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miércoles, 17 de septiembre de 2025

La política apoliticidad del deporte

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El boicot a la Vuelta Ciclista ha acrecentado el clamor de muchos ciudadanos por despolitizarlo todo, no solo el deporte, sino el arte, los medios, la judicatura, las discusiones familiares y, si mi apuran, hasta a los mismos políticos (tal vez sustituyéndolos por inteligencias artificiales, como recientemente en Albania). En el fondo anda esa vieja e insensata creencia que considera a la política como el veneno que contamina la convivencia, en lugar de lo que la hace realmente posible.

Decía Aristóteles que el ser humano es, por definición, un animal político, esto es: un ser que necesita vivir en sociedad y, por ello, arbitrar normas y valores para articular la vida en común. Y es curioso – y sospechoso – que la política tenga tan mala prensa hoy, justo cuando más presente está en una de sus formas (la de dejar que sean las normas del mercado y la guerra las que nos gobiernen a todos) y más necesaria resulte en otras; por ejemplo, en la de establecer un sistema firme y justo de normas internacionales que permitan pasar de la selva global a un mundo – permítanme el neoplasmo – políticamente civilizado.

El deporte representa hoy esta misma paradoja de simular apoliticidad cuando más político es. Y no me refiero únicamente al deporte de masas, ese que, desde las olimpiadas de la antigua Grecia hasta hoy ha sido siempre un instrumento de propaganda política y un chute de opio con que entretener al pueblo, sino al propio ejercicio privado del deporte, convertido hoy en un rito religioso en honor de los valores del nihilismo contemporáneo (la salud, la belleza física, el éxito individual…).

Precisamente porque el deporte, aunque sea una actividad netamente política, simula no serlo, es por lo que resulta una herramienta ideal para aleccionar (transmitiendo valores y pautas de conducta como si fueran naturales e inobjetables) o para proporcionar un lavado de cara moral a regímenes que quieren capitalizar el prestigio de los ideales occidentales (el deporte moderno es un producto occidental) mientras mantienen políticas completamente opuestas a dichos valores.

En contra de este «sportwashing» o lavado de cara ha reaccionado buena parte de la ciudadanía con el boicot a la Vuelta Ciclista a España, aunque la protesta no ha resultado del todo justa. ¿Por qué solo el equipo israelí y no los sufragados por teocracias árabes como Emiratos o Baréin? ¿Y por qué solo la Vuelta y no los grandes acontecimientos futbolísticos o la Fórmula 1, todos ellos contaminados por el dinero de estos estados deseosos de ganar legitimidad a la par que aplastan cualquier asomo de democracia, entierran en vida a sus mujeres y se ríen de los derechos humanos.  

En cualquier caso, la estrategia del boicot parece justificada en el ámbito deportivo. A diferencia del arte o la filosofía, actividades en las que la provocación y el diálogo crítico son elementos consustanciales (y en las que, por ello, no debería haber veto alguno), el espectáculo deportivo es un evento netamente propagandístico, en el que no cabe discutir sobre el valor de lo que se exhibe y en el que, por eso, resulta oportuno boicotear aquello que no concuerda con los ideales que queremos transmitir. Otra cosa sería que nos dejáramos definitivamente de hipocresía y celebráramos los valores políticos realmente imperantes (la competencia feroz, el engaño, la desigualdad rampante, el ejercicio libre de la fuerza…), en cuyo caso los equipos y deportistas que representan a Israel, Rusia, China, Irán, los países árabes o los USA de Trump, serían completamente bienvenidos.

miércoles, 17 de julio de 2024

Juegos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Decía Ortega y Gasset que la vida no tiene más sentido que el de un gigantesco espectáculo deportivo. Vistas
«desde dentro», y sujetas a las reglas que inventamos, las cosas cuadran, existen medios y fines, la gente se entrega, sufre y goza hasta lo indecible. Visto «desde fuera», objetivamente, es algo completamente arbitrario, un simple juego ante el que cualquier asomo de gravedad o compromiso resulta patético. Pasa como con el fútbol. Visto «desde dentro» es un grandioso fenómeno cultural, una historia épica llena de sentido, lucha, triunfo y belleza. Visto «desde fuera» no hay más que veintidós homínidos dándole patadas a una bola de trapo hasta meterla con incomprensible alborozo en una red.

