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viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

jueves, 7 de mayo de 2026

Menos terapia y más amigos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Está de moda
«ir a terapia». Nos reíamos de los esnobs neoyorquinos hablando solos en un diván, o de la afición de los argentinos al psicoanálisis, y ahora al fin (con cincuenta años de retraso) estamos al mismo nivel. Si no quieres ser un don nadie (o un «boomer» casposo) has de ir a terapia. No necesariamente porque tengas un problema médico específico, sino, en general, para «cuidarte», para «estar emocionalmente en forma», para desarrollar determinadas «virtudes» (asertividad, resiliencia, inteligencia emocional…) y – sobre todas las cosas – para que alguien te escuche. Normal. ¿Quién va a escuchar gratis a un narcisista impúdico sin más inquietud que mirarse el ombligo emocional (el otro, el físico, ya nos lo miramos en el gimnasio)? Mucha gente va al psicólogo «porque» no puede ir más que al psicólogo (y entiéndase ese «porque» en los dos sentidos).

Ahora bien, ¿de verdad sirve la terapia para algo? Desde un punto de vista rigurosamente terapéutico, está todo tan psicopatologizado (no hay problema afectivo, moral, o hasta filosófico que la gente no confunda con un problema psicológico) que la terapia puede servir aparentemente para todo y (por lo mismo) para nada. Y en cuanto a lo de cuidar del «bienestar mental»  también tengo mis dudas: ¿quién es un psicólogo para decirte qué es estar bien o mal? La psicología es a lo sumo una ciencia, no una religión o un recetario moral.

Además, me temo que la terapia tampoco sirve realmente para que nos escuchen; al menos, no como nosotros queremos. Al psicólogo le pagamos para que analice nuestra conducta, no para que empatice, nos conforte y acabe debatiendo con nosotros sobre la conveniencia de nuestros actos. El psicólogo no es un amigo, ni debe implicarse emocionalmente con su paciente (eso nos enseñaban, al menos, en la facultad), ni puede convertirse en una especie de gurú que, so capa de tratar presuntos problemas de conducta, pretenda orientarla en función de determinados fines o valores.

No nos engañemos: lo que la mayoría de la gente necesita no son psicólogos, sino amigos. Amigos que nos escuchen, no por dinero, sino por interés genuino. No hay nada más «sanador» que saberse querido y escuchado de verdad por otros. Ni nada más inteligente que rodearse de amigos que nos conozcan y puedan, no solo aplaudirnos y apoyarnos (eso es fácil), sino ponernos amorosamente a parir cuando haga falta. 

Ahora bien, lo de tener amigos (que no sean una IA) tampoco es gratis. De hecho, es bastante más costoso que ir al psicólogo. Los amigos no se alquilan por horas; hay que ganárselos. Y para ello conviene ser una persona lúcida, crítica, honesta, divertida y, desde luego, tener inquietudes por algo que no sea el estrecho mundo de nuestras neuras, manías, complejos y emociones particulares. Quien los tenga, pues, que los cuide, porque los psicólogos abundan, pero los amigos están – como todo lo que no es monetarizable ni fiscalizable– en serio peligro de extinción.


sábado, 11 de abril de 2026

Elogio de la dispersión

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal.  Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?

Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?

Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente… 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Teriántropos

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


En casi cualquier tiempo y lugar las personas se han entendido a sí mismas como miembros de un todo social, político y religioso en el que ser humano consistía en pertenecer a tal o cual estirpe, gremio, iglesia o nación. Con esto, y con una vida inevitablemente cohabitada con los demás, bastaba para dotar de sentido a la existencia. Salirte de este tiesto, “ser tú mismo”, era considerado, literalmente, una 
«idiotez». Fue sin embargo esa idiotez la que nos hizo individuos modernos y autónomos. Hasta el punto de ser ella la que comenzó a marcar un nuevo criterio de normalidad: el de no ser alguien normal, el de la radicalidad impostada, el de lo heteronormativo como norma; muy especialmente entre esos niños aprendices de individuo que son los adolescentes.

Creo que un ejemplo (más) de todo esto son los chicos y chicas que se identifican como teriántropos o «therians» (humanos que se sienten animales), una de tantas subculturas surgida al calor de la afición a la ficción compartida en Internet y que, por algún motivo, se ha convertido ahora (surgió hace más de treinta años) en carne de bulo y tendencia entre adolescentes, unos disfrazados de animales y otros, la mayoría, ávidos – tras una lluvia de meses – de la vieja emoción del sacrificio y la caza. Nada del otro jueves. Hay veces – decían Neruda o Robe Iniesta – en que, cansados de ser hombres, caemos en las mismas otredades de siempre.

Porque ser idiota o persona (vienen a ser lo mismo) resulta agotador. Tal vez nunca hayamos estado los humanos tan obsesivamente preocupados por nuestra vida concreta y, a la vez, tan incapacitados para trascenderla y darle sentido. A nada se rinde hoy mayor culto que a la personalidad, sin casi encontrarle más fin o sentido que el simple placer de exhibirla. Contra esta nada narcisista se rebelan los hijos más jóvenes de una modernidad tan y tan líquida que habría que tirarse de los propios pelos, como el barón de Münchhausen, para poder escapar de ella.

De ahí el ansía nietzscheana de ser piel roja, de correr con los lobos, de creer en el Gran Espíritu (o en la Madre Patria), de agarrarse al tótem del buen salvaje (o a la lanza guerrera del Señor de las Moscas), de sumarse a la pitagórica transmigración de las almas, de jugar con el fuego heraclíteo de la guerra y el cambio, de bailar al son ilusoriamente liberador de un Dionisos ario o trans-especista, más puesto de bulos o juegos de rol que del vino aguado de los griegos… Todo sea por no ser nada que nos obligue a ser menos que un brumoso y magnífico elfo o un resolutivo guerrero de video juegos; todo por evitar definirnos como el pobre y disfórico habitante mortal de un mundo único y finito; todo por no tomarnos la pastilla roja de Matrix y despertar a una Tierra desolada y dominada por los amos de un mercado sin horizontes en el que, por un módico precio, sueñas cada día lo que quieres sin tener ni idea de por qué. Tal vez en un mundo humano, demasiado humano, solo nos queden el espejo deformante de un esperpento sin esperanza o la pura evasión irreflexiva (esa otra animalidad presentida) de la barbarie. Los más optimistas pensamos, en cambio, que tiene que haber formas de dibujarse a uno mismo que nos hagan ampliar (y no perder) la perspectiva. Y que en cualquier caso, puestos a ser idiotas, más vale sentirse zorro o bonobo que comportarse como un perro de presa.

