Mostrando entradas con la etiqueta artículos política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículos política. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de julio de 2026

Garrulismo «libertario»

 

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura y La Nueva España


Hay una plaga endémica de garrulismo libertario. Una tendencia imparable a mostrarse como un necio desconsiderado en nombre de un supuesto derecho natural a hacer lo que nos venga en gana. Es como una exacerbación del proverbial individualismo hispánico alimentado por la ola ultraliberal y trumpista que recorre el mundo y enraizado en un antiquísimo desprecio por el comportamiento cívico y el análisis intelectual. 

Este libertarismo garrulo se expresa de muy diversos modos. El más evidente es el de la falta de educación. Ser maleducado está de moda. Hasta el punto de que te entran ganas de no salir de casa. Conductores circulando como si la carretera fuera suya; gente tirando basura y colillas por donde va (miren como están las cunetas y no precisamente de maleza); tipos fumando sin la más mínima consideración; motoristas poniéndote al límite del infarto con el ruido de sus escapes; perros sueltos o sin bozal; energúmenos que te obligan a escuchar sus gritos, conversaciones telefónicas o vídeos en el móvil; y personas de toda edad y condición que, de forma natural (ni siquiera intencionada), consideran el mundo como el patio de su casa y a sus congéneres como un simple medio (o estorbo) para el logro de sus fines. Es curioso que ante el más mínimo reproche, algunos de estos maleducados reaccionen no ya con violencia (que también) sino con incredulidad, como si fueran incapaces de comprender que los demás seamos algo más que extras en el decorado de su vida.

Otro ejemplo más grave y, desgraciadamente de plena actualidad, son los incendios forestales, la mayoría de ellos debidos a conductas irresponsables de sujetos que priorizan sus intereses sobre los del resto. «Háganse mis deseos, así arda el mundo», ese es su lema. De hecho, si consultan las estadísticas comprobarán que la inmensa mayoría de los incendios (incluyendo los que están devorando ahora mismo el centro del país) se deben a negligencias y prácticas ilegales por parte de individuos que van a su maldita bola. Es sorprendente por ello que algunos anden echando la culpa de estos catastróficos incendios al exceso de legislación medioambiental, cuando el problema es que algunos se pasan la ley (la misma que obliga también a limpiar oportunamente el monte) por el forro de… la capa española. ¿Se imaginan un país sin apenas educación cívica y, además, desregularizado? 

Un último ejemplo significativo de garrulismo libertario es el de la relación con la ciencia, algo en que los españoles, salvo gloriosas excepciones, nunca hemos estado muy finos. Aquí, igual que en otras cosas, el garrulo confunde la libertad con creer lo que le sale de las narices. A ver, ¿quiénes son miles de científicos de todo el mundo, algunos de los cuales llevan varios decenios estudiando el cambio climático, para explicarme a mí (¡a mí!) nada? A este garrulismo de barra de bar le auxilia hoy el magnífico servicio de desinformación a medida que es Internet, en el que uno puede encontrar la mamarrachada indocumentada que precise para, sin necesidad de abrir un solo libro, artículo o informe, sustentar la tesis que quiera. ¿Esto es libertad? ¿No será, más bien, la apariencia de libertad con que la ignorancia disfraza a la más esclava y garrula de las pasiones: la de querer ser sin saber? 

martes, 28 de julio de 2026

Lo que todo el mundo sabe

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Seamos claros. Todo el mundo sabe que en este país el nepotismo es un mal endémico, y que en todos los ámbitos, pero especialmente en la Administración, es habitual colocar o beneficiar a parientes, paisanos, compañeros de partido y amiguetes a los que se debe o de los que se espera obtener algún favor. Todos podríamos detallar veinte o treinta casos concretos. Todos sabemos también que el caso de David Sánchez es probablemente uno de ellos. Como también que si no llega ser quien es, aquí no hubiera pasado absolutamente nada. Nadie ignora tampoco que tras la condena a Sánchez (por dejarse enchufar), se va a seguir colocando y beneficiando a cuñados, conmilitones y amigos en la misma y exacta proporción que antes, porque en esto solo se denuncia a quien políticamente interesa, se sale del tiesto o se pasa de listo.

Todo el mundo sospecha también (aunque no lo diga) que la inclasificable instrucción a Begoña Gómez no tiene más objeto que el de procesar a la mujer del presidente del gobierno, y que por los mismos difusos indicios por los que está imputada desde hace más de dos años se podría igualmente imputar y procesar al cónyuge de casi cualquier otro alto cargo político. Se puede matizar o discutir tal o cual cosa, se puede uno alegrar o no, pero dudo que haya alguien mínimamente informado que no tenga esta sospecha en la cabeza.

Y del mismo modo, y sea cual sea la tendencia política de cada uno, todos sabemos que los partidos que se han ido alternando en el gobierno poseen un grado parejo de corrupción (ni mucho ni poco, sino más o menos el mismo que el de la sociedad a la que representan). ¿Hace falta dar nombres? (Ábalos, Koldo, Bárcenas, Zaplana, Matas, Rato…). También sabemos perfectamente que tales partidos son estructuras dirigidas básicamente a mantener u obtener el poder, y que el porcentaje de energía que invierten en pensar, dialogar y gestionar recursos para resolver los problemas de la ciudadanía es mínimo (no hay más que ver sus estrategias de confrontación, ceñidas al descrédito del oponente – la falacia «ad hominem» –, en lugar de a la evaluación y discusión de iniciativas).

