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miércoles, 17 de julio de 2024

Juegos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Decía Ortega y Gasset que la vida no tiene más sentido que el de un gigantesco espectáculo deportivo. Vistas
«desde dentro», y sujetas a las reglas que inventamos, las cosas cuadran, existen medios y fines, la gente se entrega, sufre y goza hasta lo indecible. Visto «desde fuera», objetivamente, es algo completamente arbitrario, un simple juego ante el que cualquier asomo de gravedad o compromiso resulta patético. Pasa como con el fútbol. Visto «desde dentro» es un grandioso fenómeno cultural, una historia épica llena de sentido, lucha, triunfo y belleza. Visto «desde fuera» no hay más que veintidós homínidos dándole patadas a una bola de trapo hasta meterla con incomprensible alborozo en una red.

Es así. A vuelo de pájaro nuestros afanes diarios, nuestras vidas enteras, parecen insignificantes: una coreografía fugaz y apresurada, puro teatro del absurdo, una broma que nadie entiende. Tal vez sea por esto por lo que a los seres humanos nos gusta tanto jugar. Johan Huizinga, el filósofo que nos describió como «Homo ludens», decía que uno de los rasgos positivos del juego era la creación de un cosmos, de un orden cerrado en relación con el cual era posible el logro de una cierta ilusión de perfección con la que reforzar el orden incompleto e intrascendente de la existencia. Mientras que en el cosmos delimitado del juego uno puede aspirar a dominar, aprender y triunfar, en el universo real, fundamentalmente inconmensurable con nuestros deseos e ideales, no parece que quepa más que una frustración tras otra. 

Pero el juego, por perfectamente ordenado e ilusionante que sea, no puede distraernos más que un rato del paso mortal del tiempo. Cuando acaba el juego volvemos de nuevo a la insignificancia, a la conciencia de que todo está condenado al olvido, y de que, por ello, no hay afán o pasión que merezca mínimamente la pena. Por ello hay quien se agarra con desesperación al vicio lúdico, persiguiendo la sombra de sentido que encuentra en él, o quien cambia radicalmente de juego, sustituyendo el pasatiempo deportivo o el juego de azar por el juego religioso, mucho más intenso y penetrante, y cuyo premio explícito es la victoria definitiva sobre la muerte y la nada. Todo juego tiene algo de rito y de vínculo simbólico con lo trascendente; pero la religión convierte esta dimensión en la parte central del espectáculo, exigiendo, además, una entrega absoluta de los jugadores. La apuesta lo merece, pensaba Pascal.

¿Y qué hay del juego artístico o de la especulación filosófica? Estos juegos son, sin duda, menos potentes que el religioso, pero a cambio dan mayor protagonismo al jugador. Y en lugar de una cierta ilusión (como el juego deportivo), proporcionan una ilusión cierta. A saber: la de saber que si todo fuera realmente un cuento repleto de ruido y furia narrado por un idiota, no entenderíamos nada. ¡Pero es un hecho que entendemos! Incluso que entendemos todo lo que no entendemos. Apliquen el viejo método de exhaución y se aproximarán a la cuadratura del círculo. Y si no quieren decir eureka, o evohé… griten al menos ¡gol!

miércoles, 9 de enero de 2019

El sentido de la vida.


A mucha gente las preguntas filosóficas les parecen cosas de niños, una pérdida de tiempo, un ocuparse de algo irreal o, cuando menos, imposible de resolver. ¡La economía, la técnica, la política, la ciencia: eso sí que son cosas serias de las que merece la pena hablar!... Pues fíjense que es la ciencia –por no hablar de las necesidades inmediatas, los artilugios técnicos o las trifulcas políticas– lo que me parece a mi cosa de chiquillos. ¿Qué más dará de qué estén hechas o cómo se muevan las cosas –clamaba el viejo Sócrates tras leer a los ‘físicos’ de su época– si no sabemos por qué ni para qué son o se mueven?... Galileo hizo bien al retractarse –decía Albert Camus–: nadie se suicida porque sea la Tierra o el Sol lo que gire alrededor del otro (pero sí por no encontrarle sentido a la vida)... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Vacío existencial.

¿Habrá algo más típico de un domingo que el VACÍO EXISTENCIAL? La encantadora Amaya Prieto nos hizo esta entrevista sobre el tema justo el domingo pasado, en su Viaje al Centro de la noche, de Radio Nacional, un programa que apuesta por la reflexión filosófica.


