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miércoles, 5 de febrero de 2025

Chirigota «fake»

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una de las cosas que dan más risa son los iluminados. Siempre que no tengan la sartén por el mango, claro. En ese caso lo que dan es miedo, y la risa se queda para el carnaval. Eso en los lugares en los que lo hay. Entre los puritanos, en los que el carnaval no existe o es cosa de brujas, como en los USA, la cosa acaba a veces con un tipo pegando tiros en el aparcamiento de un supermercado.

Dudo que esto último pueda pasar, por ejemplo, en Cádiz. Porque en Cádiz se ríe de lo lindo. Libremente y durante todo el año. De los iluminados y poderosos, y de los que no lo son. Tal vez por eso durante el carnaval son tan tiquismiquis y te dejan que te rías de todo, pero con un orden y unas formas que ya quisiera un sacerdote egipcio. Sí señor. Igual que hay que saber beber – te dicen –, hay que saber reírse de todo con arte y con parte (de razón). Donde se ríe por principio, el carnaval no tiene que ser un turbio desahogo, una bacanal irracional o una matanza catártica.

Tampoco ha de ser una patochada propagandística, como la de esa chirigota «fake» reventada por el público hace unos días (cantando y riendo, como debe ser) en el teatro Falla. No ya por su contenido (una torpe apología del santoral conspiranoico y voxero: vacunas, chemtrails, negacionismo climático…), ni porque apenas supieran cantar ni ajustarse a los estrictos cánones de la chirigota (ese cachondeo elevado a religión o arte), sino, sencillamente, porque les faltaba lo principal que hay que tener en Cádiz: ingenio y buen humor.  

Porque fíjense que hasta para ser malo hay que ser bueno. Un buen iluminado habría de serlo tanto como para cachondearse – en carnaval – de sus verdades infinitas. Un conspiranoico verdadero habría de serlo tanto como para pensar en la guasa que tendría un plan para fabricar conspiranoicos. Y un carnavalero de ley habría de serlo tanto como para reírse de la que se ha formado, del escándalo de los puristas, y de la chirigota que se va a hacer de todo ello en la calle.

El carnaval, como casi todo, es política, de uno u otro signo. Y a veces arte, de una u otra manera. Pero principalmente es risa libre y franca; es el pueblo riéndose del Pueblo y de los iluminados que aspiran a dominarlo; es el propio carnaval riéndose del Carnaval y de los capillitas que aspiran a controlarlo; y es el juego libre del juego social bajo un único, omnipresente, infalible y todopoderoso rey: su majestad la gracia. No la de Dios, sino la de Cádiz, que no tiene que andar muy lejos.  

 

miércoles, 10 de enero de 2024

Disfrazarse de Baltasar

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Esta última semana hemos asistido de nuevo a la controversia acerca de si disfrazarse de rey Baltasar sin tener la piel negra es o no una práctica racista. Algunas asociaciones y opinadores de tendencia progresista piensan que sí, comparando el hecho con esa especie de delito moral que es el «blackface» norteamericano (severamente castigado allí con la pena de cancelación). Ahora bien, ¿es esta posición razonable aplicada a nuestros reyes y pajes navideños? Atendamos a los argumentos de la acusación.

El primero y principal es que disfrazarse de negro era común en ciertas operetas decimonónicas en las que se caricaturizaba de forma humillante a los negros, por lo que disfrazarse también ahora supondría una autorización implícita de aquellos viejos y denigrantes espectáculos y un insulto a todo el colectivo. ¿Es este un buen argumento? La verdad es que no. Aceptarlo supone incurrir en la falacia de enjuiciar la totalidad de una práctica (maquillarse de negro) por el uso particular que se hizo originalmente de ella (maquillarse así para burlarse de los negros). Y esto no es muy sensato. Si fuera justo no hacer nada que otros hayan hecho antes con aviesas intenciones, sería injusto hacer casi cualquier cosa. ¿Deberíamos entonces negarnos a llevar un pendiente en la nariz (objeto con que se hacía algo más que burla a los esclavos negros), o dejar de adorar crucifijos (dado que también los usan los fantoches criminales del Ku Klus Klan), o negarnos a interpretar ciertos temas de jazz por haber sido popularizados en aquellos «minstrels» en los que se caricaturizaba a los negros hasta principios el siglo XX? Todo esto no parece lógico: algo puede ser aceptable independientemente de su origen; y quien se maquilla de negro para encarnar al rey Baltasar y su corte de pajes no lo hace hoy para burlarse de las personas negras, sino para encarnar la figura de un rey oriental sabio, justo y generoso.

