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lunes, 17 de agosto de 2026

Miedo al esclavo joven

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.


A qué mentir. Todos, hasta los más rojos o santos, hemos sentido miedo contemplando la avalancha de inmigrantes en Ceuta. La escena recordaba las series o novelas (o relatos políticos, ¿qué más da?) sobre el colapso civilizatorio, la caída del imperio y la llegada de los nuevos bárbaros, el asalto de esos miles de millones de zombis desarrapados que acampan tras nuestras murallas de alambre. Nos hacemos los longuis o los nazis, pero es purito miedo, porque sabemos que ellos están ahí, invisibles, como un oscuro clamor sordo, como un enjambre de parias que fuera a tomar mañana conciencia de su verdadero poder destructor.  

Porque lo que nos da miedo no es la cantidad de personas que llegan de golpe a una de nuestras ciudades (cualquier pueblo costero es invadido cada viernes por avalanchas mucho mayores de turistas); ni que la cultura que traigan sea tan diferente (la historia ha sido siempre un continuo amancebamiento entre culturas); lo que de verdad nos acojona es que sean pobres. Que sean pobres y jóvenes: eso sí que nos da miedo. 

Porque no es solo el esclavo el que teme al amo. Los esclavos, los pobres, nos dan también mucho miedo («aporofobia» lo ha bautizado la filósofa Adela Cortina). Nos dan miedo porque sabemos que tenemos todo lo que a ellos les falta, y porque, diga lo que diga la ley, lo lógico sería que se abalanzaran para quitárnoslo o, cuando menos, para obligarnos a compartirlo. Lo sabemos porque en su caso querríamos lo mismo y porque, en el fondo, sabemos que esa desigualdad no se debe a ningún mérito o justicia, sino solo a la desgracia de nacer a uno u otro lado del muro.

Y si esos pobres son, además, jóvenes, como en la avalancha de Ceuta, el miedo se convierte ya en pánico. Los esclavos jóvenes tienen una energía que nos pone nerviosos, una viveza que nos irrita, y una loca esperanza que nos llena de pavor. Da igual cuanto les castiguemos o entretengamos. El deseo de subírsenos a las barbas y arrancarnos un trozo de futuro es tan invencible como las mareas en las que viajan sus cadáveres. Y nos aterroriza pensar que tal vez un día no podamos frenarlos o aplastarlos y vengan, no ya por nosotros, sino por lo que creemos que es nuestro. Y si no fuéramos tan profundamente egoístas (tal como seguramente serían ellos en nuestro caso) deberíamos agradecerles que ese día nos liberasen al fin de este miedo congénito y terrible a reconocer que no nos merecemos tener lo que, sin merecerlo en absoluto, tanto les falta a ellos.

miércoles, 15 de abril de 2026

La cara oculta de la Tierra

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Confieso que ver todos estos días en primera página a los astronautas del Artemis II me ha tocado la moral y las narices. Soy tan novelero como cualquiera, pero no está la cosa como para tirar cohetes: hay que estar a la luna de Valencia para andarse con la vieja milonga del progreso y el «gran paso (¿hacia dónde?) de la humanidad» mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Y digo milonga no por lo que la cosa tenga de hazaña técnica (que la tiene, y es admirable), sino por el sentido político que se le quiere dar. El «progreso científico» no equivale a «progreso político o moral», aunque el relato propagandístico juegue a menudo con ese equívoco.

El progreso político consiste en crear las condiciones materiales para que todo ser humano pueda cubrir sus necesidades básicas y realizar su proyecto personal en armonía con los otros.  El progreso científico, en cambio, solo proporciona un arsenal de técnicas con las que modificar esas mismas condiciones materiales; pero ni garantiza que se modifiquen para mejorar la vida de la gente (pueden usarse, perfectamente, para empeorarla), ni que tales modificaciones lleguen a la mayoría (pueden muy bien reservarse para una élite pudiente).

Brindar por los éxitos de la ciencia es, pues, estupendo, pero sin olvidar que, por sí mismos, no significan políticamente nada. Es más: deberíamos subrayar que tales éxitos suponen, casi siempre, la necesidad de profundizar en otro tipo (totalmente distinto) de conocimiento: aquel por el que consensuamos razonadamente los principios, normas, fines y valores que han de guiar y regular el modo en que implementamos los «avances» científicos (piensen en los problemas éticos que acarrean la biotecnología, el uso de la IA, la energía atómica o… el dominio del espacio). Este tipo de conocimiento ético no es menos complejo que el de los ingenieros de la NASA (mucho me temo que lo es infinitamente más), pero poca gente parece preocupada o siquiera consciente de él. Permanece oculto en oscuros comités y cenáculos académicos, cuando tendría que desarrollarse a la vista de todos y con tanta publicidad, al menos, como la que tienen los hallazgos de la ciencia. 

Mientras, conviene desconfiar de la propaganda. Más acá de esa leve (y tranquilizadora) impresión de concordia en torno a la exploración espacial con que la política exterior norteamericana muestra su lado amable (eclipsando fugazmente al siniestro lunático que tienen por presidente), la cara menos visible de nuestro planeta esconde lo que ya sabemos pero tenemos unas ganas locas de olvidar: la agonía diaria de las víctimas de la guerra , los miles de inmigrantes cruelmente deportados o ahogados en el mar, la opresión y la violencia sobre las mujeres, la creciente desigualdad económica, el derrumbe de la legalidad internacional, la amenaza del cambio climático…  ¿Habrá que lanzar un cohete para sobrevolar y fotografiar África, Gaza, Líbano, Latinoamérica o Ucrania, para no olvidar que antes de «andar en la Luna» convendría sembrar de justicia la Tierra?

 


miércoles, 25 de febrero de 2026

Teriántropos

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


En casi cualquier tiempo y lugar las personas se han entendido a sí mismas como miembros de un todo social, político y religioso en el que ser humano consistía en pertenecer a tal o cual estirpe, gremio, iglesia o nación. Con esto, y con una vida inevitablemente cohabitada con los demás, bastaba para dotar de sentido a la existencia. Salirte de este tiesto, “ser tú mismo”, era considerado, literalmente, una 
«idiotez». Fue sin embargo esa idiotez la que nos hizo individuos modernos y autónomos. Hasta el punto de ser ella la que comenzó a marcar un nuevo criterio de normalidad: el de no ser alguien normal, el de la radicalidad impostada, el de lo heteronormativo como norma; muy especialmente entre esos niños aprendices de individuo que son los adolescentes.

Creo que un ejemplo (más) de todo esto son los chicos y chicas que se identifican como teriántropos o «therians» (humanos que se sienten animales), una de tantas subculturas surgida al calor de la afición a la ficción compartida en Internet y que, por algún motivo, se ha convertido ahora (surgió hace más de treinta años) en carne de bulo y tendencia entre adolescentes, unos disfrazados de animales y otros, la mayoría, ávidos – tras una lluvia de meses – de la vieja emoción del sacrificio y la caza. Nada del otro jueves. Hay veces – decían Neruda o Robe Iniesta – en que, cansados de ser hombres, caemos en las mismas otredades de siempre.