La noción de “vacío existencial” denota cierta idea de lo que es la condición humana, sobre todo, del hombre contemporáneo. Y más modestamente, un estado anímico y moral que se deriva de lo anterior.

El vacío existencial es lo que puede experimentar uno cuando es consciente de que su existencia está carente de objetivos, de ideales, de valores objetivos. Cuando no sabe por qué y para qué vive. Cuando experimenta su vida como algo absurdo y carente de sentido.

Esto es fruto del materialismo y el nihilismo contemporáneos. La tesis materialista es que la realidad es la materia, el universo físico que habitamos. Un universo que no tiene causa ni finalidad ninguna. Existe por que sí, y para nada. De hecho, el universo parece abocado a la destrucción. Y nosotros con él. La realidad es así: parece ser algo que aparece y desaparece sin más, sin ningún motivo ni fin aparente. La vida, igual. Los seres vivos son producidos por ese proceso azaroso que es la evolución, y de la misma manera que aparecen se acaban extinguiendo. Todo está sujeto al tiempo, incluso el propio tiempo. Nada es necesario ni imprescindible. Todo podría ser o no ser. Todo esto nos presenta la realidad entera como algo absurdo. Lo absurdo es lo que ocurre sin por qué ni para qué. Como se supone que somos parte de ese mundo, también nuestra propia vida parece absurda, gratuita. ¿Por qué estamos aquí? Por nada en especial, por un azar evolutivo. ¿Para qué? Para la nada, para la muerte. Todo se lo lleva el tiempo. Nada es relevante. Todo es pasajero. Esto incluye a los valores, los ideales, los propósitos. ¿Para qué empeñarse entonces en algo? ¿Para qué hacer proyectos a gran escala? ¿Para qué luchar por algún ideal? Todo lo que hagamos está condenado al olvido. Todo vuelve a la nada de la que partió. No hay nada por lo que merezca dar la vida. Solo hay eso, vida, pero vida insignificante, vacía. La frase de Nietzsche “Dios ha muerto” significa eso: ya no creemos en valores absolutos, en nada trascendente o eterno. Ninguna verdad es absoluta, ningún valor es absoluto u objetivo, no hay nada objetivamente mejor o peor. Da igual lo que hagas, te vas a morir igual, la muerte iguala todo, lo indiferencia y deforma todo. Así que, ¿para qué actuar? Sin Dios, el hombre se ha quedado solo frente a si, solo e insignificante, tiempo en el tiempo, como una estela en la mar, decía el poeta. Vacío. No hay nada que lo trascienda, que tire de él hacia arriba (no hay arriba ni abajo), que lo haga crecer y desarrollarse. ¿Hacia donde habría de crecer? No hay fin, meta, misión alguna para la vida.

Esta falta de sentido genera apatía, indiferencia moral. También bloqueo y angustia. Y, a veces, una especie de búsqueda desesperada de evasión, de inconsciencia, con objeto de no pensar (sentir, drogarse, entretenerse continuamente, ver la tele, irse de compras, estar siempre fuera de sí)... 

De otro lado, hay gente que se entrega a la religión, a las creencias mágicas, a las sectas, a la religiosidad new age (el ocultismo, las creencias esotéricas, las sabidurías orientales, las terapias psicológicas, la adoración de la naturaleza, etc.), en un intento de llenar su vida.

Para algunos filósofos existencialistas, el hombre debe asumir esta condición finita, trágica, absurda, con valor y consciencia, y eso es lo grandioso, lo heroico en el. Luchar como si la lucha tuviera sentido, sabiendo que no lo tiene. Apasionarse, aún sabiendo que esa pasión es inútil. Volver a cargar una y otra vez, heroicamente, la piedra de Sísifo. Tomarse la vida en serio, aun sabiendo que no es más que un juego que, visto desde fuera, no tiene ningún sentido...

Según Nietzsche, hay que asumir el absurdo, entregarse a él. La vida es un cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota, decía Shakespeare. Y eso es lo que hay que valorar. No vivir en ilusiones ni mentiras. Si la vida es una locura, vivir locamente. Aprovechar que nada tiene sentido para inventarlo tu, para crear cada mañana tus propios valores, como un pequeño dios, afirmándote en tu poder creador, disfrutando de la vida irreflexivamente, como un niño.


