El pasado sábado, y tras varios años de parón involuntario, volvimos a las andadas y celebramos la III JORNADA DE DIDÁCTICA DE LA FILOSOFÍA en Mérida. Y como en las dos ocasiones anteriores, volvió a ser un reencuentro intenso y entrañable entre compañeros y compañeras de varias generaciones. Aquí os dejo una fotos, todas ellas de nuestro amigo Fergus. Infinitas gracias a Paco Molina por todo el trabajo de organización, al diligente director del CPR de Mérida, Fernando Diaz Suero, que nos atendió inmejorablemente (y contrató un catering exquisito), al director general de Personal Docente, David Moreno Rego, que tuvo la amabilidad de madrugar un sábado para inaugurar la Jornada, a Miguel Ángel Muñoz, que nos dio cobertura mediática a través de El Periódico de Extremadura, y a todos los ponentes y asistentes, en especial al maestro Jesús Zamora Bonilla, que se desplazó desde Madrid para impartir una ponencia magistral sobre Inteligencia artificial, a César Tejedor, que también se desplazó desde Madrid, a Paqui Calle, a Carmen Pérez, a Catalina López, a Marisol Casado, a Ricardo Hurtado, a Raúl Hernández-Montaño y a Ramón Besonías que, por un problema de salud, no pudo finalmente asistir. Y, sobre todas las cosas, a los profes y profas que pasasteis el día con nosotros, participando, enseñándonos y compartiendo ideas, proyectos, alegrías y dificultades. Lamento no tener fotos de los talleres (Fergus se tuvo que ir antes). Os enlazo el material con mis intervenciones y la presentación de la fabulosa ponencia de Paco Molina, espero que el resto se anime también a compartirlo por aquí (o a través del CPR, enviándoselo a Fernando). Muchas gracias y hasta pronto!!!
domingo, 25 de febrero de 2024
miércoles, 21 de febrero de 2024
Lo crítico de ser crítico
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Lo comentaba el otro día con un amigo y
colega de fatigas docentes: ¿Qué hacemos con el alumno o alumna que se toma en
serio la encendida defensa del pensamiento crítico que hacen las leyes
educativas? ¿Pueden ser críticos también con sus profesores o sus padres, o
solo con sus iguales, los influencers de Youtube o las letras de
reguetón? Cuando pienso en la de veces que he visto alabar al alumno dócil y calladito,
y denostar al que mostraba una mínima actitud crítica, me entran las dudas… «¡Cuidado,
que ese es de lo que te contestan!» – he escuchado en multitud de
ocasiones—; o de «los que te lo cuestionan todo» – he oído otras tantas –…
En ocasiones he tenido que confesar a mis
alumnos que por mucho que en los temarios se diga que hay que desarrollar la
competencia crítica, el esforzarse en ello no siempre acarrea el premio merecido…
Diga lo que se diga (les digo), a muy poca gente le agrada la crítica. Y en
esto casi da igual que esta sea argumentada, respetuosa y constructiva, o
furibunda e insultante (como las que abundan en las redes). ¡Casi diría que
puede ser peor la primera, pues obliga a tomarse la crítica en serio y, a
veces, a algo tremebundo: a cambiar públicamente de opinión!
Algunos compañeros más sabios, y quizá
escarmentados, me dicen que a los alumnos hay que enseñarles también a
diferenciar lo ideal de lo real: lo ideal es que sean críticos y
lo cuestionen todo, pero la cruda realidad es que en ocasiones, y si no quieren
problemas, «estarán más guapos con la boca cerrada». Como consejo no está mal.
El problema es que en el ámbito de la filosofía esto de lo ideal y lo real no
está tan claro. Platón, por ejemplo, decía que hay que tender a lo ideal y no cejar
en la crítica razonada, cueste lo que cueste (¡qué se lo digan a Sócrates!). Y
Kant, otro filósofo que se enseña en clase, decía que la ética consiste en
actuar según principios, y no movido por ningún cálculo de costes y beneficios.
¿Entonces? ¿Animamos a los chicos a ser siempre críticos? ¿O solo cuando conviene?
El propio Kant esbozó una sugerente
teoría política al respecto. Él pensaba que una nación sería cada vez más justa
e ilustrada si en ella se enseñaba a los ciudadanos a criticar libre y públicamente
lo que quisieran, siempre que se guardaran de hacerlo durante el ejercicio de
su función o cargo profesional. Así, un militar, un profesor, un inspector
fiscal, etc., deberían poder criticar libre y razonadamente como ciudadanos (fuera
de su horario laboral por así decir) a las instituciones para las que
trabajaran, siempre que en el desempeño de su cargo cumplieran fielmente sus
obligaciones y se ajustaran a la doctrina imperante (y mientras esta no fuera
totalmente contraria a sus principios, claro). Esto permitiría que la sociedad
progresara – gracias a la actitud crítica de la ciudadanía – sin que peligrara
el orden social.
Kant solo hacía una excepción a su regla.
Había un solo oficio en que el Estado debería permitir la misma crítica sin restricción
que se permitía en el ámbito cívico: el de filósofo. La razón es que este
oficio es el único que consiste, justamente, en cuestionarlo todo. Kant pensaba
que un régimen que quisiera ser ilustrado habría de tolerar, e incluso desear,
ese grado radical de crítica interna. Un régimen fundado en la razón solo
podría legitimarse permitiendo que se razonara sobre y desde sí mismo.
¿Qué les parece? Reparen, por cierto, en
que Kant publicó estas revolucionarias ideas allá en la Prusia del siglo XVIII
y bajo la monarquía de Federico el Grande, quien parece que se mostraba de
acuerdo con el filósofo («Razonad sobre todo lo que queráis, pero obedeced» era
su lema, según Kant). ¡Ya quisieran los iranies, los chinos o los rusos
actuales (que se lo digan a Alexéi Navalni) vivir en un régimen como el de este
déspota (ilustrado) de hace tres siglos!
¿Y en cuanto a nosotros? ¿Qué respuesta
deberíamos dar a la pregunta del principio desde nuestras modernas democracias
liberales? ¿Deberíamos empeñarnos en enseñar a niños y adolescentes a ser
ciudadanos libres y críticos?... Parece obvio que sí (más aún si el Estado,
como es nuestro caso, ha dispuesto a la filosofía como materia troncal del
sistema educativo). Esos alumnos y alumnas criticones y respondones deberían ser,
pues, el modelo a imitar (y no a denostar), los primeros de la clase, los hijos
e hijas a exhibir ante las visitas…
Tal vez por ese camino llegáramos algún
día a vivir en democracias plenas, en las que no solo los filósofos (y sus
alumnos) tuvieran el privilegio de criticarlo constantemente todo, sino
también, y sin más límites que los de su saber o ciencia, el resto de
intelectuales, científicos, periodistas... Aunque para ello tuvieran que ser
algo parecido a funcionarios. No habría gasto mejor justificado para un Estado
que el de tener en nómina (y a salvo de los gobiernos de turno) a aquellos tábanos
encargados de mantenernos despiertos a todos…
miércoles, 14 de febrero de 2024
Tractores a la deriva
Menudo cambalache, que dice el tango. Los pequeños y medianos agricultores clamando contra lo mismo que puede salvarlos de las garras del mercado y los efectos del cambio climático, mientras la derecha, copromotora de los tratados de libre comercio, de los privilegios de las distribuidoras y del reparto injusto de las subvenciones, subiéndose al tractor a ver qué cae en las urnas gallegas y europeas…
Las quejas de los agricultores y
ganaderos contra las exigencias medioambientales son desconcertantes, pues es
de tales exigencias de lo que depende precisamente su futuro. Por muchos
controles que se apliquen, los productos de los países extracomunitarios, cuya
mano de obra puede ser hasta cinco o diez veces más barata, serán siempre más
competitivos. Es por ello por lo que hay que proteger el único valor añadido de
nuestra agricultura y ganadería: su calidad y la garantía que ofrecen para la
salud (la nuestra y la del planeta, que vienen a ser la misma); algo que
supone, obviamente, someter a más controles la actividad agropecuaria. Es eso,
junto a la educación de la ciudadanía en las virtudes de un consumo sostenible
y responsable, lo único que puede salvar el campo europeo. Eso o cerrar
fronteras, reivindicar la autarquía e irse a Davos a gritar con los ecologistas
y la izquierda alternativa contra los males de la globalización…
Y un apunte sobre la burocracia: los
agricultores y ganaderos europeos están entre los más protegidos del mundo.