Porque ser idiota o persona (vienen a ser lo mismo) resulta agotador. Tal vez nunca hayamos estado los humanos tan obsesivamente preocupados por nuestra vida concreta y, a la vez, tan incapacitados para trascenderla y darle sentido. A nada se rinde hoy mayor culto que a la personalidad, sin casi encontrarle más fin o sentido que el simple placer de exhibirla. Contra esta nada narcisista se rebelan los hijos más jóvenes de una modernidad tan y tan líquida que habría que tirarse de los propios pelos, como el barón de Münchhausen, para poder escapar de ella.

De ahí el ansía nietzscheana de ser piel roja, de correr con los lobos, de creer en el Gran Espíritu (o en la Madre Patria), de agarrarse al tótem del buen salvaje (o a la lanza guerrera del Señor de las Moscas), de sumarse a la pitagórica transmigración de las almas, de jugar con el fuego heraclíteo de la guerra y el cambio, de bailar al son ilusoriamente liberador de un Dionisos ario o trans-especista, más puesto de bulos o juegos de rol que del vino aguado de los griegos… Todo sea por no ser nada que nos obligue a ser menos que un brumoso y magnífico elfo o un resolutivo guerrero de video juegos; todo por evitar definirnos como el pobre y disfórico habitante mortal de un mundo único y finito; todo por no tomarnos la pastilla roja de Matrix y despertar a una Tierra desolada y dominada por los amos de un mercado sin horizontes en el que, por un módico precio, sueñas cada día lo que quieres sin tener ni idea de por qué. Tal vez en un mundo humano, demasiado humano, solo nos queden el espejo deformante de un esperpento sin esperanza o la pura evasión irreflexiva (esa otra animalidad presentida) de la barbarie. Los más optimistas pensamos, en cambio, que tiene que haber formas de dibujarse a uno mismo que nos hagan ampliar (y no perder) la perspectiva. Y que en cualquier caso, puestos a ser idiotas, más vale sentirse zorro o bonobo que comportarse como un perro de presa.

 


sábado, 21 de febrero de 2026

La IA, el burka y otras urgencias educativas

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura, el Diario de Ibiza, el periódico Información y el diario La Nueva España

Nuestras sociedades se enfrentan hoy a una larga lista de retos o problemas que obligan a recalcular las prioridades políticas. El agigantamiento de las desigualdades económicas, la crisis climática, los conflictos geopolíticos, la tensión migratoria alimentada por la ultraderecha o la debacle laboral que supone la generalización de la IA, exigen respuestas urgentes y de gran calado, también en el ámbito educativo.

Una de ellas es despejar las dudas sobre el uso o no de «pantallas» en el ámbito de la educación básica. La intensificación de los aprendizajes vinculados a la competencia digital debería ser, en este sentido, una prioridad absoluta. Por muchos que sean los riesgos, no podemos condenar a las nuevas generaciones al ostracismo analógico (volver al lápiz y al libro de texto, como piden algunos, no es una opción). Aunque, en atención a esos riesgos, sí que podemos multiplicar la dimensión crítica y ética de la formación tecnológica (tal como, de hecho, determina la ley vigente). Es igualmente imperioso priorizar el desarrollo de aquellas capacidades en las que la IA no puede sustituirnos y que van a seguir siendo demandadas por el mercado laboral (la reflexión crítica, el análisis semántico y categorial de la información, el juicio ponderado de valor, la determinación de fines y estrategias…).

Otra prioridad educativa ha de ser la adecuada formación e integración de la población migrante que viene a trabajar y vivir a nuestro país. Es la única manera efectiva de prevenir conflictos y de dejar sin argumentos a los que viven del miedo a tenerlos. El dato recién publicado por el Ministerio de Educación sobre el aumento del porcentaje de abandono escolar del alumnado extranjero no es, en este sentido, nada halagüeño. Ahora bien, una educación inclusiva de la población inmigrante no puede limitarse a dotar a los centros de más medios y ha de comprometerse seriamente con un verdadero proceso de integración, esto es: con un diálogo desacomplejado que propicie la adopción crítica de valores y referentes comunes básicos (algo que nada tiene que ver con las tradiciones patrias, sino con los ideales que definen el espacio cultural europeo). No se trata, pues, de prohibir el burka, sino de convencer a la gente (¡en eso consiste fundamentalmente educar!) de que es mucho mejor no usarlo.

En cuanto a la desigualdad económica, la crisis climática o la amenaza bélica, la reflexión y la prioridad (y la prioridad de la reflexión) son las mismas: hay que formar urgente e intensivamente al alumnado en capacidades analíticas, críticas y cívicas. La escuela ya no es necesaria ni directamente un “ascensor” socioeconómico, ni un medio de cohesión o progreso colectivo (hay escuelas de élite que disgregan, y todos sabemos lo decisivo que es el entorno familiar para determinar el éxito de un estudiante); pero la escuela sí que puede ser una verdadera fuerza de integración y progreso si se prioriza en ella la formación de una ciudadanía políticamente activa, habituada a pensar por sí misma, entrenada en el uso crítico de la tecnología y consciente de la potencia civilizatoria de los valores que representa. No atreverse a priorizar una educación analítica, ética y política no adoctrinadora (pasada por el tamiz dialéctico de la filosofía) es una apuesta segura por la reconversión definitiva de la educación formal, especialmente la pública, en un proceso formativo marginal, laboralmente estéril, promotor de guetos y, por defecto, completamente alienante.  

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

La moral del corrupto

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.

Lo primero para entender el fenómeno de la corrupción es dejar de relacionarlo con un supuesto estado de relajación o debilidad moral. El «corrupto» es moralmente activo: se inspira en valores y actúa, además, con no poco valor o coraje ético, en cuanto se arriesga a perder su libertad y posición social por fidelidad a sus principios y objetivos. ¿Cabe una conducta formalmente más virtuosa que esa?

Los valores del «corrupto» no son tampoco los valores de una secta malévola que conspirara contra la sociedad, sino los valores transmitidos por prácticas sociales, por personajes que lideran el mundo y por gran parte de las representaciones, símbolos o imágenes que consumimos cada día. Son los valores del éxito entendido como acumulación de poder y riqueza; es el valor del bien privado (sea el propio, el de la familia, el del partido, el de la empresa) sobre el bien común; es el valor de la competencia y la lucha feroz frente a otros; es el valor de la astucia y el oportunismo sin escrúpulos como medios para conseguir lo que te propones… Que todos estos valores, exhibidos por líderes, empresarios o artistas que la gente admira, sean contrarios a los que declama la retórica política (la igualdad, el servicio a la sociedad, la cooperación, la honestidad, etc.) no es culpa de los «corruptos». Y qué ellos se aprovechen de esta enorme hipocresía (para mejor lograr y legitimar sus objetivos) no es tampoco inmoral, sino algo plenamente consecuente con sus valores.

Una vez admitido que lo que llamamos «corrupción» política es un hecho moral, y suponiendo que realmente queramos erradicarla (no solo en los políticos sino en el resto de la ciudadanía), lo único que cabría hacer es combatirla con una moral mejor. Ahora bien: ¿realmente la hay? ¿Son objetivamente mejores los ideales del humanismo ilustrado que los del mercado global? ¿Por qué deberíamos anteponer la cooperación a la competencia? ¿Es verdaderamente mejor ser honestos que ser astutos y mentir y actuar según convenga? ¿Por qué es preferible «servir a los demás» que «servirse de ellos»?