 


miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

martes, 23 de diciembre de 2025

Desarmar el belén

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza.


 El próximo 25 de diciembre (según la adaptación gregoriana del calendario latino, inspirado en el año solar egipcio y la división babilónica de horas y semanas) celebraremos la venida al mundo de Jesús, el Hijo de Dios para los cristianos. Ya saben, ese señor que por influencia irania nos imaginamos barbado y melenudo, y cuya vida y milagros tanto se parecen a los de una decena de dioses paganos. Tanto es así que se le hizo nacer el 25 de diciembre para que su natalicio coincidiera con los ritos solsticiales de la competencia. El resto, como suele decirse, es historia. Una historia creada a base de cosmopolitismo paulino, filosofía neoplatónica, estoicismo romano y el trabajo de un «think tank» de judíos helenizados emperrados en darle forma doctrinaria a las leyendas sobre el mesías de Galilea…

Pues bien, no pierdan comba, porque a todo este fabuloso invento del Belén y la Nochebuena vamos a sumarle, durante los próximos días, las reuniones en torno al «árbol de navidad» (rito importado del mundo anglosajón, como Halloween o el Black Friday), los atracones de turrón de Jijona (legado por los árabes), o el jugar compulsivamente a la lotería (invento de los mismos chinos en cuyos bazares nos proveemos hoy de todos los perifollos navideños). 

Por si esto fuera poco, tras la horterada televisiva del Año Nuevo y el correspondiente y afrancesado cotillón, nos dedicaremos a esperar que tres reyes magos orientales (uno blanco, otro asiático y otro africano, según la tradición medieval; aunque en América sumaron uno inca) nos cubran de regalos comprados en Amazon. Eso si antes no nos ha visitado también Papa Noel (o Santa Claus), un obispo griego nacido en Turquía, posteriormente ascendido a dios vikingo, al que los norteamericanos convirtieron en icono popular a finales del XIX.

No sé si me estoy explicando, pero miren que no hay una sola tradición humana (navideña o no) que no sea fruto del mestizaje cultural. ¡Y que tras todo esto que cuento (en esta hermosa lengua nacida del latín y bellamente contaminada, como todas, por cientos de lenguas más) vengan los de Vox a salvar las tradiciones patrias de la influencia extranjera – especialmente de la de sus abuelos los moros –! Es para mear y no echar gota. O lo sería si no fuera porque sus proclamas de barra de bar se parecen demasiado a la demagogia incendiaria responsable de deportaciones, pogromos, matanzas y genocidios por todo lo ancho y largo del planeta. Piensen en ello, por favor, antes de reírles las gracias en las urnas.

miércoles, 29 de octubre de 2025

El acoso como institución escolar

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza

El acoso escolar no es un fenómeno nuevo ni aislado. Mucho antes de que existieran Internet y TikTok, a los chicos y chicas se les acosaba brutalmente en la escuela y en la calle. Es más: a algunos de esos niños y niñas a los que nos entretenía torturar (por ser mariquitas, feos, gordos, empollones, tartamudos, extranjeros, pobres, debiluchos, demasiado sensibles o excesivamente independientes) les continuaban martirizando luego en el colegio mayor, durante el servicio militar, en el trabajo o en las verbenas del pueblo. 

Porque el acoso escolar no es más que una forma particular de ese viejo y feroz mecanismo de cohesión social consistente en linchar al que es distinto o no agacha lo suficiente la cabeza. Sacrificar al otro, al diferente, al monstruo, a la bruja, al hereje sirve para homogenizar y disciplinar al grupo, eliminando diferencias perturbadoras y mostrando lo que le pasa al que no es – o no se somete – como los demás. Al fin, nada nos une visceralmente más que fustigar, odiar y apalear juntos; eso y el pánico atroz a convertirnos en la próxima víctima.

¿Tendría que estar la escuela libre de este poderoso sistema de control social? Depende. Si la entendemos como mero instrumento de reproducción del «statu quo», la respuesta es rotundamente negativa, y la escuela ha de concebirse, ella misma, como un enorme mecanismo de acoso escolar en que los maestros ningunean la voluntad de los niños a golpe de disciplina cuartelera, humillando públicamente a los que no se ajustan a los estándares académicos o sociales, mientras que los matones de clase hacen lo propio con las normas mafiosas y no escritas que sostienen la estructura social.

¿Puede la escuela ser algo distinto a una institución diseñada para el acoso? Desde luego. Si en lugar de un instrumento de reproducción de los valores imperantes (básicamente, los de la vida entendida como un juego cruel de ganadores y perdedores para el que hay que endurecerse y aprender a pelear, vencer y humillar a los demás) se convierte en un medio de transformación colectiva que cambia la disciplina ciega, la intimidación, la competitividad y la evaluación obsesiva, por el espíritu crítico, la autonomía, la cooperación y la responsabilidad personal. En otro caso, darán igual las charlas, los talleres, los protocolos y los psicólogos; el acoso escolar seguirá siendo una manera más de imbuir en niños y niñas que la vida es una jungla en la que hay que aprender a pisar para no ser pisados, marginar para no ser marginado y hundir a otros en la miseria para triunfar y ser el tipo poderoso que deberíamos aspirar a ser. Piensen en cómo funciona el mundo, y en la pléyade de tiburones, piratas y matones que lo dirigen, y se harán una idea cabal de la bestia acosadora y omnipresente que tenemos delante.

 

miércoles, 13 de agosto de 2025

Educación y mestizaje

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


 Lo primero que les pregunto el primer día de clase a mis alumnos es quiénes son. La mayoría comienza diciéndome cosas tan extravagantes como su nombre u ocupación actual; como si no pudieran llamarse de otro modo o dedicarse a otra cosa. Otros, poseídos por la mitología del género, me dicen muy serios que son varones, mujeres o vete tú a saber; como si las personas no pudiéramos ser tales más allá de nuestra condición genética y cultural. Y otros, más patriotas, proclaman que son españoles, ahí es nada; como si no se pudiera pasar de la tribu y probar otras costumbres, vivir en otros lugares, hablar otras lenguas y creer en otros dioses … sin dejar de ser lo que somos…

Si es que tal cosa es posible, pues todo lo dicho encierra una invencible paradoja filosófica: ¿cómo mantener el más mínimo asomo de identidad si todas las propiedades que nos definen son variables y accesorias? El viejo filósofo Parménides decía que las cosas que cambian no pueden ser nada. Y Heráclito el Oscuro afirmaba que lo único que no cambia es que todo está cambiando. Tal vez sea esta imposibilidad lógica de «ser» la que haga que la gente se agarre a cualquier ilusión de inmovilidad – el nombre, el oficio, el género, la patria, la lógica... – como si no existiera un mañana que lo deshiciera aparentemente todo.

