Seguimos con la sección de flamenco de El Sol sale por el Oeste, en Canal Extremadura Radio. Hoy resumimos en 30 minutos lo más esencial de los palos flamencos y sus cinco familias (tiene las mismas que la mafia de New York, ciudad flamenca donde las haya). Con la inestimable ayuda del pregón veraniego de Miriam Cantero y el cante de otros capos del flamenco: el Torta de Jerez, Edu Hidalgo, Agujetas, Paco Dávila, la Kaíta... Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil.
jueves, 30 de julio de 2026
Dar el cante 5. Los palos flamencos
miércoles, 22 de julio de 2026
Dar el cante 4. ¿Qué es y qué no es flamenco?
¿Qué es y que no es flamenco? En esta nueva entrega de la sección flamenca de El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio, presentamos 8 criterios 8 para medirle los niveles de flamencura a todo lo que se precie. Con la inestimable ayuda del Niño de Elche, Enrique Morente, Juan Moneo, Tia Anica la Piriñaca y muchos más. Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil. En portada el bailaor Vicente Escudero.
martes, 14 de julio de 2026
Dar el cante 3. Los orígenes del flamenco (2ª parte).
Del romance de la monja al gaditano barrio de Santa María. Segunda y última parte del speech sobre la cocina originaria del flamenco en El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio. Con las historias de Puerto Hurraco, el español que hacía experimentos de física, la petenera huasteca, los bailes de candil, el golpe de estado de Lola Montez y el cómo los españoles nos hicimos muy flamencos y mucho flamencos gracias a Napoleón y otros guiris del montón.
jueves, 9 de julio de 2026
Dar el cante 2. Los orígenes
Seguimos dando el cante con la sección de flamenco en El Sol sale por el Oeste de Canal Extremadura Radio (todos los martes de 11.10 a 11.35). Esta semana nos hemos atrevido (ojú) a hablar de los orígenes del flamenco. Romances, moriscos, gitanos, seguidillas, fandangos indianos, guarachas... conforman desde el principio esa mezcla de mezclas que es el flamenco. Todo esto, acompañado del arte de Fernando de la Morena, el Chozas, Camarón, la Niña de la Puebla o Pepe el de la Matrona (entre otros), podéis escucharlo a través de este enlace.
viernes, 3 de julio de 2026
Dar el cante 1. Flamenco y mestizaje
miércoles, 5 de junio de 2024
El retorno del alma
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
En la tiranía extraña y próxima que
retrató George Orwell en la novela «1984» (escrita en 1950) andaban ya
pululando todos los estigmas de nuestro tiempo: la vigilancia de las pantallas,
la manipulación extrema del lenguaje, las noticias falsas, la polarización como
mecanismo de control… Pero hay uno que siempre me ha llamado la atención y que
entronca también excepcionalmente con nuestra época: el de la estandarización
completa de la creación artística.
Como tal vez recuerden, en la inquietante
distopía orwelliana el siniestro Ministerio de la Verdad contaba con máquinas
que componían novelas, obras de teatro, películas y canciones para consumo de
las masas. Para ello bastaba con introducir en el mecanismo ciertas variables
temáticas (pasiones y decepciones amorosas, sexo, sucesos morbosos…),
aplicarles un «versificador» automático (esto solo para la poesía y las
canciones), y organizarlas bajo estructuras narrativas o musicales simples. Los
«proles» (que es como se llama en la novela a las clases populares) se volvían
locos por estos engendros.
¿No les suena esto familiar? Si alguien
observara con distancia el prolífico y vertiginoso mercado editorial o musical
actual, podría sospechar que hay por ahí detrás cientos de máquinas como las
imaginadas por Orwell produciendo libros, películas y canciones en serie para
consumo masivo. Es cierto que esto de producir maquinalmente romances,
folletines o espectáculos comerciales no es algo nuevo; pero la capacidad
industrial y tecnológica para hacerlo es hoy tan increíblemente potente que hasta
podría prescindir completamente de agentes humanos. ¿Por qué no va a poder componer
una novela, una canción o una película de éxito una aplicación de inteligencia
artificial (IA) como ChatGPT? Piensen en la mayoría de los best
sellers que han leído y en lo que se parecen entre sí; o en las
tropecientas mil canciones pop recreadas de nuevo cada temporada; o en las
cientos de películas románticas o de machotes justicieros, completamente
previsibles, que ofertan las plataformas de streaming. ¿Qué hay en todo
ello que no pueda hacer una máquina?