Entre pagos directos y ayudas al desarrollo rural la UE invierte casi el 40% de
su presupuesto en un 4.5% de la población, generadora de apenas un 1.6% del
PIB, siendo España el segundo país receptor de estos fondos. Se pagan
subvenciones y ayudas públicas frente a todo tipo de contingencias, algo
impensable en casi ningún otro lugar del planeta. Y es obvio que a todos nos
parece esto muy bien. Pero este gigantesco esfuerzo económico – que proviene de
nuestros impuestos – implica trámites burocráticos, que no se imponen para
torturar a nadie, sino para asegurar que los fondos llegan sin corruptelas a
quienes lo necesitan. Y para cuidar de la seguridad alimentaria de todos, no se
nos olvide. ¿O es que nadie se acuerda ya de cuántos desastres sanitarios han
estado relacionados con la relajación del control burocrático sobre productos
agrícolas y ganaderos? ¿Se acuerdan del aceite de colza, de la enfermedad de
las vacas locas, de la peste porcina, del coronavirus…?
Otro tiro disparatado de los agricultores
es el que apunta a la Agenda 2030, una relación de objetivos liderados por la
ONU en la que se apuesta literalmente por duplicar la productividad agrícola,
aumentar los ingresos de los productores de alimentos a pequeña escala y
apoyar a los agricultores y ganaderos familiares. ¿Nos subimos a un
tractor para poner a parir un proyecto que viene a subrayar el valor de nuestra
agricultura y ganadería tradicionales frente al avance imparable de las macrogranjas
y el monocultivo industrial controlado por grandes corporaciones? Eso no hay
quien lo entienda.
Si los indignados autónomos y pequeños
empresarios agrícolas y ganaderos quieren tomar un rumbo coherente deben
dirigir sus quejas y tractores (como excepcionalmente hacen) a otro sitio: a
las multinacionales de la distribución, a los fondos de inversión que especulan
con la tierra y los precios, o a las sedes de aquellos partidos políticos que
defienden sin condiciones los tratados y convenios bilaterales de libre
comercio. Denunciar esos tratados, exigir la aplicación estricta de la Ley de
la Cadena Alimentaria o demandar medidas para que no sean los grandes propietarios quienes arramplen con el
80% del dinero que llega desde la UE, son algunas de las cosas concretas por
las que sí que tendría sentido cabrearse y sacar el tractor a la calle.
Es cierto que exigir medidas regulatorias
y de control del mercado son cosas de esos malditos rojos de la izquierda
(al menos, de la que no está entretenida con las bobadas de la guerra
cultural), pero ¿quién sino la izquierda habría de defender a los que están
abajo alimentando los beneficios astronómicos de los de arriba – esos que, más
que urbanitas o gente de pueblo, son nativos de islas privadas y paraísos
fiscales –?
Mientras no se entienda todo esto, me
temo que lo recorrido y bloqueado no habrá servido para casi nada, salvo para
que se suban al carro, disfrazados de salvapatrias, aquellos que no tienen otro
propósito que el de liberalizar aún más el sector primario, aunque eso suponga
reconvertir y vaciar del todo la España rural.
miércoles, 7 de febrero de 2024
Miedo a no tener miedo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Más vale ser temido
que amado, aconsejaba Maquiavelo
a los que quisieran obtener o conservar su poder. Siempre me ha contrariado
esta idea. ¿No es más eficaz el poder fundado en el amor que en el miedo? El
que tiene miedo obedecerá contra sí mismo; el que ama te obedecerá como a sí
mismo. ¿Entonces? ¿Por qué esta insistencia en la política del miedo y el odio?
¿Será por esa alegría entusiasta que parece liberar el amor? Un poco de
entusiasmo – decía también Maquiavelo – está bien, pero en exceso… ¡Quién sabe
dónde puede llevarnos!
Hago esta digresión a
propósito del espectáculo político y mediático al que asistimos casi a diario desde
hace años. No recuerdo un momento de nuestra reciente historia democrática en
que se haya apostado más por la estrategia del miedo y el odio para disputarse
el poder. Hasta el punto de que cuando alguna fuerza política se ha empeñado en
reivindicarse con alegría, constructivamente y en positivo, como hizo Sumar y,
parcialmente y en sus inicios Podemos (cuando no era el agrio escuadrón suicida
en que se ha convertido hoy), esta ha sido objeto de las burlas más vitriólicas
y quevedescas – porque en otra cosa no, pero en ingenio verbal al servicio de
la mala leche los españoles somos, sin discusión alguna, potencia mundial –.
Así, mientras que la
actual oposición al gobierno se muestra incapaz de enunciar apenas otro mensaje
que no sea el del miedo a la desarticulación de España y la denuncia moral
(cuando no el odio descarnado) al diabólico Sánchez, acusándolo de hacer lo
mismo que cualquier otro líder democrático (negociar para mantener su poder y
lo más sustancial de su proyecto político), la izquierda en el gobierno se ve
forzada a adobar su expediente de logros (que no son pocos) con el miedo y el
odio a la ultraderecha montaraz de VOX. Y así llevamos casi ni me acuerdo.
Esta insistencia en el discurso
del miedo tiene, desde luego, raíces psicológicas y morales muy antiguas, y
proyección en casi todos los ámbitos de la cultura. Los estrategas políticos
saben que el miedo, como muchas otras pasiones, genera un fervor intenso que
puede despertarse en el momento conveniente (el del voto) para dejarlo luego al
ralentí, convertido en apatía cívica. Poco que ver con la acción transformadora
y constante que genera una voluntad amorosamente erigida...
Reparen por otra parte en
cómo nuestro sistema moral, de fuerte impronta religiosa, permanece aún fundado
en el miedo, la culpa y el odio a nosotros mismos (ese ser fatalmente
autosegregado de Dios que, según varios libros santos, somos los humanos). Es
increíble que nos escandalicemos por el acceso de los menores al porno y no
hagamos lo propio cuando los dejamos inertes ante las imágenes y discursos del
miedo y la culpa (no hay más que entrar en cualquier iglesia). Son sintomáticas
a este respecto las críticas al cartel de la Semana Santa sevillana de este
año: para escándalo de muchos, en él se muestra un cristo que no sufre y que,
en lugar de generar culpa o miedo (murió por nuestro mal obrar, nos puede castigar…),
provoca – ¡qué horror! – alegría y deseo.
Más allá, este entramado
moral se transmite a todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, al trabajo, que
poca gente concibe como deseable, sino como algo necesariamente odioso (si lo
deseas y disfrutas «no es trabajo», ni quizá mereces que te paguen por ello), o
a la educación, donde la mayoría todavía concibe que sin coacción y miedo los
niños no son más que una panda de vagos, y que la vieja pedagogía del placer y
el amor al conocimiento no es más que una chaladura buenista e inútil.
La misma estrategia late
también de forma taimada bajo los hábitos de consumo, más fundados en el miedo
(a no tener bastante, a no aprovechar la ocasión, a no poseer lo que se
dictamina como deseable…) que en un deseo positivo; y se impone en la difusión
de los relatos ideológicos de nuestro tiempo, tanto de izquierdas como de
derechas, igualmente sustentados en pasiones negativas: el terror al
apocalipsis climático, el odio y la cancelación del disidente, el apaleamiento
de la víctima propiciatoria, la persecución del inmigrante pobre, la guerra al
hereje, la aversión al oponente (al Estado, al capital, al facha, al nosequéfobo…)…
Y sobre todo esto, me
temo, sobrevuela el miedo atroz a perder el miedo, a edificar una sociedad de
personas tan plenamente activas y libres que necesiten cada vez menos, no solo
de un poder político externo, sino también de la congoja y la autocoacción
interna. El miedo, en fin, a la libertad: tan tremendo que él mismo nos genera
un miedo insuperable a superarlo. ¡Qué vértigo vivir sin órdenes, sin miedo,
sin culpa, y sin tener que odiar a nada ni a nadie para poder ser o parecer
algo!
miércoles, 31 de enero de 2024
El «FOMO» y las bondades de compararnos con los demás
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Según las últimas bobadas para solaz de
medio ricos ociosos y terapeutas en busca de clientes, sufrimos bastante de «FOMO», una nueva patología cuyo siglas (por supuesto
en inglés; quién iba a pagar si no por tratarse de algo así) significan «temor
a perderse algo». El presunto síndrome estaría relacionado con la angustia que
experimentamos al ver por las redes sociales todo lo que nos perdemos en la
farra, concierto, bautizo u evento vario al que uno dejo intencionadamente de
acudir. Nada del otro jueves, con la diferencia de que antes te lo imaginabas
(que no sé si es peor) y ahora lo ves por Facebook.