Leí hace poco a un filósofo defender que el problema de los «corruptos» era su incapacidad para entender el altruismo como un rasgo específicamente humano, y al que, por eso mismo, debemos reverencia moral. ¿Pero por qué no entender también al capitalismo, o a la capacidad para engañar, explotar o dominar sistemáticamente a otros, como rasgos específicamente humanos y (por ello) moralmente admirables?... Desengáñense: no hay otro camino que el de ser honestos (al menos, con nosotros mismos) y buscar argumentos que demuestren que, pese a todo, es mejor no ser un corrupto que serlo. Hagan la prueba. No es en absoluto fácil.

viernes, 22 de agosto de 2025

La educación ecosocial desde una perspectiva ética y crítica


 La educación ambiental o, como se dice ahora con más ambición, "ecosocial", es fundamental para entablar una relación más conveniente, justa y sabia con la naturaleza y, a la vez, con el resto de los seres que vivimos de ella y con ella. Siempre que esta educación, como toda educación en valores (¿Cuál no lo es?) se imparta desde una perspectiva crítica, es decir: ética. Sobre todo esto, la Fundación Manuel Mindán nos publica un artículo en el nuevo número de su boletín anual. Para leer todos los artículos pulsar aquí. 

jueves, 7 de agosto de 2025

El verdadero secuestro de Israel

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Suele decirse que la primera víctima de una guerra es la información. Pero es difícil interpretar erróneamente lo que ocurre en Gaza. No solo porque los intérpretes que coinciden sean muchos y distintos (agencias internacionales, ONG, médicos, periodistas que se juegan la vida sobre el terreno, incluso organizaciones y medios israelíes), sino porque las propias autoridades hebreas lo confiesan sin el menor rubor: se trata de arrasar Gaza, volver el territorio inhabitable para los palestinos que sobrevivan y apropiarse de él. El plan está clarísimo. Y los atentados de Hamás han sido la ocasión de oro para los que suspiraban por llevarlo a cabo. 

La pregunta clave es cómo justifica todo esto el resto de la ciudadanía israelí. Saber que tu propio ejército, con el dinero de tus impuestos, bombardea indiscriminada y diariamente a mujeres y niños, dispara a la gente que acude a pedir comida o bloquea la entrada de camiones con agua y alimentos para matar de hambre a los gazatíes, no debe ser fácil. Más aún si pensamos que Israel fue fundada al amparo de la ONU (de cuyas resoluciones se burla ahora y a cuyos trabajadores no tiene reparo en asesinar) y en torno al trauma del genocidio nazi. ¿Cómo pueden justificar la matanza sistemática de palestinos los hijos de aquellos que se preguntaban, escandalizados, por la indiferencia de los alemanes ante el acoso y exterminio de los judíos durante el nazismo? 

Como ocurre en cualquier genocidio, las creencias que lo permiten o alientan han de poseer un grado de radicalidad parejo al de los crímenes que justifican. Esto puede observarse fácilmente en el caso de los fanáticos de Hamás, corresponsables de la destrucción de Gaza, cuyos milicianos no dudan de la dignidad religiosa del martirio de un pueblo entero; o en el caso del actual gobierno mesiánico y supremacista hebreo, igualmente convencido de la legitimidad de su guerra santa contra los palestinos (para cuya confusión se financió en sus orígenes a la propia Hamás). ¿Pero y el resto de la población israelí, aquella a la que solemos considerar cercana a nosotros en el ámbito de los valores morales y principios políticos? ¿De verdad puede creer que todos los gazatíes, niños incluidos, son sanguinarios terroristas merecedores del exterminio bajo las bombas o el hambre; que la forma más eficaz de acabar con Hamás es multiplicar al infinito el odio que lo retroalimenta; o que Israel es un Estado rodeado de poderosos enemigos – cuando Irán, el único que le queda, apenas es capaz de hacer despegar un solo avión para defender su espacio aéreo –?

El verdadero secuestro causante del exterminio de los parias de Gaza no es, pues, el de unos cientos de israelíes (muchos de ellos vivos, a diferencia de los más de 60.000 palestinos muertos y olvidados), sino el de los principios e ideas que hacían de Israel un bastión de la democracia y los valores occidentales en Oriente; valores que el gobierno israelí pisotea a diario, poniendo al estado judío a la «altura» de su archienemigo Irán. Tal vez es lo que deseaban tanto Hamás como el gobierno de Netanyahu quien, con la indiferencia de buena parte de la ciudadanía, y la complicidad de EE. UU y sus vasallos, tiene secuestrado un proyecto político que quiso ser radicalmente distinto al que hoy nos avergüenza. 


miércoles, 18 de junio de 2025

El latrocinio nacional

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.

Decía Fernando Díaz-Plaja que para muchos españoles desvalijar una casa y desvalijar al Estado eran cosas ontológicamente muy distintas: lo primero sería «robar», algo inaceptable y vergonzoso; y lo segundo «ser listo», algo no solo permitido, sino digno de admiración (especialmente si no te pillan). Según esta teoría, los mismos españoles que lincharían con gusto al ganapán que le roba la cartera a un señor en el metro, pasearían a hombros al despabilado capaz de defraudar millones a hacienda u obtener una subvención de manera irregular. ¿Por qué? ¿No roba realmente más y a mucha más gente el segundo que el primero?

Algunos han achacado esta incapacidad para percibir la inmoralidad de robar al Estado – es decir: a toda la ciudadanía – al individualismo feroz y a un cierta incapacidad de abstracción atribuida típica (y tópicamente) a los españoles. Por lo primero, el Estado se entendería como una odiosa imposición dirigida a estorbar – con sus normas y trámites – y asaltar a impuestos a los individuos; esto último no para sostener hospitales, colegios o carreteras, ojo, sino para mantener a los políticos, que «son unos ladrones». Y claro, quien roba a un ladrón…

Por lo segundo, pareciera que a los españoles les costara comprender al conjunto de la ciudadanía como sujeto moral. Debe ser por eso que cuando – no siendo policía – llamas la atención al energúmeno que se lleva los adoquines de una obra pública o abre un pozo ilegal en el chalé, acusándole de estar robando o perjudicando a todos, este te mira con cara de desconcierto y hasta indignación. ¿Quién es «todos»? Para él, un ente al que no se le pueda poner una cara o un nombre concretos no es una persona y, por lo tanto, no se le puede robar de ningún modo. A lo que añaden aquello de que «lo que hay en España es de los españoles» (siempre que con eso no le toquen lo suyo, lo de su familia o de sus amigos, claro).

Esta españolísima tendencia a considerar aceptable (y hasta elogiable) el trincar del Estado (es decir: de lo que es de todos) no es lo único que explica la asiduidad y desvergüenza con que ministros y altos cargos se corrompen en cuanto hay comisiones de por medio. La otra es la no menos demencial costumbre de poner las lealtades partidistas por encima de las convicciones éticas (cosa que pasa en absolutamente todos los partidos, incluyendo a los más presuntamente alternativos o retóricamente comprometidos con la revitalización democrática).

