
“psicopatologizada”, en la que muchos de los problemas sociales o morales se pretenden
arreglar con psicólogos? ¿Es paranoico decir que la psicología forma parte hoy
del dispositivo ideológico que nos amansa y ciega con el mayor de los cuidados?
¿Supone un exceso de psicopatía por mi parte, en pleno frenesí
publicitario-institucional en torno a la salud mental, expresar mis dudas al
respecto? Vayamos por partes.
No hay duda de que el Estado debe ofrecer atención
psicológica y de calidad para todos, ni de que hay que dejar de estigmatizar la
enfermedad mental (un estigma debido, en parte, a que afecta a nuestra
identidad como personas en mucha mayor medida que la enfermedad física). Ahora
bien, dicho esto, y dejando las enfermedades mentales a un lado, ¿deben los
psicólogos ocuparse del malestar emocional que destila por todos sus
poros nuestra sociedad del bienestar?
Yo creo que no. Primero porque ese malestar solo es
“emocional” en la medida en que no se deja analizar y entender fácilmente, por
lo que lo que hay que hacer es dar a la gente herramientas intelectuales para
hacer ese análisis (esto es: educación crítica, y no bonos para el psicólogo).
En segundo lugar, porque ese malestar tiene causas objetivas (económicas,
sociales, ideológicas) que solo pueden resolverse reevaluando nuestros valores
(y actuando en consecuencia), algo que en ningún caso compete a la psicología
como tal.
Dicho de otro modo: un psicólogo no es un sabio consejero
espiritual, ni un filósofo experto en ética, ni un mago o sacerdote que te
asegure la bienaventuranza. Así, si el mundo te parece una bazofia, o te das
cuenta de que la vida no tiene sentido, o reparas con angustia en la soledad y
miseria material y moral que te rodea, la solución no es hacer terapia. La
terapia psicológica no puede suplir el análisis político, ético o filosófico
sobre la propia vida, ni el compromiso para cambiar las cosas que deviene,
eventualmente, de dicho análisis. Y estoy seguro de que los psicólogos estarán
en esto de acuerdo conmigo.
El uso ideológico de la psicología como presunto remedio
para todo arraiga, por demás, en la ingenua (yo diría que religiosa) creencia
contemporánea en la omnipotencia de la ciencia para solventar nuestros
problemas. La gente piensa que igual que el científico puede resolver
(mágicamente, porque poca gente entiende cómo) problemas técnicos o logísticos,
puede resolver también, encarnado en la figura del psicólogo, todo tipo de
asuntos morales o existenciales. Pero nada de eso. No hay psicólogo o experto
científico que nos libre de pensar en cómo debemos conducir nuestra vida para
ser realmente dignos o felices.
La psicopatologización de los problemas sociales y morales
se extiende a todos los ámbitos. Estos días he tenido que escuchar, por activa
y pasiva, que la creciente ansiedad y preocupación de los jóvenes no es la
lógica consecuencia de sus escasas perspectivas de empleo, de la precariedad en
la que viven, de las ideas erróneas sobre el éxito que les hemos metido en la
cabeza, o del debilitamiento de los lazos comunitarios frente a la vorágine del
narcisismo digital, sino, simplemente, de que “sufren de más trastornos
mentales”. Así, más que una masa de jóvenes en situación de hartazgo y tal vez
proclives a forzar un cambio sociopolítico, lo que conseguimos es una panda de
trastornados cuya principal reivindicación es contar con más terapeutas. La
estrategia, calculada o no, es perfectamente perversa.
Seamos claros. Lo que necesita la juventud no son
psicólogos, sino perspectivas e ideas ilusionantes con las que dar sentido y
transformar al mundo. Y también, y como diría un marxista, una cierta
“conciencia de clase”. Es necesario recuperar los lazos de camaradería y
solidaridad intra e intergeneracional, dañados por el ultraindividualismo de
nuestro tiempo y acentuados por la cultura digital y la pandemia. En este
sentido, diría que hasta un botellón es más “saludable” que hacer terapia
on-line. Si le quitas el elemento criticable del alcohol (una crítica cuando
menos curiosa en un país en el que hay veinte veces más bares que bibliotecas),
el fenómeno del botellón no es más que una forma “low cost” de cultivar los
lazos sociales en el único lugar accesible que aún no está sujeto al negocio (y
al control) digital, y que la mayoría de los jóvenes pueden sentir como suyo, y
que es el espacio público.
El día, por cierto, en que los jóvenes ocupen ese espacio no
solo para beber y charlar, sino para exigir con justa fiereza el futuro que
descaradamente les negamos, no iba a haber psicólogos (ni bares) suficientes
para paliar nuestra apoltronada y culpable angustia de adultos.
lunes, 18 de octubre de 2021
Asignatura pendiente
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Cada vez que le cuento esto a mis alumnos, alucinan. En
parte porque estas cosas, por suerte, casi ya no pasan (o eso espero). Era mi
último año en el bachillerato nocturno y, como trabajaba, decidí, de acuerdo
con los profesores, dejar un par de asignaturas para septiembre; una de ellas,
mi favorita: Historia de la Filosofía. Tras estudiar a fondo y a placer durante
el verano, hice mis exámenes lo mejor que pude, incluso con virtuosismo (ese
virtuosismo amateur – y un tanto arrogante – del adolescente apasionado
por una materia). Pero, para mi sorpresa, la profesora de Filosofía me puso un
insuficiente como un castillo. ¡Un suspenso, y en filosofía! No solo se trataba
de un golpe para mi ego, sino, sobre todo, de la condena a repetir curso con
una sola materia, y a aplazar un año entero el examen de acceso a la
Universidad.
De nada sirvió que al revisar la prueba no pudiera
mencionarme ningún error de relevancia, ni que el resto de los profesores
intercediera por mí, ni el notable de mi nota media. A la profesora no le
parecía suficientemente bueno mi examen y punto. Y entonces, cuando ciertos
profesores decían “y punto”, no había nada que hacer. Se podía reclamar, pero
era perder el tiempo. Un desastre. Pensé hasta en dejar los estudios. Mi única
y mísera satisfacción fue volver al instituto, recién acabada la carrera (de
Filosofía, claro) y, con no sé qué pretexto, exhibir ante aquella profesora la
sucesión de matrículas de honor de mi expediente, las becas, el premio del
Ministerio, las primeras publicaciones…
Me quedé muy a gusto, sí. Pero el año académico que absurdamente perdí
(y todo lo que ello supuso) no me lo quitó nadie.
Dicho esto, entenderán ustedes que aplauda, casi
incondicionalmente, una ley educativa que, como la presente, viene a garantizar
que las decisiones sobre la promoción de los alumnos sean obligatoriamente
colegiadas incluso cuando hay suspensos. ¿Por qué? Porque una decisión tan
compleja y determinante no puede depender de una sola persona, sino de todo el
equipo docente, y de la ponderación lo más objetiva posible de todo un plantel
de factores, y no solo de la valoración individual de un examen.
¿Que esto es difícil? Sí, claro. Educar es, en general, muy
difícil. ¿Qué habrá que establecer criterios para no incurrir en
arbitrariedades o agravios comparativos? Por supuesto. ¿Que esto va a convertir
algunas sesiones de evaluación en algo más complicado que discutir sobre las
décimas obtenidas en una prueba, o sobre lo “cortito” o lo “vago” que es un
alumno? ¡Ya era hora! Tratar con complejidad lo complejo de evaluar a los
alumnos es una vieja asignatura pendiente con la que, inexplicablemente, hemos
pasado una y otra vez de curso y de ley educativa.