Ahora bien: saber todo esto implica también una gran responsabilidad. En una democracia no hay reyes o tutores conduciendo a sus pupilos o súbditos, y ni los jueces ni los políticos deben ser modelos o héroes morales, sino simples servidores o gestores de la moralidad consensuada por los ciudadanos. Por ello, salir de este marasmo es responsabilidad nuestra, de los titulares de la soberanía. Si no queremos enchufismo endémico, activismo jurídico, corrupción política o partitocracia estéril, hemos de hacer algo más que votar y participar de la ceremonia enajenante de la polarización. Hay que exigir y proponer medidas (inflexibilidad frente al nepotismo, cambios en el acceso a la judicatura, reformas obligatorias en la estructura de los partidos, instituciones legislativas directamente controladas por la ciudadanía …). En otro caso no quedara otra que confirmar lo igualmente sabido por todos: que, políticamente hablando, no tenemos más que lo que nos merecemos.

lunes, 13 de julio de 2026

La prioridad del miedo

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Acojona ver la foto de una chica afroamericana rodeada de encapuchados supremacistas en el metro de Washington. Ocurrió hace unos días, durante las ceremonias con aroma a congreso de Núremberg con que Trump se ha celebrado a si mismo confundiéndose con la nación que preside. La milicia de encapuchados de la foto (el «Patriot Front») tiene el nombre, la pinta (virilidad, fiereza, determinación) y las mismas ideas (orden, pureza, tradición, prioridad nacional) que las de por aquí. Dan miedo y de eso se trata. Al día siguiente, esa especie de nuevo «duce» histriónico que es Trump llamó por teléfono al lacayo que dirige la FIFA para que le retirase una tarjeta roja a la estrella de su selección de fútbol, orden que el lacayo obedeció de inmediato.  

La libertad con que las nuevas generaciones del Ku Klux Klan desfilan por Washington o la desvergüenza con que Trump exhibe públicamente su poder no son ninguna bagatela. Cuando el miedo y la coacción se trasladan desde la tramoya a la escena misma de la representación política es porque han adquirido un valor simbólico y una función social incontestables, de manera que lo que antes ocurría en los márgenes de la ley y la moral comienza a normalizarse ahora en las calles, en los medios, en las escuelas, en las relaciones internacionales, laborales, familiares o afectivas… Es el triunfo de la política del miedo, probablemente acatada – dirán algunos – por miedo a algo peor. ¿Pero qué puede haber peor?

En nuestro país, los partidos mayoritarios han dado prioridad a esta política desde hace años. Dada la ausencia de una verdadera controversia ideológica (o dada su ineficacia en el competitivo orbe mediático), la estrategia ha consistido básicamente en meter miedo (o en multiplicar y canalizar el que ya hay). Miedo a la inestabilidad política, a la ruptura del país, a la resurrección del terrorismo, a la ocupación de nuestras casas, a la tiranía «woke», al comunismo tiránico, al fascismo redivivo, a la invasión inmigrante… 

Fíjense que el recurso al miedo es mucho más efectivo que el de los escándalos de corrupción (la otra pista del circo). El teatrillo de la indignación moral por la corrupción ajena solo arranca aplausos entre los fieles (¿Quién está aquí libre de pecado?), pero el miedo se lleva de calle al electorado más esquivo. La táctica de esparcir podredumbre solo te hace mirar a otro lado (al de la paja ajena), pero la de provocar miedo te deja ciego y necesitado de guía. 

Piensen, por ejemplo, en el miedo a los inmigrantes. La inmensa mayoría trabaja y cotiza igual o más que nosotros. La inmensa mayoría son latinos, tan "culturalmente" españoles o más que nosotros. La inmensa mayoría son más jóvenes y necesitan menos cuidados y servicios que nosotros. Y la inmensa mayoría – como es lógico – aspira a regularizar su situación y tener los mismos derechos que nosotros. ¿A que tenemos miedo, entonces? ¿A qué saturen los servicios sociales que ellos mismos sostienen? ¿A que nos dejen sin las viviendas que ellos mismos construyen?... ¿No sería más sensato dejar de votar a los partidos a los que los servicios sociales o la vivienda pública les traen al pairo? ¿Ven lo que les decía de la ceguera? Pues así todo. 

martes, 7 de julio de 2026

«Españolización» climática

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Por si no lo saben, Europa acaba de sufrir una nueva ola de calor extremo con temperaturas jamás registradas en esta época del año. Una semana a cuarenta grados en países poco o nada acostumbrados al calor, como Alemania, Dinamarca o Polonia, ha obligado a regular horarios laborales, a suspender clases y a cerrar carreteras y líneas férreas. En buena parte de estos países los hospitales han colapsado durante varios días y la cifra de fallecidos – casi todos ancianos – supera con creces el millar.