Desde otra perspectiva, también muy filosófica (aunque empapada de sociología y psicología), el vacío existencial es producto no solo de la falta de Dios (valores, verdades, ideales trascendentes al tiempo), sino del triunfo de una cultura alienante y deshumanizadora, que nos vacía por dentro. La sociedad industrial, decía Marx, convierte al hombre en un mecano, un mero productor de mercancias que ni le van ni le vienen, que no expresan sus intereses, deseos ni necesidades. El hombre, dice Marx, es lo que hace, se realiza con el trabajo. Pero solo si el trabajo es expresión de si mismo. ¿Pero como va una cajera, el obrero de una cadena de montaje, etc., a expresarse a si mismo así? ¿Qué le puede importar a un ser humano hacer un tornillo detrás de otro? Como resultado no estás en lo que estás en tu trabajo, estas fuera de ti, en lo otro que tu, alienado, eres un alienígena, un extraño para ti mismo. Y en tu tiempo de ocio haces lo mismo: te enajenas, te sigues embruteciendo, buscas la inconsciencia, el entretenimiento, el consumo, que es también mecánico, rutinario, embrutecedor. Tanto el trabajo como el ocio te convierten en un ser pasivo, dirigido, incapaz de dirigir tu vida, de crear, de desarrollar y expresar tu individualidad. Te conviertes en un individuo homogéneo y, además, aislado. También las relaciones sociales son deshumanizantes, alienantes, sujetas al mercado, competitivas, mercantilizadas. Tanto tienes tanto vales. No importa lo que eres. Da igual que estés vacío por dentro. O mejor, no da igual. Es mejor, porque así resulta rentable la industria que se ocupa de llenar continuamente tu tiempo con entretenimiento...



domingo, 8 de noviembre de 2009

Fe y duda. La tragedia de San Manuel Bueno, Mártir.




!CAVERNÍCOLAS TODOS¡ Ángela, famosa cavernisofa de las tribus de Segundo, quiere sembrar la duda en nuestras tenebrosas mentes, y ha propuesto un tema de debate a propósito del libro de Miguel de Unamuno "San Manuél Bueno, Mártir". Este será el tema, además, de nuestra próxima Reunión extracavernaria en el bar irlandés (próximo miércoles 18 a partir de las 19.30), a la que estáis todos invitados. (Se recomienda que, además de la entrada, le echéis un vistazo, si podéis, a la novela de Unamuno, que es muy breve y interesante; podéis leerla gratis en: www.leergratis.com/.../san-manuel-bueno-martir-miguel-de-unamuno.html -)


Aquí va la entrada sobre el libro de “San Manuel Bueno, mártir”:

El libro nos narra la vida de un cura, don Manuel que vive únicamente para su pueblo. Se dedica a ayudar a los demás sin mirar lo que le pueda costar a él, hecho que le hace parecer un santo ya que consigue obrar lo que parecen auténticos milagros (como que un joven acepte un hijo de su antigua novia por suyo sin serlo). Pero a pesar de las apariencias este hombre esconde un secreto: no tiene fe. Es un cura que predica la religión católica pero sin embargo no cree en el dios que en sus misas proclama.

La historia nos la cuenta Ángela Carballino, que dice recoger su vida por no querer que se pierda en el olvido. Tanto ella como su hermano Lázaro descubren su secreto, ella sí cree pero su hermano comparte la duda de don Manuel, a quien ayudó en su mentira de dar alegría fingiendo que el santo le había convertido por fin. Sin embargo sus vidas están vacías y sin sentido porque piensan que detrás de la muerte que a todos nos llega tarde o temprano no hay nada. Solamente dejamos de existir.

Resulta paradójico el hecho de que el hombre que reparte felicidad tan solo con su presencia (como se nos muestra en el relato) sea alguien infeliz que huye de la ociosidad por miedo a la soledad y a pensar. ¿Por qué evita enfrentarse con la razón? ¿Es posible que de verdad no crea absolutamente en nada? Esto nos lo aclara Ángela al final del libro cuando nos relata las muertes de don Manuel y su hermano, nos dice que murieron “creyendo no creer, pero sin creer creerlo, creyéndolo”. Esto significa que ellos pensaban que no creían en nada, pero que cuando en verdad les vino la muerte, sin querer y sin darse cuenta terminaron creyendo en algo por muy poca que hubiese sido su creencia en ese algo.