Es así. A vuelo de pájaro nuestros afanes diarios, nuestras vidas enteras, parecen insignificantes: una coreografía fugaz y apresurada, puro teatro del absurdo, una broma que nadie entiende. Tal vez sea por esto por lo que a los seres humanos nos gusta tanto jugar. Johan Huizinga, el filósofo que nos describió como «Homo ludens», decía que uno de los rasgos positivos del juego era la creación de un cosmos, de un orden cerrado en relación con el cual era posible el logro de una cierta ilusión de perfección con la que reforzar el orden incompleto e intrascendente de la existencia. Mientras que en el cosmos delimitado del juego uno puede aspirar a dominar, aprender y triunfar, en el universo real, fundamentalmente inconmensurable con nuestros deseos e ideales, no parece que quepa más que una frustración tras otra. 

Pero el juego, por perfectamente ordenado e ilusionante que sea, no puede distraernos más que un rato del paso mortal del tiempo. Cuando acaba el juego volvemos de nuevo a la insignificancia, a la conciencia de que todo está condenado al olvido, y de que, por ello, no hay afán o pasión que merezca mínimamente la pena. Por ello hay quien se agarra con desesperación al vicio lúdico, persiguiendo la sombra de sentido que encuentra en él, o quien cambia radicalmente de juego, sustituyendo el pasatiempo deportivo o el juego de azar por el juego religioso, mucho más intenso y penetrante, y cuyo premio explícito es la victoria definitiva sobre la muerte y la nada. Todo juego tiene algo de rito y de vínculo simbólico con lo trascendente; pero la religión convierte esta dimensión en la parte central del espectáculo, exigiendo, además, una entrega absoluta de los jugadores. La apuesta lo merece, pensaba Pascal.

¿Y qué hay del juego artístico o de la especulación filosófica? Estos juegos son, sin duda, menos potentes que el religioso, pero a cambio dan mayor protagonismo al jugador. Y en lugar de una cierta ilusión (como el juego deportivo), proporcionan una ilusión cierta. A saber: la de saber que si todo fuera realmente un cuento repleto de ruido y furia narrado por un idiota, no entenderíamos nada. ¡Pero es un hecho que entendemos! Incluso que entendemos todo lo que no entendemos. Apliquen el viejo método de exhaución y se aproximarán a la cuadratura del círculo. Y si no quieren decir eureka, o evohé… griten al menos ¡gol!

miércoles, 23 de noviembre de 2022

¿Valores en el fútbol?

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.

¿Es censurable que la FIFA haya organizado el Mundial de fútbol en Qatar, un país sin libertades democráticas y en el que se saltan a la piola los derechos humanos, ningunean a las mujeres, encarcelan a los homosexuales y explotan hasta la muerte a los trabajadores migrantes?

Pues en cierto modo se podría decir que no. Al fin y al cabo, la FIFA y su Mundial de fútbol no son más que una empresa cuya finalidad no consiste en promover el progreso social, sino en ganar poder y sumas gigantescas de dinero vendiéndole entretenimiento y «pan y circo» a la gente. A esa misma gente, por ejemplo, que se ha dejado literalmente la piel construyendo estadios y hoteles de seis estrellas para exhibir y justificar el régimen de un puñado de oligarcas milmillonarios. ¿Qué sería de estos espectáculos sin ellos?