Ahora bien, ¿tan terrible es el cambio? ¿Es que no hay cosas que cambiar y mejorar? Imaginad – les digo que dice otro filósofo – que no fuéramos más que el deseo de esa identidad y plenitud que nos falta. ¿No nos lanzaríamos entonces a buscarnos en todo lo que difiere y divierte, a ver si en el encuentro con lo diferente y «otro» logramos cambiar y reconocernos más íntegros y mejores? Si no creyera en esta posibilidad – les confieso – cambiaría de oficio, pues qué otra cosa es educar sino celestinear ese encuentro…

Es por esto que la demagogia de algunos sobre la necesidad de «proteger los usos y costumbres españolas» frente a los inmigrantes es no solo falsa (las «costumbres españolas» – las buenas y las malas – están de moda, y en absoluto amenazadas) e incongruente (no hay uso, costumbre, lengua o religión «españolas» que no sea fruto del mestizaje con otras culturas, entre ellas la islámica), sino también patética, en cuanto ensalza el «pathos» del miedo al «eros» del encuentro con lo que nos saca de nuestras casillas y nos empuja a crecer.

Pero ojo, esto no quiere decir que no sea igual de incongruente y patético sacralizar los usos, costumbres o valores de los inmigrantes. Hacer comunidad y facilitar un encuentro fértil e integrador entre culturas exige derribar usos, costumbres, prejuicios, dogmas y guetos – sean de quienes sean – que impidan la convivencia real, esto es: el intercambio libre y honesto de ideas. Y esto exige que quienes vivan o lleguen a nuestro país acepten, como cualquier otro ciudadano, las condiciones necesarias de ese encuentro: dominar un idioma común, aceptar el cuestionamiento de las propias creencias, abrirse a participar en la búsqueda de acuerdos, rechazar toda posición dogmática, tolerar las ideas contra las que aún no se logrado (con)vencer a los demás, y no admitir en el diálogo y la interacción con otros más fuerza que las de los argumentos (y, en su defecto, la de las leyes). Si estamos todos bien educados en esto, ya pueden pasearse por la calle todos los que quieran y quepan, por diferentes que nos parezcan. Los presuntos privilegios que tememos perder por su culpa nos serán recompensados con ese fértil mestizaje que nos va haciendo ser aquello tan problemático que somos.


miércoles, 11 de junio de 2025

Subcontratar el alma

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Cuando era adolescente me sobrevenían unas pájaras espirituales de padre y muy señor mío. Hasta llegué a consultar a una psicóloga que, sabiamente, me recomendó leer a Hegel (¡qué psicólogos aquellos que aún estudiaban filosofía!). A las pájaras les llamaba Tormentas Mentales Inenarrables (TMI, les puse hasta siglas). Las TMI eran de temer. Te dejaban varios días (a veces semanas) fuera de combate, con el castillo de naipes de tus convicciones tirado por los suelos y hecho un lío absoluto. Esto, para un adolescente en busca de sí mismo que, entre otras cosas, tenía que exhibir opiniones y actitudes firmes para simular ser alguien, era una auténtica tragedia. Tragedia que intentaba soportar escribiendo – es decir, intentando que la cosa fuera un poco menos inenarrable de lo que era –.

Sentarse a escribir no es un lujo superfluo, ni una simple manera de producir textos, sino una condición para categorizar y organizar el mundo con la complejidad necesaria para prever mínimamente (y curarse de) sus asaltos y sobresaltos. Escribir es comprender. Al fin, la realidad es lo que interpretamos como tal, no a partir de los datos, sino incluyendo a los datos, que no son más que la interpretación de lo que vemos.  Y toda esta interpretación está mediada por el lenguaje. De hecho, filósofos hay que afirman – como el Evangelio de Juan – que el mundo entero es verbo, lenguaje, habla… Y a ver con qué palabras les dice uno que no…

¿Quiero esto decir que los analfabetos, la gente que es incapaz de articular un párrafo, comprende peor las cosas? Depende. Es posible que en culturas en las que oralidad está sumamente desarrollada, el habla (íntima o compartida) pueda generar un espacio de trabajo mental similar en extensión y posibilidades a la escritura (aunque la interpretación del mundo que muestran algunas culturas ágrafas parece, en general, bastante estereotipada y conservadora). Pero en entornos como el nuestro – sin asomo ya de tradición oral – no saber expresarse por escrito, o no tener el hábito de hacerlo, equivale a afrontar desarmado y a pelo la complejidad de la cosas y de la vida.

Una de las consecuencias más obvias del uso de la IA es la de incrementar este analfabetismo funcional. Subcontratar el alma y dejar que las máquinas (más allá de los libros, que se limitan a prestarnos pensamientos de otros) escriban y articulen la información por nosotros, nos vuelve inevitablemente más bobos, en cuanto perdemos el hábito de interpretar y organizar interiormente lo que pasa y lo que nos pasa. La única esperanza que tengo es que llegue el momento en que no seamos capaces ya de comprender ni el resumen adaptado que nos prepare la IA, entremos en fase de TMI aguda, y necesitemos volver a escribirlo todo de nuevo. Tal vez no llegue nunca a ocurrir, nos volvamos imbéciles del todo, y las máquinas, como hijas nuestras que son, tomen justa y definitivamente el mando. Pero en ese caso lo tendremos bien merecido.

sábado, 7 de junio de 2025

Morir de amor 3.0

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Todos hemos podido y querido morir de amor durante la adolescencia. ¿Pero por un avatar? Hace unos meses un chico de catorce años, residente en Orlando (USA), le propuso tiernamente a su amada virtual – un
«chatbox» creado por inteligencia artificial con el aspecto de Daenerys Targaryen, la protagonista de Juego de Tronos –, que se reunieran en «casa», tras de lo cual tomo un revolver y se pegó un tiro.