Todo esto no representa, por lo demás, un episodio aislado. Europa es el continente que más rápido se calienta de todo el planeta, con un aumento térmico que duplica la media mundial y que, según la Organización Mundial de la Salud, ha matado a más de doscientas mil personas en los últimos cuatro años. Para colmo de males en ella proliferan partidos populistas que, como VOX, tachan de «fanatismo climático» las advertencias de la ONU y de miles de científicos con respecto al cambio climático, disparate que viene de perlas a las petroleras y que bloquea la acción política para frenar el desastre. Esta la cosa que arde…

Hasta el punto de que si los europeos quieren sobrevivir al calor van a tener que «españolizarse» – como quería Unamuno – a toda prisa y comenzando por los horarios, las siestas, las cenas y las persianas en las ventanas. El ministro francés de Trabajo ya ha anunciado un viaje de estudios (no es broma) para aprender el «spanish summer way of life»: ya saben, lo de trajinar por las mañanas, encerrarse durante el día y salir por las noches, a la fresca, a hacer vida social. Los bocazas que nos tildan de perezosos y vividores entenderán el porqué de la jornada continuada, las vacaciones escolares de dos meses (en otros países las tienen más largas, pero repartidas durante el curso) o el «cierre» administrativo del país durante la canícula. ¿Aprenderán también a tomarse las cosas con parsimonia cuando cae el sol a plomo, a beber gazpacho, a hacerse casas con patio, a quedarse hasta las tantas charlando en el velador o en la puerta de la calle mientras suena la tele y los niños zascandilean como murciélagos?…  

Quizás, pero con esto solo no basta. Para contener la crisis climática es preciso insistir en la reducción global de emisiones, la reforestación, la protección de los ecosistemas, la producción y el consumo sostenibles y, sobre todo, en una persistente educación ética en valores ecosociales; educación sin la que acabaremos sucumbiendo a la delirante ilusión de que aquí no pasa nada, de que no hay cambio climático que valga, y de que si lo hay ya emigraremos a Marte, excavaremos ciudades bajo tierra o le compraremos – a precio de oro – un trocito de Groenlandia a la familia Trump. Un delirio que – junto a nuestras pensiones – acabaran pagando los más jóvenes. Tal vez las próximas olas de calor les ahorren, al menos, uno de estos problemas. 

viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

domingo, 21 de junio de 2026

Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo

Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 18 de junio de 2026

¿Pero qué quieren los docentes, con lo bien que viven?

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Los maestros y profesores llevan más de un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.

Uno muy llamativo, referido a nuestra tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más? Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes, servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la España vaciada!

Otro argumento trata de las ratios. Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social, psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder trabajar!

Un tercer tópico es el que acusa a los profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria nadie nos paga semestres de investigación).

No dudo de que, como en cualquier reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el relevo.

 

jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

miércoles, 3 de junio de 2026

Violencia sin complejos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…

Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismo anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.

Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.

miércoles, 29 de abril de 2026

Inmigración y educación para la ciudadanía

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Ver al dirigente de Vox José María Figueredo – camisa abierta y patillas a lo Milei – explicando cómo va a aplicarse lo de la «prioridad nacional» impresiona. ¿Qué significa «hacer todo lo posible» para que los inmigrantes quieran marcharse? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que se va a «cumplir la ley al mínimo»? ¿En qué mundo vivimos? (A esto último no hace falta que contesten). 

Incluso si, como es de esperar (como esperan los que les han regalado las elecciones), las políticas de Vox resultan infructuosas, sus intenciones amenazan la convivencia pacífica con quienes hacen los trabajos que ya no queremos hacer, dinamizan nuestra economía o alivian la crisis demográfica. Pintarlos como invasores, delincuentes o parásitos es un infundio que acarrea penosas consecuencias incluso para el propio Vox, ya sea porque sus amenazas se queden forzosamente en nada (¿para qué votarlos entonces?), ya sea porque se atrevan a aplicar medidas drásticas (contra la ley, contra la Iglesia, contra los intereses empresariales, y a favor de la movilización de una izquierda que parecía resignada al cambio de ciclo). Miren el efecto en las encuestas de la enloquecida campaña contra los emigrantes en EE. UU…

Pero la peor de esas consecuencias es, sin duda, la de poner en riesgo el – siempre peliagudo – proceso de integración entre comunidades culturalmente distintas, magma profundo del estado de opinión que sirve de combustible a la demagogia xenófoba. Dicho proceso de integración comienza, desde luego, por regularizar y por reconocer los derechos que asisten a todos los que trabajan en nuestro país; pero es imprescindible que, a la vez, se facilite a los trabajadores extranjeros cauces sociales y educativos sólidos y eficaces para su plena integración como ciudadanos. En una democracia no puede haber sujetos políticos de primera y segunda clase; pero tampoco un estatuto de ciudadanía derivado del mero hecho de haber nacido o residir tal número de años en un determinado lugar. La noción de «arraigo» puede y debe tener un contenido sustantivo: no en cuanto a la adopción de creencias o costumbres «nacionales», claro está, sino en cuanto a la asimilación crítica de determinados principios y valores (especialmente aquellos en los que se inspira nuestro marco jurídico) a través de una formación obligatoria, normalizada y común.

Que la formación educativa insista en formar obligatoriamente a todos (nativos o extranjeros) en un pluralismo crítico que, sin incurrir en dogmas ni relativismos inconsecuentes, trate de valores comunes, es fundamental para evitar guetos y desencuentros insalvables. La ciudadanía no consiste esencialmente en ser «español» o «finlandés», sino en ser «civilizado», entendiendo como tal la capacidad y la voluntad para poner el diálogo y el consenso racional y democrático (y los valores a ello aparejados) como ejes de la acción común. Los Estados europeos deberían combatir el estado de opinión que sirve a la demagogia racista de la ultraderecha reforzando educativamente la fundamentación ética y la proyección política de una moral cívica transnacional y común a todos y todas. Nos van en ello la prosperidad, la estabilidad social y el fortalecimiento de nuestras desvaídas democracias.  

jueves, 12 de marzo de 2026

El superhombre trumpiano

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No recuerdo disponer de un contexto más adecuado para hablarle de Nietzsche a mis alumnos que el presente: guerras y polarización feroz, ley del más fuerte, realismo pragmático, voluntad de poder. Era esperable, pues, que al empezar a hablarles del superhombre nietzscheano me preguntaran por Donald Trump, un personaje que inevitablemente seduce a muchos – incluso a quienes retóricamente lo desprecian – como símbolo de esa vitalidad desacomplejada, fuerte, libre y poderosa que asociamos hoy en día al triunfador y que – al menos superficialmente – se aproxima al prototipo moral nietzscheano.