El temible «FOMO» estaría relacionado,
además, con la se supone que malsana tendencia a compararnos con otros,
amplificada hoy por la posibilidad de ver a todas horas lo que la gente exhibe
en las dichosas redes, y que, como todos sabemos, no suele ser exactamente la
vida real, sino una superproducción teatralizada para que esta parezca todo lo
intensa, exitosa y bella que no es.
Pues bien: la alarma que, sin duda, ha
despertado esta nueva enfermedad psicológica (novedad que durará poco, porque
cada día amanecemos con catorce o quince trastornos psicológicos más), nos
obliga a ocuparnos aquí de ella, con objeto de comprenderla o, al menos, de
reírnos un poco, terapias estas – la de la comprensión y la risa –
infinitamente más eficaces que la que puedan ofrecerles todos los coaches,
gurúes y psicotrainers juntos. Veamos; que igual la cosa tiene miga.
La inclinación a sentir dolor y tristeza
por lo no vivido es, como decíamos, muy vieja, y fue tratada con profusión por
los filósofos existencialistas. En su raíz se encuentra el angustioso problema
de la libertad. El ser humano, decía Sartre, está condenado a ser libre y, por
tanto, a tener que decidir cada paso que da. Ahora bien, dado que nuestra existencia
es finita en tiempo y fuerzas, cada decisión nos obliga a renunciar a
innumerables posibilidades, tan inmaculadamente hermosas como la hierba que
brilla a lo lejos y tan platónicamente idealizables como los besos que nunca
dimos.
En cierto modo, elegir es renunciar a la
plenitud de tenerlo o serlo todo. Tal vez por ello nos gusta tanto permanecer
en ese estado de procrastinación ensoñadora en el que imaginamos hacer esto y
lo otro sin decidir ni hacer realmente nada. Pero esta experiencia imaginaria
de totalidad se acaba cuando uno tiene inevitablemente que actuar; esto es,
pasar del estado estético al ético. Toca entonces delimitar el campo de lo
posible y definir nuestro camino, tarea que es siempre compleja y angustiosa;
por la infinitud de lo que perdemos y por el miedo al error: ¿no nos estaremos
equivocando fatalmente, subiéndonos el «tren» equivocado y dejando pasar aquel
que realmente nos convendría tomar?
En esta agónica situación es donde
interviene decisivamente la comparación con los otros. Compararse con los demás
no solo es necesario, sino bueno y virtuoso. Las decisiones y modelos de
existencia que representan otras personas son la fuente de inspiración y el
espejo donde buscamos contrastar y corroborar lo acertado o no de nuestras
propias elecciones. Por ello nos interesa tantísimo contemplar la vida de la
gente (en las novelas, la tele, las plazas, las revistas o las redes). Nadie se
«hace a sí mismo», y hasta los más individualistas lo son por imitación y
aprendizaje de otros. Medirnos con esos otros, imitarlos, juzgarlos y juzgarnos
en relación con ellos son las herramientas fundamentales para aprender a ser
humanos, para orientar nuestras decisiones, para conocernos, para afirmarnos y,
por supuesto, para corregirnos y perfeccionarnos.
Decía el sabio Protágoras que el ser
humano es la medida de todas las cosas. En lo que esto tenga de cierto, el
mensaje es claro, sobre todo si eliminamos el antropocentrismo y el relativismo
que la máxima encierra: para evaluar con la máxima objetividad y certeza lo que
queremos y debemos ser, no hay otra que comparar nuestro juicio con el de los demás.
Esta comparación es el diálogo, el externo y el interno (al que llamamos
pensar). Se miente a sí mismo quien crea que no está continuamente comparándose
y dialogando con otros, con lo otro, con lo que le reta y aún no comprende como
parte suya…
El «tratamiento» contra el FOMO no es, en
fin, el llamado «JOMO», otra memez en inglés cuya siglas significan «la alegría
de perderte cosas». Nadie quiere perderse las cosas realmente interesantes, que
suelen ser muy pocas. Lo que hay que hacer es aprender a reconocerlas, evitando
espejismos y angustias injustificadas. Y para ello, nada mejor que aprender de
los demás (¿de quién si no?), contrastar tus ideas y andarte con los mejores.
Afinar el juicio de valor, evitar el narcisismo infantiloide (fruto de esta sociedad
cada vez más psicologizada) y sobrellevar con buen ánimo esa cadena atroz que
es la libertad precisan, pues, de la comparación constante con los otros. Y si
las redes promueven tal cosa, benditas sean.
miércoles, 24 de enero de 2024
Matemáticas, lengua y móviles
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Córdoba.
Hay dos condiciones necesarias y casi
suficientes para que alguien aprenda algo mínimamente complejo, tanto en la
escuela como fuera de ella: (1) que tenga necesidad o ganas de hacerlo, y (2)
que comprenda e integre en su propio hacer y pensar aquello que se le enseña,
generando así una experiencia más lúcida y gratificante de la realidad. No hay
más (los premios o la obsesión por las calificaciones escolares no dan necesariamente
para aprender sino, a lo sumo, para «aprobar», que es otra cosa, a menudo bien
distinta).
Suelto este discurso a propósito de las
medidas anunciadas por el gobierno para mejorar la puntuación de los
alumnos y alumnas españoles en el informe PISA, un indicador muy relativo (y
discutible) de la eficacia del sistema educativo, pero que gracias a la bola
que le dan los medios (y su efecto en los votantes), condiciona cada vez más
las decisiones gubernamentales en este y otros países.
Una de las múltiples razones para
relativizar el valor del informe PISA es que en él apenas se miden más que dos
competencias: la lingüística y la matemática, olvidando a todas las demás y,
por ello, la relación íntima que hay entre ellas, y sin la cual ni el
aprendizaje de la lengua ni el de las matemáticas tienen sentido alguno, al
menos en un contexto escolar (y dudo que en ningún otro).
Es por esto por lo que, si se quiere realmente mejorar los resultados en matemáticas y lengua, las medidas no deben limitarse a esas dos competencias, olvidando que para
aprender (lo que sea) es imprescindible comprender la necesidad de lo que uno
aprende, tanto en el orden práctico como en el teórico, integrándolo con el
resto de competencias y saberes.
¿Quieren de verdad que los niños y niñas
no se espanten de las matemáticas? Pues déjense de sumar horas y desdoblar
aulas. Somos ya el país con más horas lectivas de Europa, gran parte de ellas
dedicadas en exclusiva a las matemáticas. Y el rechazo y la ansiedad que
provoca esta disciplina es bastante común, por lo que no se precisa de una
atención a la diversidad mayor que en otras materias. El problema de las
matemáticas no es de «cantidad» (mayor o menor de horas o de alumnos) sino de «calidad».
Yo al menos no recuerdo ningún docente de matemáticas que me explicara ni la
necesidad vital ni los fundamentos teóricos de todo ese mundo abstracto y
mecánico que pretendía meterme en la cabeza; ni ninguno que, cuando preguntaba
algo al respecto, no esquivara la cuestión o me enviara diplomáticamente a la
porra. “Eso son cosas de filósofos”, me decían. Y bien que lo eran. Cuando por
fin pude estudiar lógica y filosofía de las matemáticas fue cuando empecé a
verle el sentido (y las limitaciones) a la materia, hasta el punto de que
empecé a estudiarla por mí mismo, sin obligación académica alguna.
