viernes, 28 de marzo de 2025

Antimilitarismo y cultura de defensa

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una vez nos hemos cerciorado de que Europa ya no le interesa militarmente más que a sí misma, es hora – como dicen— de rearmarse. No solo de armas, ni de voluntades para desarrollar una estrategia de defensa común más firme y articulada (incluyendo un verdadero ejército europeo), sino sobre todo de ideas y valores. Es preciso reconstruir con ellos una cultura de seguridad que permita hablar sin tabúes hipócritas de estrategias de disuasión, conflictos bélicos, tecnología militar, control de armamento nuclear o movilización de la población. El antimilitarismo militante no debe dejar de reparar que las libertades, derechos y relativa paz que disfrutamos en Europa no son en absoluto ajenos a las guerras que libraron nuestros abuelos – la última de ellas contra el fascismo – y que no vamos a seguir disfrutando de ellos si no los protegemos con energía de quienes lo consideran un estorbo para el logro de sus ambiciones imperialistas. 

Reivindicar el valor de la defensa armada en el marco de un Estado democrático de derecho significa varias cosas: la primera es subrayar el monopolio del uso legítimo de la violencia por parte del Estado como un signo distintivo de civilidad. La paz no es un valor incondicional. Una paz injusta puede ser peor que la guerra. Y una paz justa no es posible fuera de una comunidad que reprima el uso privado de la fuerza y que se defienda eficazmente de aquellos que, desde fuera, desean violentarla y destruirla.

Rearmarnos de valores e ideas en el ámbito de la defensa quiere decir también reconocer el papel de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, un grupo de profesionales cuyo objetivo, tan loable como el de los médicos o los bomberos, no es otro que garantizar nuestra seguridad e integridad física frente a un variado rango de amenazas. Ya sabemos que en ciertos sectores (no necesaria ni primordialmente populares) resulta poco estiloso reconocer la labor de, por ejemplo, de la policía – salvo cuando la necesitan, claro –, pero esto es poco más que una pose estética de quienes, por vivir bien protegidos, pueden permitírsela

Reavivar una cultura de seguridad quiere decir, en tercer lugar, apostar por reforzar el compromiso cívico con la defensa del Estado y todo lo que este representa. Y esto puede incluir una suerte de servicio militar o civil obligatorio relacionado, como mínimo, con tareas auxiliares. La objeción relativa a la naturaleza poco democrática del servicio militar o civil obligatorio (en cuanto se supone que conculca el derecho a la vida y la libertad de los individuos) es muy discutible. Antes de nada porque el ejercicio de la defensa no implica necesariamente el sacrificio de la propia vida (aunque suponga asumir riesgos, claro está). Y en segundo lugar porque una sociedad que se precie de defender valores y derechos (y no solo intereses y obligaciones contractuales) no puede disociar la vida de la dignidad con la que la vivimos, ni las libertades individuales de las virtudes y responsabilidades cívicas.

Por supuesto, también es posible seguir pensando que todas las guerras (también las que sirven para defender derechos y libertades como los nuestros) son igualmente inaceptables, y que hay que aprestarse a negociar incondicionalmente con cualquiera que agreda, invada, amenace o dé un golpe de estado, por ver si milagrosamente se pliega a algo que no sea concederle todo lo que exija a punta de pistola. Este es, sin duda, el método más eficaz para conservar la paz y la vida. Al precio de que la vida no valga la pena y de que la paz no sea más que una guerra soterrada e inacabable.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Niños, crimen y castigo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Que algo tan entrañable como un niño cometa un crimen es una monstruosidad. Como lo es que trabaje en una mina, se prostituya, o que sea él mismo maltratado, violado o asesinado por sus familiares. Una de las peores caras de lo monstruoso es esta increíble simbiosis entre lo más entrañable (un niño, una relación filial o de cuidados…) y lo más inhumano (el crimen, la explotación, el abuso…) ¿Qué podemos hacer para afrontarla?

Lo primero es reconocer que esos niños o adolescentes «criminales», aunque han demostrado un comportamiento monstruoso, no son fieras rabiosas que sacrificar, sino personas libres susceptibles de ser reeducadas. Suponer que son asesinos congénitos o malvados sociópatas imposibles de reformar es una propuesta oscurantista y frívola que impide toda atribución de responsabilidad (quien es malo sin remedio no es responsable de nada) y que convierte en vano el empeño, e incluso el sacrificio, de educadores y educadoras como la asesinada hace unos días en Badajoz. 

As que, si se quiere hacer algo realmente útil para evitar estos crímenes, hablemos de seguridad, sí, pero también de educación. ¿En qué tipo de formación habría que insistir para reconducir la conducta agresiva de un niño o adolescente? ¿Basta con imponer reglas, premios y castigos, hacer terapia psicológica o entrenar habilidades de autocontrol o interacción social? Probablemente no. Las personas no cambian solo porque las castigues (solo se vuelven más astutas y rencorosas), y la formación psicosocial no toca de frente el aspecto moral, esto es, la suma compleja y casi siempre confusa de propósitos, valores y modelos que orientan la conducta, y que es aquello con lo que debemos operar con pericia para modificarla.