Algunos dirán que esos productos no son
realmente obras de arte, y que estas sí que son imposibles de crear por
sistemas de IA, pero esto es poco más que un brindis retórico al sol. ¿Alguien
sabe, acaso, qué es y qué no es «arte» y por qué no puede escribir una máquina
algo como, por ejemplo, el Ulises de Joyce? Si se trata de combinar
información según ciertas estructuras narrativas a partir de intuiciones
estéticas provenientes del entorno cultural, tan preparado podría estar James
Joyce como un programa bien entrenado de IA. ¿Quién notaría la diferencia?
A todo esto los más románticos luditas
solo saben oponer el viejo arcaísmo del aura: hay «algo», un «no-se-qué»
fetiche y mágico en la obra humana. A esta extraña e invisible «cosa», si no
les diera vergüenza, le podrían volver a llamar «alma». Y quizás
tuvieran razón. Pero entonces habría que pasar de la pregunta por el arte a la
no menos mistérica y magnífica sobre el alma… ¿Quién se atreve con ellas?
miércoles, 12 de abril de 2023
¿Tiene la Inteligencia Artificial capacidad creativa?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Ahora bien, decir que procesos como la creatividad están
fuera de la esfera del entendimiento lógico es exagerado (¿cómo podríamos
entender entonces lo que es?). De hecho, y pasando de puntillas por ciertos
problemas filosóficos (como el de explicar el «milagro» mismo que supone crear
algo «nuevo»), la creatividad se puede describir a un nivel básico como el
simple proceso de transformación de una cosa dada en otra nueva y distinta;
algo que, en rigor, puede hacer cualquier máquina, desde un ordenador a una
máquina de hacer churros.
Otro asunto es que se quiera añadir a esta descripción la
idea de intencionalidad, asumiendo que la acción de crear exige un sujeto (una
conciencia) que decida y emprenda la acción creativa. Esta petición de
principio es discutible (ha de suponer, por ejemplo, que cuando decimos que un
paisaje «fue creado» por la actividad volcánica, o que las nubes «crean»
caprichosas formas en el cielo, estamos usando el concepto de creación de modo
impropio o poético), pero vamos a darla por buena. La pregunta sería ahora:
¿tienen las máquinas (por ejemplo, las máquinas de IA) algo parecido a una
conciencia intencional desde la que «crear» cosas (dibujos, piezas musicales,
discursos, etc.)?
Por supuesto, alguien podría empezar por argüir que algunos
artistas crean cuadros, partituras o textos sin demasiada carga intencional. Muchos,
por ejemplo, lo hacen por encargo (tal como los programas de IA, que generan un
dibujo a partir de las órdenes que le damos), y otros presumen de crear de modo
inconsciente, al azar o sin pensarlo demasiado (no pocos artistas y estetas han
identificado la creatividad con la libertad, y a esta con ciertos estados de
inconsciencia o acción espontánea o mecánica). Pero supongamos que, incluso en estos
casos, el artista puede hacer que su conciencia recupere el mando en cualquier
momento. ¿Puede hacer esto último una máquina?
Nuestra primera reacción es pensar que no. ¿Pero por qué no?