Algo parecido cabría decir con respecto a
la comprensión y expresión lingüística, que además de corresponder a materias
troncales (todas las lenguas y literaturas, autóctonas o no), constituyen una
capacidad transversal que se cultiva en todas las asignaturas. No se trata,
pues, de más o menos horas (la lengua es lo que más se trabaja, con diferencia,
en cualquier escuela), ni de limitarse a reducir la ratio (si no se enseña
bien, casi da igual que tengas veinticinco alumnos que dos). Se trata de
demostrar nuestra dependencia del lenguaje (de hecho, todo es lenguaje,
empezando por cada uno de nosotros) y de transmitirlo como una herramienta
indispensable para entender todo lo demás, entenderse a uno mismo y hacerse
entender por los otros. Quien no sabe expresarse, piensa mal y comprende peor.
En el dominio de la lengua (de cualquiera) nos va todo, incluyendo el que no
nos dominen y atonten los que la manejan con aviesas intenciones.
Los problemas de comprensión o expresión
no se deben, pues, como creen muchos, a la cultura digital. Los niños y niñas
se concentran perfectamente en aquello que les interesa y amplifica su mundo
(sea un videojuego o un libro de Harry Potter); y escriben y se comunican de
continuo, hasta el punto de que hasta el más retraído tiene hoy un círculo de
colegas de la misma «tribu» (es falso que los adolescentes vivan más aislados
que antes, a no ser que reduzcamos burdamente la comunicación a la que se da
oliéndole al otro el aliento).
¿Pueden mejorar en esto nuestros alumnos?
Por supuesto. Cuanto más comprendan la utilidad del lenguaje (por todos los
medios y soportes) para dirigir, digerir y ensanchar su vida, más y mejor lo
usarán. ¿Tiene esto algo que ver con prohibir el móvil en los centros? No,
nada. La dirección es justo la contraria: aprovechar esa herramienta, ya
irrenunciable, para desarrollar las competencias comunicativas. Pero ya saben,
ante problemas complejos que cuestionan nuestra forma acostumbrada de entender
y proceder no hay nada como buscar un chivo expiatorio al que echar la culpa de
todo; así nosotros – salvo quejarnos – no tendremos nada que hacer.
miércoles, 17 de enero de 2024
Genocidio en curso
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Siento repetirme. Pero es difícil
escribir de otra cosa mientras hay un genocidio en marcha sin que nadie mueva
un dedo para frenarlo. Solo Suráfrica se ha decidido a llevar al gobierno
israelí ante la Corte Internacional de Justicia de la ONU, acusándolo de
prácticas genocidas y exigiendo al tribunal que ordene urgentemente un alto el
fuego en Gaza.
Lo de la urgencia no es un capricho:
según UNICEF, cada día mueren o resultan heridos más de cuatrocientos niños
debido al bloqueo y la incursión militar israelí. Y no se trata solo de niños.
En total, y solo en Gaza, la cifra de muertos supera ya los 25.000, la mayoría
civiles víctimas de ataques aéreos. Esto sin contar los heridos y
desaparecidos, o los que mueren más lentamente por no contar con asistencia
médica, fármacos o alimentos suficientes.
¿Es esto un genocidio? Pues ustedes
verán. Si encerrar a más de dos millones de personas en 45 kilómetros
cuadrados, dejarles sin comida, agua o asistencia médica, y bombardearles día y
noche durante meses no responde a la intención de acabar con ellos, que venga
Dios – incluido el de Israel – y lo vea.
¿Es demostrable la intención genocida?
Pues no hay más que escuchar las proclamas del propio Netanyahu, o de alguno de
sus ministros o diputados, llamando al ejército a borrar Gaza de la faz de la
tierra, incluso con armas nucleares si hiciera falta. Aunque lo más grave aquí
es que, más allá de la camarilla de fanáticos supremacistas y ultrarreligiosos
que gobierna el país, parte de la población se ha dejado llevar por la creencia
de que «los palestinos se lo merecen», y que son la mayoría de ellos, y
no solo Hamás, los responsables de los ataques terroristas del 7 de octubre
(misteriosamente conocidos, por cierto, y desde hacía meses, por la
inteligencia israelí).
A esta tendencia a culpabilizar a todo un
pueblo (increíblemente prendida en quienes tantas veces han sufrido de la misma
e injusta acusación colectiva) se le suma la idea, exhibida sin complejos, de
que los palestinos, salvo como mano de obra barata, ya no pintan nada en
Palestina, dado que esta es, definitivamente, la tierra prometida por Dios a
los judíos (y no el Estado que les concedieron, por su divina gracia, las
potencias coloniales occidentales tras la 2ª Guerra Mundial). De ahí que,
además de la masacre de Gaza, se haya incrementado la política de acoso y
asesinatos a palestinos por parte de colonos judíos ultraortodoxos en
Cisjordania, la otra «reserva india» en que sobreviven confinados los
descendientes de los expulsados de sus casas en 1947 para construir la patria
judía.
Ante todo esto, la defensa israelí en La
Haya ha consistido en esgrimir el derecho a la autodefensa, afirmar que se está
haciendo todo lo posible por evitar víctimas civiles, acusar a Suráfrica de
tener vínculos con Hamás, y recordarnos que ellos sí que vivieron realmente un
genocidio.
Dejando esto último a un lado, y obviando
la tramposa frivolidad con que se acusa de antisemita, y poco menos que de nazi,
a todo aquel que se atreve a ponerle el más mínimo pero a la matanza de Gaza,
el resto de los argumentos son de un cinismo que corta la respiración.
En cuanto a la autodefensa, nadie ha
negado el derecho de Israel a defenderse. Lo que se cuestiona es el modo de
hacerlo. El derecho a repeler los ataques terroristas de Hamás no implica que
se pueda bombardear y matar de hambre a dos millones de personas por si cae
algún terrorista en el lote. ¿Se imaginan que ante el acoso reiterado del
terrorismo del IRA o de ETA, los gobiernos británico o español hubieran
encerrado a la gente del Ulster o el País Vasco, les hubieran dejado sin
comida, luz y agua, y les hubieran bombardeado día y noche durante meses? ¿Cuántos
«Guernicas», uno detrás de otro, tendría que haber pintado Picasso para denunciar
esa masacre? Pues es esto, y no menos, lo que se está perpetrando impunemente
en Gaza.
En cuanto a acusar a Suráfrica de tener
vínculos con Hamás, tiene gracia que lo haga el país y el dirigente (Netanyahu)
que ha defendido personalmente la necesidad de financiar a Hamás como
estrategia para mantener divididos a los palestinos e impedir que avanzaran
hacia la consecución de un Estado propio.
Así que no. Es una repugnante mentira
afirmar que el gobierno y el ejército israelí están haciendo lo posible para
evitar víctimas civiles. Están perpetrando una matanza sin paliativos en el
campo de concentración en que han convertido previamente a Gaza. Y Occidente
entero, salvo la honrosa excepción de Suráfrica, está tapándose los ojos y la
nariz ante este hecho. Algo que, por cierto, tendrá consecuencias.
Porque tengan por seguro que si algo van a provocar estos crímenes de Estado es más
violencia e inseguridad para todos. Denle tiempo al tiempo.
miércoles, 10 de enero de 2024
Disfrazarse de Baltasar
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Esta última semana hemos asistido de
nuevo a la controversia acerca de si disfrazarse de rey Baltasar sin tener la
piel negra es o no una práctica racista. Algunas asociaciones y opinadores de
tendencia progresista piensan que sí, comparando el hecho con esa especie de
delito moral que es el «blackface» norteamericano (severamente castigado allí
con la pena de cancelación). Ahora bien, ¿es esta posición razonable
aplicada a nuestros reyes y pajes navideños? Atendamos a los argumentos de la
acusación.
El primero y principal es que disfrazarse
de negro era común en ciertas operetas decimonónicas en las que se
caricaturizaba de forma humillante a los negros, por lo que disfrazarse también
ahora supondría una autorización implícita de aquellos viejos y denigrantes
espectáculos y un insulto a todo el colectivo. ¿Es este un buen argumento? La
verdad es que no. Aceptarlo supone incurrir en la falacia de enjuiciar la
totalidad de una práctica (maquillarse de negro) por el uso particular que se
hizo originalmente de ella (maquillarse así para burlarse de los negros). Y
esto no es muy sensato. Si fuera justo no hacer nada que otros hayan hecho antes
con aviesas intenciones, sería injusto hacer casi cualquier cosa. ¿Deberíamos
entonces negarnos a llevar un pendiente en la nariz (objeto con que se hacía
algo más que burla a los esclavos negros), o dejar de adorar crucifijos (dado
que también los usan los fantoches criminales del Ku Klus Klan), o
negarnos a interpretar ciertos temas de jazz por haber sido popularizados en aquellos
«minstrels» en los que se caricaturizaba a los negros hasta principios
el siglo XX? Todo esto no parece lógico: algo puede ser aceptable independientemente
de su origen; y quien se maquilla de negro para encarnar al rey Baltasar y
su corte de pajes no lo hace hoy para burlarse de las personas negras, sino
para encarnar la figura de un rey oriental sabio, justo y generoso.