De otro lado, hay quien dice que permitir que se titule con
uno o dos suspensos es el acabose de la “cultura del esfuerzo”. Pero
esto resulta igualmente discutible. Partamos de la idea, que nadie niega, de
que el esfuerzo es necesario para aprender. Pero también del hecho de que solo
aprende el que quiere, es decir, el que comprende el sentido y el valor de lo
que le enseñan. Así, si “esfuerzo por aprender” significa entregarse con
firmeza a una tarea por decisión propia y porque se cree que vale la pena, ¿tan
terrible es titular o promocionar a un chico o chica que se ha esforzado en la
mayoría de las materias, pero no ha logrado descubrir el interés o valor de
alguna? Salvo excepciones, que habría que considerar, no creo que esto sea, en
este ámbito formativo al menos, ningún error de bulto. A no ser que lo que
también queramos “enseñar” a los chicos es a pasar por el aro de aparentar
aprender a toda costa lo que no quieren ni entienden, memorizándolo y
reproduciéndolo mecánicamente (es decir, a no ser que queramos cambiar el
esfuerzo genuino y con sentido, por el esfuerzo ciego y embrutecedor).
¿Pero queremos eso? ¿De qué sirve el esfuerzo sin sentido?
¿Qué tiene que ver con la educación, es decir, con la relación entre el deseo
innato de aprender y la competencia del profesor para encauzarlo desde la
convicción en el valor de lo que enseña? Yo creo que nada.
Es, además, llamativo que se le exija al alumno demostrar
constantemente su esfuerzo, mientras que este se le suponga, por defecto, y
casi de forma vitalicia, al profesor. Algo que no casa con el principio de que
un fracaso educativo es cosa de todos: del que enseña (que es el profesional),
del que aprende, y de lo que rodea a ambos. Aunque solo paguen, como de
costumbre, los más débiles. Por eso yo, tras mi insuficiente en aquel examen de
Filosofía, tuve que quedarme un año en el dique seco, y la profesora que,
contra toda evidencia y frente a todos sus compañeros, determinó que no merecía
superar el curso, siguió con su vida tan campante, y sin que nadie le exigiera
repetir algún tramo de su, me temo que inexistente, formación pedagógica.
lunes, 11 de octubre de 2021
¿Es democrático hablar mal?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Una de las máximas más certeras que conozco es esa de que “por la boca muere el pez”. Aunque se usa para aludir a gente poco discreta o mentirosa, se refiere también al hecho, obvio, de que es a través del habla como se desvela lo que las personas son.
Seguramente, todos tenemos la experiencia de topar con
individuos de lo más aparente que, al mostrarnos su incapacidad para hablar o
dialogar con inteligencia y sentido, han perdido, de golpe, todo su atractivo
inicial. A lo sumo, y en caso de expresarse en algún otro lenguaje de menor
rango – digamos, no sé, el de los mimos o los músicos –, se les ha podido
aguantar un rato – todo lo sublime que quieran –, pero no más. Al fin, no solo
de imágenes y emociones vive el hombre.
A veces pongo a mis alumnos en una reveladora disyuntiva.
Tienen que irse a vivir para siempre a una isla desierta, y solo pueden elegir
a uno de estos dos acompañantes: un perro que habla, o un ser de aspecto humano
(todo lo atractivo que quieran) que únicamente puede ladrar. La mayoría escoge,
sin dudarlo, al perro. Intuyen que un ser que no pueda comunicarse en un
lenguaje verbal (o en algún otro análogo, como el de signos o el código
Braille) ni siquiera merece claramente la categoría de “humano”.
Ocurre algo similar si colocan a un niño pequeño frente a la
representación de un objeto u animal que hable como una persona y, a
continuación, ante un personaje con forma humana que solo emita sonidos
mecánicos o propios de otros animales. En el primer caso, el niño se
identificará rápidamente con la cafetera habladora o el dragón parlanchín; en
el segundo, probablemente se asuste y no quiera saber nada con el “monstruo”
aquel. Lo humano del ser humano – lo saben hasta los niños – está, pues, en el
hablar.
Tal vez parezca simple, o injusto, pero solo encuentro dos
criterios fiables a la hora de evaluar como tal a una persona: su aptitud para
dialogar con honestidad y empatía, y que sepa escribir o, cuando menos, hablar.
No me interesa (ni me fio de) la gente que no es capaz de rebatirse a sí misma
(que es la forma más seria de reírse de sí) o de emplear el lenguaje con cierta
pulcritud. Sin duda, se puede saber dialogar y escribir, y ser un canalla. Pero
en este caso hay cura. Quién, en cambio, no domina el lenguaje, no domina su
pensamiento; y quien no domina su pensamiento no tiene forma alguna de
dominarse a sí mismo.
Crear o recrear – interpretándolo – un texto, trazar en él
un mapa de ideas y operaciones, sembrarlo de hipótesis, abonarlo con argumentos
y contraargumentos, y dejar, con todas sus podas, que crezca por sí solo, es el
único modo que concibo de desvelar o dar a luz lo que uno piensa – tan
distinto, a menudo, de lo que cree pensar –. Decía Platón que la escritura
sustituye el pensamiento por la memoria. ¡Pero lo decía en uno de sus más
prodigiosos escritos! Fuera de ese combate mayéutico, en fin, con el
lenguaje y el texto – compendio de todo diálogo posible –, que es el arte de
escribir, apenas cabe aventurarse en el pensamiento.
Escribo todo esto, no para insistir en aquello de la
degradación actual del lenguaje – algo que es cierto, pero que también hay que
valorar en el contexto de unos índices de escolarización o de acceso a los
medios multiplicados en muy poco tiempo –, sino más bien para denunciar la
perversa idea de que esa degradación en el uso de la lengua (incluso la
administrativa o la educativa) es poco menos que un requisito democrático.
Circula así la consigna, por claustros, consejerías o
ministerios, de que, “para que todo el mundo lo entienda”, hay que simplificar
(que no es lo mismo, sino lo contrario, a veces, que clarificar) medios
y mensajes, aliviando al lenguaje de estructuras complejas, párrafos extensos,
vocabulario excesivo y argumentos que no quepan en el espacio de un tuit (que
es el formato ya asentado de la declaración pública). Pareciera que la
Administración se empeñara en imitar la economía del lenguaje verbal (y de la
inteligencia) que imponen los medios audiovisuales.
Ahora bien, el imperativo de vulgarizar el lenguaje solo responde a una idea muy burda de lo que es “democrático”. La democracia es el gobierno del pueblo. Pero el pueblo ha de gobernar algo, digamos el Estado, que posee una entidad y unas funciones propias, entre otras la de capacitar o educar a la gente que ha de gobernarlo. Y educar no equivale a homogeneizar la práctica del lenguaje, sino a reconocer lo valioso de su heterogeneidad y promover aquellos usos que más y mejor nos permiten ser y comunicarnos. Hacer apología de la simpleza, en una época tan complicada de pensar como esta, es otra manera – otra más – de infantilizar, tutelar y entontecer plácidamente a la gente, manteniendo las desigualdades fundamentales bajo la apariencia de que, como hablamos igual (de mal), estas han dejado de existir.
miércoles, 6 de octubre de 2021
El bautizo de Noa
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura y El Diario de Mallorca.
“¿Pero es que nadie piensa en los niños?”, exclama con
frecuencia Helen Lovejoy, la esposa metomentodo del reverendo de Los Simpson,
que acostumbra a soltarla gimoteando, venga o no a cuento, en las más
variopintas circunstancias. Supongo que el guionista la introdujo con el fin de
satirizar el lacrimógeno y demagógico recurso de apelar a los niños para
enturbiar emocionalmente cualquier disputa. O, quizá también, para señalar a
aquellos que, aunque digan lo contrario, ni por asomo piensan de verdad en los
niños.