Fíjense que estos crímenes adolescentes – como todo lo que resulta terrible y monstruoso – no solo asustan, sino que también advierten y marcan el límite con lo que, estando del otro lado de la vida civilizada, se encuentra a su vez profundamente imbuido en ella: la debilidad e inconsistencia de nuestros valores (no hay más que reflexionar un poco sobre ellos), el uso de la fuerza como medio (miren lo que hacen los grandes líderes mundiales), la emocionalidad y el capricho como normas de conducta (no por nada respiramos publicidad) o un cierto gusto por una estética del poder y la violencia que, aunque se ha dado en todas las épocas, tal vez permea especialmente el mundo de la cultura y el entretenimiento contemporáneos.

Frente a todo esto solo cabe un gigantesco esfuerzo de educación crítica y ética. Y tener una mayor consideración hacia el trabajo de los educadores, profesionales cuya compleja tarea merece un reconocimiento similar, si no mayor, al de cirujanos, ingenieros o arquitectos (al fin, estos no tienen que lidiar con la construcción de ideas, valores o emociones, sino con cosas mucho más simples y previsibles). Una sociedad avanzada es la que cuenta con tantos y tan buenos educadores y recursos que puede permitirse el lujo de hacer de sus cárceles escuelas, así como de dotar a los centros formativos con el mismo nivel de seguridad que tiene casi cualquier institución pública. 

 

miércoles, 12 de marzo de 2025

¿Es la paz un valor absoluto?

 



Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Hay un pacifismo consistente, que comprende la guerra como mal menor; y un pacifismo inconsistente, en guerra con hechos y argumentos, que estima a la paz, sin más matices, como un valor absoluto.  Ahora bien, la paz, igual que la guerra, no es algo que podamos comprender de modo puro o aislado. De hecho, hay muchos tipos de paz y de guerra. Hay, sobre todo, guerras y paces justas e injustas.

Pongamos el caso de Ucrania. Una paz fundada en entregar un tercio del territorio al agresor (que en lugar de ser castigado recibe un premio), regalar la mitad de las riquezas naturales al país «protector» (en el sentido en que la mafia «protege» a aquellos que extorsiona), e hipotecar sine die las aspiraciones de ser una nación plenamente democrática (en lugar de una oligarquía corrupta bajo la órbita del sátrapa ruso), no es una paz justa, ergo conducirá, de un modo u otro, a una reanudación de la guerra, sea por parte de los que no pueden soportar la injusticia, sea por parte de los que se sienten lo suficientemente fuertes como para confundir la justicia con su regia voluntad.

Pongamos ahora el caso de Europa, donde hemos disfrutado de ochenta años de paz gracias a una guerra justa contra el fascismo, y su continuación en forma de guerra fría entre los bloques democrático y totalitario. Decir, como dice el portavoz parlamentario de IU Enrique Santiago, que «la paz nunca se ha logrado con el uso de la fuerza» es confundir el ámbito uránico de los principios con el de los hechos. Aquí abajo, la paz se logra continuamente mediante el uso de la fuerza (sea la de la guerra, sea la de cualquier otro tipo de coacción).

A los argumentos de papel maché que ya esgrimía parte de la izquierda contra el apoyo militar a los ucranianos (según los cuales las guerras hay que pararlas, a cualquier precio, mediante la sola diplomacia), se suma ahora otro muy curioso: «no hay que rearmar Europa para seguir apoyando a Ucrania porque – dicen – esto supondría enriquecer a la industria militar norteamericana». Digo que el argumento es curioso, porque si se propusiera desarrollar una industria militar europea, o reinstaurar alguna fórmula de servicio militar en nuestro entorno, para no depender, así, de la industria y la protección de EE. UU., me apuesto lo que quieran a que se rechazaría tajantemente desde esa misma izquierda. ¿Entonces? 

La idea que tal vez necesita comprender el pacifismo más inconsistente es que la fuerza, como el capital, en la medida en que resultan inevitables, han de estar en las mejores manos posibles, esto es, en las de aquellos que, al menos en teoría, están más cerca de poder subordinarlos a principios y valores que nos permitan vivir con dignidad y libertad. Es por todo ello que Europa debe desarrollar su propia tecnología militar y comprometer a la ciudadanía en la defensa de su proyecto civilizatorio (el que con más claridad se identifica idealmente con la razón y el derecho) frente a la amenaza autoritaria y oligárquica de Rusia, China y, ahora, incluso, de los EE. UU. de Trump. Tal vez esto sea «morir con las botas puestas», pero es lo que tiene creer que una paz sin justicia no es sino otra expresión sutil, pero igual de dañina, por indigna, de la guerra.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Humillación y poder

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

El poder representa, en general, la fuerza o potencia para dar forma a las cosas. Y el poder político la capacidad para conformar la voluntad de la gente con respecto al orden establecido (o por establecer). ¿Cómo se obtiene este poder? Simplificando mucho, de dos maneras, habitualmente correlacionadas: por coacción y por convicción. El poder coactivo violenta la voluntad del sometido desde fuera, y el poder por convicción la mueve a conformarse desde dentro, «libremente». El primero se funda en amenazas y chantajes. El segundo en la persuasión retórica y los argumentos.