Otro argumento esgrimido por los que se oponen a la tradición de los baltasares maquillados es que esto invisibiliza o contribuye a marginar a las personas realmente negras, que son las que deberían representar a dicho rey mago en celebraciones como la cabalgata del cinco de enero. Ahora bien, este argumento confunde el rito teatral de la cabalgata con un problema social. Y no son lo mismo. Una cosa es que en un rito festivo haya maquillaje y disfraces, y otra que se discrimine (en ese rito o en cualquier otro ámbito) a quien no sea blanco. Tan lícito es lo primero como inaceptable lo segundo. Maquillarse de negro es tan legítimo como ponerse una barba postiza o una capa real. No conozco ningún criterio estético serio (ni el del realismo más naíf) que impida a alguien representar cualquier papel si lo hace bien, independientemente del color de su piel, su género u otras circunstancias particulares. Y si nadie en su sano juicio pediría que quien hiciera de Melchor fuera realmente un mago venido de Oriente y perteneciente a la realeza, tampoco se debería exigir que quien representara a Baltasar tuviera que ser obligatoriamente negro. Otra cosa, esta sí repudiable, es que se margine o invisibilice a las personas de piel negra, y no se las acepte para representar a Baltasar (o a Melchor, o a Gaspar, o a lo que sea) solo por ser negras, y no por no ser actores o personas relevantes para la comunidad, que son dos de los criterios más frecuentes para escoger a quienes hacen de Reyes Magos en las cabalgatas. En las cabalgatas que conozco, al menos, se escoge a las personas que van a representar a los RR.MM. por su relevancia social, y no me parece mal que esto sea lo que prime por encima del color de piel (al contrario sí que me parecería racismo). Otro asunto, distinto, es que todas las personas, sean del color que sean, puedan aspirar en igualdad de condiciones a esa relevancia social, pero esto, digo, es otro asunto, previo y más trascendental al de quién se disfraza de Baltasar en una cabalgata.

Un tercer argumento es que disfrazarse de Baltasar con maquillaje incluido supone hacer una caricatura insultante que fomenta prejuicios. ¿Pero es esto necesariamente cierto? Piensen que cualquier disfraz implica casi consustancialmente hacer una caricatura o síntesis de aquello que representamos a través del maquillaje, la ropa, los ademanes, etc. ¿Deberíamos entonces prohibir todo disfraz (no solo de negro, sino también de blanco, pijo, ruso, roquero, geisha, obispo, mendigo…), toda vez que siempre podría haber un colectivo acusándonos de estar haciendo una caricatura prejuiciosa de sus rasgos identitarios? Tomen nota, ahora que se acerca el carnaval…

Pero incluso si fuere ese el caso (que dudo que lo sea en el caso de nuestras cabalgatas de Reyes), ¿por qué habríamos de censurar las caricaturas? No veo por qué en una sociedad libre, abierta y plural no se haya de poder caricaturizar todo lo que se desee, siempre que la intención no sea la de agredir o discriminar a nadie, y que se trate del lugar y el momento adecuado (vale en un carnaval o una revista satírica, pero no en un parlamento o aula de enseñanza).

Un cuarto y último argumento es el de que los niños no creen con el mismo fervor en los Reyes Magos si Baltasar no está encarnado por una persona realmente negra. Pero esto me parece francamente ridículo. Los niños no tienen una imaginación necesariamente realista, y son bastante duchos en el juego simbólico: pueden aceptar perfectamente a un actor no negro haciendo de Baltasar (como han hecho siempre) mientras posea los correspondientes atributos simbólicos (entre ellos, la tez morena), y sin que dichos atributos tengan que ser reales (¡para algo son magos!).  Igualmente, podrían aceptar un Rey Mago mujer o un Papa Noel asiático, siempre que los personajes portaran dichos atributos simbólicos (corona, barriga, etc.). Si los niños solo pudieran ilusionarse con personajes realistas Disneylandia tendría que cerrar mañana...

