Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Siempre he pensado en Europa como en un archipiélago
cultural, o como una capa más de la atmósfera, de la que respirara ideológicamente
todo el globo. No diría, en este último caso, que Europa haya proporcionado siempre
el aire más puro, ni que no haya sido en muchas ocasiones un huracán
destructor, pero no ha habido otra cultura en los últimos quinientos años que
haya esparcido su simiente – sus valores, su filosofía, su ciencia, su arte,
sus instituciones, sus bancos… — como lo ha hecho Europa.
Hoy, sin embargo, Europa empieza a parecer un islote perdido,
un volcán extinto, una brisa que hubiera cruzado media docena de siglos para,
al cabo, detenerse y cambiar de dirección. Europa comienza a ser algo pequeño y
venerable, como ese clásico que se cita sin hacerle demasiado caso o incluso
sin haberlo leído. Todavía un oasis de libertad y bienestar, Europa corre el
riesgo de convertirse, de forma irreversible, en una pieza de museo.
Pero fíjense que incluso así, como pequeño oasis o pieza de
museo, el ideal de mundanidad gozosa, riqueza, justicia
y racionalidad crítica que, desde los antiguos griegos, inspira nuestra cultura,
sigue siendo enormemente influyente y, por ello, peligroso. Y las pruebas
son las amenazas de Putin o la hostilidad abierta del gobierno de Trump. Al
fin: ¿Qué autócrata u oligarca no teme la existencia de un ecosistema político
en el que la seguridad y la riqueza privada logran convivir con un estado de
bienestar y unas cotas de libertad como jamás ha visto el mundo?
Es cierto que buena parte de esos logros se han conseguido
saqueando otros países. ¿Pero qué otro imperio expoliador ha dado tan buena
cuenta del botín? ¿O qué otro reino de ladrones – como lo son todos – se ha
permitido el lujo de criar una estirpe de críticos – filósofos, literatos,
activistas… – dispuestos a descubrir y denunciar las tropelías del poder? Yo no
conozco ninguna otra cultura en la que – por ejemplo – se pague a tipos como yo
– profesor de filosofía en la educación básica – para cuestionar críticamente,
hasta su misma raíz, las ideas, valores y acciones de aquellos que le mantienen.
Pues bien, mientras el bárbaro de aquella maravillosa «Historia
del guerrero y la cautiva» de Borges cambiaba de bando al quedar prendado de la
belleza de la Rávena que pretendía arrasar, aquí, una cantidad no despreciable
de europeos se ha sumado a la barbarie ciega de aquellos para los que los
derechos laborales, las pensiones, las prestaciones sociales, la sanidad y la
educación públicas, la libertad de expresión, la posibilidad de elegir y
deponer a los gobernantes, la pluralidad moral, la tolerancia religiosa, o el
pensamiento crítico, resultan una amenaza existencial intolerable.
Estos bárbaros quintacolumnistas son la ultraderecha
europea, o casi toda ella, tontos útiles y serviles de Trump o Putin y negacionistas
del proyecto europeo. A esos bárbaros y a sus jóvenes cachorros – sobre todo a
estos –, les debemos un buen rearme educativo en valores y ciudadanía europea; una
educación que abunde en todo lo que nos define: el diálogo crítico, la
argumentación racional, la reflexión sobre nuestros propios valores, y los
conocimientos científicamente objetivos. Dudo que nadie que pase de verdad (y
no de manera retórica e impostada) por una educación así pueda no ver a Europa como
a la Ravena que sedujo al bárbaro del cuento de Borges.