Entonces, ¿es posible no creer en nada? Esta obra de Unamuno nos refleja este problema sobre la existencia humana. Nos plantea una pregunta aparentemente imposible de responder por la ciencia pero a la que da respuesta la religión (o al menos eso parece cuando resulta que tanta gente se cree lo de la vida eterna por pura voluntad, por fe). ¿Por qué entonces duda este cura de su religión? ¿Puede ser acaso que se planteara su existencia desde un punto de vista racional en vez desde uno en el que domina la fe sobre la lógica? ¿Por qué entonces es más infeliz aquel que parece haber usado la razón que aquellos que se creen las cosas sin discutirlas, por fe?

Lo dejo aquí porque es un tema que puede dar mucho sobre lo que discutir. ¿Qué pensáis vosotros de todo esto?

PDT: Perdón por la tardanza de la entrada y por no haber podido responder mejor a esta pregunta existencial que plantea Unamuno (no lo sé todo, ojalá) pero espero que podamos discutirla entre todos para mejorarla.

Un saludo.






jueves, 8 de octubre de 2009

Breve demostración lógica de que la vida es maravillosa...


Pensemos: si NADA tuviera sentido, ni siquiera tendría sentido la PREGUNTA POR EL SENTIDO, y por tanto no podríamos entenderla. ¡Pero es un hecho que entendemos la pregunta! ¿No? (igual que entendemos la contradictoria afirmación del desesperado cuando dice que “NADA tiene sentido” –de lo cual hemos de deducir que al menos esa frase suya sí que lo tiene—). Ahora bien, si entendemos la pregunta hay que reconocer que hay en el mundo ALGO que tiene sentido: la propia pregunta...Algo es algo…

Pero si en la realidad hay al menos UNA COSA CON SENTIDO, ¿no HAN DE TENERLO TAMBIÉN EL RESTO DE LAS COSAS? …Suponer lo contrario equivale a afirmar que LA REALIDAD es a la vez absurda y no absurda, que TIENE EN PARTE SENTIDO Y EN PARTE NO.... Ahora bien: ¿QUÉ SENTIDO TENDRÍA ESTA DISTINCIÓN? …

SI LA PROPIA DISTINCIÓN NO TUVIERA SENTIDO (fuera incomprensible e ilógica), no habría forma de comprender nada: todo sería absurdo; pero esto no es cierto pues, como hemos visto al menos la pregunta por el sentido no es absurda, la comprendemos.

SI LA PROPIA DISTINCIÓN TUVIERA SENTIDO podríamos separar de forma comprensible lo absurdo de lo no absurdo. PERO SI PODEMOS DISTINGUIR LO ABSURDO es que LO ABSURDO es distinguible, posee una forma que lo distingue y le presta identidad, y en esa misma medida ES COMPRENSIBLE, no absurdo, por lo que NADA PODRÍA SER REALMENTE ABSURDO…

(Si alguien respondiera a esto que lo absurdo es en parte comprensible y en parte no –como cuando se piensa en números irracionales o cosas así— nos obligaría a repetir de nuevo el argumento: ¿tiene sentido que algo sea en parte absurdo y en parte no? ¿La distinción es en sí misma absurda o no absurda?)...

¡Hala, pues ahí tenéis la demostración, listillos! ¡Y sin fe ni nada!...A ver si los pesimistas sois capaces de echarla por tierra… Si no, ya hemos dado un gran paso: TODO TIENE SENTIDO. Ahora... sólo hace falta saber…¿CÚAL?... Mientras tanto piensa si quieres en lo siguiente:
1. ¿Estas de acuerdo con el razonamiento? ¿Encuentras algún error en él?
2. ¿Incluso si no fuera erróneo podríamos seguir diciendo que hay cosas sin sentido?





miércoles, 7 de octubre de 2009

Dialoguillo de otoño sobre el sentido de la vida


Otoño. Un recreo como tantos. Cali (de Calixto) y Sofía discuten después de una clase de filosofía. Al rato aparece Ágata, una compañera de otra clase.