Pensemos un momento en qué consiste la consciencia. Asumiendo que se trata de
un asunto filosófico de primer orden, y despejando su problemática dimensión
fenoménica (la conciencia es un fenómeno cuya existencia solo podemos
certificar subjetivamente, por lo que no podemos demostrar que exista o deje de
existir en otros seres, humanos o no), la consciencia es, básicamente, un
proceso cognitivo por el que representamos y organizamos la vida mental en
relación con una determinada perspectiva (la del sujeto o «yo»). En el caso de
la consciencia humana, este proceso de organización de la vida mental se hace
especialmente complejo gracias, además, a un lenguaje no menos sofisticado que
permite «narrar» internamente (generándonos como sujeto de dicha narración)
parte de nuestros procesos vitales, juzgarlos, y tomar decisiones para
reconducirlos, dando origen, en ocasiones, a esas respuestas novedosas que
llamamos «creaciones».
Ahora bien, si es esto lo que es básicamente la conciencia, no
creo que las máquinas anden muy lejos de tenerla. De hecho, hasta los
mecanismos inteligentes más simples son ya capaces de representar sus propios
estados internos, chequearlos y corregir errores sin nuestra intervención
(piense en los ordenadores que regulan y rectifican el funcionamiento de
cualquier automóvil moderno). ¿Pero podrían estos sistemas generar, además,
respuestas novedosas o no inicialmente programadas? ¿Por qué no? De hecho, los
programas de IA que generan imágenes a partir de palabras lo hacen a cada
instante. Reparen, además, en cómo lo hacemos nosotros: dada cierta información
ya registrada, le aplicamos mecanismos heurísticos que combinan esa información
para producir, según criterios combinatorios o más aleatoriamente, propuestas
nuevas cuya idoneidad evaluamos (si es el caso) en base a pronósticos y
expectativas… ¿Cuál de estas tareas no está al alcance de un simple ordenador?
Obviamente, todo esto que hacen las máquinas lo hacen a
partir de lo que le hemos enseñado; pero también nosotros hacemos todo lo que
hacemos (empezando por pensar y tomar decisiones) en base a lo que nos han
enseñado otros seres humanos.
Afirmar, pues, que las máquinas (los programas de IA, por
ejemplo) son capaces de una cierta creatividad no parece descabellado. Otra
cuestión, bien distinta, es si esa creatividad puede ser de naturaleza artística;
un tema interesantísimo que merece ser tratado en otra ocasión.
martes, 1 de marzo de 2022
Contar cuentos
| Ilustración de Daniel Gil Segura |
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
«¿Qué somos los seres humanos?» Se trata de una pregunta de eterna actualidad. Si no tuviera sentido o respuesta tampoco lo tendrían la mayoría de las cosas que nos preocupan. «¿Quién eres?» – pregunto a cada alumno al comenzar el curso –. Todos responden diciendo su nombre, su condición de estudiantes, si son chicos o chicas… ¿Pero es eso lo que son? Nuestra identidad no está en el nombre, ni en lo que habitualmente hacemos, ni en los rasgos del cuerpo. La cultura, los genes o el género importan. Pero una vez nos ha despuntado la conciencia nuestro ser no está ya ahí. La prueba es que podríamos trastocarlo todo (nombre, lugar, ocupación, sexo, género…) y seguir siendo, de una forma u otra, la misma persona.
Ya sé que no está de moda depreciar el cuerpo, pero lo que somos (y tal vez dejando aparte la sesera) no forma parte de él. Por eso, si queremos saber quién era alguien ya extinto no buscamos examinar su cadáver ni sus huesos, ni su ADN, ni las imágenes de su cerebro, sino entender los signos (palabras, gestos…) que nos dejó su psique grabados aquí o allá. No somos un montón de vísceras, sino aquello que nos pasa por la mente o, si quieren, por ese fabuloso descubrimiento o invención suya que es el cerebro.
Ahora bien, por la mente pasan muchas cosas (sensaciones, emociones, deseos, decisiones, sueños, ideas…). ¿Cuál de ellas determina lo que somos? En general, las ideas mandan. Percibimos, sentimos o queremos en función de las ideas con las que entendemos el mundo, interpretamos lo bien o mal que nos va en la vida o concebimos nuestros mejores propósitos.