Otro argumento esgrimido por los que se
oponen a la tradición de los baltasares maquillados es que esto
invisibiliza o contribuye a marginar a las personas realmente negras, que son
las que deberían representar a dicho rey mago en celebraciones como la
cabalgata del cinco de enero. Ahora bien, este argumento confunde el rito
teatral de la cabalgata con un problema social. Y no son lo mismo. Una cosa es
que en un rito festivo haya maquillaje y disfraces, y otra que se discrimine
(en ese rito o en cualquier otro ámbito) a quien no sea blanco. Tan lícito es
lo primero como inaceptable lo segundo. Maquillarse de negro es tan legítimo
como ponerse una barba postiza o una capa real. No conozco ningún criterio
estético serio (ni el del realismo más naíf) que impida a alguien representar
cualquier papel si lo hace bien, independientemente del color de su piel, su
género u otras circunstancias particulares. Y si nadie en su sano juicio
pediría que quien hiciera de Melchor fuera realmente un mago venido de Oriente y
perteneciente a la realeza, tampoco se debería exigir que quien representara a
Baltasar tuviera que ser obligatoriamente negro. Otra cosa, esta sí repudiable,
es que se margine o invisibilice a las personas de piel negra, y no se las
acepte para representar a Baltasar (o a Melchor, o a Gaspar, o a lo que sea)
solo por ser negras, y no por no ser actores o personas relevantes para la
comunidad, que son dos de los criterios más frecuentes para escoger a quienes
hacen de Reyes Magos en las cabalgatas. En las cabalgatas que conozco, al menos, se escoge a las personas que van a representar a los RR.MM. por su relevancia social, y no me parece mal que esto sea lo que prime por encima del color de piel (al contrario sí que me parecería racismo). Otro asunto, distinto, es que todas las personas, sean del color que sean, puedan aspirar en igualdad de condiciones a esa relevancia social, pero esto, digo, es otro asunto, previo y más trascendental al de quién se disfraza de Baltasar en una cabalgata.
Un tercer argumento es que disfrazarse de
Baltasar con maquillaje incluido supone hacer una caricatura insultante que
fomenta prejuicios. ¿Pero es esto necesariamente cierto? Piensen que cualquier
disfraz implica casi consustancialmente hacer una caricatura o síntesis de
aquello que representamos a través del maquillaje, la ropa, los ademanes, etc.
¿Deberíamos entonces prohibir todo disfraz (no solo de negro, sino también de
blanco, pijo, ruso, roquero, geisha, obispo, mendigo…), toda vez que siempre
podría haber un colectivo acusándonos de estar haciendo una caricatura
prejuiciosa de sus rasgos identitarios? Tomen nota, ahora que se acerca el
carnaval…
Pero incluso si fuere ese el caso (que
dudo que lo sea en el caso de nuestras cabalgatas de Reyes), ¿por qué habríamos
de censurar las caricaturas? No veo por qué en una sociedad libre, abierta y
plural no se haya de poder caricaturizar todo lo que se desee, siempre que la
intención no sea la de agredir o discriminar a nadie, y que se trate del lugar
y el momento adecuado (vale en un carnaval o una revista satírica, pero no en
un parlamento o aula de enseñanza).
Un cuarto y último argumento es el de que los niños no creen con el mismo fervor en los Reyes Magos si Baltasar no está encarnado por una persona realmente negra. Pero esto me parece francamente ridículo. Los niños no tienen una imaginación necesariamente realista, y son bastante duchos en el juego simbólico: pueden aceptar perfectamente a un actor no negro haciendo de Baltasar (como han hecho siempre) mientras posea los correspondientes atributos simbólicos (entre ellos, la tez morena), y sin que dichos atributos tengan que ser reales (¡para algo son magos!). Igualmente, podrían aceptar un Rey Mago mujer o un Papa Noel asiático, siempre que los personajes portaran dichos atributos simbólicos (corona, barriga, etc.). Si los niños solo pudieran ilusionarse con personajes realistas Disneylandia tendría que cerrar mañana...
Por cierto, y como me las veo venir: con todo
esto nadie quiere decir que no haya que luchar ferozmente contra el racismo (como
se ha hecho desde esta columna tantas veces), sino solo que hay que ser más
sensato y no dar pretextos al enemigo para que ridiculice esa misma lucha – ni
motivos a los amigos para que tengan miedo de ella –. Eso es todo.
miércoles, 3 de enero de 2024
La suprema virtud de procrastinar
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| Foto de Mo Eid |
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿Es
bueno obsesionarse con los planes y propósitos de año nuevo? Por supuesto.
Hacer planes tiene muchísimas ventajas. Es útil para fingir que controlas tu
vida, para soñar, para entretener el amor, para gozar con los amigos y, sobre
todo, para no hacer otra cosa que esa. Hacer planes es algo tan
insuperablemente bueno que, de hecho, anula cualquier otra posibilidad de
acción.
Que
planear sea un bien insuperable es algo que todo el mundo sabe. Por mucho y
bueno que sea lo que hagamos, siempre podemos soñar o planear algo mejor.
Nuestra capacidad de imaginar es infinita; nuestras fuerzas, no. Entonces,
¿para qué matarse intentando llevar a cabo lo que nos proponemos? ¿No es mejor pasarse el día concibiendo y
compartiendo ensueños? ¿Quién quiere ser una alienada hormiga amontonando
logros en lugar de la cigarra que los inspira? Los humanos, como decía el poeta,
estamos hecho de la materia de los sueños.
Que
los seres humanos somos más cigarras que hormigas está claro. Nos define lo que
hacemos con la cabeza, no con las manos. Para esto último (y para la parte
mecánica de lo primero) ya están las máquinas. De ahí el lógico desprecio a los
oficios menestrales y mecánicos que nos deshumanizan, y el gusto por la
especulación y el vagabundeo mental. En esto, los católicos latinos siempre
tuvimos la razón frente el sombrío culto al trabajo de los protestantes
anglosajones. Y que estos hayan impuesto su diabólico mundo de hormigas,
consagrado a los peores vicios (esa obsesión por explotar, producir,
acumular…), no desdice la superioridad moral de nuestros hidalgos, filósofos y santos,
dados al ocio, la contemplación y a una saludable pobreza (que no miseria)
material.
Deshágase,
pues, la idea de que procrastinar es un vicio. Lo será para algunos bárbaros.
Aquí lo reconocemos como una virtud. Y de las mayores. El ser humano se realiza
procrastinando, esto es: deseando, proyectando, imaginando y pensando, sin
nunca pasar de ahí… Más que nada porque no hay «a donde pasar». Toda
realización de lo planeado es por fuerza dolorosa, decepcionante, mortal e
inútil. Ya lo decía Oscar Wilde: «cuando los dioses quieren castigar a
los hombres les conceden sus deseos».
Un
viejo cuento pitagórico afirmaba que de los tres tipos de personas que van a un
estadio, solo el espectador hace lo que no puede hacer ningún otro animal:
contemplar ociosa y libremente el mundo. El resto – el comerciante, el atleta –
no hace más que someterse a la ley natural del interés y el músculo (y que
nuestra sociedad idolatre hoy a comerciantes y deportistas ofrece la medida
justa del desastre). Es por ello por lo que grandes artistas y pensadores se
han dedicado «solo» a idear y teorizar con mayúsculas. ¿Para qué más? (ya
vendrían discípulos y escolásticos a hacer lo más minúsculo y degradante).
Incluso el protestante Kant reconoció que la libertad y perfección de los
humanos solo podían darse en el ámbito etéreo de los fines, y no en el de las
acciones mundanas, fatalmente determinado por las leyes físicas.