Me acordé de la frase en mitad de un bautizo al que asistí
hace unos días. Una de las niñas a bautizar tenía ya diez años, y el cura, en
buena lógica, le preguntó que con qué nombre quería ser bautizada. La niña, de
nombre Miriam, tras unos minutos de perplejidad, y ante la insistencia del
cura, acabó por responder, y con una vocecita apenas audible le dijo a toda la
Iglesia que como quería llamarse de verdad era Noa. La cara de los padres era
un poema. El cura intentó mediar y propuso Miriam Noa. Pero la madre estalló
entonces: “ni Noa ni Noe – vino a decir –, la niña se llamará Miriam y
sanseacabó”. El espectáculo fue patético. Me pregunto que hubiera pasado si la
niña, en lugar de Noa, hubiera pedido llamarse Juan José.
La anécdota es significativa de lo poco o nada que
respetamos a los niños, y de cómo, bajo toda la pringosa sensiblería al uso,
poca gente piensa realmente en ellos. Dudo que la humillación que recibió el
otro día esa niña, al comprobar como su timidísimo arrebato de voluntad era
aplastado delante de todos, y en mitad de una ceremonia sagrada, pueda
olvidársele fácilmente.
Pero no solo se trata del nombre (algo tan personal), o de
frivolidades como la decoración del cuarto, el corte de pelo o la ropa que se
usa (que algunos padres escogen para sus hijos como si jugaran con muñecos). La
tiranía y el poder arbitrario de los adultos se expresa en cosas mucho más
serias, imponiéndoles, sin razonar ni escucharlos, actividades, afinidades y
normas, amén de – y esto es lo más grave – ideas, creencias y valores de todo
tipo.
Con lo anterior no estoy diciendo que no haya que transmitir
ideas y valores a los hijos (¿qué sería educarles si no?), sino que es una
completa falta de respeto a su personalidad hacerlo de modo dogmático y
excluyente. Como si, por ser pequeños, no hubiera que darles razones y
concederles la palabra. O como si se fuesen a “contaminar” por relacionarse con
ideas y valores distintos a los de su entorno. El “las cosas son así y punto”,
o el “porque lo digo yo (que soy tu padre, madre, profesor…)”, son dos de las
mayores agresiones que se pueden cometer sobre ese ser racional en ciernes que
es un niño. De nada sirve dejar de darles bofetadas (costumbre ya superada, por
suerte) y seguir maltratándoles con esos golpes morales a su dignidad.
Otro caso claro de esta transmisión cerril y dogmática de
ideas y valores es el protagonizado por aquellos padres empeñados en llevar a
sus hijos a colegios estrictamente acordes con sus creencias. Este obtuso deseo
es parte del no menos perverso argumento de que los padres tienen derecho irrestricto
a escoger la educación moral de sus hijos. Un derecho que, obviamente, no
solo ha de estar limitado por el sentido común y por el Estado (es decir, por
la sociedad en su conjunto), sino también y, sobre todo, por el propio derecho
de los hijos a ejercer su libre criterio y elegir sus propios valores.
Ahora bien, para que los niños puedan ejercer ese derecho
hay que educarles en el aprecio de la pluralidad y el ejercicio de la
autonomía, invitándolos a desarrollar esas capacidades que resultan igualmente
fundamentales para ser buenos ciudadanos: las del diálogo, el razonamiento y el
respeto por los que no piensan como nosotros. Lejos de encerrarlos en “burbujas
ideológicas”, se trata de invitarlos a que conozcan ideas y valores distintos,
exponiéndolos así a contradicciones y dilemas que vayan alimentando y afinando
su propio juicio moral.
Porque a todo esto, sepan, quienes aún no lo saben, que los
niños, desde muy pequeños, piensan. Y que piensen quiere decir que, con un
lenguaje a veces pleno de imágenes, pero también de sentido, son capaces de
dudar, preguntar, pedir y dar razones, inquirir si algo es bueno o malo, justo
o injusto, verdadero o falso, así como de distinguir contradicciones y malos
argumentos (¿qué niño no sabe, desde muy pronto, lo que es una contradicción,
oyendo y viendo, por ejemplo, lo que dicen y hacen luego sus padres?).
Si los niños, en fin, además de materias tan abstractas como
matemáticas o geografía, aprendieran desde el principio ese más concreto saber
que es el de la reflexión y el diálogo sobre valores, habría muchas más noas
en el mundo, y muchos más padres, madres y maestros convencidos de que “pensar
en los niños” no es lo mismo que pensar por ellos.
jueves, 30 de septiembre de 2021
Astérix y los pueblos indígenas
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Mallorca.
Sale a la luz que una comisión escolar canadiense ha quemado
o destruido cerca de cinco mil obras de las bibliotecas de Ontario por
considerar que presentaban estereotipos de los pueblos indígenas, eran
irrespetuosos con sus prácticas culturales o, simplemente, contenían términos
como “indio” o “esquimal”, considerados hoy peyorativos. Entre las obras
destruidas se encuentran ejemplares de Astérix o Tintín, así como novelas y
cuentos dirigidos al público infantil y juvenil.
No por esperables, dejan estas cosas de generar
preocupación. Digo esperables porque hace ya tiempo que las guerras culturales
se han convertido en novedoso opio y fuente de adrenalina política para el
pueblo. Juzgar moralmente a los demás siempre pone, y en este resurgimiento del
espíritu puritano mucha gente se está acostumbrando a exigir (o peor: a
tolerar) que se prohíba todo lo que parezca ofensivo a cualquier minoría o
colectivo con capacidad de convocatoria. Comenzaron con la cultura popular,
censurando series de TV, canciones de rap o películas de Walt Disney. Metieron
luego la cabeza en los museos, con campañas para retirar obras de arte “poco
edificantes”. Y hace años que andan destrozando bibliotecas y removiendo
estatuas. Todo esto a la vez que mantienen campañas de acoso y derribo de todo
aquel o aquella (artistas, profesores, humoristas…) que no comulga con el pack
biempensante.
Más allá de lo difícil que resulta soportar a estas hordas
de iluminados odiadores (obsesionados por los “delitos de odio” de quienes no
odian lo que ellos), de su insufrible complejo de superioridad moral (que les
impele a protegernos paternalmente de todo mensaje pernicioso, como si fuéramos
cretinos morales), y de la absoluta ineficacia de sus métodos (¿habrá algo que
incite más a la lectura que prohibirle un libro a un niño? ¿Y algo más
educativo que leerlo con él?), el problema más grande y profundo que parece
tener este tipo de ultras puritanos es el de la risa.
Y no les faltan motivos. Fíjense que los argumentos, por
razonables que sean, se pueden desactivar fácilmente con falacias, eslóganes,
ataques o apelaciones al activismo o la emoción, pero la risa es siempre
incontenible y casi siempre incontestable. Una buena broma nos deja sin
réplica. Si el insulto suele descalificar a quien lo emite, la burla, cuando es
efectiva (es decir, cuando da la risa), deja en evidencia al burlado. Y esto,
siempre tan conveniente, de que se rían de ti y de lo que dices, no lo soporta
cualquiera. Y menos un fanático.
Tal vez por esto, la liga de colegios católicos de Ontario
aficionada a quemar libros la haya tomado con Astérix el Galo, la divertidísima
colección de historietas de Uderzo y Goscinny en que los autores se burlan
amablemente de todo y de todos (empezando por los propios galos, que son
constantemente caricaturizados, junto a los belgas, los ingleses, los
españoles…) y en la que, curiosamente, lo que se transmite – de forma harto
ingenua – es una defensa a ultranza del indigenismo frente al imperialismo
romano.
Y digo de forma ingenua porque – ahora que andan moviéndose
y derribándose estatuas de Colón y otros –, los pueblos indígenas no son ni han
sido unos ángeles que no merezcan, como todo dios, su ración de burla y
crítica. Lo siento por los que siguen creyendo en el bíblico (o rousseauniano)
mito del Edén, pero no hay pueblo o civilización, por colonizada que haya sido,
que no tenga sus luces y sus sombras. De hecho, algunos de los pueblos
conquistados fueron, antes, tiránicos y crueles conquistadores de otros como
ellos. Y muchas sociedades de cazadores-recolectores son y han sido tan
belicosas y sanguinarias como sus medios les han permitido. Desengáñense: hasta
ahora, y salvo casos marginales, ningún grupo humano se ha asentado sobre un
territorio sin usar de la fuerza para ocuparlo y/o para evitar la intrusión de
otros, y me temo que muy pocos, si es que alguno, ha dejado de aprovecharse,
cuando la opinión la pintaban calva, de las debilidades del vecino.