Ahora bien, entre la coacción y la convicción podemos encontrar otras fórmulas mixtas para obtener conformidad. Una de ellas es la seducción, y la otra – casi inversa – la humillación. La seducción genera un efecto cautivador que mueve al sujeto a conformarse voluntariamente sin necesidad de razones o palos. Las fórmulas de seducción suelen tener varios ingredientes: el de la belleza (como la de un discurso o la del arte puesto al servicio del poder y sus rituales), el de la emoción religiosa, o el de esa mezcla entre religión y arte que representan el imaginario y los mitos de una cultura.  

La otra fórmula mixta, de la que se habla muy poco, y de cuya utilización podemos ver una muestra casi perfecta en la actividad pública del nuevo presidente de los EE. UU, es la de la humillación. Como la seducción, la humillación mueve al sujeto a convencerse de su inferioridad frente al poderoso (y, por ello, a obedecerle), pero, a diferencia de la seducción, en la que la inferioridad se experimenta por contraste con una superioridad sentida como legítima (por la belleza o la condición divina o sobrenatural del que nos somete), en la mera humillación la sensación de inferioridad se logra por la exhibición de fuerza (en absoluto bella o divina) de alguien que es sustancialmente como nosotros. Así, mientras que la seducción parece estar más cerca de la convicción que de la coacción (aun cuando sea una convicción rendida a instancias irracionales y heterónomas, como ocurre en la pasión amorosa o la religión), la humillación parece más cerca de la coacción que de la convicción, en tanto el que humilla no es un dios ni una belleza superlativa, sino alguien como tú –– de ahí lo humillante – pero dueño circunstancial de la fuerza o los recursos.

Visto lo anterior, la conclusión es que el poder de la coacción y la humillación no puede ir tan lejos como el de la convicción y la seducción. Acciones y discursos tan zafios como los protagonizados por Trump y sus secuaces no deberían tener más éxito que el de un mediocre «reality show». Si, además, la apuesta proteccionista y neoimperialista escenificada por Trump no tiene el efecto económico para la clase media que esta espera (no se ve fácilmente cómo) o/y coloca al mundo al borde de un conflicto generalizado, su prestigio debería durar muy poco. La moneda está en el aire. Y si, caiga como caiga, sirve para despertar y fortalecer el poder – fundado en la convicción y la seducción – de la UE (es decir, de la realización menos imperfecta que conocemos del ideal civilizatorio occidental), pues mejor que mejor.

 

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Miedo y felicidad

Ilustración de María Tilos
 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Me escribía el otro día una buena amiga, recién agraciada con un nieto, para confesar que estaba completamente aterrorizada. Ahora no solo temía por sí, me decía, sino por ese otro e indefenso ser que traspasaba su existencia. Algunos padres suelen decir que no hay congoja mayor que la que sienten ante cualquier riesgo, real o imaginario, que puedan correr sus hijos. Parece que el amor es indesligable del horror, nunca suficientemente bien disimulado, a lo que les pueda pasar a las personas que quieres.

No es extraño. El miedo es la clave de bóveda de nuestra vida psíquica y social. No solo el miedo a «no ser» (raíz de todos los demás), sino también, como le ocurre a mi amiga (y a todos), el miedo a «ser», es decir, a concretar nuestra vaporosa existencia en algo (un hijo, un amor, una obra, una verdad…) igualmente susceptible de destrucción, daño, error o fracaso.

Junto al miedo al «no ser» de los seres que queremos o creamos, está el miedo a la propia muerte, al hecho increíble de nuestra propia desaparición. Y esto a pesar de que los más luminosos filósofos nos demuestren su imposibilidad metafísica o lógica, o la transformen en acicate para – justamente – querer, crear y creer más allá de lo que parece posible.

Pero tal vez peor que el miedo a morir está el pavor a esa otra forma de «no-ser» que es la irrelevancia social, la soledad forzada, el silencio poblado del eco de nuestra sola voz. Un miedo a ser un don nadie que, en el fondo, no es más que la forma más soportable del terror a la insignificancia absoluta, esto es, a la certeza de nuestra completa inconmensurabilidad con una realidad que, si uno la piensa (pensar requiere valor), parece completamente inefable y absurda.

Tantos y tan terribles son nuestros miedos, que hemos poblado nuestra cultura de figuras monstruosas (brujas, herejes, pervertidos, extranjeros, enemigos…)  para descargar en ellos, como si fueran un pararrayos, todos los terrores que barruntamos de forma imprecisa, mientras que para los más concretos (el abandono, el hambre, la violencia…) nos hemos constituido en comunidad política, al precio de mantener ese otro miedo (más soportable) a la violencia del poder – o a no estar a la altura de su expresión idolatrada y totémica –.