Por cierto, y como me las veo venir: con todo esto nadie quiere decir que no haya que luchar ferozmente contra el racismo (como se ha hecho desde esta columna tantas veces), sino solo que hay que ser más sensato y no dar pretextos al enemigo para que ridiculice esa misma lucha – ni motivos a los amigos para que tengan miedo de ella –. Eso es todo.

domingo, 10 de abril de 2022

El carnaval del carnaval

 

Jan Matejko "Stanczyk" 1862
 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



El carnaval ha sido siempre un rito catártico por el que la gente se liberaba por unos días del yugo cotidiano bailando y bebiendo, burlándose de todo, invirtiendo los roles sociales y pasando olímpicamente de las convenciones, la ley y el orden. Diríamos que el carnaval es lo más parecido que puede haber a una rebelión sin serlo, es decir, siéndolo de un modo puramente estético o simbólico (lo que al final, por cierto, no hace sino perpetuar lo establecido, pues la gente, tras el desahogo carnavalesco, suele volver al redil satisfecha y escarmentada).

Ahora bien, ese viejo carnaval ritualmente subversivo ya no existe. Y casi que menos mal, porque en él la gente se desmandaba de veras, dando rienda suelta a la violencia y las pulsiones más primarias sin disfraz alguno. El carnaval que celebramos hoy en nuestras calles está, por el contrario, complemente domesticado, y es poco más que una ceremonia naíf sin otro desmadre que el de desfilar a juego, cantar unas letrillas ingeniosas (siempre del mismo modo – pocas fiestas más conservadoras y envaradas que el carnaval actual –) y salir de cañas con más disciplina de lo corriente (¡Si los que participaban en las saturnales, las misas de locos o las fiestas de esclavos levantaran la cabeza!)

Esta laxitud del carnaval actual tiene, por cierto, su explicación. Las viejas celebraciones dionisíacas tenían que contrarrestar unas condiciones de vida muy duras y un ejercicio del poder aparentemente más estricto que el que soportamos hoy. Pero ojo, no es que ahora el poder y el orden sean realmente más laxos; todo lo contrario, son más imperativos que nunca, pero lo son amablemente y sin que apenas nos demos cuenta. Y son así de amables gracias, precisamente, a que vivimos en una suerte de «carnaval» perpetuo y al ralentí, de manera que podemos evadirnos del yugo que nos sujeta, reírnos de él, soñar que no lo tenemos o fingir que nos saltamos sus normas, sin salir de la ficción mediática o los mundos virtuales que nos entretienen y evaden cada día tanto, al menos, como nos conforman y controlan.

Frente a la mascarada perfecta del festival mediático (del que la política, como vemos estos días, es parte insustituible), el carnaval de antaño no tiene ya nada que ofrecer. Si las verdaderas carnestolendas consisten en invertirlo ficticiamente todo, ¿qué otro desparrame carnavalesco puede competir con el que nos ofrecen hoy los medios, redes y plataformas digitales? ¿Qué puede hacer sombra a sus fábricas de mitos, sus catálogos de máscaras, perfiles y personajes, sus posibilidades casi infinitas para la burla, el postureo, el alterne, la subversión figurada o el linchamiento regenerativo?

Es difícil imaginar cómo podríamos salvar al carnaval de las calles y plazas del de las webs y los servicios de entretenimiento a domicilio. Planteo, no obstante, una sugerencia, no sé si muy loca, para celebrar una inversión o mascarada mucho más profunda y subversiva que la que producen los «late shows», los videojuegos o la adicción a las series.