Esto no quiere decir, obviamente, que uno apruebe o tolere la
humillación, la marginación o el genocidio de los pueblos indígenas, ni que
ponga al mismo nivel a los hoy poderosos y a los que ya no lo son, ni que no
haya que resarcir, en justicia, a todas las víctimas posibles de todos los
atropellos cercanos. Lo que hay que tener claro es que la batalla para
erradicar las relaciones de dominación tiene que proyectarse hacia el futuro,
sin negar o mitologizar el pasado, sino reconociéndolo como tal y aprendiendo
de él. Quien no conoce y comprende la historia está condenado a repetirla. La
prueba está en observar a estos aprendices canadienses de Torquemada.
domingo, 19 de septiembre de 2021
La «patologización» de lo moral
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura
Borrachos, jugadores, salidos, avariciosos, empollones, tragaldabas, traviesos… Para todas estas calificaciones morales se dispone hoy de un sustituto médico: alcohólicos, ludópatas, víctimas del síndrome de hipersexualidad, workaholics, aquejados del trastorno de apetito desenfrenado, afectados por déficit de atención e hiperactividad … No son los únicos. También tenemos los adictos a internet (ciberdependientes), a las compras (oniomaniacos), al ejercicio físico (vigoréxicos), a la comida sana (ortoréxicos), al running (runnoréxicos), a los viajes (dromómanos), al dinero (crematomaniacos), al móvil (nomofóbicos)… Gran parte de las conductas que, con el lenguaje de antaño consideraríamos moralmente censurables o anómalas, tienden a considerarse ahora como trastornos psicológicos.
Convertir presuntos defectos morales en problemas médicos
tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja es el conocimiento profundo
de ciertos patrones de conducta antes caricaturizados y atribuibles a simple
malicia o cretinez. La desventaja, y no pequeña, consiste en concebir a la
gente como víctimas pasivas de todo tipo de enfermedades, en lugar de como
personas capaces de tomar sus propias decisiones.
Para algunos filósofos, esta “patologización” de los
comportamientos anómalos o indeseables sería un síntoma más del
“posmoralismo” hedonista e infantiloide en el que, tras el ocaso de los grandes
ideales, se hunde nuestra civilización. En el reino de la posverdad y del
relativismo de los valores – suelen decir –, no hay otro fin que el del culto
al cuerpo y la rápida satisfacción de los deseos particulares, de manera que
las conductas descontroladas (que proliferan en este caldo de cultivo) son
concebidas como simples disfunciones a eliminar, sin mayor esfuerzo (moral),
por el profesional (el psicólogo) de turno. Además – siguen diciendo – esta
reducción de lo moral a psicología (de lo “bueno” al “bienestar”) representa la
excusa perfecta para que el Estado, en aras de garantizar la seguridad y la
salud de los cuerpos, restringa las libertades y los derechos individuales…
Yo creo, no obstante, que hay algo más viejo y profundo en
esta patologización de lo moral.
Hagamos un poco de “arqueología” filosófica. Ya en la época clásica, y
frente a la extravagante (pero exquisitamente lógica) teoría
socrático-platónica de que toda conducta humana es fruto del conocimiento (o de
la falta de él), algunos pensadores, como Aristóteles, reaccionaron postulando
la existencia de la “acrasia”: un misterioso estado pasional de
debilidad por el que las personas eran incapaces de llevar a cabo aquello que
les dictaba su razón. Ante esta incomprensible “autorresistencia” solo cabía la
fuerza de voluntad. Toda la moral occidental descansa, desde entonces,
sobre este voluntarismo, según el cual la persona buena es
aquella que, dominando voluntariosamente sus pasiones más irracionales,
es capaz de imponerse a sí misma lo que su entendimiento reconoce como digno o
valioso.
Ahora bien: si la voluntad es la mediación entre razón y
sinrazón, ¿de qué naturaleza, racional o irracional, es ella misma? Esta
cuestión no es fácil de responder. Para los platónicos, la voluntad solo tenía entidad
confundiéndose con la razón, mientras que para los aristotélicos se
identificaba con ciertos hábitos o virtudes prácticas. Durante la Edad Media,
la voluntad moral se vinculó con la fe y la gracia divina, y, en la modernidad,
con una suerte de entidad metafísica ajena a toda explicación científica (Kant)
que acabó resolviéndose en pura irracionalidad (Schopenhauer, Nietzsche). Tras
este recorrido, después de la “muerte de Dios”, y de las ideologías
justificadas en la “voluntad de poder”, ¿qué podría quedar hoy de ese vetusto y
cuasi maldito concepto de “voluntad”? Nada.
Ahora, muerta la voluntad, solo quedaban dos instancias a
las que acoger el criterio moral: el entendimiento, volviendo así a la
tesis platónica (lo bueno es lo que determina la razón), y la emotividad
(lo bueno es lo que me hace sentir bien), que es sobre lo que finalmente se
fundó nuestra “sociedad del bienestar”.
¿Qué es entonces, desde esta concepción postmoderna y sensualista, un problema
moral? Respuesta: un simple estado emocional de malestar (como el
que siento cuando no puedo dejar de beber, jugar, trabajar, etc.). ¿Y cómo ha
de solventarse? Como diría Spinoza, con una pasión más fuerte, esto es:
mediante un estado de pasividad aún mayor, inducido desde fuera, por alguien
que (por nuestro bien) nos somete, trata, cuida y dirige. En esto
consiste fundamentalmente la patologización actual de los problemas morales: en
el ocaso de la voluntad y el triunfo de lo irracional, de la acrasia y de las
pasiones. Incluso de la pasión por lo patológico mismo. Hasta el punto de que
no sé si seguir pensándolo o hacérmelo mirar.
miércoles, 8 de septiembre de 2021
Garzón y la cruzada contra el juego
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El ministro de Consumo afirma que el juego es malo, o insano
(que es lo mismo, pero oculto bajo un aséptico tecnicismo). Y que, dado que es
malo (o insano), hay que regular al máximo su publicidad, no sea que nos
pervierta, débiles e influenciables como somos. ¡Suerte tenemos de este
ministro que nos salva de nosotros mismos!
Qué juego, por cierto, es el que es malo (insano), no lo
deja muy claro el ministro. Porque juego, lo que se dice juego, lo es casi
todo. Y si por malo (insano) entendemos lo que, por ejemplo, es peligroso,
igual habría que empezar por censurar la publicidad bancaria o bursátil (el
juego especulativo arruina vidas y haciendas). Ah, y las canciones de amor (no
hay juego más doloroso que el del querer), cosa esta última (con lo de la bolsa
no se van a atrever) que, dada la vocación moralizadora y profundamente
intolerante de algunos, no descarto en absoluto.
El ministro aclara que los juegos que son malos (insanos)
son los de azar. Pero azar lo que se dice azar lo hay en todo juego. ¿Se
refiere al bingo, a las rifas benéficas, a las tómbolas, las timbas, al dominó
de los jubilados, a los concursos de la tele…? Dado el castizo vicio que
tenemos, por ejemplo, con la compra de loterías y cupones, ¿va a hacer el
ministro que el anuncio del Gordo de Navidad, o los entrañables comerciales de
la ONCE, se emitan también de madrugada?
Pero no. Según el ministro, los juegos malos-malos son los
juegos de azar que tienen que ver con el (no menos lúdico) asunto del deporte.