Así
que ya saben: no se dejen tentar por la conformista y mortal tentación del hacer.
No hay caricias, versos, amores ni mundos que puedan superar a los que
albergamos en nuestra calenturienta sesera. Ni placer más excelso que compartir
delirios. Recuerden cuántos castillos en el aire (negocios, viajes, proyectos,
teorías salvadoras del mundo…) hemos edificado con amigos y amantes, gozando de
cada pieza, y sin necesidad de exponerse al fracaso, contraer deudas, pagar
comisiones morales o dejar muertos en las cunetas.
No hay peor pecado que lo que los pobres de espíritu llaman «acción» (y que
no es más que triste pasión del alma sometida a lo que ni le va ni le viene).
Tenemos el mundo podrido de tanto botarate hiperactivo no dejando infinitamente
para mañana lo que se siente torpemente impelido a hacer cuanto antes, sin
realmente hacer ni aprender nada. El verdadero sabio aprende de la reflexión,
no de la acción (solo el más burro tiene que dejarse caer para descubrir la
fuerza de la gravedad). Mientras que el paladín del hacer cosas pierde el
tiempo, el que procrastina lo hace. «Hacer tiempo», y no ocuparlo vana y
angustiosamente; esa es la clave de una vida buena y feliz.
Dicho
todo lo cual, y frente a la legión de bandarras que ofrecen cursos para no
procrastinar, propongo hacer de la procrastinación (palabra horrible cuya
pronunciación dan ganas de aplazar sine die) una suerte de nuevo culto.
Lo llamaría «dejadismo» (o algo así), y sería un término medio entre el «hacer
todo lo que deseas» del protestantismo triunfante, y el «hacer por no desear
nada» del budismo alternativo; su principal y único mandamiento sería este: «limítate
a desear». ¿Os parece esto poco? Pues es lo mejor que tenemos. Así que, ya
saben: a soñar los mejores planes para este 2024. Con el firme propósito de no
cumplirlos.
domingo, 31 de diciembre de 2023
En un abrir y cerrar de ojos
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Me acorde del famoso cuadro de Juan de
Valdés Leal, In ictu oculi, mirando un cementerio por la ventanilla del
tren. Contemplar aquel lejano y solitario camposanto a través de los furiosos
parpadeos de un AVE a trescientos por hora, daba qué pensar (sobre todo a un
extremeño acostumbrado al Talgo); pensar en las cosas de este mundo traidor, y
en cuán fácilmente se emborronan ante el horizonte de la muerte, el final del
juego, el reverso absoluto de todo... No hay tren que no conduzca a esa última
estación.
Meditar sobre el fin, como aconsejan
místicos y sabios, disuelve vanas preocupaciones, pero nos inunda, a cambio, de
una tétrica melancolía. En poco tiempo – pensaba – se apagará la vela de este
año sombrío. Como se apaga la luz en la mirada de los niños diariamente
sacrificados por el nuevo Herodes-Netanyahu, o en la de los migrantes que se
ahogan sin un adiós en el foso de nuestros encastillados paraísos, o en la de
tantas mujeres asesinadas o amortajadas en vida en Irán, Afganistán y medio
mundo … Luz a extinguir como la esperanza de los que yacen sin remedio en ese
infierno sin fechas, trenes ni encuentros que son la guerra, la miseria, la
ausencia irreparable, la soledad, la explotación, el abuso…
Cavilaba también en cómo pasa fugazmente
todo, menos la muerte (y algunas deudas): contratos laborales, sueldos, amigos,
amores, gustos y géneros. Y eso por no hablar de la palabra de los políticos,
el barniz democrático de algunos, o la unidad de la izquierda fetén, verdadero
paradigma del «tempus fugit». También en como las certezas se disuelven, de
boca en boca, en ese patio de vecinos global y virtual que son las redes. O en
cómo la inteligencia humana es desbordada por la de sus hijos de silicio. O
incluso en cómo este planeta nuestro, acabose de todo aparente pasar, parece
condenado a pasar página por la insostenible codicia de unos y de otros…
Sin embargo, pese a tanto pesar y pasar,
hay algo – seguía pensando – que se nos debiera haber quedado, vivo y fijo, en
el recuento de traviesas de este ardoroso y traqueteante año. A saber: que todo
lo que creíamos ilusoriamente seguro (una relativa paz, unas democracias
asentadas, la lucha por los derechos humanos, la alerta ante el desastre
ecológico y climático…) no lo es ni por el forro. Y que si no queremos
descarrilar prematuramente, debemos anclar nuestros más locos y optimistas
deseos a algo más fuerte que la vida, tan fugaz y veleta ella. Los artistas y
teólogos barrocos señalaban a una justicia eterna y trascendente; la modernidad
ilustrada eligió otro tipo de justicia, más inmanente y política, aunque
también trascendente (al menos a naciones y mercados): la de un proyecto
cosmopolita fundado en derechos y valores universales. Ahora bien: llegar a esa
estación implica reconducir un tren que, si nos dormimos, puede llevarnos in
ictu oculi – ya saben la cantidad de Trumps, Mileis, Pútines y otros locos
ególatras que andan sueltos – al lugar de nuestras peores pesadillas. ¿Seremos
capaces de mantener los ojos abiertos?
miércoles, 27 de diciembre de 2023
Una de ética navideña
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y en El Periódico de España
La
Navidad no solo es tiempo de cenas y regalos familiares, sino también de
benevolencia hacia el prójimo. Toda la estética y la retórica navideña insiste
en ese acostumbrado mensaje de fraternidad entre los seres humanos. Ahora bien,
¿puede este mensaje ser algo más que simple retórica? ¿Tenemos alguna razón de
peso para comportarnos fraternalmente con los demás? ¿Es cosa de «razones» esto
de ser bueno, o es más bien una cuestión emotiva o de pura fe religiosa? ¿Qué
podría convertir el sentimental ramalazo navideño de solidaridad universal en
principio rector de nuestra conducta?
Es
fácil empezar a responder a esto último. Para ser fraternalmente bueno de
verdad – y todo el año – solo hace falta tener el deseo sincero de valorar y
tratar a los demás como a nosotros mismos. Ahora bien – y aquí empiezan los
problemas—, ¿qué pasa si no albergamos per
se ese deseo? ¿Por qué habríamos de desear desearlo? ¿Qué nos debería
importar a nosotros lo que importe a otros?...
Podemos
soñar con que los humanos tengamos una cierta inclinación natural a considerar
el interés de los demás con similar cuidado y comprensión que el nuestro, pero
esta presunta empatía universal es puesta constantemente en duda por los
hechos. Hechos que muestran que la mayoría de las personas, y salvo que
pertenezca a su círculo más próximo, solo sienten una empatía fugaz y
superficial por la suerte de su prójimo; prójimo del cual no tienen empacho
alguno en aprovecharse si con ello ganan algo para sí y «los suyos». ¿Hace
falta que demos ejemplos?
Otra
respuesta más alambicada (por paradójica) es la que supone que tras el deseo de
interesarse realmente por los demás hay una suerte de cálculo egoísta: «si soy
genuinamente bueno con otros, ellos también lo serán conmigo». Pero, de nuevo,
no parece que esta «ley del egoísmo inteligente» pueda tener rango universal. Tal
vez si respeto a mis iguales más cercanos (a mis vecinos, por ejemplo) haya más
probabilidades de que ellos me respeten a mí. ¿Pero qué pasa si en vez de «mis
vecinos» hablamos de «mis súbditos» o de «mis trabajadores»? La mayoría de los
tiranos mueren de viejos. Y es harto improbable que la relación entre patronos
y obreros cambie de tal modo que sean estos los que puedan explotar a aquellos.
Piensen, por ejemplo, en los niños o mujeres que exprimimos en África o Asia
para gozar de productos baratos aquí. ¿Creen que tendría sentido ser buenos con
ellos «para que ellos también lo sean algún día con nosotros»?
Tampoco
el recurso a las leyes o acuerdos normativos nos libra del problema. La ley por
sí misma, desprovista de otros argumentos, no es más que retórica y coacción.
Pero la capacidad humana de coacción es limitada. ¿Por qué íbamos a respetar
las leyes cuando nadie nos viera, o cuando pudiéramos corromper al juez?