A ver, si el carnaval ha de celebrar lo infrecuente y darle la vuelta a todo, ¿por qué no llevamos la fiesta al límite? Por ejemplo: en lugar del estruendo con que agredimos normalmente a los demás – debido no a nuestra «alegre y latina forma de vivir» sino a la más absoluta falta de consideración por los otros –, en nuestro carnaval podríamos disfrazarnos de personas educadas, capaces de hablar sin dar voces y de divertirnos sin tener que exhibir (por impotencia cerebral) la potencia sonora de nuestros bajos en garitos, coches tuneados o plazas públicas. ¿Qué les parece?

Otro ejemplo: en vez de burlarnos de las costumbres e ideas de los demás y arder de indignación cuando toca reírse de nuestras sacrosantas manías, creencias y tontunas idiosincráticas, podríamos hacerlo al revés, o reírnos de todo, como es lo propio a un carnaval serio. 

Otra idea. Como es corriente no respetar las normas más que cuando interesa hacerlo, ¿qué tal si durante los días de carnaval nos comportarnos de forma más íntegra? Para algunos políticos y la ciudadanía que los vota, esos días representarían un auténtico desahogo tras meses de estresante subordinación al imperio de los peores deseos. 

Finalmente, y para salir de la rutina carnavalesco-mediática, ¿y si en vez de emborracharnos y ahondar en la inconsciencia habitual, invertimos las cosas y nos regalamos una experiencia más consciente de todo lo que nos rodea? Por ejemplo, a través de una sesuda reflexión acerca de la enorme y engañosa mascarada de la que formamos, seguramente, la peor parte.

¿Les gusta el proyecto? Ser educado con los demás, reírnos de nosotros mismos, comportarnos siempre de forma honesta y llevar una vida más reflexiva y consciente; dadas las circunstancias, todo eso sí que sería, y triste es decirlo, una auténtica fiesta de carnaval.

 


miércoles, 10 de abril de 2019

La política del bufón.



No sé si se le ha prestado la suficiente atención. Volodymyr Zelenskiy, el actor principal de una serie televisiva de éxito en Ucrania, llamada “Servidor del pueblo”, y en la que encarna al presidente de la nación, está a punto de ser presidente de esa misma nación bajo las siglas de un partido político con el mismo nombre de la serie. Parece un capítulo de otra serie, la prestigiosa “Black Mirror”, pero no, resulta que es un “episodio” de la vida real.

Desde luego que no es la primera vez que la gente escoge a actores o personajes bufonescos como representantes políticos. Pero me parece que pocas veces se ha mostrado con tan barroca perfección esta simbiosis entre poder y comedia. O, si se prefiere, entre la oficiosa representación teatral del poder y su reflejo fantasioso más divergente y divertido (y distractor), reproducido hoy en ese carnaval al ralentí que es el diario espectáculo mediático.

Sea como sea, la pregunta es siempre la misma. ¿Por qué la gente apoya a candidatos como Zelenskiy, un cómico sin experiencia política ni bagaje ideológico o intelectual? Y creo que aquí hay que ir más allá de las respuestas convencionales: las de que se trata de un voto de protesta anti-sistema, manipulado por simplezas populistas, o seducido por la imagen y el glamour del personaje. La gente no suele ser tan cínica ni tan tonta. Y hay dos elementos que, por extravagantes que parezcan, tendríamos también que considerar: que el personaje demuestre una exitosa “experiencia ficticia” como presidente, y que sea un cómico

Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Poder, ficción y carnaval



El carnaval parece un caso raro de ritual festivo. En el no se consagra la majestad o el rigor del orden y la ley, sino todo lo contrario: lo irrisorio de todo orden y el gozo de lo sin ley. El carnaval es lo que llaman una “fiesta de inversión”, en la que en vez de celebrar el poder real, la nobleza del héroe o la virtud del santo, se encumbra al personaje más bufonesco, truhan y lascivo, otorgándole, por unos días, el cetro de un “mundo al revés” en que los esclavos son los amos, los varones se comportan como mujeres, los burros celebran misa y los clérigos retozan como animales... En los viejos carnavales, las fiestas de esclavos, las misas de locos del Medievo, o las antiguas saturnales latinas imperaba un mismo espíritu de subversión, desenfreno, y burla sin término … ¿Pero cómo es que se permitía esto? ¿Qué sentido tenía esta fiesta?…