Resulta significativo, en fin, que este penúltimo gran escándalo de corrupción haya estallado justo cuando se celebraba el 40 aniversario de la adhesión de España a la Unión Europea. Cuarenta años ya sin que, de momento, se haya dado aquello que Ortega y tantos regeneracionistas anteponían – asociado a nuestra integración en Europa – a cualquier reforma o mejora económica: una profunda y verdadera reforma intelectual y moral. Todavía estamos esperándola.

sábado, 7 de junio de 2025

Morir de amor 3.0

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Todos hemos podido y querido morir de amor durante la adolescencia. ¿Pero por un avatar? Hace unos meses un chico de catorce años, residente en Orlando (USA), le propuso tiernamente a su amada virtual – un
«chatbox» creado por inteligencia artificial con el aspecto de Daenerys Targaryen, la protagonista de Juego de Tronos –, que se reunieran en «casa», tras de lo cual tomo un revolver y se pegó un tiro.

La madre del chico puso recientemente una demanda a la empresa de juegos de rol que facilitaba esta suerte de romance, aunque lo cierto es que aquella avisaba regularmente a sus usuarios (tal vez no con toda la contundencia necesaria) de que los personajes con los que trataban eran virtuales y no reales. ¿Es la empresa responsable del suicidio? ¿O fue este el efecto de una suma fatal de circunstancias y acontecimientos mucho más complejos?

Por de pronto, ¿es imprescindible que sea real aquello que te hace «morir de amor»? ¿Qué significa «real» en un contexto amoroso? En este, como en todos los tiempos, el objeto de un enamoramiento furibundo es a veces más ideal que real. Y no pocas veces completamente engañoso. Los mitos, la literatura romántica o la mística religiosa están repletas de muertes, suicidios y mortificaciones en virtud de amores imposibles de satisfacer en este mundo. La empresa que procura intercambios virtuales con esos atractivos engendros no es, pues, la responsable de estos enamoramientos trágicos, sino solo el marco novedoso en que acontecen ahora.

 Otro factor a tener muy en cuenta es la situación actual de las nuevas generaciones. El incremento de problemas mentales no es una milonga, ni fruto de la debilidad de carácter. El mundo siempre ha sido más o menos brutal, pero el que se les muestra hoy a los jóvenes es especialmente incierto y solitario. La mayoría de ellos está convencida de que entrar al mercado de trabajo será cada vez más difícil debido, entre otras cosas, a la inteligencia artificial; la mitad cree que tendrá que mudarse por el cambio climático; y muchos otros dudan seriamente (y con razón) de que vayan a poder disfrutar de un jubilación como la de sus abuelos. A esto, y a las torturas propias de una adolescencia prolongada hasta los treinta años, se le suma la ruptura de vínculos reales propia de un universo cultural en el que priman el exhibicionismo narcisista y la experiencia aislada del mundo.

Todo esto no justifica nada, pero ayuda a comprender y a evitar casos como los del chico de Orlando. Exigir mayores medidas de protección de menores a las empresas tecnológicas está muy bien. Pero esto puede ser una cortina de humo que oculte los verdaderos problemas y las soluciones – de mucho mayor calado político – que deben articularse: la restauración del pacto intergeneracional, un compromiso más contundente contra el cambio climático y por último, pero no menos importante, una buena educación ética y en valores que nos ayude a dominar adicciones, reorientar la convivencia, y afrontar de una forma más madura y constructiva los avatares del amor.

 

miércoles, 19 de marzo de 2025

Niños, crimen y castigo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Que algo tan entrañable como un niño cometa un crimen es una monstruosidad. Como lo es que trabaje en una mina, se prostituya, o que sea él mismo maltratado, violado o asesinado por sus familiares. Una de las peores caras de lo monstruoso es esta increíble simbiosis entre lo más entrañable (un niño, una relación filial o de cuidados…) y lo más inhumano (el crimen, la explotación, el abuso…) ¿Qué podemos hacer para afrontarla?

Lo primero es reconocer que esos niños o adolescentes «criminales», aunque han demostrado un comportamiento monstruoso, no son fieras rabiosas que sacrificar, sino personas libres susceptibles de ser reeducadas. Suponer que son asesinos congénitos o malvados sociópatas imposibles de reformar es una propuesta oscurantista y frívola que impide toda atribución de responsabilidad (quien es malo sin remedio no es responsable de nada) y que convierte en vano el empeño, e incluso el sacrificio, de educadores y educadoras como la asesinada hace unos días en Badajoz. 

As que, si se quiere hacer algo realmente útil para evitar estos crímenes, hablemos de seguridad, sí, pero también de educación. ¿En qué tipo de formación habría que insistir para reconducir la conducta agresiva de un niño o adolescente? ¿Basta con imponer reglas, premios y castigos, hacer terapia psicológica o entrenar habilidades de autocontrol o interacción social? Probablemente no. Las personas no cambian solo porque las castigues (solo se vuelven más astutas y rencorosas), y la formación psicosocial no toca de frente el aspecto moral, esto es, la suma compleja y casi siempre confusa de propósitos, valores y modelos que orientan la conducta, y que es aquello con lo que debemos operar con pericia para modificarla.

Fíjense que estos crímenes adolescentes – como todo lo que resulta terrible y monstruoso – no solo asustan, sino que también advierten y marcan el límite con lo que, estando del otro lado de la vida civilizada, se encuentra a su vez profundamente imbuido en ella: la debilidad e inconsistencia de nuestros valores (no hay más que reflexionar un poco sobre ellos), el uso de la fuerza como medio (miren lo que hacen los grandes líderes mundiales), la emocionalidad y el capricho como normas de conducta (no por nada respiramos publicidad) o un cierto gusto por una estética del poder y la violencia que, aunque se ha dado en todas las épocas, tal vez permea especialmente el mundo de la cultura y el entretenimiento contemporáneos.

Frente a todo esto solo cabe un gigantesco esfuerzo de educación crítica y ética. Y tener una mayor consideración hacia el trabajo de los educadores, profesionales cuya compleja tarea merece un reconocimiento similar, si no mayor, al de cirujanos, ingenieros o arquitectos (al fin, estos no tienen que lidiar con la construcción de ideas, valores o emociones, sino con cosas mucho más simples y previsibles). Una sociedad avanzada es la que cuenta con tantos y tan buenos educadores y recursos que puede permitirse el lujo de hacer de sus cárceles escuelas, así como de dotar a los centros formativos con el mismo nivel de seguridad que tiene casi cualquier institución pública. 

 

miércoles, 12 de marzo de 2025

¿Es la paz un valor absoluto?

 



Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Hay un pacifismo consistente, que comprende la guerra como mal menor; y un pacifismo inconsistente, en guerra con hechos y argumentos, que estima a la paz, sin más matices, como un valor absoluto.  Ahora bien, la paz, igual que la guerra, no es algo que podamos comprender de modo puro o aislado. De hecho, hay muchos tipos de paz y de guerra. Hay, sobre todo, guerras y paces justas e injustas.

Pongamos el caso de Ucrania. Una paz fundada en entregar un tercio del territorio al agresor (que en lugar de ser castigado recibe un premio), regalar la mitad de las riquezas naturales al país «protector» (en el sentido en que la mafia «protege» a aquellos que extorsiona), e hipotecar sine die las aspiraciones de ser una nación plenamente democrática (en lugar de una oligarquía corrupta bajo la órbita del sátrapa ruso), no es una paz justa, ergo conducirá, de un modo u otro, a una reanudación de la guerra, sea por parte de los que no pueden soportar la injusticia, sea por parte de los que se sienten lo suficientemente fuertes como para confundir la justicia con su regia voluntad.