Tampoco los acuerdos o consensos sirven de mucho si no hay una voluntad y una
convicción firme que los sustente. Ahí tienen las resoluciones de la ONU u
otros acuerdos internacionales, convertidos en papel mojado en cuanto dejan de
interesar a unos u otros.
Por
supuesto, tenemos también a la religión. Las religiones procuran una retórica
mucho más poderosa que la política y una coacción ilimitada (Dios lo ve todo,
así que no hay escapatoria al que incumple su ley). El problema es que hay que
creerse el cuento; y que gran parte de él ocurre en un ámbito trascendente, que
es donde realmente cabría una solidaridad y una justicia real.
¿Entonces?
Si ni las emociones, ni la utilidad, ni la ley (tampoco la de Dios) ofrecen
motivos suficientes, ¿por qué habríamos de comportarnos fraternalmente con el
prójimo?... A esta pregunta, la ética puede proporcionar una visión que, sin
dejar de ser crítica, recoja, a través de una criba racional, «lo mejor de cada
casa». Así, se podría llegar a reconocer que hay un cierto afán natural (aunque
insuficiente) por empatizar y cooperar con los demás; que comportarse bien con
los de tu especie es bastante útil (aunque no en un sentido estrecho de
utilidad); que la conducta moral es intrínsecamente normativa (aunque no solo
eso); y que la alusión a lo trascendente acaso sea inevitable (aunque no bajo
el lenguaje mítico de la religión) …
Tal vez
– y recogiendo todo lo anterior – la clave para ser bueno con el prójimo esté
en incluir entre nuestros intereses personales el de habitar un mundo coherente
y armonioso, en el que a seres reconocidos como iguales les correspondan
propiedades y derechos iguales, y en el que el conjunto de nuestras acciones,
tanto en presente como a lo largo del tiempo, adquieran sentido en orden a un
marco mayor que trascienda y dote a nuestra particular existencia de valor,
belleza y verdad universal… No es fácil, pero sin entender algo como esto la
posibilidad de que la retórica navideña nos salve de nuestra discapacidad moral
es poco más o menos la misma que la de que nos toque el gordo de la lotería.
miércoles, 20 de diciembre de 2023
Demonizar el móvil
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Se veía venir y ha
venido. La insistente presión de varias plataformas de padres y madres,
organizados en frenéticos grupos de wasap y alarmados por el mismo frenesí
mediático que creen ver en sus hijos, han forzado a la ministra de educación a
cambiar su posición con respecto al asunto del móvil en colegios e institutos. Donde
antes se decía, con tino, y de acuerdo con la OCDE, que hay que educar en su
uso, ahora se dice que de educar en
centros educativos nada, que lo de
los padres conectados por móvil contra el móvil es más juicioso, y que donde
esté una buena prohibición que se quiten todas las tonterías. ¡Ya aprenderán
cuando sean mayores de edad! ¿Dónde? No se sabe. En la universidad, en el
curro, en la calle…
Así que ya saben, el
Ministerio de Educación, reconvertido en Ministerio del Interior, recomendará
que los docentes, en lugar de educar y acompañar, se dediquen – más aún – a
vigilar y apercibir. Y ojo que la prohibición no será solo en las aulas (donde
ya existía), sino en patios, recreos, pasillos, cafeterías y comedores. No se
podrá ir a mandar un mensaje a la/el churri o la madre de uno/a ni a la misma
puerta (esa en las que aún se echan el pitillo a escondidas los profes más
disolutos).
Y hablando de puertas, nada
de ponérselas al campo, como dijo, insegura, la ministra hace unos meses. Para
conseguir lo que quieren los padres basta con amenazar un poco más a niños y
adolescentes (que, como el papel, lo soportan todo) e instalar inhibidores de
frecuencia para que nadie use internet salvo con permiso del director. También
sería útil formar brigadas mixtas para requisar móviles en los baños. O tener
alumnos infiltrados que diesen información mediante móviles ocultos. Y, por supuesto,
instalar cámaras en los pasillos, para que así podamos, como en China, quitar
puntos (en nuestro caso con rúbricas, para dar un toque innovador) al alumnado
que no se comporte como debe.
Es cierto que algún
alumno o alumna podría alegar que está haciendo un uso educativo del móvil (escuchando
música, buscando información, mirando un vídeo educativo…), pero ¿quién se va a
fiar de ellos? Seguro que la mayoría solo lo quiere para acosar a sus
compañeros, ver porno o jugarse al póker el dinero de la merienda. Así que
nada, a prohibir su uso recreativo en
el recreo. ¡Además, qué a la escuela
no viene uno a divertirse, sino a aburrirse y a sufrir! Y si quieren diversión
que jueguen al corro de la patata o a pegar balonazos, que es mucho más sano,
básicamente porque es la forma en que nos entreteníamos los que tenemos la
sartén por el mango para definir lo que es «sano» (es decir, «bueno», pero con ese soniquete científico-médico que
epata a los tontos del bote).
Y charrando de tener la
sartén por el mango. ¿No deberían los profes y el personal no docente dar
ejemplo, y dejar también de utilizar el móvil durante la jornada lectiva?
Porque si, como wasapean papis y mamis, y defienden opinadores de toda especie,
el móvil resulta tan lesivo para la sociabilidad, la concentración y la pureza
moral, ¿no sería mejor promover el control de su uso en salas de profesores,
departamentos y dependencias varias? Y ya puestos, y para ser aún más
coherentes, ¿no tendríamos que reconvenir también a todos esos ciudadanos que
usan «obsesivamente» su móvil por la calle, en el
metro, en la sala de espera o hasta en el mismísimo Parlamento (siempre que no
esté hablando el jefe)? ¿No dan un pésimo ejemplo a nuestra maleable juventud?
Una juventud a la que,
como es habitual, nadie ha preguntado nada, y a la que nos hemos limitado a
tachar de adictos, como si por hacer cientos de cosas en el móvil fueses un
pobre loco, y por hacer una sola (babear) ocho horas ante la tele, o pasarse el
día entero en el bar, el gimnasio o el trabajo, fueras un adulto «sano» y con licencia para prohibir.
Pero ya ven, quien manda, manda. Y pese a que los estudios científicos no son
en absoluto concluyentes, están llenos de mil matices, y advierten de que la
prohibición impide una alfabetización digital crítica, debilita a los niños
frente al mundo que les toca vivir, y les obliga a mentir y a usar el móvil a
escondidas, las soluciones simples y tajantes enardecen a la gente, siempre
necesitada de panaceas y chivos expiatorios.
Así que ya sabéis, niños
y no tan niños, los sabios consejeros de todos los reinos, «aplicando una estrategia de
bienestar emocional»
(lo ha anunciado la consejera de Educación asturiana, pero podría haberlo dicho
Xi Jinping o el Gran Hermano de Orwell), van a prohibiros chatear, hablar,
jugar, oír música, ver vídeos, informaros, leer, consultar vuestra agenda y
revisar vuestros correos, durante vuestro (escaso) tiempo de ocio en los
centros, que tendréis que ocupar de manera más «sana» (ya os dirán los
«sanatólogos» cómo). Pero tranquilos,
que todo será por vuestro bien; algo que esos padres y madres que han
torcido la voluntad de la ministra conocen mucho mejor que nadie. Para eso se
pasan todo el santo día wasapeando sobre el tema.
miércoles, 13 de diciembre de 2023
Democracia, educación e informe PISA.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
No hay
régimen político que dependa tanto de la educación como la democracia. Las
razones son al menos dos. La primera es la obligada y constante perfectibilidad
de un régimen fiado a una consideración utópica del poder (aquella por la que
este pretende distribuirse igualmente entre todos); y la segunda, la obligación
de preparar a quienes ostentan idealmente ese poder – es decir: a la ciudadanía
– para el ejercicio de su función soberana.
Un
régimen como el democrático, fundado en el ideal de elevar la voz de todos a
autoridad suprema, exige ciudadanos dotados de determinadas competencias o
virtudes que no son innatas ni surgen por ensalmo y que, por lo mismo,
requieren de educación. De mucha educación. Uno no nace, sino que se hace
demócrata. La pregunta es cómo.
Veamos.