No es difícil imaginarlo. El carnaval es la ficción con que se compensa y regenera esa otra ficción que es la de la legitimidad de la estructura social. Así, en el carnaval se escenifican de la manera más grotesca posible las pulsiones que el poder “contiene” – la violencia, la sexualidad sin ley, la crítica revulsiva – para, llevando al extremo la ceremonia del desorden, renovar el deseo de orden y la necesaria conformidad con él. De ese modo, al final del carnaval, y una vez cumplida su función, se sacrifica al “rey de burlas” y se representa el glorioso retorno del rey verdadero – del dios renacido – eje en torno al que todo vuelve a su lugar natural.

Pocos verán, sin embargo, todo esto en los carnavales actuales, que apenas son ya más que una amable fiesta turística. Tal vez porque hoy el “verdadero carnaval” ya no se celebra colectivamente en la calle, ni en una fecha determinada, sino de una forma tan diluida como el mismo poder al que sirve. El carnaval – la ilusión de ser otro, la ruptura con los límites, la desinhibición sexual, la violencia a discreción, la risa descarnada... – se celebra ahora en esos particulares mundos de ficción que nos proporcionan los medios y las redes sociales. Medios y redes a través de los que también se nos ordena, normaliza y vigila constantemente. Siempre y en todo lugar es, hoy, carnaval. Pero también control y sumisión. El baile de máscaras jamás ha sido tan perfecto.

De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 



martes, 9 de febrero de 2016

El significado político del carnaval.


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en el diario.es Extremadura




Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si carecen de poder. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece. Esta conformidad con la ley se puede generar, hasta cierto punto, por coacción (es decir, por la amenaza del castigo, o por algún premio prometido, que es la coacción en su versión más amable). Pero esto no es suficiente. Ningún régimen político se mantiene por pura coacción: siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno. Además, los que se así se someten lo hacen solo aparentemente, no de verdad. El modo realmente eficaz para generar poder no es la coacción, sino la convicción. La convicción hace que las personas se sometan voluntariamente a las leyes en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien: ¿cómo convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? Un procedimiento ideal es ofrecerle argumentos y dialogar, pero esto es demasiado intelectual. Hay una manera mucho más efectiva y directa: la “seducción” emocional. Es en torno a este recurso del poder donde cabe situar al fenómeno social de la fiesta.

En toda cultura existe un sinfín de ritos y ceremonias colectivas llamadas “fiestas”. Las fiestas tienen muchas funciones, pero una de las más principales consiste en celebrar y justificar – de modo emotivo, seductor, casi inconsciente – el orden social y político vigente. Politólogos y antropólogos como Georges Balandier han mostrado como las fiestas legitiman el orden social de dos modos: directamente (escenificando ritualmente el estatus quo), e inversamente (a través de la celebración, no menos ritual, del desorden). Habría así dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran las reglas e instituciones sociales; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval), en las que lo que se celebra es la ruptura con la ley y el orden (para así regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte).

Entre las fiestas que conmemoran el orden social están las ceremonias de entronización, las celebraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el desfile de la victoria...), las festividades religiosas (las romerías, la Semana santa...), el homenaje a seres heroicos o a ciertos valores comunes (el Día internacional de los Derechos Humanos, el Día del Trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos. También son fiestas de este tipo las ejecuciones públicas (antaño eran días festivos), o la escenificación del castigo al “enemigo” o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...), por la que se saca a las calles la figura que representa al “villano” para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo...

Todas las fiestas citadas tienen un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en ellas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas se escenifican y celebran la jerarquía social (el desfile o la procesión son buenos ejemplos), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo social y, en ocasiones, el origen mítico de la comunidad (casi siempre a través del relato de la victoria del orden – nosotros – sobre el caos – el enemigo, la naturaleza, etc. –). Lo importante es que todas estas celebraciones dan a la estructura social (al orden y la ley) y al propio grupo una impronta “sagrada” (estética, emotiva, misteriosamente seductora) con la que adquieren un poder de convicción casi irresistible.