Pongamos ahora el caso de Europa, donde hemos disfrutado de ochenta años de paz gracias a una guerra justa contra el fascismo, y su continuación en forma de guerra fría entre los bloques democrático y totalitario. Decir, como dice el portavoz parlamentario de IU Enrique Santiago, que «la paz nunca se ha logrado con el uso de la fuerza» es confundir el ámbito uránico de los principios con el de los hechos. Aquí abajo, la paz se logra continuamente mediante el uso de la fuerza (sea la de la guerra, sea la de cualquier otro tipo de coacción).

A los argumentos de papel maché que ya esgrimía parte de la izquierda contra el apoyo militar a los ucranianos (según los cuales las guerras hay que pararlas, a cualquier precio, mediante la sola diplomacia), se suma ahora otro muy curioso: «no hay que rearmar Europa para seguir apoyando a Ucrania porque – dicen – esto supondría enriquecer a la industria militar norteamericana». Digo que el argumento es curioso, porque si se propusiera desarrollar una industria militar europea, o reinstaurar alguna fórmula de servicio militar en nuestro entorno, para no depender, así, de la industria y la protección de EE. UU., me apuesto lo que quieran a que se rechazaría tajantemente desde esa misma izquierda. ¿Entonces? 

La idea que tal vez necesita comprender el pacifismo más inconsistente es que la fuerza, como el capital, en la medida en que resultan inevitables, han de estar en las mejores manos posibles, esto es, en las de aquellos que, al menos en teoría, están más cerca de poder subordinarlos a principios y valores que nos permitan vivir con dignidad y libertad. Es por todo ello que Europa debe desarrollar su propia tecnología militar y comprometer a la ciudadanía en la defensa de su proyecto civilizatorio (el que con más claridad se identifica idealmente con la razón y el derecho) frente a la amenaza autoritaria y oligárquica de Rusia, China y, ahora, incluso, de los EE. UU. de Trump. Tal vez esto sea «morir con las botas puestas», pero es lo que tiene creer que una paz sin justicia no es sino otra expresión sutil, pero igual de dañina, por indigna, de la guerra.

miércoles, 19 de febrero de 2025

«¡Es la moral, estúpido!»

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


¿Cómo es que los pobres y las clases medias depauperadas votan en masa a gente como Trump o Milei, representantes de las grandes fortunas, la desregulación financiera y la eliminación de impuestos y políticas sociales? – se preguntan los intelectuales y prebostes de la izquierda – ¿No es como si un condenado votara a favor de su propia sentencia de muerte? Puede ser. Aunque cabría responder que, en ocasiones, un condenado puede estar a favor de su propia condena…

El prejuicio (sea marxista o liberal) de que nadie actúa contra sus intereses materiales, presupone la idea de que la economía es más importante que la moral para explicar nuestra conducta (“Es la economía, estúpido”, rezaba la propaganda electoral de Clinton en los 90), algo que los hechos desmienten una y otra vez. No hay más que comprobar el grado de animadversión que, pese a sus generosas políticas sociales y a un crecimiento económico espectacular, despierta el gobierno de Pedro Sánchez en buena parte de la población española (y no solo, ni mucho menos, de la más rica).

Las personas nos movemos por ideas y valores (que no son más que otro tipo de ideas), e incluso cuando creemos que nos determinan la economía o los genes estamos hablando de ideas filosóficas o científicas. Si admitimos este presupuesto, la solución al presunto enigma de pobres-que-votan-a-ricos empieza a estar más cerca. Solución que pasa por analizar qué relatos morales son los que laten en la cabeza de la gente.

Uno de ellos es el de meritocracia, un discurso que, por tramposo que sea, no deja de cautivar a la mayoría. Su principal efecto es el de disolver la fuerza de las masas precarizadas convirtiéndolas en un amasijo de individuos aislados y atormentados por la idea de creerse los responsables de su fracaso; culpa y rabia que acaban proyectando, no contra el poder cada vez más absoluto de los ricos y sus herederos, sino contra los que son más pobres aún (inmigrantes, minorías, mujeres…) o, en el mejor de los casos, contra el cada vez más menguado poder de la «élite» política que, peor que mejor, aún les protege de la rapiña oligárquica.

Pero el de la meritocracia y el del antagonismo «pueblo-políticos corruptos» no son los únicos relatos de carácter moral que epatan a mayorías cada vez más amplias. Otro de estos relatos es el de la nostalgia por un pasado idílico que hay que «hacer grande de nuevo» y en el que no había corrupción ni chorradas «woke», la gente prosperaba y los hombres se vestían por los pies. Discurso retroutópico este en el que cabe integrar la vieja ética obrera del trabajo duro frente a la inmoralidad de las «paguitas» y los «chiringuitos» subvencionados por el Estado.

A todos estos relatos el sociólogo Jessé Souza añade el que llama «síndrome del joker», una suerte de rebeldía ciega con la que parte de esa clase media empobrecida y humillada expresa su resentimiento votando a esos otros «jokers» de lujo que, motosierra o decretos ejecutivos en mano, prometen dar una patada al tablero y voltearlo todo (a su favor, claro, pero esto último ya no se oye).

Sea como fuere, la política real trata de moral, de ideales. Si no tocamos (con toda la imaginación posible) esta parte del motor, no habrá giro real de tendencia, y estaremos condenados a ese otro síndrome del joker intelectual y moralista que encarnan algunos gurús de la izquierda, exhibiendo por los salones su depresión y deserción de un mundo que – como de costumbre – no cabe en su exigente mirilla moral.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Otoño escopetero

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Es otoño. El clima se atempera y el paisaje va poco a poco recuperando color y vida tras el largo y abrasador estío. Es tiempo para el ocre y el amarillo, para roncas y berreas, para setas y castañas, para caminar, hacer deporte, observar las aves o sentarse a comer en familia sobre el verde nuevo de la tierra. Lo que quiera. Pero no olvide nunca llevar un chaleco reflectante y un teléfono cargado con conexión a emergencias.

Porque es otoño y sucede que los señores cazadores (pocas cazadoras hay) tienen copado el campo con la práctica de su deporte favorito, este de acosar, acorralar y disparar a animales, y tan entusiasta es su entrega a tan noble empeño que algunos no se privan de invadir a tiros parques, terrenos comunales, caminos públicos, vías pecuarias y aledaños de zonas habitadas.

Es otoño y el que escribe no habla de oídas. Cada día festivo le hacen saltar de la cama los tiros de los cazadores, algunos a escasos metros de su cama, disparando a troche y moche junto a viviendas, viandantes, ciclistas y quien se aventure a pasar por allí – un camino público, acondicionado y señalizado como cañada real, y en el que, además de casas, se encuentran reconocidos parajes naturales como el complejo lagunar de Mirandilla, en cuyos rústicos bancos de picnic se paran los cazadores a cargar las escopetas y echar un tentempié –.