Digo que superficialmente porque aunque la imagen de Trump no es la de un héroe convencional (no da para héroe de película de Hollywood – y ni siquiera para astuto villano de Juego de Tronos –), tampoco puede ser, si lo analizamos con cuidado, la del superhombre que concibiera el filósofo alemán. De hecho, a lo que más me parece Trump que se parece es a la caricatura de superhéroe mediocre y sin escrúpulos con que lo retrata la serie «The Boys» (no se la pierdan). 

Más que superhombre nietzscheano (ese ser capaz de crear sus propios valores y contagiárselos al mundo con la naturalidad de un niño), Trump sería más bien una última excrecencia del nihilismo contemporáneo: aquel que cambia definitivamente la nada de los viejos ideales platónico-cristianos (el humo retórico del orden global) por la nada del dinero y la grandeza hueca del cínico (¿en qué iban a ser los USA «grandes de nuevo» sin los ideales liberales y democráticos que han encarnado hasta hoy?). Es el mismo cinismo amoral que anticipaba Nietzsche como resultado lógico de una democracia sin Dios: ¿Por qué iban los ciudadanos a respetar pacto social alguno si ya no creyeran en nada que trascendiera sus intereses particulares? 

Nietzsche soñaba con que de esta nada sin Dios brotara una élite de superhombres verdaderamente libres, fuertes y lúcidos como héroes trágicos, y poderosos creadores de un futuro de plenitud sin culpa… Pero lo obtenido de momento son burócratas corruptos, demagogos a sueldo y tiranos ignorantes, resentidos, reaccionarios y caprichosos como Trump (todavía contenido por una oligarquía que limita sus extravagancias, que habría que ver si no fuera así). No es el único tirano, desde luego, pero Putin, la casta religiosa iraní o los «queridos líderes» asiáticos, siendo aún peores, no son los hijos monstruosos de una democracia liberal que aspiraba a acabar con las fronteras y con la historia. Monstruos que, además, tienen hoy acceso ilimitado, no solo a armas de destrucción masiva, sino a tecnologías con capacidades nunca vistas para controlar, sustituir y eliminar a placer a los seres humanos. Decía Céline que la filosofía no es más que otra forma de tener miedo. Cierto. Pero no miedo a la vida – como pensaban él o Nietzsche –, sino miedo a perderla por efecto de los delirios de unos bárbaros rodeados de tecnócratas y disfrazados de tribunos de la plebe.  

miércoles, 11 de febrero de 2026

Civilizar las redes

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza


Vivimos en las redes. Una importante porción de nuestra vida personal, social o laboral ocurre allí. Internet no es una simple herramienta, ni un modo cualquiera de informarse o relacionarse. Hagan el recuento de la cantidad de cosas que nos hemos acostumbrado a hacer «on line» (informarnos, charlar, hacer gestiones, comprar, aprender, divertirnos, debatir, hacer amigos, convocar protestas…) y se darán cuenta de que Internet es hoy el mundo (un mundo de mundos). Y en esto hay poca vuelta atrás.

¿Será entonces razonable prohibir a los menores andar lo antes posible por ese «mundo»? No lo parece. Negar a un niño o niña preadolescente (no digamos a uno de quince o dieciséis años) que se asome a esas nuevas calles y plazas que son las redes supone retrasar inútil y peligrosamente su aprendizaje vital. Un aprendizaje que ha de ser progresivo, sin duda (nada de tirarlo de golpe a la piscina cuando cumpla dieciséis), y en el que ha de estar acompañado, orientado y protegido por su entorno, pero que ha de permitirle también perderse, experimentar, equivocarse, actuar con autonomía…   Educar es cuidar de que alguien crezca libre y bien plantado en el mundo, no obsesionarse por diseñar una especie de «bonsái».

Por otra parte, que Internet sea un «nuevo mundo» quiere decir también que (como todo mundo que viene al mundo) toca otorgarle reglas. Internet no puede seguir siendo el salvaje oeste: una suerte de emporio anarcocapitalista sin más control que el de las leyes del mercado. En la medida en que las redes sociales han suplantado el espacio público han de ser tan legislables y supeditadas al interés común como aquel. Así que, más que prohibir el acceso a redes a niños y adolescentes (con las limitaciones debidas, tal como las que les ponemos cuando salen a la calle), de lo que se trata es de tener el coraje político para civilizar esas redes, enfrentando el poder de quienes se obstinan en no responsabilizarse de lo que han creado y en limitarse a seguir acumulando capital, información y poder. 

