Frente a la pandemia desinformativa es imprescindible la educación crítica, y como parte esencial de la misma, entrenar al alumnado en el uso de la argumentación informal y el diálogo argumentativo, en sus técnicas y en sus trampas. El último número de la revista PAIDEIA ha tenido la gentileza de publicarnos este texto sobre cómo empezar a trabajar la argumentación y el diálogo en clase. Quien quiera más información (de momento el artículo es solo para socios) que me la pida a través del correo, por favor.
domingo, 10 de noviembre de 2024
miércoles, 15 de mayo de 2024
Defender a Israel de quienes la defienden
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El número de falacias e iniquidades que
acumula el gobierno y el Estado israelí en relación con la masacre de Gaza
empieza a ser enciclopédico: la falsa dicotomía (el conmigo o contra mi), el
tomar la parte por el todo («no hay
civiles inocentes en Gaza», dijo hace
meses el presidente Herzog), la creencia de que el fin siempre justifica los
medios, la acusación de terrorista o antisemita a todo el que hace la más
mínima crítica, el matar al mensajero (más de cien periodistas muertos, según
la ONU), la confusión entre la justicia y la venganza…
Esto último no es nuevo. La práctica del
escarmiento (por la que se arrasa el pueblo de un presunto culpable con todos
sus habitantes dentro) es muy vieja, pero el Estado israelí la ha llevado a su
máxima expresión, encerrando y machacando sin contemplaciones y durante meses a
más de dos millones de gazatíes. Le ha pasado lo mismo con la vengativa Ley del
Talión, que solo obliga al ojo por ojo, pero que Netanyahu la ha versionado
para asesinar a treinta civiles palestinos – de momento – por cada civil asesinado
por Hamás (ya sabemos que en el mercado de la justicia la carne del paria no
vale lo mismo que la de uno de los nuestros, ¡pero treinta veces menos! ...).
Pese a todo, algunos intelectuales y
políticos, especialmente de la derecha más necesitada de atención, declaran que
lo de Gaza no es un feroz escarmiento destinado a convertir definitivamente a
Palestina en un solar, sino una noble lucha entre la democracia y el fanatismo
islámico. Es increíble que no hayan reparado que en Gaza hay cientos de miles
de personas no radicalizadas por Hamás (aunque Netanyahu no pare de darles
motivos), o que el actual gobierno israelí está controlado por fundamentalistas
religiosos no muy distintos de los ayatolás iranies. En cualquier caso, ¿de
verdad piensan estos intelectuales y políticos que es asumible sacrificar a
treinta y cinco mil civiles (más de la mitad niños) para defender los valores
occidentales de los que se ríen en la ONU los diplomáticos israelíes? ¿De
verdad alguien cree que vamos a hacer más tolerantes y amantes de los DD. HH a
los palestinos bombardeándolos y matándolos de hambre?
No se debe dejar de insistir en esto:
casi veinticinco mil niños y adolescentes muertos y heridos (según la pérfida
UNICEF), algunos con la cabeza partida en dos por francotiradores, otros
(agonizantes, quemados, amputados) sin un mal analgésico que llevarse a la
boca, otros deambulando solos y muriéndose de hambre por las calles, y otros –
todos los que tengan la mala suerte de sobrevivir – incapaces para siempre de
olvidar lo que han visto, sufrido y perdido…
¿De verdad que alguien cree que es ese el modo de defender la democracia
israelí? ¿No habría que defenderla, más bien, de aquellos que la defienden?
¿Habrá alguien más antisemita que el propio Netanyahu y sus retorcidos
apologetas?
miércoles, 8 de mayo de 2024
Psicología y filosofía del bulo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Qué hoy
vivamos especialmente envueltos en una nube de «noticias» falsas es una «noticia»
falsa o, cuando menos, cuestionable. Desde los albores de la historia han
existido mitos, cuentos chinos e «información» al servicio de intereses
políticos, económicos o bélicos. Unas más que otras, apenas hay sociedad humana
que no se haya fundado sobre bulos y creencias irracionales – no hay más que
escuchar el discurso de cualquier nacionalista –. Es cierto que los bulos se
difunden ahora más rápida y masivamente que antes, pero también las culturas
eran antes más pequeñas y estáticas,
por lo que los bulos venían a cundir lo mismo.
Con esto no quiero decir, ojo, que los
bulos no sean peligrosos. Lo son, y mucho. Ante todo, porque lastran el
desarrollo pleno y libre de las personas y las sociedades, manteniéndolas en un
estado de inopia, idiotez y minoría de edad.
Ahora bien, igual que el efecto más pernicioso de los bulos se da en las personas, la causa de su éxito intemporal está también en ellas. Es innegable que a la gente le gustan las «noticias» falsas; y la razón es que estas son aparentemente más interesantes, emocionantes y psicológicamente placenteras, especialmente si están hechas a medida de nuestros prejuicios. Es siempre más cómodo y satisfactorio aceptar «información» objetivamente dudosa, pero acorde con nuestras ideas e intereses, que arriesgarnos a cambiar de opinión (o de forma de vivir). En cierto modo, los bulos llaman al agradable e irresistible autoengaño de tener razón a toda costa (nos va mucho en ello). Por eso, para vencerlos no bastan las leyes, ni el celo de los periodistas, ni el conocimiento de los poderes que controlan a los medios. Hace falta, más que nada, incidir en la educación de la gente.
Es por ello que la OCDE ha propuesto
introducir en los planes de estudio contenidos dirigidos a la «alfabetización
mediática e informacional»; y que algunos países, como Finlandia, o
recientemente España, incorporan dichos contenidos de manera transversal en
diversas materias y etapas educativas. Pero con esto tampoco basta. Aprender
cómo se elabora un bulo o cómo se manipulan datos estadísticos es insuficiente
cuando la gente está decidida a creerse lo que le hace más feliz. Es necesario
algo más drástico: es preciso rescatar el espíritu filosófico y la actitud
inquisitiva y crítica que (algunos mitómanos) suponemos en la raíz misma de nuestra
cultura.
Sócrates pensaba que una vida sin
reflexión no valía la pena. Platón nos enseñó a distinguir entre opinión y
conocimiento. Los grandes filósofos modernos (Descartes, Hume, Kant…) tuvieron
a la «duda sistemática» como condición de todo desarrollo intelectual y moral.
En general, la filosofía nos impele a priorizar la búsqueda de la verdad sobre
la mera satisfacción psicológica o el interés privado, y nos muestra que lejos
de esa búsqueda no es posible una vida digna y plena.


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