Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento
histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales
informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con
el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva
era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y
hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de
invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas
políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un
drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo
efecto…
Tal vez sea que del mucho consumir
películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al
límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura
de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un
genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series,
videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos
noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de
Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho
común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo).
Si el mundo premoderno estaba habitado
por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo
moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era
del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional,
ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de
guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que
no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo
continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el
monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de
fútbol…
Es obvio que ochenta años de paz y un
estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es
solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este
otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump,
Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de
que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y
resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda
posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar
por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en
el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si
nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

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