En este sentido, que algunos gobiernos europeos (entre ellos el nuestro) presionen para imponer una regulación común más estricta a los gigantes tecnológicos que comercializan redes o buscadores (a la par que se promueven redes propias – incluso de carácter semipúblico, ¿por qué no? – y un software libre sobre el que implementarlas) será siempre una muy buena noticia. Las redes no son malas en sí mismas (multiplican nuestra vida social, abren vínculos imposibles sin ellas, facilitan el diálogo, fomentan la creatividad…); de lo que se trata es de exigir transparencia en su funcionamiento y obligar a reformular sus algoritmos para que promuevan la responsabilidad (eliminando el anonimato), el diálogo plural o el manejo ordenado de información verificable. Sé que las soluciones aparentemente simples y tajantes enardecen a la gente; pero prohibir no solo no es aquí una panacea, sino que ni siquiera es eficaz. Es mejor regular y educar. Esto último es imprescindible. La educación en el uso experto, activo, crítico, seguro y ético de Internet y sus redes ha de ser parte consustancial de la formación básica de niños y adolescentes. De hecho, este es uno de los objetivos explícitos de la ley educativa; aunque esta se tope hoy con la vieja tendencia a creer que prohibir una conducta ya naturalizada equivale a hacerla desaparecer más allá de nuestro limitado campo de visión.

miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

jueves, 15 de enero de 2026

¿Qué va a hacer Vox con la educación?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).

Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)? 

¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?

En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?

Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en 

miércoles, 7 de enero de 2026

Los regalos del rey Trump

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Resulta un tanto sorprendente el revuelo provocado por la intervención de los EE. UU en Venezuela. La verdad es que propiciar transiciones de régimen o golpes de Estado, sustituir gobernantes díscolos por otros más sumisos, apropiarse de las riquezas ajenas, o repartirse el mundo en zonas de influencia, responden al modo de actuar habitual de todos los imperios que en el mundo han sido, tanto antes como ahora, incluyendo en el lote al «amigo americano» que, con más o menos disimulo, ha hecho siempre lo que le ha convenido en casi todas partes del mundo (con la diferencia, quizás, de que ahora también lo va a hacer en Europa, señal inequívoca de nuestra caída en desgracia y el lugar en el que va recolocándonos la historia).

Ahora bien, constatar que las cosas han andado siempre igual no quiere decir que debamos agachar (más aún) la cabeza. Todo lo contrario. El primero de los regalos que nos trae la obscena exhibición de poder militar (el único que le queda para no ser superado por China) del reyezuelo Trump, es el de darnos la ocasión de, frente al quintacolumnismo de la ultraderecha (Vox en España) promovida por Trump y Putin para acabar con la UE, traducir el miedo colectivo en una firme política común frente al unilateralismo tanto norteamericano como chino-ruso. Si algo tiene de bueno la retórica del nuevo emperador (la retórica de no andarse con retóricas) es que desvela el patetismo de la verborrea inútil de quienes prefieren escurrir el bulto y aguardar a ver qué pasa. La historia enseña lo conveniente que resulta anticiparse, y que ser manso con los tiranos no sirve más que para excitar su codicia.

Otro regalo del exhibicionismo de «poder duro» del inquilino de la Casa Blanca es su naturaleza cortoplacista. A diferencia del «poder blando», la violencia intimidatoria no seduce voluntades, y genera odio y rencor. Bien es cierto que gran parte de las reservas de poder blando (léase, de control económico del mundo) de los EE. UU se están evaporando al mismo ritmo que el dólar como eje financiero global, pero es que además los USA están despilfarrando de modo suicida el capital moral y cultural que constituía (junto a la hegemonía del dólar) la otra viga maestra del imperio: la agresividad y la manera humillante en que Trump está tratando a amigos y enemigos está rompiendo vínculos y relaciones de confianza, y dejando al poder americano en los huesos de la pura fuerza militar; un poderío militar colosal, pero que no es económicamente sostenible si EE. UU. no recupera la pujanza económica de la segunda mitad del siglo XX, algo que parece sumamente improbable.

Un tercer regalo de Trump (o del más cercano y peligroso reyezuelo Putin) es el de hacernos recordar que la soberanía y los derechos de los que gozamos no son una renta vitalicia ni una condición natural, sino una realidad política sin otra garantía que la de un poder firme que los sostenga. Por ello, nuestro mejor propósito de Año Nuevo debería ser el de abandonar la cómoda actitud del «ciudadano-cliente» acostumbrado a pagar para que alguien proteja su bienestar, y asumir que nuestro estatus no solo depende de un Estado fuerte y un arsenal bien surtido, sino también de una masa de ciudadanos informados, críticos, activos y comprometidos con la defensa de sus valores e instituciones. Ya tardamos en asegurarnos de que contamos con ambas cosas.

jueves, 1 de enero de 2026

Sueños húmedos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Como saben, hoy toca vencer la angustia apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas, pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida selección. 

Sueño que en el año que se viene se quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda 2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.

Elucubro lúbricamente que el año próximo, en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo, bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…

Igual estoy abusando, pero no dejo de alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la tarde con los amigos.

No sé qué más hace falta. Que los machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes lo sueñen bien.

lunes, 29 de diciembre de 2025

¿Y qué pasa si gana la derecha?

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


Parece claro que se avecina un nuevo ciclo político en el país, que es la forma elegante de decir que el poder va a cambiar de manos. Tampoco mucho, ya saben, porque, para bien y para mal, el poder, en un sentido profundo, no depende exactamente de a quién vote o deje de votar la gente, pero alguna diferencia sí que vamos a notar. Apunto alguna de las que se me ocurren.