Es otoño y aunque el cronista tiene ya más de cincuenta primaveras, mantiene una fe insobornable en la razón humana, así que, ni corto ni perezoso, se acerca al cazador más próximo a recriminarle su actitud e invitarle al escrupuloso cumplimiento de la ley, gesto que no provoca más efecto que un encogimiento de hombros y una mirada cómplice con otro montero (hay uno cada veinte metros) que, en la misma cañada, acecha conejos escopeta en ristre sin levantar apenas la cabeza.

Como el asunto parece que va de civismo, el articulista llama entonces a la Guardia Civil, pero allí le dicen que sí, que es otoño, y que a la sola y atribulada patrulla que recorre la zona no le da la vida, porque – le dice una telefonista muy amable – hay otros cazadores pegando tiros allí donde no deben.

El columnista se queda, pues, esperando melancólicamente (es otoño, creo que dije) y, mientras el estruendo de los tiros le estruja el alma, se imagina el día en que uno de esos tiros se incruste por accidente en la sesera de un pastor, de un niño saltarín o de un desprevenido ciclista o caminante. Ya cree oír y ver los llantos, gritos y titulares, las solemnes promesas de las autoridades competentes, las indignadas invocaciones a la ley en curso (tan inútiles como las que se hacen a los santos) para, a los dos días, mirar de soslayo, irse y no haber nada.  El articulista vuelve a pensar entonces que este es sin remedio un país de pícaros cervantinos, de sainetes de Berlanga, de La Escopeta Nacional, de La Caza, de As bestas y de Los Santos Inocentes y, agotados el repertorio cinéfilo y la paciencia, coge a la familia y se va a tomar una caña lo más lejos posible.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Tres mil familias

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura

Estaba guardando la ropa de verano y las fundas de mis trajes me recordaban las que se usan como sudario para envolver cadáveres. Me pareció ver esas fundas-sudario en la televisión, colgadas de una barra preparada para ir «envasando» púdica y rápidamente los cadáveres de los migrantes devueltos por las olas. Desde entonces no puedo dejar de pensar en las tráqueas embutidas de agua de esos cuerpos amortajados. Ni de imaginarme su agonía. Ni de preguntarme que hubiera sido de mi si hubiera nacido en Senegal, Mauritania, Malí, Marruecos… 

Los datos cardinales para explicar la tragedia migratoria están claros: la ruptura del orden mundial (y su secuela de guerras descontroladas); la crisis climática (y su reguero de sequias y desastres); el cierre de fronteras (requisito para la precarización de la mano de obra que llega a los países ricos); y una creciente desigualdad económica global. Vamos con lo último.

Un reciente informe de Oxfam confirma que no más de tres mil familias (un 0,000X de la humanidad) controla el 13% del producto interior bruto mundial, unos 4.666.666.666 (¿será cosa del diablo el número?) por familia, mientras que el 50% de la población, unos cuatro mil millones de personas, subsiste con menos de siete dólares diarios (muchos con menos de dos o tres).    

Este grado brutal de desigualdad, fruto de cuarenta años de desregulación económica, lo condiciona todo. El mundo entero se mueve al ritmo de los intereses de la oligarquía que lo provoca. La necesidad de rentabilizar contantemente el capital de esas tres mil familias no solo determina el número y rumbo de las pateras, también condiciona el paisaje campestre, los precios del super, el índice de paro, la deuda nacional, el acceso a la vivienda, la contaminación del aire, las producciones de Hollywood y el curso de las guerras que seguimos, como una serie más, a través del telediario.

¿Por qué nos conformamos con el poder de esta oligarquía de ultrarricos? No es fácil responder. En la Edad Media era Dios quien justificaba las desigualdades. ¿Y ahora? ¿Es por la fuerza? ¿Cómo, si somos ocho mil millones contra casi nadie? ¿Es porque reconocemos sus méritos? Tampoco. Por ingenuamente que nos creamos la fábula meritocráticoliberal, nadie es tan tonto como para creer que esas tres mil familias sean un millón de veces mejores que nosotros (tanto como su patrimonio respecto al nuestro). ¿Entonces?

La respuesta más certera es que ese olimpo de milmillonarios representa el sueño de la inmensísima mayoría, y nadie se rebela contra lo que sueña, por absurdo e irrealizable que sea. Tengan por seguro que, mientras no exista un sueño mejor, esa mezcla de ilusión insensata y codicia será la que siga moviéndolo todo para que nada se mueva; para que lo que para unos son fundas donde guardar la ropa, para otros sea el único y último abrigo que les depara este mundo atroz.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Acallar a las mujeres

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.

No hay nada peor para hundir a alguien que negarle la palabra, dejársela en la boca, no dirigírsela u oírla como el que oye llover. Diría que hasta es preferible, como mal menor, que te griten o te insulten. Quien te insulta no niega al menos tu humanidad (todo lo contrario: la reafirma como aquello que en un sentido u otro le interpela), mientras que quien te retira la palabra te convierte en un mueble, un espectro, en un cero absoluto a la izquierda.

Prueben a pensar (o a recordar) lo que se siente cuando nos ignoran o marginan en una conversación, nos niegan la posibilidad de explicarnos en asuntos que nos conciernen o nos impiden ejercer el derecho a réplica. La experiencia es humillante, hasta el punto de que uno llega a rumiar durante mucho tiempo el dolor y la rabia por verse ninguneado en algo tan vinculado a la propia identidad como la manifestación pública de lo que se cree o piensa.

Ahora bien, si marginar o ningunear al que desea expresarse nos parece algo tan vejatorio, piensen lo que sería si le prohibieran lisa y llanamente hacerlo. ¿No les parecería algo insoportable? Pues esto mismo es lo que han de sufrir las mujeres afganas tras la última ley de los fanáticos que las gobiernan; una ley por la que se les prohíbe no solo hablar, sino hasta el mero uso de su voz en lugares públicos – a no ser a petición y con el permiso de sus «amos», se entiende –.

Es cierto que para ser individuo basta con hablar con uno mismo, algo que puede hacerse en silencio, pero para ser una persona plena – y no digamos un ciudadano digno – es imprescindible el uso público de la palabra; solo así nos reconocemos mutuamente, analizamos objetivamente los problemas, dilucidamos de forma dialogada los asuntos que nos importan y nos unimos en el desahogo y la risa, la seducción y el goce, la protesta colectiva o la creación compartida… Sea en el lenguaje que sea, sin ese «logos» común – que decían los griegos – no somos más que una célula aislada, un monólogo idiota que no lleva más que a la alucinación y la locura. 

Y a esta locura y negación radical de la personalidad es a lo que conduce la última medida de los talibanes, decididos, fetua tras fetua, a convertir a las mujeres en silenciosas esclavas al servicio de los varones. Aunque esto no solo es cosa de talibanes, todo hay que decirlo. Lo que representa de modo radical el régimen afgano puede observarse con menor intensidad (o mayor sutileza) en todos aquellos lugares en los que se margina a las mujeres de los escenarios de representación y decisión colectiva.

Y ante todo esto lo último que debemos hacer es callarnos. Dicen los filósofos que el mal radical es la voluntad de querer la nada; pero no es mucho mejor ese nihilismo depresivo que opta por no hacer ni querer nada. Hay que exigir que se reconozca como crimen contra la humanidad el apartheid de las mujeres en Afganistán, obligar al gobierno talibán a dar cuenta de sus crímenes, y facilitar toda la ayuda posible a las miles de afganas exiliadas. Y hace falta también mirar alrededor en busca de esas otras mujeres invisibilizadas y enmudecidas por violencias mucho más cercanas a nosotros. Y para encontrarlas solo hay que hacer una cosa: dejarlas hablar.