No hay ganancia en felicidad y libertad, dicen también los filósofos, que no dependa de la liberación de todos estos miedos: un alejamiento del poder y de los ídolos, una visión crítica de las convenciones sociales, un no pensar en lo que «no es» (empezando por la muerte), y una cuidadosa huida de pasiones y apegos. Claro que todo esto no es siempre posible y para algunos supone poco menos que renunciar a vivir. O tal vez resulte que no haya cosa que nos dé más miedo que dejar de tenerlo. A saber. Atrevámonos a pensarlo.

miércoles, 19 de febrero de 2025

«¡Es la moral, estúpido!»

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


¿Cómo es que los pobres y las clases medias depauperadas votan en masa a gente como Trump o Milei, representantes de las grandes fortunas, la desregulación financiera y la eliminación de impuestos y políticas sociales? – se preguntan los intelectuales y prebostes de la izquierda – ¿No es como si un condenado votara a favor de su propia sentencia de muerte? Puede ser. Aunque cabría responder que, en ocasiones, un condenado puede estar a favor de su propia condena…

El prejuicio (sea marxista o liberal) de que nadie actúa contra sus intereses materiales, presupone la idea de que la economía es más importante que la moral para explicar nuestra conducta (“Es la economía, estúpido”, rezaba la propaganda electoral de Clinton en los 90), algo que los hechos desmienten una y otra vez. No hay más que comprobar el grado de animadversión que, pese a sus generosas políticas sociales y a un crecimiento económico espectacular, despierta el gobierno de Pedro Sánchez en buena parte de la población española (y no solo, ni mucho menos, de la más rica).

Las personas nos movemos por ideas y valores (que no son más que otro tipo de ideas), e incluso cuando creemos que nos determinan la economía o los genes estamos hablando de ideas filosóficas o científicas. Si admitimos este presupuesto, la solución al presunto enigma de pobres-que-votan-a-ricos empieza a estar más cerca. Solución que pasa por analizar qué relatos morales son los que laten en la cabeza de la gente.

Uno de ellos es el de meritocracia, un discurso que, por tramposo que sea, no deja de cautivar a la mayoría. Su principal efecto es el de disolver la fuerza de las masas precarizadas convirtiéndolas en un amasijo de individuos aislados y atormentados por la idea de creerse los responsables de su fracaso; culpa y rabia que acaban proyectando, no contra el poder cada vez más absoluto de los ricos y sus herederos, sino contra los que son más pobres aún (inmigrantes, minorías, mujeres…) o, en el mejor de los casos, contra el cada vez más menguado poder de la «élite» política que, peor que mejor, aún les protege de la rapiña oligárquica.

Pero el de la meritocracia y el del antagonismo «pueblo-políticos corruptos» no son los únicos relatos de carácter moral que epatan a mayorías cada vez más amplias. Otro de estos relatos es el de la nostalgia por un pasado idílico que hay que «hacer grande de nuevo» y en el que no había corrupción ni chorradas «woke», la gente prosperaba y los hombres se vestían por los pies. Discurso retroutópico este en el que cabe integrar la vieja ética obrera del trabajo duro frente a la inmoralidad de las «paguitas» y los «chiringuitos» subvencionados por el Estado.

A todos estos relatos el sociólogo Jessé Souza añade el que llama «síndrome del joker», una suerte de rebeldía ciega con la que parte de esa clase media empobrecida y humillada expresa su resentimiento votando a esos otros «jokers» de lujo que, motosierra o decretos ejecutivos en mano, prometen dar una patada al tablero y voltearlo todo (a su favor, claro, pero esto último ya no se oye).

Sea como fuere, la política real trata de moral, de ideales. Si no tocamos (con toda la imaginación posible) esta parte del motor, no habrá giro real de tendencia, y estaremos condenados a ese otro síndrome del joker intelectual y moralista que encarnan algunos gurús de la izquierda, exhibiendo por los salones su depresión y deserción de un mundo que – como de costumbre – no cabe en su exigente mirilla moral.

miércoles, 12 de febrero de 2025

¿Subsistir sentado?

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

«Es mejor morir de pie que vivir de rodillas». El poster del Che Guevara que teníamos en nuestro cuarto de adolescentes de los 80 no dejaba lugar a dudas. Aunque en la mayoría de las circunstancias cabía plantearse lo que replicaba el genial Quino – por boca de Felipe, el inolvidable niño angustiado de las tiras de Mafalda –: «¿Y sería muy deshonroso subsistir sentado?» 

Si algo hay de bueno en la nueva era de Trump – un personaje de tira cómica convertido en presidente del país más poderoso de la Tierra – es que nos pone en nuestro sitio sin eufemismos ni componendas, obligándonos a recordar el viejo y presunto dilema revolucionario: o nos arrodillamos y miramos para otro lado, o… ¿qué?

¿Qué tipo de heroicidad cabe imaginar ante la sucesión de injusticias cometidas o prometidas por un matón histriónico y ostentoso sostenido por millones de votos y por una oligarquía que controla los flujos mundiales de información? ¿Hasta dónde es prudencia, y no simple humillación, el silencio de los principales países occidentales ante las intenciones declaradas de Trump?