Ahora bien: ¿esto descalifica las quinielas o las porras del bar? No. Las
quinielas, además, son un juego de apuestas deportivas controlado por el propio
Estado. El juego malo (insano) de verdad es, en fin, el de las apuestas
deportivas privadas que prolifera libre y legalmente en páginas de internet y
locales (prohibidos a menores) en los que ningún ciudadano está obligado a
entrar. ¡Una locura de libertinaje que nuestro santo ministro no puede
permitir!
Subamos el nivel. Preguntémosle al ministro por qué son
malas (insanas) las apuestas deportivas (no controladas por el Estado). Porque
otros celosos y puritanos defensores de las buenas costumbres – las damas
católicas, los evangelistas, el Ejército de Salvación… – tienen sus bien
asentados motivos religiosos. ¿Y nuestro ministro? Dado que malo
equivale a insano, la cosa debe ser un asunto de salud. Y en efecto: los
juegos de azar (relacionados con el deporte y no controlados por el Estado) son
malos porque pueden crear (¿solo ellos?) “adicción”. He ahí la
palabra mágica que lo justifica todo. El asunto es, pues, de “salud pública”,
de “seguridad”, vaya. Y ante esto no hay libertad ni moralidad individual que
valga.
Porque ya saben, al ser asunto médico (y no moral), los
problemas dejan de ser responsabilidad de cada uno, y pasan a ser asunto de
expertos y del ministerio técnico del ramo. Así, la idea subyacente es que el
jugador frecuente (el aficionado a las apuestas deportivas no estatales) no es
un vicioso responsable de lo que hace, sino un pobre enfermo, un
disminuido moral, un niño desvalido necesitado, no, quizá, de un mejor juicio
(si es que necesita tal cosa), sino de un ejército de técnicos y terapeutas que
le ayuden a corregir su insana conducta.
Acabamos. ¿Tiene entonces que protegernos el bueno del
ministro del riesgo de convertirnos en “ludópatas” (ya que el concepto moral de
“vicioso” parece descatalogado)? Pues depende. En un país de ciudadanos dueños
de su vida y no sujetos más que a su conciencia y a sus particulares vicios, no,
en absoluto. En un país de menores de edad temerosos de los infinitos peligros,
adicciones o virus que amenazan su salud y seguridad, y convencidos de que
necesitan un Estado que los proteja hasta de sí mismos, por supuesto que sí.
Y adivinen hacia cuál de estos dos tipos de sociedad nos acercamos casi
adictivamente.
Los demás va de suyo. Como el ministro ha decidido que jugar
a ciertos juegos de azar es insano, y la ciudadanía ha asumido que el Estado le
proteja de todo lo que el Estado declara insano, el mismo ministro, contando
con la minusvalidez de esa infra ciudadanía, ha determinado censurar y regular
los mensajes que recibimos (e incluso quién los emite, prohibiendo que “figuras
de relevancia” participen en los anuncios de apuestas) para que – como somos
imbéciles – nada ni nadie nos puede engañar y nos haga daño. Lo extraño es que,
a estas alturas, nos dejen votar. Aunque ya sospechamos que nos dejan porque
creen que votar, lo que se dice votar, no es más que una pantomima orquestada
por la publicidad. La misma que, por nuestro bien (o salud), se empeña en
controlar el ministro. Al fin y al cabo, ¿qué diablos sabremos nosotros de lo
que es “sano” e “insano”?
jueves, 2 de septiembre de 2021
Ética y estética
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Volvemos a las andadas con el caso de Plácido Domingo, uno
más de los que tienen a la llamada “cultura de la cancelación” como trasfondo.
Como algunos aluden a que el debate incumbe a la relación entre ética y
estética, vamos a tratar brevemente de este asunto.
Mi opinión es que el boicot al tenor u a otros artistas,
convictos o sospechosos de delitos sexuales o actitudes sexistas, racistas,
homófobas, transfóbicas, etc. (Allen, Polanski, Gibson, Rowling y una larga
lista), no tiene sustancialmente nada que ver con el problema de las relaciones
“ética-estética”, sino que refiere un asunto de cariz básicamente ético, y en
torno al que se supone una, cuando menos discutible, concepción de lo que debe
ser una política de reparación de las víctimas y de prevención del machismo, el
racismo o cualquier otra actitud a erradicar.
En cuanto al problema de lo ético y lo estético, este suele
referirse a la relación que se da entre el contenido de una obra de arte
y los valores vigentes (y no, o muy torcidamente, a la relación entre la obra y
la catadura moral del artista). Así, el problema entre ética y estética se
plantea cuando en una obra o evento artístico se representan contenidos que,
según el censor (que hace también, involuntariamente, de intérprete y crítico de
arte), se consideran moralmente reprobables (la exaltación del terrorismo o el
machismo, la incitación al odio, el maltrato de animales como en los toros –
donde no solo se “representa” sino que se realiza de verdad –, etc.).
Mas este no es el caso que nos ocupa aquí: las óperas que interpreta Plácido
Domingo no representan, por si mismas, una incitación al acoso sexual…
De otro lado, el criterio de “superioridad de lo ético sobre
lo estético” que se propone para justificar el rechazo a los recitales de Plácido
Domingo no se aplica a todos los casos análogos, lo que debilita la autoridad
del criterio. Al menos de momento no pedimos un certificado de penales o de
“buena conducta” a la generalidad de los autores (cuando se conocen) de las
novelas, canciones, cuadros o monumentos que admiramos. Tampoco lo hace el
Estado cuando, por ejemplo, celebra un concurso para contratar o dar un premio
(es más: lo que se exige en estos casos es el anonimato, para que el
conocimiento de la identidad del artista no afecte al juicio objetivo sobre su
obra). Bien. ¿Deberíamos hacerlo a partir de ahora, y rechazar a artistas que
no estén limpios de ciertos delitos, actitudes u opiniones? En cualquier
caso, ¿por qué boicotear la obra de P. Domingo o W. Allen y no la del misógino
Nietzsche, la del traficante Rimbaud o la del maltratador Picasso, por no
hablar de miles de hermosísimos monumentos, templos, pirámides o ciudades
enteras construidos y financiados gracias a la sangre y el hambre de la gente?
¿Deberíamos dejar de ir a verlos y negarnos a que se mantengan con dinero
público?
Y, por descontado, todo esto no afecta únicamente a la
estética. Sabemos, por ejemplo, que muchas empresas de renombre han explotado
hasta la extenuación y la muerte a hombres, mujeres y niños. ¿Deberíamos dejar
de comprar la ropa que se confecciona en los insalubres talleres de China o
Malasia, o los automóviles o medicamentos de empresas que se aprovecharon, en
un pasado no tan lejano, de la mano de obra de los prisioneros nazis? O, por
dar más ejemplos, ¿renunciamos a todos los avances tecnológicos (entre ellos
internet) que son fruto de la investigación con fines bélicos o del trabajo de
científicos moralmente sospechosos?...
Los casos como el de Plácido Domingo no son, en fin, un
problema de “ética y estética”, sino de ética, y de política. Y la cuestión
pertinente respecto a ellos es si la estrategia de señalamiento masivo de todo
aquel cuya conducta nos parezca intolerable es o no es apropiada o si, cuando
menos, debe sujetarse a ciertos límites marcados por las garantías jurídicas,
la prudencia antes de acabar con la reputación de alguien, el principio de la
reinserción (y no del simple encapirotamiento moral) o la atención a
propósitos más educativos que punitivos.