Pero estas fiestas de institución del orden no bastan para generar toda la conformidad necesaria para que la sociedad funcione. Todo orden social se construye sobre la represión de tendencias individuales muy fuertes y que nunca se pueden controlar del todo: las pulsiones sexuales, la tentación por la violencia, y algo socialmente más peligroso aún: la duda, la crítica, y el cuestionamiento no ya solo del orden social presente, sino de cualquier otro orden posible. La función del carnaval (y de otras “fiestas de inversión”) es dar salida a estas pulsiones invencibles que amenazan a la sociedad.

Existen cientos de ejemplos de “fiestas de inversión” o carnavalescas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanas, las misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval – aunque a veces este esté ya tan ritualizado que cuesta trabajo reconocer en él su primitiva función –. En todas ellas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en las fiestas conmemorativas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o “rey de burlas”. En vez de al héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. Todo orden se invierte: el mendigo es ahora el hombre poderoso, el burro oficia de obispo, el varón se trasviste de mujer y, así, cada uno se transmuta en su opuesto. La música y la danza majestuosas de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en improvisación sin más coreografía que la del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre camino la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura. Los símbolos sagrados se desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y a través de la ingesta de sustancias enervantes... 

En los carnavales genuinos, todo asomo de orden desaparece de las calles. La ley y la policía se esfuman, y el desenfreno deja ver su aspecto más destructivo. El objetivo es claro. La inversión festiva del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo salvaje y grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento del deseo de conformidad. Tras los días del carnaval, el orden social vuelve a renovar y a celebrar (mediante una nueva escenificación festiva) su triunfo sobre el desorden natural. El mensaje del poder aparece entonces con una claridad meridiana, celestial, incontestable: es el caos, o Yo. El carnaval, la fiesta de inversión, son, así, la expresión más lograda del mecanismo metabólico por el que el poder se regenera y se perpetua a sí mismo. No hay escapatoria. Solo la ilusión, por unos días, de que la hay.




domingo, 15 de febrero de 2015

El significado político del carnaval.


La función y el significado de las fiestas es un tema apasionante, y ha sido tratado por historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos. El sentido de una celebración es siempre múltiple y complejo, como le ocurre a cualquier manifestación cultural. Pero me voy a ceñir a uno de esos sentidos, que tiene especial relación con lo político: la fiesta como una institución generadora de orden y conformidad. Veamos.

Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si la gente no las obedece, esto es, si carecen de poder. El poder, en general, es la capacidad para generar conformidad. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece.

El poder u obediencia a la ley parece que se genera de dos formas: por coacción externa, sea “positiva” (mediante premios o sobornos), o “negativa” (mediante castigos y amenazas), y por convicción interna. Prácticamente, ningún régimen político se mantiene únicamente por coacción (siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno, y los que lo hacen, lo hacen solo externamente). El método más eficaz es la convicción, por el que las personas se someten voluntariamente a las leyes y aceptan el orden que estas establecen, en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien, ¿cómo lograr convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? También aquí hay varias maneras. Una, tal vez ideal, podría ser el diálogo argumentativo (supuesta una educación racional previa), pero este medio es raro, y cuando se da en la práctica, en la medida en que se dé, nunca va solo, sino acompañado de otro, aparentemente más efectivo, que podemos llamar, el de la “seducción” emocional. Es aquí donde cabe situar esa función generadora de orden que atribuimos a la fiesta.

En todas las culturas existe un sinfín de sinfín de ritos y ceremonias colectivas, también llamadas “fiestas”, una de cuyas funciones es justificar, de modo fundamentalmente emotivo e inconsciente, el orden social y político establecido. Tal como han mostrado autores como Georges Balandier, las fiestas legitiman el orden de dos modos: directamente (escenificando el orden vigente), e inversamente (a través de la celebración del desorden). Habría así, desde este punto de vista, dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran la institución de la ley y el orden; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval) en la que se celebra, de modo ritual, la ruptura con la ley y el orden (para regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte). Profundicemos en estos dos tipos de fiesta.