¿Tanto nos hemos insensibilizado frente a la ración diaria de niños, mujeres y ancianos reventados impunemente por el ejército israelí delante de nuestras narices como para que ya nos dé igual que Trump decida imponer o perdonar aranceles a su antojo, comprar u ocupar naciones (Groenlandia, Canadá, Panamá), deportar a inmigrantes encadenados – muchos de ellos al campo de detención y tortura de Guantánamo – , o despedir a los funcionarios que, en el cumplimiento de su deber, participaron en su procesamiento? 

La desvergüenza con que Trump y su cuadrilla propone la expulsión de más de dos millones de palestinos supervivientes del genocidio israelí para construir un complejo turístico encima de sus tumbas y las ruinas de sus casas, riéndose del Derecho internacional y de todas las instituciones supranacionales (la ONU y sus fastidiosos derechos humanos, la OMS y sus falsas pandemias, el Tribunal de la Haya y su estúpida pretensión de justicia universal…), es directamente proporcional a la vergüenza que sentimos todos, o casi todos, ante la falta de autoridad moral (y militar, y tecnológica y económica) de Europa. Digo «casi todos» porque a los «patriotas» de VOX les parece todo esto de perlas, incluyendo que Trump pisotee la lengua y la cultura española en USA y hasta rebautice el Golfo de México como Golfo de América. ¡Valientes patriotas!

Pues bien: ¿Cómo es posible «subsistir sentado» ante esta avalancha de amenazas, insultos y hechos consumados? Diríamos que, ante todo, no cayendo en estereotipos ni análisis burdos. Clamar al cielo antifascista, cediendo a la polarización reinante, ni basta ni parece inteligente; es imprescindible intentar comprender el complejo de factores que explican el fenómeno Trump y su alocado anarco-liberalismo de Estado (ese cóctel explosivo de democracia, oligarquía y tiranía); solo así podremos combatirlo y ofrecer alternativas viables y seductoras. Lo segundo es repensar el viejo ideal de dignidad humana. Tal vez no encontremos hoy grandes causas por las que «morir de pie», pero sí una firme convicción en ese derecho a la felicidad que proclama, justamente, la Constitución de los EE. UU. Y nadie puede ser feliz, estimarse a sí mismo y tener genuino interés por los demás, si vive arrastrándose bajo las botas de un tirano. ¿Y no es así como nos encontramos precisamente ahora? 

domingo, 9 de febrero de 2025

La categoría de lo monstruoso y su función en la dramaturgia política

Estamos de enhorabuena. Ya ha visto la luz el número 40 de la Revista ALFA. Un homenaje sincero y cargado de admiración hacia VALERIANO BOZAL, en el que tengo el honor de publicar un pequeño artículo sobre la categoría de lo monstruoso y su función en la dramaturgia política: https://alfa.revistasaafi.es/alfa/numeros/40/4011.pdf

miércoles, 5 de febrero de 2025

Chirigota «fake»

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una de las cosas que dan más risa son los iluminados. Siempre que no tengan la sartén por el mango, claro. En ese caso lo que dan es miedo, y la risa se queda para el carnaval. Eso en los lugares en los que lo hay. Entre los puritanos, en los que el carnaval no existe o es cosa de brujas, como en los USA, la cosa acaba a veces con un tipo pegando tiros en el aparcamiento de un supermercado.

Dudo que esto último pueda pasar, por ejemplo, en Cádiz. Porque en Cádiz se ríe de lo lindo. Libremente y durante todo el año. De los iluminados y poderosos, y de los que no lo son. Tal vez por eso durante el carnaval son tan tiquismiquis y te dejan que te rías de todo, pero con un orden y unas formas que ya quisiera un sacerdote egipcio. Sí señor. Igual que hay que saber beber – te dicen –, hay que saber reírse de todo con arte y con parte (de razón). Donde se ríe por principio, el carnaval no tiene que ser un turbio desahogo, una bacanal irracional o una matanza catártica.

Tampoco ha de ser una patochada propagandística, como la de esa chirigota «fake» reventada por el público hace unos días (cantando y riendo, como debe ser) en el teatro Falla. No ya por su contenido (una torpe apología del santoral conspiranoico y voxero: vacunas, chemtrails, negacionismo climático…), ni porque apenas supieran cantar ni ajustarse a los estrictos cánones de la chirigota (ese cachondeo elevado a religión o arte), sino, sencillamente, porque les faltaba lo principal que hay que tener en Cádiz: ingenio y buen humor.  

Porque fíjense que hasta para ser malo hay que ser bueno. Un buen iluminado habría de serlo tanto como para cachondearse – en carnaval – de sus verdades infinitas. Un conspiranoico verdadero habría de serlo tanto como para pensar en la guasa que tendría un plan para fabricar conspiranoicos. Y un carnavalero de ley habría de serlo tanto como para reírse de la que se ha formado, del escándalo de los puristas, y de la chirigota que se va a hacer de todo ello en la calle.