Pues todos sabemos que la única solución consistente al
problema del acoso sexual (y la mayor muestra de apoyo, por tanto, a las
victimas) es la educación. Y someter a acoso a quien acosó, ojo por ojo,
señalándolo indefinidamente por algo de lo que se ha arrepentido, no parece muy
educativo. A no ser que concibamos la educación como escarmiento. Si es
así, bien podríamos llevar a los niños, como se hacía hace siglos, a las
ejecuciones o linchamientos públicos, y decirles: mira, querido, esto que le ha
pasado a ese señor es lo que te va a pasar a ti si haces lo mismo. Incluso si
fuera un procedimiento eficaz (que ni lo es ni lo ha sido nunca), el fin, por
noble y justo que sea, no justifica esos medios.
jueves, 19 de agosto de 2021
Hacer ciudadanía
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La palabra “ciudadanía” es de esa clase de términos fetiche
(como “igualdad”, “libertad”, “democracia” y otros) que, de tanto y tan
retórico uso, han terminado casi por no significar nada. Así, se habla del
logro de la “ciudadanía global”, del ejercicio de la “ciudadanía democrática”,
de la “Europa de los ciudadanos” o de la “competencia ciudadana”, sin saber,
salvo reverendas y redichas vaguedades, que significa exactamente todo eso.
Veámoslo nosotros.
Antes de nada, la ciudadanía no es un atributo innato, ni
que merezca nadie por el hecho de nacer aquí o allí. Es curioso que se hagan
exámenes para obtener carta de ciudadanía a los que vienen de fuera, pero no
a los nativos (de modo análogo a la manera en que se hacen pruebas de idoneidad
a los adoptantes de un niño, pero no a sus progenitores naturales), algo que
siempre me ha llamado la atención, como si ser buen ciudadano (o padre o madre)
fuera una virtud telúrica que proporcionara mágicamente el terruño (el
embarazo o el uso eficaz de los genitales).
La ciudadanía es una condición adquirida que, aunque
generosamente la supongamos común a todos (a todos los del terruño al menos),
lo es solo en cuanto creemos que es, en cada uno, susceptible de desarrollarse.
Y lo mismo ocurre con los derechos atribuibles a la condición de ciudadano: no
lo son por nacimiento, aunque hayamos estipulado que algunos se otorguen al
nacer, sino por una decisión política que se debe, precisamente, al ejercicio
adquirido, y a la adquisición por ejercicio, de esa misma ciudadanía.
Si el ciudadano no nace, sino que se hace, la pregunta
pertinente es cómo debe hacerse uno ciudadano. Los filósofos griegos
proponían una fórmula insuperable: mediante la educación y la participación
política real (no nominal o ritual, como en las democracias actuales). O, si
quieren, mediante una educación que fuese tanto teórica como práctica. Ahora
bien, ¿cómo educar teórico-prácticamente para la ciudadanía?
Está claro que no bastan para ello ni los cursos de
formación del espíritu nacional (se trata de “hacer ciudadanía”, no de
“hacer patria”), ni los talleres de educación en valores, que son lo
mismo pero con procedimientos más invasivos y eficaces (en los viejos cursos de
formación cívica solo tenías que repetir consignas y entonar alguna canción, en
el “taller”, con sus juegos y dinámicas de grupo, no dejan nada sin formatear,
empezando por cosas tan manipulables como la imaginación y las emociones).
Todo lo anterior, aunque necesario (toda sociedad ha de
adoctrinar a sus miembros en ciertos valores y principios mínimos), no se
corresponde exactamente con lo que debe ser una educación para la ciudadanía, y
la prueba es que se da también en sociedades totalitarias en las que, en rigor,
no hay propiamente ciudadanos. ¿Entonces?
Averigüemos, en primer lugar, en qué consiste ser un
“ciudadano”. Un ciudadano no es, como su nombre indica, el habitante de una
ciudad, sino el que participa, constituyéndolo con sus actos, de un cierto
modelo de civilización. Un modelo que fue fundado hace dos mil quinientos
años en la Grecia clásica, y que se basaba en el ejercicio de dos actividades
complementarias (y que nacieron, además, a la vez): la filosofía y la democracia.
Lo que estas dos actividades representaban al unísono era que el poder ya no
dependía de la voluntad de los dioses o los reyes, sino de la razón común
y del uso de la misma por parte de todos (un “todos” que, sin duda, hemos ido
concibiendo mucho más atinadamente desde entonces).
Si la ciudadanía es, pues, fundamentalmente, el ejercicio de
la soberanía racional (los argumentos son los que mandan) a
través del juicio y el diálogo de los ciudadanos (que son quienes vehiculan
esos argumentos), debería estar muy claro ya en qué consiste desarrollar la
“competencia para la ciudadanía”.
Consiste en cultivar aquellas mismas competencias que
definen la práctica de la filosofía: la reflexión rigurosa sobre cuestiones
esenciales para la convivencia (el bien, la justicia, la condición humana, la
verdad…), la capacidad para argumentar, el diálogo cooperativo, el empeño en
saber y convencer (y no en vencer), la certidumbre de que en todas las
opiniones racionalmente defendibles hay algo de certidumbre, o la capacidad
para tratar con problemas éticos y políticos desde un conocimiento cabal de las
posiciones del otro.
“Hacer ciudadanía” es, pues, fundamentalmente, hacer o
educar filósofos. Esto es, formar a las personas en aquellas virtudes éticas e
intelectuales sin las que no es posible una convivencia fundada en la razón y
la justicia o, más concretamente: en el uso de criterios racionales para tomar
decisiones y en el acceso de todos a las condiciones que permiten desarrollar
tales criterios.
lunes, 26 de julio de 2021
Gente enseñando los colmillos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Digo lo de “ritual” porque esto de colocar barbacoas
municipales en mitad de un paraje idílico (inflamable, para más inri,
durante cuatro o cinco meses al año) o se me explica de un modo
estético-religioso – como una suerte de grasiento sacrificio o rito de comunión
que desconozco –, o no le veo más justificación que la del capricho de poder
hartarse de panceta en cualquier lugar más o menos agradable. Lo que no es, en
ningún caso, es algo racional. Y lo traigo a colación para intentar explicarme
la reacción visceral e igualmente alocada que ha provocado la timidísima
campaña del Ministerio de Consumo en pro de un consumo moderado y cuidadoso de
productos cárnicos. Una campaña avalada por la OMS, la UE y la Agencia Española
de Seguridad Alimentaria y Nutrición, y dirigida a un país en que se consume
seis veces más carne de lo recomendable.
Honestamente, y en relación con esta polémica, yo aún no me
he enterado de qué parte de las consecuencias que genera el consumo masivo de
carne no entienden los que echan espumarajos por la boca o se burlan en plan
chuleta del ministro y su campaña. Porque no es solo que la dieta de nuevo rico
de carne día sí, día también, provoque multitud de enfermedades (a pagar
solidariamente entre todos); es que la necesidad de alimentar a los cientos de
millones de animales necesarios para que todos los pudientes comamos carne al
mismo ritmo que un americano de clase media es una de las causas fundamentales
de la desforestación del planeta, del cambio climático y de la falta de
alimentos saludables para todo el mundo. Piensen que con solo una mínima
porción del grano cultivado para alimentar a todo ese ganado se podría dar de
comer, mañana mismo, a los ochocientos millones de personas que pasan hambre en
el mundo.
Pero es que, además, promover campañas para contrarrestar esta
“cultura de la hamburguesa” en la que se está educando globalmente a la gente,
haciéndoles creer que viven mejor por comer carne barata todos los días, no
solo atiende a objetivos que deben ser ahora absolutamente prioritarios, como
parar o aminorar la catástrofe medioambiental y social que se nos viene encima,
sino que también supone un estímulo al modelo de ganadería extensiva y
regenerativa de la que viven muchas familias
y que sufre de forma agónica de la competencia de las grandes empresas
de producción intensiva, que son las que hinchan a antibióticos a los animales,
agotan y contaminan los recursos, y emiten anualmente millones de toneladas de
gases de efecto invernadero a la atmósfera.