Pero las ideas, sean innatas o aprendidas, discurren también en la mente de los animales. ¿Qué nos diferencia entonces de ellos? Una idea que siempre me convenció es que lo que nos hace específicamente humanos es la asociación entre las ideas y una cierta manera de usar el lenguaje. Es innegable que los animales disponen de sistemas de comunicación muy sofisticados, pero solo los humanos podemos utilizar el lenguaje para viajar con él por el tiempo y el espacio, y hasta para explorar mundos distintos al mundo, desde el de las matemáticas al de las ficciones literarias. Con el lenguaje, los humanos podemos hacer cuentas y contar cuentos y, con ellos, dar y darnos cuenta de lo que pasa y lo que somos.
El siglo pasado, el psicólogo evolutivo Jean Piaget investigó el extraño fenómeno por el que los niños, durante cierta fase de su desarrollo, hablan solos o con sus juguetes imitando en ocasiones el diálogo que sostienen con otras personas. Casi al mismo tiempo, el psicólogo soviético Lev S. Vygotsky postuló que los niños, al crecer, interiorizan este uso egocéntrico del habla en la forma de un diálogo íntimo y silencioso consigo mismos. Este machadiano soliloquio sería el origen de la consciencia humana, ese insólito fenómeno por el que nos reconocemos como la primera persona del relato con que vamos dando cuenta de todo; un relato en el que el narrador, el público y el protagonista son el mismo tipo: nosotros.
Ahora bien, para ser quienes somos tal vez no baste una simple narración interna de lo que pasa y nos pasa. Una de las condiciones de la identidad es la continuidad. La frase «yo soy yo» solo significa algo si los dos yoes ahí escritos son en algún sentido el mismo. Esto descarta inmediatamente que nuestra identidad resida en el cuerpo, todas y cada una de cuyas partículas cambian y envejecen a cada instante, pero tambien que se ancle en la mente o la consciencia, donde todo se hace y deshace igualmente en el tiempo. ¿En qué «lugar» de mí mismo mantengo entonces mi mismidad? ¿En qué se fundamenta la creencia de que somos siempre el mismo bañista en el heracliteano río de los días?
En uno de sus fantásticos cuentos describe Michael Ende a una caravana de vagabundos saltimbanquis que caminan confiando en que su errático viaje a ninguna parte dibuje sobre el mundo una palabra que desvele el sentido de sus pasos. Tal vez sea este anhelo lo que nos define. De hecho, y aunque las palabras – esas perras negras, que diría Cortázar – correteen sin parar dentro nuestro, hay algo entre ellas a veces – una forma, una estructura armoniosa y coherente, una «redondez» narrativa y hasta una sublime espiral poética o filosófica – que las hace convertirse en uno de esos luminosos cuentos en los que el sentido trasciende y sobrevive a todo lo que transcurre en ellos. ¿Será esa forma lo que somos?
Somos
el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura y también
nuestra manera específica de ser conscientes. Pero solo si ese discurrir íntimo
adquiere la unidad y el sentido de las buenas historias, podremos decir que
rozamos esa cima casi imposible de la propia identidad: el alma o forma inmortal
del cuento mismo que nos cuenta.
miércoles, 12 de mayo de 2021
Mierda de filosofía
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Así se llama la canción más emblemática del nuevo disco de Robe Iniesta (el fundador de Extremoduro), un disco con nombre, por cierto, no menos filosófico: Mayeútica. Y aunque el rock ya no me llega como antes, reconozco que la cosa me ha molado, que los músicos hacen un trabajo prodigioso y que la letra, que es a lo que iba, tiene un artículo.
Si la escuchan comprobarán que, pese a que diga lo que otras tropecientas mil (a saber: que el mundo es una porquería, que uno está de vuelta de todo y que lo que hay que hacer es gozarla – y no rayarse tanto –), la canción tiene esa fuerza y frescura de lo repetido-pero-siempre-nuevo que comparten la primavera, los versos adolescentes, los deseos inefables y las preguntas filosóficas.