Cali-... Venga, no me digas... No sólo estás todo el día encerrado en el Instituto estudiando como un enano, sino que encima viene el de filosofía y dice que nada tiene sentido y que qué hacemos aquí... ¡Pues que lo digan antes y no venimos!
Sofía -. Ese es un truco. Él quiere que pensemos y nos demos cuenta de lo guay que es estudiar. Típico.
Cali-. Eso es lo que fastidia. Encima quiere el tío que vengamos contentos.
Sofía -. O no. Lo que este quiere es que pensemos. Que lo de filosofía es de pensar, vamos.
C -. Sí, de pensar en la hora de salir, no te j...
S -. Pues no vengas tío.
C-. ¡Tú también con ese rollo! En la vida ha visto un profesor que te diga que no vengas si no quieres. ¡Pues que no venga él...!
S -. O sea que en el fondo sí quieres venir...
C-. J..., yo vengo porque tengo que venir. Porque si no mis padres pasan de mí... Mira, yo aguanto aquí dos años, y después me piro con mi primo, y montamos los dos un pedazo taller de motos. Voy a tener una cacho de burra que vas a flipar, colega. Y pelas a mogollón. ¡Y de fiesta de jueves a domingo, sin parar! ¡Playita, tías buenas...! Jajaja...
S.- Eres más simple que una persiana. ¿Vas a pasarte la vida de fiesta en fiesta?
C.- ¡Pues sí, con mis colegas! Nos hacemos unas juergas alucinantes. Y ligamos, marisabidilla, veinte veces más que tú...
S.- ¿Qué colegas? Si son los que yo conozco, solo saben hablar de fútbol. Y para ligar, te recuerdo, tienes que tener una pizca de conversación, y algo en la mollera que no sea calimocho...
C-. ¿Qué diiices?
S.- Qué tu y tus colegas sois menos interesantes que una patata...
C.- ¿Y tú qué, premio nobel? ¿Estás investigando la vida de los delfines? ¿Compones música? ¿Estarás filmando ahora mismo, supongo, una película genial?...
S.- Todavía no... Pero... Sí, me gustaría... No sé, levantarme todas las mañanas con la ilusión de hacer algo realmente valioso, y no simplemente pensando que me espera un trabajo aburrido y esperando que llegue el fin de semana ... Mira, leí una vez una frase, algo así como: “vivir no merece la pena, si no hay algo por lo que estés dispuesto a morir”.
C.- ¡Puff!... Eso es un rollo. Lo que hay que hacer es vivir a tope el momento y pasar de comerse el tarro. Como dice mi madre, para cuatro días que vamos a estar aquí...
S.- No te entiendo. ¿Vivir a tope es venir sin ganas al Instituto o al trabajo, mirar la tele e irse de marcha todos los viernes con los colegas? Así, un año tras otro... ¿Crees que cuando tengas cuarenta años no vas a pensar que has desperdiciado tu vida, y que no has hecho más que poner tornillos en el taller y beber cerveza?
C.- Y mantener a mi familia, ojo. ¿Es que eso no es suficiente?
S.- Para mí, no. Mucha gente tiene familia porque todo el mundo la tiene, por no estar sólo. O yo qué sé. Para que sus hijos tengan hijos y así una y otra vez, como hormiguitas, todos por el mismo camino...¡¡Eso no tiene sentido!!
C.- ¿Y lo que tú quieres hacer sí? ¿Para qué te vas a romper la cabeza haciendo cosas? Te vas a morir igual. Bueno, igual le ponen tu nombre a una calle, pero tú no te vas a enterar... Y cuando haya una guerra, o se acabe el planeta, ni calle vas a tener.
S.- ... Mira, ahí viene la Ágata. ¿Qué pasa, Aga, qué tal el examen de mates?
A.- Yo qué sé, no tengo muy buena impresión. ¿Y vosotros, de qué habláis, que os veía discutir desde lejos?
C.- ¡Del sentido de la vida, jaja!
A.- Hala, sí que os ha dado fuerte la filosofía, ¿no?
C.- Esta, que no sabe qué hacer con su triste existencia.
S.- De triste nada, melón. Lo que quiero es no ser un cacho ladrillo como tú...Hablaba de saber qué sentido tiene lo que hacemos, estudiar y todo eso. Y de qué me gustaría encontrar algo por lo que luchar y que diera significado a mi vida...
A.- Yo ya he decidido que voy a hacer medicina. Mi hermana ya ha empezado y dice qué es superduro pero mola tía, salvar a los demás y todo eso.
S.- Ya pero, ¿para qué? Al final van a morir también.
A.- Sí tía, pero los médicos cada vez saben más cosas. Y además yo quiero ayudar a los demás. Yo creo que sería feliz así...
C.- ¿Feliz? Vas a estar todo el día con enfermos deprimidos, rodeada de sangre y de gente gritando... Y además, como dice ésta, al final todo el mundo se muere.
A.- Sí, pero gracias a mi van a sufrir menos, y van a vivir más tiempo. Los médicos son más necesarios que cualquier otra cosa. Además, la mayoría acaban siendo buenísimas personas, y con mucha experiencia. Mi tío es médico jubilado y cuenta historias superbonitas; yo hasta lloro a veces...
C.- (Con ironía) Tía, qué buena vas a ser. Seguro que vas al cielo.
A.- Eso no lo sé. Pero si sé que Dios me ha puesto en este mundo para hacer el bien a los demás.
C.- Sí, hombre, que Dios está ahí arriba organizándolo todo desde su oficina... ¿Y eso como lo sabes?
A.- Ya estamos. No todo tiene explicación, Cali. Con estas cosas o se tiene fe o no. Y punto.
C.- Vale, pues yo no me creo esos rollos de curas. Paso.
S.- (Un poco cabreada) ¿Y por qué sigues aquí y no pasas de hablar con nosotras? ¿No dices que pasas de todo?... Pues venga...
C.- Bueno, tía, no te sulfures. ¿Qué pasa, que tu también le das al incienso y al agua bendita?
S.- No. Yo tampoco creo mucho en Dios. Y eso de que hizo el mundo en siete días, y que si el hijo crucificado, y la virgen... Buf. A mi al menos no me entra en la cabeza...Pero yo también creo, como Aga, que tengo que estar aquí para algo. Qué todo esto tiene algún sentido. El de filosofía dice que todo tiene que tener alguna explicación lógica.
A.- ¿Sí? ¿Cuál? Explícamela, anda.
C. Macho, estáis flipando las dos. O sea: no me puedo creer que estéis teniendo esta conversación. Que no...