El carnaval, como casi todo, es política, de uno u otro signo. Y a veces arte, de una u otra manera. Pero principalmente es risa libre y franca; es el pueblo riéndose del Pueblo y de los iluminados que aspiran a dominarlo; es el propio carnaval riéndose del Carnaval y de los capillitas que aspiran a controlarlo; y es el juego libre del juego social bajo un único, omnipresente, infalible y todopoderoso rey: su majestad la gracia. No la de Dios, sino la de Cádiz, que no tiene que andar muy lejos.  

 

miércoles, 29 de enero de 2025

Hacerse el muerto

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Cada vez conozco más gente que
«hace meditación», lo que en algún momento me hizo albergar no sé si la esperanza o el miedo de encontrarme hablando de cosas profundísimas en los ascensores o en los pasillos del super. ¡Pero qué va! Resulta que ahora «meditar» consiste en dejar de pensar o, como esto no es posible estando vivo, en pensar en nada como si estuvieras muerto. Cuanto más concentradamente pienses en nada – te dicen – más preparada estará tu mente para pensar en todo. Aunque sobre esto último (que es lo que importa) no te dicen tampoco nada.

No me extraña que se detecten cada vez más problemas mentales, especialmente entre los jóvenes. Se les enseña de todo, pero muy poco a meditar de verdad. A estos jóvenes (y a los no tanto) se «les va la olla» no porque sean especialmente delicados o estúpidos, sino porque les falta cartografía filosófica para organizar las ideas más allá del torrente de datos, mensajes, historias e imágenes con que se les abruma constantemente, hasta el punto de que lo único que se les ocurre es cerrar los ojos y «meditar», como si dejando de pensar fueran a estar menos fuera de sí.

Es difícil imaginar una época en la que la gente haya sido más bombardeada con todo tipo de estímulos sin que, a la par, se le haya transmitido una capacidad igualmente excepcional para filtrarlos (la mayoría son prescindibles), deconstruirlos, o integrarlos en un todo sistémico desde el que comprender y orientarse en el mundo.

Pero no es imposible. Imaginen que en vez de «meditar» en nada la gente pagara por pasarse la tarde aprendiendo a distinguir de modo crítico lo real de lo aparente, lo ideal de lo mundano, lo sustancial de lo accidental, el todo de sus partes, la causa de sus efectos, el conocimiento de la opinión, la verdad de su método, el diálogo de la retórica, lo moral de lo legal, la justicia del negocio, el juicio objetivo del ladrido, la acción de la pasión, o el compromiso crítico del activismo identitario y gregario…

¡El mundo sería otro! Pero para eso hay que pensarlo, claro. Porque no se trata de pensar menos o en nada – como predican los gurús de la «meditación» – sino de pensar más (y mejor) en todo (y del todo). Sin darle vueltas a la piezas del puzle, la realidad es un caos invivible, y lo único que cabe hacer es volverse tarumba, darse a las pastillas o descarrilar por vías desesperadas y extremas que proporcionen un último e ilusorio amago de integridad intelectual y moral. Bueno, eso o «meditar» y hacerse el muerto para siempre.


miércoles, 22 de enero de 2025

Monstruos prodigiosos

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


El miedo tiene muchos caminos. Si su raíz es un estado genérico de incertidumbre, suele proyectarse en objetos más simples y fáciles de afrontar. Durante el tormentoso tránsito a la modernidad el chivo expiatorio fueron las brujas, quemadas a miles en el norte y centro de Europa. En la deshecha Alemania de los años 30 fueron los judíos. En el mundo actual, al borde de transformaciones gigantescas de efectos imprevisibles, son los inmigrantes, los okupas o, simplemente, los que piensan de forma distinta. Es claro que el odio al chivo expiatorio no sirve para acabar con aquello, difuso, que nos atemoriza, pero genera la ilusión colectiva de tenerlo controlado.

Un segundo efecto de ese miedo inconcreto que tan bien retrató Jean Delumeau en «El miedo en Occidente», es la añoranza. La incertidumbre ante el futuro genera una extraña nostalgia de lo no vivido en los jóvenes y una romántica idealización del pasado en los viejos. Es la añoranza con la que – frente a las turbulencias del presente – se reivindican los valores incuestionables de antaño o se invoca a la nación primigenia, al glorioso Reich, a la América que perdimos (y hay que hacer grande de nuevo) o a la España «unida y en paz» del franquismo.

Pero más allá de esto, hay un tercer efecto de la incertidumbre y el miedo que me gustaría destacar: el del advenimiento de los «monstruos» convertidos coyunturalmente en héroes. Y ocurre cuando, en momentos de gran incertidumbre, aparece lo «monstruoso» en uno de sus sentidos más arcaicos: el del «prodigio extraordinario» que nos advierte (y promete librarnos) de la insostenibilidad o corrupción de lo ordinario. Milei, Trump, Musk representan a la perfección este tipo de «monstruo prodigioso» (mucho más que los más mediocres Le Pen, Abascal, Orbán o Meloni).