 

 

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Los miserables

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Dice el Papa que el rechazo al inmigrante es pecado. Y el Banco de España que hacen falta muchos más inmigrantes para sostener económicamente al país. ¿Entonces? Si la llegada de inmigrantes no genera más que ganancias (celestiales y terrenales), ¿a qué viene tanto alarmismo histérico, con invocaciones al Ejército incluidas? La respuesta está clara: el miedo al inmigrante reporta votos, y hay quienes no tienen el menor escrúpulo en criminalizar a los más débiles e indefensos para lograr esos votos.

Hay que recordar de nuevo que la inmensa mayoría de los inmigrantes vienen a este país a hacer los trabajos – los más duros, ingratos y mal pagados – que ya no queremos hacer los nativos. Hablar de deportaciones masivas no solo es, pues, moralmente repugnante, sino de una hipocresía que clama al cielo: ¿quién quiere realmente expulsar a los mismos que cuidan a nuestros padres e hijos, limpian nuestras casas, asfaltan nuestras carreteras, nos sirven en el bar, recogen nuestras cosechas o dan un poco de vida a nuestros pueblos moribundos?

Algunos se empeñan en subrayar que su inquina es contra la inmigración ilegal, pero esto es otra muestra insoportable de cinismo y falta de empatía. La inmigración ilegal (de la que tanto se aprovechan algunos) es producto de la necesidad, no de una malvada elección de los inmigrantes. Todos sabemos que apenas existen cauces practicables para la inmigración legal, y todos sabemos que, de estar en el caso de esos inmigrantes, haríamos exactamente lo mismo que ellos…

Es igualmente confundente la constante alusión a las mafias, como si ellas fueran la causa de la inmigración ilegal y no simples parásitos que se aprovechan de ella. Hablar continuamente de mafias solo sirve para desviar la atención de las verdaderas causas sociales, económicas y políticas del fenómeno migratorio.

Y finalmente está el peor y más peligroso ardid: el de ocultar dichas causas bajo la retórica nacionalista. Así, desde la perspectiva de algunos, la inmigración no va de gente deseosa de prosperar huyendo de la miseria y la guerra (¡como hacíamos nosotros mismos tiempo ha!), sino de extraños que vienen a subvertir nuestras costumbres y a acabar con la cultura patria. Este planteamiento mendaz demuestra, por cierto, el tipo de trabajador que ciertas élites desearían realmente: uno que no solo trabajara por lo mínimo y en condiciones precarias, sino que además se sometiera sin rechistar a las costumbres y creencias de sus «amos».

La llegada de inmigrantes puede ser, en fin, un asunto complejo y problemático, pero que hemos de abordar constructivamente, no solo por razones morales, sino por la cuenta que nos trae, evitando planteamientos demagógicos, hipócritas y falaces, más aún cuando con ellos se juega con la dignidad y el porvenir de personas desesperadas que no vienen más que a trabajar para nosotros. La miseria material no se elige, la moral sí. No seamos moralmente más miserables que los que, en sentido material, no pueden elegir no serlo.

jueves, 11 de julio de 2024

Faltan inmigrantes

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Se informaba hace unos días, en este mismo periódico, de la creciente y desesperante necesidad de trabajadores que tiene nuestra región. Faltan jornaleros, peones, camareros, camioneros, albañiles, carpinteros, electricistas, profesores, ingenieros, informáticos, médicos... Y no solo en Extremadura. Según un reciente informe, España está en máximos históricos en cuanto a puestos de trabajo sin cubrir, situación que empeorará notablemente en cuanto comience a jubilarse la nutrida generación del baby boom.

Todo esto supone una rémora para todos: para los ciudadanos, que se las ven y desean para contratar ciertos servicios; para las empresas, que no pueden crecer y, a veces, ni mantener siquiera su nivel de actividad; y obviamente para el Estado, cuyos recursos dependen en gran medida de la fiscalización de tales empresas. De esos recursos estatales y de la cotización de los cada vez más escasos trabajadores habría de provenir – no se sabe aún cómo – la enorme cantidad de dinero que hace falta para pagar las pensiones de una población cada vez más envejecida.

¿Soluciones? Dado que por variadas razones (no solo económicas) la tasa de natalidad lleva decenios bajo mínimos, y que, por múltiples factores también (en absoluto económicos), hay trabajos que no queremos hacer los nativos, la solución que se ha impuesto es recurrir a la inmigración. Los inmigrantes son contribuyentes netos a las arcas públicas, y llegan con el suficiente grado de desesperación (el mismo que teníamos nosotros hace 70 o 60 años) como para aceptar los trabajos que ya no queremos hacer los españoles. En cuanto al gasto público que ocasiona su integración, este resulta insignificante en relación con los beneficios que procuran; más aún si lo comparamos, por ejemplo, con el coste del subsidio de desempleo o con el gasto sanitario que supone atender a millones de jubilados.

¿Entonces? ¿Cuál es el problema con la inmigración, del que políticamente vive la extrema derecha – y cada vez más la derecha a secas –? Pues no es fácil de determinar. Desde un punto de vista estrictamente económico el problema real sería que no vinieran inmigrantes. De hecho, uno de los problemas de la economía extremeña es que somos una de las regiones con menos inmigración. Y en España, aunque la población de trabajadores no nacidos en el país ha aumentado notablemente, esta no representa aún ni una mínima parte de todos los que harían falta.

Dicen algunos que la llegada de inmigrantes amenaza nuestro modo de vida. Pero la verdad es que ese modo de vida es complementa insostenible sin ellos. ¿Queremos mantener ese mismo modo de vida y, a la vez, la «pureza» de la civilización cristiana, o de la cultura española, francesa, alemana, catalana, etc., frente a «negros» y «moros», como afirman los demagogos de la ultraderecha? Muy bien. Podemos empezar a convencer a nuestros hijos de «pura raza» para que asfalten autovías, limpien habitaciones de hotel o recojan fresas, volver a convertir a las mujeres en máquinas de tener hijos, y hacer lo necesario para rebajar la esperanza de vida a 65 o 70 años. Es claro que ni aun de este modo lograríamos nuestro objetivo pero, eso sí, seríamos europeos y españoles de pura cepa (es decir, descendientes históricos de «negros y moros»). Y hasta es posible que, legítimamente insatisfechos con ese escaso nivel de vida, a muchos de nosotros nos diera por volver a emigrar, como hacíamos no hace mucho, y como hacen hoy miles de personas jugándose la vida en frágiles cayucos para mejorar un poco su existencia y de paso, y sobre todo, para asegurar la nuestra.

miércoles, 29 de mayo de 2024

La enseñanza de la Constitución y los valores democráticos en la Lomloe

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario EL PAIS.


Hace unos días se reunieron los miembros de la Red de Asesores en Política Educativa del Consejo de Europa para dar forma al proyecto de implantación de un “Espacio Europeo para la Educación para la Ciudadanía”, una estrategia cuyo objetivo es reforzar una educación en valores comunes y en cultura democrática que ponga en el centro la capacitación del juicio crítico del alumnado. Estaba previsto que la reunión se celebrara en Tbisili, Georgia, pero la situación política de aquel país (vecino de Ucrania) lo desaconsejó ―a la par que hacía patente la pertinencia de fortalecer la educación democrática y en derechos humanos en toda la UE―.