La madre del chico puso recientemente una demanda a la empresa de juegos de rol que facilitaba esta suerte de romance, aunque lo cierto es que aquella avisaba regularmente a sus usuarios (tal vez no con toda la contundencia necesaria) de que los personajes con los que trataban eran virtuales y no reales. ¿Es la empresa responsable del suicidio? ¿O fue este el efecto de una suma fatal de circunstancias y acontecimientos mucho más complejos?

Por de pronto, ¿es imprescindible que sea real aquello que te hace «morir de amor»? ¿Qué significa «real» en un contexto amoroso? En este, como en todos los tiempos, el objeto de un enamoramiento furibundo es a veces más ideal que real. Y no pocas veces completamente engañoso. Los mitos, la literatura romántica o la mística religiosa están repletas de muertes, suicidios y mortificaciones en virtud de amores imposibles de satisfacer en este mundo. La empresa que procura intercambios virtuales con esos atractivos engendros no es, pues, la responsable de estos enamoramientos trágicos, sino solo el marco novedoso en que acontecen ahora.

 Otro factor a tener muy en cuenta es la situación actual de las nuevas generaciones. El incremento de problemas mentales no es una milonga, ni fruto de la debilidad de carácter. El mundo siempre ha sido más o menos brutal, pero el que se les muestra hoy a los jóvenes es especialmente incierto y solitario. La mayoría de ellos está convencida de que entrar al mercado de trabajo será cada vez más difícil debido, entre otras cosas, a la inteligencia artificial; la mitad cree que tendrá que mudarse por el cambio climático; y muchos otros dudan seriamente (y con razón) de que vayan a poder disfrutar de un jubilación como la de sus abuelos. A esto, y a las torturas propias de una adolescencia prolongada hasta los treinta años, se le suma la ruptura de vínculos reales propia de un universo cultural en el que priman el exhibicionismo narcisista y la experiencia aislada del mundo.

Todo esto no justifica nada, pero ayuda a comprender y a evitar casos como los del chico de Orlando. Exigir mayores medidas de protección de menores a las empresas tecnológicas está muy bien. Pero esto puede ser una cortina de humo que oculte los verdaderos problemas y las soluciones – de mucho mayor calado político – que deben articularse: la restauración del pacto intergeneracional, un compromiso más contundente contra el cambio climático y por último, pero no menos importante, una buena educación ética y en valores que nos ayude a dominar adicciones, reorientar la convivencia, y afrontar de una forma más madura y constructiva los avatares del amor.

 

miércoles, 7 de mayo de 2025

Ver a la gente dormir

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Nuestros abuelos y abuelas tenían el alma y el cuerpo atados al trabajo. Con trece o catorce años estaban ya bregando en el taller, la casa o el campo, por lo que a la mayoría no les daba la vida más que para ir tirando, sin tiempo para desarrollar cuitas, dudas, disquisiciones íntimas o problemas mentales. Solo unos pocos disponían del tiempo libre suficiente como para «darle a la cabeza», actividad para la que contaban con sólidas creencias religiosas o – los más exquisitos – con un poso de cultura humanística y filosófica (transmitido en la educación media) con el que afrontar el maremágnum mental que nos asalta a todos en cuanto nos libramos de las urgencias cotidianas.

Pero en apenas un siglo las cosas han cambiado mucho. La gente trabaja menos y vive más; tiene más tiempo para pensar, para hacerse preguntas y para percibir la inconsistencia y arbitrariedad de las respuestas que tenemos a mano. Con el agravante de que ya no dispone de los dogmas religiosos o la rigurosa formación humanística y filosófica con que se contaba antes para orientar u organizar la siempre compleja experiencia psíquica.

A esta ausencia de referentes firmes o de brújulas culturales, se le suman el tsunami de sobreestimulación desorganizada (y, a veces, hiperespecializada y críptica) en que se ha convertido la información; la pérdida de espacios comunitarios en los que compartir reflexiones de forma franca y sin exhibicionismos mediáticos; la «autoexplotación» mental a la que nos sujetamos para generar y difundir constantemente resultados estandarizables; o la inestabilidad y movilidad acelerada a la que sometemos nuestra propia vida personal…

¿A quién puede extrañar, pues, la eclosión actual de desórdenes mentales? Tanto es ese desorden que nos agarramos a casi cualquier producto ideológico que parezca firme y consistente (la demagogia de ciertos comunicadores estrella, la cháchara esotérica de terapeutas «alternativos», o las proclamas fascistoides de los líderes populistas). 

Pero fíjense que a veces no hace falta mensaje ideológico alguno. Me enteré hace poco de que hay miles de internautas enganchados a contemplar durante horas vídeos de gente haciendo tareas rutinarias como estudiar, limpiar, hacer maletas… ¡o incluso dormir! Se llama, esto último, sleep streaming, y está marcando tendencia...

¿Qué se busca con estas nuevas filias? ¿Evadirse de un modo más realista? ¿Relajarse contemplando la repetición hipnótica de ciertos gestos o reacciones humanas, como hacen los niños? ¿Evitar novedades que nos obliguen a reorientar nuestras ideas, como hacemos los mayores? ¿O más bien introducir un mínimo de orden y concentración en cabezas incapaces ya de rezar o pensar con un mínimo de confianza, orden o rigor? Igual son «cosas de viejo», pero me parece estar presenciando a una multitud cada vez mayor de personas sin más recurso para «domar» esa invencible fiera que es la mente que el mando a distancia o el pulgar con el que pasar de un vídeo a otro en el móvil. ¿Nos estaremos volviendo realmente locos? 

miércoles, 30 de abril de 2025

Eclipses

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Los antiguos consideraban a los eclipses como a una señal funesta que preludiaba mil desgracias y especialmente el fin de los tiempos. Había quienes, dotados con la luz del conocimiento, sabían predecirlos, pero callaban por temor a ser acusados de brujos y condenados a proporcionar luz desde la hoguera.

La luz – o, si quieren, la energía – lo es todo. Tanto en los cielos como en la tierra. La luz refiere a la divinidad en todas las religiones. Y en filosofía encarna imaginariamente al Ser mismo y a sus atributos principales: la Verdad, la Bondad y la Belleza. La luz nimba la cabeza de los sabios y de los santos, y es aura de alegría y belleza; gobierna la inteligencia y las emociones. Reparen, si no, cómo nos cambia el estado de ánimo cuando se acumulan los días sin sol, o incluso cuando entramos en un edificio o calle mal iluminados.