Gobernar consiste en juzgar y tomar decisiones. Así que lo primero para educar
en democracia sería preparar a la ciudadanía para emitir juicios certeros y
ponderados. Un buen ciudadano ha de ser diestro en el análisis crítico de la
realidad, del conocimiento de que dispone, y de los valores que subyacen a las
opciones entre las que ha de escoger, evitando supuestos infundados, dogmas,
sesgos y prejuicios. Y todo esto no cae del cielo, ni se aprende en la barra de
un bar…
Lo
mismo cabe decir con respecto al diálogo y la argumentación, componentes clave
de la vida democrática. La competencia dialéctica no se adquiere viendo las
tertulias de la tele, sino a través de un tipo complejo de ejercicio crítico
por el que, tras examinar racionalmente todas las opciones (propias y ajenas),
se intenta reconstruir colectivamente una tesis común. Es lamentable que
a los niños se les enseñe a leer, escribir, calcular o recordar hechos
históricos, pero no a dialogar de modo cooperativo, valorando con objetividad
las razones del otro y evitando falacias y errores lógicos, habilidades de la
que depende esencialmente – mucho más que de todas las leyes juntas – nuestro
sistema de convivencia.
A las
capacidades para el juicio y el diálogo crítico hay que sumar una buena
educación ética. No moral, ojo. Sino ética. La moral inculca valores y nos
indica lo que debemos hacer. La ética somete a análisis racional los valores y
nos proporciona herramientas y marcos argumentativos para que seamos nosotros
los que decidamos lo que debemos hacer. La diferencia está bien clara. Y si
bien es deseable que la ciudadanía asuma ciertos valores democráticos, aún es
más deseable y democrático que los escoja por sí misma. La moral mínima
socialmente exigible no se aprende con homilías laicas, sino por pura convicción,
dando y exigiendo razones, si es que las hay…
Por lo
demás, no hay forma de inculcar el valor supremo de cualquier democracia – a
saber: el de considerar al otro realmente como un igual, y no como un simple
medio para nuestros fines– sin esa profunda reflexión ética y filosófica que
nos hace entender que entre nuestros intereses más particulares está el de
darles sentido en el marco de una realidad, más coherente y armoniosa, en la
que quepan los intereses de todos. En esta profunda comprensión de la conexión
entre individuo y sociedad está, entre otras cosas, la raíz de actitudes y
emociones tan democráticas como la empatía y la fraternidad.
Toda
esta educación democrática ha de dirigirse, por último, a todos (el saber, como
el poder, ha de ser patrimonio de todos), a través de un currículo único y una
escuela pública y plural que refuerce los vínculos comunitarios (no se trata de
que haya tantos colegios como opciones ideológicas, sino de que todas las
opciones puedan convivir en el mismo colegio, para que sean los propios alumnos
quienes puedan elegir entre ellas).
Es una
pena, por cierto, que todas estas competencias, principios y características no
sean evaluadas y puntuadas en las pruebas PISA. O que en dichas pruebas no se
consideren las diferencias entre países más o menos democráticos y
totalitarios. Es claro que los segundos pueden concentrarse en una educación
técnico-científica, dirigida a satisfacer intereses productivos o estratégicos
sin «perder el tiempo» promoviendo el pensamiento crítico, el diálogo, la
reflexión ética o el desarrollo integral del alumnado. ¿Pero es eso lo que queremos?
La tecnología y la ciencia nos ayudan a vivir, pero es más importante saber – y
poder decidir democráticamente – cómo queremos vivir – y convivir— sin
equivocarnos más de la cuenta.
miércoles, 6 de diciembre de 2023
El nuevo idiota político
Los que han visto El Padrino, la legendaria película de Francis F. Coppola sobre la mafia, recordarán la escena en que los miembros de la familia Corleone reaccionan con ira e incredulidad al saber que uno de ellos (Michael, el hijo menor) se ha alistado para defender a su país en la guerra: no entienden que nadie en su sano juicio cometa la idiotez de anteponer el interés público al de «la propia sangre». Algo parecido he oído muchas veces en mi propio entorno: que lo único importante es la vida privada, la familia, y que el compromiso cívico y político, si no sirve inmediatamente a aquella, carece de valor y sentido. De hecho, todavía se oye exclamar aquello de «yo no me meto en política» como expresión de decencia y buen sentido, dando a entender que el que lo hace es un sinvergüenza o un idiota que descuida sus verdaderos intereses.
Es curioso que este uso del término «idiota»
sea el opuesto al que se cree que tuvo originariamente, al menos en una de sus
acepciones. En la Grecia clásica «idiota» no se refería al que descuidaba lo privado
para ocuparse de lo público, sino al que descuidaba su faceta pública y actuaba
como simple particular. Justo lo contrario. Y eso que los antiguos griegos
vivían en un ecosistema político parecido al nuestro: democracias más o menos
convulsas e inestables rodeadas de amenazantes (y tentadores) regímenes
totalitarios. Tan peligroso era el mundo – antes y ahora – que seguro que las
abuelas griegas dirían a sus nietos lo mismo que las nuestras: que, hiciesen lo
que hiciesen, no se «significaran» nunca. ¿Pero por qué les haríamos más caso
los de nuestra generación que los griegos de hace dos mil quinientos años?
A este desprecio de lo político en
sentido amplio han contribuido, sin duda, muchos factores: el espectáculo
mediático en torno a la corrupción política, el «coste de información» que
supone para el ciudadano medio valorar problemas cada vez más complejos, la
concepción ultraliberal del Estado como una empresa limitada a asegurar el
bienestar particular, o la idea – no menos liberal – de que la democracia no es
más que negociación de intereses y que toda invocación a la justicia o a las
virtudes cívicas es idiotez o hipocresía.
No obstante, algo parece estar cambiando
en todo esto. Hace tiempo que se observa un interés cada vez mayor y general
hacia los asuntos públicos. La gente se manifiesta por doquier (especialmente
en redes sociales) y se apasiona por la discusión política, frecuente en los
medios. Encender la televisión o la radio y encontrarte una tertulia, por
sesgada o bronca que sea (en lugar de un desfile, un partido de fútbol o una
corrida de toros), es un síntoma de que la democracia mantiene sus constantes
vitales. Es cierto que la discusión en redes es a menudo sórdida, pero
demuestra que la ciudadanía está deseando participar en el debate público y
que, además, lo hace con convicción, sin caer en el prejuicio falaz de que toda
opinión es igualmente subjetiva y equivalente a su contraria.
Ahora bien, en este tumultuoso retorno a
la actividad cívica no es oro todo lo que reluce. Los medios y redes que
promueven el debate fomentan también su polarización extrema, generando
burbujas ideológicas que actúan a modo de estructuras familiares (dan y
exigen apoyo incondicional, desconfían de los extraños, sirven a objetivos tribales,
y promueven autoestimas, identidades y afectos fraternos). Estas «fratrias» o «familias»
mediáticas o internáuticas, a las que muchos individuos sienten que pertenecen
de modo tácito o anónimo, parecen una forma de conciliar la actividad cívica
con algunos de los factores que la dificultan (el esfuerzo de analizar temas
complicados, la falta de tiempo, el aislamiento social…), pero acarrean un
nuevo tipo de idiotez política, una manera más sibilina de reducir nuestras
acciones al ámbito privado, consistente ahora en creer que participas en la
vida pública cuando, en el fondo, solo lo haces en tu grupo particular
de referencia. Esos universos ideológicos paralelos, cerrados y definidos unos
contra otros – y que parecen reproducir ya los propios partidos políticos –, escenifican
un estado casi prepolítico de lucha de clanes que no conviene en absoluto a la
vida democrática.
¿Cómo librar a la vida pública de esta
nueva forma de idiotez? La única manera es demostrar a la ciudadanía que el
interés particular es inseparable del general, y que las opiniones o posiciones
políticas son, en general, tan contrapuestas como complementarias. Ni la
realización plena y moral de los individuos puede prescindir del ejercicio de
la ciudadanía (y si viviéramos en una tiranía lo comprenderíamos mejor), ni el
desarrollo de una sociedad democrática es posible sin el diálogo crítico,
empático y honesto con uno mismo y con los demás, especialmente con aquellos
que no piensan como nosotros. Convencerse de esto es la única forma de evitar
la idiotez; la política y la otra.









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