Claro que, como decíamos al principio, todo esto no es solo
culpa de un sistema agroindustrial concebido fundamentalmente para producir
beneficios, y no para alimentar saludablemente a la gente, sino también de la
misma dosis de inmadurez con que esa misma gente idolatra esa cultura del
exceso pantagruélico y el hedonismo low cost que, en el ámbito
gastronómico, nos ha llevado a cambiar la olla o la paella tradicional por las
hamburguesas chamuscadas. Y las chanzas de cuñado castizo-liberal defendiendo –
aunque solo sea en la barra del bar – el consumo libérrimo de chuletas no ayuda
en esto para nada; mucho menos cuando, de modo irresponsable, vienen del mismísimo
presidente del Gobierno.
Por todo esto hacen falta no una, sino cien campañas como la
lanzada por el Ministerio de Consumo. A ver si así recuperamos la razón. Porque
es la razón, y no los colmillos, lo que nos define como especie. Lo digo
porque, en el colmó del absurdo, un prestigioso tertuliano de la televisión
pública enseñaba el otro día los suyos (tal como oyen) para “demostrar” lo
carnívoros que somos. Hay que tenerlo flojo o retorcido para no calcular que
por encima del colmillo tenemos la frente y, por delante, unos problemas de
narices como para andar con tantas tonterías.
miércoles, 21 de julio de 2021
Fotovoltaicas: el bosque inanimado
La avalancha de proyectos para construir gigantescas plantas
fotovoltaicas y, en menor medida, parques eólicos, en Extremadura y otros
lugares del país, está pidiendo a gritos un proceso de información y
deliberación pública. No con respecto al objetivo de sustituir las energías
fósiles por las renovables – en lo que todos estamos de acuerdo –, sino con
respecto al modo de hacerlo.
En primer lugar, toca hacer un llamamiento a la calma. No es
normal que los proyectos aprobados para construir plantas fotovoltaicas multipliquen
ya por diez (¡y los que están en estudio por veinte!) los objetivos de
producción establecidos por el gobierno para 2030. No hay que ser muy listo
para darse cuenta de que este desmadre obedece a intereses especulativos, y no
a una política planificada y sensata de transición ecológica, como debería ser.
Por demás, la ocupación del territorio, especialmente
tierras fértiles y arboladas, con inmensos bosques inanimados de placas solares
o molinos eólicos, acarrea consecuencias que no son solo de naturaleza estética
o ecológica, sino también y, sobre todo, de carácter económico y social. Unas
consecuencias que hay que analizar con detalle antes de dejarse llevar por la
vorágine del dinero fácil (sobre todo, para unos pocos).
La primera de estas consecuencias es el empobrecimiento y
abandono de las zonas rurales. El uso creciente de tierras fértiles, arrancando
frutales a veces centenarios, o el desmontaje de terrenos forestales, para
instalar placas, supone un cambio drástico para poblaciones que viven, desde
hace siglos, de la agricultura y del monte, y que van a pasar a convertirse, de
golpe y porrazo (y con mucha suerte), en simples vigilantes de inacabables
filas de placas.
No se olvide que el empleo que las plantas fotovoltaicas
prometen es temporal (dura lo que dura el montaje de las placas) y que, a
cambio, no solo eliminan una cantidad mayor y mucho más estable de puestos de
trabajo (los ligados a las tareas del campo) sino, más importante aún: amenazan
una antiquísima tradición de cultura y laboreo de la tierra que va a dejar de
transmitirse a las nuevas generaciones. Pueblos rodeados de placas van a ser
pueblos muertos, sin nada que ofrecer a la gente joven, y con propietarios
pudiendo vivir de las rentas en cualquier otro lugar.
Salvo para esos propietarios no parece, en fin, que este del
sol sea un buen negocio. Tampoco hay que ser un lince para saber que, a medio
plazo, las tierras fértiles o los bosques como sumideros de CO2 van a ser
recursos estratégicos de muchísimo más valor económico que las placas. En un
mundo atenazado por el cambio climático y el aumento demográfico lo que se va a
necesitar son bosques y alimentos (recursos de los que aquí andamos aún
sobrados) y no energía solar, de la que, muy probablemente, va a disponer
fácilmente casi todo el mundo.
Tampoco podemos olvidar las consecuencias para el sector
turístico. Es obvio que, si cubrimos el paisaje con placas solares y
gigantescas torres eólicas, poca gente va a tener interés en visitarnos. Urge,
pues, fiscalizar con mucha más firmeza los estudios de impacto ambiental,
incorporando en ellos estrictos criterios paisajísticos. La transformación de
cientos de parajes naturales, mantenidos sin apenas cambios durante siglos, va
a ser de tal magnitud, que la prudencia y el control sobre las empresas han de
ser igualmente extraordinarios.
Por otra parte, hasta ahora, y que yo sepa, nadie ha
explicado de manera convincente por qué resulta imprescindible construir
esas gigantescas plantas fotovoltaicas en el campo, en lugar de otras más
reducidas e instaladas en terrenos ya degradados, polígonos industriales o
incluso en los tejados y cubiertas de los edificios, promoviendo de paso el
autoconsumo y el uso responsable de la energía. ¿Será que, aunque esto resulta
mucho más beneficioso para todos, resulta menos rentable para unos pocos?
¿Y a qué, por cierto, tantas placas en Extremadura? Hace
unos meses, un joven ingeniero de una de las compañías que las plantan por aquí
me lo explicó con descarnada franqueza. Además de confirmarme que en su empresa
no existía la más mínima planificación paisajística ni preocupación
medioambiental (más allá de la imprescindible para afrontar velozmente los
trámites administrativos), me respondió que los proyectos abundaban en Extremadura
porque el terreno era más barato, porque había más territorio despoblado, y por
la menor resistencia de la gente. Así de simple. Le falto decir: “porque sois
los más pobres y desinformados”. Espero que no tuviera razón y que nos pensemos
muy bien esto de cambiar el oro de las vides y los olivos (no digamos las
encinas, que todo se andará) por la plata de esos bosques inanimados de silicio
que, sobre el espejismo del beneficio inmediato, van a acabar de desarraigar a
la gente de esta hermosa y prometedora tierra.
viernes, 9 de julio de 2021
Fatigas adolescentes
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Las urgencias psiquiátricas se han disparado durante la pandemia, especialmente entre los más jóvenes. Depresiones, ataques de ansiedad e intentos de suicidio son tres de las situaciones más o menos etiquetables que han motivado los ingresos hospitalarios. ¿A qué vienen estas fatigas adolescentes?
No es fácil responder a esta pregunta. Sin duda que las causas son muchas y variables. Pero estoy seguro de que una de ellas, ligada al confinamiento y al cese de rutinas y actividades, es que, sencillamente, chicos y chicas han tenido más tiempo para pensar.
Pensar no suele ser un ejercicio fácil, ni siempre
placentero. Pensar duele, solía pensar el filósofo Wittgenstein; más aún
a quién se pierde por primera vez a conciencia en ese laberíntico discurrir que
lo descuadra y desfonda todo. Pensar en el pensar (es decir: en nosotros
mismos) y en aquello que pensamos (es decir: en el mundo) es una aventura
fascinante, inenarrable a veces, pero también, como toda aventura que lo sea,
una fuente inagotable de zozobra.
¿Qué es todo esto? ¿Qué pinto yo aquí? ¿Cómo pueden los
adultos hablar con tanta seguridad de lo que ni ellos ni nadie sabe? ¿Cómo
pueden vivir en esa gran mentira que parecen haber inventado para soportar la
existencia? Al adolescente que de golpe se hace estas preguntas la realidad
empieza a parecerle – con razón – como esa jalea temblona y llena de agujeros
con que alucinaba Johnny Carter, el genial protagonista de El Perseguidor de
Julio Cortazar, o como el holográfico mundo de Morel en la isla inventada por
Bioy Casares.
Pero ojo, la perplejidad metafísica no tiene por qué derivar
necesariamente en angustia. Descubrir que la realidad o la vida no tienen
sentido es, para algunos adolescentes, una excitante oportunidad de recuperarlo
entregándose a su búsqueda. El problema es otro: es tener que soportar la
empanada mental y la cobarde suma de trolas y autoengaños de aquellos (padres,
profesores, médicos, curas y demás ralea) que no entienden (u olvidaron, que es
lo mismo) lo incierto de todo y que, convencidos de no se sabe qué, les
presionan sin piedad para que traguen y pasen por el aro de las ruedas de
molino de sus patéticas milongas.