Por lo demás es falso, y un pretexto patético, afirmar que celebrar el Mundial en Qatar vaya a servir para mejorar los derechos de los trabajadores, las mujeres o los homosexuales de ese país. En cuanto se vayan las cámaras se volverá a las andadas con el refuerzo y la autoridad que otorga el haber sido organizadores de un Mundial. Junto a esto, el que algunos equipos lleven o no un brazalete con la bandera LGTBI (cosa que, además, no piensa permitir la FIFA) es una gota en el océano de ese reconocimiento internacional comprado a precio de oro por la monarquía catarí. Realmente, para que esos gestos mediáticos sirvieran mínimamente para algo, los equipos y sus federaciones tendrían que desafiar de verdad a la FIFA y al país sobornador, cosa para la que no parece que tengan lo que hay que tener (quizá para tenerlo haya que ser iraní, y saber de verdad lo que es vivir bajo una dictadura).

Tampoco sirve aquello de «exportar los valores del fútbol» o «del deporte» (el Mundial no es, como dicen los más cursis, una «invasión pacífica del apetito de libertades», ni de nada por el estilo). Más allá de los valores propios al mundo del espectáculo, ¿cuáles serían esos valores que transmite el futbol?... ¿El trabajo en equipo? ¿El sacrificio? ¿La lealtad y la confianza hacia quienes te dirigen?...  Tal vez. Pero tales valores no son en sí mismos distintivos de nada moralmente valioso. También se puede trabajar en equipo, esforzarse y ser leal vendiendo seguros o gaseando a la gente. Mucho me temo, además, que esos valores (trabajo en equipo, sacrificio, lealtad…) son exactamente los mismos que exigen los patronos catarís a sus trabajadores esclavos… 

El deporte en general está moralmente sobrevalorado. Su presunto valor moral se reduce, de hecho, al de promover una vida sana (y aún eso con excepciones) y a cuatro o cinco generalidades (el compañerismo, la cooperación, el afán de superación…) que, como hemos dicho, lo mismo sirven para ganar un partido que para vender seguros. No sé de dónde se ha sacado nadie que hacer deporte o contemplarlo es una actividad superior. ¿Será la tan cacareada crisis de valores? Lo dudo, pues la cosa viene de antiguo. Ya en la Grecia clásica, el filósofo Jenófanes se extrañaba de que personas sin más mérito que saltar o correr un poco más o menos que los demás, fueran erigidas como modelos de virtud para la ciudadanía. «No por tener un excelente luchador o alguien imbatido en la carrera – decía – la ciudad estará mejor gobernada». Pues eso.

Desde luego que el deporte y el fútbol, si no valores morales o políticos, sí que poseen grandes valores estéticos. La épica del juego es emocionante, y contemplar un ejercicio atlético o una jugada brillante puede ser estéticamente muy satisfactorio (esa encarnación precisa de la inteligencia y la voluntad en el cuerpo y las acciones del atleta es de una belleza innegable). Pero aun así no es nada que no se deje plasmar en otras ocupaciones humanas, ni que pueda soñar con hacer sombra a la más modesta de las actividades artísticas.

… ¿Qué hacer, en fin, con lo de Qatar? A los que el fútbol nos importa muy poco, aguantar con infinita paciencia la multiplicación del espacio y el tiempo, ya de por sí abusivo, que socialmente se le dedica. Y a los que les gusta, ellos sabrán. Podrían hacer boicot, como se hace con las empresas cuando explotan a la gente o colaboran con regímenes criminales (se ha hecho con las empresas rusas tras la agresión a Ucrania, por ejemplo). Un boicot, además, de lo más sencillo, y que consistiría en apagar el televisor en cuanto aparecieran esos larguísimos spots publicitarios que son los partidos. Pero no creo que los futboleros tengan balones de hacerlo. Así que, con toda probabilidad, este Mundial va a servir fundamentalmente para «pasarle la pelota» a ese país tan simpático y acogedor (y tan rico en gas y petróleo) – además de tiránico, misógino, homófobo, racista y cuasi esclavista – que es Qatar. ¡Menudo gol nos han metido!