Desde un punto de vista económico, la derechización del país supondrá una privatización de servicios públicos y una relativa bajada de impuestos, lo cual beneficiará a empresarios, propietarios y especuladores, pero no a la mayoría, que tendrá peores prestaciones sociales (por ejemplo, sanitarias). Por otra parte, una ultraliberalización del negocio inmobiliario provocará un acceso más complicado aún a la vivienda (que es donde más se invierte en este país). En el sector primario, una hipotética desburocratización de las actividades agropecuarias supondrá menos control de lo que comemos y más riesgo de epidemias; y una mayor restricción de las importaciones agrícolas, como piden las patronales del campo (añadida al previsible descenso de las subvenciones públicas por la bajada de la presión fiscal) significará una cesta de la compra significativamente más cara.

En cuanto a la cuestión migratoria, una vez en el poder, y dada la necesidad de mano de obra, probablemente no se tomen más que medidas cosméticas, a la vez que se minimizan aún más las ya casi inexistentes políticas de integración. El resultado será una población inmigrante similar, pero más estigmatizada y menos integrada. Un cóctel explosivo.

En el resto de ámbitos, los cambios son también previsibles: más dinero para la enseñanza privada (y mayor deterioro aún de la pública) y menos para políticas sociales (olvídense de ayudas a personas en riesgo de exclusión, fondos para la cooperación internacional, medidas efectivas contra la violencia de género o criterios de sostenibilidad que protejan las costas o el patrimonio natural de la rapiña urbanística); más desregulación del ecosistema digital controlado por las grandes compañías tecnológicas y más control policial de las calles (vean las barbas del vecino americano); más retórica nacionalista y menos cultura crítica; etc.

En cuanto a la izquierda, le viene bien que gobiernen la derecha, e incluso la ultraderecha. Para que esta pierda su aureola de partido antisistema (¿habrá sido el objetivo secreto del PP y el PSOE el regalarle a VOX una elecciones en Extremadura?) y para que aquella tenga tiempo de reinventarse. Porque ni se puede vivir permanentemente del «no pasarán», ni de moralinas y banderas que más que despertar pasiones las enconan y que, en todo caso, no mueven a la mayoría. Las bazas de la izquierda deben ser una racionalización de la economía que permita sostener un estado del bienestar más austero y comunitariamente orientado (evitando la «cultura del subsidio» e integrando sin complejos a la población inmigrante) y la apuesta por una gobernabilidad mundial que garantice el cumplimiento efectivo del derecho internacional y promueva un desarrollo sostenible y justo a medio plazo. Con esos objetivos y con un equipo de gente que no enferme de egolatría, la izquierda aún pueden soñar con ser una alternativa política real. A ver cuántas navidades hacen falta. Y digo navidades porque como sean «solsticios», van a ser infinitos. Ellos ya me entienden (o eso espero).

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Desarmar el belén

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza.


 El próximo 25 de diciembre (según la adaptación gregoriana del calendario latino, inspirado en el año solar egipcio y la división babilónica de horas y semanas) celebraremos la venida al mundo de Jesús, el Hijo de Dios para los cristianos. Ya saben, ese señor que por influencia irania nos imaginamos barbado y melenudo, y cuya vida y milagros tanto se parecen a los de una decena de dioses paganos. Tanto es así que se le hizo nacer el 25 de diciembre para que su natalicio coincidiera con los ritos solsticiales de la competencia. El resto, como suele decirse, es historia. Una historia creada a base de cosmopolitismo paulino, filosofía neoplatónica, estoicismo romano y el trabajo de un «think tank» de judíos helenizados emperrados en darle forma doctrinaria a las leyendas sobre el mesías de Galilea…

Pues bien, no pierdan comba, porque a todo este fabuloso invento del Belén y la Nochebuena vamos a sumarle, durante los próximos días, las reuniones en torno al «árbol de navidad» (rito importado del mundo anglosajón, como Halloween o el Black Friday), los atracones de turrón de Jijona (legado por los árabes), o el jugar compulsivamente a la lotería (invento de los mismos chinos en cuyos bazares nos proveemos hoy de todos los perifollos navideños). 

Por si esto fuera poco, tras la horterada televisiva del Año Nuevo y el correspondiente y afrancesado cotillón, nos dedicaremos a esperar que tres reyes magos orientales (uno blanco, otro asiático y otro africano, según la tradición medieval; aunque en América sumaron uno inca) nos cubran de regalos comprados en Amazon. Eso si antes no nos ha visitado también Papa Noel (o Santa Claus), un obispo griego nacido en Turquía, posteriormente ascendido a dios vikingo, al que los norteamericanos convirtieron en icono popular a finales del XIX.

No sé si me estoy explicando, pero miren que no hay una sola tradición humana (navideña o no) que no sea fruto del mestizaje cultural. ¡Y que tras todo esto que cuento (en esta hermosa lengua nacida del latín y bellamente contaminada, como todas, por cientos de lenguas más) vengan los de Vox a salvar las tradiciones patrias de la influencia extranjera – especialmente de la de sus abuelos los moros –! Es para mear y no echar gota. O lo sería si no fuera porque sus proclamas de barra de bar se parecen demasiado a la demagogia incendiaria responsable de deportaciones, pogromos, matanzas y genocidios por todo lo ancho y largo del planeta. Piensen en ello, por favor, antes de reírles las gracias en las urnas.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El sentido común de Vox

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hay que empezar por reconocer que el lema de la campaña extremeña de VOX, «Vota sentido común», es magnífico. Con él no solo te olvidas de que se trata de un grupo ultra y antisistema (¡uno de cuyos objetivos fundacionales era acabar con los gobiernos autonómicos!), sino que consigue que lo asocies a esa supuesta «sensatez apolítica» que valoran muchos ciudadanos hartos de que se confunda la política con el abuso partidista y sectario del poder. 