Yo al menos no creo que el incremento de ansiedad de los
adolescentes se deba a que son poco “resilientes ante la frustración” o
tonterías por el estilo. Se debe, como siempre (aunque ahora más, porque tienen
más tiempo para pensarlo), a la presión con que se les empuja para que acepten
con entusiasmo un mundo absurdo, montado sobre un kafkiano y peligroso
andamiaje de mentiras, sin más motivo que el de la claridad con que lo ven los
ciegos (por nacimiento o elección) que lo parasitamos. Violentar así de
irracionalmente a un adolescente, con la saña de quien tiene más poder que
argumentos (y lo sabe), es como mutilarles la humanidad en flor – esas alas de
la razón recién desplegadas –. ¿Y cómo no va a provocarles angustia esa patada
en el alma? ¿De qué nos extrañamos, entonces, si piden, desorientados e
incapaces aún de abandonarnos, acudir a ese padre o madre alternativo que es el
psicólogo?
Pero la terapia solo ayuda a ajustarle las mentiras al que
ya vive con ellas, lejos de esas grandes preguntas adolescentes que ninguna
terapia o pastilla resuelve. El único tratamiento eficaz para la ansiedad común
de los más jóvenes es el de escucharlos y tratar de responderles con absoluta
franqueza. Si les permites que te pongan en tu sitio (esto es: cara a tus
contradicciones y tu mundo de morondanga) y aprendes con ellos a relativizar la
importancia y urgencia de lo que con impaciencia les pides, y a no
responsabilizarlos de tus propias neuras e inseguridades, estarás ayudándolos
más que mil psicólogos juntos. Mucho más si, además, logras hacerte cómplice,
aunque solo sea un poco, de aquella busca que los invade.
Porque no hay nada más terrorífico y angustioso para
cualquiera que esa soledad metafísica del que no puede entenderse con nadie (ni
aún consigo mismo). Y ese miedo radical a salirse completamente del redil, a la
tiniebla sin corazón y sin caminos, y no la falta de madurez o vigor (“Estos
jóvenes de en día no valen para nada”, han dicho todas las gelatinosas
generaciones de viejos desde hace cien mil años), es lo que, sobre las mentiras
e imposiciones del adulto, alienta la ansiedad del adolescente.
Con razón decía Kant aquello de “atrévete a pensar”. Si
alguna vez, en lugar de la huida continua hacia adelante, el consumo infantil
de emociones, el rezo, el mantra, el jogging, el emprendimiento, los
cuencos tibetanos y todas las novelerías del mundo, nos atreviéramos de verdad
a pensar como lo hace (hasta que lo mutilamos o no puede más) un adolescente,
el mundo cambiaría de eje, e igual hasta pasaba algo, algo que no fuera
insoportablemente leve, repetido o previsible. Piénsenlo. No se lo dejen al
psiquiatra.
martes, 6 de julio de 2021
Izquierdas e innovación educativa
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
La continua trifulca educativa que caracteriza a nuestro
país tiene dos dimensiones: la que se da entre los partidos políticos, casi
siempre alrededor de los mismos asuntos (el lugar de la escuela concertada, la
enseñanza religiosa, las lenguas autóctonas…), y otra, más esotérica, que es la
que prende una y otra vez entre los profesores.
La trifulca entre docentes es polémica hasta de contar. Se
podría decir que es la que mantienen los “innovadores” con los defensores de la
escuela “tradicional”, aunque todo esto depende de cómo entendamos los
términos. Así, si “innovación” significa una cosa (“mercado”) para los docentes
más liberales – y antiliberales – y otra (“modernización”) para parte de los
progresistas, “tradición” significa una cosa (“nacionalcatolicismo”) para los
conservadores (y anticonservadores) y otra distinta (“ilustración”) para los
izquierdistas poco amigos de innovaciones (y defensores – dicen – de la “tradición”
de la escuela republicana). En todo caso, el mayor lío, como vamos a ver, lo
tenemos en la izquierda.
Comencemos por esto de la innovación. Es cierto que el
término se ha convertido en una palabra fetiche para la tropa de altos cargos,
expertos y gurús al servicio de la neoliberalización de la escuela (es decir:
de su subordinación a los objetivos del mercado y su completa reconversión como
nicho de negocios). Pero que esta innovación de charlas TED,
publirreportajes pagados por empresas y congresos de postín, sea toda ella
una trampa neoliberal, no quiere decir que la innovación no sea en sí misma
algo necesario. Innovar también significa sustituir la “expendeduría de
títulos” que es hoy el sistema educativo por algo en lo que, como mínimo, pueda
darse una experiencia real de aprendizaje – no digamos de realización personal
y compromiso social – para la mayoría.
Ahora bien, ¿cómo mejorar la educación sin el
concurso de las ciencias de la educación? Parece impensable. Y, sin
embargo, pocas veces he visto un desprecio más visceral y prepotente que el que
expresan algunos profesores de la (autodenominada) izquierda verdadera por la
pedagogía. La idea básica – y bien que lo es – de estos compañeros es que el
buen profesor “se hace a sí mismo” en el aula, de lo que se deduce que todos
los docentes deben ser igualmente buenos (pues todos trabajan en un aula), y
que enseñar es algo tan simple que no requiere de más saber (o gramática parda)
que el llevar haciendo lo mismo una pila de años.
Otro asunto con el que se desgañitan algunos docentes de la
izquierda fetén (también aquí junto a los más conservadores) es el de la
“depreciación de los contenidos y de la cultura del esfuerzo” que, según ellos,
supone la “nueva pedagogía”, algo que – dicen – genera alumnos cada vez más
ignorantes, vagos e incapaces de salir de su nicho social – esta última
concesión a la lógica liberal no deja de tener su gracia en boca de furibundos
antiliberales –. Ahora bien, ¿de qué contenidos y esfuerzo hablan estos
docentes? Porque si estos se reducen al cúmulo de información concreta con que
se ceba mecánicamente al alumnado antes de los preceptivos exámenes, no creo
que hagan falta muchos argumentos para demostrar la inutilidad de insistir en
ellos; y si los contenidos a que se refieren son, en cambio, aquellos conceptos
y habilidades que nos hacen competentes para comprender, procesar y utilizar
consciente y críticamente el caudal de información que recibimos por doquier,
no hay nada que discutir: son, precisamente esos contenidos los que muchos
“innovadores” pretendemos situar, hoy, en el centro del proceso educativo.
Es cierto, por último, que el pragmatismo estrecho de muchos
de los (inexplicables) prebostes de la política educativa (tales como la OCDE)
resulta, cuando menos, sospechoso (yo, cada vez que salen con aquello de educar
“para la vida” o “el mundo real” me echo a temblar: ¿qué entenderán ellos, y
sus expertos y psicólogos, por tales cosas?); pero no es menos cierto que si el
aprendizaje no gira en torno a eventos significativos para el alumnado, y en
los que este involucre todas las dimensiones de su personalidad – no solo la
cognitiva, sino también la moral, social y emocional –, todo se queda en el
simulacro de costumbre. “Educar para la vida” ya es algo más que educar para
zombis a los que no les cabe más que vegetar en las aulas.
Aclarémonos. Si la educación ha de transformarlo todo – como
creemos desde la izquierda – ha de empezar por dar ejemplo y transformase ella
misma en orden a criterios científicos (los de la pedagogía) y con al fin de
educar no solo expertos o eruditos, sino también personas capaces de entender,
valorar y adoptar una posición coherente, crítica e innovadora ante eso,
siempre por hacer, que es el “mundo real”.