 

lunes, 22 de agosto de 2016

Pasar olímpicamente

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es extremadura




Según un viejo cuento griego hay tres tipos de personas en un Estadio olímpico: los que van a competir (los atletas), los que van a negociar, y los espectadores. ¿Cuál de estas personas realiza una actividad más digna de un ser humano? No es el deportista – dice el cuento –, pues sus fines (saltar, correr) no son muy diferentes de los de un animal. Tampoco el negociante, pues su conducta está guiada por el mismo principio económico (obtener el máximo beneficio con el mínimo coste) que rige la vida en la selva. Tan solo el espectador – concluye la historia – hace algo específicamente humano: contemplar el mundo desinteresadamente. El hombre es el único animal capaz de pasar el tiempo contemplando algo con lo que no puede alimentarse ni copular: estrellas, hormigas, átomos... ¡O pelotas de tenis!

Cuando cuento esto en clase mis alumnos se quedan desconcertados. Para la mayoría de ellos los deportistas y los negociantes son los modelos humanos a imitar. Decirle al típico chico deportista que se pasa las tardes entrenando en la piscina o en la pista de saltos que el sentido de su vida es comparable al de un pez o un canguro es un golpe bajo. Si añades que todo aprendiz de emprendedor no es (según el cuento) más que un mono codicioso ya tienes un grupo de adolescentes profundamente indignados deseando discutir sobre los fines profundos de la vida. ¿Tendrán que ver con el deporte? ¿Con los negocios? ¿Con el negocio deportivo?...

Tanto en la Grecia antigua como en la Europa moderna, el deporte comenzó siendo una noble afición para entretenimiento de aristócratas (la única clase que contaba con tiempo que perder) y acabó como un espectáculo profesional con que distraer a la gente de los asuntos públicos y enriquecer a espabilados “emprendedores”. El poeta griego Simónides – como cualquier publicista o periodista actual – invocaba a la “musa que proporciona dinero” para componer sus himnos a las estrellas olímpicas. Y los tiranos de toda Grecia descubrieron enseguida la virtus dormitiva que tenía el espectáculo deportivo sobre las masas. Solo al final de la época clásica surgieron voces críticas como la de Eurípides, que repetía lo que, ya un siglo antes, dijera el poeta Jenófanes a sus contemporáneos: “No es justo preferir la simple fuerza corporal a la sabiduría”. Naturalmente, todo el mundo pasó olímpicamente de ellos.

Mucha falsa idealización ha corrido, desde entonces, sobre las Olimpiadas. Pero ni antaño ni hoy parece que fuera más que un pasatiempo pijo convertido enseguida en un lucrativo negocio con que entretener a la gente. Porque – y por extraño que parezca – a mucha gente le entusiasma embobarse viendo encestar un balón, o celebrar como si le fuera la vida en ello que un tipo corra, nade o salte un poco más rápido o lejos que otro. Junto a esto, el significado religioso, ético o estético de los juegos, las treguas sagradas, el espíritu de hermandad entre naciones y tantos tópicos olímpicos al uso no son, ni fueron, más que una sublime intención original, o una brumosa y sobredimensionada leyenda acerca de los – siempre míticos – orígenes.

Para comprobar la absoluta falsedad de esos tópicos no tienen más que asomarse a la realidad de las olimpiadas de Brasil. Lo que verán es un inmenso negocio montado a costa de la seguridad y la miseria de miles de trabajadores, un dispendio de dinero público en un país con millones de pobres y una galopante crisis económica encima, un espectáculo obsceno con que tapar los escándalos e intrigas de la clase política, y un lodazal de violencia en el que – según Amnistía Internacional – la policía ha asesinado impunemente a miles de personas (presuntos delincuentes) y ha reprimido con saña a las cientos de miles que se han manifestado reiteradamente en contra de la celebración de los Juegos. A tanto ha llegado la violencia policial que correr delante de la policía para salvar la vida se ha propuesto, con cínico humor negro, como nuevo deporte olímpico en las favelas de Rio de Janeiro.