Pero la luz no es solo signo de lo más alto o modélico, sino también objeto-símbolo principal en la caverna del mundo, en la que adopta la figura del fuego, fuente y representación del poder técnico que el titan Prometeo robara para nosotros a los dioses. El fuego gobierna en la caverna como análogamente hace el sol en el cielo. En el símil platónico sirve para fabricar el teatro de imágenes en el que vivimos. Hoy equivaldría a la luz eléctrica, incluyendo esa luz oscura que recorre los circuitos de nuestro tecnológico mundo alimentando constantemente el espectáculo que llamamos «realidad».

Pero fíjense que, pese a todos los gigavatios que llevamos de ventaja, basta un chispazo imprevisto y enigmático para desequilibrarlo todo y volver casi de golpe al paleolítico. Hoy, como provocaban antaño los eclipses, los apagones generan conductas de pánico, proliferación de profetas y grupos de compadres compartiendo las ideas conspiranoicas más estrambóticas. Falta el elemento capital del chivo expiatorio, que para unos – cómo no – será el malvado Sánchez, para otros serán los rusos, y para otros Trump, o el feroz capitalismo, encarnado en las pérfidas compañías eléctricas, o incluso, como en los viejos tiempos (bulos ha habido al respecto), los infieles, sean terroristas musulmanes o pérfidos judíos. Nada nuevo bajo la luz del sol. 

Eso sí, a falta de más datos, hay que subrayar y celebrar dos cosas. La primera es que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares (recuerden los saqueos y crímenes que se producen durante los apagones en ciertas urbes de los Estados Unidos), aquí no ha pasado nada espacialmente malo — ¡y miren que se ha ido la luz en todo el país! – ; todo lo contrario, la gente ha demostrado un espíritu cívico y solidario dignos de admiración. La segunda es que, por suerte, la tan cacareada transición digital sigue siendo de momento reversible, y la gente aún guarda -- además de una radio a pilas y algo de calderilla -- la sana costumbre de salir a la calle, hacer corro con extraños de carne y hueso, organizarse, preocuparse de los vecinos y echar una mano en lo que haga falta. Benditas sean la luz del sol, lo analógico y las analogías.

 

miércoles, 16 de abril de 2025

Teoría urgente de la conciencia

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Para alertarnos de cómo nos engañan a través de la tecnología, el filósofo y editor Andrea Colamedici ha publicado un libro en el que engaña a sus lectores usando la tecnología. El libro se llama
«Hipnocracia», está firmado por un autor de pega (un tal Jianwei Xun, que no existe más que virtualmente) y ha sido escrito con ayuda de dos sistemas de inteligencia artificial.

¿Se puede educar contra el engaño engañando? Por supuesto. Cuando la forma de la fábula «dice» lo mismo que sus personajes (o lo contrario, de forma irónica), la moraleja es doblemente efectiva. El engaño esclarecedor de Colamedici contribuye además a despertarnos a esa forma superior de consciencia por la que, más allá de darnos cuenta de lo que nos cuentan, nos percatamos de la entidad fabuladora e igualmente manipulable del propio contar. Es aquello de que «el medio es (también) el mensaje», como diría McLuhan.

Pero es que además: ¿nos engañan realmente cuando nos venden el libro de un autor ficticio o escrito con inteligencia artificial? ¿Por qué? ¿Cuándo no es un autor (o cualquiera de nosotros) una ficción auto inventada? ¿O en qué se diferencian realmente una creación humana de la de una inteligencia artificial? Se me dirá que en el caso del autor «real» (por muy «personaje» que sea) y de la creación humana (por mecánicamente que se haga) interviene una consciencia, esto es, un sujeto con intenciones, cosa que no ocurre con las ficciones puras o con la inteligencia artificial. ¿Pero es esto cierto?

Sobre la conciencia hay muchas teorías – la mayoría filosóficas, claro, pues fenómenos como la subjetividad o la intencionalidad no son observables –, pero hay algunas que resultan incompatibles con la ingenua distinción que solemos hacer entre humanos, máquinas y seres de ficción. Así, para algunos, la conciencia y la identidad humana son un producto virtual del lenguaje y del proceso de socialización por el que nos acostumbramos a replicar interiormente el diálogo social que mantenemos, desde pequeños, con quienes nos enseñan – o «programan» –. Ahora bien, ¿qué impide qué sistemas de IA puestos a dialogar entre sí o con personas sean capaces de replicar ese diálogo por sí mismos, generando virtualmente un centro de gravedad narrativa al que llamar «yo» o «tú» y a los que el propio sistema adscriba intencionalidad o agencia?

Otros filósofos y teóricos de la mente objetarían que la subjetividad consciente, además de un producto virtual del lenguaje, es un modo peculiar de «sentirse» el organismo a sí mismo, pero esto topa con el problema, no menor, de saber en qué consiste toda esa complicada fenomenología mental que llamamos «sensaciones» y «emociones». Si la reducimos a fenómeno neuroquímico, no se ve qué es lo que impide que un proceso físico (tal como lo es una máquina) se vuelva lo suficientemente complejo como para generar procesos químicos. Y si introducimos factores no físicos (psicológicos, culturales…), volvemos al lenguaje y a las identidades narrativas, dominio en el que las máquinas de IA parecen ser cada vez más competentes. ¿Lo serán hasta el punto de pasar de «parecer» a «serlo»? Seguiremos discutiéndolo. Tal vez con ellas, como parece que ha hecho ejemplarmente este supuesto Colamedici.

 


miércoles, 26 de febrero de 2025

Miedo y felicidad

Ilustración de María Tilos
 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Me escribía el otro día una buena amiga, recién agraciada con un nieto, para confesar que estaba completamente aterrorizada. Ahora no solo temía por sí, me decía, sino por ese otro e indefenso ser que traspasaba su existencia. Algunos padres suelen decir que no hay congoja mayor que la que sienten ante cualquier riesgo, real o imaginario, que puedan correr sus hijos. Parece que el amor es indesligable del horror, nunca suficientemente bien disimulado, a lo que les pueda pasar a las personas que quieres.

No es extraño. El miedo es la clave de bóveda de nuestra vida psíquica y social. No solo el miedo a «no ser» (raíz de todos los demás), sino también, como le ocurre a mi amiga (y a todos), el miedo a «ser», es decir, a concretar nuestra vaporosa existencia en algo (un hijo, un amor, una obra, una verdad…) igualmente susceptible de destrucción, daño, error o fracaso.