Las "fiestas de institución del orden" son muy variadas. En unos casos se celebra el orden de modo positivo. Por ejemplo, en las fiestas de entronización (se celebra la llegada al trono del rey o gobernante), las conmemoraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el día de la victoria), los desfiles militares, las celebraciones religiosas (las romerías, la semana santa), el homenaje a los héroes de la patria, los días en que se celebran ciertos valores (el día internacional de los derechos humanos, el día del trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos masivos. En otros casos también se celebra el orden, pero, cabe decir, en "negativo". Por ejemplo, en las ejecuciones públicas (antaño eran días de fiesta), o en ciertas celebraciones en las que se escenifica el castigo al “enemigo” común o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...). Es común, por ejemplo, en estas fiestas, que se pasee por las calles a la figura que representa al “villano”, para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo.
En cualquier caso, algo común a todas estas fiestas es el especial tono estético con el que se busca dotar de eficacia (de poder de "convicción") a la conmemoración festiva, que tiene siempre un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en estas fiestas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas ellas se escenifican la jerarquía social (el desfile es un buen ejemplo de esto), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo, así como su origen mítico y trascendente (casi siempre a través de un relato en el que el Orden vence al caos enemigo). Por supuesto, también se escenifica, con la misma eficacia teatral y estética, el castigo de todo aquel que osa “salirse” del orden y atentar contra él. Lo importante es que todas estas celebraciones dan una impronta “sagrada”: estética, emotiva, misteriosamente seductora, a la estructura social, al orden y a la ley, lo cual ejerce un poder de convicción casi irresistible.
¿Cómo desobedecer al policía que desfila en traje de gala, al son de un música solemne, y entre los vítores de todos, junto a una figuración teatral del dios llevado en andas por unos compungidos penitentes?...

Ahora bien. Estas fiestas (de institución del orden) no bastan para generar toda la conformidad que se precisa para que la sociedad (la ley) funcione. Todo orden social se “monta” sobre la represión o inhibición de fuerzas muy poderosas, y que están siempre latentes en los individuos. No son solo las pulsiones sexuales, o el uso libre de la violencia (los dos “impulsos” que primariamente se “civilizan” y reprimen en toda institución social, al decir de algunos antropólogos), sino algo socialmente más peligroso aún: la tentación de la duda, la crítica, la polisemia, la acción alternativa, el cuestionamiento no ya solo del orden social vigente, sino de cualquier otro orden posible. 
William-Adolphe Bouguereau. The Youth of Bacchus. (1884)
Estas poderosas fuerzas no se pueden someter fácilmente; hay que "darles salida", y esto podría ser la función del carnaval y del resto de “fiestas de inversión”. Son muchas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanas, las  misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval -aunque en algunos casos este esté ya tan ritualizado que cueste trabajo reconocer en él su primitiva función—. En todas estas fiestas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en el resto de las fiestas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o a un grotesco “rey de burlas”. En lugar del héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. En vez del orden tradicional, se inaugura un orden inverso: el mendigo es el rey, el burro hace de obispo, el varón se disfraza de mujer, y cada uno de su opuesto. La música majestuosa y emotiva de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en baile improvisado, sin más coreografía que la natural del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre paso la burla, la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura (todo se vuelve cuestionable, risible). Los himnos se trastocan en canciones burlescas, los símbolos se invierten y desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y en la ingesta de sustancias enervantes. 
En los verdaderos carnavales, la policía, y todo asomo de orden, desaparecen de las calles. La violencia aflora, con la misma naturalidad que el sexo... El objetivo parece claro. Permitir, por unos días, que la fiesta conduzca al desorden más absoluto y, por tanto, a la convicción de la necesidad del orden que, tras los días del carnaval, vuelve triunfante (mediante una nueva escenificación teatral) a renovar su poder sobre el caos. En esta especie de mecanismo “metabólico” del poder, la inversión simbólica del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad. El mensaje del poder está claro: o el caos, o Yo.


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