Por añadidura, y como era de esperar, los costosos fastos olímpicos no han certificado la hermandad entre los pueblos, ni han detenido ninguna guerra, ni representan la más mínima oportunidad de progreso económico, cultural, moral o político para la gente, sean, ahora, las del Brasil, o fueran, antaño, las de cualquier otro lugar. Lo que la aristocracia griega (o su versión moderna encarnada en el Barón de Coubertin) concibió como una refinada celebración de los valores de la nobleza guerrera (patriotismo, heroísmo, desinterés, juego limpio...) no es, ahora, más que un enorme tinglado publicitario y mediático con el que se enriquecen el COI (dueño de todos los derechos) y las élites locales, y que se paga– a menudo durante lustros – con el dinero de todos. Una inmensa (y a veces sangrienta) estafa en la que el espectáculo deportivo parece haber tomado el lugar de la religión como nuevo “opio del pueblo”.

Por lo dicho, estas olimpiadas no deberían obtener más que nuestro más soberano y olímpico desprecio. Aunque mucho nos tememos que si no hicieron caso al poeta Jenófanes, mucho menos nos lo harán a nosotros. Seguro que ahora mismo está comenzando la final, la semifinal o los cuartos de alguna rara especialidad de su gusto... Por cierto, la moraleja del cuento del principio es que para cultivar lo que nos hace personas hay que contemplar y comprender el mundo.¡Pero no el que sale en la tele! Sino ese otro que se quedó fuera del estadio, y que, por si fuera poco, es el nuestro.



lunes, 11 de julio de 2016

Messi: el deportista emprendedor.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Menos mal que la cosa se ha quedado en una multa de nada. Llegan a meter a Messi en la cárcel y ríanse ustedes del motín de Esquilache. Habría barricadas y muertos en las calles. Cataluña se independizaría a las bravas. El país sería una mezcla entre Irán, Venezuela y el resto del eje del mal sin necesidad de que gobierne Podemos. Fernández Díaz conspiraría contra los jueces, y Rajoy moriría de agotamiento botando ante el tribunal de apelación. Pero no. No es posible. ¿Cómo van a meter a Messi en la cárcel? ¿Y los niños que le esperan para animarlo y pedirle una foto en la puerta del juzgado? ¡Por Dios! ¿Es que nadie piensa nunca en los niños?...

Decían los pitagóricos – unos filósofos griegos muy antiguos – que en la vida, tal como en un estadio olímpico, hay tres tipos de persona: los deportistas que van a competir, los negociantes que van a hacer su agosto, y los espectadores que van a ver el grandioso espectáculo del mundo. Pero solo aquellos que se dedicaban a mirar y entender (los espectadores) son los que hacen algo propiamente humano, mientras que deportistas y negociantes solo hacen cosas propias de animales. Los deportistas, es obvio, porque dedican su vida a correr, brincar y otras actividades igual de simiescas. Y los negociantes porque todo lo hacen bajo el mismo principio interesado y económico que el resto de la fauna: lograr el máximo beneficio con el mínimo coste o esfuerzo.

¿Cómo es, entonces, que los jóvenes (y la mayoría de los mayores) prefieren soñar con ser deportistas o negociantes en lugar de sabio contemplativo? Es cosa de nuestra época. En otros tiempos el modelo a imitar era el noble guerrero, o el santo virtuoso, o incluso el sabio ilustrado. En el nuestro, los arquetipos morales son el deportista encumbrado y el vendedor de batas (u ordenadores) multimillonario. Si unes ambas cosas ya tienes el logotipo de esta loca época dominada por la raza de los tenderos: la estrella de fútbol, el tarugo despabilado que no solo vive de dar patadas a un balón, sino que hace una multinacional de sí mismo y de su reflejo en la mente de infinitos niños que, entre patada y patada para apartar la miseria (o para encontrar un trabajo que no sea una patada a la dignidad), pueden soñar que Messi, o Ronaldo existen. Que la justicia existe.