Estos monstruos son también una proyección o encarnación concreta de la incertidumbre, pero no ya como chivos expiatorios a sacrificar, sino como medio (no menos ilusorio) de dar cierta forma al desorden imperante a través de algo igualmente caótico, pero humano y concreto, y con quien podemos identificarnos mejor. Así, un monstruo identificable y particular – como Trump, Milei, Putin … – puede presentarse como héroe frente a un monstruo inconmensurable y genérico (la economía errática, la pérdida de referentes, la emergencia de nuevas potencias…) del que promete librarnos para conducirnos a un imaginario y no menos indefinido futuro de abundancia y gloria (lo indefinido es entonces estimulante, y no atemorizante).

Cuando las incertidumbres son tantas y de tan variada naturaleza (crisis climática, inquietud económica, polarización social, amenazas bélicas…) los seres humanos parece, pues, que repetimos este viejo repertorio tripartito: sacrificio de la víctima propiciatoria; añoranza de un pasado idílico; y entronización de aquel que, por extraño e imprevisible que sea (o justamente por eso), parece capaz de hacer un milagro tan extraordinario como aquello mismo que nos espanta. Tal vez parezca que hace falta un monstruo para domeñar lo monstruoso del mundo. Muchos creemos que lo que va a hacer es aumentarlo. Lo veremos muy pronto. 

 

miércoles, 15 de enero de 2025

Okupas de guante blanco

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


No hay mayor problema global que el del dinero. No hay cosa que contamine, corrompa y destruya más que la necesidad de autorreproducirse como un tumor que tiene el capital, la pasta gansa, el torrente de miles de millones de euros, dólares, yenes o yuanes (es decir: de la más absoluta
«nada», que diría el maestro García Calvo) que anda constantemente revolviendo y destrozando las cosas que son verdaderamente reales (la vivienda, el trabajo, el paisaje, los recursos limitados del planeta…) para multiplicarse de cualquier manera.

Siempre ha habido especuladores, desde luego: gente sin otro oficio que el del beneficio. ¡Pero es que ahora son legión! Y no hablo solo de grandes inversores, multimillonarios árabes o buscavidas que lo mismo negocian con jamones que con mascarillas sanitarias. Más que menos todos somos cómplices en este asunto. No hay dinero que, por honradamente ganado que esté, no pase hoy por un banco y acabe alimentando el mercado financiero. ¿Y quién no quiere multiplicar su dinero con pisos, bonos o acciones? La mayoría de las viviendas con alquileres prohibitivos no son de malvados fondos buitres, sino de propietarios particulares. Hasta los Estados juegan con el dinero que le cedemos (con el de las pensiones, por ejemplo) para obtener todo el rendimiento posible de él…

No parece, pues, que haya solución fuera del mercado. Al menos yo no veo ninguna revolución en ciernes. Así que el dinero seguirá, insaciable, hundiendo o impulsando empresas y Estados, arruinando o entronizando regímenes políticos, lucrándose con la guerra y con la paz, con la salud y con la enfermedad, con la educación, con la energía… O agarrándose a la vivienda como a un rentabilísimo objeto de inversión, sobre todo en tiempos de incertidumbre, y todavía más en un país que – como el nuestro – no solo es magnífico para hacer negocios sino también para vivir. Y si esto último supone expulsar a la gente de los barrios donde ha vivido siempre, pues mala suerte. No será la primera vez ni la última en que los más ricos y poderosos expulsan de sus «tierras» a los «nativos» de turno – «okupación» que no por ser de guante blanco y ante notario deja de ser mucho más lesiva para el interés general que la ínfima e irrelevante que agita la ultraderecha para asustarnos –.

¿Quiere todo esto decir que no se puede hacer nada con (entre otros) el asunto de la vivienda? Claro que no. Hay que reaccionar ante cada barbaridad del capital. Lo que no sabemos es cómo. La moral común es un sindiós abducida ella misma por el mercado (¿quién no quiere ser un rico y feliz rentista?). Y la ley, sin una moral común que la respalde, acaba convertida en retórica de poca monta. Tal vez lo único que podría ofrecer resistencia a corto plazo fuera un movimiento masivo de damnificados que obligará a actuar a los gobiernos. El que tenemos acaba de proponer medidas significativas para contener la especulación inmobiliaria, pero sin ese respaldo – si no moral, al menos democrático – que solo puede dar la ciudadanía, es dudoso que les dejen aplicarlas. Hay demasiada pasta en juego.

miércoles, 8 de enero de 2025

El perfume de la libertad

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Imagine que curioseando en una librería de viejo encontrara una biografía anónima titulada con su nombre, y que al leerla comprobara, atónito, cómo describe no solo cada detalle de su vida, sino también el infarto que le da justo el día en que encuentra una extraña biografía titulada con su nombre y acaba por comprobar que su muerte estaba escrita…

¿Es verosímil esta historia? ¿Sería posible encontrar un libro así? En un fabuloso cuento de Borges (La biblioteca de Babel), el autor imagina el universo entero como una inmensa biblioteca en la que los humanos andan peregrinando en busca de «El Libro» que les explique su propia vida. Tal vez sea imposible, porque la biblioteca parece infinita, pero tal vez no, porque si en ella están todos los libros posibles, ha de estar también aquel que describe exactamente cada una de nuestras vidas (y muertes), todas encerradas en esa misteriosa secuencia que va de la A a la Z.