Junto al miedo al «no ser» de los seres que queremos o creamos, está el miedo a la propia muerte, al hecho increíble de nuestra propia desaparición. Y esto a pesar de que los más luminosos filósofos nos demuestren su imposibilidad metafísica o lógica, o la transformen en acicate para – justamente – querer, crear y creer más allá de lo que parece posible.

Pero tal vez peor que el miedo a morir está el pavor a esa otra forma de «no-ser» que es la irrelevancia social, la soledad forzada, el silencio poblado del eco de nuestra sola voz. Un miedo a ser un don nadie que, en el fondo, no es más que la forma más soportable del terror a la insignificancia absoluta, esto es, a la certeza de nuestra completa inconmensurabilidad con una realidad que, si uno la piensa (pensar requiere valor), parece completamente inefable y absurda.

Tantos y tan terribles son nuestros miedos, que hemos poblado nuestra cultura de figuras monstruosas (brujas, herejes, pervertidos, extranjeros, enemigos…)  para descargar en ellos, como si fueran un pararrayos, todos los terrores que barruntamos de forma imprecisa, mientras que para los más concretos (el abandono, el hambre, la violencia…) nos hemos constituido en comunidad política, al precio de mantener ese otro miedo (más soportable) a la violencia del poder – o a no estar a la altura de su expresión idolatrada y totémica –.

No hay ganancia en felicidad y libertad, dicen también los filósofos, que no dependa de la liberación de todos estos miedos: un alejamiento del poder y de los ídolos, una visión crítica de las convenciones sociales, un no pensar en lo que «no es» (empezando por la muerte), y una cuidadosa huida de pasiones y apegos. Claro que todo esto no es siempre posible y para algunos supone poco menos que renunciar a vivir. O tal vez resulte que no haya cosa que nos dé más miedo que dejar de tenerlo. A saber. Atrevámonos a pensarlo.

miércoles, 29 de enero de 2025

Hacerse el muerto

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Cada vez conozco más gente que
«hace meditación», lo que en algún momento me hizo albergar no sé si la esperanza o el miedo de encontrarme hablando de cosas profundísimas en los ascensores o en los pasillos del super. ¡Pero qué va! Resulta que ahora «meditar» consiste en dejar de pensar o, como esto no es posible estando vivo, en pensar en nada como si estuvieras muerto. Cuanto más concentradamente pienses en nada – te dicen – más preparada estará tu mente para pensar en todo. Aunque sobre esto último (que es lo que importa) no te dicen tampoco nada.

No me extraña que se detecten cada vez más problemas mentales, especialmente entre los jóvenes. Se les enseña de todo, pero muy poco a meditar de verdad. A estos jóvenes (y a los no tanto) se «les va la olla» no porque sean especialmente delicados o estúpidos, sino porque les falta cartografía filosófica para organizar las ideas más allá del torrente de datos, mensajes, historias e imágenes con que se les abruma constantemente, hasta el punto de que lo único que se les ocurre es cerrar los ojos y «meditar», como si dejando de pensar fueran a estar menos fuera de sí.

Es difícil imaginar una época en la que la gente haya sido más bombardeada con todo tipo de estímulos sin que, a la par, se le haya transmitido una capacidad igualmente excepcional para filtrarlos (la mayoría son prescindibles), deconstruirlos, o integrarlos en un todo sistémico desde el que comprender y orientarse en el mundo.

Pero no es imposible. Imaginen que en vez de «meditar» en nada la gente pagara por pasarse la tarde aprendiendo a distinguir de modo crítico lo real de lo aparente, lo ideal de lo mundano, lo sustancial de lo accidental, el todo de sus partes, la causa de sus efectos, el conocimiento de la opinión, la verdad de su método, el diálogo de la retórica, lo moral de lo legal, la justicia del negocio, el juicio objetivo del ladrido, la acción de la pasión, o el compromiso crítico del activismo identitario y gregario…

¡El mundo sería otro! Pero para eso hay que pensarlo, claro. Porque no se trata de pensar menos o en nada – como predican los gurús de la «meditación» – sino de pensar más (y mejor) en todo (y del todo). Sin darle vueltas a la piezas del puzle, la realidad es un caos invivible, y lo único que cabe hacer es volverse tarumba, darse a las pastillas o descarrilar por vías desesperadas y extremas que proporcionen un último e ilusorio amago de integridad intelectual y moral. Bueno, eso o «meditar» y hacerse el muerto para siempre.


miércoles, 8 de enero de 2025

El perfume de la libertad

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Imagine que curioseando en una librería de viejo encontrara una biografía anónima titulada con su nombre, y que al leerla comprobara, atónito, cómo describe no solo cada detalle de su vida, sino también el infarto que le da justo el día en que encuentra una extraña biografía titulada con su nombre y acaba por comprobar que su muerte estaba escrita…

¿Es verosímil esta historia? ¿Sería posible encontrar un libro así? En un fabuloso cuento de Borges (La biblioteca de Babel), el autor imagina el universo entero como una inmensa biblioteca en la que los humanos andan peregrinando en busca de «El Libro» que les explique su propia vida. Tal vez sea imposible, porque la biblioteca parece infinita, pero tal vez no, porque si en ella están todos los libros posibles, ha de estar también aquel que describe exactamente cada una de nuestras vidas (y muertes), todas encerradas en esa misteriosa secuencia que va de la A a la Z.

¿Todo está, entonces, escrito? No es nada fácil contradecir esta hipótesis. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se prevé el paso de un cometa por el firmamento. O, como diría un teólogo: tal como prevé un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse aquí: si la libertad fuera hija del azar tampoco seríamos libres, o no más que la ruleta de un casino…

Pese a todo, difícilmente vamos a renunciar a la creencia en el libre albedrío. ¡Imagínense! ¡Tendríamos que echar abajo todo nuestro sistema legal y moral! ¿A qué malvados íbamos a juzgar y castigar si nadie pudiera hacer más que lo que está escrito? ¿A qué mantener Iglesias y consultorios psiquiátricos si no existieran la culpa y el remordimientos? ¿A quién íbamos a dar medallas si la voluntad no fuera libre para hacernos «triunfar» o «fracasar»?