Lo que más me ha gustado es el título: “Mierda de filosofía”. ¿Cuántas veces no me lo habrán dicho sin decírmelo (con gestos, suspiros, silencios, enfados) alumnos, amigos y colegas? Porque es cierto: la filosofía puede parecer, en muchos sentidos, una mierda. Y perdón por lo escatológico (término que nombra a los excrementos y a ese asunto tan filosófico del más allá), pero es lo que hay.
La filosofía parece una mierda porque, como dice la canción de Robe Iniesta, no te deja “volver a lo primario”, esto es, a ese estado de vitalidad (presuntamente) superior que asociamos a la experiencia inmediata, sensitiva o emotiva del mundo. El retorno a este estado de “inocencia original” (¿o de “estupidez congénita”?) es la postal de bienaventuranzas que venden la mayoría de las sectas, el ecologismo más místico, los aficionados a las drogas, el anti-intelectualismo moderno y (paradójicamente) no pocas filosofías que – como la de Nietzsche – hacen pasar por atea la más cruda y pagana de las religiones (¡suprema astucia de la fe el hacernos sospechar así de la razón!).
Porque esta es otra. Es otra sustanciosa mierda (lo decía ya – con otras palabras – Aristóteles) que para acabar con la filosofía tengamos que hacer filosofía; señal esta de que, desde el corte de mangas aquel a Dios Padre (y a Madre Naturaleza), ya saben, por aquello del fruto del árbol del conocimiento, estemos más que “perdidos”, y de que no nos quede otra que seguir filosofando. O eso o lampar (y repetimos el estribillo) por “volver a lo primario”, esto es, por correr como lobos o bacantes, bailar como posesos, o rezar como locos para olvidar y hacernos perdonar nuestros devaneos con esa “puta del diablo” que – el Lutero más heavy dixit – es la razón. A ver si así, y a fuerza de no pensar, se nos abren las puertas del paraíso, de la percepción, de los chacras o, yo qué se, de las comunidades autogestionarias.
Aunque fíjense que la propia filosofía, aunque acabe con esa inocencia del no saber que no se sabe, nos la devuelve casi íntegra (¡y sin tener que meditar, practicar mindfulness o tirarte desnudo al océano – como en un anuncio de perfume –) cada vez que nos vuelve a descubrir lo tontos que somos. Esta modalidad de “vuelta a lo primario” es mucho más interesante que la “sensación de vivir” de la Coca-cola, aunque es también una faena, pues te obliga a volver sobre ti mismo y reinventarte. Así que ustedes verán: tal vez sea mejor seguir rezando o bailando con esa dulce o enervante inconsciencia que procuran, en ambos casos, la repetición y el ritmo...
Y ojo que la filosofía no solo te roba (pero te devuelve una y otra vez a) la inocencia, sino que también te arruina (pero te reconstruye) a cada rato toda esa esforzada urdimbre de ideas que tejemos como (imaginaria) hamaca sobre el abismo, dejándonos periódicamente en el aire y en pelotas.
La filosofía es un incordio para los que creen a muerte en lo que les salva de la vida y, no menos, para los que sostienen su insignificancia sobre la tramoya del poder. No hay creencia, orden social o entramado cultural que soporte las preguntas filosóficas. De ahí su impertinencia y extravagancia, su naturaleza apátrida y vagabunda, su siempre polémico encaje educativo. Todo lo germina, lo discute y lo desfonda, y solo sirve para no servir a nada ni a nadie que no sea el examen insomne y continuo de conciencia.
La filosofía tal vez sea, en fin, una suerte de enfermedad, como decía (claro) algún filósofo. Pero si lo es, es incurable: nadie puede vivir sin una filosofía del mundo, de sí mismo, de la verdad o la justicia. Y si no es la filosofía la que inspira esa filosofía, lo será el partido, la secta, la tribu, el libro de autoayuda, la canción de moda o la santa madre de uno.