Y para que el mito sea más veraz, y el sueño más lúcido, Messi se ha sentado en el banquillo, no en el del estadio, donde ya es el rey, sino en el de los grandes emprendedores – de Mario Conde a la Infanta de España – : en el banquillo de los acusados. Y ha hecho el paseíllo, como los toreros, del coche al juzgado, en olor de multitudes, bajo la metralla de los fotógrafos, como los grandes héroes, para solaz de todos los niños. Porque Messi – y su padre – sí que piensan en los niños. Al menos, en los que vienen con un balón debajo del brazo...




viernes, 27 de mayo de 2016

El espectáculo es... ¡Podemos!




Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura


Comienza, de nuevo, el torneo electoral. Con cierto escepticismo y una sombra de hartazgo en las gradas. Así que, por el bien de la democracia, más vale que el espectáculo no decaiga. Digo “espectáculo” con el cinismo justo. Todo el mundo sabe que las democracias modernas se han transformado, desde hace mucho, en una especie de espectáculo mediático y deportivo, con sus equipos-partidos, sus tensiones en los banquillos, sus encuentros-debates televisados, sus tertulias periodísticas infinitas antes y después de las finales, etc., etc. De hecho, más que de “nuevas elecciones”, deberíamos hablar del “partido de vuelta”, o de la “prórroga”. La gente lo entendería mejor. La gente, por cierto, espera mucho de esta gran final. No se le puede decepcionar.

Y una forma de decepcionarla es hacer trampas y descafeinar el juego. Si algo apasiona a los “espectadores” (llamarlos “pueblo” o “ciudadanos”, a estas alturas, es un poco anacrónico) es el soberano espectáculo de la redención del humilde a través del mérito, la osadía y el riesgo. El deporte (como antes el circo romano o la fiesta de toros) escenifica la igualdad democrática, la posibilidad de que el “don nadie” alcance, a fuerza de talento y audacia, el poder y la gloria. Por eso, los espectadores de fútbol se entusiasman ante el equipo modesto que gana el campeonato. No soportan la idea de que el torneo esté trucado para hacer ganar a los equipos más poderosos. ¡Incluso si son hinchas de esos mismos equipos! El deporte reconcilia (simbólicamente) la contradicción entre la igualdad teórica que preside, como principio decorativo, nuestras democracias, y la desigualdad de hecho que – y de forma creciente – la carcome.

Pues bien, algunos dirigentes de los equipos-partidos más grandes no parecen haber entendido esto. Exhiben con descaro sus trampas, pretenden jugar, sin ningún disimulo, con todas las ventajas. Todo movido por el miedo a un equipo modesto por el que nadie daba un duro y que, ahora, podría incluso “ganar la liga”. El “todos y como sea contra Podemos” se está haciendo demasiado clamoroso, y eso perjudica, más que beneficiar, a los grandes partidos. El espectador no es del todo estúpido, especialmente cuando le tocan el lado deportivo de la vida. Vetar explícita o implícitamente a Podemos en la televisión pública, llevarlo al banquillo de las portadas de los periódicos por cualquier minucia, exhibir la patética necesidad de buscar en Venezuela (o en Irán, o una obra de títeres) algo para arrojar a los podemitas es... tan descaradamente tramposo, que el hincha, hasta el del “equipo” grande, se irrita, y con razón. Tanta trampa mata el espectáculo. Y, por encima de todo, la gente quiere espectáculo, y que, por así decir, “haya partido”. Y el espectáculo no es Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera... sino Iglesias. El espectáculo es que el coletas, el don nadie, el jovenzuelo osado y habilísimo – como reconocen hasta sus más acérrimos enemigos – pueda ganar a los de siempre, romper con lo que estaba previsto, escenificar, simbólicamente, el espíritu de la democracia y de la ideología liberal – que es, a la vez, la lógica del espectáculo y del deporte – : que cualquiera (¡usted mismo!) si se lo propone y tiene mérito y valor suficientes puede llegar a lo más alto.