¿Pero qué nos quiere vender Vox bajo ese lema de campaña? Veamos. Su primera propuesta es «acabar con la corrupción» de los partidos mayoritarios, aunque no nos dice cómo. Se limita a pedir que creamos que, cuando ellos sean un partido mayoritario, no se van a corromper. Pero esto es fe, no sentido común (menos aún cuando sabemos que Vox ha sido sancionado ya varias veces por financiación irregular). 

Otras propuestas de Vox son derogar las «leyes ideológicas» y garantizar una «educación libre de adoctrinamiento». Pero tampoco está claro de qué va esto. ¿Van a eliminar, por ejemplo, la enseñanza de la «doctrina» católica en las escuelas? ¿Van a derogar todas las leyes inspiradas en alguna ideología política (es decir, todas, incluidas las suyas)? Lo dudo. 

También prometen (como todos los partidos) la mejora de las infraestructuras y los servicios públicos; pero tampoco aquí te explican de qué manera. ¿Cómo van a mejorar, por ejemplo, la atención sanitaria a la vez que bajan drásticamente los impuestos? ¿Privatizándola? ¿Eliminando inmigrantes del sistema de salud? ¿Incluirán en ese caso a los miles de médicos extranjeros que nos atienden en mutuas y hospitales? ¿Quién va a trabajar entonces en el campo, en la construcción o en la industria (al menos mientras las políticas de natalidad no surtan efecto y nazcan miles de españoles de pura sangre que, además, quieran poner ladrillos o recoger aceitunas)? ¿Es factible traer a los inmigrantes solo para trabajar y esconderlos luego, para que no «contaminen» nuestras costumbres? Todo esto no está claro.

Otro asunto es la regeneración de las zonas rurales. Vox insiste en proteger las tradiciones, la caza y rechazar el «fanatismo climático» y la burocracia medioambiental, pero los jóvenes no se quedan en los pueblos para poder cazar, la crisis climática (abrumadoramente avalada por la ciencia) es una amenaza real para nuestra tierra, y la burocracia (mejorable, sin duda) es un mal necesario para, por ejemplo, evitar corruptelas o epidemias masivas …

Yo no veo, en fin, que las propuestas de Vox sean de «sentido común»; son más bien ambiguas, simplonas y, si uno las piensa, bastante malas (o, como poco, muy discutibles). Otra cosa es que uno las vote sin pensarlo mucho o porque no quiera votar a los «mismos de siempre». Pero entonces el lema apropiado tendría que ser otro: «¡Vota sin darle muchas vueltas!», o «¡Prueba con nosotros!» … Pero no «Vota sentido común». Porque no lo tiene. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

¿Y qué tienen que ver los jueces con la justicia?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vivimos seguramente en uno de los países más legalistas del mundo, sin que eso signifique que sea el más justo (y ni siquiera el más seguro desde un punto de vista jurídico). No se sabe bien por qué, hemos creído que a más leyes más justicia, cuando una cosa nada tiene que ver con la otra: cantidad no implica calidad, aunque sí ineficacia, pues cuantas más leyes más difícil es aplicarlas, respetarlas o juzgar su incumplimiento.

Para corroborar esto basta asomarse a casi cualquier ámbito laboral, empresarial, educativo, político o cultural: la suma inextricable de decretos, órdenes, instrucciones y procedimientos normativos que reglamenta casi cualquier cosa que hacemos es de tal magnitud que, si quisiéramos respetar escrupulosamente la ley, tendríamos que dedicar años a desentrañar la maraña regulativa (multiplicada por el número de administraciones concurrentes) y, después, medir al milímetro cada paso que damos para no incurrir en falta; cosas ambas que, obvia y razonablemente, nadie – salvo los que dispongan de un abogado en nómina –  puede hacer.

Y ojo que si la descomunal cantidad de leyes con que confiamos resolverlo quijotescamente todo no dice nada acerca de la justicia, su ineficacia práctica sí. Cuando las personas corrientes (que somos más bien como Sancho Panza) no cumplimos con los incontables y enrevesados requisitos legales – porque es prácticamente imposible –, o lo hacemos solo superficialmente (para cubrir el expediente), y quienes vigilan o inspeccionan lo hacen solo por encima – porque saben lo que hay –, y los que juzgan lo hacen cuando pueden – es decir: a destiempo –, la arbitrariedad y la inseguridad jurídica campan a sus anchas, el cumplimiento estricto de la ley solo se exige como castigo para el que se sale del plato, y los juicios solo se celebran en hora cuando parece haber una motivación política de fondo.

Porque es tanta nuestra afición a las leyes, que incluso los problemas políticos se quieren resolver en los tribunales, como si los jueces fueran sabios maestros de la justicia y pudiéramos solventar las disputas ideológicas a golpe de sentencia. Pero los jueces son lo que son – simples expertos en la aplicación de la ley –, y la casuística normativa no nos libra (tan solo nos distrae) de dialogar políticamente acerca de lo que es o no justo. Diría, para variar, que la forma más efectiva de regular la convivencia no es la sobrerregulación legal, sino la mejora de la educación cívica y política; pero siendo hoy la educación pasto, como todo lo demás, de la hiperactividad normativa, pues… casi que mejor me callo.