Es la filosofía, por tanto, la que nos hace bailar como locos allí donde más y mejor resuena la música: en la cabeza. Quién quiera volver a lo primario, que la duerma y se deje llevar. O, ya puestos, que se muera. ¿Habrá algo más primario y cercano a la inconsciencia, el cero y la nada? Digan lo que digan sus letras, el rock de Iniesta y los suyos desde luego que no.
miércoles, 21 de abril de 2021
Videoconferencia: arte y poder, la dimensión estética del poder político.
La Sociedad Científica de Mérida, con el apoyo del Centro de Profesores de Mérida, el Centro Universitario de Mérida y la Junta de Extremadura, ha producido esta videoconferencia en la que exponemos, de modo general y con espíritu divulgativo, algunas de las claves para entender, a nuestro juicio, las profusas relaciones entre lo estético y lo político. Se añade, al final, una breve bibliografía en español.
lunes, 5 de abril de 2021
Realities y violencia machista
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Confieso que no tengo ni idea (ni podría tenerla con los
cotilleos al uso) de quién es la famosa Rocío Carrasco, su exmarido, la
relación entrambos ni, en general, la pléyade de esperpénticos personajes e
historias con las que goza la gente (especialmente si hay dolor “real” en
escena) en el grotesco circo de la casquería mediática, pero reconozco que el
fenómeno de la “docuserie” en torno a la aludida, con sus correspondientes y
homologadas trifulcas, y hasta la berlusconiana participación de
políticos en busca de votos (incluyendo a una ministra sumándose al tribunal
sumarísimo de “Sálvame”) resulta fascinante.
Es procedente, de entrada, recordar a qué género
estético-mediático pertenece el producto del que hablamos. No se trata, como se
cree, de un “documental” (en un documental se presentan varios puntos de vista,
intervienen expertos, se refieren pruebas…), pero tampoco de una ficción
dramática (pues el personaje, sus palabras, emociones, gestos, etc., se toman
aquí como reales). Encaja pues, de manera arquetípica, en el formato de “reality
show” – la generación y exhibición en forma de espectáculo televisivo de
vivencias dramáticas “reales” –, la suerte de pornografía o prostitución psíquica
de la que vive desde hace varios decenios la televisión.
Aclarado esto, vamos a la cuestión interesante planteada en
torno al éxito del “documental” sobre Carrasco: ¿puede contribuir un “reality
show” a objetivos noblemente políticos como, en este caso, el de la
visibilización de la violencia machista? No es sencillo responder a esto.
Partamos de la tesis de que ningún fenómeno estético con
relevancia social es políticamente inocente. Lo estético (antaño ligado a la
religión, luego a las llamadas bellas artes y hoy al orbe del entertainment
mediático), con su fabulosa capacidad de seducción y manipulación emocional y
retórica, es una dimensión fundamental de lo político y mantiene, entre otras,
la función de contribuir a generar el grado de conformidad suficiente para
sostener el orden social y el poder que lo administra.
Más aún, la contribución de lo estético a esa generación de
conformidad obedece, según algunos sociólogos, a dos mecanismos
complementarios: uno, cabe decir “directo”, por el que lo estético encarna sin
más la ideología vigente (piensen, por ejemplo, en las películas o las series
televisivas más convencionales), y otro “inverso”, por el que representa lo
opuesto o alternativo a dicho orden ideológico, ofreciendo una vía de escape –
ilusoria, claro, en tanto meramente estética – a la disconformidad y la crítica
(así, por ejemplo, la literatura popular en torno al “fuera de la ley”, las
parodias de carnaval, las letras de “hip-hop”, el grafiti), con el añadido de
que, a veces, esta “estética de la inversión” incorpora una dimensión grotesca,
de deformidad consciente, destinada a regenerar la conformidad con el orden
“puesto estéticamente en entredicho”.
Digamos, con relación a esto, que el reality parece
combinar los dos mecanismos citados: celebra o asume el orden imperante (ningún
reality pone en cuestión el sistema social instituido – de cuyos
conflictos en el ámbito doméstico vive –) y, a la vez, escenifica un cierto
cauce de liberación y subversión del mismo, quizás el más extremo y
desesperado: el de la exhibición descarnada (¡en vivo y en directo!) de lo real
en su versión más cruda: la del dolor o humillación de alguien ante las
cámaras.