Ajena a todo esto, la España decimonónica y caciquil insiste en las trampas, en tratar de impedir el partido. Por miedo. Pero también por rabia. Si algo revienta a esta gente no es tanto que los de Podemos sean, más o menos, unos rojos radicales (que no lo son, por cierto, ni por el forro). Lo inaceptable es que sean unos recién llegados. Que se hayan saltado la cola. Que estén a las puertas del poder sin haber chupado banquillo – o lo que sea – durante años. En la lógica de los caciques esto es un pecado capital. ¡Pero en la lógica del espectáculo deportivo es lo más de lo más! Y lo único que va a salvar – de momento – a esta triste compañía de cómicos que es el PP (y a los que se le peguen) es que, pese a que vivimos en la sociedad del espectáculo, aún conservamos el miedo ancestral al cacique. ¿Podrá vencer ese miedo al absoluto aburrimiento que generan esos siniestros y casposos cómicos? La gran final, el próximo 26 de junio.




lunes, 7 de diciembre de 2015

La democracia como espectáculo deportivo.


Publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura y en la revista Humano, creativamente humano.


Faltan tantos días y horas – claman los periodistas – para el gran debate (combate) televisivo entre los líderes (campeones) de los distintos partidos políticos (equipos). Mientras tanto, los partidos hacen nuevos “fichajes”, y sus líderes, junto a una corte de asesores (entrenadores) visitan los estudios (estadios) de radio y televisión para someterse a todo tipo de pruebas de habilidad: cantar, bailar, cocinar, contar chistes... Por cierto que la prueba de más rabiosa actualidad es (y es muy significativo) la de acudir como comentaristas a los programas deportivos de más audiencia. En cualquier caso, al final de cada actuación los líderes proclaman ufanos que, digan lo que digan las encuestas (los pronósticos), ellos “van a salir a ganar”, y que en estas elecciones (este campeonato), “van a ir a por todas”. Mientras, el publico (la hinchada) escucha con satisfacción estas familiares proclamas y acude a los mítines, con sus banderines e himnos, a admirar, en directo, los regates dialécticos y las piruetas retóricas de las estrellas del equipo. Otros, la mayoría, se limitan a hacer sus apuestas sobre el resultado de los debates o en las urnas. Por cierto, ya tarda alguien en inventar algún procedimiento por el que el voto se asimile a una suerte de quiniela en el que los ganadores obtengan algún premio (ya que el cumplimiento de los promesas electorales se ve que no). Me apuesto el alma a que se duplicarían los índices de participación. En fin, y como puede verse, el juego democrático se ha convertido en esto: en un gran espectáculo deportivo.

Que el ejercicio del poder tenga una dimensión teatral o espectacular es algo tan antiguo como el poder mismo. Toda sociedad se instituye a través de ritos, ceremonias y símbolos, que el poder político utiliza para legitimarse y obtener la conformidad de los gobernados. Que este carácter teatral del poder político se dé, hoy, a través de los medios de comunicación de masas y que el político se comporte como un showman televisivo no son nada nuevo. Lo que quizás resulte más novedoso es la naturaleza deportiva que parece adoptar, últimamente, el espectáculo mediático-político.

Una forma simple de interpretar esta tendencia “sport” del espectáculo del poder es señalar su carácter popular. Desde las olimpiadas griegas hasta las grandes competiciones de nuestra época, el deporte ha sido uno de los espectáculos favoritos de la gente. En un régimen político – el nuestro – en el que el pueblo es el soberano titular, las exhibiciones políticas tienen que ajustarse a los gustos populares, de ahí que adopten una forma y lenguaje propios de la épica deportiva, en la que los lideres ganan o pierden según se puntúen ciertas cualidades (retóricas, psicológicas...) fáciles y emocionantes de cuantificar (y que solo indirecta y vagamente tienen que ver con presuntos principios o ideas políticas que son, por lo demás, mucho más complejas de exponer y valorar).