Lo que el Consejo de Europa promueve como una necesidad para evitar lo que lamentablemente ocurre en muchas partes de Europa y del mundo, fortaleciendo el conocimiento de las instituciones democráticas, la asunción racional de valores comunes, y el desarrollo del espíritu crítico frente a la desinformación y los discursos de odio, consiste en consolidar contenidos similares a los de materias como la vieja Educación para la Ciudadanía, que hubo de retirarse de los currículos de nuestro país debido a la feroz e incomprensible resistencia del Partido Popular.

Es precisamente este mismo partido, empeñado desde hace años en borrar la educación cívica del mapa, el que, según la prensa, pretende proponer ahora una proposición no de ley para instar al Gobierno a incluir la enseñanza de la Constitución y los valores democráticos en la Educación Primaria y Secundaria. No sería esta rectificación una mala noticia si no fuera porque tales enseñanzas están ya amplia y profundamente implementadas en la ley educativa actual. Y no de modo transversal, como alega el Partido Popular, sino como parte de los contenidos y competencias específicas de varias áreas y materias de carácter troncal.

Así, si uno acude a los reales decretos que establecen los contenidos y competencias que rigen los planes de estudio de todo el Estado, podrá comprobar (solo hay que leer el BOE) la obligación de que el alumnado, a través del trabajo en áreas y materias concretas, conozca y analice los valores constitucionales y los procedimientos e instituciones democráticas (por ejemplo, en la nueva materia de Educación en Valores Cívicos y Éticos, tanto en Primaria como en Secundaria); o que reconozca los derechos y deberes constitucionales (en la materia de Geografía e Historia); o que realice un análisis comparado de los distintos regímenes políticos y sus constituciones para reconocer el legado democrático de la Constitución de 1978 como fundamento de nuestra convivencia y garantía de nuestros derechos (en la asignatura de Historia de España). Recordemos, además, que el currículo tradicional de esta última asignatura se modificó, dando más peso al estudio de la época contemporánea, justo para ―entre otras cosas― poder tratar con detalle de las diversas constituciones de nuestro país, desde la Constitución de Cádiz hasta la actual.

¿Qué más pretende el Partido Popular? Desde luego, es digno de reconocimiento que en la propuesta difundida por el PP se incida en la necesidad de garantizar la capacidad crítica, el inconformismo y la autonomía de juicio de las nuevas generaciones. Este es, de hecho, uno de los objetivos clave de la nueva ley educativa, y no, de nuevo, de forma «transversal», sino como parte de los contenidos curriculares de materias muy concretas (la ya citada Educación en Valores Cívicos y Éticos, la Filosofía, que vuelve a ser troncal en todo el Bachillerato, la Lengua y Literatura, la Historia, etc.). Lo que no parece coherente es que en la propuesta del PP se exija promover una formación crítica y, a la vez, transmitir los artículos constitucionales de forma «práctica» y sin necesidad de acompañarlos de explicaciones de fondo ni de fundamentación alguna, como se desprende de la información disponible. ¿En qué quedamos entonces? Porque promover el inconformismo y el espíritu crítico enseñando los artículos de la Constitución como si fueran la tabla de multiplicar, sin explicaciones de fondo ni fundamentación alguna, son intenciones claramente opuestas. No se enseña al alumnado a ser crítico ni a comprometerse con la Constitución haciéndole memorizar y repetir sus artículos como si fuera un loro, sino ofreciéndole razones y argumentando con él acerca de su valor y pertinencia.

Parece en fin que la iniciativa del Partido Popular viene a reivindicar la orientación hacia la educación cívica, crítica y en valores democráticos que inspira justamente a la Lomloe y a las más recientes recomendaciones europeas en política educativa; orientación que es exactamente la misma que la que informaba a la vieja y perseguida Educación para la ciudadanía… La lástima es que el PP no haya estudiado antes la ley vigente, ni analizado la consistencia de su propuesta.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Ética y Educación cívica en Uniminuto Radio

Aquí, la interesante conversación con Alejandra Herrero en Uniminuto Radio a propósito de la compleja relación entre ética y educación cívica y en valores. Siento la aureola mística que nimbó mi intervención; no era el sol de la verdad, sino un atardecer primaveral especialmente incisivo. :-)

Aquí, por cierto, el artículo que se comenta en la entrevista.

miércoles, 24 de abril de 2024

¿Y si no quiero vivir de forma saludable?

 

C. Monet leyendo y fumando en pipa (Renoir 1872)

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Gran Bretaña es el primer país que, más allá de informar de lo malo (para la salud) que es fumar, prohibirá completa y gradualmente la venta de tabaco a partir de 2027. A las escasas protestas frente a esta medida (probablemente celebrada por mafias y traficantes) el gobierno británico replica que, dado que los fumadores no son dueños de su voluntad, lo mejor es que el Estado les impida hacer lo que no son capaces de evitar por sí solos.

El argumento es terrible. Implica que los ciudadanos son incapaces de decidir libremente sobre su salud y que, por ello, hay que protegerlos de sí mismos privándoles de esa misma libertad. Es el mismo razonamiento que se hace con los niños y los locos, pero aplicado a toda la ciudadanía (a los fumadores y a los que podrían elegir serlo). A este paternalismo humillante se añade el dogma moral que antepone la salud a cualquier otro valor, como el placer o la libertad misma. Que un individuo elija correr el riesgo de vivir menos por mor de vivir como él entiende que es mejor es un anatema. Y de nada sirve que se fume solo, sin perjudicar a nadie, o que se pague una fortuna en impuestos (el 80% o 90% del precio de cada cigarrillo) para costear futuros y probables gastos sanitarios; da igual: el gobierno nos obliga a morir puros, sin vicios y sanos como robles. 

Y cuidado que si tragamos con esto no habrá nada que objetar a futuras prohibiciones en nombre de nuestra salud o seguridad. ¿Cuál será la próxima: la del alcohol, el juego, la promiscuidad sexual… todos ellos vicios adictivos (de buenos que son a quienes le gustan) y poco «saludables»?

Yo, si fuera uno de estos nuevos monjes inquisidores, muchos de ellos expertos en salud (pero ignorantes en ética), iría pensando en envolver con advertencias y fotos dantescas – destinadas a asustarnos como a niños – no solo los paquetes de tabaco, sino también los botellines, los décimos de lotería o los condones. Y ya puestos, también los móviles, los coches, los contratos de trabajo, los televisores, las tarjetas de crédito o las crampones de alpinista… ¿O es que Internet, los accidentes de tráfico, el estrés laboral, la teletienda o los deportes de riesgo no son también adictivos y/o peligrosos para nuestra salud?

Kant, el filósofo cuyo tricentenario celebramos este año, pensaba que la peor y más peligrosa adicción era dejar – por cobardía, gregarismo y pereza – que otros pensaran y decidieran por nosotros. Claro que Kant – uno de los padres de la ética y la idea moderna de libertad – era un pertinaz fumador de pipa. ¿Qué iba a saber él de lo que de verdad conviene a las personas?

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