Ciertamente, lo “real” o “auténtico”, hasta en algo tan
primario e inarticulado como el dolor, es siempre subversivo (frente a las
convenciones en que se funda el orden social), pero dicha subversión, por
modesta que sea, se desactiva del todo en cuanto pasa a ser parte del
espectáculo, y el oprimido que gime o grita en el plató (y es indiferente que
se trate de la víctima o el verdugo: ambos son sacrificados – como gladiadores
en el circo – para solaz de todos) pasa a encarnar la esperanza de no serlo
(ganando dinero, siendo famoso, liberándose de la esclavitud o el trabajo) para
reintegrarse, de modo ejemplarizante, en el sistema.
¿Sirve, en fin, la “telerrealidad” para cambiar la sociedad?
En general, no. En relación con lo dicho y especialmente con la violencia
machista, la imagen que los realities presentan de la mujer y de la
sociedad es, por necesidad (de guion), conservadora, de forma que todo lo que
pudieran aportar excepcionalmente de bueno es fagocitado (junto a los políticos
que se le acercan) por un monstruo que, en el fondo, justifica y banaliza la
violencia y el dolor del que vive. No existen pues, aquí, atajos populistas.
Las cosas se cambian con leyes, educación e ideas; no con Tele 5.
miércoles, 4 de noviembre de 2020
Sobre la naturaleza política del arte: de la caverna paleolítica al "sensorium" mediático
Ya está circulando el número 21 de la Revista de filosofía PARADOXA. Este año con artículos de Jorge Riechmann, Mariano Rodríguez González, Ricardo Hurtado Simó, Francisco Molina Artaloytia, Alejandro Bermejo Cerrato, Francisco Rodriguez Añon, Antonio Durán Sánchez, Adolfo Monje Justo y yo mismo que colaboro con un extenso artículo sobre las relaciones entre el arte y el poder, y que podéis leer aquí: https://es.scribd.com/document/482893121/Sobre-La-Naturaleza-Politica-Del-Arte-De-La-Caverna-Paleolitica-Al-Sensorium-Mediatico
lunes, 10 de febrero de 2020
Vivir y morir en los medios
La nuestra no es la única “cultura audiovisual” que han visto los siglos (de hecho, la mayor parte de las culturas han sido culturas audiovisuales), pero sí es la primera en que ese imaginario audiovisual va camino de ocupar la totalidad de la vida mental. Fíjense que hoy son los medios – la tele, el móvil, Internet – los que pueblan de imágenes y sonidos nuestra cabeza, configuran el mundo de estímulos al que prestamos esa atención difusa que se presta al “entorno real”, y emiten la “voz” que escuchamos más a menudo. Los medios se han convertido, en fin, en una suerte de conciencia impostada y colectiva: un mundo/mente en la que todo lo proyectado lo identificamos naturalmente como “propio”, y en el que los personajes virtuales con los que convivimos – Kobe Bryant y muchos más – representan valores y presencias reales; hasta el punto de que la muerte de uno de ellos nos convoca a todos como a habitantes de una misma “aldea” virtual. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
miércoles, 31 de julio de 2019
Flamenco de cercanías.
jueves, 16 de agosto de 2018
El problema de la definición de arte: enfoques inmanentistas y trascendentalistas.
| Joseph Bauys. "Fuerzas enderezantes de una nueva sociedad" (Staatliche Museen zu Berlin) |
miércoles, 1 de agosto de 2018
Flamenco y mudéjar.
jueves, 5 de julio de 2018
Teatro y filosofía.
domingo, 10 de junio de 2018
Del Quijote y otras drogas.
sábado, 26 de mayo de 2018
Sexta y séptima sesiones del Taller de Estética.
viernes, 11 de mayo de 2018
Quinta sesión del Taller de Estética.
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| Marisa Moscoso |
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