Pero esta explicación no es del todo convincente. La popularización del espectáculo político es una constante histórica más que una característica de la democracia (incluso los tiranos más tiránicos necesitan el apoyo de su pueblo). Además, esta vulgarización admite muy variados formatos. De hecho, el más frecuente ha sido siempre el religioso: recuerden a los faraones, o los césares, tratados como dioses. También el teatro antiguo, el circo romano, las ejecuciones públicas, y otros tantos festejos similares, han sido frecuentemente usados como exhibición propagandística por parte del poder. Lo del “formato deportivo” parece, pues, relativamente novedoso.

Otra posible explicación remite al relativismo moral y político, típico de una cultura vieja y descreída como la nuestra. Ante la ausencia de ideales políticos fuertes y claros, la gente se tomaría la cosa pública con una cierta frivolidad o deportividad, como quien hace una porra en el bar de la esquina. Al fin y al cabo – se dice – todos los políticos defienden cosas muy parecidas, concretamente: las que haga falta defender para ganar. En la política, como en el deporte, ganar, meter el gol o la canasta, parecen fines absolutos (no medios para ninguna otra cosa más importante). Esta falta de “seriedad”, consustancial a una época – esta – alérgica a lo sustancial, impide que el espectáculo político pueda adoptar tintes religiosos, o trágicos. Nadie admitiría hoy, en nuestro entorno cultural, celebrar una ejecución pública, por ejemplo, o entusiasmarse por una guerra. Pocos de nosotros creerían necesario “dar la vida” (ni quitarla) por ninguna idea o creencia. En el viejo Occidente ya no queda nada trascendente. Vivir por vivir, ese parece ser nuestro intrascendente fin. Por eso decía Ortega y Gasset aquello de que la vida, la nuestra, no tiene más sentido que el que pueda tener un mero fenómeno deportivo.

El sistema democrático, que es un fiel reflejo de este relativismo y nihilismo contemporáneos, tiene además, per se, una cierta naturaleza deportiva. La democracia consiste en tomarse las cosas con deportividad, más que con razones (que, además, nunca están claras). Hay que saber perder, y ganar, porque saber algo más (por ejemplo, lo que sea de verdad justo o injusto) es difícil, por no decir imposible. ¿Qué criterios objetivos usamos para distinguir la ley realmente justa de la que no lo es? En ausencia de razones comunes y argumentos objetivos solo cabe jugarse a los votos cuál de nuestros subjetivos e interesados deseos se impone al de los demás. Es decir: solo cabe el recurso a la fuerza, revestida de juego, en que consiste la democracia. A la fuerza de los votos (a la fuerza de los que son “más que tú”) y de las reglas (lo único sagrado en cualquier juego). La democracia es el reino de lo cuantitativo, erigido desde la absoluta creencia en la ausencia de reinos y absolutos, y en el que todos los votos cuentan exactamente lo mismo. Al fin y al cabo, ¿hay alguien que sepa más que otro en qué consiste la calidad de lo “justo”? No. Parece que es una verdad objetiva que toda verdad y valor son subjetivos, y una verdad desinteresada y pura que todos los hombres se mueven por opiniones interesadas y espurias. Tal vez por esto repite Rajoy en las entrevistas que él, por viejo y sabio, no da ya más consejos (¿quién sabe nada?). Solo este: “haz deporte”.

Pues eso: haga deporte, amigo, y cuando le dé locamente por pensar en política, en lo que de verdad es justo o injusto, encienda rápido el televisor, que entre partido y partido, y en el hueco que deja la información deportiva, verá a los políticos hacer como que pelean (como en la lucha libre de la tele), o simular que están peloteándose (le) sus favores. La pelota, por si no lo sabía, es usted. Pero mejor lo olvida. No vaya a ser que, harto de burlas y golpes, deje usted de botar...



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