Eso sí: de esa libertad a la que nos agarramos como lapas no tendremos nunca más que una sensación esquiva, un sutil olor, una canción pegadiza o un anuncio televisivo, como el de esos coches que cruzan el atardecer por milagrosas carreteras solitarias, o esos perfumes que incitan a volar como pájaros (como si los pájaros no fueran presa de su instinto) o a bailar como bacantes (como si ser presa de una pasión tuviera algo que ver con ser libres). Lo dicho: si quieren saber lo que es la «libertad», pregúntenle a un publicista. Así debe ser como está escrito.

 

jueves, 12 de septiembre de 2024

Acallar a las mujeres

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.

No hay nada peor para hundir a alguien que negarle la palabra, dejársela en la boca, no dirigírsela u oírla como el que oye llover. Diría que hasta es preferible, como mal menor, que te griten o te insulten. Quien te insulta no niega al menos tu humanidad (todo lo contrario: la reafirma como aquello que en un sentido u otro le interpela), mientras que quien te retira la palabra te convierte en un mueble, un espectro, en un cero absoluto a la izquierda.

Prueben a pensar (o a recordar) lo que se siente cuando nos ignoran o marginan en una conversación, nos niegan la posibilidad de explicarnos en asuntos que nos conciernen o nos impiden ejercer el derecho a réplica. La experiencia es humillante, hasta el punto de que uno llega a rumiar durante mucho tiempo el dolor y la rabia por verse ninguneado en algo tan vinculado a la propia identidad como la manifestación pública de lo que se cree o piensa.

Ahora bien, si marginar o ningunear al que desea expresarse nos parece algo tan vejatorio, piensen lo que sería si le prohibieran lisa y llanamente hacerlo. ¿No les parecería algo insoportable? Pues esto mismo es lo que han de sufrir las mujeres afganas tras la última ley de los fanáticos que las gobiernan; una ley por la que se les prohíbe no solo hablar, sino hasta el mero uso de su voz en lugares públicos – a no ser a petición y con el permiso de sus «amos», se entiende –.

Es cierto que para ser individuo basta con hablar con uno mismo, algo que puede hacerse en silencio, pero para ser una persona plena – y no digamos un ciudadano digno – es imprescindible el uso público de la palabra; solo así nos reconocemos mutuamente, analizamos objetivamente los problemas, dilucidamos de forma dialogada los asuntos que nos importan y nos unimos en el desahogo y la risa, la seducción y el goce, la protesta colectiva o la creación compartida… Sea en el lenguaje que sea, sin ese «logos» común – que decían los griegos – no somos más que una célula aislada, un monólogo idiota que no lleva más que a la alucinación y la locura. 

Y a esta locura y negación radical de la personalidad es a lo que conduce la última medida de los talibanes, decididos, fetua tras fetua, a convertir a las mujeres en silenciosas esclavas al servicio de los varones. Aunque esto no solo es cosa de talibanes, todo hay que decirlo. Lo que representa de modo radical el régimen afgano puede observarse con menor intensidad (o mayor sutileza) en todos aquellos lugares en los que se margina a las mujeres de los escenarios de representación y decisión colectiva.

Y ante todo esto lo último que debemos hacer es callarnos. Dicen los filósofos que el mal radical es la voluntad de querer la nada; pero no es mucho mejor ese nihilismo depresivo que opta por no hacer ni querer nada. Hay que exigir que se reconozca como crimen contra la humanidad el apartheid de las mujeres en Afganistán, obligar al gobierno talibán a dar cuenta de sus crímenes, y facilitar toda la ayuda posible a las miles de afganas exiliadas. Y hace falta también mirar alrededor en busca de esas otras mujeres invisibilizadas y enmudecidas por violencias mucho más cercanas a nosotros. Y para encontrarlas solo hay que hacer una cosa: dejarlas hablar.

 

 

miércoles, 17 de julio de 2024

Juegos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Decía Ortega y Gasset que la vida no tiene más sentido que el de un gigantesco espectáculo deportivo. Vistas
«desde dentro», y sujetas a las reglas que inventamos, las cosas cuadran, existen medios y fines, la gente se entrega, sufre y goza hasta lo indecible. Visto «desde fuera», objetivamente, es algo completamente arbitrario, un simple juego ante el que cualquier asomo de gravedad o compromiso resulta patético. Pasa como con el fútbol. Visto «desde dentro» es un grandioso fenómeno cultural, una historia épica llena de sentido, lucha, triunfo y belleza. Visto «desde fuera» no hay más que veintidós homínidos dándole patadas a una bola de trapo hasta meterla con incomprensible alborozo en una red.

Es así. A vuelo de pájaro nuestros afanes diarios, nuestras vidas enteras, parecen insignificantes: una coreografía fugaz y apresurada, puro teatro del absurdo, una broma que nadie entiende. Tal vez sea por esto por lo que a los seres humanos nos gusta tanto jugar. Johan Huizinga, el filósofo que nos describió como «Homo ludens», decía que uno de los rasgos positivos del juego era la creación de un cosmos, de un orden cerrado en relación con el cual era posible el logro de una cierta ilusión de perfección con la que reforzar el orden incompleto e intrascendente de la existencia. Mientras que en el cosmos delimitado del juego uno puede aspirar a dominar, aprender y triunfar, en el universo real, fundamentalmente inconmensurable con nuestros deseos e ideales, no parece que quepa más que una frustración tras otra. 

Pero el juego, por perfectamente ordenado e ilusionante que sea, no puede distraernos más que un rato del paso mortal del tiempo. Cuando acaba el juego volvemos de nuevo a la insignificancia, a la conciencia de que todo está condenado al olvido, y de que, por ello, no hay afán o pasión que merezca mínimamente la pena. Por ello hay quien se agarra con desesperación al vicio lúdico, persiguiendo la sombra de sentido que encuentra en él, o quien cambia radicalmente de juego, sustituyendo el pasatiempo deportivo o el juego de azar por el juego religioso, mucho más intenso y penetrante, y cuyo premio explícito es la victoria definitiva sobre la muerte y la nada. Todo juego tiene algo de rito y de vínculo simbólico con lo trascendente; pero la religión convierte esta dimensión en la parte central del espectáculo, exigiendo, además, una entrega absoluta de los jugadores. La apuesta lo merece, pensaba Pascal.