1. En el relato se muestran tres actitudes distintas ante el problema del sentido de la vida. ¿Cuáles son? ¿Con qué personaje relacionas cada una?
2. ¿Con qué personaje te identificas más? ¿Podrías continuar el diálogo como sí tu fueras ese personaje? O continualo, si quieres, creando un personaje nuevo. (Igual hasta nos sale una obrilla de teatro...).

viernes, 2 de octubre de 2009

El sentido de la vida.



Hace años, después de una clase en la que habíamos estado hablando de las teorías físicas sobre el Universo, un alumno esperó que todo el mundo se fuera y se acercó, se sentó frente a mi mesa, y sacando las palabras de algún lugar muy remoto de sí mismo, me dijo, mientras me miraba absolutamente aturdido: “Profesor...QUÉ RARO ES TODO”... La frase no es nada especial, pero sí lo era la intensidad con que la dijo. Ese alumno no sólo estaba diciendo una frase, la estaba viviendo, padeciendo, estaba invadido por ella...Casi parecía que era la frase la que le estaba diciendo a él... Jamás se me olvidará la manera en que la dijo...
....Y a vosotros. ¿No os parece también raro todo esto? ¿De dónde ha salido este Mundo? ¿Por qué existe? ¿Para qué?... ¿Y nuestra propia vida? Nacemos y vivimos en el tercer planeta de una estrella perdida en un rincón de uno de los brazos de una de las miles de millones de galaxias, viajando a toda velocidad hacia los confines del Universo... ¿Por qué? ¿Para qué?...¿Tenemos alguna misión especial en este mundo? ¿Qué pintamos aquí?...
Decía el filósofo José Ortega y Gasset que nuestra vida es como un “fenómeno deportivo”, un mero juego sin más sentido que el de jugar por jugar... Al fin y al cabo, para qué esforzarse seriamente en nada, si todo acaba en la nada de la muerte... Por eso decía otro filósofo (Jean Paul Sartre) que el hombre es una “pasión inútil”. ¿Estas de acuerdo? ¿Es inútil tu vida o tiene algún sentido? ¿Cuál?

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