Entradas por categorias

acontecimiento (1) acoso escolar (2) alienación (6) alma (7) amor (26) Antropología cultural (3) Antropología y psicología filosóficas (114) Año nuevo (6) apariencia (1) arte (60) artículos ciencia (9) artículos ecología (27) artículos educación (175) artículos educación filosofía (75) artículos educación religiosa (3) artículos estética (42) artículos Extremadura (8) artículos libertad expresión (17) artículos nacionalismo (9) artículos parasofías (3) artículos política (256) artículos prensa (70) artículos sexismo (24) artículos sociedad (48) artículos temas filosóficos (28) artículos temas morales (148) artículos toros (3) Ateneo Cáceres (21) belleza (4) bioética (13) Blumenberg Hans (1) bulos (3) Byung-Chul Han (1) cambio (1) carnaval (7) carpe diem (1) ciencia y religión (12) cientifismo (6) cine (2) ciudadanía (14) colonialismo (1) conciencia (7) conferencias (4) Congresos (2) constructivismo social (1) consumo (3) Conversaciones con el daimon: tertulias parafilosóficas (2) Correo Extremadura (49) Cortazar Julio (1) cosmopolitismo (1) creativamente humano. (1) Crónica de Badajoz (1) Cuentos filosóficos (21) curso 2017-2018 (1) Curso filosofia 2009-10 (1) Curso filosofia 2010-11 (47) Curso filosofía 2011-2012 (73) Dar el cante (5) Debates en la radio (3) decrecimiento (3) Defensa de la Filosofía (46) deporte (7) derechos humanos (1) Descartes (1) desinformación (4) Día mundial de la filosofía (3) diálogo (8) Diálogos en la Caverna (19) Didáctica de la Filosofía (8) dilemas morales (17) Diógenes (1) Dios (4) dispersión (1) drogas (4) dualismo inmanentista (4) dualismo trascendentalista (1) ecología y derechos de los animales (39) economía (25) Educación (289) El País (5) El Periódico Extremadura (390) El Salto Extremadura (1) eldiario (32) emergentismo (2) emotivismo ético (2) empirismo (2) enigmas lógicos (4) entrevistas (7) envejecimiento (2) Epicuro (1) Epistemología (15) escepticismo (1) escritura (1) Escuela de Salamanca (1) espacio (1) España (1) Estética (103) Etica (12) Ética (231) eurocentrismo (2) Europa (3) evaluación (1) Eventos (1) existencialismo (3) falacias (5) familia (2) fe y razón (8) felicidad (9) feminismo (34) fiesta (4) Filosofía (32) Filosofía de la historia (6) filosofía de la religión (17) Filosofía del derecho (5) Filosofía del lenguaje (11) filosofía fuera del aula (1) Filosofía para cavernícolas en la radio (15) Filosofía para cavernicolas. Radio. (1) Filosofía para niños (5) Filosofía política (361) Filosofía social (63) filosofía y ciencia (21) filosofía y patrimonio (1) filósofos (1) flamenco (9) Gastronomía (1) género (21) Habermas (1) Hermeneútica (1) Hipatia de Alejandría (1) Historia de la filosofía (4) Historietas de la filosofía (2) horror (4) Hoy (2) Humano (1) Humano creativamente humano (4) Humor (9) IA (1) idealismo subjetivo (2) ideas (3) identidad (6) ilustración (1) Imagen y concepto (8) inmigrantes (14) inmortalidad (1) intelectualismo moral (5) inteligencia artificial (11) Introducción a la filosofía (30) Juan Antonio Negrete (5) juego (3) justicia (7) Kant (4) laicismo (1) legalismo (1) libertad (7) libertad de expresión (23) libros propios (3) literatura (2) Lógica (10) Los Simpsons (2) Marx y marxismo (3) matemáticas (4) materia y forma (5) materialismo (14) Medios de comunicación (617) meditación (1) memoria histórica (3) mente (8) metáfora (1) miedo (7) mito de la caverna (2) Mitos (12) modernidad (9) monismo inmanentista (10) monismo trascendentalista (2) monstruo (2) movimiento (1) muerte (5) multiculturalismo (3) música (5) nacionalismo (22) natalidad (1) naturalismo ético (5) navidad (12) Nietzsche (3) nihilismo (2) nominalismo (1) ocio (1) olimpiadas (2) Ontología (52) orden (1) Oriente y Occidente (1) Paideia (3) pansiquismo (3) Paradoxa (2) Paradoxa. (1) parasofía (2) Parménides (2) PDFEX (11) pensamiento catedral (1) pensamiento crítico (10) Pensar Juntos (1) platonismo (18) podcasts (1) positivismo (1) postmodernidad (2) posverdad (1) pragmatismo (3) Presocráticos (2) problema mente cerebro (6) progreso (1) prostitución (5) psicopolítica (20) publicidad (2) público-privado (2) racionalismo ético (3) radio (5) rap (2) Red Española de Filosofía (1) relativismo (4) religión (31) respeto (1) Reuniones en el cavernocafé (28) Revista Ex+ (2) romanticismo (1) ruido (2) salud mental (1) Schopenhauer (1) Semana santa (4) sentido de la vida (7) sexismo (20) sexo (4) Sócrates (3) sofistas (2) soledad (2) solipsismo (1) Taller estética (6) Talleres filosofía (5) teatro (9) tecnología (18) Teología (7) terrorismo (6) tiempo (3) tolerancia (1) Trascendentalismo (6) turismo (3) utilitarismo ético (1) Vacío existencial (1) viajes (2) violencia (23)

Archivo del blog

Cuevas con pasadizo directo

Cavernícolas

Seguir en Facebook