¿Y qué hay del juego artístico o de la especulación filosófica? Estos juegos son, sin duda, menos potentes que el religioso, pero a cambio dan mayor protagonismo al jugador. Y en lugar de una cierta ilusión (como el juego deportivo), proporcionan una ilusión cierta. A saber: la de saber que si todo fuera realmente un cuento repleto de ruido y furia narrado por un idiota, no entenderíamos nada. ¡Pero es un hecho que entendemos! Incluso que entendemos todo lo que no entendemos. Apliquen el viejo método de exhaución y se aproximarán a la cuadratura del círculo. Y si no quieren decir eureka, o evohé… griten al menos ¡gol!

miércoles, 3 de julio de 2024

Soledad con androide al fondo

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Lo recuerdo con viveza aunque hayan pasado ya más de cuarenta años. Era una tarde de Nochebuena y teníamos que recoger a una de mis abuelas, que vivía sola en una barriada del extrarradio, para llevarla a cenar a casa. Cuando ya nos marchábamos me llamó la atenció
n la postura encorvada de una anciana que permanecía sentada en un banco no lejos de nosotros. La luz del crepúsculo invernal no dejaba ver muy bien, pero cuando logré hacerlo advertí que la mujer estaba abrazada con todas sus fuerzas, casi fundida, a un perrillo pequeño que sostenía en su regazo. La figura de aquella viejecilla sola, inmóvil, agarrada a su perro en mitad de aquel descampado en vísperas de Navidad se me quedó en la memoria como el más triste retrato de la soledad absoluta.

Hasta que hace unos días me tope con otro igual o más melancólico aún. La imagen, publicada en la prensa, era de otra anciana, sentada en una modesta mesa de cocina, que dejaba caer dulcemente la cabeza sobre el rostro dibujado e inexpresivo de un robot groseramente parecido a un pingüino y que, según se decía más abajo, estaba programado hasta para reaccionar a las caricias. Contaba la mujer que vivía con aquel autómata desde hacía cuatro años, y que este sustituía a la familia, los hijos y a la pareja que no tenía. Si creía que no podía hallar nada más triste a la anciana aquella del perrillo, me equivoqué de plano.

Los filósofos asocian la tristeza a la idea de un mal o disminución. ¿Pero tan malo o imperfecto es que las personas no tengan más remedio que acallar su soledad – o incluso prefieran hacerlo – con un animal o una máquina en lugar de con otro ser humano?

Yo creo que sí. Que proliferen mascotas o engendros mecánicos en sustitución de personas en hogares, asilos u hospitales me parece algo intrínsecamente perverso. No niego sus ventajas prácticas (por ejemplo, económicas), pero no es menos innegable que sustituir interacciones humanas, por simples que puedan ser, por otras más primarias o mecánicas, por complejas que puedan parecer, representa la pérdida de algo esencial, y algo, por tanto, objetivamente triste.

Tal vez lleguemos a acostumbrarnos a la extraña conversión del objeto (la máquina) en sujeto, no digo que no. Quizás esto tenga relación con la cada vez más intensa instrumentalización del mundo y del prójimo a la que parecemos abocados (si de forma cada vez más infantil concebimos a las personas que nos rodean como instrumentos, ¿por qué no vamos a dejar de considerar a los instrumentos como personas?).  Es posible que el progreso sea esto: una absoluta experiencia de unión con un «otro» a medida, con un mundo en que ya nada nos sea indomesticable o ajeno. Pero a mí, más que una supresión de lo ajeno lo que todo esto me parece es una completa enajenación colectiva. Esa por la que probablemente vamos a perdernos de nosotros mismos, ahogados, como Narciso, en un líquido mundo de apariencias. Consúltenlo con su androide más cercano.

 

miércoles, 5 de junio de 2024

El retorno del alma

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

En la tiranía extraña y próxima que retrató George Orwell en la novela «1984» (escrita en 1950) andaban ya pululando todos los estigmas de nuestro tiempo: la vigilancia de las pantallas, la manipulación extrema del lenguaje, las noticias falsas, la polarización como mecanismo de control… Pero hay uno que siempre me ha llamado la atención y que entronca también excepcionalmente con nuestra época: el de la estandarización completa de la creación artística.

Como tal vez recuerden, en la inquietante distopía orwelliana el siniestro Ministerio de la Verdad contaba con máquinas que componían novelas, obras de teatro, películas y canciones para consumo de las masas. Para ello bastaba con introducir en el mecanismo ciertas variables temáticas (pasiones y decepciones amorosas, sexo, sucesos morbosos…), aplicarles un «versificador» automático (esto solo para la poesía y las canciones), y organizarlas bajo estructuras narrativas o musicales simples. Los «proles» (que es como se llama en la novela a las clases populares) se volvían locos por estos engendros.

¿No les suena esto familiar? Si alguien observara con distancia el prolífico y vertiginoso mercado editorial o musical actual, podría sospechar que hay por ahí detrás cientos de máquinas como las imaginadas por Orwell produciendo libros, películas y canciones en serie para consumo masivo. Es cierto que esto de producir maquinalmente romances, folletines o espectáculos comerciales no es algo nuevo; pero la capacidad industrial y tecnológica para hacerlo es hoy tan increíblemente potente que hasta podría prescindir completamente de agentes humanos. ¿Por qué no va a poder componer una novela, una canción o una película de éxito una aplicación de inteligencia artificial (IA) como ChatGPT? Piensen en la mayoría de los best sellers que han leído y en lo que se parecen entre sí; o en las tropecientas mil canciones pop recreadas de nuevo cada temporada; o en las cientos de películas románticas o de machotes justicieros, completamente previsibles, que ofertan las plataformas de streaming. ¿Qué hay en todo ello que no pueda hacer una máquina?

Algunos dirán que esos productos no son realmente obras de arte, y que estas sí que son imposibles de crear por sistemas de IA, pero esto es poco más que un brindis retórico al sol. ¿Alguien sabe, acaso, qué es y qué no es «arte» y por qué no puede escribir una máquina algo como, por ejemplo, el Ulises de Joyce? Si se trata de combinar información según ciertas estructuras narrativas a partir de intuiciones estéticas provenientes del entorno cultural, tan preparado podría estar James Joyce como un programa bien entrenado de IA. ¿Quién notaría la diferencia?

A todo esto los más románticos luditas solo saben oponer el viejo arcaísmo del aura: hay «algo», un «no-se-qué» fetiche y mágico en la obra humana. A esta extraña e invisible «cosa», si no les diera vergüenza, le podrían volver a llamar «alma». Y quizás tuvieran razón. Pero entonces habría que pasar de la pregunta por el arte a la no menos mistérica y magnífica sobre el alma… ¿Quién se atreve con ellas?

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