Hay una plaga endémica de garrulismo libertario. Una tendencia imparable a mostrarse como un necio desconsiderado en nombre de un supuesto derecho natural a hacer lo que nos venga en gana. Es como una exacerbación del proverbial individualismo hispánico alimentado por la ola ultraliberal y trumpista que recorre el mundo y enraizado en un antiquísimo desprecio por el comportamiento cívico y el análisis intelectual.
Este libertarismo garrulo se expresa de muy diversos modos. El más evidente es el de la falta de educación. Ser maleducado está de moda. Hasta el punto de que te entran ganas de no salir de casa. Conductores circulando como si la carretera fuera suya; gente tirando basura y colillas por donde va (miren como están las cunetas y no precisamente de maleza); tipos fumando sin la más mínima consideración; motoristas poniéndote al límite del infarto con el ruido de sus escapes; perros sueltos o sin bozal; energúmenos que te obligan a escuchar sus gritos, conversaciones telefónicas o vídeos en el móvil; y personas de toda edad y condición que, de forma natural (ni siquiera intencionada), consideran el mundo como el patio de su casa y a sus congéneres como un simple medio (o estorbo) para el logro de sus fines. Es curioso que ante el más mínimo reproche, algunos de estos maleducados reaccionen no ya con violencia (que también) sino con incredulidad, como si fueran incapaces de comprender que los demás seamos algo más que extras en el decorado de su vida.
Otro ejemplo más grave y, desgraciadamente de plena actualidad, son los incendios forestales, la mayoría de ellos debidos a conductas irresponsables de sujetos que priorizan sus intereses sobre los del resto. «Háganse mis deseos, así arda el mundo», ese es su lema. De hecho, si consultan las estadísticas comprobarán que la inmensa mayoría de los incendios (incluyendo los que están devorando ahora mismo el centro del país) se deben a negligencias y prácticas ilegales por parte de individuos que van a su maldita bola. Es sorprendente por ello que algunos anden echando la culpa de estos catastróficos incendios al exceso de legislación medioambiental, cuando el problema es que algunos se pasan la ley (la misma que obliga también a limpiar oportunamente el monte) por el forro de… la capa española. ¿Se imaginan un país sin apenas educación cívica y, además, desregularizado?
Un último ejemplo significativo de garrulismo libertario es el de la relación con la ciencia, algo en que los españoles, salvo gloriosas excepciones, nunca hemos estado muy finos. Aquí, igual que en otras cosas, el garrulo confunde la libertad con creer lo que le sale de las narices. A ver, ¿quiénes son miles de científicos de todo el mundo, algunos de los cuales llevan varios decenios estudiando el cambio climático, para explicarme a mí (¡a mí!) nada? A este garrulismo de barra de bar le auxilia hoy el magnífico servicio de desinformación a medida que es Internet, en el que uno puede encontrar la mamarrachada indocumentada que precise para, sin necesidad de abrir un solo libro, artículo o informe, sustentar la tesis que quiera. ¿Esto es libertad? ¿No será, más bien, la apariencia de libertad con que la ignorancia disfraza a la más esclava y garrula de las pasiones: la de querer ser sin saber?
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