¿Todo está, entonces, escrito? No es nada fácil contradecir esta hipótesis. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se prevé el paso de un cometa por el firmamento. O, como diría un teólogo: tal como prevé un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse aquí: si la libertad fuera hija del azar tampoco seríamos libres, o no más que la ruleta de un casino…

Pese a todo, difícilmente vamos a renunciar a la creencia en el libre albedrío. ¡Imagínense! ¡Tendríamos que echar abajo todo nuestro sistema legal y moral! ¿A qué malvados íbamos a juzgar y castigar si nadie pudiera hacer más que lo que está escrito? ¿A qué mantener Iglesias y consultorios psiquiátricos si no existieran la culpa y el remordimientos? ¿A quién íbamos a dar medallas si la voluntad no fuera libre para hacernos «triunfar» o «fracasar»?

Eso sí: de esa libertad a la que nos agarramos como lapas no tendremos nunca más que una sensación esquiva, un sutil olor, una canción pegadiza o un anuncio televisivo, como el de esos coches que cruzan el atardecer por milagrosas carreteras solitarias, o esos perfumes que incitan a volar como pájaros (como si los pájaros no fueran presa de su instinto) o a bailar como bacantes (como si ser presa de una pasión tuviera algo que ver con ser libres). Lo dicho: si quieren saber lo que es la «libertad», pregúntenle a un publicista. Así debe ser como está escrito.

 

martes, 31 de diciembre de 2024

¡Feliz no año nuevo!

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


A principios del siglo pasado, y a partir de las teorías de la relatividad de Einstein, la ciencia se afilió a la antiquísima tesis filosófica de que el tiempo no existe como realidad objetiva, sino solo como ilusión subjetiva. La idea es rara de narices, pero ahí sigue, imperturbable y ajena al tiempo, como si le diera igual que la pensáramos o no.  

Si para Platón el tiempo no era más que una ilusión (una «imagen móvil de la eternidad», decía), para el más prosaico Aristóteles era «la medida del cambio». Aunque antes de él, un inspirado Parménides había demostrado (¡en verso!) que el cambio era lógicamente imposible: ¿cómo puede acabarse un año y empezar otro? ¿Adónde va el que muere? ¿De dónde viene el que nace? Que las cosas desaparezcan y aparezcan (o como dijo grácilmente el filósofo poeta: que «lo que es no sea» o que «sea lo que no es») parece cosa de locos o de brujos. 

Fíjense, para mayor confusión, que por el tiempo nunca pasa el tiempo. Cada hora es idéntica a la siguiente (¿serán la misma?), y no hay una sola fecha – la de su cumpleaños, pongamos por caso – que no sea por los siglos de los siglos la misma que es. Es como si, al dividir el tiempo, no encontráramos ni un solo gramo de lo que parece que contiene…

Pero además de en sus partes, reparemos en su «figura», en aquello que lo delimita. Fíjese: si el tiempo tuviera límite y hubiera comenzado en algún momento, tal como un cronómetro que empezara a contar desde cero, «antes» de ese momento no habría tiempo, lo cual es extrañísimo (¿Qué habría entonces? ¿Nada? ¿Un Relojero eterno?). Y si el tiempo fuera ilimitado o infinito, y no hubiera comenzado nunca, jamás habríamos llegado ni a 2025 ni a ningún otro momento posible. ¿Cómo llegar a ningún sitio si empezamos a correr desde el infinito?

Algunos sabios actuales piensan, en fin, que esto del tiempo es cuestión de perspectiva. Así, si nuestras campanadas de fin de año «suenan» en el pasado a quien nos estudia desde el futuro, a quien nos imagina desde el pasado le «suenan», seguro, a cosa de ciencia ficción. La idea de fondo es que realmente todo ocurre a la vez, y si no lo experimentamos así es porque – limitaditos que somos – necesitamos comprender las cosas en perspectiva y una tras otra. En cambio, desde la perspectiva de la no perspectiva (es decir: de la verdad completa), un conocedor perfecto lo experimentaría todo como presente; como un presente tan uno y cohesionado como lo es para nosotros el espacio, al que percibimos unitariamente, sin distinguir sus distintas dimensiones.

Dicho todo esto, y aunque el tiempo no exista, nosotros vamos a celebrarlo igual, y a hacer promesas y proyectos como si no hubiera un mañana escrito. Ahora bien, si quiere usted dar la campanada este año, brinde también por el «no» año nuevo. Igual marcamos tendencia y volvemos a poner de moda la eternidad, que es donde parece que se vislumbran, fugaz y brumosamente, las cosas que de verdad importan.  

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